CAPITULO I
Promesas cumplidas
Nuestra historia comienza hace ya muchos, muchos años, en una época difícil para la magia, pues se nos perseguía por nuestros dones; tal vez por temor, tal vez por desprecio o tal vez por ambas razones al mismo tiempo.
Un niño, como mucho de 12 años de edad, se encontraba apoyado en el alféizar de la ventana, contemplando con sus ojos grisáceos el exterior, mantenía un gesto aburrido en el rostro.
– ¿Un secreto se puede contar, madre? – Dijo. Su madre, cuyo cabello era igual de oscuro que el de su hijo, miró de reojo al niño mientras hacía levitar una vajilla entera con el movimiento de su varita.
– No, si se contase no sería un secreto – Ante esas palabras, el chico frunció el ceño.
– ¿Entonces cómo se crean los secretos? ¿Acaso la primera vez que se cuenta no es un secreto?
La mujer esbozó una sonrisa.
– A veces pienso que eres demasiado listo para tu edad, Saly. Y es otras veces cuando me demuestras que estoy en lo cierto – Dejó toda la vajilla limpia en su sitio y se sentó junto a su hijo –. ¿Hay algo que quieras contarme?
El chico estaba jugando con algunas astillas de la ventana, fingiendo estar distraído.
– Bueno... – Miró lentamente a su madre y le lanzó una gran sonrisa – Tengo un sitio secreto, un lugar escondido a unos kilómetros de aquí, donde nadie ha pasado en años, ¡siglos tal vez! – La madre de Salazar comenzó a reír ante el entusiasmo del muchacho.
– Tienes tu propio lugar secreto – Dijo con un tono que le daba importancia a sus palabras y sonrió al niño –. Mientras sepas el camino de vuelta y vuelvas sano y salvo, será nuestro secreto ¿Te parece?
El pequeño asintió con una pronunciada sonrisa. Su madre le revolvió el pelo de manera cariñosa y continuó con sus asuntos.
– Algo andáis tramando vosotros dos – Un hombre con barba plateada entró en la habitación. Era sumamente elegante, tanto su expresión como sus ropajes negros. Tenía una visible calva en la parte de atrás de la cabeza. Sus ojos, los cuales revelaban astucia, apuntaron a Salazar. Eran imponentes, aunque su mirada era suavizada con la calidez de su sonrisa –. ¿Tu madre te está enseñando algo nuevo?
– No esta vez, padre, solo estábamos hablando – Contestó el pequeño Salazar, devolviéndole una pícara sonrisa.
El padre se acercó por detrás a su madre, la cual estaba distraída, y le dio un inesperado beso en la mejilla, a lo que ella sonrió.
– ¿Cuánto nos falta para tener el dinero para la varita del pequeño Slytherin? – Preguntó, guiñándole un ojo al niño.
– Muy poco ya – Dijo ella –. En nada podremos enseñarle sin tener que prestarle las nuestras.
– Aun no teniendo tu varita – Se dirigió el padre a su hijo – eres un gran mago, Salazar. En poco tiempo nos superarás a tu madre y a mí, y podrás enseñar a tu descendiente para que sea un aún mejor mago que tú.
– Quién sabe si terminarás teniendo un montón de pequeños haciendo fila para que les enseñes – Dijo alegremente la madre.
– Tonterías, toda una entelequia – Le repuso su esposo –. Eso parecería una escuela, y una escuela en los tiempos que corren... – Negó con la cabeza –. Habría que mantenerla en secreto, una tarea demasiado difícil.
– Saly es capaz de lo que se proponga, y lo sabes – Le respondió la mujer con total seguridad –. Limpia el resto de la cocina ¿Quieres? – Pidió al padre de Salazar, el cual asintió y sonrió mientras ella se marchaba de la habitación.
El elegante hombre deslizó la mirada hasta Salazar.
– Tu madre tiene razón en lo que dice – Dijo mientras elevaba un trapo en el aire y lo pasaba por la mesa –. Hoy no estés...
– Sí, papá, volveré antes de la caída del Sol– Le interrumpió Salazar.
– Eso es, y recuerda: – Dijo a medias, esperando que su hijo finalizase la frase.
– "Controla tu magia fuera de casa" Entendido – Terminó Salazar, apenado por la imposibilidad de utilizar lo que él consideraba un don sin libertad.
– Son tiempos difíciles, Salazar, debemos escondernos – Miró a su hijo, dejando unos segundos de silencio en caso de que él quisiese decir algo – Bien, ahora sal y diviértete, tienes más cosas para hacer ahí fuera que gotas tiene la lluvia.
Su padre le dio un beso en la frente. Salazar se levantó y salió radiante de felicidad por la puerta.
Alrededor de la casa se extendía una gran ciénaga. Muchos repudiarían la idea de vivir en un lugar como aquel, pero para alguien como Salazar era un lugar perfecto como ninguno; casi nadie pasaba por allí, y los únicos seres vivos que frecuentaban ese lugar eran anfibios, reptiles y algunas aves que paraban a descansar de largas migraciones.
Salazar metió lentamente los pies en la amarronada agua y esperó.
Fue entonces cuando una pequeña serpiente salió de las profundidades de la ciénaga y se desplazó con un rápido nado hacia las piernas de Salazar. Parecía contenta de ver de nuevo a su amigo.
– Hola otra vez, Omis – Saludó a la serpiente con cariño.
Esta apoyó su pequeño morro sobre la pierna de Salazar, también a modo de saludo. Se conocían desde hace 5 años, y la visitaba cada día desde entonces.
– Te he traído un delicioso manjar – Le dijo mientras sacaba un pequeño ratón muerto de su bolsillo y se lo acercaba a la boca; la serpiente se lo comió rápidamente, agradecida.
Omis era única en el pantano, pues ninguna otra serpiente tenía las escamas con ese plateado brillante que le caracterizaba.
– Hoy tienes más hambre de la que acostumbras ¿No ha ido bien la caza últimamente? – Preguntó mientras la acariciaba.
Tras un largo rato de monólogo con la pequeña serpiente y una amistosa despedida, se marchó de la ciénaga.
Comenzó a caminar por un sendero de tierra que había unos metros al oeste, recogiendo pequeños frutos que se encontraba por el camino. De pronto, se empezó a escuchar el paso de cascos de caballo a las espaldas de Salazar y al rato se divisó un carromato que avanzaba hacia él. La primera reacción fue la de intentar esconderse, pero tras pensar unos segundos decidió no huir de quien quiera que fuese.
Pasado un minuto el carromato alcanzó a Salazar, pero este no se detuvo, el conductor ni siquiera reparó en la presencia del pequeño niño que había a un lado del camino.
Salazar, aprovechando esto, se agarró rápidamente a la parte trasera del carromato, de esa forma el camino al pueblo sería más rápido y ameno.
Después de un rato, por fin se vislumbraban las casas del pueblo. Los ojos de Salazar brillaron y una chisporroteante energía le llenó el cuerpo, en aquel pueblo le esperaba la única persona que no le consideraba un bicho raro: Aloine.
Se bajó de un salto del carromato y este continuó su camino.
Para ser un simple pueblo estaba muy bien cuidado: Los adoquines estaban alineados y relativamente limpios, había plantas y flores a ambos lados de las calles, fruto del trabajo de todos los vecinos, los cuales paseaban alegremente por las aceras. A primera instancia parecía un pueblo acogedor; pero en lo más profundo se escondía un enorme miedo, miedo por todo lo que estuviera asociado con la magia, y Salazar lo sabía, toda esa gente intentaría matarle si supiesen lo que él era.
Si quería desplazarse por el lugar, lo hacía de la forma que se le viese menos, ya sea yendo de tejado en tejado o caminando por los lugares y callejones oscuros, donde con lo máximo que se podría topar era con gente sin hogar o algunos borrachos cuya ebriedad no les permitía fijarse en Salazar.
El muchacho avanzó por una de estas estrechas calles.
Al rato comenzó a escuchar gritos en una calle anexa, alguien estaba maldiciendo por todo lo alto, y eso solo podía significar una cosa.
Salazar corrió hacia los gritos y, al doblar la esquina, se topó con un espectáculo rocambolesco.
Un hombre con ropas andrajosas y con el rostro sonrojado, fruto de todo un día bebiendo vino, sostenía con la mano alzada y con un gesto amenazante el agrafe de una botella rota. Estaba expectante, mirando a cada lado de la callejuela, cuando una naranja impactó directamente en su nuca.
– ¡Maldito bastardo! – Gritó con ira el hombre – ¡Dónde estás! Como te encuentre te voy a partir el pescuezo.
Sus gritos salieron con un leve eco a ambos lados de la calle, parecía que no obtenía respuesta. Los ojos del borracho se detuvieron en Salazar, y, rojo de ira, comenzó a caminar con rapidez hacia él.
– ¡Tú, pequeño demonio!
A escasos centímetros de que el hombre alcanzase a Salazar, un destello surgió del suelo y se interpuso entre los dos.
Era un hombrecillo plateado. Tenía los ojos negros y una sonrisa perturbadoramente abierta de oreja a oreja. Vestía con un abrigo de color verde, pantalones azules y una pajarita pintoresca.
El hombre no daba crédito a lo que estaba presenciando y palideció hasta alcanzar el color de la nieve.
– De cerca eres aún más feo ¿Lo sabías?, los pelos que salen de tu nariz no te lucen mucho que digamos – Se burló el poltergeist, que comenzó a reír, lo que provocó que su sonrisa se ensanchase aún más y alcanzase una apertura que sobrepasaba lo humano – No me mires así, solo te estaba ofreciendo algo de comer – Tras decir esto, le tiró otra naranja que tenía en la mano, directa a la cara, para después enseñarle de forma burlesca la lengua.
El hombre, perplejo y bajo los efectos del vino, cayó desmayado al suelo emitiendo un golpe sordo, a lo que el poltergeist empezó a reír a carcajadas.
– Hola Peeves – Salazar se acercó al hombrecillo y cogió una naranja del suelo –. Veo que te va bien.
– ¡Pero mirad a quien tenemos aquí! – Respondió con tono sorpresivo el poltergeist mientras revoloteaba de arriba a abajo –. Salazar Slytherin, siempre es un honor verte – Dijo con un tono irónico –. ¿A qué has venido? – preguntó sin borrar la sonrisa de su cara.
– Voy a comprar algunas cosas en La beata dorada.
Peeves permaneció callado, mirando a Salazar. Después de unos segundos de silencio, miró a ambos lados del callejón.
– Entiendo lo que quieres decir – Dijo el poltergeist finalmente. Se dibujó una sonrisa maliciosa en su rostro –. He imagino que quieres hacer una compra... sin vendedor – Dijo Peeves, alzando los brazos y doblando un poco los dedos índice y corazón de ambas manos al decir la palabra 'compra'.
– Así es. – Respondió Salazar, contento de no tener que darle más explicaciones a Peeves – ¿Me harías ese favor? – Preguntó.
Los ojos de Peeves emitieron un destello siniestro.
– Pedirme que moleste a alguien no es pedirme un favor, es hacerme un favor a mí – Terminó diciendo el poltergeist.
Salazar sonrió complacido ante la afirmativa de Peeves.
– ¿Y puedo saber qué quiere conseguir de una tienda de cachivaches un mocosillo como tú? – Preguntó Peeves.
– Quiero un objeto de esa tienda, para una amiga mía – Se sinceró Salazar.
– ¡Salazar Slytherin enamorado, señoras y señores! – Empezó a festejar Peeves –. Toda una noticia – Miró burlonamente a Salazar.
El chico se puso algo rojo por el comentario.
– No es así, no digas tonterías. Es mi amiga – Salazar quería cambiar el rumbo de la conversación –. Debes entretenerle el tiempo suficiente, si me cogen me matan, no lo dudo.
Peeves dejó de simular que se besaba con el aire y miró más seriamente a Salazar.
– Dalo por hecho, pequeño mequetrefe –Dijo Peeves canturreando.
Salazar se quedó mirando al poltergeist, pensativo.
– ¿Acaso tú le temes a algo? – Dijo, manifestando lo que estaba pensando.
Los ojos de Peeves se cerraron un poco.
– Podría llegar a tener miedo de alguien tan insensible como para matar lo que más quiere, no de alguien capaz de matar a un escualidillo como tú – Dijo creando una sonora pedorreta.
Salazar esbozó una sonrisa, le caía bien Peeves, aunque a veces fuese irritante.
– Allí te espero – Dijo Salazar mientras reanudaba su camino por la callejuela.
Aproximadamente 15 minutos después, Salazar se encontraba en la acera opuesta a La beata dorada, inquieto, esperando a que Peeves hiciese alguna de las suyas. Pasados 10 minutos más, comenzó a sospechar que el poltergeist había ignorado su petición de crear una distracción.
En lo que nadie se percataba, y solo un observador avezado habría visto, es que estaba comenzando a emerger un humo negruzco desde las aperturas del alcantarillado.
Para cuando la gente se empezó a dar cuenta de lo que ocurría, ya costaba ver con claridad. Salazar reparó en que este suceso no estaba ocurriendo solo en el exterior, desde las tiendas más próximas también salía el mismo humo oscuro.
La gente exclamaba gritos de asombro, y hablaban entre ellos sobre lo que estaba ocurriendo, buscando una explicación. Una multitud comenzó a salir a la calle desde las tiendas, tosiendo y quejándose de la poca visibilidad. Algunos de ellos comentaron que aquel humo podía ser venenoso, lo que provocó una avalancha de gente corriendo en todas direcciones, tapándose la cara con lo que buenamente podían.
Salazar no dudó ni un segundo; se tapó el rostro con el brazo y entró directamente en La Beata Dorada.
Dentro el humo era más denso, debía salir rápido si no quería morir asfixiado en aquel lugar. Entonces lo vislumbró: un precioso collar plateado con un zafiro, colocado sobre un busto de madera.
Ver de nuevo aquel collar le hizo recordar a Aloine, y el motivo por el que estaba ahí.
Hacía unas semanas, paseaba junto con ella por estas mismas calles.
Él estaba comentando la clase sobre astronomía que tuvo con sus padres el día anterior, cuando pasaron por delante de La Beata Dorada.
– Santo bendito, ¡mira eso!– Exclamó Aloine, dando pequeños golpecitos en el brazo a Salazar.
Este se giró alarmado, pero al enfocar la mirada consiguió ver a lo que se refería; un collar muy bonito con una piedra preciosa de color azul se encontraba de exposición en la tienda, con una etiqueta con un precio desorbitado.
– Si alguien me diera algo así, se lo agradecería por toda la vida, es demasiado hermoso – Siguió Aloine, con ojos de soñadora.
– Yo mismo te lo daré – Se envalentó Salazar, aunque no terminaba de creerse sus propias palabras.
– Salazar... ¿Siempre tienes tanta determinación? Es normal que al final siempre consigas lo que quieres, cueste lo que te cueste – Aloine lanzó la típica sonrisa nerviosa de cuando se da una mala noticia –. Pero ambos sabemos que ni juntando todo el dinero de nuestras familias podríamos comprar algo así.
Salazar miró el collar, sabía que tenía razón; los dos pertenecían a familias pobres, aunque la de Aloine viviera más cómodamente que los Slytherin, seguían sin poder permitirse algo así.
Prosiguieron su paseo, aunque de la mente de Salazar no salía la idea de conseguir ese collar para su amiga
