Había pasado quizás una semana desde entonces. Como de costumbre percibía tu carácter frío pero había algo más, la atención de tus ojos se centraba en el horizonte, pero no en los edificios que allí se alzaban, sino más allá. Clavé mis azulados ojos en ti e hice ademán de agarrar tu mano, aunque apenas desistí pasado un segundo. Pensé en interrogarte, sonsacarte las respuestas a base de presión psicológica o quizás un burdo chantaje emocional, pero me prestabas tan poca atención que sabía que el príncipe no caería ante esas sucias jugarretas.
—¿Todo bien, Vegeta? —pregunté volviendo la vista al frente, intentando disimular mis nervios para con la situación. Soltaste una especie de gruñido que, si más no, creí entender, algo similar a un "Tómatelo como un sí y déjame en paz" —. Podríamos parar aquí mismo, tiene buena pinta, ¿no? —. Entramos en aquella cafetería al son de unos molestas campanitas y a ambos se nos hizo la boca agua con el olor a pastel, decidiendo casi al instante que eso mismo tomaríamos. Tiré de la manga de tu chupa de cuero haciéndote venir conmigo y, a su vez, provocando que te chocaras contra uno de los clientes que, al contrario que nosotros, salía. Me sorprendiste, y no positivamente realmente; pensaba que le gritarías o le rugirías hasta acobardarlo pero en lugar de ello seguiste buscando con la mirada una mesa libre donde sentarnos; aquel no era el Vegeta que yo conocía. Tomamos asiento y nos trajeron los trozos de pastel que pedimos -algo caros si me preguntas- junto a unos menús donde figuraban los cafés por si queríamos acompañar el manjar. Ojeándolos te miraba de forma intermitente y, al cruzarse nuestras miradas, te guiñé un ojo mientras ponía morritos intentando sacarte una sonrisa que nunca hizo acto de presencia sino que borró la mía. No quise aguantar más y terminé preguntándote:
—¿Qué ocurre, cariño? Llevas todo el día comportándote de forma extraña. ¿Ha pasado algo? —Podía ser cualquier cosa: un malentendido, que le llevase de compras en lugar de dejarle entrenar, o incluso el ambiente del lugar; Vegeta era igual tan impredecible como malhumorado.
—No debemos estar juntos, Bulma. —Creí durante un momento que era eso, que hubiese sido suficiente con que me lo hubieses recriminado en su momento, pero supuse que el príncipe de los saiyans no se atiene a la lógica terrícola.
—Puedes irte a la cápsula de gravedad cuando quieras, pero pensé que estaría bien hacer algo juntos de vez en cuando —recriminé llevándome algo de pastel a la boca, deleitándome con tanta dulzura concentrada en una cucharada.
—Ni ahora ni nunca. No debemos estar juntos.
Alcé la vista manteniendo la cabeza gacha, examinándote mientras una vocecilla interior gritaba en mi cabeza a qué había venido eso y si era algún tipo de cámara oculta.
—¿Hay otra mujer? ¿Es eso? —quise saber, se me antojaba lo más sencillo para una decisión tan drástica de la noche a la mañana. Negaste con la cabeza con firmeza, en el fondo no te creí capaz, pero durante unos instantes dudé.
—¿Entonces? ¿He hecho algo que te moleste? Si es así te pido disculpas, no me he dado cuenta. —Sabía que eso te enfurecería más, pero me salió sólo, admito que no tuve ni idea, ni siquiera sabía cómo debía reaccionar ante aquel panorama.
—No, tú eres perfecta. —Me costaba analizar tu tono de voz, quizás fue por no saber leer bien el mensaje que me lo tomé como una ofensa.
—Tampoco tienes que ser tan borde, Don Sarcasmo, dame un respiro.
—No era sarcasmo, mujer. No te encuentro ningún fallo, para mí eres perfecta —afirmaste, sacando los más vivos colores de mis mejillas, lo que irónicamente por dentro me dejaba con una sensación más fría.
—¿Entonces? ¿Por qué no debemos estar juntos? —El pastel me empezaba a saber amargo, metafóricamente. Dejé reposar la cuchara en el plato y me crucé de brazos mientras los apoyaba en la mesa, inclinando mi cuerpo hacia ti y tú permanecías inmóvil, impasible.
—Porque soy un monstruo. Porque mientras sigas conmigo no harás otra cosa que estar en peligro. Mereces una vida normal, sin tanto sobresalto ni ajetreo, ser feliz con la persona que quieres.
Respiré hondo por la nariz buscando lo más rápido que pude las palabras que creí más apropiadas, sentí como que si no reaccionaba a tiempo te perdería, como si no fuese una simple discusión más.
—No te tortures, cielo. El pasado es pasado, y tanto a mí como a Trunks siempre nos has protegido con tu vida y toda tu fuerza. No creo que seas un monstruo—. Tu mirada se deslizó hacia tu pastel en la mesa, evadiendo la mía como buenamente pudo. —Sé que no eres un monstruo —recalqué.
—La decisión está tomada —sentenciaste alzándote de la mesa. Te detuve agarrándote el brazo, luchando interiormente por que no se me inundasen los ojos, consiguiéndolo incluso para mi sorpresa. Los tuyos sin embargo sí se empañaron.
—No te reconozco, Vegeta. ¿Así es como acaba todo? No puedes estar hablando en serio. ¿Dónde quedó tu espíritu de lucha? El orgullo del guerrero que jamás se ha rendido, pisoteado por la presión de sus estúpidos pensamientos que tantas veces se han refutado. ¿Vas a dejarte vencer así sin luchar por nuestra relación? ¿Es esto todo lo que te importo? —Sé que eran muchas preguntas a la vez, también sé que no tenías las respuestas en aquel momento, y que no eras tú quien hablaba sino el eco de tus oscuros recuerdos, sin embargo, quise gritar a los cuatro vientos que sólo debías liberarte de aquella carga.
—Sí, así acaba todo, Bulma. Espero que seas feliz aunque no esté para verlo. —Me quedé en shock. Pensé que mis palabras harían resurgir nuestro amor, o al menos ese orgullo obcecado que tienes, pero me equivoqué, supongo que no te conocía tanto como creía.
Retiraste mi mano con suficiente delicadeza y te dirigiste a la salida bajo mi mirada atónita. Me alcé de la silla casi haciendo que cayese al suelo por la brusquedad de la acción y grité tu nombre conforme atravesabas la puerta. Corrí detrás tuyo lo más rápido que pude y abrí aquel obstáculo que acababa de cerrarse, tan sólo para descubrir que ya no estabas. Suspiré reprimiendo mi frustración, no quería montar un espectáculo -bueno, uno mayor, pues todas las miradas del local se posaban en mí- y, con ganas de marcharme de aquel lugar, me dirigí a la barra a pagar la cuenta, rezando por que no fuese la última vez que el importe era para dos.
