Tras un par de minutos, u horas, quien sabe, el chico reacciona. Se mueve lentamente asegurándose de que todos sus huesos están en su sitio. Tras esto, oye voces, y baja todo lo rápido que puede, que no es mucho, hacia lo que antes era la cubierta, convertida ahora en cúmulo de madera rota y astillas. Al llegar allí, se para y escucha de donde vienen los gritos, corre hacia lo que antes era la puerta del capitán y la aparta de un empujón, allí, el resto de la tripulación, sana y salva, pero sin poder salir, porque una de las vigas de madera había taponado la puerta, que solo se podía abrir desde fuera. Uno tras otro, van saliendo a "la superficie", un par de marineros habían caído al agua, y regresaban mojados y sudorosos. Solo quedaban intactos, como gracia del destino, los botes salvavidas. Arriaron un par y los marineros se subieron a ellos, mientras el capitán hablaba con el vigía:
Ha sido por tu culpa, William Turner por lo que hemos encallado aquí, llevas semanas enamorado de un fantasma que no existe, que solo se te aparece en sueños. Por tu culpa hemos perdido el barco, y da gracias a Dios, de que no hayamos perdido ningún hombre. No tengo otro remedio que abandonarte aquí. Cuando se haga de día, podrás acercarte a algún atolón, aunque no te lo aconsejo, esta zona esta plagada de tiburones.- Se montó en el bote mientras le hablaba duramente.- Sino, algún día te sacaran de aquí. Suerte muchacho. Marineros, ¡vámonos!.
En ese momento empezó a llover, finas gotas de agua comenzaron a caer por el cuerpo sudoroso de Will, que no podía creer su desafortunado destino. ¿Dónde estarían Jack y Elizabeth en ese momento?, probablemente pasándolo estupendamente tirados en un playa paradisíaca del caribe español, bebiendo ron y haciendo el amor horas y horas.
Se cobijó en el camarote del capitán y se quitó la camisa mojada, envolviéndose en una manta, se sentó en una esquina de la cama, esperando a que llegara el día y entonces empezó a soñar, a soñar con aquella mujer con la que llevaba un mes soñando:
Will se encontraba de nuevo en Port Royal, el lugar donde se había criado, pero todo era muy diferente, ahora el comodoro estaba casado con Elizabeth y se había convertido en embajador de la pequeña isla. Una noche había decidido hacer una fiesta, maravillosa, con oro y especias en todas las mesas, invitando a todos y cada uno de los habitantes de la isla. Will por supuesto, había acudido, vestido con sus mejores galas. Allí, estaba también el capitán Jack Sparrow, rodeado de mujeres que le halagaban, Ana María, Cotton, y varios piratas más. En definitiva… era un sueño. De pronto, sonaban trompetas y un pasillo se abría para recibir a una mujer. Una mujer bella, con largos cabellos castaños, como sus ojos, con manos fuertes y esbelta figura. Esta mujer, entraba custodiada por los guardias, que la sujetaban con fuerza por las muñecas mientras ella intentaba zafarse lanzándoles insultos, vestía harapos. Caminó a lo largo del pasillo que habían hecho los invitados, pero de pronto, se paró ante Will y le miró, con ojos suplicantes:
- Will, tú lo sabes, Will, ayúdame, sabes que yo no he hecho nada, William, por favor.- Su nombre en los labios de ella sonaba como un ruego. Will sorprendido, negaba con la cabeza y entonces los guardias, empujaban a la muchacha hasta que esta caía de rodillas ante el comodoro Norrington, ahora embajador de Port Royal.
- Todos vosotros, habitantes de Port Royal, sabeis lo que ha osado hacer esta muchacha. Ahora será castigada por ello.- El orgullo volvió a la pose de la mujer, a pesar de estar de rodillas. Tiraron de ella, y se la volvieron a llevar, Will la observaba confundido. Entonces todo se tornaba negro.
La siguiente imagen en la cabeza de Will, era un cárcel, una celda oscura, y en ella estaba la muchacha sin nombre, colgada de las muñecas, con la cabeza hundida en los hombros, Will la observaba desde la penumbra, cuando de pronto ella alzaba la cabeza y volvía a observarle:
Will, ayúdame.
Ese era el final de su sueño, y como siempre, se despertaba sobresaltado, con el corazón latiéndole a mil por hora, y con la aterciopelada voz de la muchacha todavía en los oídos, un escalofrío le recorrió el cuerpo y observó que la manta se había escurrido por su espalda, dejándole los hombros al descubierto. Tiró de ella y volvió a cubrirse, y suspirando intentó recostarse de nuevo. El amanecer iba a tardar mucho en llegar.
