¿Qué puedo hacer con todo aquello que soñamos? Dime donde lo metemos


Como todos los días se despertó con los primeros rayos del sol, y se quedó unos instantes en la cama viendo la luz del astro rey escalar por la pared frente a la ventana. Se levantó despacio y cogió una toalla apostada en una silla junto a la puerta del baño. Bostezando, abrió las canillas de la enorme bañera que ocupaba gran parte de la pequeña habitación y se plantó frente al espejo para afeitarse mientras se llenaba.

Luego de terminado el asunto, respiró despacio, una, dos, tres veces y comenzó a quitarse el fino pijama de seda. Los pantalones y la chaqueta carmesís cayeron al piso con un susurro. El agua estaba deliciosamente agradable cuando se metió y se deslizó por la superficie de mármol sin ruido. Cerró los ojos y pensó en lo útil que sería contar con el habitual ejército de sirvientes para que lo bañaran. Pero este era su tiempo a solas y estaba agradecido de poder hacer algo tan simple como ello sin un grupo de personas observándolo y estudiándolo para anticiparse a cualquiera de sus movimientos.

Una maestra agua sería más útil y más divertido, ¿no crees? Le susurró la parte poco amable y que insistía en reprimir de su cerebro. Pegó un manotazo al agua y se salpicó entero como para enjuagar la mente a la vez que el cuerpo. Cerró el agua caliente y se hundió en el agua fría que empezaba a llenar la bañera. El cuarto se llenó de vapor y su sonrojo aumentó; metió la cara en el agua y trató de pensar en los viejos consejos de su tío.


Como todas las mañanas, Mai lo esperaba en su despacho para desayunar. Pero esa vez, al cruzar el umbral, advirtió algo diferente. Ella ni siquiera se había dado la vuelta, ni siquiera parecía haberse percatado de su presencia; y sin embargo, algo en el aire le decía que esa mañana no sería como las demás.

No hacía falta que se volviera para saber que tenía una media sonrisa en la cara, un poco triste, un poco socarrona. Suponía que era porque la conocía hacía mucho tiempo, y porque la amaba tanto que, involuntariamente, se había tomado tiempo para memorizar esos detalles tan pequeños. Quizás a ella le sucediera algo similar, ella quizás sonrió porque no era la primera vez que advirtió que él llegaría en el mismo momento en que lo hizo.

Se acercó despacio hasta ella y la abrazó por detrás. Un poco de cabello negro le cubría el rostro delicado y pálido, pero allí estaba: la media sonrisa triste y socarrona. Zuko sonrió con satisfacción, y le dio un beso en la mejilla. Ella cerró los ojos y lo detuvo posando suavemente la mano sobre su antebrazo justo en el momento en que él la soltó para rodear el escritorio y sentarse tras una pila de papeles, como todas las mañanas, hasta que su secretario asomara la cabeza y lo arrastrase por los diferentes salones del palacio de reunión en reunión.

Zuko la miró intrigado y Mai le sostuvo la mirada con cierta timidez, y eso no hizo más que aumentar la curiosidad que le carcomía la boca del estómago.

-¿Sucede algo, cariño?

Tras presenciar las demostraciones de afecto de Aang y Katara, además de los incesantes motes melosos, habían prescindido de termino amoroso alguno, simplemente llamándose por sus nombres, o muy de vez en cuando Zuzu o Mimi, como solía llamarlos Azula cuando eran niños. Pero esta vez la denominación, traía un mensaje más profundo consigo, como el no te odio que ya formaba parte de su historia. Este cariño cargaba en sí mismo un ¿debo preocuparme? Todo va estar bien, ¿verdad? A pesar de sí, Zuko tragó saliva con dificultad.

Mai sonrió pero la sonrisa no llegó a los ojos y el joven Señor del Fuego sintió como el corazón se le encogía dentro del pecho. El aire en la habitación volvió a sentirse enrarecido y esta vez era como si se le hubieran cerrado los pulmones y la cabeza comenzó a darle vueltas. Zuko apretó los labios y volvió el rostro hacia ella, la confusión estaba escrita en todas sus facciones.

Sin embargo, algo dentro de sí tenía una vaga idea de lo que estaba pasando. A su cabeza volvieron como ráfagas, los momentos en los que Mai lo había desconcertado. Lo esquiva y distante que se había mostrado tras regresar de un viaje, un poco demasiado largo para su gusto, por las islas septentrionales.

En ese momento, tomó realmente consciencia de que apenas había visto a Mai en las últimas dos semanas, a tres meses de su regreso, y dos semanas y días de la llegada de Katara. Salvo por la mañana o alguna que otra escasa noche, Mai no estuvo en palacio. Ya no entrenaba con él por las tardes, y desde antes de viajar había dejado de cenar con él por cuestiones de agenda. Las últimas dos semanas, a media mañana sin falta, el secretario entreabría la puerta para asomar la cabeza y anunciarle que Lady Mai no asistiría al almuerzo porque saldría a almorzar con la señorita Ty Lee, porque su madre había concertado un almuerzo familiar, o porque Azula requería de su presencia. Por un motivo u otro, Mai escapaba de él, y recién en ese momento fue que comenzó a ver sus motivos como excusas para no verlo.

A su memoria regresó cuando volvió, bronceada y cansada, pero alegre. Y sin embargo, había algo en su mirada que no lo dejaba sentirse del todo cómodo dentro de su propia piel mientras ella estaba cerca. Por su parte, sus sentimientos para con ella no habían cambiado, quizás solo se habían incrementado por la ausencia, pero… ¿y ella? ¿Acaso ya no sentía lo mismo?

Se lo había preguntado una noche en que veían la luna desde la ventana de su habitación, tirados en el piso sobre una manta y apenas cubiertos de la fresca de la madrugada con una sábana de satén. Ella le había respondido con un beso largo y profundo que pronto le hizo olvidar hasta de su nombre.

Luego, todo había vuelto a la normalidad, o de eso se había convencido. Ahora se permitía percatarse de los pequeños detalles que no había querido tomar en cuenta al descubrirlos, de lo que Mai había intentado comunicarle sin palabras. De aquello que los tenía en ese momento encerrados en su despacho, como cualquier otro día en el que ella se hubiera quedado a pasar la noche pero que sin embargo era diferente.

Mai levantó la mano que mantenía sobre su brazo, y Zuko sintió como todo su interior se volvía de hielo. Duro, frío, insensible. La mano de ella señaló el sillón y él asintió, distante, y no se movió del lugar.

-Sentémonos, por favor –fue un pedido prácticamente inaudible, pero Zuko la conocía demasiado bien. Había un pequeño temblor en la voz.

Cuando se sentaron, ella dejó escapar un suspiro que ni siquiera el espía mejor entrenado podría oírlo; Zuko, sin embargo, en los últimos tres años pudo estudiarla sin estudiar, y escuchó lo que otros jamás podrían. Ese mínimo sonido lo transportó a un año atrás, o quizás más, los dos en la cama, un poco ebrios, parte de alcohol, parte de felicidad, y completamente desnudos, riendo a carcajadas de la patética pero igualmente cómica imitación de Mai de su propia madre que con los años no hizo otra cosa que ponerse más quisquillosa.

-Las damas no suspiran, Mai, querida. Esos ruidos son impropios de una dama –había inspirado brusca y ruidosamente, como si hubiera recordado algo importante, y luego, con una sonrisa burlona, se había acomodado encima de él. Con los labios a centímetros de los suyos, le había preguntado-: ¿Qué crees que diría de haberme escuchado esta noche? –Arqueó las cejas, y un brillo travieso destelló en sus ojos, tamborileó sus dedos sobre los labios unos segundos-. Probablemente diría que… eso no es propio de la futura Señora del Fuego y bla, bla, bla –suspiró con falsa tristeza y el expríncipe desterrado advirtió que el brillo en sus ojos no hizo otra cosa sino adquirir más fuerza-. Veamos si podemos hacer que nos oiga –desafió antes de besarlo de lleno en la boca.

La mano de Mai posándose muy suavemente sobre su pierna, lo trajo de nuevo a la realidad. Esta vez los ojos de Mai no tenían un brillo travieso. Esta vez la tristeza de su sonrisa también la transmitían sus ojos.

-He estado pensando en marcharme –comenzó muy despacio y tras un silencio en que lo miró furtivamente y bebió un sorbo de té para luego dejar la taza lentamente sobre la mesa-. Regresar a las islas –agregó tragando saliva-. El primer ministro me ha ofrecido un puesto como gobernadora… en realidad la idea era supervisar desde aquí, pero… eso me parece una mala idea –bajó la mirada e inhaló hondo antes de volverse a mirarlo.

El corazón de Zuko se contrajo contra su pecho y verdaderamente se olvidó de respirar.

-No te atrevas a pensar ni por un segundo que he dejado de quererte –su tono poseía una cierta dureza que le dio a Zuko un desagradable sabor metálico en la boca-. Y siempre serás importante para mí –agregó con una media sonrisa. Pero, pensó Zuko-, pero allá he encontrado algo que aquí me falta… además de que estaré lejos de mi madre –y los labios de ambos se curvaron en claras sonrisas tristes.

Un largo silencio se impuso entre ellos luego. Las ventanas del despacho seguían cerradas para evitar la entrada de calor, por lo que el trinar de los pájaros se oía muy lejano y entrecortado. Zuko paseó su mirada por la habitación buscando exactamente qué decir, más lo que salió de su boca se parecía en nada a lo que intentaba formular.

-¿Por qué todos me abandonan?

La cara de Mai se contrajo de culpa y desvió la mirada nuevamente al piso. La vio fruncir el ceño y retorcer las manos sobre el regazo, clara muestra de que estaba tan molesta con él como consigo misma. El amor propio comenzó a emparcharse un poco mientras el amor hacia Mai salía a abofetearlo por haber dicho semejante tontería.

-Lo siento, eso, eso estuvo mal. Egoísta y para nada cierto –farfulló. Metió las manos entre las rodillas y agachó la cabeza al mismo tiempo que cerraba los ojos. Suspiró hondo- ¿Hay alguien más?

-Zuko –Su voz tenía algo así como una cubierta de hielo, pero a pesar de él, el joven monarca alzó una mano para que s ele permitiese seguir hablando.

-No es mi intención ofenderte –es como si mi cerebro hubiera olvidado que es lo políticamente correcto. Ya solo quiero que te vayas- ni inmiscuirme en asuntos que ya no me conciernen –aunque hace cinco minutos podía preguntártelos y era casi un deber obtener respuestas-. Pero agradecería infinitamente saber de tu propia boca las verdaderas razones de tu partida.

Mai movió la cabeza con brusquedad y arqueó una ceja, claramente ofendida e irritada, y Zuko, con el orgullo bajo el brazo tratando de protegerlo de otro golpe, sabía que su prometida, ex prometida, se recordó, se debatía por decirle la verdad o inventarle una mentira que le doliera lo suficiente como para arrepentirse por dudar de sus palabras. En su propio interior, el amor hacia Mai estaba apaleando y amordazando a su amor propio.

-No hay nadie más –contestó finalmente con total seriedad-. Solo yo –se señaló el pecho con un dedo y lentamente fue acelerándose-. Solo yo. Por primera vez ahí afuera yo era la única que importaba. Ni mis padres, ni mi hermano, ni Azula. Sí, tenía un itinerario pero podía hacer con él como yo quisiera. Entré en contacto con todo y con todos pero lo más importante de todo es que entre en contacto conmigo misma –Zuko no pudo evitar que se le cerrara la garganta al ver los brillos en los ojos oscuros de la muchacha. ¿Por qué no puedo ser yo la razón de ese brillo? Mai continuó con la vista un poco perdida y ajena a los pensamientos de Zuko-. Por primera vez en mi vida, me divertía la idea de un mercado, porque podía hacerlo cuando quisiera y con el pretexto que quisiera. Para comprar fruta, para hablar con alguien, para ver a los niños jugar a la pelota o porque deseaba correr bajo la lluvia.

El joven alzó una ceja. La idea de Mai corriendo bajo la lluvia le parecía improbable, pero Mai a veces podía ser todo menos predecible.

-Aún puedes hacer eso aquí –musitó, con un dejo de resentimiento, aunque sabía que eso no era del todo verdad.

Ella sonrió con amargura.

-¿Tú crees? –no esperó que respondiera-. No sería lo mismo –se aliso un pliegue invisible de la ropa y suspiró, esta vez con ganas, como si se hubiera sacado un peso de encima.

Esa noción fue como un puñetazo al orgullo ya caído. Volver a prestarle atención a las palabras de Mai fue difícil. Mientras Mai hablaba, Zuko contemplaba la pila de papeles que ocupaban un cuarto de su escritorio y la bandeja de té con masitas abandonada. Quiso poder dejar de escucharla realmente, pedirle que se marchara de una vez si era lo que planeaba hacer y dejarlo ahogar sus penas con trabajo y quizás más tarde con alcohol.

-Aunque así me criaron, no nací para esto –concluyó y se bebió el resto de su té de un trago y le tomó una de sus manos entre las de ella-. Por favor, no me quites esto.

El Señor del Fuego tragó saliva con dificultad, sintió que el corazón se le helaba. La voz de la muchacha tenía un ligero temblor que le recordó la realidad. Ella verdaderamente no podía marcharse. No si él no se lo permitía. Una simple negativa y Mai permanecería a su lado como habían planeado, como otras personas habían planeado incluso antes de que ellos mismos tuvieran uso de razón. Una simple firma aquí, o allá, y Mai sería su esposa y se quedaría con él por muchos años. Y sin embargo, verla infeliz, día tras día, sabiendo que le quité la felicidad después de haberla acariciado con los dedos. Sacudió la cabeza, y deseó no amarla tanto. Deseó amarla un poco menos como para ser más egoísta y poder retenerla.

Zuko suspiró. Cerró los ojos con cansancio y colocó una de las palmas de ella contra su mejilla; movió la cabeza para disfrutar de la última caricia de la única mujer que lo había amado tal cual era, aunque ni él mismo lo hubiera sabido en esos momentos. ¿Alguien volverá a tocarme de esta manera alguna vez? ¿Sin repulsión, sin aprehensión, con algo siquiera parecido al amor?

-Llamaré a mi secretario para anunciar que cancelamos el compromiso –accedió en un susurro. Temía que si hablaba más alto, la voz se le quebraría y empezaría a rogarle que se quedara.

-Sé que te dejo en buenas manos –creyó escucharla murmurar y luego en voz alta-: Cuídate -se inclinó y le dejó un beso bajo la cicatriz. Su mano actuó por mente propia y tomó la de ella, reteniéndola a centímetros de su cara.

-Tú también –y por un momento no dijo nada, pensó en que esa era la última vez que la tendría tan cerca, y no pudo evitar acercarse a sus labios. Ella no se resistió.

Quizás fueron unos minutos, o quizás una hora pero cuando ella se separó y lo envolvió en un abrazo rápido le pareció que habían pasado juntos una eternidad y cien días. Cuando Mai salió por la puerta, él permaneció sentado en el sofá hasta pasado el mediodía, una taza de té frío en la mano que no recordaba haberse servido. Pensó en todo lo que podría haber llegado a ser alguna vez y ya no sería, y en todo lo que había pasado y ya no volvería a pasar.

Tú le rompiste el corazón una vez. ¿Acaso no es más que justo que ella rompa el tuyo? Con ese pensamiento salió de la habitación con prisa. Trabajo y té completamente olvidados.


Era cerca del atardecer cuando Katara regresó al Palacio de un paseo por el campo y fue el mozo de cuadras el que le pidió en confidencia que ayudara a bajar a Su Excelentísima Majestad del techo. Le pidió al muchacho que buscara a la prometida de su majestad pero el muchacho negó con la cabeza. Katara frunció el ceño y lo obligó a contarle el jaleo en el que se había visto envuelto el palacio desde su partida por la mañana.

-Envía a alguien a buscarla al puerto, y a su casa, quizás todavía esté por aquí –indicó cuando el joven terminó con el relato. El muchacho salió corriendo y Katara salió tras él, había olvidado en que techo encontraría encaramado al joven Señor del Fuego. Sin embargo, no fue tan difícil hallarlo. Para encontrarlo, la maestra agua no tuvo más que caminar en dirección contraria a la enfermería, siguiendo los guardias que se llevaban unos a otros, para buscar asistencia a sus heridas.

Lo descubrió recostado contra las tejas de una de las galerías que daba al patio de entrenamiento donde algunos sirvientes recomponían la arena destrozada, y los heridos se remendaban entre sí y cada quien atendía su propio orgullo. Katara frunció el ceño, solo podía imaginarse las horas que había pasado entrenando, probando y acabando con la resistencia de la pobre tropa de turno. Zuko era un hombre terco, que le gustaba ir más allá de sus límites, y evidentemente esa tarde los había sobrepasado con creces.

-Hola, Zuko –llamó desde abajo, pero él no le respondió-. Ignorar a un huésped es bajo incluso para ti, ¿sabes? ¿Acaso la Nación del Fuego no tiene una sanción para aquel que le niegue atención al prójimo?

-Tienes comida y un techo. Vete. Quiero estar solo –le respondió con brusquedad y se dio la vuelta sobre su costado izquierdo. Katara temió verlo rodar hacia abajo como un panqueque.

-Puedes estar solo en tu habitación. Baja de ahí, ahora –insistió. Vagamente, era consciente del pequeño grupo de guardias que la observaba detrás de una columna de piedra. Se llevó las manos a las caderas y fulminó con la mirada a las máscaras blancas que la observaban. No tardaron en esfumarse y ella volvió la atención al monarca rebelde sobre el techo-. ¿Qué te parece si pido un poco de té y subo allí para merendar contigo?

Katara dejó pasar diez minutos en silencio, observó el lugar buscando un buen sitio para empezar a subir. No había una manera fácil y discreta de hacerlo, probablemente al escucharla él se alejaría y terminaría persiguiéndolo por techos, terrazas y jardines. Suspiró antes de levantar una delgada escalera de hielo desde sus pies hasta el techo. Subió con calma y una expresión determinada en el rostro.

Parecía dormido, y Katara dudó un momento al ver la cantidad de botellas vacías que lo rodeaban. Había una copa hecha añicos y un poco de vino a unos centímetros de su mano.

-¿Te das cuenta de lo infantil que estás siendo?

-¿Por qué no escuchas? ¿Tienes un pedazo de hielo atorado en la oreja? -Le respondió él levantándose con violencia. Se dio la vuelta y se alejó peligrosamente de ella. Caminó zigzagueante demasiado cerca de las canaletas pobremente anexadas al techo de tejas.

La muchacha frunció el ceño. Brevemente consideró atarlo con un lazo de agua y tirarlo abajo, pero pensó en los curiosos que seguramente veían todo desde detrás de las columnas al otro lado del jardín, por no mencionar los que seguramente estaban oyendo el intercambio.

-¿Y tú qué, eh? Te crees muy listo, emborrachándote para ahogar las penas. Vaya solución -respondió, fastidiada. Katara se pasó la mano por la frente para secarse el sudor, realmente había sido un día largo y lo que menos quería era estar ahí arriba absorbiendo todavía más de la inclemencia del sol-. ¿Quieres que me vaya? Bien, me iré, pero tú vienes conmigo -empezó a acercarse hacia él-. ¿Qué clase de ejemplo le das a tus súbditos?

-¿Y a ti qué carajo te importa? -Gritó y súbitamente no hubo más que silencio a su alrededor. Katara estaba segura de haber escuchado que al menos veinte personas contenían la respiración. La mirada de Katara se volvió gélida y en otro momento, Zuko habría tragado con dificultad y su mente hubiera empezado a llenársele de imágenes con las que remediar la situación pero ahora era como si hubiera decidido que en lugar de callar, bien podía decir todo lo que quisiera-. Si te vas en unos días, por qué no ahorrarte la molestia e irte hoy, ¿eh? No hay nada aquí que demore tu partida, no deberías quedarte. No quiero que te quedes.

Y lo que siguió fue una retahíla de cosas que jamás había imaginado oírle decir. Katara intentó dejar de escucharlo, pero era imposible. Decía cosas que al principio no tenían mucho sentido, pero que luego hablaban desde la inseguridad de un joven de diecisiete años que había tenido que interponerse entre ella y un rayo para demostrar su valía y que era digno de confianza. Le habló con el odio ciego que se tenían hacía tanto tiempo, y con la sinceridad y la carencia de filtro que le brindaba el alcohol ahora a los veinte años. Nunca pensó que él podría llegar a decirle todas esas cosas horribles que le dijo sin respirar. Sin embargo, allí estaba como si nada hubiera cambiado entre ellos, como si no hubiera existido jamás ese inesperado encuentro en Ba Sing Se y más tardes en las Catacumbas de Cristal, como si él no le hubiera salvado la vida dos veces, al menos.

El látigo de agua se le escapó antes de que pudiera ser consciente realmente de que lo había creado. Se deshizo centímetros antes de tocarle el rostro iracundo del Señor del Fuego que seguía hablando sin detenerse a respirar. Y de nuevo un silencio sempiterno que se extendió bajo el calor abrasador. Katara escuchaba el corazón latir en sus orejas, sentía el sudor caer por su espalda y la carencia de respiración. Zuko, frente a ella, tenía los ojos como platos antes de fruncir el ceño y lanzarle un puñetazo en llamas; a duras penas pudo esquivarlo. Sin embargo, a ese puñetazo siguieron otros, y patadas también que no le permitieron levantarse de inmediato; lo observó descargarse bajo el calor de llamas contra el aire hasta casi extenuarse. Antes de que la última llamarada se extinguiera en el aire, y el fuego en el techo le alcanzara la ropa, Katara se incorporó justo para ver a Zuko saltar de un techo a otro.

Con el sol cegándola, las llamas acariciándole los pies, y botellas de vino explotando a su alrededor, Katara no lo pensó dos veces antes de lanzarse detrás del joven Señor del Fuego que corría como un rebelde por los techos de su propio palacio. Suspiró, sí, porque estaba siendo lo que había buscado evitar y volvió a suspirar cuando se dio cuenta que, aunque errático y zigzagueante, él era más ágil aún y se vio obligada a congelar el próximo objetivo y él derrapó hasta aterrizar sobre su espalda con un ruido preocupante. Sin embargo, ella no alcanzó a llegar a él porque se dio la vuelta y rodó hacia abajo haciéndola gritar.

Zuko atravesó el patio recibiendo una sarta de insultos de la joven además de mortíferos proyectiles de hielo que no fueron lanzados decididamente a matar. Sin embargo, una daga un poco más grande y pesada de las que volaban por encima de su cabeza se le clavó en la espinilla y lo hizo rodar por el piso lleno de tierra. Se levantó tan rápido como pudo y se preparó para enfrentarla mientras ella descendía en un tobogán de agua.

-¡Basta! -le gritó y todo lo que consiguió fue que la rodeara una anillo de fuego y verse obligada a frenar una patada en llamas con su brazo envuelto en agua.

Ella le dedicó una sonrisa de suficiencia antes de envolverle ambas piernas con hielo, pero él no tardó en derretirlo, borrándole la sonrisa de la cara.

-¿En serio, eso es lo mejor que puedes hacer? ¡Déjame en paz! -y una explosión de sus palmas al chocar la envió volando contra una pared-. No quiero hacerte daño -se agachó para sacarse el hielo todavía solido de la parte posterior de la pierna. Katara apenas podía verlo entre el humo y la tierra y su voz parecía llegar de todos lados. En otros tiempos, estaría asustada, pero ahora yo también soy de temer.

Con todas sus fuerzas, reunió toda el agua del patio, incluso la que percibía en el aire, y la dirigió a donde distinguía su forma borrosa. Una ola gigantesca extinguió las llamas del patio y llevó al Señor del Fuego contra la pared opuesta. Allí Katara le aprisionó muñecas, tobillos y torso con esposas de hielo.

-¡Ya basta, maldita sea! -Gritó y amenazó con colocarle una mordaza helada.

Él no la miró, como una especie de burla consideró que el suelo empapado a la izquierda de sus zapatillas azules era más digno de su atención que ella. Katara gruñó, estaba comportándose como el mocoso real e insoportable que había conocido y estaba disgustada.

-Quiero que te vayas –giró la cabeza y la miró con los ojos irritados de alcohol y pena-. Quiero que me dejes solo, cómo todos me dejan.

-Estás siendo inmaduro, Zuko. Todos tenemos problemas, ¡esta no es manera de lidiar con ellos! –rugió y un charco muy cerca saltó por los aires. Se sobresaltó pero no dejó que se le notara. Ya más tarde meditaría y se preocuparía por recuperar el control de sí que creía que ya poseía-. No estás viendo las cosas como son, nadie en realidad te ha dejado…

-¡Deja de mentirme!

-¡No te estoy mintiendo, grandísimo tonto!

-¿Dónde está mi madre? ¿Mi Tío? ¿Sokka, Suki? ¿Aang? ¿Mai? –se le quebró la voz y sacudió la cabeza hasta que el cabello mojado le cayó sobre los ojos-. Todos los que me acompañaron, que me prometieron estar conmigo de una u otra manera se han ido y me han dejado solo con una nación que no puedo manejar.

-¿Y tú crees que yo estoy pintada? ¿Acaso me convertí en una triste planta?

-Tú vas a irte –le espetó. Y elevó el tono de voz-. Mejor sería que te marches ahora. Ya ni siquiera puedo tolerar mirarte. No puedo creer que haya aguantado tanto desprecio de tu parte. No puedo creer que haya sido tan idiota como para haberte salvado de Azula aquella vez.

Katara lo miró como si apenas estuviera conteniendo las ganas de abofetearlo.

-Simplemente –inspiró hondo, haciendo su mejor esfuerzo por controlar la ira que la inundaba-. Simplemente, estás siendo ridículamente infantil, Zuko.

Le dio la espalda y empezó a alejarse pero se volvió y lo miró fijamente por un instante. A pesar de la borrachera que todavía le embotaba los sentidos, Zuko pudo advertir con claridad que ya no tenía una expresión traviesa, tampoco una seria, sino una máscara de absoluta frialdad que le llenó la boca de un regusto amargo. Ella tensó la mandíbula y su rostro casi siempre risueño adquirió un cariz casi letal.

-Yo no le doy la espalda a la gente que me necesita, Su Majestad –resumió sin que se le moviera un solo músculo-. Me quedaré hasta la fecha dispuesta. Solo me iré antes si se disculpa por un comportamiento tan vergonzoso para con un huésped.

Se dio la vuelta y se marchó sin mirar atrás.


N/A: Bien, hubo un poquito de todo ahora, ¿eh? Díganme si sigue siendo una historia legible o debería borrar este capítulo y dejarlo como un oneshot. Perdón por la falsa alarma de los otros días, estaba tratando de ayudar a alguien con el tema de subir un capítulo y seguí de largo.

Espero que este capítulo haya servido para recompensarlos un poco por la larga espera. Espero que les haya gustado aunque yo no sé, con Mai, con Zuko (¿está OOC?) borracho, con Katara saliendo a lo Nanny McPhee me pregunto si no habré estado escribiendo esto bajo los efectos de algo, jaja. Pero no, simplemente espero que les haya gustado.

GRACIAS POR AGREGAR LA HISTORIA A ALERT Y A FAVORITOS. GRACIAS Funny-life, Sol Meyer, mamori anazaki y Rashel Shiru POR LEER Y COMENTAR.