Aquí les dejo el primer capítulo recuerden…. Ni la historia ni los personajes me pertenecen
Capitulo 1
— ¿Y qué tiene de malo el método tradicional? — Bella Swan se ruborizó, pero alzó la barbilla con actitud desafiante. Era una mujer educada, culta. Y no permitiría que una discusión científica tan violenta como esa la intimidara. —Por si no lo sabía, doctor, se necesitan dos personas para concebir un hijo al estilo tradicional
—Bueno —rió el doctor—, reconozco que eso me lo explicaron en la primera lección. Y no es que no lo supiera, por mi experiencia en el asiento trasero del... no importa —se aclaró la garganta—. Vamos a ver, señorita Swan, no sé de dónde se ha sacado esa loca idea de...
—Doctor, la inseminación artificial no es ninguna idea loca, ni tampoco es ninguna novedad.
—Demonios, ya lo sé. Llevamos años practicándola con animales, pero me parece una lástima...
—Lo siento, pero no le estoy pidiendo su opinión personal —contestó ella, educada pero firme—. Lo único que quiero es saber a donde tengo que ir para que... que me la hagan.
—Está completamente decidida, ¿verdad? —preguntó el médico reclinándose en el asiento.
—Sí, es una decisión meditada, no un capricho. He pensado detenidamente en las complicaciones, y estoy convencida de que las satisfacciones pesarán mucho más que los posibles inconvenientes.
— ¿Se da cuenta de que una madre soltera podría despertar todo tipo de habladurías aquí, aún hoy en día? Este pueblo es pequeño.
—Si las murmuraciones llegan a ser un problema, siempre puedo marcharme a otro sitio cuando haya nacido mi hijo y decir que soy divorciada —respondió Bella encogiéndose de hombros.
A finales del siglo XX ser madre soltera no tenía por qué suponer un problema, pero Bella se daba perfecta cuenta de que una cosa era la teoría y otra la práctica. El médico se inclinó hacia delante suspirando y comentó:
—Podría hacerlo aquí mismo, sin problemas, señorita Swan. No tenemos un gran hospital con todas las facilidades; pero, suponiendo que tuviera usted donante, podría hacer la inseminación en cualquier momento.
—No tengo... donante —contestó Bella cerrando los ojos—. Suponía que podría acudir a un banco de esperma...
Bella Swan había leído artículos sobre el tema en su lugar de trabajo, la biblioteca de Caliente, Colorado, donde pasaba la mayor parte del día. Pero en la biblioteca no había donantes de esperma. Ni siquiera había demasiados hombres. Solo había libros. Y polvo. Era una biblioteca grande, regalo de uno de los habitantes del pueblo que había muerto sin dejar descendencia y cuya herencia servía también para pagar su salario.
—Bueno, sería la solución ideal si hubiera un banco de esperma, pero no lo hay. Y si tiene que acudir a uno de Denver, le va a salir muy caro.
—Tengo dinero ahorrado.
—Mmm, si hubiera alguien aquí, en el pueblo...
—Doctor, ¿podría darme usted el nombre de algún banco de esperma en Denver, donde pudiera comenzar con el procedimiento? Sería lo mejor para facilitar al máximo todo el... proceso.
Bella estaba deseando terminar con aquella entrevista. Hubiera debido de investigar hospitales y bancos de esperma por su cuenta, en lugar de molestarse en pedir aquella cita. Pero Alice, su mejor amiga, le había sugerido que fuera a ver al doctor Grable.
—Creo que conozco a un donante —afirmó de pronto el médico, volviendo la vista hacia ella desde la lejanía.
—¿Cómo? —preguntó Bella abriendo inmensamente los ojos y parpadeando varias veces, extrañada.
—Creo que conozco a una persona de este pueblo que podría ser su donante. Y es un buen candidato, se lo aseguro. Buena sangre. Le dará un bebé saludable.
—No creo que...
—Tiene que hablar con él, le interesará. Y a él lo ayudará.
— ¿Qué quiere decir?, ¿cómo que lo ayudaré?, ¿de qué puede servirle a ningún hombre ser donante de esperma? No quiero a ningún donante de este pueblo, me causaría todo tipo de problemas.
—No, que yo sepa. Y le ahorraría un montón de dinero. A menos que tenga ahorrado bastante más del que gana en la biblioteca. Le aseguro que eso puede ser un problema. Hoy en día, tener hijos no es barato. Ni siquiera con el método tradicional.
Bella se mordió el labio inferior, una costumbre que tenía desde pequeña. El dinero, desde luego, siempre era una preocupación, ya que no tenía familia, pero...
El médico le tendió un papel. Bella lo tomó y leyó un nombre y una dirección. Edward Cullen. No lo conocía, pero sabía que tenía un enorme rancho en la zona. Y, desde luego, jamás visitaba la biblioteca. Tampoco lo había visto nunca en la iglesia.
—¿Por qué...?
—¿Por qué, qué? —preguntó el médico, alzando ambas cejas.
—¿Por qué iba a querer este hombre... ser donante?
—Eso no puedo discutirlo con usted. Tengo que mantener la confianza que los pacientes depositan en mí. Lo único que puedo decirle es que... que lo discuta con el Sr. Cullen. ¿Qué daño puede hacerle? Podría ahorrarle mucho dinero. Además de tiempo, claro.
—¿Tiempo? Ahora mismo tengo dos semanas de vacaciones. Suponía que eso bastaría para...
—¡Válgame Dios! Estas cosas jamás se hacen en un periquete. No es como ir al supermercado, querida. A veces lleva meses.
—Sí, pero...
—Vaya a ver a Edward. Lo llamaré por teléfono y le diré que va usted a visitarlo. ¿Sería posible que fuera ahora mismo?
—Sí, pero... no... Bueno, está bien, supongo que podría, pero... ¿no sería mejor esperar a que usted hablara con él, y le diera tiempo para pensarlo? —preguntó Bella, completamente colorada.
—No, cuanto antes mejor. Lo llamaré y le diré que va usted de camino —afirmó el médico esperando a que ella diera su aprobación—. Si Edward no resuelve su problema, le haré una lista de los lugares a los que puede ir en Denver. Solo hay un par que merezcan mi confianza para asuntos tan delicados como este —añadió el médico poniéndose en pie y dando la vuelta a la mesa, para darle golpecitos en el hombro a Bella mientras ella se levantaba—. Me alegro de que haya venido a contarme su problema, señorita Swan. De un modo u otro, lo resolveremos.
De pronto, Bella se encontró fuera de la consulta, con la puerta cerrada. Miró el papel que le había dado el médico y se preguntó cómo era posible que hubiera accedido a discutir algo tan personal con un extraño. ¿Cómo pedirle a un desconocido que fuera el padre de su hijo? La sola idea la hizo echarse a temblar. Bella se apoyó contra la pared.
—¿Se encuentra usted bien, señorita Swan? —preguntó la enfermera, cliente habitual de la biblioteca.
—Sí, estoy bien —se apresuró a contestar Bella—. Señorita Cope, ¿conoce usted a... a Edward Cullen?
—Claro, lleva toda la vida viviendo en este pueblo. Es un buen hombre.
—Gracias —respondió Bella temblando—. La... la veré luego... en la biblioteca, quiero decir.
—Claro, iré el sábado, como siempre. Los últimos libros que me recomendó eran estupendos —se despidió la enfermera con una enorme sonrisa, guiando a otra paciente a la consulta.
Bella respiró hondo y se apresuró a salir, antes de que nadie notara su estado de nerviosismo. Una vez al volante del coche, volvió a leer la dirección que le había dado el médico. El papel estaba húmedo y arrugado, pero se podía leer. La situación a la que iba a enfrentarse era muy violenta.
Bella se encogió de hombros y recordó que se había prometido a sí misma reunir valor. Sin duda, sería violento. Pero no más violento que ser la virgen de más edad de todo el pueblo. Suspiró y arrancó.
Sí, se lo había prometido a sí misma. Se negaba a seguir limitando su vida a un montón de libros. Adoraba los libros, pero eran solo eso: libros. Deseaba algo más de la vida. Deseaba tener un hijo al que cuidar, al que demostrarle su amor, formar una familia. Aunque eso significara pasar por una situación violenta.
El ama de llaves de Edward Cullen, Harry, era un vaquero al que lo había herido un toro hacía unos años. Para él, montar a caballo era más doloroso que fregar suelos. Harry buscó a su jefe en uno de los enormes establos, detrás de la casa.
—¿Edward, estás ahí?
—Sí, Harry, ¿qué ocurre?
—El médico quiere que lo llames por teléfono. Dijo que era importante.
—¿Dijo de qué se trataba? —preguntó Edward con el pulso repentinamente acelerado.
—No.
—Gracias, iré dentro de un momento.
Edward permaneció inmóvil hasta escuchar el ruido de la puerta del establo cerrarse. Harry se había marchado. Respiró hondo, tratando de dominar los nervios y el miedo, y caminó en dirección a la casa.
No había motivo para ponerse nervioso. Probablemente aquella llamada no tuviera nada que ver con lo que ambos habían hablado la semana anterior, cuando él fue a visitarlo a la consulta. Era imposible que Doc hubiera encontrado a nadie tan deprisa.
Lo cierto era que el médico se había mostrado tan poco entusiasta con la idea, que Edward había salido de allí convencido de que no volvería a tener noticias suyas. No obstante, su decisión era perfectamente lógica. Tres años de luto por su difunta mujer eran más que suficientes. Tres años de luto por su adorada Tanya y por su hijito, fallecido en el parto.
Edward sabía que no podía arriesgarse de nuevo a enamorarse. Era demasiado doloroso. Pero necesitaba un hijo que continuara con la tradición familiar, con el rancho. Y que le diera un sentido a su vida, que hiciera que el futuro mereciera la pena.
Doc Grable, el médico del pueblo, no estaba de acuerdo con su decisión de buscar una madre de alquiler. El viejo se creía con derecho a interferir en sus planes simplemente porque había sido él quien lo había traído al mundo. Pero, según parecía, había cambiado de opinión. Edward se dirigió directamente a su despacho en lugar de utilizar el teléfono de la cocina, donde Harry podía oírlo.
—¿Doc?, soy Edward Cullen. ¿Me has llamado?
—Sí, te he mandado a una mujer. Ahora es cosa tuya. Sigo pensando que no es buena idea, pero he hecho cuanto he podido por ti.
—Gracias, Doc. ¿Cuándo vendrá?
—Debe estar de camino, si no se ha arrepentido. Se llama Bella Swan —antes de que Edward pudiera hacer más preguntas, Doc añadió—: Lo siento, tengo que colgar. Hay pacientes esperando.
La mano de Edward temblaba al colgar el teléfono. No había vuelta atrás. Se quedó inmóvil, y de pronto se dio cuenta de que no estaba preparado para recibir visitas. Olía a caballo.
—¡Harry! —gritó corriendo escaleras arriba—. Me voy a la ducha. Si viene alguien, que me espere.
El futuro estaba a la vuelta de la esquina. Y Edward no quería echar a perder aquella oportunidad.
—Edward, ha venido a verte una dama —gritó Harry alzando la vista hacia las escaleras.
Una dama.
Edward se miró por última vez al espejo, sintiéndose como un completo idiota. Rara vez se miraba, pero era importante causar buena impresión a la mujer que lo esperaba. Después de todo, iba a ser la madre de su hijo.
Edward respiró hondo, se alisó el pelo y bajó las escaleras a toda prisa. Sabía que Harry habría llevado a la visita al salón que jamás utilizaban, así que se detuvo en el dintel de la puerta para echar un primer vistazo.
Nada más aparecer él, ella alzó la vista y se puso de pie. No era ninguna belleza, como Tanya. Sus rasgos eran suaves. Era una mujer alta y delgada, larguirucha casi. Sin embargo, eso le hacía más fácil la tarea. Eso, y el hecho de que nunca antes la hubiera visto.
—¿Es usted el señor Cullen?
—Sí, señora. ¿Y usted es la señora Swan?
—Señorita Swan —lo corrigió ella.
Edward frunció el ceño. Desde el principio había estado convencido de que la mujer que accediera a hacer un trato con él estaría casada. Incluso había creído que sería madre. Por lo que había leído, ese era el perfil típico de las madres de alquiler.
—¿No está usted casada?
—No.
Bella no dio más explicaciones, pero tampoco apartó la vista. Eso le gustó. Su hijo no debía tener una madre tímida.
De pronto, Edward se dio cuenta de que ambos seguían de pie, así que atravesó la habitación y señaló el sofá.
—Por favor, siéntese.
Al sentarse ella, Edward observó que llevaba una falda larga que ocultaba sus piernas. Probablemente tuviera los tobillos gruesos, pensó. Pero eso no era demasiado importante para un niño, se dijo. Ella era morena, como él. Tanya era rubia, de cabellos casi dorados. Y tenía una preciosa sonrisa. Aquella mujer, en cambio, ni siquiera sonreía. Pero claro, dar a luz a un niño era una cuestión muy seria. Edward se aclaró la garganta y dijo:
—Supongo que no tiene usted problemas de salud.
—No, ¿y usted? —contestó ella irguiéndose tensa, frunciendo el ceño.
—No, ninguno.
Un silencio tenso reinó entre ellos. Edward trató de concentrarse en lo que tenía que decirle.
—Comprende usted que después... es decir, que no habrá contacto entre nosotros, ¿entiende?
La reacción de ella fue muy curiosa. Pareció suspirar aliviada, y sus labios dibujaron una esperanzada sonrisa. Aquella sonrisa, aunque esbozada solo a medias, hizo a Edward volver a evaluar con más justicia su primera impresión de ella. Los ojos chocolates eran cálidos, y el rubor de las mejillas confería cierta vida a la pálida piel. A pesar del peinado severo, con un moño bien tirante en lo alto de la cabeza, ella le pareció de pronto más joven.
—¿Cuántos años tiene usted?
—Treinta y dos —respondió ella parpadeando—. ¿Y usted?
—Treinta y tres —dijo Edward examinándola. Sí, esa era la edad que le había parecido. Quizá incluso le hubiera echado uno o dos años más—. ¿Está usted segura de que es lo suficientemente joven?
—No creo que eso sea asunto suyo —contestó ella.
—Tengo mucho interés en que este... este trato sea un éxito —repuso Edward, sorprendido.
—Mi edad no es problema en absoluto —afirmó ella, resuelta.
—Está bien —afirmó al fin Edward, fiándose de ella. Al fin y al cabo, no tenía sentido que Doc le mandara una mujer incapaz de tener un hijo—. ¿Tiene usted alguna pregunta qué hacer?
—Sé... yo sé por qué hago esto, señor Cullen, pero no comprendo... ¿cuáles son sus razones?, ¿espera una recompensa? —preguntó Bella mirando a su alrededor, como si estuviera tasando sus posesiones.
—¿Es que Doc no le ha explicado las condiciones?
—No, dijo que no podía traicionar la confianza de sus pacientes —sacudió la cabeza Bella.
—Bueno, pues es muy simple. Quiero tener un hijo, y estoy dispuesto a pagar —explicó Edward inclinándose hacia delante, esperando respuesta.
—¿Que está dispuesto a pagar? Pero... pero ¿por qué?
Edward frunció el ceño sin dejar de mirarla. ¿Acaso estaba dispuesta a servir gratis de madre de alquiler? Algo no encajaba. ¿Se trataba de una trampa?
—Supongo que es lo que se espera de mí. Pido mucho a cambio.
—Le aseguro, señor Cullen, que no es en absoluto necesario que me pague. Incluso estoy dispuesta a pagarle yo a usted —comentó Bella alzando la barbilla, como si esperara que él aceptara su oferta.
Edward se puso en pie y se metió las manos en los bolsillos del pantalón antes de decir:
—Vamos a ver, señorita Swan. ¿Está usted dispuesta a quedarse embarazada, a tener a mi hijo y a desaparecer gratis?
—Sí, si cree conveniente que me marche. Estoy dispuesta incluso a eso. El niño y yo encontraremos otro lugar donde vivir.
—¿El niño y usted? —Repitió Edward, incrédulo—. El niño se queda aquí, señorita Swan. En eso tenemos que estar de acuerdo.
—No, señor Cullen, por supuesto que no —respondió Bella poniéndose de pie, alarmada—. El niño es mío.
—¡Maldita sea!, ¿y qué gano yo entonces? ¡Yo quiero a mi hijo! ¿Qué otra razón tendría para enfrentarme a una situación tan violenta?
—¿Creía usted que iba a darle al niño? —exigió saber ella, con dureza.
—¿No es para eso para lo que sirven las madres de alquiler?
—Se supone que usted solo va a ser el donante de esperma, no... no puede quedarse con el niño.
—¿Cree usted que yo permitiría que alguien se llevara a mi hijo? —preguntó Edward poniendo énfasis en cada palabra—. Ya he perdido a uno, no estoy dispuesto a perder otro.
Edward y Bella discutían el uno frente al otro, muy próximos. Él tenía las manos en las caderas, y su actitud era desafiante. Pero Bella era aún más alta de lo que él había supuesto. Apenas le llevaba unos cuantos centímetros. Tanya, en cambio, era menudita. No le llegaba siquiera a los hombros. Bella se dio la vuelta para recoger el enorme bolso sobre el sofá, y contestó:
—Es evidente que los dos... que he cometido un error. El doctor Grable dijo que usted podría ser mi donante. Lamento mucho haberle hecho perder el tiempo.
—¿Quiere decir que no está dispuesta a ser madre de alquiler?
—No.
Una vez más, Bella respondió con brevedad, sin malgastar palabras. Pasó por delante de él, en dirección a la puerta, pero él la agarró del brazo.
—Estoy dispuesto a ofrecerle mucho dinero.
—Me alegro. Y ahora, si me disculpa —contestó Bella tratando de soltarse, sin mirarlo.
—¿No le interesa?
—No —volvió a responder Bella brevemente, para bajar de inmediato la vista hasta los brazos de ambos.
—Ni siquiera me ha preguntado cuánto.
—Lo cual debería ser muestra de que no tengo ningún interés en su... oferta —respondió Bella alzando la vista al fin.
—Pero entonces, ¿por qué la ha mandado Doc? —preguntó él, lleno de frustración, después de haber estado convencido de que había resuelto su problema.
—Esa pregunta tendrá que hacérsela al doctor Grable, señor Cullen. Yo también tengo una pregunta que hacerle —contestó Bella apretando los labios.
Edward se dio cuenta entonces, por primera vez, de lo generosos que eran esos labios. Una vez más, Bella trató de soltarse y dar un paso atrás. Tenía las mejillas ruborizadas de vergüenza.
—Puede usted imponerme las condiciones que quiera, señorita Swan. Seré generoso —afirmó Edward, tenso, esperando que ella dijera una suma astronómica.
Edward estaba dispuesto a pagar lo que fuera por su sueño. Pero ella no respondió lo que esperaba. En lugar de calcular una suma, sonrió y contestó:
—Mi sueño es para mí tan importante como el suyo lo es para usted, señor Cullen. No puedo hacer lo que me pide, bajo ningún concepto. Lamento mucho haberlo hecho perder el tiempo.
Y, sin esperar respuesta, salió del salón llevándose con ella sus sueños.
