- Padre, ¿puedo ir a la Universidad Pontificia?

Interrumpí el soso parloteo de Azula (algo relacionado con haber roto un clavicordio en el Salón de las Gardenias) sin preocuparme demasiado por enfurecerla, estaba demasiado atento a la reacción de Padre. Azula empezó a protestar, pero una sola mirada de Padre fue suficiente para cerrar su boca de un plumazo.

- ¿Y qué se te ha perdido a ti allí? -dijo con una voz tranquila que me hizo poner los pelos de punta, mientras se limpiaba la comisura de los labios con su pañuelo. No me miró-. Espero que no te empieces a relacionar con los intelectuales de la Universidad -su voz estaba cargada de desprecio-. Ellos hablan mucho, y creen que saben más que cualquiera de nosotros, pero en realidad no son más que un grupo de vejestorios venidos arriba.

- Pues a mí me parece admirable la labor de la Universidad Pontificia -intervino Madre desde el otro lado de la mesa con voz dura, mientras echaba a Padre una mirada fulminante-. Ellos se encargan de perpetuar el conocimiento de la Nación generación tras generación. ¿Qué tarea es más loable que esa?

- Está claro que son una panda de cobardes y aburridos -proclamó Azula. Y es que una de las cosas que más odiaba de Azula es que siempre tenía la razón. Aunque no la tuviera-. Si realmente quieren ser útiles a la Nación, que se alisten al Ejército -agregó con desdén.

- Disculpadme, pero ambos deberéis cursar en la Universidad a su debido tiempo -la voz de mi Madre no admitía réplica alguna-. Todos los miembros de la familia real están obligados a asistir a sus aulas. Y vuestro Padre, aquí donde lo tenéis, tan orgulloso él, también fue.

- Tres años -dijo Padre sin mirarla. Parecía muy concentrado en remover su albóndiga de un lado para otro, como si Madre no fuera suficientemente importante como para merecer su atención-. Tres años inútiles -añadió.

- ¡Ozai!-protestó Madre dando un golpecito en la mesa-. ¡A veces parece que estés empeñado en ser un mal padre! ¿Cómo se te ocurre despreciar así los estudios?

- Sus divagaciones filosóficas sinsentido no ayudan a nadie, y al esfuerzo bélico menos.

- Coincidirás, al menos, en que las investigaciones de la Universidad han hecho mejorar el nivel de vida de la sociedad de la Nación, y también el rendimiento del armamento.

Padre se mantuvo en silencio, lo que dio vía libre a Madre.

- A mí me parece genial que Zuko quiera visitar la Universidad Pontificia -de repente, sus ojos se iluminaron-. ¡Podríamos ir todos! -esta vez, los tres la miramos con franca incredulidad-. ¡Claro! Nunca está de más que los niños visiten lugares ilustres de nuestra ciudad, y tú podrás recordar tus tiempos de estudiante, que parece que lo necesitas.

Su proposición fue recibida con un silencio de incomodidad. Yo sabía perfectamente que su excursión estaba condenada al fracaso. Hacía siglos que no hacíamos nada los cuatro juntos, salvo comer, discutir, crear situaciones tensas y, en el caso de Padre y Azula, aterrorizarme.

- De todas maneras, él aún no ha contestado a mi pregunta -dijo Padre, ignorando olímpicamente a Madre. Entonces clavó sus ojos en mí. Instintivamente me acobardé.

- Me gustaría... me gustaría que pudieses concertar una entrevista con el rector de la Universidad -dije muy bajito.

Padre no se movió ni un milímetro.

- ¿Y para qué quieres hablar tú con el rector? -preguntó haciendo una mueca de desagrado-. Es un hombre insufrible, en mi opinión.

- Es sobre un libro, Padre -dije con voz vacilante. Lo último que quería en aquel momento es que Padre se diera cuenta del verdadero propósito de aquella excursión.

Pero esa respuesta también fue un error (como todo lo que hacía), porque Padre dio un puñetazo de furia contra la mesa, que hizo temblar los cristales de las copas. Mi corazón empezó a latir a marchas forzadas.

- ¡¿UN LIBRO?! -Madre se llevó una mano a la boca, horrorizada, mientras que Azula se volvía apaciblemente para contemplar la bronca, uno de sus pasatiempos favoritos-. ¡Así que ahora quieres enterrar tu nariz en los libros, en vez que practicar Dominio del fuego, que es lo único que se espera de ti! ¡Mira a Azula, por el amor de Dios, ya es capaz de dominar veintisiete movimientos, y permíteme recordar al ratoncito de biblioteca, que tú sólo dominas catorce! ¿Cómo puedes estar indiferente ante tanta mediocridad? ¡Y prefieres ponerte a leer!

Azula me lanzó una petulante sonrisa. Me dieron ganas de abofetearla allí mismo.

Las esquinas de la habitación vibraban cada vez que la sangre entraba a borbotones a mi cerebro, con cada frenético y apremiante latido. No podía moverme, escuchaba los gritos de Padre como si fueran dagas clavándose en mi pecho. Tenía ganas de abrazarme a mí mismo, de encogerme y de dejar de existir... La potencia de su vocerío me aplastaba contra la silla, sin que yo pudiera ofrecer resistencia alguna, como un cobarde, como un débil... Como todo lo que Padre creía que yo era. Y aunque Madre me decía constantemente lo contrario, yo empezaba a creérmelo.

«Mediocre». Ay, eso realmente hace daño. Aún hay noches que me despierto con esa palabra en los labios, recordando esa vieja sensación de inseguridad, del miedo y de la tristeza más insoportable.

Madre se levantó y empezó a protestar en voz muy alta. Sus gritos se confundieron con los de Padre. Azula se tapó las orejas con las manos. Ya no parecía tan autosuficiente.

Poco a poco, la calma regresó a nuestra mesa. Madre lucía el rostro acalorado, pero Padre se mantenía imperturbable, observándome con un gesto de repugnancia.

- Disculpadme, Padre -dije con voz apagada, deseando con repentina intensidad que Madre me abrazara-. No os lo volveré a preguntar. Mañana mismo me pondré a entrenar. Pero... -los ojos de Padre relucieron con furia-. Ese libro trata sobre cómo mejorar mi Dominio del fuego. He pensado que si las lecciones con los maestros no son suficientes, un poco de ayuda extra no me vendría mal. ¿No... creéis? -terminé con voz estrangulada, haciendo verdaderos esfuerzos por no echarme a llorar. Centré la vista en el plato de ostras, casi intacto.

Entonces se produjo el milagro. Padre relajó ligeramente su ceño fruncido y asintió con una seca cabezada. El corazón me dio un vuelco. Por aquel entonces, Padre aún era capaz de cambiar de opinión, de... ¿de reconocer sus errores? No, como mucho me hacía sentir culpable por importunarle.

- Está bien, Zuko, concertaré tu cita. Pero tendrá que ser la semana que viene, estos días todo está cerrado para festejar la partida de mi querido hermano... -me sorprendí al notar cierto resentimiento en su voz.

A partir de entonces, la cena de desarrolló en absoluto silencio. Ni siquiera Azula se atrevió a romper aquella atmósfera de pura tensión. Pensé con tristeza que si Azula hubiera querido ir a la Universidad, esa discusión no se habría producido.

Más tarde, me di cuenta que aquélla había sido la única vez que Padre había pronunciado mi nombre en todo el día.

Todos los objetos de ese comedor se me han quedado gravados a fuego en mi memoria. Las sillas de madera lisa, de elegantes patas curvas, la silla de alto respaldo de Padre, la larga mesa de caoba oriental, los aparadores, la alfombra de felpa, la máscara de Agni, y el ventanal, desde donde se veía una hermosa vista de los jardines reales, con sus estanques de nenúfares, los enjambres de luciérnagas y los caminitos de piedra entre los rosales. Y nuestro retrato, colgado de la pared, donde salimos los cuatro, tan serios, solemnes e impávidos. Todos esos objetos, tan cotidianos, tan inocentes y hogareños, daban la sensación de que éramos una familia normal, y que dentro de esas cuatro paredes no había otra cosa que amor, risas y cariño. Pero nada está más lejos de la verdad. Esa habitación la llevaré conmigo mientras viva, porque fue el escenario donde ocurrieron los peores recuerdos de mi existencia (humillación, culpa, castigo) dejando de lado la arena donde Padre me quemó el rostro. Ese lugar, que ante los ojos de todos eran el símbolo de la unión de nuestra familia, fue durante años el escenario del infierno.

Esa noche, mientras me revolvía en la cama, me pregunté si Padre realmente me quería. Es más, ¿quería a alguien exceptuando a Azula?

Es curioso, pero durante un tiempo creí inocentemente que sí. Eran recuerdos extraños, teñidos de un resplandor irreal, tan lejanos y remotos que creía que nunca habían sucedido. Pero recordaba, de forma vaga y difusa, a Padre dándome la mano, a Padre jugando con Azula y conmigo a atravesar el foso de los jardines, a Padre besando a Madre, a Padre dándome un beso en la frente antes de dormir. Pero esas imágenes no correspondían con Padre, no con el Padre al que yo estaba acostumbrado. Esos recuerdos estaban inundados de apacible quietud, de una inacabable y vaga bruma de felicidad que, lejos de reconfortarme, me producían confusión y una extraña sensación de desesperanza. Porque podían pasar muchas cosas, pero no era tan ingenuo como para no saber que, ocurriera lo que ocurriera, esos días no iban a volver a repetirse jamás.

Pero... ¿habían ocurrido, no? ¿Era posible que Padre guardara un ínfimo recuerdo de aquellos días, también? Era todo tan complicado, tan difícil de aclarar... Yo quería que Padre me quisiera y me hiciera caso, que estuviera orgulloso de mí, pero a la vez percibía en él una amenazante aura de inexcusable maldad, de querer hacer daño porque sí... ¿O no? ¿Creía que actuaba por mi bien, a pesar de que sus métodos fueran ciertamente desagradables? Después de todo, había permitido que fuera a la Universidad Pontificia.

¿Y todo para qué?

Para descubrir si Padre quería matarme.