Bajo la Acacia de Occidente
by Kaiba Kisara
Chapter I: All I ever wanted.
Mokuba se mantenía al lado de la cama de Kisara, la mujer se encontraba conectada a una máquina que monitoreaba sus signos vitales, canalizada con suero y vitaminas, mientras una máscara de oxígeno cubría su boca. El Kaiba menor no se despegaba de su lado, atendiendo las reuniones de la corporación desde aquel cuarto de hospital, ya habían pasado dos días desde que la ahora vice presidente perdió la conciencia, los médicos le habían informado del estado de salud de su amiga y no sabía cómo tomarlo, ¿por qué Kisara les habría ocultado tal información?
"Kisara, no lo entiendo…"
El joven Kaiba envió un mensaje a Yugi y los demás, informándoles la situación, esperando contar con apoyo; el pelinegro suspiró, alzando la mirada hacia la ventana, frente a ellos el cielo comenzaba a nublarse, tormentas se esperaban toda la semana.
Una tormenta diferente azotaba Egipto cuando Seto Kaiba llegaba, el aire cargado de arena, incienso y misticismo.
"Faraón…".
"Kaiba".
Atem se levantó de su trono, sonriendo como sólo el Rey de los Juegos podía hacerlo.
"Bienvenido".
"Ciertamente no viajé en tiempo para que me dieras una bienvenida, faraón".
"Claro que no".
Su risa estalló en toda la habitación, un sonido desafiante pero amigable.
"Sin embargo, en este momento me es imposible tener un duelo contigo…".
"¡¿Qué?!".
"Sígueme".
Seto mantuvo un tiempo la mirada sobre el faraón, éste había cambiado, o tal vez no lo recordaba suficientemente bien, o tal vez nunca le puso atención a sus detalles egipcios: sus altivos ojos brillaban, un aura de autoridad lo rodeaba, la piel estaba bronceada, sus brazos eran más largos y musculosos, y su cuerpo se diferenciaba bastante de Yugi por unos centímetros más; el CEO entendió: si no era al ritmo y manera del faraón, no se haría.
"De acuerdo…".
Atem y Kaiba avanzaron por un largo pasillo con vista al Nilo, columnas adornaban su camino, en cada una un guardia apostado en sus flancos, estatuas del faraón y la familia real se alzaban sobre la llanura; la tranquilidad cubría a Egipto con un dulce viento cargado de humedad y arena, Seto no pudo evitar sentir cierta paz al admirar el color azul que caracterizaba al río, una imagen de aquella mujer, que se quedó junto a su hermano, vino a su mente como un relámpago, sus bellos ojos eran del mismo azul que se encontraba en las aguas del río que le daba vida a Egipto.
El faraón se detuvo, frente a ellos, se divisaba una especie de templo.
"Allí es donde nos enfrentaremos, mi jefe de construcción calcula que se encontrará listo en menos de un mes…".
Seto asintió, si ya esperó años para tener su duelo con el Rey de los Juegos, entonces podía esperar unos días más, unas semanas más.
"Eres libre de ir y venir, mi guardia personal estará a tu servicio".
"Ah, eres muy bondadoso, faraón".
Las palabras de Seto salieron con su característico sarcasmo, Atem rió con suavidad, dando una media vuelta, el faraón avanzó, el sonido de sus pasos murió tras unos segundos, dejando a Kaiba en el balcón, con el sonido de los trabajadores a lo lejos y las risas de los guardias y sirvientes que iban y venían, haciendo su vida. El sol comenzaba a abdicar en horizonte, abriendo paso a la luna. Kaiba sonrió, una emoción recorría su cuerpo, una emoción que no había sentido desde hacía tiempo: faltaba poco para destronar a su rival, a aquél que le había quitado una parte de sí mismo.
Seto llevó una mano a su pecho, jugando con el collar en forma de carta de duelo que siempre portaba, dentro de éste se encontraba la foto de su hermano menor y, desde hacía unos meses, la de Kisara.
"Pronto nos volveremos a ver…".
Y fue entonces donde el presente y el pasado chocaron, en ambos cielos comenzó a llover.
