CAPÍTULO 1

—¡Un brindis por el duque de Grandchester y la novia!

En circunstancias normales este brindis de boda habría producido sonrisas y vítores entre las damas y caballeros elegantemente ataviados que se habían congregado en el gran salón del castillo de White. Se habrían levantado las copas y ofrecido más brindis para celebrar la boda de uno de los principales nobles del reino, como la que en breve tendría lugar en el sur de Escocia.

Pero no fue eso lo que sucedió en aquella boda.

En aquella boda nadie vitoreó, nadie levantó su copa de vino. En aquella boda los presentes, nerviosos, se observaban. La familia de la novia estaba tensa, así como la familia del novio. Los invitados, los criados y hasta los perros que había en el salón estaban tensos. Incluso el primer conde de White, cuyo retrato colgaba sobre la chimenea, parecía estar tenso.

—Un brindis por el duque de Grandchester y la novia-pronunció de nuevo el hermano del novio, y su voz resonó como un trueno en el silencio antinatural y funerario que reinaba en el atestado salón—.Que disfruten juntos de una larga vida larga y fructífera.

Normalmente esa clase de brindis producen una reacción predecible: el novio sonríe orgullosamente porque está convencido de haber logrado algo maravilloso; la novia sonríe porque ha logrado convencerlo de que es así; los invitados sonríen porque un matrimonio entre miembros de la nobleza supone la unión de dos familias importantes y de dos grandes fortunas, algo en sí mismo motivo suficiente para una gran celebración y un estado de júbilo fuera de lo común.

Pero no fue así en aquella boda. No en aquel 14 de octubre de 1497.

Tras el brindis, el hermano del novio levantó su copa y sonrió inexorablemente al novio. Los amigos de éste levantaron sus copas y sonrieron fríamente. El novio, que parecía ser el único inmune a la hostilidad reinante en el salón, levantó su copa y sonrió serenamente a la novia, aunque la sonrisa no se vio reflejada en sus ojos.

La novia ni siquiera se molestó en sonreír a nadie. Mantenía una expresión furiosa y rebelde.

En realidad la furia de Candy era tal que apenas se daba cuenta de la presencia de nadie. En esos instantes hasta la última fibra de su ser se hallaba concentrada en un desesperado ruego a Dios, quien por falta de atención o de interés había permitido que ella llegara a esa lamentable situación. "Señor-gritó en silencio, tratando de controlar el terror que le atenazaba la garganta—, si vais a hacer algo por detener este matrimonio, tendréis que hacerlo ya, pues dentro de cinco minutos será demasiado tarde. Seguramente me merezco algo mejor que este matrimonio a la fuerza con e hombre que me robó la virginidad. De sobra sabéis que no se la entregué voluntariamente."

Al darse cuenta de la estupidez de reprender al Altísimo, se apresuró a cambiar el tono de su súplica: "¿Acaso no he intentado serviros siempre bien?—susurró en silencio—¿No os he obedecido siempre?

"No siempre, Candice", resonó la voz de Dios en su mente.

"Bueno, casi siempre-rectificó Candy al punto—. Asistí cada día a misa, excepto cuando estuve enferma, algo que sucedía muy raras veces. Y rezaba mis oraciones cada mañana y cada noche, Bueno, casi cada noche— volvió a rectificar apresuradamente, antes de que su conciencia la contradijera—, excepto cuando me quedaba dormida antes de terminar. Y hacía verdaderos esfuerzos por ser todo lo que las buenas hermanas de la abadía deseaban que fuese. ¡Sabéis muy bien lo mucho que lo he intentado! Señor-concluyó desesperadamente—, si me ayudarais a escapar de esto jamás volvería a ser caprichosa e impulsiva".

"Eso no me lo creo, Jennifer", resonó con tono de dudad la voz del Señor.

«De veras, os lo juro —replicó ella con toda seriedad, tratando de llegar a un acuerdo—. Haría todo lo que desearais. Regresaría directamente a la abadía, dedicaría toda mi vida a la oración y...»

—El contrato matrimonial ha sido debidamente firmado. Traed al sacerdote-ordenó Lord Balfour.

Candy tragó con dificultad e intentó ahuyentar de su mente cualquier pensamiento de sacrificios potenciales. «Dios mío— rogó en silencio—. ¿Por qué me hacéis esto? No vais a permitir que esto me suceda, ¿verdad?»

Sea abrieron las puertas y en el gran salón se hizo el silencio.

«Sí, Candice lo permitiré»

La multitud se apartó para dejar paso al sacerdote y Candy tuvo la sensación de que su vida acababa en aquel momento. Su novio se adelantó y se situó a su lado, y Candy no pudo evitar apartarse un poco, resentida y humillada por tener que soportar su proximidad. Si ella hubiera sabido que un acto descuidado podía terminar en tanto desastre y tanta desgracia. ¡Si no hubiera sido tan impulsiva e imprudente!

Candy cerró los ojos e intentó olvidar los rostros hostiles de los ingleses y las miradas sanguinarias de sus parientes escoceses y, en el fondo de su corazón, afrontó la desgarradora verdad: la impulsividad y la imprudencia, sus dos mayores defectos, los mismos que la indujeron a cometer sus más desastrosas estupideces, la habían conducido a la situación en que se encontraba. Aquellos mismos defectos que, combinados con el desesperado anhelo de obtener el cariño de su padre, que amaba a sus hijastros, fueron los responsables del fracaso de su vida.

Cuando tenía quince años, esos dos defectos la indujeron a tratar de vengarse de su astuto y despreciable hermanastro dela forma que le pareció más correcta y honorable, que consiguió en ponerse secretamente la armadura de White y luego enfrentarse a él en el torneo. Aquella estupidez fue merecedora de una buena azotaina por parte de su padre, allí mismo, en el campo del honor, y sólo le proporcionó la ínfima satisfacción de haber derribado limpiamente del caballo a su malvado hermanastro.

El año anterior, esos mismos rasgos de su carácter le habían hecho comportarse de tal forma que el viejo Lord Balder retiró la solicitud de petición de su mano y, al hacerlo, destruyó el más querido sueño de su padre, que consistía en unir a las dos familias. Debido a ello la confinaron en la abadía de Belkirk donde, siete semanas atrás, había sido presa fácil de las mesnadas del Lobo Negro.

Y ahora, debido a todo ello, se veía obligada a casarse con su enemigo, un brutal guerrero inglés cuyos ejércitos oprimían a su país, un hombre que la había hecho prisionera, y tras arrebatarle su virginidad, había destruido su reputación.

Pero ya era demasiado tarde para plegarias y promesas. Su destino quedó sellado en el momento en que siete semanas antes se vio arrojada a los pies de la arrogante bestia que ahora se encontraba a su lado, ofrecida como una perdiz en día de fiesta.

Candy sintió que le faltaba el aire. No, antes de que eso sucediera ella misma preparó el camino que la condujo hacia el desastre cuando, ese mismo día, hizo caso omiso de las advertencias sobre la cercanía de los ejércitos del Lobo Negro.

Pero ¿por qué tendría que haber hecho caso de aquellas advertencias?, se preguntó Candy en defensa propia."¡El Lobo marcha contra nosotros!" era el grito aterrador que durante los últimos cinco años se había escuchado casi cada semana.

Ese día de hacía siete semanas, sin embargo, el grito escondía una terrible verdad.

Todos los presentes en el salón se removieron inquietos y volvieron la mirada hacia el sacerdote. Pero Candy se encontraba sumida en sus recuerdos de aquel día...

La mañana era inusualmente bonita, el cielo de un azul alegre y soplaba una brisa balsámica. El sol brillaba sobre la abadía bañando con su luz dorada las agujas góticas y los gráciles arcos. El adormilado y pequeño pueblo de Belkirk, se ufanaba de tener una abadía, dos tiendas, treinta y cuatro casas de campo y un pozo comunal de piedra donde los aldeanos se reunían los domingos por la tarde, como hicieron entonces. Sobre una colina lejana, un pastor cuidaba de su rebaño, y en un claro, no muy lejos del pozo, Candy jugaba a la gallina ciega con los huérfanos cuyo cuidado le confiaba la madre abadesa.

Y fue en aquel ambiente feliz, lleno de risas y relajación, donde se inició la pantomima de que ahora era víctima. Como si pudiera cambiar los acontecimientos por el hecho de rememorarlos, Candy cerró los ojos y, de repente, se encontró de nuevo allí en el pequeño claro, en el medio de los niños, con la cabeza completamente cubierta con una capucha de verdugo.

—¿Dónde estás, Tom ?—preguntó en voz alta, tanteando con los brazos tendidos, fingiéndose incapaz de localizar el sonriente niño de nueve años que, a juzgar por lo que le decían sus oídos, debía de estar a corta distancia, hacia su derecha. Sonriendo por debajo de la capucha que le impedía ver, adoptó la pose de un "monstruo" clásico, con las manos tendidas por delante, los dedos engarfiados como garras, y empezó a avanzar lentamente y a decir con voz profunda y ominosa—: No puedes escapar de mí, Tom .

—¡Ja!—gritó él desde la derecha—. ¡No podréis encontrarme verdugo!

—¡Sí que te encontraré!—dijo Candy con tono amenazador.

Luego se volvió deliberadamente hacia la izquierda, lo que hizo que todos los niños que se ocultaban tras los árboles y se agazapaban junto a los arbustos se echaran a reír.

—¡Ya te tengo!— exclamó Candy con tono de triunfo pocos minutos más tarde, tras precipitarse sobre un pequeño que huía y reía, y sujetarlo por la muñeca.

Con la respiración entrecortada y sin dejar de reír, Candy se quitó la capucha para ver quién había atrapado, sin importarle que su largo cabello dorado y rizado le cayera sobre los hombros y los brazos.

—¡Habéis atrapado a Mary! —gritaron los niños, encantados—. ¡Mary es ahora la gallina ciega!

La pequeña de cinco años, temblando de miedo, miró a Candy con una expresión de recelo en sus ojos pardos.

—Por favor-susurró la niña, aferrándose a la pierna de Candy—. No..., no deseo ponerme la capucha. ¿Es necesario que lo haga? —Candy acarició con ternura la suave cabeza de Mary.

—No tienes que ponértela si no quieres —dijo con una sonrisa tranquilizadora.

—Tengo miedo de la oscuridad— confesó Mary sin poder disimular que se sentía avergonzada.

Candy la tomó en sus brazos y la abrazó con fuerza.

—Todo el mundo tiene miedo de algo —le dijo y luego, juguetonamente, agregó—: Imagínate, yo tengo miedo... ¡de las ranas!

Aquella confesión hizo que la niña se echara a reír.

—¡Las ranas! —exclamó—. ¡A mí me gustan las ranas! No me parecen tan altas.

—¿Lo ves? —dijo Candy al tiempo que volvía a depositarla en el suelo—. Eres muy valiente. ¡Más valiente que yo!

—¡Lady Candy le tiene miedo a las ranas! —dijo Mary a los otros niños, que no pudieron contener la risa.

—No, no lo tiene... —empezó a decir el joven Tom saliendo rápidamente en defensa de la hermosa Lady Candy, quien, a pesar de su alto rango, siempre estaba dispuesta a todo, incluso a recocerse las faldas y meterse en el estanque para ayudarlo a atrapar a una gran rana toro, o a subirse a un árbol, con la misma rapidez que un gato, para rescatar al pequeño Will, que tenía miedo de bajar.

Tom guardó silencio ante la suplicante mirada de Candy y no discutió más sobre el supuesto temor de ésta a las ranas.

—Yo me pondré la capucha— se ofreció.

Miró con expresión de adoración a la joven de diecisiete años que llevaba el sombrío hábito de novicia, a pesar de que no lo era y que, ciertamente, no actuaba como tal. Si apenas el domingo anterior, durante el largo sermón pronunciado por el sacerdote en la misa, Lady Candy inclinó la cabeza, y sólo el fuerte carraspeo de Tom, que se hallaba en el banco de atrás, la despertó a tiempo para que su desliz no fuera detectado por la atenta mirada de la abadesa.

—Ahora le toca a Tom el turno de ponerse la capucha — se apresuró a decir Candy al tiempo que se la entregaba al niño.

Sonriendo, observó a los niños correr hacia sus escondites preferidos. Luego tomó el griñón y el velo corto de lana que se había quitado para ponerse la capucha, con la intención de dirigirse hacia el pozo comunal, conde los aldeanos interrogaban ávidamente a algunos hombres de los clanes que pasaban por Belkirk, camino de sus hogares, para pedirles noticias de la guerra que se libraba en Cornualles contra el inglés. Levantó el griñón para ponérselo, cuando de pronto oyó que uno de los aldeanos gritaba:

—¡Lady Candice! Venid rápido... ¡Hay noticias del señor!

Olvidándose del velo y del griñón, Candy echó a correr y los niños, al advertir su excitación, dejaron de jugar y la siguieron.

—¿Qué noticias hay? —preguntó Candy con la respiración entrecortada, escudriñando los rostros impasibles de los hombres de los clanes. Uno de ellos se adelantó, se quitó respetuosamente el casco y lo sostuvo en el hueco de su brazo doblado.

—¿Sois la hija del señor de White?

Al oír mencionar el nombre de White, dos de los hombres que se encontraban al lado del pozo izando un cubo de agua, se detuvieron e intercambiaron miradas de asombro y malevolencia, antes de volver a agachar la cabeza para mantenerla entre las sombras.

—Sí —respondió candy con impaciencia—. ¿Tenéis noticias de mi padre?

—En efecto, milady. Se dirige hacia aquí con un grupo numeroso de hombres. No está a mucha distancia.

—Gracias a Dios —dijo Candy, y dejó escapar un suspiro de alivio—¿Cómo se desarrolla la batalla de Cornualles? —preguntó al cabo de un momento, dispuesta a olvidar sus preocupaciones personales para prestar atención a la batalla que los escoceses libraban en apoyo del rey Jacobo y de las aspiraciones de Eduardo V al trono inglés.

La expresión del hombre anticipó la respuesta.

—Cuando nos marchamos —dijo el por fin—, todo parecía haber terminado. En Cork y en Taunton teníamos posibilidades de vencer, y lo mismo cabría decir de Cornualles, hasta que se presentó el mismo diablo y se puso al mando del ejército de Enrique.

—¿El diablo? —repitió Candy, sin comprender.

Una mueca de odio desfiguró los rasgos del hombre, que escupió en el suelo.

—Así es, el diablo..., el mismísimo Lobo Negro, que arda en el infierno, de donde ha venido.

Dos de las campesinas se persignaron como para ahuyentar al demonio ante la sola mención del Lobo Negro, el enemigo más odiado y temido en Escocia. Las siguientes palabras del hombre, sin embargo, hicieron que el temor se apoderara de ellas.

—El Lobo regresa a Escocia. Enrique lo envía al mando de un ejército de para aplastar a todos los que apoyamos al rey Eduardo. Habrá muertes y derramamiento de sangre, sólo que esta vez será peor, podéis creerme. Los clanes se apresuran a regresar a sus hogares y prepararse para la batalla. Creo que el Lobo atacará primero White antes que a cualquier de nosotros, ya que fue vuestro clan el que se cobró más vidas inglesas en Cornualles.—Tras decir esto, hizo una cortés reverencia, se puso el casco y se volvió para dirigirse hacia su caballo.

Los campesinos reunidos alrededor del pozo partieron poco después, para tomar el camino que cruzaba las marismas y dirigirse, tras el recodo, hacia el interior de las montañas.

Dos de los hombres, sin embargo, no continuaron más allá del recodo del camino. Una vez que se encontraron fuera de la vista de los aldeanos, giraron hacia la derecha y obligaron a sus caballos a emprender un furtivo galope que los adentró en el bosque.

Si Candy los hubiera observado, los habría visto volver grupas por entre los árboles que crecían al costado del camino, justa a la derecha de donde ella se encontraba. Pero en ese momento se hallaba ocupada con el tumulto que estalló entre los aldeanos de Belkirk, que se encontraba justo en el camino entre Inglaterra y el castillo de White

—¡Viene el Lobo! —exclamó una de las mujeres al tiempo que apretaba protectoramente a su bebé contra el pecho—. Que Dios se apiade de nosotros.

—Se lanzará sobre White —gritó un hombre, preso del pánico—. Lo que quiere es atrapar al señor de White, pero cuando pase por Belkirk arrasará la aldea.

De repente, el aire se llenó con horribles presagios de incendios, muerte y destrucción, y los niños arremolinados alrededor de Candy se aferraron a ella y la miraron horrorizados. Para los escoceses, fueran nobles o humildes aldeanos, el Lobo Negro era peor que el diablo, y resultaba mucho más peligroso, pues el diablo no era más que un espíritu, mientras que el Lobo era de carne y hueso, el Señor del mal redivivo, un ser monstruoso que amenazaba su existencia sobre la Tierra. Era el espectro malévolo que utilizaban los escoceses para aterrorizar a sus pequeños y hacer que se comportaran bien. "Si te portas mal vendrá el Lobo y te llevará", era la advertencia que se hacía a los niños para evitar que se internaran en el bosque, abandonaran la cama por la noche o desobedecieran a sus mayores.

Sin comprender cómo era posible que un ser que para ella era más un mito que un hombre pudiese causar tanta histeria, Candy alzó la voz para hacerse oír por encima del estrépito.

—Lo más probable es que regrese al lado de su pagano rey para lamerse las heridas que le infligimos en Cornualles, mientras cuenta grandes mentiras para exagerar su victoria —dijo al tiempo que rodeaba con sus brazos a los aterrorizados niños, que ese apretujaron contra ella ante la mera alusión del Lobo—. Y si no hace eso, elegirá atacar un castillo más débil que el de White, uno que tenga posibilidades de ocupar.

Sus palabras y el tono de desprecio burlón arrancaron miradas fugaces y asombradas entre los aldeanos, pero lo que hizo que Candy hablara así no fue más que la fanfarronería. Ella era una White,, y un White nunca admitía sentir temor ante ningún hombre. Ella había odio a su padre decírselo cientos de veces a sus hermanastros, y estaba convencida de que no podía ser de otro modo. Además, la actitud de los aldeanos asustaba a los niños, y no estaba dispuesta a permitirlo.

Mary tiró de la toca de Candy para llamar su atención, y con su voz aguda, preguntó:

—¿No tenéis miedo del lobo Negro, lady Candy?

—¡Pues claro que no! —contestó ella con una brillante sonrisa tranquilizadora.

—Dicen que el Lobo es tan alto como un árbol —intervino el pequeño Tom con tono de respeto.

—¡Un árbol! —Candy se echó a reír y trató de tomarse a broma todo lo que se decía acerca del Lobo—. Pues si lo es, valdría la pena verlo cuando intente montar en su caballo. ¡Se necesitarían cuatro escuderos para que lo consiguiese!

Lo absurdo de la imagen hizo que algunos niños se echaran a reír, tal como Candy esperaba que sucediera.

—He oído decir —comentó el joven Will con evidente temor—, que destruye los muros con sus propias manos y bebe sangre.

—¡Agh! —exclamó Candy con ojos centelleantes—. Entonces debe de ser la indigestión lo que le hace ser tan mezquino. Si llega a Belkirk, le ofreceremos en lugar de sangre un poco de buena cerveza escocesa.

—Mi padre —intervino otro niño—, dice que cabalga acompañado de un gigante, un Goliat llamado Arik, que lleva un hacha con la que despedaza a los niños...

—Yo he oído decir... —terció otro niño con tono ominoso.

—Dejad que os diga lo que he oído —lo interrumpió Candy con suavidad. Luego, con una brillante sonrisa, empezó a conducirlos hacia la abadía, que se alzaba más allá del recodo del camino—. He oído decir —improvisó alegremente—, que es tan viejo que tiene que entrecerrar los ojos para ver, así... —Contorsionó el rostro para imitar a una persona aturdida y casi ciega que miraba alrededor sin ver prácticamente nada, y los niños se echaron a reír.

Mientras caminaban, Candy no dejó de hacer comentarios jocosos. Los niños participaron en el juego y añadieron sus propias sugerencias para hacer que el Lobo pareciera un ser absurdo.

Pero a pesar de las risas y de la aparente alegría del momento, grandes nubarrones oscurecieron el cielo y comenzó a soplar un viento gélido que azotaba la capa de Candy, como si la naturaleza se entristeciera ante la simple mención de aquel diablo.

Candy estaba a punto de hacer otra broma a expensas del Lobo, pero se interrumpió bruscamente cuando un grupo de hombres de los clanes, montados a caballo, parecieron en el recodo procedentes de la abadía. Delante del líder iba montada una hermosa joven, vestida, como Candy, con el sombrío hábito gris, el griñón blanco y un corto velo gris de monja novicia. Iba recatadamente sentada de lado sobre la silla, y su tímida sonrisa confirmaba lo que Candy ya sabía.

Con un silencioso grito de alegría, Candy estuvo a punto de echar a correr hacia ella, pero pronto reprimió aquel impulso impropio de una dama y permaneció donde se encontraba. Miró fijamente a su padre y luego observó fugazmente a los hombres del clan, que eludían sus ojos con la misma expresión de desaprobación que habían demostrado hacia ella durante años, desde que su hermanastro consiguió hacer circular con éxito aquella horrible historia.

Candy envió a los niños por delante, no sin antes ordenarles que se dirigieran directamente hacia la abadía, y esperó en medio del camino durante lo que le pareció una eternidad, hasta que por fin el grupo se detuvo delante de ella.

Su padre, que evidentemente había pasado por la abadía donde también estaba Annie, la hermanastra de Candy, desmontó y se volvió para ayudar a aquélla a hacer lo propio. Candy se impacientó ante el retraso, pero la escrupulosa atención que prestaba su padre a las reglas de la cortesía y la dignidad era tan típica del gran hombre, que no pudo evitar esbozar una sonrisa irónica.

Finalmente, el hombre se volvió hacia ella y abrió los brazos. Candy corrió hacia él y lo abrazó con fuerza, al tiempo que balbuceaba, excitada:

—Padre, ¡os he echado tanto de menos! Han transcurrido casi dos años desde la última vez que os vi.

—¿Os encontráis bien? ¡Apenas habéis cambiado en todo este tiempo!

Apartando suavemente los brazos que rodeaban su cuello, Lord White retrocedió un paso y observó el cabello suelto, las mejillas sonrosadas y el hábito arrugado de su hija. Candy se avergonzó interiormente ante aquel prolongado escrutinio, y rezó para que él aprobara lo que veía y, puesto que ya se había detenido en la abadía, se sintiera complacido con el informe que, sin duda, le había ofrecido la abadesa.

Dos años antes, su comportamiento había hecho que la enviaran a la abadía, un año atrás, la propia Annie también fue enviada allí por motivos de seguridad, ya que el señor estaba en la guerra. Bajo la guía firme de la abadesa, Candy llegó a apreciar su propia fortaleza y a tratar de superar sus defectos. Pero mientras su padre la inspeccionaba de pies a cabeza, no pudo evitar el preguntarse si veía en ella a la joven dama en que se había convertido, o si seguía viendo a la revoltosa muchacha que fuera dos años atrás. Finalmente, su padre la miró a la cara y en sus ojos azules brilló una sonrisa.

—Te has convertido en toda una mujer, Candice.

Candy se sintió henchida de placer. Aquel comentario, procediendo de su padre, era todo un elogio.

—También he cambiado en otras cosas padre —le aseguró—. He cambiado mucho.

—Parece que no tanto, muchacha —replicó él observando el velo corto y el griñón que ella sostenía entre los dedos.

—¡Oh! —exclamó Candy, impaciente por explicarse—. Jugaba a la gallina ciega... con los niños, y no podía ponerme la capucha. ¿Habéis visto a la abadesa? ¿Qué os ha contado la madre Maria?

La risa centelleó en los sombríos ojos de su padre.

—Dice —replicó ásperamente—, que tienes la costumbre de sentarse en lo alto de una colina alejada y desde allí contemplar el aire con expresión soñadora, algo que me suena familiar, muchacha. Y también ha comentado que tienes cierta tendencia a cabecear en medio de la misa cuando el sacerdote pronuncia un sermón más largo de lo que te parece conveniente, lo cual también me suena familiar.

Candy se sintió traicionada por la abadesa, a la que tanto admiraba. En cierto modo, la madre Maria era la señora de sus propias tierras, controlaba los ingresos que se obtenían de los labradíos y el ganado pertenecientes a la espléndida abadía, presidía la mesa siempre que había visitas, y se ocupaba de todas las cuestiones que afectaban a los laicos que trabajaban en los terrenos del convento, así como a las monjas que vivían enclaustradas entre sus altos muros.

A Annie le aterrorizaba aquella mujer tan severa, pero a Candy le encantaba, por lo que se sintió profundamente herida por lo que consideraba una traición.

Las siguientes palabras de su padre, sin embargo, hicieron que su decepción se esfumase.

—La madre Maria también me ha dicho que tienes la cabeza firmemente puesta sobre los hombros-admitió tratando de disimular su orgullo—. Dijo que eres una verdadera White, con valor suficiente para ser la señora de tu propio clan. Aunque eso no lo serás —añadió con tono de advertencia. A pesar de que con aquellas últimas palabras Candy veía roto su sueño más anhelado, hizo un esfuerzo por mantener la sonrisa, por negarse a sentirse herida ante la privación de aquel derecho; un derecho que su padre le había prometido hasta que se casó con la madre de Annie, y adquirió además, otros tres hijastros.

Alexander, el mayor de los tres hermanos, asumiría llegado el momento el puesto que le habría correspondido a ella. Eso, en sí mismo, no le habría resultado nada difícil de aceptar si Alexander fuese agradable y justo, pero era un hombre traicionero, un embustero intrigante, y Candy lo sabía, aunque su padre y su clan no parecían darse cuenta de ello. Un año después de que empezara a vivir en el castillo de White, hizo correr rumores acerca de ella, chismes calumniosos totalmente inventados, pero tan bien concebidos que, andando el tiempo, consiguió que todo el clan se revolviera contra Candy. Aquella pérdida del afecto de su clan todavía le causaba un dolor insoportable. Incluso ahora, cuando evitaban mirarla a la cara, como si no existiera para ellos, Candy tenía que hacer un esfuerzo para no rogarles que la perdonasen por cosas que, en realidad, no había hecho.

William, el hermano del medio, era, como Annie dulce y tímido, mientras que Malcolm, el menor, era tan malvado como Alexander.

—La abadesa —continuó su padre—, también dijo que eres afable y gentil, aunque también enérgica...

—¿Dijo todo eso de mí? —preguntó Candy que apartó de su mente los lúgubres pensamientos sobre sus hermanastros—. ¿De veras?

—En efecto.

Normalmente Candy se habría regocijado ante aquella respuesta, pero al observar el rostro de su padre advirtió que su expresión se hacía más ceñuda que nunca. Incluso su voz pareció tensa cuando añadió:

—Está muy bien que hayas abandonado tu comportamiento propio de paganos y te hayas convertido en lo que eres, Candice.

Guardó silencio, y Candy lo animó suavemente a continuar.

—¿Por qué lo decís, padre?

—Porque el futuro del clan —respondió él tras un prolongado suspiro—, dependerá de lo que contestes a mi siguiente pregunta.

Aquellas palabras resonaron en la mente de Candy como toques de trompeta, lo que la dejó aturdida de excitación y alegría. El futuro de clan dependería de ella, había dicho su padre. Se sintió tan feliz que apenas pudo dar crédito a lo que acababa de escuchar. Era como si se encontrara allá arriba, sobre la colina, entregada a su ensoñación preferida, aquella en que su padre se acercaba y le decía:"Candice, el futuro del clan no depende de tus hermanastros sino de ti, de ti."

Ahora por fin se presentaba la oportunidad con que soñaba para demostrar su temple a los hombres de clan y recuperar su afecto. Siempre imaginaba que la llamaban para realizar una hazaña increíble, un acto valeroso y peligroso, como escalar el muro del castillo del Lobo Negro y capturar a éste sin ayuda de nadie. Por muy atrevida que fuese la tarea ella nunca la cuestionaba ni vacilaba un segundo en aceptar el desafío.

Miró atentamente a su padre y preguntó, impaciente:

—¿Qué queréis de mí? Decídmelo y haré lo que sea.

—¿Te casarás con Edric MacPherson?

—¿Queeé? —preguntó la horrorizada heroína del ensueño de Candy. Edric MacPherson era más viejo incluso que su padre; se trataba de un hombre apergaminado y aterrador que, desde que Candy se convirtiera en mujer, la miraba de tal modo que le ponía la carne de gallina.

—¿Lo harás, o no lo harás?

Candy frunció el delicado entrecejo.

—¿Por qué? —preguntó la heroína que nunca cuestionaba nada.

Una expresión extraña y atormentada apareció en el rostro de su padre.

—En Cornualles fuimos vapuleados. Perdimos la mitad de nuestros hombres. Alexander murió en la batalla. —Hizo una pausa y, con tono de orgullo, añadió—: Murió como un White, luchando hasta el final.

—Me alegro de que os encontréis bien, padre —dijo Candy, incapaz de sentir más que un breve aguijonazo de pena por el hermanastro que había convertido su vida en un infierno. Ahora, como tantas veces en el pasado, sólo deseaba hacer algo para que su padre se sintiera orgulloso de ella—. Sé que lo queríais como si fuera vuestro hijo.

Él aceptó su comprensión con un breve gesto de asentimiento, para regresar de inmediato al tema que le ocupaba.

—Muchos se opusieron a ir a Cornualles para luchar por la causa del rey Jacobo, pero los clanes me siguieron de todos modos. Para los ingleses no es ningún secreto que fui yo quien convenció a los clanes de marchar hacia Cornualles, y ahora el rey inglés desea venganza. Envía al Lobo a Escocia para atacar el castillo de White.—Con tono de profunda desazón, admitió—: Ahora no podremos resistir un asedio, a menos que el clan MacPherson nos ayude en nuestra lucha. MacPherson ejerce suficiente influencia sobre una docena de clanes como para obligarlos a unirse a nosotros. —Candy reflexionaba a toda prisa. Alexander estaba muerto, y el Lobo pronto atacaría su hogar. La dura voz de su padre la sacó repentinamente de sus pensamientos.

—¡Candice! ¿Entiendes lo que te digo? MacPherson ha prometido unirse a nuestra lucha sólo si lo aceptas como marido.

Candy era, por parte de su madre, condesa y heredera de una rica propiedad lindante con la de los MacPherson.

—¿Desea mis tierras? —preguntó esperanzada, al recordar el horrible modo en que Edric MacPherson la había mirado el año anterior, cuando pasó por la abadía para hacerle una "visita de cortesía".

—Así es.

—¿Y no podríamos ofrecérselas a cambio de su apoyo? —sugirió con desesperación, preparada e incluso dispuesta a sacrificar sin la menor vacilación su espléndida casa solariega por el bien de su gente.

—¡No lo admitiría! —replicó su padre, enfadado—. Luchar por los clanes supone un honor, pero no puede enviar a su gente a una lucha que no sea la suya, y aceptar vuestras tierras como pago por ello.

—Pero si desea mis tierras seguramente habrá alguna forma de...

— Te desea a ti. Así me lo dijo en Cornualles. —Su mirada recorrió el rostro de Candy y registró los asombrosos cambios que se habían producido en él desde que fuera una chiquilla delgada y pecosa para convertirse en una belleza perturbadora—. Ahora tienes el aspecto de tu madre, y eso es algo que despierta los apetitos de un viejo. No te lo pediría si pudiera evitarse. —Malhumorado, le recordó—: Solías rogarme que te nombrara señora. Asegurabas estar dispuesta a hacer lo que fuese por tu clan...

Candy sintió náuseas sólo de pensar en entregar su cuerpo, su vida, a un hombre ante el que retrocedía instintivamente. A pesar de ello, levantó la cabeza y sostuvo valerosamente la mirada de su padre.

— En efecto, padre — contestó con serenidad—. ¿Debo acompañaros ahora?

La expresión de orgullo y alivio de su padre casi hizo que el sacrificio mereciera la pena.

— Será mejor que te quedes aquí, con Annie —contestó él—. No disponemos de caballos suficientes y estamos impacientes por llegar a White e iniciar los preparativos para la batalla. Avisaré a MacPherson de que el matrimonio queda acordado, y luego enviaré a alguien para que os acompañe antes su presencia.

Al volverse él para montar en su caballo, Candy se dejó llevar por la tentación que había contenido hasta entonces. En lugar de apartarse, se introdujo entre las filas de jinetes del clan, que en otro tiempo habían sido sus amigos y compañeros de juego. Confiaba en que hubieran escuchado que consentía en casarse con MacPherson, y que eso hiciera desaparecer el desprecio que sentían por ella. Se detuvo junto al caballo de un hombre rubicundo y pelirrojo.

—Os deseo buen día, Renald Garvin —dijo con una sonrisas vacilante, mientras observaba su mirada sombría—. ¿Cómo está vuestra señora esposa?

El hombre la miró con frialdad y dijo:

—Imagino que bastante bien.

Candy tragó saliva con dificultad ante aquel inconfundible rechazo por parte de quien en otro tiempo le había enseñado a pescar, y que había reído con ella en una ocasión en que había caído al agua. Se volvió y miró con expresión de súplica al hombre situado junto a Renald en la columna.

—Y vos, Michael MacCleod? ¿Ha mejorado la herida de vuestra pierna?

Unos implacables ojos azules se posaron sobre ella. Luego, el hombre desvió la mirada. Candy se dirigió hacia el hombre situado detrás de él, cuyo rostro parecía lleno de odio, y tendió una mano hacia él.

—Garrick Carmichael —dijo con tono implorante—, han transcurrido cuatro años desde que vuestra Becky se ahogó. Os juro ahora, como os juré entonces, que yo no la empujé al río. No peleábamos... Eso sólo fue una mentira inventada por Alexander para...

El rostro del hombre era tan duro como el granito. Sin dignarse mirar a Candy, Garrick Carmichael espoleó a su cabalgadura y los hombres siguieron su camino.

Sólo el viejo Josh, el armero del clan, detuvo su caballo y permitió que los otros se adelantaran. Se inclinó y colocó su callosa mano sobre la cabeza descubierta de la muchacha.

—Sé que decís la verdad —dijo, y aquella muestra de lealtad hizo que a Candy las lágrimas le quemaran en los ojos, mientras levantaba la vista nublada hacia los suaves ojos pardos—. Tenéis temperamento, eso no puede negarse, pero hasta cuando no erais mas que una mocosa, lo manteníais a raya. Garrick Carmichael y los otros quizá se han dejado engañar por las actitudes angélicas de Alexander, pero no el viejo Josh. No me veréis lamentar su pérdida. El clan estará mucho mejor dirigido por el joven William. Carmichael y los otros —agregó con tono tranquilizador—, terminarán por cambiar de parecer sobre vos una vez que os hayáis casado con MacPherson, tanto por su bien como por el de vuestro señor.

—¿Dónde están mis hermanastros? —preguntó Candy con voz ronca, cambiando de tema para no llorar.

—Regresan a casa por una ruta diferente. Cabía la posibilidad de que el Lobo intentase atacarnos, de modo que nos dividimos después de abandonar Cornualles.

Luego, tras darle otra suave palmada sobre la cabeza, espoleó su caballo.

Anonadada, Candy permaneció en medio del camino, observando al clan que se alejaba y desaparecía por otro recodo del camino.

Annie que se hallaba a su lado, dijo con tono de simpatía:

—Oscurece. Deberíamos regresar a la abadía.

La abadía. Hacía apenas tres horas que Candy había salido de ella sintiéndose alegre y llena de vida. Ahora, en cambio, se sentía muerta.

—Adelantaos sin mí. Yo..., no puedo regresar ahora. Todavía no. Creo que subiré hasta la cima de la colina y me sentaré allí por un rato.

—La abadesa se enfadará si no regresamos antes de anochecer y falta poco —dijo Annie con recelo.

La relación entre las dos jóvenes siempre había sido así: Candy era la que transgredía las reglas, y Annie la que se sentía horrorizada ante la mera idea de hacerlo. Annie era gentil, dócil y hermosa, con cabello negro, ojos de color azul y un carácter dulce que, en opinión de Candy, hacían que fuese la mejor personificación dela femineidad.

Era tan sumisa y tímida como Candy impulsiva y atrevida. De no haber sido por Candy, no habría corrido una sola aventura, y jamás habría tenido que regañarla. Sin contar con Annie para preocuparse por ella y protegerla, Candy habría corrido muchas más aventuras y recibido muchos más regaños. Como consecuencia de ello, las dos jóvenes se hallaban muy compenetradas, y trataban de protegerse todo lo posible la una a la otra ante los inevitables resultados de sus respectivos defectos.

Tras vacilar por un instante, Annie ofreció con un ligero temblor en la voz:

—Permaneceré a tu lado. Si te quedas sola te olvidarás del tiempo y hasta es posible que te encuentre con... un oso en la oscuridad.

En ese momento, a Candy no le pareció tan mala la posibilidad de ser despedazada por un oso. Presagiaba que viviría hasta el final de sus días sumida en la tristeza. A pesar de que verdaderamente deseaba, e incluso necesitaba quedarse al aire libre y tratar de ordenar sus pensamientos, hizo un gesto de negación con la cabeza, consciente de que, si se quedaban, Annie se sentiría atemorizada ante la sola idea de tener que enfrentarse más tarde a la abadesa.

—No, regresaremos.

Annie hizo caso omiso de las palabras de Candy, la tomó de la mano y se volvió hacia la izquierda par tomar la dirección de la colina desde la que se dominaba la abadía. Y entonces, por primera vez, fue Annie quien abrió la marcha y Candy la siguió.

Entre los árboles que bordeaban el camino, dos sombras comenzaron a seguir sigilosamente a las dos muchachas.

Cuando habían ascendido hasta la mitad de la ladera de la colina, Candy ya se sentía impaciente con su propia autocompasión e hizo un esfuerzo hercúleo por recuperar su espíritu de resistencia.

—Si se piensa en ello —comenzó lentamente, mirando a Annie de soslayo—, al casarme con MacPherson se me ofrece la oportunidad de hacer algo grandioso y noble por el bien de mi gente.

—Eres como Juana de Arco —dijo Annie—, que llevó a su gente a la victoria.

—Sólo que, en lugar de eso, yo tendré que casarme con Edric MacPherson.

—¡Y sufrir un destino peor que el de ella! —agregó Annie y se echó a reír.

A Candy le sorprendió el que su hermanastra encontrara graciosa una situación tan deprimente, pero no pudo evitar reír también ella.

Animada al ver que Candy volvía a mostrarse alegre, Annie buscó el modo de distraerla. Al aproximarse a la cima de la colina, en la que crecía un bosquecillo, preguntó:

—¿Qué quiso dar a entender nuestro padre cuando dijo que tenías el aspecto de tu madre?

—No lo sé —contestó Candy. De pronto, tuvo la extraña e incómoda sensación de que las observaban desde la espesura. Se volvió y retrocedió unos pasos, miró en dirección al pozo y vio que los aldeanos habían regresado a sus hogares. Se arrebujó en la capa y se estremeció debido al gélido viento—. La madre abadesa-añadió sin mucho interés— dijo que soy un poco descarada, y que debo ir con cuidado porque cundo salga de la abadía puedo atraer a los hombres de manera indebida.

—¿Qué significa eso?

Candy se encogió de hombros y respondió despreocupada:

—Tampoco lo sé —Se volvió y avanzó de nuevo. Al recordar el velo y el griñón que todavía llevaba en la mano, empezó a ponerse este último—. ¿Qué aspecto tengo? —preguntó, dirigiéndole a Annie una mirada de extrañeza—. Hace dos años que sólo me veo el rostro cuando observo mi reflejo en el agua. ¿Tanto he cambiado?

—Oh, sí —exclamó Annie, echándose a reír—. Ni siquiera Alexander podría decirte ahora que eres escuálida y lisa, o que tú cabello tiene el color de las la paja

—¡Annie! —exclamó Candy, impresionada por su insensibilidad—. ¿No te sientes afligida por la muerte de Alexander? Era tu hermano y...

—No hables más de eso —le rogó Annie, temblorosa—. Lloré cuando padre me lo dijo, pero las lágrimas fueron pocas, y me sentí culpable porque no lo quería tanto como debí quererlo, ni entonces ni ahora. No podía. Era tan... mezquino. No está bien hablar mal de los muertos, pero no puedo decir nada bueno de él. —Guardó silencio y se arrebujó en el manto para protegerse del viento húmedo. Miró a Candy y sin pronunciar palabra le suplicó que cambiara de tema.

—Dime entonces qué aspecto tengo —insistió Candy al instante, y le dio un fuerte abrazo.

Dejaron de caminar, pues el denso bosque que cubría el resto de la ladera impedía continuar. Una sonrisa lenta y reflexiva se extendió por el hermoso rostro de Annie que estudió con cariño el de su hermanastra, expresivo, dominado por un par de grandes ojos tan verdes como las emeraldas , bajo aquellas cejas rubias grácilmente arqueadas.

—Bueno, eres..., eres bastante bonita.

—Bien, pero ¿ves algo de insólito en mí? —preguntó Candy, que no dejaba de pensar en las palabras de la madre Maria, mientras se ponía el griñón y se colocaba encima el velo corto de lana—¿Observas en mí algo que pueda hacer que un hombre se comporte de modo extraño?

—No —contestó Annie, pues veía a Candy con los ojos de una joven inocente—. Nada en absoluto.

Un hombre, sin embargo, habría contestado de manera muy diferente, pues aunque Candice White no era hermosa en un sentido convencional, su aspecto era a la vez recatado y provocativo. Poseía una boca generosa que pedía ser besada, ojos grandes invitadores que parecían esmeraldas líquidas, de nariz respingada con unas cuantas pecas una abundante cabellera dorada llena de rizos y un cuerpo esbelto y voluptuoso que parecía hecho para ser acariciado por las manos de un hombre.

—Tienes los ojos verdes —empezó a decir Annie en un intento por describirla. —Ya eran verdes hace dos años —observó Candy con regocijo.

Annie abrió la boca para replicar, pero sus palabras se transformaron en un grito que fue apagado por la mano de un hombre que le cerró la boca al tiempo que empezaba a arrastrarla hacia atrás, en dirección a la espesura del bosque.

Candy se agachó instintivamente, a la espera de un ataque por detrás, pero fue demasiado tarde. Sus patadas y gritos no pudieron evitar que la mano enguantada de otro hombre la levantase en vilo y la condujese hacia el bosque. Annie fue arrojada sobre el lomo del caballo de su secuestrador como si fuera un saco de harina, y la flaccidez de sus brazos y sus piernas atestiguaba que se había desmayado. Pero a Candy no pudieron dominarla tan fácilmente. Cuando su embozado agresor la arrojó sobre el lomo del caballo, se dejó caer de costado, rodó sobre sí misma, liberándose, y cayó a gatas sobre la hojarasca, para incorporarse rápidamente. El hombre la atrapó de nuevo y Candy le marcó la cara con las uñas, retorciéndose entre sus manos.

—¡Por los dientes de Dios! —barbotó el hombre al tiempo que intentaba sujetar las piernas que se debatían.

Candy emitió un grito agudo, capaz de helar la sangre, mientras con todas sus fuerzas lanzó una patada que alcanzó al hombre en la espinilla, hiriéndola con sus recias botas negras de novicia. El hombre dejó escapar un gruñido de dolor y soltó a su presa durante una fracción de segundo. Candy se lanzó hacia adelante y habría podido cobrar unos metros de ventaja si uno de sus pies no hubiera tropezado con la gruesa raíz de un árbol, que le hizo caer de bruces y golpearse la cabeza contra una roca.

—Alcánzame la cuerda —dijo el hermano del Lobo a su compañero con una cruel sonrisa. Después de envolverle la cabeza a su prisionera con su propia capa, Stefan Grandchester la obligó a volverse, aferrándole los brazos a los costados del cuerpo, cogió la cuerda que le entregaba su compañero y la ató fuertemente. Una vez que hubo terminado, cogió el fardo humano en que Candy se había convertido y lo arrojó sin contemplaciones sobre su caballo, boca abajo. Después saltó sobre la silla, detrás de ella.

Continuara...