Elboron despertó más temprano que de normal aquella mañana. Los nervios y la ilusión apenas le habían dejado descansar, y se frotó los ojitos con algo de sueño. Bostezó y se incorporó sobre las mantas; fuera, todavía no había amanecido, pero sabía que la oscuridad no duraría demasiado.
El infante gateó por la alfombra hasta dar con sus pequeñas zapatillas; el suelo estaba demasiado frío como para aventurarse a caminar descalzo hasta el salón. Además, sabía que a su madre no le hacía ni pizca de gracia. El niño se calzó y, con todo el sigilo que pudo reunir, se puso de puntillas para girar el pomo de la puerta de sus aposentos, y poder salir al pasillo.
Los anchos pasillos de la fortaleza de Emyn Arnen, iluminados lúgubremente por unas cuantas lámparas de aceite, se le antojaban mucho más grandes que de normal. Elboron era muy chiquitín en ese ambiente, y caminaba con algo de miedo, muy pegado a una de las paredes. Sin embargo, la sonrisa de ilusión regresó a su rostro cuando se asomó al salón.
¡Allí estaban! ¡Otra vez! El niño corrió todo lo deprisa que pudo hacia los dos paquetitos que había en la alfombra, a unos metros del hogar, y no tardó en hacer trizas los lazos y los envoltorios de papel. Elboron soltó un gritito de sorpresa al ver sus regalos.
¡Una espada! ¡Tenía una espada! Era de juguete, desde luego, y apenas tenía filo. Pero le serviría para matar a todos los orcos que quisiese por los jardines de Emyn Arnen. ¡Y tenía una pequeña rodela para protegerse! El niño pasó el brazo por las tiras de cuero, y alzó el escudito con el brazo; era verde, y le habían pintado con sumo cuidado varios motivos con caballos en color oro. El niño dio un par de saltitos, demasiado emocionado y contento como para hablar, y alzó la espadita en el aire.
Sin embargo, a pesar de su asombro, tardó pocos segundos en echar a correr hacia el piso superior: sus padres tenían que saber que ya estaba listo para ser un pequeño montaraz de Ithilien.
Arriba, en sus aposentos, Faramir oyó esos rápidos pasos y no pudo evitar esbozar una sonrisa. Sabía que el pequeño Elboron no tardaría en aparecer allí, por lo que volvió a hundirse entre las mantas y rodeó con un brazo la cintura de Éowyn.
-Éowyn, Éowyn, ¿duermes? –preguntó en un susurro junto a su oído, zarandeándola ligeramente-. Elboron viene ya a despertarnos.
-¿Mmmm? –protestó ella, girándose un poco. Pero, con una pequeña sonrisa, volvió a cerrar los ojos al ver que el pomo de la puerta temblaba ligeramente. Faramir le guiñó un ojo y volvió a apoyar la cabeza en la almohada, dispuesto a hacerse el dormido.
Por fin Elboron consiguió alzarse lo suficiente como para abrir la puerta, y entró corriendo en los aposentos de los príncipes de Ithilien; sus ojitos grises brillaban y no tardó en empezar a jalear para despertar a sus padres.
-¡Papá, papá! ¡Mamá! –gritó emocionado, mientras tiraba de la esquina de una de las mantas-. ¡Despertad!
El infante se agarró a uno de los postes del dosel para trepar hasta la cama, y gatear hacia Faramir y Éowyn. Cuando por fin consiguió ponerse de pie sobre la inestable superficie, Elboron saltó sobre ellos con un alegre grito y una risita.
-¡Es la mañana del Solsticio! –chilló, gateando hasta hacerse un hueco entre ellos.
Faramir levantó el brazo para permitirle al pequeño acurrucarse entre él y su esposa, y le dio un beso en la frente.
-Uy, pero, ¿qué es eso? –preguntó, señalando la espadita que él mismo había fabricado-. ¿A cuántos orcos has matado por el camino?
-Es mi espada, y se llama Pincho –dijo el pequeño, muy orgulloso-. ¡Y he matado a muchos orcos!
Éowyn se echó a reír y le dio un sonoro beso en el moflete. Faramir, por su parte, se aguantó la risa, y se sentó sobre las mantas.
-¿No crees que Pincho no es un nombre demasiado bueno para una espada, tesoro? –comentó Éowyn, frenando con la mano las entusiastas estocadas del infante.
-No –el pequeño dio un saltito y rodó por las sábanas hasta acurrucarse entre sus padres, con la espada y el escudo entre sus brazos, para que nadie se los quitase-. Es Pincho, porque pincha.
-¿Y el escudo, Elboron? ¡Es como el de mamá! –a Faramir le estaba costando lo indecible no comenzar a reír-. ¿Sabes cómo usarlo?
-¡Sí! –exclamó-. Pero es muy pequeño…
La sonrisa de Éowyn se ensanchó, y cogió al niño en brazos para acunarlo contra su pecho. Elboron le rodeó el cuello con un bracito, y dejó que lo mimase. Pero sólo un poco. No le gustaba que lo agobiasen con abrazos, y enseguida se alejó de ella.
-Bueno, pero es que tú eres muy chiquitín, Elboron –le dijo, peinándole el pelo con los dedos. No sabía cómo lo hacían padre e hijo pero, hiciesen lo que hiciesen, siempre tenían los oscuros cabellos alborotados.
-Pero si soy ya mayor… ¡sé vestirme solo! –replicó Elboron, intentado escapar de las manos de Éowyn. Y lo consiguió, y se tiró en plancha sobre las mantas, sin soltar sus regalos. Gateó por la cama, y se asomó al borde.
El pequeño terminó por hacer una pedorreta de puro fastidio al ver que estaba demasiado alto como para saltar al suelo, con lo que Faramir estalló en carcajadas. Elboron se giró con el ceño fruncido, pero al ver que su madre se unía también a las carcajadas, soltó una tímida risita.
-Es que está muy alto –se excusó.
Faramir apoyó la cabeza en el hombro de Éowyn, y miró al pequeño. Después, alzó la vista para mirar los ojos verdes de su esposa, y una enorme sonrisa surcó su rostro. Estaba a gusto, en paz con el mundo y consigo mismo. Tenía una esposa maravillosa, a la que amaba con locura, y ambos estaban criando a un niño increíble. Con ellos dos a su lado, se consideraba el hombre más feliz de toda Arda.
Nota: al igual que en el capítulo anterior, todos los personajes pertenecen a Tolkien.
