Hola chicas...bueno aquí os dejo el primer capitulo... solo recibí 3 comentarios... pero aun así gracias a esas tres personas que comentaron...jejejej me grada ver vuestros comentarios un besazo a todas y espero que este primer capi también os guste... dewwwwww


Capitulo uno. Cambios en sus vidas.

La diferencia del pasado al futuro, solo esta donde la quieras ver.

Un teléfono sonó en la distancia. Unos ojos chocolate se abrieron en mitad de la noche y un sudor frío empezó a recorrer su cuerpo. No era normal que el teléfono sonara a las cinco de la madrugada. Su madre Reneé estaba en la otra habitación durmiendo con su marido Phil. Bella se levantó de un salto y cogió el teléfono móvil. Su voz sonaba ronca y sus parpados se cerraban. Pero debía averiguar porque.

-¿Dígame?- Preguntó ella al no conocer el número.

-Bella, siento llamarte a estas horas. Supongo que estarías durmiendo- Una voz de hombre adulto sonó a la otra parte del teléfono.

-Papá, estaba durmiendo ¿Ha pasado algo?- Contestó ella nerviosa apretando las sábanas entre sus dedos.

-Verás…- Su padre respiró profundamente- Acabo de empezar mi turno en al comisaría y me he enterado que necesitan a una profesora nueva. Es de eso en lo que tú te has especializado…- El hombre esperó por si su hija saltaba como siempre recordándole cuales eran sus estudios. Al ver que no decía nada siguió hablando. – Bueno… Jimmy iba a avisar a una amiga que también ha estudiado lo mismo que tú. No quería que se adelantara. Sé que te has quedado sin trabajo y bueno… tal vez te interese.

-Papá. Te agradezco tu llamada, pero puedo buscar trabajo yo sola, tengo veintisiete años. Además, mamá no le da tanta importancia.- La muchacha odiaba el pueblo donde vivía su padre. Allí solo había tres días de sol al año.- Te llamo luego sobre las nueve. Ahora necesito dormir y pensar en tu propuesta.

Bella colgó el teléfono y apoyó de nuevo su cabeza en la almohada. Hacía mucho tiempo que no veía a su padre y una parte de ella lo echaba de menos, pero otra parte prefería no pisar ese pueblucho. Bella odiaba Forks desde que pasaba allí los veranos cuando sus padres se divorciaron al cumplir los cinco años.

Sus ojos se cerraron y cayó en un profundo sueño de nuevo. Menos mal que ella era de sueño rápido y pronto caía de nuevo en los brazos de Morfeo, si no la muchacha en vez de responderle a su padre tan educadamente (nótese el sarcasmo) le hubiese dicho de todo.

Nada. Aquel muchacho estaba despierto observando las estrellas que invadían el cielo de Forks y como siempre no escuchaba nada. Respiró profundamente soltando el aire por su nariz y una lágrima descendió por su mejilla. A sus diecinueve años, le habían comunicado que debía dejar su pueblo natal si quería seguir estudiando. Aquello le rompió el alma. Su padre un buen médico del hospital, y su madre una buena profesora, debían dejar sus trabajos por seguirlo halla donde pudiera terminar sus estudios.

Las lágrimas descendían por sus mejillas en silencio. Edward no deseaba que sus padres abandonaran sus vidas por él. Cada noche, recordaba su infancia y como había llegado hasta allí. Su corazón se encogía al recordarlo y sus manos sudaban sin cesar. No había tenido una infancia fácil. Sus compañeros se lo habían puesto muy difícil por su minusvalía y eso siempre estaría grabado en su mente. Una minusvalía que ahora lo volvía a hacer tan diferente a los demás.

Edward se adentró en su habitación y se metió a dormir de nuevo en su cama de matrimonio con sus finas sabanas de seda. Observó una vez más su habitación antes de quedarse dormido y rezar de nuevo por que aquello cambiara de una vez. Cuando abrió sus ojos, el sol bañaba la habitación sacando un bonito color anaranjado de las brillantes e impolutas paredes.

Se levantó de la cama y observó una vez más el reloj. Eran las siete y media de la mañana. El despertador aún no había vibrado bajo la almohada, pero aun así no podía seguir bajo las sabanas. Fue directo al baño y se dio una buena ducha caliente. Al salir, se colocó sus bóxers azules, sus calcetines de deporte, unos vaqueros negros y una simple camiseta de manga larga blanca. Cogió la sudadera de cremallera y bajó las escaleras para desayunar.

Al llegar abajo, sabía perfectamente que su madre ya había preparado un buen desayuno, porque el olor a tortitas le llegaba desde las escaleras. Entró en la cocina y saludó a su madre moviendo la cabeza de arriba abajo. Se sentó en su silla y ella le tendió un buen vaso de leche caliente y unas tortitas con chocolate y nata.

Esme, levantó sus manos y le comunicó con los símbolos que estas dibujaban, que llegaría pronto una nueva profesora a su clase y que de momento podía estar tranquilo. Edward respiró profundamente y observó los dulces ojos de su madre. Le sonrió antes de salir por la puerta camino a la universidad.

En Forks, solo estaba él como discapacitado. Era algo muy frustrante, ya que la antigua profesora de especiales se había marchado hacía poco más de un mes. En aquel pequeño pueblo, no había una escuela, instituto o universidad, preparados para gente como él. Lo único que habían hecho siempre, era tener una profesora especializada en el lenguaje de los sordomudos, que estuviera sentada a su lado siempre y le comunicara aquello que el profesor decía.

Edward, caminaba por la amplia cera que lo llevaba hasta la universidad. Su madre, siempre lo acercaba en coche hasta allí, ya que iban al mismo lugar. Esme respetaba su intimidad, así que lo dejaba un poco más atrás, para que llegara por su propio pie. La gente nueva cuando llegaba, siempre se fijaba en él. Las chicas no apartaban la mirada de sus penetrantes ojos verdes, hasta que alguien les decía su discapacidad, ponían mala cara y se alejaban de él para siempre.

Entró despacio a la clase y se sentó en su sitio de siempre. Durante el tiempo que la profesora no estaba, Edward solo había tomado apuntes de la pizarra y el profesor que impartía la clase que le tocaba, le daba una fotocopia con el tema de la clase. Algunos tenían mucha paciencia con él. El señor Banner, escribía en un folio en blanco la pregunta que quería hacerle y se la ponía en la mesa. Edward cogía su bolígrafo y le contestaba ante los ojos del profesor. Era el único que le dedicaba un poco de tiempo.

Edward como cada mañana, observaba a las animadoras del equipo de Baloncesto. Tanya, Jessica y Lauren, eran las tres chicas más guapas de la clase y perfectas. Edward se moría por besar a cualquiera de las tres. Aun que especialmente, le gustaba Lauren. Ángela, era una chica tímida, pero amiga de las tres animadoras. Ella era la editora del periódico de la universidad y estudiaba periodismo. Tan solo coincidían en dos clases a la semana, pero aquella chica le agradaba de carácter y no entendía como podía ir con las animadoras.

A ellas les encantaba salir de fiesta con los chicos del equipo, alcoholizarse y ser bastante expuestas ante los chicos. Ángela sin embargo, solo se juntaba con ellas a la hora de comer. Edward siempre supuso que era por que su novio Ben, estaba en el equipo. Observó sus manos cuando entró Tanya en el salón. Ella por primera vez en todos esos años, miró al muchacho de ojos verdes que esperaba ansioso a que el día pasara y pudiera marcharse bajo el techo de su hogar, en el único sitio donde no se sentía solo.

Le encantaba pasar la tarde con sus primos. Emmett, era mucho mayor que él. Tenía veintisiete años. La novia de su primo, también tenía veintisiete y estaban juntos desde que su mente recordaba. Rosalie lo quería demasiado, cuando iban a recogerlo a la universidad, todos los miraban, ya que no entendían como los más populares del pueblo, podían ir con el discapacitado.

Después estaba su prima Alice, la hermana pequeña de Emmett. Ella tenía veinticinco años y su novio Jasper, era hermano de Rosalie. Jasper tenía veinticuatro años. Alice estaba en su último curso en la universidad y Jasper ya había acabado su carrera. Edward dejó de pensar en su familia cuando sintió el toque cálido de alguien rozar su mano. Cuando alzó la vista, un papel estaba en la mesa. Aquello le extrañó demasiado, pero aún así, lo abrió y lo leyó. No podía creer lo que allí estaba escrito, pero aún así, una sonrisa salió de sus labios y alzó la mirada para encontrarse con esos ojos azules.

Bella estaba sentada en el asiento de su coche mirando su casa. Esa sería la última vez que la vería en mucho tiempo. Respiró profundamente mientras secaba las palmas de sus manos contra su pantalón vaquero. Estaba decidida a ir a Forks para aceptar el trabajo que su padre le había ofrecido. Se sentía nerviosa, ya que hacía mucho tiempo que no hablaba con él, pero aún así cerró los ojos y arrancó el coche.

El trayecto hasta el aeropuerto fue rápido, ya que a las siete de la mañana, no había demasiado transito. Bella aparcó en el parking del aeropuerto y salió a paso rápido hasta la terminal. Al llegar, guardó las llaves de su coche en su maleta y sacó la reserva del billete. Una vez facturadas las maletas, se tomó un café y se dirigió hacía su nuevo destino.

Antes de entrar en el avión, mando un mensaje a Reneé, para que pasara a por su coche con la otra llave de este. No quería dejarlo allí por mucho tiempo. Apagó su móvil y se sentó en su asiento. El viaje debía ser tranquilo. Se colocó los cascos que le ofreció la azafata y puso el hilo musical clásico. Aquello le hacía relajarse. Sus ojos se cerraron y se quedó en un duerme vela todo el trayecto.

Cuando el avión aterrizó, la azafata le avisó de la llegada y ella bajó para recoger sus maletas. El simple aire que allí se respiraba, ya era totalmente diferente al de su soleada y húmeda Phoenix. Un escalofrío le recorrió la espalda cuando salió al exterior del aeropuerto de Seattle. Tenía que llamar a Charlie para que fuera a recogerla, pues no le había avisado a que hora llegaba. Sacó el teléfono y lo encendió. Nada más hacerlo, recibió un mensaje de su mejor amiga Tanya. Esta le anunciaba que se trasladaría a vivir a Port Ángeles al final y así estaría más cerca de ella.

Bella soltó una sonrisa. Tanya nunca la dejaba en la estacada. Tanya era una chica huérfana y por lo tanto no tenía que darle explicaciones a nadie. Desde que cumplió la mayoría de edad, que se independizo de la casa de acogida y desde ese momento siempre había hecho lo que quería. A Bella le dio un vuelco su corazón, no estaría completamente sola allí. Llamó a su padre y quedó en la cafetería de enfrente del aeropuerto. Mientras Charlie llegaba, Bella le mandó un mensaje a Tanya para saber exactamente cuando llegaba. En dos días estarían juntas de nuevo, le respondió su mejor amiga.

Ella simplemente sonrió y se levantó del asiento, Charlie, estaba apunto de llegar con su coche patrulla. Mientras caminaba con la cabeza agachada mirando el móvil, sintió un fuerte golpe contra ella y cayó de espaldas al suelo. Un hombre de ojos azules y pelo rubio, la estaba observando un poco confuso y avergonzado. Era realmente guapo, pero posiblemente tuviera entre veinte o veinticinco años mayor que ella.

Carlisle Cullen, le tendió la mano con sus mejillas enrojecidas, iba distraído observando el periódico y no se había dado cuenta de la joven. Bella algo confusa cogió la mano de aquel hombre y este la ayudó a ponerse en pie de nuevo.

-Disculpe joven.- Carlisle le habló en un tono amable y suave.- Iba distraído y no me di cuenta que venía. Mi nombre es Carlisle Cullen.

-Tranquilo, la culpa también es mía.- Sonrojada, quiso quitarle parte de culpa al hombre, ya que ella tampoco estaba muy atenta a lo que hacía.- Mi nombre es Isabella Swan. Encantada de conocerle señor Cullen.

-¿Isabella Swan?- Preguntó Carlisle sorprendido.- Llámame Carlisle. Por cierto, vengo a recogerla señorita Swan. Su padre no pudo venir por un problema en la comisaría y como amigo me mandó a recogerla.

Vella se quedó muy sorprendida al escuchar aquellas palabras. Su padre había enviado a un desconocido (Muy guapo) a por ella. No sabía que decir. En ese instante, el móvil de ella sonó y vibró entre sus manos y se asustó. Carlisle Cullen, sonrió ante aquel gesto y esperó a que la muchacha reaccionara. Bella le hizo un pequeño gesto de disculpa y se separó de aquel hombre al descolgar.

-Papá.- Su tono era algo severo, esperaba una buena explicación por aquello.- ¿Dónde estás y quien es Carlisle Cullen?

-Perdona hija. Verás Carlisle es un amigo y bueno, él ya terminó su turno en el hospital y necesitabas que te recogieran…- Un silencio se adueñó de la llamada.- Y…

-¿Y?- Ella estaba muy molesta.

-Bueno, me salió un caso en el momento en que iba a salir y no pude hacerlo. Carlisle es un buen hombre, tranquila hija no te hará nada.- Se oyó una risa.- Y menos siendo la hija del Jefe Swan.

Charlie colgó el teléfono. Ella se quedó mirando al pequeño aparato que portaba entre sus manos bastante incrédula por lo que acababa de escuchar, aún así se giró hacía el hombre y le sonrió con desgana.

-Bueno Carlisle, llámame Bella. Estoy lista.- Ella cogió su maleta, pero Carlisle no la dejó llevarla.- Gracias.

Durante el trayecto, ninguno de los dos habló. Simplemente cuando Carlisle llegó a la casa de su viejo amigo Swan, le tendió una llave de esta y se despidió con un hasta pronto. Ella, aún con la maleta en la puerta y la boca abierta, se despidió con un gesto de la mano y se quedó allí para recuperar el aire. Sus primeras horas en Forks y ya estaba odiando estar allí de nuevo.

Edward se levantó de su silla a la hora indicada de la nota y se dirigió donde esta decía. Al entrar se encontró algo muy extraño para él, pero aún así entró en el vestuario y cerró la puerta con un fuerte respiró y tragando saliva como un poseso. Allí había otra nota pegada en el cristal.

"Si has llegado hasta aquí, es porque eres valiente. Mañana te esperaré a la hora de la comida en este mismo sitio. Tuya siempre Tanya"

Una sonrisa extraña se dibujó en sus labios y durante el resto del día, solo pudo pensar en lo que pasaría. Seguramente se quería volver a burlar de él, pero las miradas que ella le echó durante las siguientes horas y como se mordía el labio inferior, le sembraron la duda. Cuando acabó el día, se marchó a casa y todo fue como siempre. Se acostó soñando con aquella rubia tan espectacular y con lo que pasaría la mañana siguiente.