Servir

Ser abandonado por su esposa, solo hizo que terminara ahogando sus penas en alcohol, en un bar que ya ni reconocía por la nublosa en su mente. Con un gran nivel de alcohol en sangre y sin saber cómo, terminó sentado en un callejón, con unos cuantos golpes en su cuerpo, mayormente en el rostro.

—Aun con cuarenta y cinco años sigues emborrachándote y peleándote con niñatos. Eres un viejo patético.

Los duros ojos azules de su salvador lo miraron impasibles, gélidos e incomprensibles. Una mano se le fue extendida y el sueño que le recordaba aquel día terminó para Davos Seaworth. Unos largos brazos lo zamarreaban, agarro uno de estos y dejó al hombre que lo despertaba debajo de él de un eficaz movimiento.

—Buenos días, Alteza. —Dijo con tono mañanero, pero que no dejaba de ser alegre.

Respiro el perfume de la piel ajena, siempre tan deliciosa. Humedeció sus labios antes de dejarlo suspendidos en los contrarios, un gemido se liberó cuando con su lengua separó estos. Como el primer aperitivo del día, degustó la delicada boca ajena, de polo a polo, recorriendo cada parte con su lengua que daba sagaces danzas.

Toda su vida fantaseó con conocer la dulzura que ese hombre escondía y solo podía conseguir de esta manera tan forzada. La lengua ajena permaneció inmóvil, al igual que la mañana pasada. Exclusivamente el ejercía trabajo en ese temprano saludo.

Sus manos de deslizaron por el torso ajeno hasta colocarse en la pelvis. Bajando un palmo más, antes de llegar a los muslos, presionó sobre la entrepierna y sigilosos, algunos dedos se dieron paso por el ajustado pantalón. Sin embargo, antes de que su mano pudiera palpar la húmeda piel contraria, bruscamente fue apartado.

—Maldito viejo ebrio y calentón. —Stannis Baratheon salió de la cama, frunciendo el ceño mientras acomodaba su ropa. —Apúrate, levántate y vístete. No tengo tiempo que perder.

— ¡Sí, Alteza!

Se vistió con el traje que Stannis le regaló, no tan ostentoso como el de su señoría, sin embargo, si lo suficiente para Davos Seaworth. Desde aquel día en que el importante magnate Stannis Baratheon lo salvó, no pudo hacer más que servirlo y admirarlo con fervor.

Aquel no había sido su primer encuentro, claro que no. Davos y Stannis se conocieron en la secundaria, y desde el primer día en que sus ojos percibieron a los azules, su corazón latió por ese hombre.

—Te amo. —Confesó en sus púberos dieciocho años. —Como nunca he amado a alguien.

Stannis nunca lo había dejado ser caprichoso, siempre le enseñaba el valor del egoísmo, y el jamás lo desobedecería. Pero ese día le permitió embriagarse de pretensiones. Le dejó degustar su delicada piel, morderla, humedecerla, tocarla con amplias ganas.

Todo lo que imaginó lo concretó esa noche, cuando estuvieron los dos a solas, únicamente con la compañía de la luna y las confidentes estrellas. Cada uno de sus dedos, indignos hasta el momento, contorneó el cuerpo ajeno. Su lengua, sedienta, lo hizo estremecer con cada parte que mojaba. En la vida se sintió tan bien, nada igualó el día en que fue uno mismo con Stannis Baratheon, el eterno dueño de su ser, alma y corazón.

—Hoy saldré una hora más temprano. Se puntual.

—Que tenga un buen día, Alteza.

Ese día había quedado atrás, únicamente en la mente de Davos, quien ya nunca podría tener de ese modo a su amado. Luego de aquel maravilloso día en que pensó que sus sentimientos dejaría de ser unilaterales, Stannis solo se rio de él y lo despacho rápidamente para tomar la mano de una mujer. Despechado lo imitó, se casó y conformó una gran familia, no obstante, nada lo saciaba tanto como ese hombre.

Ahora solo podía contemplarlo por las mañanas cuando lo llevaba a la empresa, y por las noches, cuando lo recogía con el mismo esmero. Y pocas veces, cuando tomaba valor, dándose el atrevimiento, como el de esa mañana, y robándole un beso, seco, pero aun así uno placentero. Al menos para él.

—Davos. —Murmuró su nombre antes de bajar del coche.

— ¿Si?

—Como hoy es un día especial. Te daré un regalo y te dejare elegirlo. Piensa en ello y dímelo cuando vuelva.

«Es navidad. Siquiera en este día piensa descansar.» Stannis jamás posponía su trabajo, nunca había algo tan importante como para semejante cosa. Hacía apenas tres días que le llegó por susurros la noticia de que el Baratheon se separó de su esposa y perdió la tenencia de su hija. Aquel hombre nunca mostro dolor ni pena por aquello y como si nada, siguió trabajando.

Al volver a la casa, adornó esta para que se acoplara a la época. Y unas horas previamente de que tuviera que recoger a su jefe, preparó la especial cena: trucha envuelta en beicon con unas cuantas ensaladas de acompañamiento.

—Llegas tarde, Onion.

—Lo siento, Alteza.

Stannis al igual que todos los días, apenas le dirigía la mirada. El motivo por el que Davos Seaworth arribó impuntual fue el exagerado tiempo que le tomó la poco extravagante preparación. Algunas velas y una ostentosa cena, solo esperaba que eso sea del agrado de Stannis.

—Davos. ¿Ya has pensado que es lo que pedirás como regalo?

—Sí.

— ¿Qué pedirás?

—Ha usted, Alteza. —Respondió sin rodeos. —Quiero que usted sea mi regalo.

«Eso es lo único que quiero para navidad.» Stannis Baratheon no dijo una palabra más, le pareció razonable a tal confesión. «Es lo único que necesito.»

—Para aquí. Cenaremos afuera.

—Pero, ya he preparado…—Se detuvo en ese momento, por el espejo retrovisor se veía el poco enardecimiento que le dedicaba Stannis al escuchar sus palabras. —Claro, cenar fuera será la mejor opción, Alteza.

Cenaron lo mismo que Davos cocinó, pero si eso era lo que Stannis Baratheon deseaba, nadie podría impedirlo. Las conversaciones con este no pasaban de necesarias, podría decirse que jamás cambiaban.

—No me autoriza ver a Shireen.

—Alteza, yo creo que no es justo. Cuando me separe…—Volvía a detenerse a causa de la helada mirada ajena. —Sera mejor que lo lleve a casa, Alteza.

Stannis bebió las últimas gotas del rojizo vino y cuando se puso en pie, tambaleo por un instante. Davos no se mantuvo al tanto de cuánto vino ya había bebido este en la noche, sin embargo no pensó que fuera lo suficiente como para que su caminar se atareara.

—Asique, en verdad cocinaste. —Dijo entre risas su jefe, picando la fría comida que yacía en la mesa. —Jamás lo haces y hoy sí.

—Sí, es un día especial y quería sorprenderlo.

—Y lo has hecho. —Probo un pequeño trozo de la trucha. —Sírveme algo de vino, tengo sed.

—Ya ha bebido suficiente, Alteza.

—Has lo que te digo, Onion.

Obedeció, su señoría vaciaba tantas veces la copa que perdió la cuenta a la quinta vez. « ¿Estará ahogando las penas?» Esa era una de las facetas que agradecía de aquel hombre, una que solo le mostraba a él.

—Pon música, Davos. Algo lento.

No conocía nada de lo que la biblioteca le ofrecía, cantantes y canciones desconocidas. «En esto también se ha dejado influenciar por Melisandre.» Todo sonaba de misma forma, pausado y fino.

— ¿No piensas sacarme a bailar?

—Alteza. —Lo tomó por sorpresa. —No tiene que hacerlo si no lo desea.

—Me elegiste como regalo. Bailare contigo solo por eso. ¿Me harás rogarte?

—No, Alteza.

«Ya está lo suficientemente borracho como para hacer esto.» Stannis reposó la cabeza sobre su hombro, los brazos entre su espalda, y por unos largos minutos movió torpemente las piernas. No era del gusto de Davos Seaworth verlo de tal forma, sin embargo, tenerlo tan cerca apaciguaba cualquier idea de frenarlo.

—Mueve tus pies. —Le ordenó.

Entrelazó sus dedos diestros con los ajenos y su mano restante se suspendió entre la cadera contraria. Sus piernas marcaron el paso, intercalándose en medio de las otras.

—Así está muy bien, Sir Davos.

—Alteza, será mejor que se acueste. Ya es tarde y no se encuentra en su mejor estado.

— ¿Por qué? La noche es joven. No como usted, caballero.

—Alteza, por favor, permítame llevarlo a la cama.

Ante el último traqueteo en su danza, condujo a Stannis a la habitación. Sostenía con fuerza la mano de este que se deslizaba por su nuca. Le quito la chaqueta que llevaba, y sin mucho esfuerzo logró que este se acostara.

—Que duerma bien, Alteza.

Guardó la ropa. Estuvo a punto de irse, si no fuera que sutilmente se depositaron unos delgados dedos en la manga de su camisa. «Solo son ilusiones.»

—Davos. —Bostezó. —Quédate aquí.

«Puras ilusiones.» Allí se quedó, con el hombre que quizás recordaba y jugaba con él, o simplemente lo necesitaba. Verlo dormir era otra de las cosas que pocas veces pudo apreciar, sin embargo una de sus favoritas. A pesar de los años, seguía viéndose tan vivo y hermoso como en la juventud; las arugas en sus ojos apenas se dejaban traslucir, en cambio, en Davos era completamente lo opuesto.

—Davos. —Le susurró. —Ven junto a mí.

Se sentó en la cama, con una corta distancia hacia el otro.

—Necesito un beso para dormir. Bésame.

Vacilo por un momento, hasta que logró analizar lo que se le había dicho. De apoco se quitó los guantes que revestían sus manos, turbado por la ansiedad. Una ansiedad que se engendraba por lo que aquella persona tan especial le dijo, o meramente por el temor a que sea solo un juego.

Coloco sutil su mano en un cálido moflete ajeno, con el simple miedo de desgarrarlo con su tacto; y la otra a comienzos del cuello, subiendo paulatinamente, para acomodarse entre el rostro, a misma altura que la contraria.

Sus labios se separaron, con la idéntica velocidad con la que llevaba la acción, su frio aliento salió por un período, luego se quedó sin él. Su lengua humedeció su labio inferior y después, este mojó el superior.

La cabeza de Stannis ladeó, aferrándose aún más a su palma, la vista de este descendía. Con unos pocos dedos le levantó desde la punta el mentón, los claros ojos se alzaron por un instante y finalmente, volvieron a apartarse de los suyos. «Esto no es de su agrado.» comprendió.

—No tiene que forzarse si no le gusta, Alteza.

—Bésame. Rápido. Hazlo ahora.

Dio un ligero beso por la boca ajena, no recordaba la intensidad de la dulzura de este, aun cuando fue breve el tiempo que transcurrió de su última conexión. Aunque fuera corto, lo sintió de gran duración. Tenerlo tan cerca, no únicamente por el unilateral lanzamiento mañanero, lo hacía desmedidamente feliz.

—Alteza, ya… —Se apartó. —Ahora podrá descansar.

—No. No me besaste.

—Pero… Alteza, lo acabo de besar.

—No puedes llamar a eso un beso. Bésame como es debido. —Unos suaves dedos jugaron con su crecida barba, subiendo hasta su mejilla. —Un beso de verdad.

«Un beso de verdad.» Arrimó su cuerpo, Stannis cerró sus ojos y suspendió una de sus manos sobre su pecho. «No es de su agrado.» Sus labios aprisionaron el inferior del Baratheon, lo jalaron con diminuta vehemencia. Se separó unos mínimos segundos, y su boca reanudó la unificación con la contraria.

Los labios ajenos se despegaron, permitiéndole el ingreso a su lengua. El gusto a tabaco y trucha se combinaban en ambas bocas, las lenguas ayudaban a que los sabores se propagaran en una totalidad.

Ambos seguían el mismo paso, tal vez Stannis un tanto más acelerado, dándole el placer de ser dominado, era tanto lo que le gustaba eso. Su lengua chocaba con la otra, llenándolo de placer; arremetía sobre la cavidad ajena, colmándolo de exquisita afabilidad; se conectaba con la contraria, tan señorial y sofisticada que no podía sentirse digno.

Su mano derecha, acarició por última vez la mejilla de Stannis. Descendió con las yemas de los dedos a través de las venas del cuello, llegando al centro y finalizando su recorrido en el torso de este. Sus dedos tantearon sobre la tela, al tiempo en que pellizcaban algún punto sensible.

—Davos… ya es… suficiente.

Dos de sus dedos presionaron la ajena tetilla izquierda, comprimiendo la piel y prenda contraria con su propia piel, chorreada por el nerviosismo. Su mano inquieta, localizó la manera de introducirse para tocar sin preámbulo la rosada piel.

Su lengua figuró en el cuello ajeno, al inicio registrando con el olfato el aroma que su nariz nunca se cansaría de inhalar. Sus labios, que ya no tuvo la necesidad de mojar, salpicaron sobre la tersa piel.

—He dicho que eso… ya es… suficiente. Onion.

Por instinto, al escuchar aquel tono en la voz de Stannis, se frenó en seco. Sus dilatadas pupilas danzaron por un momento en lo bajo, en arrepentimiento por el nuevo atrevimiento, y luego, remontaron, notando el entablado sonrojo en las mejillas del Baratheon.

—Perdóneme, Alteza. —Inhaló. —Pero… realmente quería volver a hacer esto con usted. Como antes.

—Si es así. —Tomó su mano y la depositó entre el cubierto pecho. —Tócame. Al igual que aquella vez. Tócame cuanto quieras.

«Ya no son solo ilusiones.» La clara y pulcra camisa dejaba atrás el cuerpo de Stannis Baratheon. Su boca se hizo parte de este, ya desnudo y dispuesto, degustando con el completo privilegio. Sus manos se enredaron entre el cinto, hasta que consiguió desprenderlo de un torpe pujo.

Sostuvo con ambas manos el rígido sexo Baratheon. Una se encargaba de presionar sobre la punta y entretanto la otra acariciaba en un recorrido al tallo. Miro el rostro que tanto le enloquecía, tan rojizo como lo recordaba en sus jóvenes dieciocho años.

Incremento el indulgente enardecimiento de sus labores. Su lengua se apoderaba sin control de la piel ajena. Y sus manos, repetidamente iban del inicio para regresar a la punta de la rigidez, incentivado por la agitada respiración de su señoría. Este dejó caer la cabeza sobre su hombro.

—Ah… Davos.

Escuchar el fogoso jadeo de Stannis Baratheon le cautivaba. Era algo libidinoso, para nada nuevo, en el que no podía evitar. Quería causarle acreciente fruición para poder oír más y más impetuosos gemidos.

—Alteza… usted también tóqueme.

La cabeza en su hombro se realzo, junto a una sacudida. Una mano se transportó por su entrepierna, que todavía revestida con el pantalón dejaba valorar la progresiva excitación. Acompasado, Stannis desabrocho los botones.

Stannis detuvo su mano, yendo hacia atrás. Se deshizo una a una de todas las prendas que colmaban sus muslos, corriéndolo unos pocos palmos, hasta dejarlo a un necesario descubierto. Le tomó su sexo que ahora podía sentir el aire y exponerse en su entera forma. Y dignándole de una gran sorpresa, la lengua contraria lo lamio.

— ¿A-alteza? No tiene que hacer eso.

—Dijiste que te tocara. Lo estoy haciendo.

«Sí, pero no de este modo.» La lengua comenzó a relamer fervientemente. Fue a la ensanchada punta de su erección, de costado a costado hasta que esta estuvo mojada en su totalidad. Bajó de forma lenta, con un marcado retomar.

El contrario respiro profundo, remojó los labios con los cuales cubrió sus dientes. Lo miró por última vez antes de que introdujera la erección en su boca. La lengua se extendió por una mitad y dio una primera absorbida. Un gemido salió de su boca. Una segunda absorbida llegó y el contrario entrelazó toda la lengua alrededor de su miembro.

—Ah… Alteza.

La cabeza Baratheon bajaba y subía en un zigzag. Ya alcanzaba a sentir como el líquido pre seminal comenzaba a salir, y al parecer Stannis también lo notó. Este liberó su boca y de a pequeños trazos se encargó de lamer cada parte de la punta.

Luego de que aquel lugar quedara limpio, la boca del contrario de nuevo era cubierta por su miembro, y las absorbidas, descendidas y remontadas volvían incesantes también. Ahora tenía su rigidez por completo y la lengua retozaba con gran energía.

—Alteza… deténgase. —Elevó el mentón ajeno. —Por favor, permítame terminar dentro de usted.

Stannis Baratheon alzó la cabeza, la corrió lo suficiente para no compartir la mirada y limpió sus labios. «Seguramente, no le agrada.»

Sobre los muslos de Davos, las manos de Stannis yacieron. Este arqueo su espalda, al levantar mínimamente su cuerpo con ayuda de sus rodillas. «Lo hará de todos modos.» Su miembro sin ser soltado, a una relativamente cómoda posición, fue introduciéndose en la entrada de este, a un tiempo paulatino.

—Si no es de su gusto, no lo haga, Alteza.

—Cállate y muévete de una maldita vez.

La espalda de Stannis se arqueo cuando el miembro lo tomo por completo. Las caderas de este se movieron, proporcionando suaves y placenteras embestidas. Con la primera su voz tembló y un jadeo salió.

—Alteza… no siga con esto si no le gusta.

—Dije que te callaras y te movieras, Onion. Tú me querías como regalo, solo estoy cumpliendo con mi palabra.

Stannis una vez más bajó su pelvis. Este le recorrió el cuello con las manos, agregándole algunos besos en sus mejillas.

—Si es por eso, Alteza. Fue suficiente con todo lo que ha hecho hoy, no necesitaba que hiciera esto. Yo ya soy feliz teniéndolo a mi lado.

En seco, Stannis se detuvo. Le sostuvo las mejillas y vergonzoso aproximó sus rostros. Le beso los labios, una y otra vez. Las repeticiones aumentaban la suavidad y regodeo, al igual que sus estremecimientos.

—No solo lo hago por eso. Principalmente, lo estoy haciendo porque es contigo. Quiero hacerlo contigo.