Primera parte

Capítulo 01

1

«Somos prisioneros por el bienestar de las ambiciones de los demás, cada uno a su manera, está atado. Ambos detestamos aquellos barrotes que nos encierran, y lo único que queremos es volar, muy lejos, toda la mayor distancia posible, hasta donde no seamos capaces de dar vuelta atrás».

—Juras con tu sangre, proteger el cargo que se te encomendó ¿hasta que tu vida se extinga? Por el bien de nuestro mundo y de sus habitantes, por nuestro orgullo, no dudarás en ningún momento, ni abandonarás tu tarea.

—Lo juro.

—Si así no lo hicieras, tu alma no descansará hasta que pagues por tu traición. A partir de hoy, y hasta el momento en que mueras, solamente te dedicarás a orar.

Su precioso paraíso, su Tír na nÓg(1) o su Shangri-la(2), no tenían un nombre específico para llamarlo, simplemente era su hogar. Se trataba de una gigantesca isla flotando en el cielo, rebosante de vegetación, flora, fauna y en general, de recursos naturales envidiables; la primavera permanecía casi en la totalidad del año, así que poco conocían el frío del invierno que afectaba a los seres humanos; no sufrían carencia alguna.

Los habitantes de tan majestuoso lugar, poseían preciosas e inmaculadas alas blancas, que representaban su cultura y que desplegaban con orgullo al llegarles la mayoría de edad. Algunos creían fervientemente ser lo más cercano a los ángeles, «los cuervos blancos» así fueron nombrados. Aunque, a pesar de contar con tales extremidades, las leyes dictaban el no permitirles volar más allá de sus límites, bajo ninguna circunstancia. Realmente no importaba a alguien tal regla, no creían en la existencia, de algo más allá de sus fronteras, que necesitaran para su felicidad.

Sin embargo, algunas apariencias engañan, pues tenían bien marcados sus estratos sociales y principalmente, su idílica felicidad se la debían a una sola persona. Al estar tan cerca del «cielo», las plegarias que mantenían con vida a todo ser que allí vivía, además de mantenerlos ocultos de las personas terrestres, eran el deber otorgado a una joven doncella elegida por el mismo «cielo».

2

En la parte más recóndita del gran castillo, alguien moraba en la torre, lejos de todo contacto exterior. Una gigantesca serpiente blanca que se movía por cada cuarto, lo resguardaba.

Sentado cerca de la cama mientras abrazaba sus delgadas piernas, sus largos cabellos rosas caían con gracia sobre su espalda, arrastrándose por el piso, estos se mantenían hermosos sin importar cuantos años transcurrieran y el poco cuidado que les daba. Sus ojos turquesas carecían de brillo alguno, como si hubiesen muerto; su piel se tornó más blanca que su color natural, al soportar la ausencia de luz en su encierro, pues los únicos rayos que acariciaban su cuerpo eran los provenientes de la ventana ubicada a varios metros de altura por encima suyo.

Se sabía a la perfección su entorno, tan bien como las heridas en la palma de su mano, puesto que era la misma vista monótona que observaba a toda hora. Él estaba sujeto con largas cadenas de oro en sus tobillos y muñecas, obligados grilletes debido a sus intentos de escape; amarre suficientemente largos como para que recorriera sin problema alguno todo rincón; su blanca vestidura se cambiaba continuamente, menos que en un principio, porque con el paso del tiempo dejó de mancharse con la sangre de su piel rasgada, al ya no desear escapar.

Se sentía preso en ese sitio, rodeado de pulcros muros y de pocos objetos necesarios para su subsistencia. Debía rezar a diario por la supervivencia de su pueblo, para evitar que los intrusos encontraran su tierra. La rareza de su clan, los cuervos blancos, estaba en sus manos.

Cerró sus párpados con cansancio, no de sueño sino de hastío. Vino a su cabeza, por quinta vez en el día, los recuerdos que guardaba, trataba de remembrar las sensaciones que la naturaleza le hizo experimentar a sus sentidos y sobretodo, intentaba darse ánimo para no olvidar las razones por las que se hallaba en ese encierro.

Su niñez fue la mejor parte de su vida, atesoraba profundamente aquel periodo. Kirino Ranmaru nació en una pequeña familia que lo adoraba, siendo su madre parte del consejo de los asesores del Rey, se les consideraba de la alta clase. Sus conocidos y en general, toda la gente en cualquier momento, se comportaron amables y serviciales con él; siempre tuvo todo lo que deseó.

Entre sus memorias, le parecía imposible que no llegara a la mente, de entre sus amistades, el rostro de su mejor amigo de la infancia: Shindou Takuto, quien siempre se preocupaba —tal vez demasiado— por él. Conoció a Takuto principalmente por ser el hijo del presidente del consejo. Aquel niño siempre fue muy talentoso para todo lo que se le ponía enfrente, nada comparado con su propia persona; pero al igual de talentoso, su corazón siempre fue bondadoso. Sí, definitivamente tenía que recordarlo, a quien cada vez que Ranmaru se perdía, derramaba lágrimas por él.

Raspó las uñas en el suelo, formando sus puños, del sentimiento repentino que que lo invadió, porque de todos los que lo traicionaron, Takuto era la única persona por la cual aún mantenía diminutamente el deseo de permanecer en ese sitio, se convirtió en su razón de seguir adelante y no claudicar, ya que su madre y padre fallecieron hace tiempo.

«Nosotros siempre actuamos como nos ordenaron actuar, sin repelar nada... siguiendo implacablemente las reglas».

Vívidamente, recuerda aquel día cuando su suplicio dio inicio. No olvidaría como el cielo relampagueó esa noche, los truenos rugieron como nunca antes, las ráfagas de viento azotaban árboles como si desearan derribar todo a su paso, dando un nefasto aviso a la población: «La persona que mora en la torre, ha muerto».

Un gran alboroto causó al instante, simplemente imposible de creer, debía de haber un error, jamás había sobrevivido menos de una década. Aún no podía irse, no sin antes revelar quién sería su sucesora; el pánico no tardó en reinar por doquier.

Toda vegetación empezó a marchitarse un poco cada día, el agua escaseaba, los animales morían; la angustia se apoderó de toda persona, lo suficiente para estar dispuestos a destruir el palacio en busca de respuestas.

Ranmaru tenía la apariencia similar a un chico de quince años de edad, hasta ese momento, su vida era maravillosa, pese a que tenía problemas para elegir a qué dedicarse cuando fuese adulto, pues no le agradaba mucho la idea de quedarse con el aburrido puesto de su madre, él siempre prefirió explorar, y ser libre de todo molesto trabajo de escritorio y de relaciones creadas de puro interés.

Suspiró al llegar a la peor parte: el día que recibió la noticia. Él es un hombre, así que jamás pensó en ser un seleccionado. Su madre arribó corriendo a su casa, ni bien su padre abrió la puerta, la mujer prorrumpió en llanto abrazando a Ranmaru, sollozando palabras inentendibles para su hijo, y segundos después, los demás integrantes del consejo estaban ya en su puerta.

Una nota quemada, eso fue todo lo que le mostraron como prueba y como argumento. Al parecer, Urabe Rika la dejó antes de morir, designándolo a él como el siguiente sacrificio.

. . .

La ocasión no era apta para celebrar el festival de intercambio acostumbrado. Algunos lidiaban con las enfermedades que se desplegaron en el área. Incluso así, todos estuvieron presentes en alguna parte de la procesión, observando como Kirino recorría el camino hasta su destino. El silencio se opacaba por murmullos, y por el sonido de las campanillas que agitaban algunas personas a su lado.

Lo llamaban un héroe, pese a todo lo que dijeran a sus espaldas, realmente les era insignificante lo que sucediera con él.

—En realidad, la leyenda cuenta que el primero en cumplir con tu papel fue un varón, no una doncella. Cuentan que su belleza era envidiable y superaba con facilidad a las jóvenes de su época... tal vez esta sea una señal —Ranmaru frunció el entrecejo ante su explicación, a él no le importaba tal ensoñación de un cambio.

—Señor Hibiki, con todo respeto, eso no es de mi interés. —Y no pronunció otra palabra más.

Mientras avanzaba por el recorrido de la tradición, con su preciosa vestidura blanca, a sus espaldas era resguardado por lo armada al servicio de su Rey. Cuando llegó a la entrada del castillo, dio un último vistazo hacia la gente, no le costó encontrar con su mirada a Shindou, porque se hallaba en la primera fila.

Se reincorporó. Incluso con todas las razones, su alma comenzaba a vaciarse por completo, se mancilló con el deseo de la libertad, de la ansiedad de volver a fuera. Le figuraba redundante haber nacido con alas, si jamás podría ser capaz de surcar el cielo a su antojo. Solamente podía envidiar lo que no obtendría a través de esa ventana en lo alto. No guardaba odio en su interior, únicamente anhelos, que le permitían seguir con vida.

Era un precioso espécimen, un sacrificio para la felicidad de todos, y precisamente por ello, cuando aquel intruso se inmiscuyó en su vida, toda su convicción se quebró.

Ranmaru fue elegido como el primer varón que tendría que cumplir con el papel de orador en lo más alto de ese edificio, su jaula. Con los años, su amigo dejó de visitarlo sin explicación alguna. Tantas veces pensó en quitarse la vida, pero le era imposible, mientras estuviera allí, su cuerpo no se lo permitía.

Se abrazó de nuevo a sí mismo, llegó hasta el punto de pedir, pedir y suplicar, pero solamente para el bien de sí mismo, una grave falta en una sola insignificante ocasión, que tal vez fue lo que marcó el inicio.

3

Después de cumplir aproximadamente cinco años con su labor sin ningún incidente, se despertó con el estruendo de la tormenta, la seguridad que ya no era tan absurda como en un principio, flaqueó; o tal vez, la terrible e inusual tempestad influyó decisivamente en el despiste de los guardias, o únicamente bastó con la habilidad de un sagaz ladrón para conseguir tal hazaña. Cualquier explicación carecía de sentido, lo realmente importante fue que la tranquilidad, la monotonía de Ranmaru, fue perturbada.

Un rayo iluminó el cielo. El joven de rosas cabellos, se quedó petrificado al concentrar su vista en el techo. Una persona estaba sentada tranquilamente al borde de la ventana, un par de ojos dorados lo escudriñaban con cautela; frialdad y misterio reflejaba su mirar, se concentro en ellos debido a que su cuerpo entero se encontraba cubierto de ropas oscuras, que no permitían apreciar más que sus orbes afilados; fácilmente lo compararía con un gato negro.

Otro estruendo se escuchó. No sabía qué hacer, sus palabras se estancaron en su boca, mas no fue necesario hablar, porque la persona frente a él, cayó desde tal altura como si de un muñeco de trapo se tratara. Fue una fortuna que aterrizara entre una pila de ropa.

Kirino se acercó con lentitud. El extraño no parecía herido; lo pisoteó un poco para comprobarlo, no hubo respuesta. Lo hizo de nuevo con más fuerza, causándole un quejido de dolor al otro. «Genial —pensó—», ya había perdido la habilidad para tratar con otras personas.

—¿Te encuentras...? —No le fue permitido concluir, puesto que el intruso, en un instante, lo empujó bruscamente hasta estamparlo con el muro más cercano. La espalda de Ranmaru crujió contra el concreto, y enseguida fue sujetado del cuello para evitar que gritara.

—Ni se te ocurra hablar o te mataré sin dudarlo —le advirtió.

Cerró los ojos por reflejo, el aire le faltaba, sin embargo, al volver a entreabrir sus párpados, se sentía realmente extraño, lo único que continuaba apreciando en aquella persona, era su ferviente mirada, ahora, puro odio escapaba de ella; también fue sencillo distinguir algunos mechones verdes de su cabello, que se asomaron en su frente.

—In... téntalo... Me harías un gran fa... vor, pero dudo que puedas... ¡Apresúrate! No pien... so gritar —respondió, sin dar lucha alguna, con una diminuta sonrisa ácida, que desorientó a su agresor.

No tardó en soltarlo sin cuidado alguno, después de todo, ese no era precisamente su misión. Por su parte, Kirino cayó de rodillas, tosiendo con descontrol.

—Necesito información —le dijo, sosteniéndolo de las ropas que cubrían pecho para atraerlo hasta cerca su rostro. Una extraña interrogante se formó en su mente con tal acción—. ¿Acaso... de verdad eres un hombre? —No disimuló la sorpresa en su voz.

Una vena de molestia se hinchó en la frente del de cabellera rosa. Tomó desprevenido al extraño y jaló su brazo precipitadamente, hasta poder susurrarle al oído—. ¿Algún problema con eso? —En un segundo, el de ojos turquesa utilizó sus propias cadenas para someter a su visitante, no le costó mucho trabajo sujetar su cuello y envolver sus muñecas. Aquella idea de ser indefenso que su agresor creyó que era, se esfumó por completo.

—¡Suéltame ahora mismo o... ! —Se interrumpió a sí mismo al ser estampado contra el suelo. Su rostro se golpeó contra el piso y sus brazos los sujetó en la parte baja de su cintura, Ranmaru se sentó sobre él—. ¿Qué... Qué crees que es-tás haciendo? —le reclamó nervioso, a causa de que Kirino comenzó a despojarlo de su capucha y de las demás ropas que portaba de la cintura para arriba.

—Así que era cierto... —musitó para sí mismo, al contemplar su espalda, al ver aquellas alas negras—. No era mentira que ustedes existían...

«Así fue como comenzó»

4

—¿Shindou? ¿Shindou me escuchas?

—¿Eh? Disculpa Ichino ¿podrías repetírmelo? —le dijo mientras se pasaba los dedos sobre el puente de la nariz, tenía que recuperar su concentración y dejar de andar pensando en tonterías y en el mal presentimiento que rondaba en su cabeza.

Su joven acompañante, Ichino Nanasuke, quien trabajaba como mensajero oficial del gobierno, suspiró al constatar la notoria distracción de su amigo, le fue fácil percibir las tres o más veces que desvió la mirada por la ventana de su habitación, con dirección exacta al palacio—. Tienes una ojeras terribles. Si no descansas bien, mañana podrías desmayarte a media prueba.

Takuto se distrajo de nuevo. Estaba esforzándose hasta el límite que su cuerpo le permitía, la fecha que le dieron finalmente llegaría. No importaba que obstáculo se le atravesara, cumpliría su meta de convertirse en el presidente del consejo, con el único motivo de cambiar el sistema actual que regía su sociedad; libraría a Kirino de su encierro a como diera lugar, y como primer paso, debía ser aceptado en aquel grupo.

El día de la elección de Ranmaru, no pudo hacer nada para impedirlo; discutió con su padre, sin éxito alguno. Su progenitor, al hombre que tanto admiraba, no tuvo dificultad en convencerlo que no había otra opción, por el bien de todos los seres vivos que coexistían en la isla.

Cuando vio a Kirino ingresar al castillo, se quedó estático, no movió un dedo para detenerlo, solamente apretó sus puños con la última mirada que le dio, desvió el rostro al notar la suplica de ayuda en sus ojos.

Se llenó de arrepentimiento. En las noches, aquellos pensamientos lo atormentaban, pero... ¿por qué? Él únicamente hizo lo correcto ¿cierto?

Después de tanto analizarlo, tomó su decisión. A partir de entonces, no había hecho más que estudiar, día tras día, devoraba los libros, antiguos textos y en general todo documento al que pudiese tener acceso, necesitaba el conocimiento necesario para llevar a cabo su plan, dejando de cuidar adecuadamente su salud, se enfermó gravemente en más de una ocasión.

Recibió una y otra vez el rechazo de las personas a su alrededor, desde que su padre falleció, tuvo que comenzar desde cero, ganándose el apoyo de los adultos después de incontables méritos que realizó. Todos sus esfuerzos dieron sus frutos luego de años, pues bien empezó a ser conocido como un genio. E incluso, actualmente, seguía trabajando sin descanso; que de vez en cuando el dormitar y el temblar de su cuerpo apenas y podía esconderlo, mas se le hacía insignificante, si se trataba de Kirino.

—¿Y cómo ha estado Tenma? —preguntó al mensajero, volviendo a concentrarse en los papeles de su escritorio, debía planear hasta el último detalle de los proyectos que presentaría.

—No... —Dudó en hablar—. No ha presentado ningún cambio, sus heridas han sanado, y sus signos vitales permanecen estables, sin embargo, continúa sin responder —informó con notable tristeza. Él y los demás que conocían al jovencito de cabellos castaños, ya echaban de menos la entrañable sonrisa de Matsukaze Tenma, que siempre les alegraba el día.

Algo de tinta se derramó sobre los documentos, la pluma con que escribía se cuarteó, debido a la fuerza con la que la sostuvo al oír su respuesta— Entiendo. —Aquel suceso le recordaba nuevamente su impotencia, no importaba cuanto lo intentara, cuando se trataba de ayudar a las personas que más apreciaba, terminaba siendo un inútil, no podía hacer nada por sus propias manos.

Pese a su aceptación, la luz que emanaba del quinqué fue suficiente para que Ichino distinguiera el semblante molesto de Takuto. No tenía idea de que decirle, podía fácilmente percibir la frustración en su interior, unas palabras de aliento no se le hacía muy pertinente.

—Te pediré por favor que te retires, mi audiencia está programada para mañana temprano, me gustaría descansar un poco —le pidió. No obstante, su joven acompañante podría jurar que haría de todo menos dormir. Únicamente asintió dubitativo, para enseguida salir de la alcoba.

—Yo... estoy seguro que tu padre estaría orgulloso de ti, serás el más joven consejero que haya existido. Descansa y buenas noches —aseveró, cerrado la puerta.

—No lo creo —murmuró para sí mismo.

Se quedó cabeceando un momento, moría de sueño y un repentino dolor de cabeza lo mareó. Otra vez aquellas visiones extrañas venían a su mente. Movió su rostro, necesitaba espabilarse, y volver de inmediato a sus tareas.

Lo único que necesitaba para ser oficialmente integrante, era la aprobación de la «caprichosa princesa», o al menos así la apodaban, pero ella no le importaba mucho, sobretodo porque la jovencita era la marioneta del consejo, ellos gobernaban verdaderamente su reino.

—Solo espera un poco más.

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.

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Continuará...


Notas Finales:

(1)Es una isla mítica de la mitología irlandesa, me pareció bastante interesante la leyenda acerca de ese lugar.

(2)Un lugar ficticio, por extensión, el nombre se aplica a cualquier paraíso terrenal, pero sobre todo a una utopía mítica del Himalaya: una tierra de felicidad permanente, aislada del mundo exterior.

Quería actualizar ayer pero mi señal de internet anda terrible ;n; pero bueno, lamento si no puedo actualizar regularmente, les agradezco mucho a todos los que leen, y cualquier comentario o crítica es bien recibido, hasta luego :3