ADAPTACIÓN. Ni los personajes ni la historia me pertenece, está adaptado por Martasnix.
Capítulo 2
03:13 16 agosto 2001
Al habla Perro Rojo: ¿Me recibe?
Perro Rojo: Recibido jefe de equipo
¿Tiene al objetivo a la vista?
Perro Rojo: Negativo... objetivo fuera de alcance
ENCUÉNTRELA. La Operación Hidra está activa.
Esperando fecha de expiración.
Perro Rojo: Recibido. Avisaremos cuando el objetivo esté seguro.
-Te pediría que subieras -dijo Octavia cuando Reyes y ella llegaron ante la puerta del hotel-. Pero son las cuatro y media de la mañana y, a estas horas, no tenemos muchas opciones, aparte de acostarnos.
-No pasa nada -respondió Reyes en tono amable, extendiendo la mano para tocar los dedos de Octavia-. Ha sido divertido. Hay algo especial en pasear por una ciudad cuando todo el mundo duerme, sobre todo por una ciudad tan bonita como esta, que me hace sentir como si estuviese en medio de un maravilloso sueño. Estar contigo esta noche ha sido como convertir ese sueño en realidad.
Los labios de Octavia se abrieron en un gesto de sorpresa, mientras contenía la respiración. Luego habló con voz ronca:
-¿Cómo es posible que el entrenamiento que ha hecho de ti una dura agente del servicio secreto no haya eliminado tu ternura?
Reyes se encogió de hombros y una sonrisa irónica se dibujó en la comisura de su boca.
-Lo intentaron a conciencia, pero por lo visto hay algo de lo que no me he podido librar.
-Gracias a Dios.
-No estoy segura de que sea una ventaja -observó Reyes, avergonzada-. Se supone que tendría de dejar a un lado mis sentimientos para hacer el trabajo correctamente.
-Oh no, cariño -protestó Octavia dulcemente-. Sé que esa es la línea que nos marcan: ningún vínculo emocional con los protegidos, ninguna aportación personal. Pero yo opino que, cuando dejas de involucrarte, te vuelves descuidada. -Octavia cogió a Reyes de la mano con gesto audaz y la apartó del pequeño toldo para ocultarse entre las sombras del edificio. Acarició el rostro de Reyes y la besó tiernamente-. Haces lo correcto, y fuera del trabajo espero que no cambies nunca.
Reyes tragó saliva y agarró a Octavia por la cintura.
-Puedo asegurarte que no cambiará nada de lo que siento por ti.
Octavia apoyó la frente en la de Reyes, disfrutando del placer del momento antes de besarla de nuevo.
-¿Me lo prometes?
-Lo prometo -respondió Reyes-. Y no debes torturarte pensando si debes pedirme que suba, porque diría que no.
-¿En serio? ¿Así de simple? -El tono de Octavia era una mezcla de sorpresa y consternación. Le encantaba su lento noviazgo, pero una parte de ella deseaba que la espera fuese al menos tan molesta para Reyes como para ella-. No estoy muy segura de que me guste saberlo.
-Oh, créeme, sufro mucho. -Reyes se rió, cogió la mano de Octavia y ambas enlazaron los brazos-. Pero no me refería a esto. Hay algo que... tengo... que hacer.
-¿A estas horas? -Octavia ladeó la cabeza y entrecerró los ojos, observando a Reyes con mirada astuta-. A ver si lo adivino... La agente Reyes está de servicio.
-Sí. -Reyes asintió con gesto culpable-. Algo por el estilo.
«¡Dios, qué fácil sería enamorarme locamente de ti! Tengo que tomármelo con calma.» Octavia soltó de mala gana la mano de Reyes y le dio un empujoncito-. De acuerdo, vete. Vete ya. Llámame mañana cuando tengas tiempo.
-Sí, gracias. -Reyes se volvió para marcharse, pero de pronto, como si se le hubiese ocurrido algo, retrocedió, atrajo a Octavia hacia sí y le dio un rotundo beso. Cuando apartó la boca, tuvo que coger aire antes de poder hablar-: Que duermas... bien.
Octavia, con un hormigueo en los labios y el corazón desbocado, se quedó mirando cómo se alejaba Reyes. «Lo haré, si consigo que mi cuerpo se calme.»
Media hora después, Reyes se acercó lentamente a un anodino sedán negro aparcado en la intersección de la Rue Seguier con la Rue de Savoie. Una solitaria figura, envuelta en sombras, ocupaba el asiento delantero. Antes de que Reyes abriese la puerta, se bajó la ventanilla en silencio. Reyes apoyó un brazo en el capó del coche y miró el interior.
-Hola. ¿Te apetece un café?
El rostro de la despampanante mujer afroamericana que la miró con curiosidad podría haber ilustrado la portada de cualquier revista de moda. Indra Davis asintió y esbozó una sonrisa de Mona Lisa.
-¿Por qué será que no me sorprende verte?
-Lo mismo digo -repuso Reyes-. ¿Cuánto tiempo llevas aquí?
-Desde las dos y media.
-¿Lo saben?
-No, y prefiero que no lo sepan. -Davis alzó un hombro con gracia. Ni siquiera la floja cazadora que llevaba ocultaba su elegancia natural-. Creo que la comandante tenía intención de que estuviesen solas.
-Hay un café abierto a la vuelta de la esquina. ¿Te traigo un exprés?
-Que sea doble. Y Dios te bendiga. -Indra subió la ventanilla mientras Reyes se alejaba. Durante la conversación, no había apartado la vista de la entrada de la pensione en la que la comandante Lexa Woods y Clarke Griffin pasaban la noche. Comprendía que quisiesen estar solas y no le apetecía destruir aquella ilusión de intimidad. Sin embargo, su responsabilidad consistía en que la primera hija no sufriese ningún daño. Haría lo posible por cumplir con su deber, respetando al mismo tiempo los deseos de la comandante y de Egret. Reyes regresó poco después, y Indra abrió la puerta. Reyes ocupó el asiento de acompañante, cerró la puerta y entregó un vaso de café de cartón, tamaño dedal, a la otra agente.
-¿Sabe Marcus que estás aquí?
Indra bebió el café en silencio, y luego volvió la cabeza y miró a Reyes con gesto pensativo.
-No.
-Creí... bueno, ya sabes... que tal vez se lo habías consultado -farfulló Reyes. «Por Dios, Raven, podrías ser un poco más sutil.» Sabía, o al menos suponía, como la mayoría de los miembros del equipo, que Indra Davis y Marcus Kane, el coordinador de comunicaciones del equipo y segundo de a bordo, mantenían una relación. Los dos agentes eran muy discretos, pero se sabía que se veían a menudo-. Supuse que te había enviado él.
-Estaba en el centro de mando cuando entró Collins después de que la comandante diese permiso para irse a los del turno de noche. Dijo que tú y él teníais que acompañarlas a este sitio. Parecía encantado de disponer del resto de la noche libre. -El tono sugería que no le parecía bien enfocar el servicio de aquella forma, pero no dijo nada más. Era relativamente nueva en el equipo, al que había llegado procedente de la división técnica gracias a sus conocimientos informáticos. No ser miembro habitual de la rama de protección la convertía en una especie de intrusa para algunos.
Reyes se puso colorada.
-Debería haberme quedado aquí.
-No estoy criticando a nadie. -El tono sosegado de Indra subrayó sus palabras-. Confío en el buen sentido de la comandante y no creo que haga nada que ponga en peligro a Egret. Estoy aquí porque así me siento mejor.
-Yo también, supongo. ¿Te importa que te haga compañía?
-Por mí estupendo. Espero que la comandante hable con el centro de comunicaciones a primera hora de la mañana. Deberíamos desaparecer antes de que llegue el equipo oficial.
-Sí -murmuró Reyes, bebiendo el café-. ¿A qué hora calculas?
-¿Conociendo a la comandante? Llamará a Marcus a las siete en punto.
-Calculando media hora para que Marcus envíe al primer turno, deberíamos marcharnos a las siete y cuarto. -Reyes pensó en salir a comprar más café y pan-. No me apetece empezar el día con una bronca de la comandante.
Indra suspiró y estiró las largas piernas bajo el reducido salpicadero.
-No creo que te riña. Pero me gustaría que hubiesen tenido la noche que querían.
Reyes estudió a la mujer que estaba a su lado, sorprendida. Indra era una persona difícil de entender. Casi nunca hacía comentarios personales y solía mostrarse ajena y distante. Como muchos expertos informáticos de gran capacidad, parecía sentirse más cómoda entre datos y ordenadores. Sin embargo, no cabía duda de que comprendía las complejidades del corazón humano.
-Sí -murmuró Reyes, pensando en su reciente paseo de la mano de Octavia por los Campos Elíseos y en lo maravilloso que había sido-. De vez en cuando es bueno soñar.
La combinación de una cálida brisa que transportaba aromas de pan y café recién hechos, el zumbido distante del tráfico y las voces que subían desde la calle despertaron a Lexa. Se volvió hacía las puertas abiertas del balcón, y la bruma rosáceo-morada del amanecer bañó sus ojos. Sin embargo, no fue el sobrenatural estallido de color el que le aceleró el corazón. Clarke, vestida sólo con la camisa de Lexa, estaba junto a la barandilla de hierro forjado del minúsculo balcón. Contemplaba el Sena con expresión pensativa. Lexa, sin moverse, aprovechó la rara oportunidad de observar a Clarke en un instante de tranquilidad. Casi todo el tiempo que pasaban juntas se dedicaba a reuniones, a traslados a las funciones oficiales o privadas de la primera hija, o transcurría en compañía de otros miembros del equipo. Estar sola con Clarke, sobre todo en silencio, era un verdadero tesoro. Como solía ocurrir, la ilusión duró muy poco. Clarke volvió la cabeza y miró la habitación; una tierna sonrisa iluminó sus labios cuando sus ojos tropezaron con los de Lexa.
-Me pareció sentir que te despertabas.
-Me sorprende no haber sentido que te habías levantado -dijo Lexa en voz baja, estirándose bajo las sábanas arrugadas. Notaba el cuerpo inusitadamente relajado, casi ajeno. Era otra sensación rara, y Lexa reconoció la laxitud como la consecuencia de hacer el amor y del placer de dormir con Clarke entre los brazos-. Creo que me has agotado.
-¿En serio? -La sonrisa de Clarke se ensanchó, mientras arqueaba una ceja rubia-. Me parece que eso no augura nada bueno para nuestro futuro, comandante. Soy una de esas chicas que no se conforman con una vez a la semana.
-No se preocupe, señorita Griffin -bromeó Lexa, apartando las ligeras mantas y poniendo los pies en el suelo. Miró a su alrededor, buscando los pantalones-. Poseo una notable capacidad de recuperación.
-Ya lo sé -murmuró Clarke, observando con admiración a Lexa mientras se ponía los pantalones. Era hermosa, desnuda de cintura para arriba: músculos firmes bajo piel suave que rezumaba sensualidad. Clarke sintió la urgencia familiar que le provocaba la mera visión de su amante y desvió los ojos hacia la cicatriz irregular visible sobre el pecho izquierdo de Lexa y la larga incisión que se extendía por debajo del pecho y el costado hasta la espalda. Los costurones rojos se habían tornado rosáceos pero, por mucho que se diluyesen, Clarke siempre los vería. Igual que siempre vería a Lexa tendida en la acera, delante de su casa, desangrándose a causa de una bala destinada a ella. «Gracias a Dios que eres tan fuerte. ¿Qué haría yo...?»
Lexa, sorprendida por el extraño tono de voz de Clarke, subió la cremallera de los pantalones y miró a su amante. Rápidamente se acercó a ella, la abrazó por la cintura desde atrás, y apretó el pecho contra la espalda de Clarke. Hundió el rostro en los cabellos de esta y la besó en el lóbulo de la oreja.
-No.
Clarke se descansó en el cuerpo de Lexa y la rodeó con los brazos para tenerla más cerca.
-¿No qué?
-No me acuerdo. Nada importante. -Lexa besó el punto sensible debajo de la oreja de Clarke-. Déjalo, cariño.
En condiciones normales, a Clarke la habría ofendido la sutil orden, pero no en aquel momento. La ternura borró los posibles matices de las palabras. Estiró un brazo hacia atrás con aire indolente y entrelazó con los dedos los cabellos de Lexa.
-Hasta ahora nadie había logrado leerme el pensamiento.
-Tampoco nadie te había amado como te amo yo.
-No quiero vivir sin ti.
Lexa dio un respingo, sorprendida por la declaración. No dudaba de los sentimientos de Clarke por ella, pero nunca habría imaginado que llegaría a ocupar un lugar de semejante importancia en la vida de aquella mujer. Clarke era ante todo fuerte e independiente, tanto que a veces sacaba de quicio a Lexa. Habían tenido un inicio tormentoso, e incluso a aquellas alturas se enzarzaban casi todos los días, casi siempre por las medidas de seguridad necesarias para proteger a Clarke. Profesionalmente habían empezado a aceptar el compromiso. En lo personal, apenas habían definido el presente y mucho menos el futuro.
-Quiero pasar el resto de mi vida contigo -murmuró Lexa, rozando el cuello de Clarke con la boca-. Haré todo lo posible para que eso suceda.
-Ojalá pudiésemos vivir juntas.
Lexa cerró los ojos y atrajo a Clarke hacia sí. Se había entrenado desde pequeña para no desear cosas que no podía tener. Clarke había sido la primera mujer por la que había roto esa regla, y sin embargo procuraba no desear más de lo que ya tenían. El tono decidido de la voz de Clarke borró esa resolución en un abrir y cerrar de ojos.
-Lo haremos.
-Sabes que no puede ser.
-Hoy no. -Lexa se volvió para mirar a Clarke, pero sin desprenderse de sus brazos-. Y mañana tampoco. Pero te prometo que sucederá.
-¿Es lo que quieres? -Los ojos azules de Clarke se tornaron grises.
Lexa no pestañeó.
-Con todas mis fuerzas.
-Lo siento. Dios. -Clarke suspiró y cabeceó-. No sé qué se apoderó de mí. Tal vez estar aquí contigo. Aquí fui al colegio... -Se encogió de hombros y esbozó una sonrisa irónica-. No lo pasé muy bien.
-¿Por qué?
«Estaba sola. Estaba perdida. Quería lo que tenemos ahora, pero temía no conseguirlo jamás.»
Clarke alejó la melancolía con un gesto.
-Mi padre era entonces vicepresidente, y supongo que yo daba bastante la lata.
-Me lo imagino. -Lexa besó a Clarke en los labios-. No envidio a tu jefe de seguridad.
-¿A cuál? -Clarke se rió-. El puesto era como una puerta giratoria. Hacían lo posible por librarse de él.
-Creí que eso mismo me ocurría a mí -confesó Lexa-. Me sentí así cuando me endosaron el destino. Pero ahora ya no. Aunque no estuviera enamorada de ti, querría este trabajo.
Clarke ladeó la cabeza, espoleada por la curiosidad y la sorpresa.
-¿Por qué?
-Porque resulta esencial para la seguridad del país.
A Clarke se le pusieron los ojos como platos.
-¿De verdad lo piensas?
-Rotundamente, y lo mismo piensan todos los miembros de mi equipo. -Lexa apoyó los hombros en el marco de la puerta, acunando a Clarke ente sus brazos, mientras contemplaban la catedral de Notre Dame-. En la actualidad, la clave del poder no son las armas, sino el terror, mucho más sutil y más difícil de predecir. Si te ocurriese algo...
-No me pasará nada -declaró Clarke, muy segura, al notar la preocupación en la voz de Lexa. Cogió la mano de Lexa y la introdujo bajo la camisa, apretando los dedos de su amante contra su pecho.
Lexa lanzó un suave gemido.
-No pretenderás que piense en este momento, ¿verdad?
-Humm -suspiró Clarke-. Me encanta sentir tus manos sobre mí.
Lexa apoyó la mejilla en los cabellos de Clarke y aspiró su aroma.
-Si te utilizasen como señuelo político contra tu padre, él no podría soportar la presión. Tendría que aceptar todas las condiciones que le impusiesen o dimitir. Y fuese como fuese, todos perderíamos.
-Antes no daba importancia a esas cosas, no tanta como ahora -admitió Clarke-. Lo intentaré, cariño. Te prometo que lo intentaré.
-Lo sé. -Lexa acogió la suavidad del pecho de Clarke en la mano, acariciando levemente la fina piel y el pezón erizado.
Aquella mujer era de vital importancia para una nación en guerra permanente, aunque las luchas no saliesen en los medios de comunicación. Y por encima de todo, era lo más valioso del mundo para Lexa, para su corazón, para su vida entera-. Una vez te prometí, el primer día, que procuraría que la situación te resultase tolerable. Y seguiré haciéndolo con los medios a mi alcance. Te amo.
Clarke se movió hasta que su boca encontró la de Lexa y murmuró junto a los labios de su amante:
-Dios, yo también te amo.
-Nos queda una hora antes de que llame a Marcus -susurró Lexa.
-Nos ofrecieron el desayuno en la cama. -Clarke llevó a Lexa a la habitación y se quitó la camisa-. ¿Tienes hambre?
Lexa deslizó una mano lentamente sobre su abdomen, invitando a Clarke a seguir sus movimientos. Se desabrochó el pantalón y bajó la cremallera.
-Sí.
Lexa, con los ojos cerrados, estaba llena de sensaciones: de la maravillosa maraña de los cabellos de Clarke resbalando entre sus dedos, del calor de la boca de Clarke quemando su abrasada piel, y de la ternura de los labios de Clarke arrastrándola al borde de la rendición. El primer anuncio del orgasmo surgió de lo más recóndito de su ser, se enroscó en la boca de su estómago y se deslizó como zarcillos de fuego por su columna vertebral. Se le puso piel de gallina, los músculos de sus muslos se estremecieron y sus caderas se elevaron en silenciosa súplica, reclamando más a su amante.
-¡Qué maravilla! -susurró Lexa, hechizada.
Clarke, sin dejar de gemir, acarició el estómago de Lexa, sintiendo cómo se tensaban los músculos de su amante antes del impulso final de la plenitud. En ese momento, cuando la belleza pura y simple estaba a punto de brotar entre sus manos y florecer junto a sus labios, siempre se le agolpaba la respiración en el pecho y la sangre tronaba en sus oídos. Sonó el teléfono móvil de Lexa. Lexa gimió; el placer dejó paso a la angustia. Clarke apartó la boca.
-No contestes.
Pero Lexa dio la vuelta en la cama y cogió el teléfono que estaba en la mesilla. Haciendo un denodado esfuerzo por contener la urgencia que clamaba por escapar de sus entrañas como algo salvaje, aclaró las ideas y dijo con voz ronca:
-Woods.
Clarke se apartó, respirando con dificultad, se dejó caer de espaldas y miró el techo. Cogió la sábana y cubrió con ella los cuerpos de ambas. «¡Sólo queríamos unas horas para nosotras!» Se había permitido olvidarse de todo, excepto de Lexa, durante aquellas horas, y el idilio había terminado de pronto. Se mesó los cabellos, procurando contener la rabia. «No es culpa de nadie. De Lexa no. Ni del que está al otro lado del teléfono. De nadie. Simplemente es así.» En otra época, en otro lugar, ya se habría levantado y vestido. Si no le hubiese importado nada la mujer a la que había estado a punto de llevar a la cumbre del placer, habría descargado su rabia sobre el primero que encontrase: ella misma, su amante eventual o, a veces, sus amigas. Pero en aquel momento estaba sola con la mujer que amaba, y no podía desahogar la ira, tenía que tragársela. Si se desahogaba, destruiría hasta el recuerdo de las escasas horas de paz que había disfrutado en brazos de Lexa. Lexa apagó el teléfono, lo cerró y se volvió hacia Clarke.
-Lo siento...
-No -se apresuró a decir Clarke, mirando a su amante-. No pasa nada. -Atrajo a Lexa hacia sí poniéndole una mano en la nuca, acercó la boca a la de Lexa y la besó tiernamente mientras deslizaba la otra mano entre los muslos de Lexa. Sonrió sobre los labios de su amante mientras oía sus profundos gemidos-. Aún estás temblando.
-Estoy lista... Dios, no pares... -A Lexa se le empañó la visión mientras Clarke la acariciaba.
-Jamás -susurró Clarke, fijándose en los ojos vidriosos de Lexa. Cuando Lexa echó la cabeza hacia atrás, con el cuello arqueado y el cuerpo sacudido por los temblores, Clarke la puso de espaldas y la penetró con largas y profundas caricias, arrastrándola, poseyéndola-. No pararé nunca... nunca, nunca...
-Ah... Dios -suspiró Lexa cuando recobró el aliento. Rodeó con los brazos desmadejados los hombros de Clarke y rozó con los labios la sien húmeda de su amante-. Estupenda sincronización
-¿La mía o la del teléfono? -preguntó Clarke, perezosamente.
-¿Qué teléfono?
Clarke bajó la cabeza y besó el nacimiento del cuello de Lexa.
-Te amo, pero ¿qué ha sido de la comandante?
Lexa acarició la espalda de Clarke, suspirando.
-Era Marcus.
-Lo suponía. Es el único que tiene huevos para llamarnos cuando estamos aisladas. -Clarke se preparó mentalmente-. ¿Qué ocurre?
-Eric Mitchell no nos ha dado las dos semanas que nos prometió.
-Ha publicado la historia. -La voz de Clarke sonó hueca.
Hacía casi una semana que Lexa y ella se habían reunido con el periodista, pero recordaba hasta la última palabra de la entrevista de media hora. Lexa respondió al interfono, escuchó unos momentos y dijo:
-Que pase. -Colgó el teléfono y se dirigió a Clarke: -¿Preparada?
Clarke asintió. Extendió la mano en silencio y se sintió segura cuando los dedos de Lexa enlazaron los suyos. Se inclinó hacia delante y dio un fugaz beso a Lexa.
-Estoy bien.
Mientras Lexa abría la puerta al visitante, Clarke se acercó a los amplios ventanales del salón de Lexa y contempló Washington. Habían preferido reunirse con el periodista en el apartamento de Lexa y no en la Casa Blanca. No se trataba de un encuentro oficial, sino muy personal. Poco antes en los periódicos de todo el país había aparecido una fotografía clandestina de Lexa y de ella. La imagen era borrosa y no se identificaba a Lexa, pero el hecho de que las hubiesen sorprendido en un momento de intimidad hablaba por sí solo. Los medios se lanzaron a todo tipo de especulaciones sobre los detalles de la «aventura amorosa» de Clarke y varias «fuentes confidenciales» la situaron en brazos de cerebros de la mafia, estrellas cinematográficas e incluso miembros del gabinete de su padre. En condiciones normales, no habría hecho caso y esperaría a que los rumores muriesen, eclipsados por la siguiente catástrofe natural o emergencia nacional. Pero su relación con Lexa no iba a terminar; de hecho, deseaba que se convirtiese en lo más importante de su vida. En tal caso no podían seguir viviendo en secreto. En un intento por acallar los rumores y controlar la propagación de falsedades decidió, con la aprobación de su padre, revelar su identidad sexual y su relación amorosa con Lexa. Para ello eligió a un periodista casado con una antigua compañera de la universidad, confiando en que la vieja amistad redundase en cierto grado de discreción. Al oír la voz profunda de Lexa en la puerta, Clarke se volvió, decidida y preparada.
-Señorita Griffin -saludó Eric Mitchell, un hombre alto, delgado, con una incipiente calvicie, de treinta y tantos años, extendiendo la mano-. Es un honor serle de ayuda.
Clarke le estrechó la mano, serenándose ante la firme mirada azul pálida del hombre. Señaló una silla cercana, cogió a Lexa de la mano y se sentó con ella en un sofá.
-Quiero hacer una declaración -afirmó Clarke, muy tranquila-. Me parece bien que incluya mis comentarios en su artículo, pero le ruego que hable del momento oportuno para publicarlo con la jefa de gabinete de la Casa Blanca, Abigail Washburn, y con el secretario de prensa para que puedan preparar la respuesta.
Mitchell sacó un fino cuaderno y un bolígrafo del bolsillo interior de la chaqueta. Abrió el cuaderno y buscó una página en blanco. Alzó los ojos y miró a la primera hija.
-No necesito el permiso de la Casa Blanca para entregar un artículo, señorita Griffin.
Lexa emitió un ruidito similar a un gruñido. Clarke apretó la mano de su amante y esbozó una fría sonrisa.
-Lo sé muy bien, señor Mitchell. Sólo se lo sugiero como un rasgo de cortesía, dadas las circunstancias.
-Lo entiendo, y haré todo lo que pueda.
-La señorita Griffin tiene previsto acudir a una serie de actos oficiales, entre ellos una reunión con el presidente de Francia y los ministros de sanidad de varios países europeos en París la semana que viene -observó Lexa, oportunamente-. Mientras esté fuera del país, es esencial que no tengamos que afrontar la acuciante atención de los medios que, sin duda, generará esta historia.
-Me hago cargo del peso que supone el escrutinio público, señorita -Griffin. Mitchell asintió de nuevo, mirando con gesto expectante tanto a Lexa como a Clarke. -Procuraré acordar con mis editores y con la Casa Blanca una fecha de publicación aceptable para todos.
-Gracias -respondió Clarke, que creía en la sinceridad de Mitchell, pero se daba cuenta de lo dificilísimo que era controlar cualquier cosa bajo los deslumbradores focos de los reflectores de Washington. Miró a Lexa, que le devolvió la mirada con una sonrisa y un apretón de mano. Le bastaba con la firme confianza de los ojos de Lexa y el sólido consuelo del hombro de su amante junto al suyo. Centró de nuevo la atención en el periodista, que esperaba en silencio, y dijo con voz clara y serena:
-Deseo hacer una declaración pública sobre mi vida privada. Debido a las singulares circunstancias de la visibilidad de mi familia, considero importante aclarar determinados asuntos suscitados por la reciente foto en la que estoy con mi amante, que casualmente es una mujer.
La expresión del periodista no cambió. Sostuvo la mirada de Clarke sin inmutarse.
-Lo sabe su padre?
-Sí.
-¿Lo aprueba?
La expresión de Clarke era glacial, pero sin perder la compostura.
-Eso es una pregunta que debe responder mi padre, aunque creo que hay asuntos de mucha mayor importancia para usted y el resto de los medios de comunicación.
-Sin duda, pero se trata de una pregunta cuya respuesta querrá conocer todo el mundo.
Clarke dudó, sin saber muy bien dónde trazar la línea que separaba lo personal de lo público, sobre todo en lo referente a su padre.
-Mi padre conoce mi orientación sexual y me apoya totalmente.
-La mujer de la fotografía es su amante actual?
-Sí.
Lexa se inclinó hacia delante.
-Soy la otra persona de la fotografía.
Mitchell perdió la compostura por primera vez y alzó las cejas, sorprendido.
-Es usted la jefa del equipo de seguridad de la señorita Griffin, ¿verdad, agente Woods?
-En efecto. -Lexa lo miró sin pestañear. -Pero hoy estoy aquí como amante de la señorita Griffin.
-¿Sus superiores conocen su relación? -Escribía furiosamente sin apartar los ojos de Lexa.
-Aún no. Pero se lo comunicaré en las próximas veinticuatro horas.
-¿Cree que la despedirán?
Clarke se puso tensa.
-No lo sé -respondió Lexa tranquilamente.
Mitchell se dirigió de nuevo a Clarke.
-¿Su padre conoce a la agente Woods?
-Sí.
-Éso no viene al caso -repuso Lexa, en tono terminante. Su voz transmitía crispación.
-¿Piensan continuar con su relación después de esta declaración pública, teniendo en cuenta su peculiar vínculo profesional?
-Sí -afirmaron ambas sin titubear.
A partir de entonces la entrevista prosiguió como Clarke había previsto, con las preguntas habituales sobre el momento en que se había dado cuenta de su orientación sexual, detalles de relaciones anteriores, y suposiciones sobre las consecuencias de la declaración en la campaña de su padre a la reelección. Clarke se negó a responder a la mayoría de las preguntas porque nadie tenía derecho a saber determinadas cosas. También se negó a especular sobre la postura de la Casa Blanca. No había sido una conversación agradable, pero tampoco había resultado tan difícil como sin duda habría sido si Lexa no hubiese estado con ella. Tras muchas discusiones y golpes de pecho en el Ala Oeste los días posteriores a la entrevista, se llegó a un acuerdo sobre la fecha de publicación de la historia. Mitchell y sus editores arguyeron que había grandes probabilidades de que se produjese una filtración desde el Capitolio y de que otro periódico reventase la historia. Querían publicarla inmediatamente. Abigail Washburn afirmó que eso pondría en grave peligro a Clarke mientras estuviese en el extranjero. Por fin, todas las partes se comprometieron a esperar dos semanas, lo cual daría tiempo a Clarke y a su equipo de seguridad de regresar a Estados Unidos antes de que saltase la noticia.
-Dios -suspiró Clarke. Le había costado mucho tomar la decisión de hacer público algo tan personal; de hecho, llevaba toda su vida adulta evitándola. Si no se hubiera enamorado de Lexa, tal vez nunca hubiese divulgado la información voluntariamente-. No es una buena noticia.
-Lo siento, cariño. -Lexa se incorporó en la cama y apoyó la espalda en el cabecero, sin dejar de abrazar a Clarke-. Tenemos que regresar a la base para que Marcus me ponga al tanto. Creo que sé de dónde sale esto.
-No tendremos que acortar el viaje, ¿verdad?
Lexa no dijo nada.
-¡Maldita sea, Lexa! No permitiré que la opinión pública dirija mi vida. -Clarke se levantó y caminó como un gato enjaulado por la pequeña habitación, sin importarle su desnudez.
-Clarke -dijo Lexa con dulzura. Como su amante no dio señales de oírla, la llamó de nuevo, alzando un poco la voz-. Clarke.
Clarke se detuvo a los pies de la cama, lanzó una mirada fulminante a Lexa y reanudó el recorrido de los tres metros que había entre la puerta y la ventana.
-No me preocupa la opinión pública -dijo Lexa en tono ecuánime. No se había movido, sino que permanecía recostada sobre las almohadas, con la sábana en torno a la cintura-. No tenemos gente suficiente entre los nuestros para controlar multitudes, pero puedo pedir seguridad extra a los franceses si hace falta.
-Conozco ese tono de voz, Woods -repuso Clarke, cortante, deteniéndose bruscamente y encarándose con Lexa, con las manos en las caderas y lanzando chispas por los ojos-. Es la voz de mando, lo cual significa que mi amante ha desaparecido. Odio que hagas eso.
-Ya lo sé. -Lexa apartó las sábanas, suspirando, y se levantó de la cama buscando los pantalones por segunda vez esa mañana. Se los puso y hundió las manos en los bolsillos mientras arrimaba la cadera a la mesilla para dejar a Clarke más sitio en su incesante paseo-. En Europa ha habido un resurgimiento de la disidencia de derechas en los últimos cinco años, y Francia es uno de los centros de actividad.
-¿Crees que alguien intentará matarme porque soy lesbiana?
Lexa vivía, minuto a minuto, con la seguridad de que alguien, en algún lugar, trataría de hacer daño a la mujer que ella amaba por razones incompresibles para cualquiera en su sano juicio. Pero los asesinos no estaban en su sano juicio, y los fanáticos necesitaban motivos muy poco racionales para perpetrar actos terroristas.
-Debo considerar esa posibilidad, sí. Lo cual significa que tengo que repasar tu vulnerabilidad tras este último acontecimiento. Forma parte de mi trabajo.
Clarke fue hasta la mesilla y cogió el móvil de Lexa. Lexa la miró, totalmente confundida.
-Tengo que llamar a Indra.
-¿Por algún motivo especial?
-Necesito ropa. -Clarke marcó el número del centro de mando y ordenó-: Que Davis me llame a este número. -Se sentó al borde de la cama y dejó el teléfono a su lado.
Lexa pregunto con curiosidad:
-¿Por qué Indra? Reyes es tu agente principal.
Clarke cabeceó, sonriendo a su pesar.
-Es cosa de chicas. No lo entenderías.
-Seguramente no. -Lexa se sentó a su lado, con una sonrisa, y le cogió la mano. Con la otra mano arrastró la sábana y envolvió con ella el cuerpo de Clarke-. La vista es espectacular, pero te vas a resfriar.
-No mientras esté tan cabreada -murmuró Clarke, aunque dejó que Lexa la cubriese.
-¿Comprendes mis preocupaciones?
-Sí. -Clarke entrelazó los dedos con los de Lexa-. Pero no me gustan. Está previsto que visite el centro de cáncer de mama del Instituto Gustave Roussy esta tarde. Esperaba tener unas horas para mí por la mañana para dibujar en los jardines de las Tullerías.
-Y aún lo puedes hacer. Sólo debo ponerme al día sobre posibles células activas en el entorno de París y echar un vistazo a los teletipos. -Lexa se llevó la mano de Clarke a los labios y le besó los dedos-. Dame una hora, más o menos, para reunirme con el equipo y luego hablaremos del programa del día.
Clarke volvió la cabeza y examinó la cara de su amante. La mirada de Lexa era tierna y cálida.
-Antes no solías pedir.
-Ya lo sé. -Lexa deslizó los dedos de Clarke sobre su propia mejilla, ansiosa de contacto-. Pero eso era antes de enamorarme de ti.
-¿Crees que, cuanto más tiempo estemos juntas, conseguiré mayor libertad?
-No, no creo -murmuró Lexa, con ojos brillantes-. Me parece que ya has conseguido todo lo que estoy dispuesta a ceder.
Clarke se acercó más a Lexa, la cogió por la cintura y apoyó la cabeza en el hombro de su amante.
-Soy muy convincente.
Lexa envolvió a Clarke en un abrazo y la besó en la frente.
-Humm. Créeme, lo sé.
En ese momento sonó el teléfono, y Clarke lo cogió.
-Clarke Griffin... ¿Indra?... Necesito un kit de maquillaje de emergencia y algo que ponerme. Sí... unos pantalones flojos y una blusa irán muy bien. ¿Puedes ir a mi habitación y coger las cosas?... Claro, media hora me parece genial. -Clarke ignoró a propósito el gesto de curiosidad de Lexa-. Te doy la dirección en la que estamos. -Tras dar las indicaciones a Indra, Clarke apagó el teléfono y lo dejó a un lado. Miró a su amante con gesto muy serio y preguntó-: ¿Pedimos el desayuno o hacemos alguna otra cosa en esta media hora?
Lexa enmarcó el rostro de Clarke entre las manos y se inclinó para besarla largamente, disfrutando de la delicadeza de sus labios y del calor que despedían sus manos. Cuando apartó la boca, habló con voz ronca:
-Siempre hay algo que me gusta hacer con usted, señorita Griffin. Pero dadas las circunstancias, creo que el desayuno es lo menos arriesgado.
Clarke deslizó los dedos por el centro del pecho desnudo de Lexa.
-Sé que eres de las que evitan los riesgos.
-Sin duda has puesto a prueba mis límites. -Lexa se rió, cogió la mano de Clarke y detuvo sus incitantes iniciativas-. Por tanto, tendré que declinar la oferta de más placeres de momento.
-¡No me digas! -Clarke plantó las dos manos sobre el pecho de Lexa, la empujó sobre la cama y se puso a horcajadas sobre ella. Se inclinó con los brazos apoyados en los hombros de Lexa y bajó la cabeza lentamente, sin apartar los ojos de los de su amante. -Eso ya lo veremos, comandante.
Veintinueve minutos después, alguien llamó a la puerta del hotel. Cuando Clarke hizo ademán de levantarse, Lexa la sujetó por el brazo y se puso de pie.
-Ya voy yo.
Tras ponerse los pantalones y la camisa, Lexa cogió su arma, que estaba en la pistolera encima de la mesilla, y la desenfundó con habilidad mientras se acercaba a la puerta. No había mirilla en la maciza puerta de madera, y echó un vistazo por encima del hombro para cerciorarse de que Clarke no quedaba a la vista de quien estuviese en el pasillo. Luego, con la mano en el pomo de la puerta preguntó:
-¿Quién es?
-Davis, comandante.
Lexa bajó la pistola automática, entreabrió la puerta para verificar la identidad, se hizo a un lado y dejó entrar a Davis. Indra fue hasta los pies de la cama, mirando al frente, sin dar muestra de fijarse en la única cama, toda revuelta, ni en que la primera hija estaba sentada en ella sin nada más que una sábana encima.
Clarke extendió la mano para coger la bolsa de viaje:
-Gracias.
-De nada, señorita Griffin. -Indra dio la vuelta y se dirigió a la puerta-. Vigilaré el vestíbulo, comandante.
-Muy bien. -Lexa tapó de nuevo la visión de Clarke mientras la agente abría la puerta y salía.
-¿Lo haces a propósito, sólo para fastidiarme?
Lexa se volvió, metió la automática en la pistolera y la sujetó al cinturón de los pantalones en la espalda. Solía llevar una pistolera al hombro, pero no podía camuflarla bajo la chaqueta del esmoquin que había lucido la noche anterior.
-Qué?
Clarke soltó un bufido y se levantó.
-No importa.
Lexa sacó los botones de perlas uno a uno del bolsillo y los colocó en la camisa.
-¿Qué?
-Ponerte entre mí y cualquier remota posibilidad de peligro.
Lexa alzó la vista con el ceño fruncido.
-¿Te refieres a ahora?
-Sí -respondió Clarke, ladeó la cabeza y miró a Lexa-. Me refiero a ahora.
Lexa abrió la cremallera, remetió la camisa y la subió de nuevo.
-Es mera rutina. Ni siquiera lo pensé.
Clarke contempló a su amante con gesto reflexivo, sin enfadarse, pero con curiosidad.
-¿Cómo os enseñan a hacer eso?
-¿El qué? -Lexa abrazó a Clarke por la cintura y la besó tiernamente-. ¿Qué cosa?
-Esta mañana estás muy espesa. -Clarke apoyó los brazos en los hombros de Lexa, deleitándose en el baile de colores que reflejaban los ojos de su amante.
Lexa sonrió.
-Demasiado sexo.
Clarke sonrió a su pesar. Luego, su expresión se tornó seria.
-¿Cómo le enseñan a alguien a estar dispuesto a morir por un sueldo?
-No es así -murmuró Lexa-, y lo sabes.
-No entiendo por qué lo haces.
Lexa apoyó la frente contra la de Clarke y tomó aliento.
-Es un honor.
Clarke emitió un ruidito y hundió la cara en el cuello de Lexa.
-¡Oh, Dios. Cuánto te amo!
-Me alegro. -Lexa la besó de nuevo, tiernamente, pero se permitió el lujo de demorarse. Dibujó con la lengua la suave superficie de los labios de Clarke y la introdujo en la acogedora calidez de su boca, sabiendo que pasarían horas o tal vez días antes de que pudiese volver a hacerlo. Luego soltó a su amante y se apartó con resolución-. Yo también te amo.
-Tardaré sólo un segundo. -Clarke, apagada, se apartó para ver la ropa que Indra le había llevado. Aunque estuviese con Lexa casi todo el día y seguramente gran parte de la noche, ya no sería lo mismo. No podría tocarla sin reparos, ni sonreír, reír o llorar con ella sin restricciones. Su relación no era secreta, pero su comportamiento seguía sometido a escrutinio, y lo personal estaba a punto de convertirse en algo muy público.
-Clarke -dijo Lexa en tono dulce.
Clarke la miró, con gesto interrogante.
-Yo también te echo de menos.
Curiosamente, la afirmación animó a Clarke. Saber que no era la única que sentía añoranza le daba fuerzas para soportar la soledad.
-Gracias.
Lexa asintió con gesto solemne, se encogió de hombros y comprobó si podía manejar la pistola sin dificultad. Satisfecha, dijo:
-Esperaré fuera con Indra.
-Claro. Saldré enseguida, comandante.
El corto trayecto en el Peugeot, uno de los vehículos de seguridad reglamentarios de los franceses, transcurrió en silencio. Indra conducía mientras Niylah Parker, la miembro más reciente del equipo de Clarke, viajaba de guardaespaldas en el asiento del copiloto. Parker era una cesión temporal de la división de seguridad de la Casa Blanca y sustituía a Emori Grant, que se recuperaba de una herida recibida al frustrar un ataque contra Clarke. Parker, además de llevar diez años en la división de protección, había trabajado en contraterrorismo, y Lexa la había solicitado especialmente para el viaje a París. En los asientos de atrás iban Clarke y Lexa sin decir nada. Cuando el coche entró en la amplia avenida de acceso al Hotel Marigny, Lexa murmuró:
-Te llamaré en cuanto acabe la sesión de trabajo.
Clarke estiró la mano y la posó sobre el muslo de Lexa.
-Tengo que ducharme y cambiarme. Ven en cuanto acabes.
Lexa cubrió los dedos de Clarke con los suyos y le dio un apretón.
-Estupendo.
Luego soltó la mano de su amante y comprobó la actividad de la acera antes de abrir la puerta. Se acercaron dos agentes, Jordan y Bellamy y, cuando flanquearon la puerta de atrás, Lexa salió. Miró la plaza de arriba abajo, la entrada del hotel y el exterior del edificio, fijándose en todas las ventanas. Las ventanas de los hoteles más modernos no se abrían, pero bastaba con recortar un cuadrado en el cristal para introducir el cañón de un rifle a través de él. Con suerte, serviría de alerta el reflejo del sol en el acero, pero muchas armas tenían una capa negro mate que evitaba esos reflejos. Lexa no vio nada raro y se inclinó hacia el vehículo.
-Estamos listos para acompañarla, señorita Griffin.
En cuanto Clarke salió, los dos agentes se colocaron a ambos lados de ella. Lexa se adelantó un poco, y Clarke supo sin necesidad de mirar que Indra estaba detrás de ella. La falange de guardias la escoltó hasta el interior del edificio, en el vestíbulo y en el ascensor. Subieron al último piso y se dirigieron al ala este, donde se habían reservado dos suites del ático para Clarke y su equipo de seguridad. La segunda suite se había convertido en base de mando mientras durase su estancia en París; y los agentes, incluida Lexa, dormían en habitaciones un piso más abajo. En el pasillo, ante la habitación de Clarke, Lexa murmuró:
-Hasta luego.
Clarke vio a su amante desaparecer en la habitación de enfrente, abrió la puerta de su propia habitación y entró. Indra se quedó en el pasillo. Clarke, sola, se desnudó con desgana y se dirigió al cuarto de baño. No lamentaba la pérdida de una noche de sueño porque las horas que había pasado con Lexa la compensaban de sobra. Su cansancio no se debía a la fatiga, sino más bien a los años de rutina restrictiva. No obstante, al abrir el grifo de la ducha, sintió una oleada de felicidad. Recordaba quedarse dormida y, sobre todo, despertar en brazos de Lexa.
Lexa se quitó la chaqueta del esmoquin en cuanto entró en el centro de comunicaciones provisional. Ordenadores portátiles abiertos cubrían casi todas las superficies, y una serie de monitores ofrecían imágenes del vestíbulo exterior y del interior de todos los ascensores que subían hasta el piso de Clarke. Un hombre castaño de aspecto juvenil que rozaba la treintena, con pantalones de algodón y una camisa azul de cuello abotonado y remangada, estaba sentado en el centro de la instalación electrónica en forma de U.
-¿Qué tenemos, Marcus? -preguntó Lexa, acercándose a él y sentándose en una silla a su lado.
-Buenos días, comandante -dijo Marcus Kane con una agradable sonrisa. Si se había dado cuenta de que su jefa aún llevaba la ropa que había lucido en la gala de la embajada la noche anterior, no lo demostró-. El servicio de información de datos de la Agencia de Seguridad Nacional nos advirtió que las... noticias sobre la señorita Griffin estarían en la calle esta mañana. -Miró su reloj -Aproximadamente dentro de cuatro horas.
En cuanto Clarke le concedió la entrevista a Mitchell, Lexa se lo comunicó a su equipo, omitiendo la mayoría de los detalles, pero diciéndoles que debían prepararse para un incremento de la atención de los medios en cualquier momento.
-Que el equipo se reúna para revisar los ajustes que habrá que hacer en el resto del itinerario. -Lexa consultó el reloj-. Dame quince minutos. Estaré en mi habitación si me necesitas.
-Muy bien, comandante.
Lexa fue a ducharse y a cambiarse, preguntándose si tendría que decepcionar a su amante. Cuando volvió al centro de comunicaciones, llevaba su atuendo de trabajo habitual: traje oscuro, camisa blanca, zapatos de vestir negros adornados con borlas; y estaban presentes todos sus agentes, salvo los encargados de proteger a Clarke. Trabajaba con la mayoría desde que había asumido el mando de la seguridad personal de Egret nueve meses antes. Había algunas caras nuevas: varios agentes destinados temporalmente al servicio debido al refuerzo de seguridad que se requería cuando Egret viajaba al extranjero y la sustituta de un miembro esencial del equipo de baja por enfermedad. Lexa confiaba en todos porque creía firmemente en la integridad del Servicio Secreto. Pero se fiaba sólo de unos pocos de forma implícita. De los que habían sufrido pruebas de fuego con ella, más de uno, y los elegidos en los que confiaba ciegamente. Esos eran los únicos en cuyas manos ponía la vida de Clarke y con los que contaba para asumir el mando si algo le sucediese a ella. Había encargado la responsabilidad del cambio de turnos a Marcus, encomendándole que en cada turno estuviesen al menos dos de esos agentes «esenciales».
-Comandante -la saludaron varias voces cuando entró.
Lexa respondió con un gesto y se dirigió al aparador del rincón. Se sirvió una taza de café de una cafetera encendida las veinticuatro horas del día y la llevó al centro de la habitación, donde se habían colocado dos mesas de aluminio de catering a modo de mesa de reuniones. Dejó la taza sobre la mesa y miró a los agentes. Faltaban Indra y Miller, uno de los nuevos. Ambos vigilaban la puerta de la habitación de Clarke. Tras la reunión de la mañana, los que acababan de concluir el turno de noche abreviado quedarían libres hasta el próximo turno. La excepción era Raven Reyes, que como agente principal de Egret trabajaba en turnos partidos (parte del día y parte de la noche) cuando Egret tenía mayor actividad.
-Buenos días a todos. Antes de nada, pongámonos al día. -Lexa sacó su agenda electrónica del bolsillo, la abrió y la encendió. Echó un vistazo al itinerario de Clarke durante los dos días siguientes, aunque lo sabía de memoria.
Marcus removió listados, y luego de forma sucinta y eficiente repasó el horario de los actos del día y la distribución del personal. Abrió una página en su portátil y en el monitor con pantalla de plasma de un metro situado al final de la mesa apareció un mapa sectorial de París.
-Este es el trayecto en coche programado para ir al hospital. Aquí colocaremos dos coches. -Resaltó un cruce-. Y aquí, de respaldo y para evacuación.
Escribió en el teclado y apareció una imagen de la entrada principal del enorme hospital.
-La hora prevista de llegada de Egret son las 16.00. El equipo avanzado examinará el vestíbulo y hará el recorrido a las 13.00 y de nuevo a las 15.00, y luego esperará aquí. -Señaló un lugar junto a la puerta principal-. La acompañará en el recorrido interior con el primer equipo.
-¿Qué tenemos en la topografia circundante? -preguntó Lexa.
-Tres estructuras dentro de un campo crítico y con vistas a la entrada -respondió Phil Rogers, el coordinador del equipo avanzado-. Se trata de edificios comerciales que hoy están abiertos.
Lexa torció el gesto para sí, porque aquello significaba docenas, quizá cientos de personas, con acceso potencial a un lugar desde el que podían ver, fotografiar o disparar a la primera hija. Sin embargo, su rostro permaneció inmutable.
-¿Algo reseñable sobre los ocupantes?
-No, señora -respondió Rogers-. Los franceses revisaron los contratos de alquiler y las escrituras de propiedad cuando les dimos el avance del itinerario el mes pasado. No encontraron nada.
Si las comprobaciones preliminares no revelaban nada sospechoso (un arrendatario con antecedentes penales o una empresa estrechamente vinculada a intereses antiamericanos), se solicitaban análisis a fondo, incluyendo de vigilancia, de agentes de inteligencia «amigos» y operativos en la zona, casi siempre de la CIA o de sus homólogos franceses.
-¿Empleados?
Rogers frunció el ceño.
-Eso es más difícil de evaluar. No es que los franceses se nieguen a cooperar, sino que sus registros son desastrosos... sus archivos informáticos tienen aún menor capacidad de cruzar datos que los nuestros.
Lexa suspiró. En el mundo del espionaje todos sabían que la docena de agencias estadounidenses encargadas de recoger y analizar información no solían comunicarse entre sí; y cuando lo hacían, sus sistemas de almacenaje y recuperación de datos eran anticuados y/o incompatibles. En consecuencia, resultaba imposible el intercambio de información entre agencias. La situación se agravaba en el ámbito internacional, en el que las relaciones diplomáticas con los países anfitriones eran en el mejor de los casos volátiles. Como resultado final, proteger a personajes políticos en territorio extranjero se convertía casi siempre en una pesadilla.
-¿De cuántas personas estamos hablando?
-De cincuenta.
-¿Tenemos equipos sobre el terreno?
-Sí, señora. -Rogers consultó su agenda electrónica-. El Service de Protection des Hautes Personnalités apostará agentes en las tres ubicaciones a las 12.00 horas.
-¿En el interior y el exterior? -preguntó Lexa, cortante. Odiaba confiar en otras fuerzas de seguridad, pero no resultaba práctico ni factible viajar con el número de personas necesarias para proteger a una figura pública de todos los posibles daños. Un vehículo con artefactos explosivos podía saltarse un control de carreteras y estrellarse contra el coche de Clarke; un terrorista suicida podía acercarse a ella en la calle y saltar por los aires; un pistolero podía alquilar una habitación frente al restaurante o la peluquería favorita de Clarke y esperar a que ella saliese. Siempre lograrían una buena perspectiva. El servicio de protección se basaba en la planificación meticulosa y exhaustiva de todas y cada una de las contingencias, pero la salvación dependía muchas veces del instinto y de la intuición.
-Sí, comandante.
-¿Valoración de riesgos?
-Baja -respondió Marcus-. Gobierno amigo, económicamente estable, escasos alborotos recientes. Egret es popular y se relaciona con una serie de personas de las altas esferas, diplomáticas y sociales, desde la época en que vivió aquí. -Sonrió-. Los franceses la adoran, comandante.
«Algunos la adoran demasiado.» Lexa pensó en las descaradas atenciones de la esposa del embajador francés, que había sido amante de Clarke, durante la gala de la noche anterior. Hizo un gesto con la boca, pero no sonrió.
-De acuerdo, la visita al hospital está en marcha.
Mientras la gente tomaba notas y removía papeles, Lexa dejó la agenda electrónica junto a la taza de café y puso las manos sobre la mesa. Se inclinó hacia delante y cuando dijo:
-«Noticias de última hora», -todos se apresuraron a enderezarse en sus sillas plegables y a mirarla con atención. -Aproximadamente a las 05.00 en Estados Unidos, las 11.00 hora local, se publicará un artículo que contiene una declaración personal de Egret en la que afirma que mantiene una relación sentimental con otra mujer.
Lexa observó a todos los presentes. Nadie se movió. No hubo ni un parpadeo. Satisfecha, bebió su café y ordenó las ideas.
-El efecto sobre nuestra situación actual es incierto en este momento. Supongo que al final del día la noticia se habrá propagado por todo el mundo. Inevitablemente, se convertirá en un tema de debate, pero lo que me preocupa es si actuará de catalizador de algún tipo de acción contra Egret. -Miró a su nueva analista política-. ¿Parker?
Niylah Parker, de poco más de treinta años, corpulenta y confiada, tardó un poco en responder. En sus ojos de color verde oscuro, de cabellos rubios, había una expresión calculadora y reflexiva.
-Yo no contaría con una protesta organizada durante al menos doce horas después del punto culminante de difusión en los medios. En París la orientación y la actividad sexual no constituyen un tema candente. No creo que veamos demasiadas reacciones. -Se encogió de hombros-. El escándalo sexual de la administración anterior se tomó a broma aquí. Diablos, la mayor parte de Europa aún se ríe de nosotros por darle importancia al hecho de que el presidente se tirase a alguien.
-Conforme. -Lexa miró a Marcus-. Tendremos que intensificar nuestra capacidad de control de multitudes.
-Entendido.
-Cabe la posibilidad de que la aborden personas en alguno de los eventos programados -continuó Niylah mirando a Lexa a los ojos-, incluso en reuniones sociales.
-Eso es una cuestión personal que estoy segura que la señorita Griffin enfocará como crea conveniente. -Lexa habló en tono normal y ponderado, pero sintió una punzada de ira ante la posibilidad de que Lexa tuviese que afrontar una invasión aún mayor de su intimidad. Sabía, sin la menor duda, que Clarke podía manejar todo tipo de comentarios y sugerencias, pero odiaba que tuviese que hacerlo. Era otro ejemplo de la exposición pública que sufría la vida personal de Clarke: los demás creían que, como se trataba de una figura pública, tenían derecho a hacerle preguntas privadas. Lexa resopló y procuró dejar a un lado la ira. Tenía que concentrarse en el trabajo. -¿Y qué hay de la reacción de los grupos fundamentalistas, de oposición religiosa o de células derechistas? -A Lexa no le preocupaban los manifestantes. No quería que molestasen, insultasen o acosasen a Clarke, pero los manifestantes eran más un incordio que una verdadera amenaza. Generalmente. Sí le preocupaban, en cambio, los grupos de filiación paramilitar o terrorista. Los partidos políticos reconocidos de derechas no atacaban directamente, al margen de su doctrina. Esos grupos se infiltraban en la estructura política a través de los canales burocráticos habituales, apoyados en la creciente popularidad ganada en las últimas elecciones. Mucho más preocupantes eran los grupos extremistas clandestinos, sobre todo porque según recientes informaciones de inteligencia esos grupos formaban difusas coaliciones que se saltaban las fronteras raciales y religiosas.
Niylah se apresuró a responder:
-Los informes no muestran mayor actividad tomando como base los últimos seis meses en las principales células de Europa occidental. El Partido de la Libertad de Austria, La Resistencia Aria Blanca de Suecia, El Bloque Flamenco de Bélgica, son bien visibles y sus comunicaciones se controlan sistemáticamente. No se ha registrado nada que sugiera el menor interés por Egret. -Pensó las siguientes palabras-: Pero la información es tan fiable como nuestras fuentes.
-¿Marcus? -preguntó Lexa. -¿Qué dice el Servicio de Seguridad Central sobre la actividad extremista en esta zona?
-No sé si estamos al día en ese aspecto, porque los canales de esa dirección tienden a ser muy lentos -admitió Marcus. Una momentánea sombra de desagrado se dibujó en sus suaves rasgos, pero desapareció enseguida. La comunidad de inteligencia era una extensa red de agencias relacionadas, cada una de las cuales se encargaba de una parte de la inteligencia nacional e internacional. Muchas funcionaban bajo el paraguas de la Agencia Nacional de Seguridad, pero todas las agencias, desde la CIA al FBI y las ramas de inteligencia militar, recogían información a través de sus propias redes. En teoría, esa información se almacenaba, se destilaba y se entregaba a los que la necesitaban, incluido el Servicio Secreto. Marcus recibía boletines directamente de la Agencia de Seguridad Nacional y del Servicio de Seguridad Central las veinticuatro horas del día-. Pero no tenemos alertas.
Lexa asintió y se dirigió a su esteganógrafo, Barry Wright:
-¿Algo de interés local?
-Nada concreto, salvo un inquietante incremento del tráfico en general. -Barry pertenecía a una nueva hornada de criptógrafos. Pasaba casi todo el tiempo vigilando Internet, analizando páginas que servían de vías de comunicación subterráneas a ciertas personas, a grupos radicales e incluso a gobiernos conectados con actividades de extrema derecha o terroristas. La forma más habitual de transmitir mensajes «ocultos» era introducirlos bit a bit en archivos de imágenes jpeg, llamados imágenes «tapadera». El destinatario descifraba el código de la imagen y componía el mensaje camuflado. Era un proceso de codificación y descodificación sofisticado y laborioso, pero a las agencias de inteligencia les costaba mucho trabajo detectarlo-. En los últimos seis meses ha aumentado la comunicación, pero no se ha encontrado una foto coherente. Tampoco nada referido a Egret, aparte de las noticias normales sobre sus proyectos de viaje.
Un músculo se tensó en la mandíbula de Lexa. La agenda de Clarke (diablos, la agenda del propio presidente) estaba colgada en la página oficial de la Casa Blanca y cualquiera podía leerla. El Servicio Secreto se había opuesto rotundamente, pero los asesores mediáticos ganaron la partida.
-De acuerdo, entonces -dijo Lexa, cerró su portátil y lo dejó a un lado-. Primer equipo: los avisaré cuando haya comprobado con Egret la agenda de la mañana. Que los coches estén listos y un equipo de respaldo dispuesto.
-Sí, señora -repuso Reyes de inmediato.
En cuanto los agentes se levantaron para marcharse, Lexa dijo en voz baja:
-Reyes, espera un minuto, por favor.
Reyes, sorprendida, se puso rígida.
-Sí, comandante.
Cuando se quedaron solas, Lexa se sirvió otro café y arqueó una ceja mirando a Reyes, que cabeceó. Tomó un sorbo de café y se apoyó en el aparador.
-Estás libre hasta las 15:00.
-Pero...
-Irás en el coche de cabeza, con el primer equipo en la visita al hospital. Te quiero en buenas condiciones.
Reyes sabía que era mejor no protestar.
-Sí, comandante.
-Dile lo mismo a Indra.
-Yo... -A Reyes se le aceleró el corazón hasta el infinito.
-El café empañaba el parabrisas -comentó Lexa en tono indiferente-. La próxima vez que hagáis vigilancia de calle, tomadlo frío.
El rostro de Reyes pasó del rojo a la lividez en un instante. Lexa dejó la taza sobre la pila de platos sucios que había junto a la cafetera. Mientras iba hacia la puerta, dijo:
-Y de paso dale las gracias a Indra.
