Capítulo 1 —¿Sakamaki?

Parece que la lluvia no va a terminar nunca —Kimi suspiró frustrada mientras se removía incómoda en su sitio. Si seguía lloviendo de aquella manera no le quedaría más remedio que dormir en un portal y esa era, quizás, una de las cosas que más odiaba en el mundo: no había nada peor que despertarse con las patadas y los gritos de un desconocido que te pillaba durmiendo en la entrada de su casa. Y más concretamente le tocaría dormir en el portal de aquella mansión –suficiente se había arriesgado ya a pillar una pulmonía por correr debajo de la lluvia como para seguir tentando a la suerte y marcharse–, que si bien seguía pareciendo vacía, tenía algo que le resultaba extremadamente inquietante. Chasqueó la lengua—. ¿Ves lo que pasa por ser tan asustadizo, Shiro? Ahora me has pegado el miedo... bueno, inquietud. La inquietud.

Hacía falta algo más que una lluvia para que Kimi reconociera que se había asustado, aunque fuera algo evidente.

Siguió contemplando el agua caer durante un largo rato más, lamentando que su mascota no pudiera hablar para distraerla del silencio y del aburrimiento: dos cosas que no sobrellevaba para nada bien. Odiaba la sensación del tiempo ralentizándose a su alrededor y de sus propios pensamientos haciendo eco dentro de su cabeza. Los segundos transcurrían con cuentagotas, tardando una eternidad en convertirse en minutos, de tal forma que Kimi estaba segura de que acabaría enloqueciendo de puro aburrimiento.

—Decidido, yo me largo de aquí —anunció a nadie en articular levantándose de un salto—. Morir de hipotermia es mejor que morir de aburrimiento.

Sin embargo, antes incluso de poder poner un pie fuera del portal, la puerta principal se abrió lentamente, como empujada por una mano espectral. Una ensordecedora alarma se disparó en la cabeza de Kimi, que se giró para contemplar la puerta con los ojos como platos, incapaz de dar un paso para comprobar qué había sido el causante. Shiro gimoteó a su lado, haciendo que los músculos de la chica se tensaran más todavía, alertas y dispuestos a empezar a correr a la menor señal de que algo no marchaba bien.

Los segundos se ralentizaron más todavía.

Una ráfaga de viento empujó la puerta haciendo que ésta se abriera un poco más y Kimi dejó escapar el aire que había estado conteniendo en sus pulmones. Quizás el único culpable era el aire, quizás el lugar realmente estaba abandonado y la cerradura se hubiera roto, abriendo la puerta al apoyarse en ella. Había una explicación lógica detrás de todo aquello, no tenía que comportarse como un gatito asustadizo cuando no había nada de lo que asustarse.

Ese era su mantra personal.

—Parece que solo ha sido el viento, ¿no te sientes un poco tonto ahora que sabes que todo ha sido el viento, Shiro? —inquirió con tono burlesco, encubriendo su propio miedo. El perro que había mantenido las orejas bien levantadas y la cola erizada, alerta, no parecía encontrar válida la justificación de la chica. Al contrario, retrocedió unos pasos cauteloso—. Parece que nadie se ha molestado en asegurarse de que la puerta se quedaba bien cerrada, a lo mejor está abandonada. De todas formas, aquí hay cosas interesantes —añadió mientras echaba un vistazo al interior con curiosidad—. Si de verdad está abandonada podríamos pasar aquí la noche, no tiene pinta de que vaya a dejar de llover pronto. Y también sé de un par de personas que me comprarían estas cosas sin cuestionarse de dónde las he sacado —sonrió satisfecha con su improvisado plan. Era cierto que el edificio era un poco escalofriante, pero seguro que ese era uno de los requisitos indispensables para un lugar abandonado—. De todas formas tampoco estamos haciendo nada malo buscando refugio de la lluvia, ¿no?

El perro agachó las orejas y empezó a gruñir. Kimi observó al can y una inquietud dentro de ella comenzó a agitarse con fuerza renovada. Shiro no solía acobardarse por chorradas y, desde luego, se habían colado cientos de veces en edificios abandonados sin que el animal se asustara. Frunciendo el ceño miró el cielo lluvioso: tenía que reconocer que salir a la intemperie en aquellas condiciones era una locura y, además, necesitaban el dinero.

Se mordió el labio y tomó una decisión.

Kimi entró en el hall y avanzó de puntillas, a pesar de que iba descalza y que, por lo general, moviéndose era silenciosa como un espectro. Una cosa era creer firmemente que la casa estaba abandonada y otra muy diferente era entrar haciendo el idiota.

Dio un respingo cuando notó un tirón en su suéter y se giró para mirar confusa al can, que trataba de retroceder llevándosela consigo.

—¿Crees que de verdad puede haber alguien? —preguntó ella tras guardar silencio unos instantes, preocupada. Miró a su alrededor, indecisa: era un botín demasiado jugoso y fácil como para tirar la toalla—. No te preocupes, estoy preparada para lo que sea —se metió la mano en el bolsillo roto de su pantalón y, pegado al muslo con una cinta, comprobó que seguía teniendo un cuchillo de plata que robó años atrás y que siempre llevaba escondido, listo para usarlo en caso de necesitarlo—. No tenemos nada que perder Shiro, tal vez incluso haya algo para comer... aunque siempre puedes esperarme fuera.

Ella siguió andando y suspiró aliviada al notar que el perro no iba a dejarla tirada y que la seguía de cerca. Su confianza no era tanta como trataba de aparentar y, aunque intentaba convencerse de que no tenía miedo, se le ponía el vello de punta solo de pensar que lo tendría que hacer sola.

—Pues no parece que esto esté muy sucio —comentó entre susurros intentando llenar el silencio que la estaba poniendo histérica. Shiro no dejaba de gruñir un par de pasos por detrás—, a lo mejor tienes razón y no está abandonado.

La mansión parecía mucho más grande desde dentro, además de que no había ni rastro de polvo o suciedad y no se parecía a absolutamente nada que Kimi hubiera visto con anterioridad. Trató de ser optimista y recordarse que si estaba habitada, seguramente encontrarían comida.

Avanzó por el hall buscando con la mirada objetos pequeños y caros que pudiera llevarse con facilidad: no sentía cargo de conciencia por aquello, la experiencia le dictaba que aquella gente debía nadar en la abundancia y era posible incluso que ni siquiera notaran el hurto.

—¿Alguna idea de dónde puede estar la cocina?

Evidentemente Shiro no contestó, así que se tapó los ojos, extendió la otra mano y dio una vuelta sobre sí misma antes de detenerse en una posición aleatoria. Se había detenido señalando una puerta que quedaba a la derecha de la entrada, por lo que sin meditarlo mucho más se acercó para comprobar que era un salón.

No pudo evitar un jadeo sobrecogido al ver la sala. Estaba decorada con muebles sobrios y antiguos, en un estado de conservación tan increíble que descartó definitivamente la posibilidad de que fuera una casa abandonada. Todo parecía sacado de otra época, decorado con un gusto exquisito y, seguramente, muy caro. Eso era evidente incluso para alguien como ella, que no tenía ni la más remota idea de arte ni decoración de interiores.

Definitivamente aquello era el sueño de cualquier anticuario.

—Todo esto es precioso —musitó Kimi con voz queda, dando una vuelta sobre sí misma deseando tener cien ojos. Desde el cuadro más pequeño hasta el mueble más insignificante, todo parecía sacado de una película de época.

Cerró los ojos y dio un par de pasos por la sala, dejándose llevar por la elegancia del lugar durante unos segundos, enfundándose en el traje de una joven noble de otra época más ilustre. Se detuvo frente al cuadro de un paisaje y fingió que entendía la calidad del trazo y su valor. Tenía pinta de caro.

Iba a hacer un comentario socarrón a Shiro cuando sintió un repentino e intenso cosquilleo en la piel. Frunció el ceño y clavó la mirada en sus manos, sin entender a santo de qué venía aquello. Demasiado repentina, demasiado incómoda como para pasarla por alto.

—Hay... hay algo... —murmuró mientras miraba sus manos, cambiando sus palmas por el dorso, en busca de algo que le pudiera producir escalofríos—. Qué raro... —concluyó inquieta, notando como el picor se intensificaba para luego desaparecer.

Antes siquiera de poder girarse para contarle a Shiro con todo lujo de detalles lo que le acababa de pasar, un gimoteo lastimero y adolorido le perforó los oídos. Se giró abruptamente, presa de un mal presentimiento, para ver horrorizada a su único amigo tirado junto a una pared, obviamente golpeado por alguien. Tampoco tuvo tiempo de avanzar en su dirección para socorrerlo: en menos de un segundo se vio tirada en el suelo, siendo aprisionada por unas heladas manos que se aferraban a sus brazos y un peso muerto que caía sobre sus piernas.

Un chico de cabello rojo, brillante y revuelto, con chispeantes ojos verdes, la observaba con curiosidad y desprecio por igual. Su rostro estaba tan cerca del de ella, que no tenía ningún problema en notar su aliento fresco acariciándole la piel.

—¿Pero qué tenemos aquí? ¿Una ladronzuela? —inquirió él en un susurro, haciendo que se estremeciera.

Trató de removerse, incómoda por su nueva situación. Era la primera vez que tenía a un chico tan cerca de ella –o a otra persona en general; consecuencias de haber pasado la mayor parte de su vida aislada– y eso solo por no mencionar lo comprometido de la posición en la que estaban. A pesar del pánico latente del que empezaba ser presa, se obligó a enfocar su mente en una solución: Shiro la necesitaba y, eso, siempre sería una prioridad. Habían terminado en aquella situación por culpa de un capricho suyo y nunca se perdonaría si su egoísmo acaba dañando gravemente a su mejor amigo.

—¿¡Shiro?! —gritó retorciendo la cabeza como pudo para comprobar si el perro respondía a su llamada—. ¡Shiro, reacciona! —a su captor pareció no gustarle demasiado esa falta de atención, porque en respuesta le agarró de los hombros y la estampó con violencia contra el suelo. Kimi sintió todos y cada uno de sus huesos crujir en aquel momento.

—Ahora estamos tú y yo, olvídate del chucho. No creo que estés en la posición más indicada para preocuparte por otros, escoria. Te mataré por tu insolencia —gruñó furioso. Sus ojos verdes se clavaron en ella como si la vieran realmente por primera vez y la examinó durante unos instantes más antes de inclinarse un poco más sobre su cuerpo—. A pesar de que estás sucia hay algo que... tu sangre no se parece a nada que haya visto antes —se inclinó más todavía y habló tan cerca de su cuello que notaba sus labios rozándole cada vez que hablaba—. Exquisita... supongo que sería una lástima que se desperdiciara, ¿verdad? —concluyó con una sonrisa cargada de placer torvo.

—¡Suéltame! —chilló mientras se retorcía bajo sus brazos, desesperada por soltarse de su agarre. No había terminado de entender todos los matices de lo que le había dicho –todo era demasiado extraño como para ponerse a analizarlo en aquella situación–, pero se había puesto en lo peor que podía pasarle. Y la sonrisa del chico era demasiado sugerente como para que no se pusiera en el supuesto de una violación inminente.

Su pánico se disparó al notar como el chico comenzaba a retirar el cuello de su jersey, regodeándose con sus inútiles intentos por librarse.

—Deberías estar agradecida —lo notó sonreír, a pesar de que no podía verlo—, ore-sama va a pasar por alto tu aspecto y va a beber tu sangre ahora mismo.

—¡Ayato! —Kimi nunca antes había creído en Dios ni en nada que se le pareciera, pero desde luego en aquel momento no dudó ni por un instante que aquello era cosa de intervención divina. Quizás su ángel de la guarda había decidido finalmente hacer acto de presencia por primera vez en su vida—. Te he dicho cientos de veces que no realices estas actividades fuera de tu cuarto —o quizás había cantado victoria demasiado pronto.

—¿Por qué siempre tienes que molestarme, Reiji? ¿No ves que estoy ocupado?

—¿Quién es ella? —un escalofrío le recorrió la espalda al notar la mirada inquisidora del tal Reiji sobre ella. No era un buen augurio que lo único que encontrara molesto de toda aquella situación fuera que se estuviera dando en el salón.

—Una ladronzuela que ahora me pertenece —sentenció Ayato volviendo a centrar toda su atención en ella, como si Reiji no los hubiera interrumpido.

—¡Aléjate de mí bastardo! —chilló volviendo a retorcerse con más fuerza todavía. Ahora que sabía que, nuevamente, estaba sola y que su ángel de la guarda había resultado ser del mismo cesto que Ayato, necesitaba urgentemente encontrar una vía de escape.

Sin embargo, en lugar de conseguir lo que quería, parecía que sus gritos hubieran alarmado al resto de los habitantes de aquel lugar, porque en cuestión de segundos el salón se llenó de gente que parecía haber salido de la nada. Ayato se incorporó comprendiendo que no iban a dejarle tranquilo e inconscientemente aflojó el agarre que tenía sobre ella: Kimi no dudó ni un instante en aprovechar la oportunidad para retorcerse una vez más y salir disparada hacia donde Shiro estaba tirado. Aliviada comprobó que su respiración, aunque tenue, seguía estando presente.

Aún tratando de procesar un plan de huida, se aferró al cuello del animal infundándose valor al notar el pelaje tibio acariciar su mejilla. Estudió a los recién llegados tratando de ignorar el incómodo cosquilleo que volvía con fuerzas renovadas: sus sentidos se agudizaron, completamente alertas ante el peligro. Los sonidos eran más nítidos, las formas más nítidas y una desagradable sensación de mareo comenzaba a envolver su cabeza.

—Tienes agallas para gritar e intentar huir de Ore-sama —Ayato le dedicó una sonrisa ladeada—. Pero eso no va a impedir que seas castigada por tu osadía.

—¿Otra humana, Teddy? —preguntó un chico de cabello morado a un oso de peluche que sostenía entre sus brazos—. ¿Por qué está ella aquí? Nadie le ha dado permiso para venir, pero se arrastra como si fuera un gusano, ¿creer que si la presionamos un poco chillará, Teddy? —concluyó ocultando una sonrisa macabra tras el peluche de felpa.

Kimi tragó saliva, preocupada: sus posibilidades de salir de allí de una pieza empezaban a reducirse drásticamente. Con el ojo calculador de quien se ha metido en decenas de peleas. Nunca podría mantener el tipo en una pelea de seis a uno (o cinco, descontando al que dormía en el sofá y que parecía ignorar a todo el mundo), daba igual que ella contara con el factor sorpresa de tener un arma.

Y si todos eran igual de fuertes que el tal Ayato sus problemas no harían si no crecer.

Miró de reojo a Shiro, meditando las opciones que le quedaban. El perro había conseguido erguirse un poco y gruñía enseñándoles los dientes, pero sus patas temblaban por el esfuerzo y aún parecía dolorido por el golpe, por lo que seguramente no podría salir corriendo detrás de ella. Y, por supuesto, dejarlo tirado no era una opción, por lo que no podría huir a no ser que creara una distracción lo suficientemente drástica como para permitirle salir de allí cargando con el animal.

Lamentablemente, el único esbozo de un plan al que era capaz de llegar consistía en empujar al chico que estaba más cerca de la puerta –un joven alto, de cabello castaño y ojos verdes tan similares a los de Ayato que apostaría a que eran familia– y salir corriendo. Y su instinto le decía que no sería lo suficientemente rápida.

—Así que no estaba imaginando el delicioso aroma de una hermosa muchacha, ¿has venido para pasar un buen rato, Meinu-chan? —preguntó el chico al que planeaba empujar. Había aparecido de imprevisto a su lado y le acariciaba la mejilla de una forma mucho más lasciva que Ayato al bajarle el jersey—. Seguro que tú y yo podemos llegar a divertirnos mucho, ¿no te parece?

Kimi tardó unos instantes en reaccionar, apartándose bruscamente de él. Seguía sin entender cómo había hecho para salvar la distancia que los separaba en tan poco tiempo, pero no era momento para cuestionarlo. Sus sentidos estaban tan agudizados que el mareo empezaba a dejar paso a un dolor lacerante de cabeza.

—Yo... yo solo... —balbuceó obligando a su cabeza a trabajar a marchas forzadas para llegar a una buena excusa, pero daba igual como lo mirara: no tenía excusa para estar allí sin permiso.

—Aléjate de ella, Raito. LA ladronzuela es propiedad de Ore-sama. No tienes permiso para tocar mis juguetes —intervino Ayato apartando de un codazo al castaño.

—Es molesta, ¿por qué simplemente no nos deshacemos de ella y problema resuelto? —inquirió el chico albino con un bufido. Kimi palideció al escuchar aquello, ¿estaba hablando de matarla? O peor, ¿realmente lo estaba haciendo de una manera tan frívola? Vale que su conducta y moral dejaban mucho que desear, pero una cosa era robar una cartera a un turista y otra muy diferente matar a alguien a sangre fría.

—En cualquier caso, entrar en casa ajenas sin permiso es un comportamiento deplorable, una falta de respeto y de educación al nivel de los salvajes. Estoy de acuerdo con que debe ser aleccionada —Reiji compuso una expresión que no le inspiró ninguna confianza y abrazó tan fuerte a Shiro que estaba segura de que empezaba a asfixiar al animal—. Yo podría encargarme de eso personalmente. Y sin embargo, hoy voy a ser generoso y voy a darte una sola oportunidad para que te expliques.

Eso resonó en sus oídos como "si te inventas una excusa creíble, te salvas". A pesar de todo, tragó saliva sabiendo que estaba jodida: no sabía mentir.

—Yo... estaba... llovía y... —pensó todo lo que pudo. Podría decir que estaba lloviendo, pero entonces ¿por qué no había llamado para pedir asilo como una persona normal? Y decir que se había perdido era igual de absurdo, ¿en una casa que no era la suya? Sonaba muy improbable. Tal vez podría decir que había escuchado gritos dentro y quería ayudar.

Todo le parecía una pura basura.

—¿Eres Hoshikawa Kimi? —el chico rubio que parecía estar dormido se había incorporado un poco y la miraba entreabriendo un ojo perezosamente. El comentario hizo que el silencio reinara en el salón y que todos los chicos se giraran para mirarlo como si le hubiera salido una segunda cabeza.

—Es solo Kimi... —susurró ella tan estupefacta que el miedo y el dolor en la sien se esfumaron de golpe.

Hacía años que ni siquiera pronunciaba su nombre en voz alta, no quedaba nadie que lo recordara ni archivos donde poder buscarlo. De hecho, era un dato tan insignificante para ella que lo había empujado a un rincón profundo y aislado de su cabeza, tan cerca del olvido que necesitó unos instantes para darse cuenta de que, efectivamente, la información era correcta.

—Shu, ¿qué sabes de esta chica? —inquirió Reiji con fastidio palpable en su voz.

El rubio no contestó inmediatamente: se tomó su tiempo para terminar de incorporarse hasta quedar sentado, desperezarse con elegancia y bostezar.

—Él dijo que vendría —respondió con simpleza—, que la acogiéramos y que, ante todo, no la matáramos. Supongo que espera que seamos gentiles o algo.

La verdad era que hubiera sido todo un detalle que lo dijera antes de todo el espectáculo intimidatorio de los otros cinco chicos. Sin embargo, no vio el momento de quejarse: su cabeza estaba a punto de estallar tratando de procesar toda la información nueva que le estaba llegando. Ella había llegado allí por accidente, nadie la había invitado ni le había indicado cómo llegar. Podría haber entrado en cualquiera de las otras mansiones, había sido el azar quien la había puesto en el portón de aquella casa de locos. ¿Cómo podían estar esperándola?

Pero eso era secundario en comparación a la segunda gran disyuntiva... ¿cómo diablos sabían su apellido?

—¿Él? —Ayato frunció el ceño—. ¿Y par qué la quiere él?

—No lo dijo.

Todas las miradas se clavaron en ella, con curiosidad en su mayoría. Kimi se encogió un poco y contuvo el impulso de encogerse de hombros: ella tampoco tenía ni idea de lo que estaba pasando.

—Debe ser una equivocación, yo no sé nada... nadie me dijo que viniera y...

—Siempre y cuando seas Hoshikawa Kimi no es ninguna equivocación —replicó Shu volviendo a cerrar los ojos. Era el único que no parecía interesado en ella.

—¿Has escuchado eso Teddy? No sabe nada... la humana es tan patética... ¿no te resulta adorable? Si está a punto de echarse a llorar y todo —el chico de cabello morado comenzó a reírse con maldad.

Kimi se dio cuenta de que tenía razón y las lágrimas se acumulaban en sus ojos, por lo que trató de serenarse, empujar al fondo de su conciencia las cosas que no entendía y sobreponerse a la situación del momento.

—Eso es música para mis oídos, Meinu-chan. Parece que sí que nos vamos a divertir mucho, ¿no te parece? —inquirió apoyando una mano en su muslo, en un gesto sugerente—. Ahora vamos a vivir en la misma casa.

—Ni se te ocurra tocarme —espetó ella apartando su mano de golpe con una firmeza que no sentía. Shiro lanzó una dentellada al aire en un gesto amenazante.

—No es caballeroso tratar así a nuestra novia invitada —gruñó Reiji haciendo un además por acercarse. Por su gesto seguramente iba a ayudarla a ponerse en pie, pero Ayato se le adelantó.

—Maldita sea, Raito, ¡he dicho que ella es mía, de mi propiedad! Te mataré como le pongas un dedo encima —amenazó para luego girarse hacia Kimi para cargársela al hombro, ignorando sus gritos y pataleos—. Y tú te vienes conmigo.

—Ayato, detente ahora mismo. Él ha dicho que la tratemos gentilmente y, de momento, eso es lo que vamos a hacer. Sé educado por una vez en tu vida —regañó el de las gafas. El pelirrojo le mantuvo la mirada con insolencia durante unos instantes antes de ceder a regañadientes para dejarla de nuevo en el suelo.

—No pienso que esto acaba así —le susurró tan suave que nadie más le escuchó.

—Desde ahora vivirás aquí —sentenció Reiji haciendo caso omiso a la cara de pánico de la chica—. Supongo que deberíamos darte formalmente la bienvenida a la familia Sakamaki, Hoshikawa Kimi.

Kimi tragó saliva, ¿en qué lío se había metido?