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—¿Sabes cómo llegar a tu casa?

—Lárgate de mi vista ¿Por qué no me dijiste que mi padre vendría?

—No lo sabía.

—¿No lo sabías? Dijiste que podías ver el destino de los niños que no tenían un ángel de la guarda. ¿Estás diciendo que yo tengo uno?

—No lo sé… Yo no puedo sentir a un ángel cerca a ustedes aparte de mí. Pero extrañamente solo puedo leer el destino de Sam, mas no el tuyo.

—Entiendo que yo no tenga un ángel de la guarda pero aún no logro comprender por qué Sam tampoco. Él es muy inocente, sabes. Siempre cae en todas las estúpidas bromas que le hago, una y otra vez. Se volvería loco si le contara que eres un ángel. De hecho… se volvería loco si supiera lo que hace papá… Y lo que haremos nosotros en el futuro. Entonces… cómo no hay un ángel que quiera cuidarle.

—Estuve pensando en eso cuando los vi por primera vez. Y en ese mismo instante comprendí por qué… Bueno, creo que tu papá se va a molestar si no te apresuras.

—¡Tienes razón! Pero la verdad no tengo idea de cómo llegar.

—Supuse eso. Dame tu mano.

—¿Ah?

—Apresúrate.

Dean llegó en un abrir y cerrar de ojos a su casa, literalmente así fue.

—¿Có-cómo?

—Así es más rápido. Pudimos haberlo hecho con Sam pero su energía vital estaba debilitada además que necesitábamos de un adulto para ingresar al hospital. Bien, ya tengo que irme.

—¿Dejarás el cuerpo de Jimmy? —Castiel asintió — Solo puedes tomar su cuerpo ¿Verdad?

—Sí. Normalmente para que un ángel ocupe el cuerpo de un humano necesita su permiso. Pero en el caso del ángel de la guarda, nosotros ya tenemos un pacto con el niño desde que hace su primera oración.

—Una vez que el niño crece ¿A dónde van ustedes?

—Los niños no son los únicos que crecen, nosotros también. Y una vez que estamos listos, nos convertimos en guerreros de Dios.

—Entonces el amigo barbudo también existe — dijo Dean más para él que para el otro

—Ten cuidado, es mi padre del que estás hablando — pero Castiel tenía oídos muy agudos.

Antes de que Dean pudiera reaccionar, el pequeño ángel ya había desaparecido.

Horas más tarde John se encontraba en casa terminando de empacar las cosas que Dean no había terminado.

—¿Cómo… cómo está Sammy, señor? — preguntó el mayorcito con miedo en sus palabras.

—¿Acaso te interesa? — acusó su padre

Dean tembló en su lugar

—Me voy por unos días y no puedes mantener tu promesa. No me quiero imaginar cuando tenga que dejarlos por más de un mes. Parece que no estás apto para este negocio, Dean.

—Eso no es cierto — el pequeño replicó temeroso, eran muy pocas las veces en que contradecía a John, incluso si éste se equivocaba — Yo siempre estoy aprendiendo de usted, yo puedo…

—Tu única responsabilidad, la única orden que te di fue cuidar a Sammy. No solo no la cumpliste, sino que incluso llamaste la atención de los vecinos. ¿Alguien entró a la casa?

Dean no supo qué decir.

—¡Dean responde!

—No señor, nadie. — le miró de frente, sin parpadear alguna vez, rezando en su interior porque su padre creyera su mentira.

—Iremos al hospital al amanecer. Una vez que le den de alta a Sam, nos marchamos de esta ciudad. Así que será mejor que duermas bien, mientras tu hermano pasa la noche en un cuarto blanco y frío.

Con esas últimas palabras, Dean supo que dormir sería lo último que podía hacer. Si su padre lo dijo a propósito o no, eso no lo cuestionó.

Mientras le escuchaba roncar, se levantó con cuidado de la cama que compartían, (bueno sí, no era una casa grande, al contrario, al parecer fue hecha solo para una persona). Dean se aproximó a la ventana, no entendía por qué lo hacía, pero algo lo empujaba. Acostumbrándose a las luces de los postes de las calles, posó su vista en el viejo árbol encontrándose con aquel niño que vio esa misma tarde.

—¿Jimmy?

Pero el niño de ojos azules no contestó. Entonces Dean supo a quién llamar.

—Castiel.

El ángel permanecía recostado en la rama más gruesa del árbol, aún en silencio le miró. La intensidad de esa mirada, Dean estaba comenzando a memorizarla.

—¿Por qué estás aquí? —

—Quería admirar por última vez la más bella creación de mi padre, las estrellas.

Era cierto, tal vez porque la lluvia había cesado pero el cielo estaba pintado de estrellas, para Dean no era la primera vez que veía algo así, pero para Castiel, sí podría haberla sido.

—Pero, tal vez puedas volver a poseer el cuerpo de Jimmy en algún momento, quién sabe y necesite de tus poderes mágicos a prueba de balas — bromeó Dean.

Castiel siguió en silencio, admirando la noche estrellada.

—¿En serio no puedes?

Dean se estaba cansando del incómodo monólogo.

—Oye… No me dejes hablando solo como un lunático. No puedo alzar la voz porque si no despertaré a papá.

—¿Le temes a tu papá?

—No es eso… Hasta qué hora te quedarás ahí? No te preocupa que Jimmy coja un resfrío?

—Él estará bien. No pasa nada si me quedo un tiempo más. — Cqstiel, no le miraba, de hecho no despegó su vista del cielo desde que empezaron a hablar.

El muchachito rubio dio un suspiro.

—Como quieras. Yo sí dormiré. O trataré…

Otra vez el ángel no le prestaba atención, caminó hacia su cama y se metió despacio en ella. Pensó por unos momentos en contarle a su padre lo que le había pasado, la verdad, que los ángeles existían, incluso la prueba se hallaba sentada en la rama de un árbol, pero no pudo, sabía que eso podía ser malo, muy malo para Castiel.

…***…

Una radiante luz se posó sobre sus párpado aún cerrados. Dificultosamente Dean entreabrió los ojos, pero los cerró de nuevo al oír unas voces no conocidas para él.

—Déjenlo en paz. Él no tiene nada que ver en esto — esa voz ya estaba inscrita en su memoria, era Jimmy, mejor dicho…

—Castiel, no solo desobedeciste una de nuestras reglas más importantes, sino que incluso te atreves a dirigirte con altanería a tus superiores — pero la otra voz no. Eso no pintaba nada bueno.

—El que cometió el error fui yo, ni él ni su hermano tienen nada que ver en esto.

—Aun así, ellos son testigos de que nosotros existimos, sabes muy bien que eso trae consecuencias.

—Lo sé, por eso estoy aceptando mi castigo sin oponer resistencia, sea lo que sea yo voy a aceptarlo.

—No se trata de eso. Nadie está pidiéndote permiso.

—¿Qué planean hacer?

—Recuérdame porqué tengo que decírselo a un ángel de bajo rango. Oh, perdón, ex-ángel. Ahora ¡Llévenselo!

Dean se levantó rápidamente de la cama.

—¡No se lo lleven! — eran tres hombres, sin contar al que había dado la orden, los que jalaban a Castiel.

—Vaya, cómo se esperaba del recipiente de Michael. Eres inmune a algunos 'trucos angelicales' — dijo el desconocido pasando su vista a John — ¿Dónde está Gabriel cuando se le necesita? — a diferencia de los demás, ese señor era el único vestido con terno, intimidaba.

—¿Él es el recipiente de Michael? — Castiel forcejeaba pero no podía liberarse.

—Demasiada información, Cas —

—No lastimen a Castiel, les juro que no diré nada de esto. No los expondré así que por favor, déjenlo libre — Dean sabía que sin cuestionarse mucho debía ayudar en lo que podía a ese ángel, pues gracias a él, Sam estaba recuperándose.

—Vaya, vaya. Te has conseguido a un buen amigo Castiel — se burló el aparentemente líder — Pequeño… — agregó aproximándose al chico rubio — ¿Cómo dijiste que te llamabas?

—Yo no lo dije — respondió desafiante y precavido a la vez — Me llamo Dean. ¿Pero acaso ustedes no lo saben?

—Ugh, esas cosas insignificantes… Dime Dean ¿cómo pretendes que te creamos?

—Se los puedo jurar ¿no?

—Dean, Dean —rió el hombre — No se necesita ser un ángel para saber que no eres de las personas más devotas.

—Eso es cierto. Pero realmente no tengo pensado decirle de esto a alguien, ni siquiera se lo he dicho a mi padre.

—Aun así, nosotros no podemos quedarnos con la duda. No somos de los que cometemos errores, exceptuando a los de bajo rango, claro — acusó mirando a Castiel.

—¿No se supone que ustedes saben mi destino? ¿Acaso ven que los voy a traicionar?

—Oh no, pequeño engreído. La palabra 'destino' es tan ambigua y desequilibrada. Digamos que… simplemente sabemos la razón de tu existencia, para qué has sido creado nada más.

—Entonces solo bórrenme la memoria, de lo que ha pasado el día de hoy.

—No podemos hacer eso, va contra las reglas ¿No es así, Cas?

El que seguía sujetado por los tres hombres frunció el ceño

—¿No piensas hacerle algo peor? ¿Eso no está en contra de las reglas también? Lastimar a las creaciones de nuestro padre, eso está prohibido.

—Me preguntó cuando empezarás a crecer. Y a darte cuenta que no nacimos para ser niñeras de nadie. Pero obviamente, no está en mis planes tocar el cuerpo de este… afortunado chico, Miguel me mataría, literalmente.

—¿Quién es Miguel? — intervino Dean

—¿Es por eso que no puedo ver su futuro? ¿Porque es el recipiente de mi hermano? — respondió Castiel.

—Es muy temprano para que lo llames así. De hecho creo que nunca podrás llamarlo de esa manera.

Castiel se sacudió.

—¡Ya les dije que no diré nada! No es necesario que lo lastimen. ¿No pueden dejarlo solo sin cena y nada más? ¿Qué clase de hermanos son?

—Podrás ser la mascota de Miguel, pero creo que no le preocuparía si te dejo sin un pulmón.

—Dean no tiene que ver en nada de esto. Yo tomaré la responsabilidad de mi desobediencia, así que déjenlo en paz.

—¿De qué estás hablando, Castiel? Tú ayudaste a mi hermano, no te dejaré solo.

—Parecen un par de perros oliéndose el trasero — carcajeó el hombre —Llévenselo. Después me encargaré de él.

—¡Castiel! — el niño de ojos verdosos corrió tratando de alcanzarlo pero el ángel superior sin siquiera tocarlo empujó su cuerpo contra una de las paredes

—¡Dean! — el ángel aprisionado trató de soltarse — ¡Dijiste que no lo lastimarías!

—Bueno, solo un par de huesos rotos, luego los coloco en su sitio.

—¿Eso es todo? — Dean se paró tambaleante.

—Tienes agallas, lo admito. Bien, entonces ¿Si te dijera que puedes salvar a tu bello ángel…?

—Haré lo que sea — contestó ferviente.

El ángel con terno sonrió

—De acuerdo. Te llevaremos con nosotros.