Capítulo I.
Diez años después.
San Petersburgo amanecía como cada mañana habitual. Rodeada de gente, miles de voces hablando entre ellas, y con el ruido de los trenes, el silbido que señalaba las partidas de aquellos que podían permitirse el evadirse de un país que estaba pasando hambre. Algunos holgazanes dormían, negándose a dar cara al crudo frío que siempre les daba la bienvenida nada más despertar. Con el nuevo orden, la comida empezaba a ser poca, y la muchedumbre sucumbía a lo que les podía distraer: las habladurías.
Pero sólo una persona en toda la capital de Rusia, ignoraba los cuentos que por ahí se relataban. Un hombre, que cruzaba ya los veinte años, enfundado en una chaqueta negra de aspecto formal para lo que realmente era su condición, caminaba en la masa de rusos que se aglomeraban todos los días. Odiaba esa obligación, ya que si no asistía al negocio clandestino que tenía entre manos, era una comida que perdía hoy. Y no sólo él, también sus compañeros.
Era un grupo reducido, pero personas fiables. O al menos, eso había ido analizando Levi a medida que transcurrieron los años, ganándose experiencia con ellos. Petra Ral, Auruo Bossard, Erd Gin y Hanji Zoe. Esta última sacaba de los nervios al chico, pero era consciente de que su ayuda era necesaria, pues tenía varios contactos fuera y dentro de Rusia. Pese a que Levi tuviera otro origen, el resto de su vida había sido criado allí. Sin embargo, ella había pasado mitad de su existencia en Francia.
Tuvo que fruncir el ceño al sentir que le detenían. Lo relajó de inmediato al ver que se trataba de Petra, que miraba algo confusa hacia atrás. Al darse cuenta el porqué de ese gesto, se percató que la causa era, ni más ni menos, que Hanji. Estaba hablando animadamente con un señor que le ofrecía un periódico, y ella parecía no caber en su asombro.
–¿Qué puñetas está haciendo? – soltó sin más, Levi era conocido también por su mal lenguaje. –Petra, tráela aquí si no quiere que la recupere yo a golpes.
–Está como una regadera. – sentenció Auruo, riéndose. Sin embargo, tuvo que callar cuando Petra le propinó un codazo. –¿Qué? ¡Si es la verdad!
–No hables así de Hanji. Cuando te ves muy apurado siempre acudes a ella, ingrato. – riñó la joven, entornando los ojos y yendo a por la chica. –Esperad un momento.
Pero, aunque Petra fuera a buscarla, ahora eran ambas las que se quedaban hablando con el hombre. Levi ya empezaba a irritarse con el asunto, ya que precisamente no les sobraba el tiempo. Auruo intentaba controlarse en sus carcajadas, mientras que Erd suspiraba. Mujeres. A veces sí que no podía confiar en ellas. Agotándosele la paciencia, se aproximó a las dos, arrebatándoles el periódico que supuestamente, ya se había fijado que lo habían comprado.
–En vez de emplear vuestro tiempo en mierdas, lo mejor sería que mováis vuestras piernas, si no quieres que lo haga yo de una patada, cuatro ojos.
Esa amenaza provocó que Hanji riera en voz alta. Escandalosa, como habitualmente era. Levi chasqueó la lengua, y cuando creía que ya retomarían el ritmo, fue detenido por ella.
–No es justo que me amenaces a mí y no a Petra. Veo mucho favoritismo aquí. – dijo Hanji sin rodeos, ganando pues, un sonrojo en las mejillas de la nombrada, que Levi ignoró completamente.
–Con esa estupidez no significa que no te vaya a dar un buen golpe.
–¡No seas tan gruñón, enano! – el tic en una de las cejas de Levi, indicaba que odiaba que lo llamase así, pero eso también se había hecho costumbre. A pesar de su mirada asesina, Hanji le arrebató el periódico, mostrándole lo que había en él, en portada. –¡Mira lo que pone aquí! ¿Sabes lo que andan contando por ahí?
–No, no me interesa.
Por desgracia, Erd y Auruo, que finalmente se habían acercado para saber por qué tanta la tardanza ahora incluida con su jefe, y a juzgar por los rostros de ambos hombres, Levi pudo percibir una creciente curiosidad en sus ojos. Lo último que le faltaba, era que la cuatro ojos les infectase de sus locuras. No había tiempo para tonterías. Pero, cuando Auruo leyó el titular, vio que estaba sorprendido y eso ocasionó que su mirada se clavase ahí.
–Esto es increíble. – decía el susodicho, Erd también estaba asombrado. –El zar ha muerto, pero dicen que una hija se salvó.
–¿Pero no decían que… los habían ejecutado a todos? – preguntó Petra, un escalofrió la recorrió al pensarlo.
–Aquí pone que se trata del joven Eren. – dijo Erd.
–¡Chitón, te van a oír! – susurró Petra, puesto que algunas personas les observaban.
Parecían niños pequeños, se dijo Levi, y ante la mención del tema tuvo que entornar los ojos. Sólo era un simple rumor, ni siquiera sabían si era cierto. Probablemente estaría muerto, los revolucionaron eran más rápidos de los que ellos podían imaginar. Por supuesto, sus compañeros apenas sabían de su pasado, y él nunca había mencionado el tema, debido a que tampoco quería ser descubierto y que autoridades mayores le estuvieran molestando. Inconscientemente, llevó una mano a su bolsillo, donde el frío contacto de un objeto hizo roce con su piel. Era un pequeño joyero.
–¿Han acabado ya con sus gilipolleces? – preguntó, molesto.
–Es un chisme que está corriendo con gran poder, Levi. – afirmó Hanji, una sonrisa ladeada se presentaba en sus labios, y eso era mala señal. Muy mala señal. –Dicen que el padre del zar con gusto pagará si sabe que su nieto vivo está.
No, definitivamente, no le gustaba el rumbo que tomaba esa conversación.
–Sólo un estúpido haría algo así.
–¡Diez millones de rublos! – gritó Auruo, espantado y a la vez haciéndosele la boca agua. La cifra hasta le impresionó a Levi, aunque no exteriormente. ¿Diez millones? Eso era muchísimo dinero.
–¡Más de lo que podríamos soñar! – asintió, Hanji, orgullosa. –Hay muchas personas que están en su búsqueda. Pero nosotros no haremos eso. Será mucho más fácil. Dicen que algunos instruyen a jóvenes que tengan un gran parecido con él. ¡Podemos conseguirlo! Es un plan perfecto. Sólo nos falta el chico. Se acabarían las falsificaciones de papeles, el vender objetos robados ¡y he conseguido nuestros billetes!
–¿¡Qué!? – Hanji le mostró seis billetes a Petra. –¡Son para París!
–Has hecho cosas sin consultarme, cuatro ojos. – dijo Levi, aunque todos vieron que ya no se mostraba tan molesto y con ganas de seguir el camino. Ahora, le había quitado los billetes a Hanji, mientras los examinaba. –¿Dónde los has conseguido? ¿Tus contactos?
–Así es. Entonces… ¿qué me decís? – pasó el brazo por los hombros de Levi, mirando al resto de sus amigos. –¿Nos vamos, chicos? Tenemos mucho que hacer.
Pero no pudo recibir respuesta de ellos, ya que Levi le dio como regalo, un puñetazo en el estómago. Se alejaba ahora de ella mientras seguía inspeccionando los billetes, caminando y cavilando sobre lo que hacer. Petra ayudó a una adolorida Hanji, que lloriqueaba pero a la vez reía, jamás la comprenderían. Por otra parte, Auruo y Erd se habían situado a ambos lados de su jefe.
–¿Qué haremos, Levi? – preguntó Auruo con cierto nerviosismo, ya que no aceptar ese plan, era rechazar una gran oportunidad que salvarían sus vidas.
–¿No es evidente? Voy a reservar el viejo teatro para todos aquellos jóvenes que quieran presentarse como candidatos. Más les vale que sean buenos y se aprendan su papel. Sino, juró que ahorcaré a esa loca desde el sitio más alto de San Petersburgo.
Erd y Auruo, no pudieron hacer más que intercambiar una mirada llena de victoria.
No muy lejos de la ciudad de San Petersburgo, el cielo seguía presentándose oscuro y gris cerca de un orfanato, donde aquellos niños que habían sido abandonados por sus padres, tenían algo parecido a una vida, pese a que aquella casa de madera vieja diera la impresión de caerse algún día, un día perteneciente a un futuro muy incierto. Los copos de nieve caían uno tras otro, pero a los pequeños no les importaba. La mayoría estaban asomados a las ventanas, y despedían a alguien con mucho ahínco, como si no quisieran que se marchara definitivamente.
Se trataba de un chico de unos dieciocho años. Salía por la puerta, seguido del encargado de aquel orfanato, que hablaban sin cesar mientras él no le hacía caso, porque estaba más pendiente de despedir a todos los niños que una vez habían sido como sus hermanos.
Vestía una chaqueta vieja, de color verde mohoso, la cual le quedaba grande, ya que casi rozaba parte de sus tobillos. La boina que llevaba, cubría parte de su cabello castaño, y su cuello era tapado por una bufanda roja. Sus manos también estaban cubiertas por unos guantes de tela que apenas le tapaban los dedos. En cuanto a sus pantalones y camisa, había hecho lo que había podido para hacerles un apaño, ya que tampoco le pertenecían, y la parte superior le quedaba algo ancha, aunque se había metido de la mejor manera la camisa por dentro del pantalón, sosteniéndolo con un cinturón.
Agitaba el brazo en gesto de despedida, sonriéndoles.
–Te he encontrado trabajo en la fábrica de pescado, baja por ese camino hasta el cruce de la carretera, a la izquierda…
–¡Adiós! ¡Adiós a todos!
–¿Me estás escuchando? – cortó el encargado con desdén, era huraño y no tenía pelo en la cabeza.
–Le escucho, camarada Keith Shadis. – dijo el chico, bajando la mirada hacia el hombre que le había ofrecido casa una vez. No era que no le tuviese respeto, pero en muchas ocasiones, aquel individuo no le traba bien.
–Has sido una espina en mi costado desde que te trajeron aquí. – soltó como si fuera veneno, agarrándole de la bufanda y arrastrándole hacia la puerta. El joven quiso deshacerse del agarre, debido a que le hacía daño en la garganta, pero no pudo. –Comportándote como el Rey de Saba, en lugar del Don Nadie Sin Nombre que eres. Durante los últimos diez años, te he alimentado, te he vestido, te he mantenido a cubierto...
Mientras Keith Shadis hablaba, él entornó los ojos y se puso a enumerar las cosas que decía con los dedos, imitándoles y repitiendo sus frases, hasta que recibió un golpe en la cabeza por su parte. Se llevó las manos a la zona, sobándosela e intentando no quejarse, no le gustaba mostrarse débil ante los demás. Era claro el enfado de Shadis.
–¿¡Cómo se explica que no tengas idea de quién eras antes de vivir con nosotros, pero nunca olvidas todo eso!? – abrió la puerta de hierro con desgana.
–¡Eso es mentira! ¡Sí que tengo una idea de…!
–¡Já, ya, claro! – además de la bufanda, el chico portaba algo más en su cuello, sólo que solía esconderlo debajo de su camisa. Como Keith era conocedor de ello, no dudó en meter la mano y sacar la llave y leer como si se burlara. –Juntos en París…así que quieres ir a Francia a buscar a tu familia ¿eh? Señoritingo, es hora de que vayas ocupar un sitio en la vida, en la vida y en la fila ¡y puedes estar agradecido también!
Lo empujó sin cuidado, haciendo que cayera en la nieve. Keith cerró las puertas de las que una vez fue su hogar. Reía a carcajada limpia, pasando la llave y volviendo de nuevo al orfanato.
–¡Juntos en París, menuda estupidez!
Después de eso, no le quedó más remedio que caminar sin rumbo. Recordaba las palabras del encargado, pero le llevaría algunos minutos, y si se desviaba, quizás una hora. Suspiró, pisando fuerte en la nieve y volviendo a imitar al viejo cascarrabias. Se puso encorvado como él, poniendo una voz ronca y fea, casi también adoptando su expresión facial.
–¡Puedes estar agradecido, Don Nadie Sin Nombre! – recuperó su postura anterior, poniéndose erguido y refunfuñando. –¡Por supuesto que estoy agradecido! ¡Agradecido de marcharme!
A pesar de que decía eso, realmente estaba agradecido de haber conocido a todos esos niños. Suspiró con pesadez, siguiendo su camino, hasta que se topó con unas señales que no se leían muy bien por la nieve acumulada en ellas. Tuvo que acercarse, y limpiar con sus propias manos la madera, apartando todo aquel montón y distinguiendo lo que indicaba.
–Tuerce a la izquierda ha dicho. – murmuró. –Bueno, ya sé lo que hay a la izquierda… seré Don Nadie Sin Nombre para siempre. – frunció el ceño. Esa idea no le convencía. Si iba a la izquierda, tendría que trabajar en una fábrica de pescado, y seguramente se burlarían de él por no poseer un nombre. –Pero si tuerzo a la derecha...-dijo, mirando a esa dirección. –Tal vez podría encontrar…a quien me dio este colgante. Si me lo dio, debía de quererme.
No evitó el llevar la mano hacia la misteriosa llave que llevaba colgando en su cuello desde que tenía memoria. Varias preguntas sin respuesta corrían alrededor de aquel simple objeto. Quizás no era nada importante, eso se lo había dicho a sí mismo en incontables ocasiones. Pero sentía que no era así. Un presentimiento mayor le invadía cada vez que sus ojos se posaban en esa llave, y sobre todo, en lo que había escrito en esta. Perdido y confuso, se encogió de hombros, comenzando a desesperarse.
–Esto es una locura. ¿Yo? ¿Ir a París? – empezó a dar vueltas en el mismo sitio, sin saber qué hacer. –¡Envíame una señal! ¡Una indirecta! ¡Lo que sea!
Pero al no recibir respuesta, se sentó pesaroso en el montón de nieve más próximo que encontró. Al cabo de unos segundos, escuchó como si algo resurgiera de algún sitio, y no se dio cuenta hasta que su bufanda era tironeada. Abrió los ojos por la sorpresa al descubrir a un perrito de un tamaño pequeño, de color negro y que tiraba de la tela.
–¡Eh! – sonrió inevitablemente ante una nueva presencia, ya que pensaba que estaría solo. Parecía abandonado, ni siquiera tenía collar. El perro le ladró. – No tengo tiempo para jugar, amigo. Espero una señal.
De repente, el perro le mordió la mano, y eso provocó dolor. No quiso gritar, y entonces le dio la sensación de que el perro parecía ofendido. Quizás…
–¿Eres amiga? – la perrita ladró, agitando la cola. –¡Vaya! Lo siento pequeña. ¿No tienes dueño?
El animal siguió ladrando, y se fijó pues, en un detalle. Quería ir hacia un camino, y al haberle arrebatado la bufanda, le indicaba con eso que le siguiera, o al menos, para recuperarla. Inspiró aire profundamente, no tenía tiempo para eso. Pero, cuando alzó la mirada a las señales, todo estuvo claro. No reprimió una expresión de desconcierto, observando a la perrita que aún le esperaba.
–Una perrita que quiere que vaya a San Petersburgo… a la derecha. – su desesperación anterior se disolvió. Ahora, miraba con interés y nueva ilusión al animal. –Está bien. Sé reconocer una indirecta. ¡Dirijámonos pues, a San Petersburgo! ¿Qué nombre puedo ponerte? –se tocó el mentón, pensando. Chasqueó los dedos. –¡Ya sé! Te llamarás Mika. ¿Te gusta?
La perrita ladró con energía. Rió, su presentimiento acababa de cobrar fuerza. Su aventura estaba a punto de comenzar, dando un giro completo a su vida.
Aún tenía tiempo de echarse atrás. No era muy tarde para retractarse de su decisión. Sentado en una silla y con ganas de tirarse por un acantilado, Levi ya no aguantaba más. La noticia se había expandido como la pólvora, y numerosos candidatos se habían presentado. Sin embargo, el siguiente era peor que el anterior. Todos eran unos ineptos, y más de uno había tratado de seducir a Petra o a la cuatro ojos, que eso último jamás lo había considerado humanamente posible. Auruo se había puesto en conflicto con uno de ellos por insistirle a Petra, y Erd tuvo que relajar el ambiente.
–Bueno, sí, sí, ya puede marcharse…– decía Hanji, despidiendo a otro más.
–¡Pero tengo aspecto de príncipe!
–¡Siguiente! – gritó Levi, haciendo que el chico captara la indirecta y se marchara con el rabo entre las piernas.
–Levi, si les gritas, vas a espantar a nuestro Eren.
–Este plan es tan podrido como las alcantarillas de Rusia.
–Jefe, Hanji tiene razón. Por una vez. – dijo Erd, ganándose una queja de la chica de gafas. –Si lo hacemos bien, nos veremos recompensados a pesar de todo lo que tengamos que aguantar. Sea paciente.
–Oh, aquí viene otro candidato. – susurró Petra, haciendo que todos guardasen silencio.
Levi alzó una ceja al ver entrar en escenario a un hombre que llevaba puesto un abrigo. Cuando se lo quitó, vio que tenía un puro en la mano, y un cuerpo de espanto en el sentido de que mucho vodka había pasado por ese estómago para estar tan lleno de grasa. Parecía sacado de la fábrica de pescado. Pero, lo que más le espantó, aparte de su poca limpieza, fue la frase que dijo con una voz ronca, como la de un camionero:
–Abuelo, soy yo, Eren.
Auro estalló en risas, Petra se tapó la cara con las manos, Hanji también estaba al borde del llanto por reprimir sus carcajadas, y Erd simplemente suspiró. Pero Levi ya no tenía más paciencia, se levantó bruscamente, provocando que la silla en la que permanecía sentado se cayera, cogiendo su chaqueta y abandonando el lugar.
–¿Pero quién ha dejado entrar a ese tío? – preguntó Auruo.
–No lo sé, pero será mejor que volvamos a por Levi. – opinó Petra, y todos concordaron en lo mismo.
El camino no había sido tan largo como esperaba. Había andado bastante, pero una humilde familia que viajaba en su trineo, le ofreció llevarle en lo poco que quedaba de trayecto hacia San Petersburgo, encontrándose después en medio de una ola de persona que iban y venían, sin percatarse de su presencia. Tampoco le fue difícil llegar hasta la estación, haciendo una cola que creyó que jamás terminaría.
Cuando por fin le tocó a él, sostuvo a Mika entre sus brazos, y dijo con seguridad:
–Uno para París, por favor.
–El visado de salida.
Le miró, confundido.
–¿Qué visado?
El hombre que lo atendía, tuvo que pensar que le estaba tomando el pelo, puesto que gritó:
–¡No habrá billete sin visado de salida!
Y no tuvo tiempo a replicar, ya que cerró en sus narices. No creía la mala educación de la gente en aquel lugar, aunque estaba muy acostumbrado a los malos tratos, y el ejemplo más directo era Keith Shadis. Sus esperanzas volvieron a reducirse. Era muy iluso. ¿Cómo pretendía viajar si no tenía papeles, ni nombre, nada que lo identificase? Estuvo a punto de marcharse, sin saber qué hacer. Quizás retomar el camino e ir a la izquierda, la fábrica de pescado. Ese sería su futuro.
Pero, alguien le detuvo. Una vieja mujer encapuchada, con una pequeña joroba, le hizo un gesto para que se acercara. Un poco desconfiado, lo hizo, aunque en el fondo no tenía nada que perder.
–Ve con Levi, él te puede ayudar.
¿Levi?
–¿Dónde le puedo encontrar?
–En el antiguo Palacio, pero no te has enterado por mí. Ve, anda, anda.
Se quedó quieto, tratando de pensar. ¿De qué le sonaba ese nombre? Pero no tenía ni idea. Sólo supo que la pronunciación de ese nombre era agradable a los labios, hasta que tuvo que negar con la cabeza, era una tontería. Existían muchos nombres bonitos en el mundo. Alejándose de la estación, empezó a preguntar a las personas que conocían el antiguo Palacio. Varias no quisieron responderle, y otras le murmuraban como si tuviesen miedo de ser escuchados. ¿A qué era debido eso? Era un misterio.
Al final, con diferentes indicaciones pero que todas conducían al mismo sitio, supo llegar hasta su destino. El escalofrío que sintió al verse ante tan gran estructura, lo adjudicó al frío que hacía. Era extraño, pero su alma, sin aviso alguno, estaba experimentando un sentimiento cálido, pero no sabía discernir cuál. Cuando estuvo frente a las viejas puertas, se percató de un detalle: estaban tapadas por tablas de madera. Allí ya no quedaban puertas. Pero, un salto de Mika le distrajo. Bajó de sus brazos, y se adentró en uno de los huecos que había entre tabla y tabla.
–¡Mika! – llamó, pero no obtuvo respuesta. –¡Eh, Mika! ¡Vuelve aquí!
Oyó un ladrido, y tuvo que suspirar. No tenía opción. Reuniendo la fuerza que poseía, agarró de una de las tablas y tiró de ella. No tardó en soltarse de sus clavos por la fricción. Orgulloso, la dejó en el suelo y entró en Palacio. Por un instante iba a decir si alguien se encontraba en casa, pero por supuesto, quién iba a estar ahí. Nadie había.
–¿Mika? – volvió a llamar. Avanzó, lentamente y observando todo con detenimiento. El lugar era inmenso. Tiempo atrás, aquello debía de ser hermoso, pensó.
Siguió en su búsqueda, hasta que vio una larga y amplia mesa. Objetos viejos estaban sobre ella. Curioso, cogió uno de ellos, en concreto, un plato. Estaba lleno de polvo. Sopló con cuidado, y sorprendentemente, vio su reflejo en él. Pero, algo le contrarió. Dos personas aparecieron en ese reflejo. Un niño y un hombre, bailando. El plato se le resbaló de las manos, ocasionando ruido, pero no rompiéndose. Tuvo que cerrar los ojos y abrirlos de nuevo para despertar de su ensoñación. No era la primera vez que le sucedía.
Tenía alucinaciones, también había ocurrido en el orfanato, pero nadie, nunca, le creía. Dudaba siempre de que aquello perteneciera a sus recuerdos, además, tampoco se lo podrían confirmar o negar. Escuchó otro ladrido, y se dejó guiar hasta aparecer en una gran sala. Debía de encontrarse en el centro de la misma, al final, porque frente a él, había unas escaleras de alfombra roja que le conducían a esta. Era una vista hermosa. Allí estaba Mika, que le miraba, sentada y quieta.
–Este lugar… es como si reviviera un sueño.
Pero él ya no la estaba mirando al animal. Sin saber lo que hacía, comenzó a bajar las escaleras, despacio, y entonces, una melodía vino a su mente, con la misma que soñaba todas las noches. Una letra surgió de su garganta, suave.
Dulce voz, ven a mí, haz que el alma, recuerde…
Oigo aún, cuanto oí…
Una vez, en Diciembre…
Se quitó el abrigo que llevaba puesto, sin ser dueño de sus actos. Sus pies ya estaban tocando el suelo de la sala.
Quién me abraza con amor…
Veo prados alrededor…
Esa gente tan feliz…
Son sombras para mí…
Giró en el sitio, y cuando sus ojos alzaron la vista, innumerables personas aparecieron tras las ventanas. Vestigios de un recuerdo, personas que no eran reales, pero que una vez, sin saber por qué, fueron reales para él. Vestidos con sus mejores galas, acompañados con sus maridos y esposas, tocaron el suelo, y comenzaban a bailar. Era perfecto. La melodía cobraba más energía, más fuerza.
Quién me abraza con amor…
Veo prados alrededor…
Esa gente tan feliz…
Son sombras para mí…
En ese instante, tres personas se acercaron a él. Dos jovencitas, una que tenía unos ojos verdes, muy parecidos a los suyos, de cabello rojo, y expresión risueña. La segunda, poseía cabellos negros, cortos, y su mirada de un gris oscuro. Al lado de ambas, la tercera persona, era un chico. De ojos azules y cabello rubio, los tres comenzaron a sonreírle, mientras le sostenían la mano, una de ellas el besaba en la mejilla, y entonces, un brillo le inundó. No se daba cuenta, pero vestía ropas, las cuales no miró, pero le daban aspecto de un príncipe.
Cuando fue, no murió….
Como el fuego, que prende…
Volverá, esa voz…
Cuando llegue, Diciembre…
Bailó con diferentes mujeres que no conocía. Hasta que se quedó solo. Las personas que le acompañaban se alejaban de su presencia, y una mujer se acercaba, junto a un hombre. El hombre se detuvo en su camino, mirándole desde la distancia, mientras que la mujer no paró hasta quedar frente a él. Cabello castaño, ojos marrones. De una belleza incalculable. Le resultaba conocida, pero desconocía de qué. Alzó los brazos hacia ella, posando una mano en su cintura. Con la mano derecha, atrapó gentilmente una de sus manos, tan suaves y delicadas, e inició los pasos que los guiaron en un nuevo baile. Sin embargo, fueron segundos efímeros que quiso poder disfrutar, alargarlos hasta que el tiempo se convirtiese en algo eterno.
Pronunció la última palabra de la canción, ese Diciembre que no recordaba haber disfrutado con las personas que quería. Con esas personas que jamás podría recordar, no después de tanto tiempo. El baile dio fin, y unos labios fueron depositados en su frente, con un cariño indescriptible. La mujer retrocedía lentamente, sin apartar sus ojos de aquel joven. Quiso ir hacia ella, quiso abrazarla, pero una voz rompió toda la magia en la que estuvo envuelto. Todo desapareció, y volvía a encontrarse en lo que una vez, había sido el antiguo Palacio.
–¡Eh!
La ensoñación fue disuelta. Parpadeó varias veces, la calma había sido destruida, y la única alarma que se reprodujo en su mente, era la de salir de allí cuanto antes. Podría meterse en un grave problema. Ni siquiera buscó al dueño de la voz, que parecía ser la de un hombre, reaccionó de tal manera que abandonó la sala para subir las escaleras lo más deprisa que sus piernas le permitían, con el objetivo de coger a Mika en brazos y marcharse.
Sin embargo, apenas había alcanzado los escalones principales que escuchó más voces, unas diferentes a otras. Sudó frío sin evitarlo ¿cuántas personas había en ese lugar? ¿No se suponía que el antiguo Palacio estaba abandonado? Eso era lo que se había presupuesto al entrar, aunque era lógico que no todo el mundo tenía el permiso de andar a sus anchas por ahí.
–¡No huyas desgraciado! – oyó que alguien, tras decir eso, emitió un quejido. Una voz de mujer surgió en consecuencia.
–¡No le digas eso a un desconocido! Le estás asustando.
–¡Espera! – ¿otra voz femenina?
Mika inició sus ladridos cuando le vio llegar. Pero fue demasiado tarde cuando una última voz se alzó sobre las demás. Tuvo el poder suficiente para que su cuerpo se detuviera en seco. Fría, cortante, y con una tranquilidad que le hizo sentir inseguridad. Sobre todo, por las siguientes palabras que cayeron sobre él como un torrente de cuchillos o pistolas apuntando hacia su persona.
–Más te vale que te detengas si no quieres que lo haga yo a base de golpes.
Tragó en seco. Su espina dorsal se tensó por la amenaza, porque eso era, una clara y suculenta amenaza ¿no? Y a juzgar por las voces, le sobrepasaban en número. Era injusto. Había escuchado alrededor de cinco voces, y él era un pobre alma perdida sin nombre que iba acompañado por una cachorrilla como Mika. Aunque, era consciente que no había que engañarse por su tamaño. Pequeña pero con agallas. O eso es lo que creía él.
–Date la vuelta.
Inspiró aire, y acumulando todo el valor que poseía, giró, sin prisa, y dirigió una mirada llena de desafío al dueño de la voz que estaba intercambiado un diálogo con él. Sus sospechas fueron acertadas. Cinco personas estaban a mitad de las escaleras. Dos mujeres, y tres hombres. Uno de ellos, le miraba con cierto desdén, y el que parecía ser el más intimidante de todos, le observaba inquisitivamente.
–¿Cómo has entrado?
No halló las razones, pero quedó desarmado ante esos ojos. Un gris como la tormenta estaban clavados en él, y creyó verse atrapado por ellos. No desvió la mirada de aquel hombre de cabello oscuro hasta que una mujer con gafas, reprimió una especie de grito, como sorpresa. Dando la impresión de estar irritado, el causante de sus extrañas sensaciones, tuvo que clavar su atención en su compañera.
–Más te vale tener una excusa para ese sonido tan desagradable.
–¡Levi, mira! – la mujer se ajustaba las gafas, y señalaba temblorosa de la emoción hacia él. Alzó una ceja inconscientemente ¿qué pasaba? –¡Es idéntico!
Y Levi supo a lo que se refería aquella loca mujer. Detrás de aquel joven al que tenía pensado interrogar y echar mediante métodos no muy amables y considerados, había un cuadro que ya tuvo la ocasión de observar, desde la primera vez que se habían instalado en el antiguo Palacio para llevar a cabo todos sus trabajos. Era una pintura, donde se representaba a la familia del zar. Justo al lado de ese chico, el rostro del hijo más pequeño de Grisha Jaeger, estaba Eren.
Estaba seguro que Eren Jaeger, tendría que estar muerto. Todos, menos el Emperador, habían sido ejecutados por los revolucionarios, hace exactamente diez años. Se había especulado que el hijo más joven podía estar vivo, era más, Levi se había dejado guiar por esos rumores, pero no porque creyese que Eren permanecía con vida, sino simplemente para quitarse un lastre en su vida, y conseguir la recompensa. No había más intenciones allá de eso.
Pero, debía admitir una cosa. Ambos se parecían bastante. Junto a la pintura, los ojos verdes de Eren Jaeger habían revivido en aquel chico de aspecto andrajoso, que aún miraba a cada uno de ellos, contrariado por la sorpresa del grupo. Hasta Petra se había llevado una mano a los labios, evidenciando el parecido.
–Lo hemos encontrado.
Hanji no cabía en su gozo.
Levi, en cambio, había revivido aquellos recuerdos.
La última vez que vio unos ojos verdes así.
Nota de la autora: ¡Hola de nuevo! Varias aclaraciones en este capítulo. Primero, el nombre de la perrita, Mika, es una abreviatura del nombre de Mikasa. Os preguntaréis ¿acaso el perro es Mikasa? Puedo decir que sí y que no. Solo es una versión de ella, se me ocurrió por lo protectora que es con Eren, y le venía bien ese papel, sin embargo, Mikasa tiene dos papeles en esta historia. La razón de por qué Eren le puso Mika al perrito, es por la sencilla razón de que le recuerda a alguien. Ella tomaría uno de los papeles de las hermanas de Anastasia en la película. Sólo que, obviamente él no sabe que tiene hermanos, y se lo puso inconscientemente, no porque la recuerde íntegramente. Después, las tres personas que aparecieron cuando Eren estaba cantado, obviamente son Mikasa, Armin, e Isabel. Isabel es un personaje del manga que tiene a Levi como protagonista. Sus ojos verdes me recuerdan muchísimo a los de Eren, y también parte de su personalidad. Me pareció interesante enlazarlos como hermanos.
Otra cuestión, sólo por si acaso. Creo que quedó claro en el capítulo, pero Levi cree que Eren no está vivo. Ya veremos como se desarrollará lo demás.
También sé que había dicho que actualizaría el Viernes, pero cuando quise darme cuenta, este capítulo ya estaba terminado. ¡Y no pude evitarlo! Creo que lo revisé bien, si no es así, pido perdón por eso.
¿Comentarios? Muchas gracias por los que me dejaron en la publicación en el prólogo, siempre suelo contestar a todos. A los que no posean cuenta, se los agradezco también muchísimo. ¡Me gusta leer la opinión de las personas! Espero que os haya gustado. :)
