02.
.No hay recompensa que compense esto
Otro maldito planeta, en una hilera interminable de estúpidos planetas.
Han había perdido la cuenta –entrando ya en la docena– de lo que había iniciado como: 'apenas un par de paradas en el sistema Seltos antes de volver a la nueva capital de la Republica'.
¿Era mucho pedir unas cuantas semanas de normalidad? Tiempo libre sin tener que sostener sonrisas falsas y reverencias desganadas; sin diplomacia rancia e interminable. Todo el esfuerzo que Leia ponía en la Nueva República no tenía sentido para él, en especial cuando la mitad de sus estúpidas reuniones y comités terminaban siempre a tiros.
Al menos eso sí era normal para él.
Para más frustración, el calor húmedo de este nuevo planeta le cocinaba los sesos a fuego lento. Han daría lo que fuera por tener un sistema de enfriamiento que no fallase cada dos horas en el Halcón. Y sí, el palacio del gobernador local, 'tiene un regulador térmico fabricado en esta era galáctica, Han, no entiendo que haces en el Halcón todo el día…'.
¡Pues muchas gracias, Princesa!
La verdad era que si tenía que oír otro halago hipócrita sobre su heroísmo en la guerra, él mismo iba a empezar la siguiente trifulca diplomática, Leia o no Leia.
Han puso la última pieza del humificador en su sitio, contemplando su trabajo unos segundos antes de decidirse a desarmarlo de nuevo. Sus manos llenas de callosidades se movían solas con la familiaridad del trabajo mecánico, solo deteniéndose para limpiar el sudor que le resbalaba por las sienes.
Las horas eran una tortura interminable entre una misión diplomática y otra. Pero si le ponían a escoger entre participar en ellas y reparar el Halcón, Han estaba dispuesto a desarmar el maldito carguero pieza por pieza antes que ser parte de la feria política que era la diplomacia galáctica.
¿Y a dónde rayos se había ido Chewie? Buscar un par de piezas para terminar las reparaciones estaba tomándole más tiempo del necesario. Si había vuelto a escaparse a alguna taberna sin avisar (¡sin él!) esta vez sí que le iba a escuchar.
Han gruñó para sí mismo una grosería coreliana que muy pocas veces se animaba a decir en voz alta. Él podía sentarse y fantasear por horas en salir con Chewie a buscar problemas (o trabajo) en la taberna más cercana, pero la verdad de su situación le daba una cachetada en la cara todos los días.
Han Solo, contrabandista extraordinaire, piloto independiente y buscapleitos profesional, ya no existía.
Había dejado de ser esa persona hacía tiempo ya, y sin darse mucha cuenta de ello.
Lo que había ganado a cambio, sin duda lo compensaba todo, pero le dejaba también con un mal sabor constante en la boca, atado de manos en una galaxia donde él solo sabía existir saltando de una estrella a otra, viviendo en el momento y por su propio placer.
Primero por la rebelión y ahora por la Republica.
Primero por Leia y ahora por Ben.
Para Han era demasiado arriesgado irse a hacer negocios a sus anchas y dejar a Leia con el clima de tensión que se respiraba en los sistemas que aún seguían en transición del Imperio Galáctico hacia la Nueva República. Más en un planeta potencialmente hostil, donde su presencia y nombre nunca fallaban en atraer a los simpatizantes de un pasado que se negaba a morir.
No. Han no era más que un guardaespaldas glorificado, cubierto de medallas huecas e incapaz de decir que no a los caprichos de su princesa. Realmente extrañaba las juergas de varias lunas y la vida distendida del contrabandista que vive más por la aventura de estar del lado más turbio de lo ilegal, que por los créditos que pudiese ganar.
Pero no era solo Leia quien le preocupaba. Dejar solo a Ben, más que nada, le quitaba el sueño hasta el punto del insomnio. Desde 'aquel' incidente del que ninguno de los dos hablaba nunca, las cosas habían cambiado para mal y de una manera inexplicable. Su hijo había vuelto, sí, pero ya no era el mismo niño de seis años, alegre y afectuoso, que habían conocido. Leia se negaba a admitir el problema por completo y él quería resolver todo el asunto hablando con la boca de su bláster.
El problema era que no había un culpable a quien poder disparar.
Han soltó la herramienta en su mano y se reclinó contra la pared. Tener un hijo había significado un antes y un después en su vida. La alegría más profunda que había sentido nunca estaba matizada por una responsabilidad que a ratos se le antojaba como demasiado grande para él.
Diez años atrás se hubiese reído de buena gana si alguien le hubiese dicho que sería padre; tan lejana la idea estaba en él cómo los dos extremos del universo conocido. Habiendo sido abandonado a su suerte cuando él mismo no era más que un mocoso, Han no tenía un concepto sólido de familia ni un verdadero interés en tener una propia.
Ahora todo su mundo giraba en torno a Leia y a Ben y nada del mundo podría hacerle más feliz que ver sus caras sonrientes por el resto de su vida.
Han cerró los ojos por un par de minutos y encontró muy difícil visualizar esas sonrisas.
Ben se había vuelto un niño taciturno y solitario, cada vez más obsesionado con la fuerza, mientras que Leia estaba abrumada por unas responsabilidades políticas que no solo le pesaban, sino que le restaban fuerzas a una mujer más acostumbrada a tomar la acción en sus manos que a tener que sufrir los rigores de la inevitable burocracia.
En ese momento Han se levantó, asomándose desde la trampilla de acceso en el suelo del Halcón. El interior de la nave estaba en silencio, salvo por los ruidos mecánicos de los sistemas de soporte que permanecían encendidos. Tenía mucho rato que no escuchaba a su hijo, y considerando lo vocal que podía ser para manifestar su aburrimiento con la actual misión de su madre (vaya que sí era su hijo), era muy extraña la tranquilidad que imperaba en el Halcón.
Han se impulsó fuera del área de mantenimiento para ir en su busca.
No tardó en encontrarle sentado en el suelo, en medio de la carlinga, piernas cruzadas y las manos de palmas arriba en su regazo, en posición de meditación. Estaba completamente inmóvil y por un momento Han pensó que estaba dormido, pero al agacharse frente a él pudo ver sus ojos abiertos y extrañamente desenfocados en un punto indefinido del vacío frente a él.
"¿Ben?"
Su voz sonó débil y asustada a sus propios oídos y se odió un poco más por ello.
"¿Ben?" repitió ahora con más firmeza y su hijo reaccionó de inmediato levantando el rostro y enfocando sus ojos en él.
"¿Qué te parece si me ayudas un rato con el Halcón, eh?"
No hubo reacción alguna a su pregunta y la preocupación de Han creció exponencialmente. Este comportamiento en el que su hijo parecía estar presente pero desconectado de la realidad era cada vez más común, y rara vez terminaba en algo bueno.
Han tocó el brazo de su hijo esperando que el contacto directo terminase de traerle de vuelta y se sobresaltó al encontrarlo helado. "¿Ben?"
El niño continuaba ensimismado y Han lo sacudió levemente hasta que consiguió sacarle una reacción, los ojos parpadeando confundidos.
"¡Hey, compañero! ¿Quieres ayudarme con el Halcón?" Volvió a preguntar, tratando de actuar natural y temiendo estar fallando estrepitosamente. Estaba seguro que si pudiera ver su propio rostro, la aprensión que sentía sobre su hijo le espantaría.
Ben lo miró por un par de segundos más, volvió a parpadear y se encogió de hombros por respuesta.
"¿Podemos irnos a casa?" preguntó en el tono cansino y desinteresado que se había vuelto normal en él.
"Debemos esperar a tu madre, ya no debe tardar…".
"Eso mismo dijiste hace dos días".
Han trató de sonreír, quitando importancia a la creciente frustración de su hijo (y la suya) con la situación de su madre. "Ya sabes cómo es… no te desanimes ahora, compañero".
La mirada que le devolvía su hijo por respuesta era tan inquietante como ajena en el rostro de un niño de apenas diez años. Han suprimió a duras penas el escalofrío que quería sacudirlo. Esto, esto no era natural…
Tragándose su incomodidad, Han le haló por ambos brazos un poco, animándole a levantarse.
"Que te parece si me echas una mano ahora y luego podemos ir a…" Ben sacudió su agarre con violencia.
"¡NO!"
"Vamos, compañero, no seas así..."
"¡No quiero estar más aquí, no quiero!" el rostro contraído y cada vez más rojo de su hijo terminó de encender todas las alarmas en su cabeza. Le tomó de los brazos de nuevo, tratando de conectar con él.
"Ben, cálmate por favor, trata de entender…".
"No, no, eres tú quien no entiendes. No puedes entender…". Ben comenzó a mecerse de adelante hacia atrás sin parar y Han intentó abrazarle como último recurso. Podía sentir el Halcón comenzando a vibrar bajo su cuerpo, acompañado de un zumbido que penetraba hasta los huesos.
"¿Ben…?"
Pero era inútil. Han supo lo que venía un segundo antes de sentir el golpe en el pecho que le sacó todo el aire de los pulmones. La detonación invisible le envió a él y a todos los objetos alrededor de su hijo contra las paredes del Halcón.
Enseguida Ben desplomó al suelo inconsciente y su padre con él.
-o-
Para cuando Han volvió en sí, agitando la cabeza, Leia pasaba a su lado corriendo a toda velocidad hacia su hijo, llamándole frenética.
Ella lo había sentido todo en la Fuerza, claro.
Han se puso de pie lentamente al tiempo que constataba el resultado de una nueva explosión descontrolada de su hijo. Afortunadamente esta vez solo estaban ellos dos y nada parecía dañado sin remedio. Han tanteó con la mano la parte posterior de su cráneo, donde una contusión leve comenzaba a hincharse. Nada de vida o muerte.
Cuando se acercó por fin a Leia, ella acunaba en sus brazos a Ben, tratando de reanimarle con leves palmadas en el rostro.
"¡No despierta, Han!"
"Déjame llevarle a su cuarto" respondió, tomando a su hijo en sus brazos a pesar de las protestas de Leia.
Ella lo siguió todo el camino de cerca, vigilante de todos sus movimientos. Caminaba a sus espaldas pero él la sentía a su alrededor como una presencia sofocante y reconfortante a la vez. Han no sabía si era el feroz instinto maternal o la Fuerza en ella que le hacían sentir así y en cualquier caso, él prefería no saber.
Cuando por fin dejó a Ben sobre la cama y comenzó a quitarle las botas de los pies, vendría la segunda explosión que él ya se esperaba.
"¡¿Cómo puedes estar tan tranquilo?!" Leia chilló su protesta sin alzar la voz, pero con toda la fuerza de su personalidad puesta en ello.
"¿Tranquilo?" contestó no sin incredulidad volviéndose a verla, "tal vez sea la contusión en mi cabeza que no me deja reaccionar todavía".
"¡Esto es muy serio, Han!"
Su princesa comenzó a caminar de un lado a otro como bestia enjaulada mientras el permaneció sentado al lado de su hijo. Esta era una conversación que habían tenido ya mil veces, siempre con el mismo resultado. Mientras Leia no tomase una decisión, nada iba a cambiar. Forzarla a hacerlo era una tarea que él había evadido por tanto tiempo que ya no estaba seguro de poder abordarla, menos aún de poder sobreponerse a las consecuencias que sin duda vendrían con ella.
Con mucho porque él tampoco quería decidir y ser el único responsable de la catástrofe.
"¿Qué le provocó esta vez?" preguntó por fin volviéndose hacia él. "Algo tuvo que provocarle…"
"Nada ocurrió que justifique esto, Leia, ese es el problema. Nuestro hijo necesita un tipo de ayuda que ni tu ni yo podemos darle".
"Si no somos nosotros, sus padres, ¿quién puede ayudarle entonces?" refutó enseguida, una línea entre sus cejas marcándose más a cada momento. "Ya lo hemos tratado con especialistas sin resultado y Luke insiste en que aún no es su momento de entrenar".
"¡Me importa un bledo lo que Luke diga! Ben no puede contener un poder que yo ni siquiera comienzo a entender y todos me dicen que es natural, que es un privilegio".
Ahora fue su turno de ponerse de pie, el espacio conteniendo sus pasos desesperados de un lado a otro. "¡Yo lo único que veo es a mi hijo hacerse daño y empeorar cada día sin poder hacer nada!"
"¡Oh, Han!" Leia estaba en sus brazos de inmediato, sus cuerpos encajando juntos a la perfección.
En ese momento estaban solos en el universo, aliviando uno la misma pena en el otro, sosteniéndose ambos para no caer. Han podría quedarse así por el resto de sus días y conformarse, o dar un paso final y destruirlo todo.
Al fin que la ilusión de tener familia era una fantasía, que para él, tenía los días contados.
"¿Qué estamos esperando Leia?" la apartó de su cuerpo forzándola a levantar el rostro y verle. "¿A que mate a otra persona?"
Leia se lanzó hacia atrás y fuera de su agarre enseguida, la indignación transformando su rostro como una máscara que la hacía una persona distinta y lejana de la mujer en sus brazos. "¡Eso fue un accidente!" le recriminó.
"¡Esto también fue un accidente, uno que se vuelve más y más común!"
Han podía ver claramente en la expresión cambiante de su rostro el conflicto interior por el que Leia pasaba. Estaba recordando en ese momento lo mismo que él: Ben jugando con los niños de la estación, corriendo tras un autobot como todos los demás. Unos segundos después, estaba gritando incoherencias, cayendo de rodillas al suelo, sus manos sosteniendo su cabeza. El aire a su alrededor pareció solidificarse con la Fuerza, atando y comprimiendo todo lo que estaba en un radio de cincuenta metros de él. Luego una explosión y todo a su alrededor había salido disparado, uno de los niños con suficiente fuerza como para romper una de las barreras protectoras en la entrada de la estación y caer al vacío.
No había sido intencional, pero alguien había muerto y ella no podía seguir ignorando el problema. Su tono de voz cambió por completo a un susurro cargado de preocupación.
"Es apenas un niño Han, su legado… la Fuerza es poderosa en él… más que nada que hayamos visto".
"Legado o no tienes que admitir que tenemos un problema que no está en nuestras manos resolver. No se trata de su edad o una fase de la Fuerza o lo que sea… ¡algo está mal con él, Leia!"
"¡No digas eso!" Ambos se volvieron enseguida a verle, como para comprobar que continuaba allí dormido y no se había transformado en el monstruo que les asechaba en sus pesadillas. Uno de capa y casco negro…
"Es la verdad, Leia. Desde aquel día en Kyrnik…"
"Han, por favor…" la súplica en el rostro le contuvo la lengua pero no la determinación de solucionar el problema de una vez.
"Ya no puedes justificarle más, Leia".
Era cierto. Leia no podía.
Ya nadie podía.
-o-
Kyrnik.
Leia odiaba oír ese nombre.
Aunque la verdad era que su odio poco tenía que ver con el lugar en sí mismo. El planeta y la ciudad de Ylsee tenían la fortuna de haber sido muy poco afectadas durante la decadencia del poder del viejo Imperio. Quizás por su posición en la afueras del anillo central, en un área más turística que estratégica. Clima agradable y lugares pintorescos, Kyrnik era uno de esos raros planetas que existían suspendidos en una especie de tregua permanente. Tú no llevabas tus problemas a Kyrnik y Kyrnik no te causaba problemas a ti.
Leia trató de reacomodarse sin mucho éxito en el espacio limitado de la pequeña cama auxiliar del Halcón. Un calambre subía por su pierna derecha luego de estar tanto tiempo sentada en la misma postura. A su lado, su hijo continuaba inconsciente y ajeno a todo el tumulto que dejaba en sus padres su extraña condición.
Acariciándole con cuidado, Leia colocó su mano sobre la frente de Ben y le notó demasiado frio todavía, como si su piel estuviese cubierta de hielo. Trató de arroparle mejor, a pesar de que ella misma se sentía agobiada por la falta de enfriamiento en el Halcón.
¡Oh sí! En momentos como este Leia odiaba Kyrnik más que nunca.
Porque algo le había ocurrido allí a su hijo. Algo que le había cambiado. Poco a poco y casi imperceptiblemente al inicio, pero cuyas consecuencias se hacían más evidentes a pesar de sus esfuerzos.
Lo peor para ella era no saber verdaderamente qué había pasado ese día.
No saber qué hacer para ayudarle.
No saber qué era lo que estaba mal con él.
Leia recordaba ese día mejor que lo que había desayunado esa misma mañana. El cielo despejado con su característico tinte violeta. Las calles empedradas iluminadas en los mil colores de mercado central. Gentes riendo, otras vociferando sus mercancías. La sonrisa de su pequeño hijo de seis años como un faro frente a ella. Su propia alegría de tenerle, caminando del brazo de Han.
Un momento estaban allí, mirando un despliegue de juguetes mecanizados, y al siguiente Ben había desaparecido.
Por unos momentos Leia pensó que su hijo se escondía. Ese era después de todo, uno de sus juegos predilectos con Chewbacca.
Pero pronto se dieron cuenta que no era así. La confusión y luego el pánico en el rostro de Han tenía un reflejo directo en el suyo. Ambos gritaron su nombre y le buscaron puesto por puesto, recodo por recodo, en todas direcciones hasta que los músculos de sus piernas y sus gargantas ardían con el esfuerzo.
Leia pasó una mano por sus sienes, limpiando un poco el sudor acumulado. En su pecho latía ahora la misma angustia que había sentido ese día, cuatro años atrás. Quizás porque como ese día, ella sentía que perdía a su hijo, pedazo a pedazo, aun teniéndolo frente a ella.
Las tres horas que les tomó encontrarle habían sido las más largas de su vida. Pero cuando finalmente apareció, Leia estaba demasiado aliviada de tenerle de vuelta como para pensar demasiado en lo extraño de la situación y buscar respuestas.
Y ese había sido un error del que se arrepentiría toda su vida.
Todo lo que supo entonces fue que unos mercaderes le habían encontrado tendido en un callejón, convulsionando, y le llevaron a un puesto de atención cercano. Los doctores que le vieron ese día, no encontraron nada malo con él. No había sido atacado o físicamente dañado de ninguna manera que pudieran ver. Su salud era impecable y sus niveles estaban normales. La razón por la que Ben había convulsionado nadie la podía explicar.
Han también había desestimado el incidente, argumentando que seguramente se había perdido y luego desmayado en un ataque de pánico. En ese momento, Leia ignoró su instinto y se contentó con llevarle a casa tan pronto despertó. Era una ocurrencia bastante común que un niño se perdiese en una feria con el tumulto de gente, después de todo.
Pero a medida que Ben comenzó a transformarse frente a sus ojos, ella no había parado de re-examinar compulsivamente todo lo que había ocurrido ese día. Sabía que había algo diferente a cualquier cosa que ella hubiese sentido antes y aunque no podía decir que se trataba del lado oscuro –había discutido largo y tendido al respecto con su hermano– estaba segura que algo… no natural le había pasado a su hijo.
Porque cuando despertó, unas horas después del incidente, Ben Solo no era el mismo.
Inicialmente no era algo muy notable. La confusión inicial, sus silencios y su miedo repentino a separarse de su madre parecían una reacción normal al trauma sufrido. Sin embargo, con el pasar de los meses empezó a ser evidente que algo más le estaba ocurriendo. Pronto comenzaron sus problemas de autocontrol, falta de paciencia, arrebatos de furia y malacrianza contrastando con momentos de intenso silencio y retrospección, en los que apenas se movía, la mirada fija en algo que solo él podía ver.
Y la Fuerza. La Fuerza era igual de intensa en él pero ahora se manifestaba de forma diferente, inconstante, reflejo de su nueva falta de control.
Leia se puso de pie dándole la espalda a su hijo. No podía continuar viendo ese rostro relajado por el sueño sin pensar en el niño inocente que había perdido; sin oír en su mente la risa contagiosa que animaba sus días; sin pensar en sus travesuras tocadas por un punto de arrogancia que le hacían parecer tanto a su padre.
Varias lágrimas se deslizaron por sus mejillas y Leia las limpió con rabia. No era el momento de llorar, sino de hacer lo que Han y luego ella habían tratado tanto de posponer.
Leia iba a entregar a su hijo a la Nueva Orden Jedi, con la esperanza de que Luke pudiese encontrar lo que ella había perdido.
Porque Ben nunca había regresado verdaderamente de Kyrnik y lo que quedaba de él desaparecía poco a poco frente a sus ojos, como arena fina colándose entre sus dedos.
De esto también se arrepentiría luego y por mucho tiempo, antes de ver brillar una nueva esperanza para su hijo.
-o-
