"Era una fría noche de otoño. Las hojas de los abetos caían, al compás del viento que acariciaba las copas de los árboles con suavidad. De pronto, un hombre alto apareció en medio del campo, acompañado de un niño delgado, quien tomaba del brazo a una mujer regordeta y menuda. Las misteriosas figuras caminaron bajo el manto del anochecer, dirigiéndose hacia una casa de grandes dimensiones, la cual daba la impresión de ser una mansión en menor escala. El camino era empedrado y largo; unas preciosas flores amarillas cubrían las orillas del estrecho sendero, despidiendo un dulce aroma. Un grupo de hormigas transitaba por ahí, llevando a cuestas hojas silvestres hasta donde se hallaba su hormiguero. La mujer regordeta trastabilló y el niño con todas sus fuerzas la sostuvo entre sus brazos, evitando que cayera estrepitosamente sobre las flores.
-¡Margaret! ¡No debemos demorar ni un minuto más! Wilfred y Lisa nos esperan... Bien sabes que detesto la informalidad- gritó el hombre, visiblemente molesto.
La mujer ignoró el comentario de su esposo y siguió caminando en silencio. Sin embargo, su hijo no parecía conforme con el comentario de su padre; se agachó, tomó una piedra y la lanzó con fuerza, rozando la pierna izquierda de su progenitor. El mago se detuvo y buscó con la mirada al niño, quien reía a carcajadas.
-¿Cuántas veces tengo que decírtelo, Bartemius? ¡Eres un insolente!- exclamó el miembro del Ministerio de Magia, histérico y con los ojos llenos de rabia - ¿Acaso no te he enseñado como se debe comportar un mago de nuestra posición?-
El niño hizo una mueca burlona y respondió con serenidad:
-¿No decías que nos apresuráramos, padre? Pues bien, yo acostumbro lanzar piedras por el camino cuando deseo apresurar mi caminar - Bartemius Crouch temblaba de pies a cabeza, fulminando con la mirada a su hijo - Además, no estamos en el ministerio. Me temo que nos encontramos en un campo; aquí los chicos corren, gritan y se divierten...¡Igual lanzan piedras sobre el camino! Después de todo, soy un niño... - añadió con la diplomacia digna de un hombre mayor - Aunque entiendo a la perfección lo que es ser un mago sangre pura y lo que significa que mi propio padre sea un importante miembro del Ministerio de magia- concluyó el chico, mirando los penetrantes ojos del hombre que tenía ante sí."
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Hermione Granger despertó repentinamente, con la respiración acelerada y unas pequeñas gotitas de sudor en la frente. La joven bruja había tenido una pesadilla, similar a los tormentosos sueños que la acosaban últimamente, donde Bellatrix Lestrange la torturaba sin piedad alguna. En aquella pesadilla, Hermione tan solo le imploraba a la mortífaga que la matase de la manera más rápida y menos dolorosa posible; la bruja se negaba y soltaba carcajadas impregnadas de locura, mientras le aplicaba múltiples dosis de la maldición cruciatus. Sin embargo, en el sueño de la muchacha había hecho acto de aparición alguien más. Él... Aquel joven de cabello rubio platinado y de ojos grisáceos, quién por un corto periodo de tiempo, en un pasado no tan lejano, era el dueño de sus más locos sueños y el culpable de aquellos involuntarios suspiros en clase de Pociones. El mago apareció en sus tenebrosos sueños, con varita en mano y mirándola con un dejo de compasión. Bellatrix la torturaba una y otra vez, hasta que él lanzó un potente hechizo contra su maléfica tía.
«Tonterías» susurró Hermione, limpiando con la manga del suéter el sudor de la frente. «Pesadillas que se apoderan de mí, como si fuesen reales... ¿por qué las siento en carne propia? Pobre Harry, ahora comprendo el sufrimiento que le provoca ver visiones de Voldemort... ¿Y Draco? ¡No seas estúpida, Hermione! No fue más que un sueño» se dijo para sí, mientras se ponía en pie e intentaba arreglar su castaña cabellera con los dedos. Freeda Shilton le había alertado que tenía que estar preparada para partir al amanecer junto con Fenrir Greyback. ¿Qué iba a suceder? No lo sabía. Pero si de algo estaba completamente segura era de que no se trataría de algo bueno.
De pronto, unas fuertes pisadas anunciaron que el momento de partir había llegado. La puerta del calabozo se abrió de golpe, dejando entrever a un hombre alto, de complexión fuerte y de penetrantes ojos oscuros; el cabello castaño oscuro y sucio le caía sobre los hombros, dando la impresión de ser un prisionero recién salido de Azkaban. Se dirigió a Hermione Granger, quien permanecía inmóvil y lo fulminaba con la mirada, intentando ocultar el miedo que en ella se cernía.
-¡Tú!- bramó el carroñero, apuntando con su varita a la joven bruja - Fenrir te espera - musitó con desprecio - ¡Qué esperas, asquerosa sangre sucia!-
Sin embargo, Hermione Granger permaneció inmóvil por unos cuantos segundos, intentando controlar la ira que la invadía. Estaba acostumbrada a tales insultos, pero no iba a permitir que un repugnante carroñero la humillara una vez más. Caminaría hasta la puerta con la frente en alto, pues a pesar de que no contaba con su fiel varita, la brillante hija de muggles era una mujer con dignidad y no permitiría que un hombre como aquel, ni nadie más la insultara una vez más. Le reconfortaba caminar con seguridad y altanería, aunque estuviera hambrienta, ojerosa y desaliñada, porque confiaba en si misma...ya que en su cabeza un nuevo plan surgía entre la ira y el orgullo.
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La noche anterior había escuchado que la astuta sangre sucia iba a pasar sus últimos momentos con Fenrir Greyback. Draco Malfoy caminó a través de su habitación, con las manos en los bolsillos. Las cosas entre ellos terminaron desde hacia un par de años y con ello, los recuerdos del pasado se habían borrado sin dejar marca alguna. Así como todo se había dado entre ellos, del mismo modo se esfumaron y no se podía dar marcha atrás. Sin embargo, nunca imaginó que la vida de la joven Gryffindor estaba por llegar a su fin. Si bien no podía evitar sentir una especie de remordimiento, ya no quedaba nada por hacer. Aunque él lo deseara no estaba en sus manos salvarla del temible hombre lobo. Bellatrix Lestrange tenía que cumplir su palabra, lo que significaba que le daría su recompensa a Fenrir y con ello el fin de la vida de Hermione Granger.
Draco pasó una mano por su barbilla con aprensión. Definitivamente los últimos sentimientos que vivían en su interior hacia Hermione morirían junto a ella...
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Freeda Shilton dibujó una extraña sonrisa en su rostro, justo cuando Hermione Granger apareció con la cabeza erguida, en los jardines de la Mansión Malfoy. A su lado se encontraba el carroñero de nombre Jaurius, con su arrogante y sucia apariencia. La bruja saludó con una seca cabeceada a la brillante joven, quien a su vez, le dirigió una ligera sonrisa.
-Buenos días, Granger- terció con amabilidad, Freeda Shilton -Alguien no durmió bien ¿Cierto?-
-Buenos días- respondió con cortesía la muchacha- Estás en lo cierto, Freeda. Es imposible conciliar el sueño en un calabozo como aquel- bramó con serenidad.
La chica de pómulos marcados y tez pálida sonrió de nuevo, esta vez mostrando unos dientes blancos. Sin embargo, Hermione se percató de que los colmillos de la chica eran mucho más afilados de lo normal. ¿Acaso era algo que debiera preocuparle o parecerle "anormal"? Aunque sin duda, la sagaz Granger tenía algo más importante para meditar meticulosamente: su plan de escape.
-Hablando de frío...tengo algo para ti- le interrumpió Freeda - Esto te protegerá del frío- explicó, mientras sacaba de su bolso de lana, lo que parecía ser una bufanda verde esmeralda - Póntela - inquirió la bruja, soltando una risita burlona.
La chica de cabello castaño observó con cierta desconfianza la prenda que su ex compañera de Hogwarts le había dado. ¿Por qué se comportaba tan amable? Aunque debía admitir que hacia mucho más frío que en el calabozo. Quisquillosa, se colocó la bufanda alrededor del cuello y exclamó:
-Muchas gracias, Freeda-
-Te recomiendo que no me agradezcas- bufó la chica, quien se acomodaba unos elegantes guantes de piel de dragón - Mas bien deberías agradecerle a alguien más- dicho esto, la muchacha se alejó de Hermione, soltando una carcajada al tiempo que arreglaba el cuello de su abrigo.
-¿Agradecerle... a alguien más?- cuestionó la castaña, mirando la bufanda con aprensión.
«Color verde esmeralda» se dijo para sí, algo ruborizada «¿fuiste tú, Draco?»
