Nieve

Parece mentira cómo ni un solo lugar en esta ciudad, inmensa y pequeña a la vez, no esté inmune a ahogarse de nieve. Tal vez no hay mucha diferencia entre estar congelado por lluvia que por esa masa blanca que nos hunde cada invierno, pero yo sí lo noto. Para alguien que ha crecido con seis hermanos varones, nieve es sinónimo de guerra.

Sin embargo, este invierno con Harry se me antoja romántico. Es la primera vez que paso tanto tiempo junto a él, y, para ser cierta, eso ya es decir mucho. Nunca pensé que debajo de esa fachada de niño tímido (ahora hombre tímido), se escondiera ese ser detallista, que hace que los días grises en Londres parezcan los más soleados. Me ha invitado a pasar el invierno y las festividades en su casa, y yo no pude hacer más sino aceptar encantada. Es una de las pocas veces en las que él toma la iniciativa, porque es bastante penoso en todos los aspectos, y aunque he tratado de deshacerme de esa faceta molesta de él, no puedo lograrlo. Además, lo amo con todo lo que tiene, así que despedirme de su timidez, será probablemente despedirme de una parte importante de Harry.

Ayer nos sentamos juntos a ver cómo caía la nieve, mientras él me rodeaba con sus brazos para entrar en calor. Lo bueno de Grimmauld Place son los grandes ventanales que mi novio recientemente instaló, para tener una hermosa vista de lo que pasa afuera. Parece una pantalla gigante, muy similar a la del lugar al que Hermione nos lleva constantemente y que me encanta (a pesar de ser muggle y no poder entenderlo del todo), el cine. Claro, podemos ver todo lo que pasa afuera, pero los de afuera no pueden ver nada de lo que pasa adentro. Agradezco por eso cada vez que Harry tiene uno de sus arrebatos en el salón, con el ventanal inmenso que me hace pensar que los muggles o cualquier persona me pueden ver mientras me hace suya. Pero me tranquilizo y me dejo llevar por el momento. Las cosas con él son así, de situaciones espontáneas, y es exactamente por eso que me encanta.
Pero, en ocasiones tan dulces cómo esas, en las que nos sentamos a ver tranquilamente el exterior, es que lo amo con locura. Mi corazón se llena de inmensa dicha cuando sé que soy correspondida, y prefiero dejar las dudas de lado y estar segura de su amor. Después de todo, sé que Harry es tan auténtico que no estuviera conmigo sin quererme.

Hoy en la mañana duramos mucho tiempo tumbados en la cama de la enorme habitación, abrazados, algo congelados, pensando el uno en el otro. Durante el año no podemos compartir así, estar tan compenetrados, tan unidos como nunca. Son pocas las veces en la que despierto junto a él, así que estoy atesorando los momentos de este invierno en los que abro los ojos y él está ahí, penetrándome con sus dulces ojos verdes.

-Te amo –me ha dicho hoy al despertar. Sé que soy afortunada porque así me siento.

En otras ocasiones, simplemente traza con sus dedos formas en mi piel; en mi abdomen, mi espalda, mis brazos… Una mañana despertó y me dijo que estaba dispuesto a contar mis pecas, y lo dejé, para que se rindiera pronto. Mi sorpresa fue que perseveró hasta que yo misma tuve que pararlo. Me exaspera que sea tan necio, pero el amor es tan contradictorio que su necedad es algo que admiro y me encanta de él.

Llevo ya dos semanas despertando a su lado, y quisiera estar así para siempre. Ojalá pudiera prolongar la caída lenta y hermosa de la nieve, así todos pensarían que el invierno es eterno. Entonces podría despertar siempre con él, y tendría toda la vida para contar mis pecas si algún día se lo propone de nuevo.

Me ha dicho una y mil veces lo encantado que está de que me den estas vacaciones y que haya accedido a pasarlas con él. Yo le he contestado, todas las veces que me lo dice, que yo soy la que estoy encantada de estar junto a él.

Ninguno de los dos tiene miedo de confesarnos (o demostrarnos) nuestros sentimientos, porque nos hemos encargado de que así sea. Nada de restricciones, nada de vergüenza. Estamos ya creciditos para actuar como críos de quince años.

Hoy, finalmente es Navidad. Me sorprendió con su regalo: un hermoso álbum de fotos en el que salen retratados nuestros mejores momentos. Me vi sonriente junto a Harry en la fiesta de compromiso de Ron y Hermione; en su última fiesta de cumpleaños; a la salida de uno de mis constantes juegos de Quidditch e incluso en los momentos que olvidé que estaban plasmados en fotografías, como una salida común y corriente. Recopiló todos esos momentos para mí. Un nudo se me hizo en la garganta y me fue imposible agradecerle hasta minutos después, cuando pude recuperar la compostura y correr hasta sus brazos, para estrecharlo fuerte contra mí y darle las gracias sin hablar.

Nos llegaron toneladas de regalos de mamá, papá, mis hermanos y Hermione; ésta última vendrá con Ron a la noche a cenar. Se supone que ambas nos estrenaremos en nuestras dotes culinarias, porque mi amiga asegura que es un desastre y la tengo que ayudar. Está desesperada porque su matrimonio es en un futuro próximo y aún no maneja la cocina tan bien como le gustaría. Sabemos que Ron es un hombre de buen comer, así que me burlo de ella por su miedo. Hermione es una mujer que no se deja intimidar, pero hasta en los mejores casos, el amor se inmiscuye y nos cambia totalmente.

-Tienes que enseñarme, Ginny –suplica una y otra vez. Decidí que la ocasión perfecta para empezar con las clases es esta noche, en una cena privada con nuestros respectivos novios. Lo bueno fue que ella aceptó y está dispuesta a adentrarse en ese mundo peligroso de los sartenes, como le digo a ella para burlarme.

Mientras llega la hora, Harry me ha arrastrado hasta el patio posterior, para que nos tumbemos sobre la nieve. Entre risas, casi tuvo que cargarme para obligarme a salir. Crecimos en un ambiente frío, pero no me gusta el congelamiento prolongado, por lo tanto, no soy fanática de echarme en la nieve por un tiempo indefinido.

-Prometo mantenerte caliente –susurró contra mi oído, y con ese argumento me convenció.

Ahora, sobre esta nieve que produce un frío que se cala hasta los huesos, me siento bien. Harry está a mi lado, conmigo, de alguna manera cumpliendo su promesa de mantenerme caliente. Acaricia mi pelo suavemente, mientras me susurra cuentos sin sentido, tal vez inventados por la magia del momento.

Por primera vez, pienso en nieve y su sinónimo es paz.