La amante fingida

Los personajes no me pertenecen

La trama tampoco =P

Capítulo 2

-¿Donde se supone que estamos?

-En mi edificio -dijo Edward-. Resulta que está muy cerca del tuyo - Nada más decir esto, salió del coche. Bella se quedó de pie, mirándolo por encima del techo del volvo durante unos segundos. Pero pronto deci dió que lo mejor que podía hacer era marcharse.

Sin mediar palabra, se encaminó a la puerta de entrada del garaje.

-Es una puerta que sólo se activa con un código secreto - le dijo - Lo mismo le ocurre al ascensor.

Se volvió hacia él con rabia. Estaba furiosa.

-El secuestro es un delito. Si no quieres que te denuncie a la policía, déjame salir ahora mismo de aquí -lo amenazó, con tanta furia que de haber es tado cerca posiblemente lo habría golpeado.

Edward la miró intrigado. Su cuerpo resultaba frá gil excesivamente delgado para la fuerza y la entere za que mostraba. Aparentemente no tenía miedo. Tal vez sabía alguna técnica de autodefensa. Pero él tam bién había sido adiestrado en letales formas de lucha.

-Lo único que necesito son quince o veinte mi nutos de tu tiempo.

El aparcamiento estaba bien iluminado, y había varios coches. Pero no había gente, nadie que pu diera socorrerla en caso de necesidad.

Bella agarró su móvil del bolso y dejó prepa rado el número de emergencias por si lo necesitaba.

-No tienes nada que temer.

Su voz era calmada controlada tal vez dema siado controlada.

-Te aseguro... -comenzó a decir ella, pero el eco de su propia voz en el silencio absoluto, la sobresal tó-. No creo que este lugar sea en absoluto diverti do.

-Yo te he propuesto un sitio más adecuado pero te has negado.

Bella se indignó.

-Perdone su excelencia por haber rechazado su invitación.

Edward no podía evitarlo. Aquella mujer lo intri gaba, la vehemencia de sus actos, el modo directo y algo irrespetuoso con que lo trataba. La mayoría de las mujeres que se cruzaban en su camino se mos traban extremadamente amables. Su status y su ri queza eran siempre un maravilloso reclamo para las mujeres que lo rodeaban.

Sin embargo, Bella Swan había reacciona do con una pasión sincera y limpia, sin tapujos. Ha bía dejado que sus instintos la llevaran a donde él quería. Por otro lado, no ocultaba su desagrado ha cia aquella situación.

-Según tú mismo has dicho, querías hablar con migo -dijo ella con ira contenida.

Necesitó unos segundos para recobrar la entere za. No podía perder el control, no podía mostrar su miedo. Edward Cullen no tenía intención alguna de hacerle daño... Al menos no un daño físico. Pero, ¿y sus emociones? Aquello era otro tema muy dife rente. ¿Cómo podría luchar contra un hombre como aquél?

-Sugiero que condenses en dos minutos lo que tengas que decir -le mostró el teléfono móvil –O te advierto de que un movimiento en falso y este apa ratito te meterá en un grave problema con la policía.

Edward se apoyó sobre su coche y la miró pensativo.

-Quiero que seas mi acompañante durante unas cuantas semanas -le pidió sin introducción alguna.

Bella lo miró fijamente, respiró profunda mente y soltó el aire poco a poco. Aquello era lo úl timo que se esperaba. Edward Cullen sólo tenía que dar un par de palmadas para que un montón de mujeres se rindieran a sus pies.

-¿Es una broma?

-No. Hablo completamente en serio.

-¿Por qué?

-Por las mismas razones por las que creo que a ti también podría interesarte.

-¿Qué te hace pensar eso?

-Para mí, es evidente -respondió Edward.

-Puedo manejar a James, si es a eso a lo que te refieres.

-No me cabe duda de que puedes. La cuestión es si quieres hacerlo.

-No necesito que nadie pelee por mí. Así que,¿por qué no dejas de perseguirme?

-Pensé que la persecución había terminado -respondió él.

Bella inclinó la cabeza y lo miró con una li gera sonrisa en los labios.

-¿Tratas de decirme que hay una mujer de quien no sabes cómo librarte?

-La viuda de un gran amigo -dijo Edward-. Su marido se mató en un accidente de esquí hace unos meses.

-Y está en un estado emocional algo delicado -dijo ella- O ¿Ha malinterpretado tu apoyo o tu amistad? ¿O ha echado cuentas de cuánto capital tienes en tus cuentas bancarias?

La expresión de Edward se endureció.

-Te permites demasiadas licencias, Bella.- De modo que había conseguido tocar la fibra sensible del inalterable Cullen.

-Te sientes obligado a no herir a…

-Saska.

-Saska -continuó ella- O ¿Ha habido alguna si tuación embarazos a durante lo que se supone es el período de duelo?

-Sí -respondió él.

-Ya -dijo ella con cierto desprecio-. Así que eso te ha dado el impulso necesario para que, en aras de una suposición, te hayas permitido secuestrarme y hacerme una propuesta absurda. ¿Es que das por hecho que no tengo cosas mejores que hacer?.

-El trato te reportaría ciertos beneficios - Sus vivaces ojos marrones se clavaron en él cómodos arpones.

-Dime sólo uno.

-Todo el placer sin ninguna atadura y una gratificación en caso de hacer bien mi papel.

Edward esbozó una sonrisa burlona.

-Seguro que podemos llegar a algún tipo de trato - Toda la velada había sido sorprendente, empezando por el comportamiento de James y conclu yendo con aquella propuesta. Edward Cullen era, sencillamente, imposible.

-¿Quién demonios te has creído que eres?

Su expresión varonil se endureció. Su mirada tenía la cualidad del acero.

-Un hombre que sabe reconocer una oportunidad cuando se le pone delante.

Todavía podía sentir, en el recuerdo, el tacto su blime de sus labios excitantes. De pronto, sintió el impulso de apartarse, como si su sola presencia, aun en la distancia, pudiera afectada.

La miraba con indolencia.

Bella sintió indignación.

-Vete a buscar a otra mujer -le dijo-. No tengo ninguna intención de participar en tu juego.

-¿No hay nada que pueda hacer para convencer te?

Su mirada no se alteró.

-No, nada.

Sus ojos se oscurecieron y un músculo de su mandíbula se tensó.

-En ese caso, vamos arriba. Te acompañaré a casa.

Bella sintió unos deseos irrefrenables de po nerse a discutir con él, pero se contuvo.

Se dirigieron al ascensor y el estómago se le contrajo al entrar en el pequeño cubículo con él. Aquel hombre ejercía una especie de poder hipnóti co sobre ella. Su cuerpo la atraía como un imán.

Pronto llegaron al portal y salieron a la calle. A unos pocos metros de allí, había varios cafés con terrazas al aire libre. El edificio de Bella estaba a cincuenta me tros de el de Edward.

Al llegar a la entrada, ella se volvió y le ofreció una sonrisa, que fue más una concesión que un ges to de sincera complacencia. Por supuesto, no iba a darle las gracias por acompañarla. No tenía motivos para hacerlo.

-Creo que te olvidas de algo -dijo él. Segundos antes de que sus manos se posaran so bre su rostro, Bella ya había leído en sus ojos a qué se refería. Pero no hizo nada por evitar lo inevi table.

Edward se acercó lentamente, hasta que su boca cubrió los labios Bella y su lengua se introdujo con inigualable maestría en los recovecos más pro fundos.

La abrazó con fuerza, hasta que sus cuerpos es tuvieron completamente juntos. Quería que notara su sexo endurecido.

Un calor repentino, potente, se despertó en el centro mismo de su feminidad y sintió que sus pe zones se endurecían como piedras.

Aquellas sensaciones eran hijas de una divina locura, sin base alguna en ninguna parte.

Con la misma lentitud con que había iniciado el beso, lo concluyó, hasta que sólo quedó un leve y sugerente roce y, después, nada.

La soltó y se apartó sutilmente.

-Felices sueños -le dijo.

Su mirada era ardiente y apasionada y lo sufi cientemente profunda como para poder ahogarse en ella.

Bella se dio media vuelta, activó el código de seguridad y se metió en el portal.

¡Maldito hombre! Era arrogante y devastador.

Era peligroso, muy peligroso.

Pulsó el botón del ascensor y esperó a que llega ra. En cuanto se abrieron las puertas, entró, pulsó el botón de su piso y contuvo un escalofrío.

Segundos más tarde ya estaba en su apartamento.

Encendió la luz, cerró la puerta con llave y se dirigió a la cocina.

Un café no era buena idea. La cafeína no era un buen aliado del sueño. Así que optó por un vaso de agua.

Se fue a la cama y se envolvió entre las sábanas con la intención de conciliar en sueño.

Sus intentos fueron vanos. Continuamente la asaltaban imágenes de aquel italiano alto, de voz sensual, ligeramente matizada con un acento sugerente.

La sensación que sus manos habían dejado sobre su cuerpo, el sabor de sus besos, eran motivo sufi ciente para el insomnio. Todo en él era intenso.

Casi podía oler aún su colonia, el olor a limpio de su camisa recién planchada. Y, debajo de todo eso, su olor tan personal y particular...

¡Maldición! ¡No necesitaba nada de aquello! No necesitaba que ningún extraño alterara sus sentidos de aquel modo.

Había conocido a cientos de hombres. Había sentido afecto por algunos de ellos, y amor por nin guno. Al menos, no había experimentado ese senti miento arrebatador que salía en las películas.

En cuanto a lo que era atracci6n, todavía estaba esperando a que la tierra se removiese...

Aunque, algo le había sucedido aquella noche en brazos de un extraño.

¿Durante cuánto tiempo? ¿Un minuto o dos?

Sí, durante un minuto o dos, pero había llegado a perder toda noci6n del espacio y el tiempo. S6lo existía el hombre, el deseo y una pasion única.

Su cuerpo se había acoplado al de él de un modo magistral. Su boca se había aposentado en sus la bios y se había dejado poseer.

Sí, había sido una posesi6n. Sus besos habían sido exigentes y sensuales, una promesa salvaje y libidinosa.

Debería haberla atemorizado. Pero, en lugar de eso, la había cautivado. Había hecho que se sintiera viva y feliz.

Había sido tan consciente de cada pulso de su coraz6n, de cada milímetro de su piel, que todo su cuerpo había experimentado una convulsion.

Si podía provocar semejante efecto con solo un beso, ¿qué podría provocar en la cama?

Era intenso, pasional, sensual y salvaje....

¿En qué demonios estaba pensando?

Edward Cullen era el último hombre sobre la Tierra con el que querría tener algo que ver.

Meti6 la cabeza debajo de la almohada, ansiosa por espantar las odiosas imágenes que inundaban su mente. Ofuscaban su capacidad de ver las cosas con claridad y le hacían perder la objetividad.

Lo que tenía que hacer era tratar de dormir. Por la mañana, descansada, el torbellino que atormenta ba su cabeza desaparecería.

El insistente sonido del teléfono la des pertó sin piedad. Bella sacó la mano de entre las sábanas y el aparato se le cayó al suelo.

Vaya comienzo de día!.

Agarró el cordón como pudo y consiguió llegar hasta el auricular.

-Bella.

Instantáneamente reconoció la voz femenina que tan fervientemente la llamaba.

-Mamá... -dijo con resignación. Justo lo que ne cesitaba.

-¿Todavía estás en la cama? -preguntó la mujer y esperó unos segundos ¿Tienes idea de la hora que es?

Las siete, tal vez las ocho... Miró al reloj que te nía junto a la cama. Eran la nueve.

-¿Estás sola?

-No, mamá. Tengo junto a mí a dos amantes que me han dado placer durante toda la noche.

-No creo que sea necesario que me contestes así - la reprobó Renee.

-Lo siento. Es culpa de la falta de sueño.

-Se me ha ocurrido que tal vez podríamos co mer juntas -Renee nombró un lujoso restaurante de Miami Beach y colgó antes de que Bella pudiera responder

Bella gruñó, con una mezcla de indignación y de resignación. Claro que podía llamar y decide a su madre que no. Pero sabía exactamente cuál sería la respuesta que obtendría. Renee era toda una experta en el arte de la persuasión, especialmente en lo que a chantaje sentimental se refería.

Así que colgó y decidió que sería mejor ir a co mer con su madre.

Renee siempre pedía lo mismo: ensalada Cé sar, fruta, un pequeño vaso de vino blanco y dos va sos de agua.

Después, se dedicarían, como siempre, a darse una vuelta por las tiendas más caras de la zona, conducirían hasta Marina Mirage y se tomarían un café. Luego, seguirían de compras por allí.

Aquella tarde seguiría el patrón de otras muchas. Pero, en aquella ocasión, pendía sobre su cabeza la amenaza de un interrogatorio sobre Edward.

Así que lo que mejor que podía hacer era levantarse.

Necesitaría una hora y media para hacer la com pra semanal. Durante el resto del tiempo, se prepa raría para encontrarse con su madre a mediodía.

Renee pidió una ensalada César y una botella de agua mineral, mientras Bella optó por algo más sustancioso.

-Rosalie y Emmett insisten en que vayamos a su barco a comer mañana.

Las gafas de sol que su madre llevaba le impedían ver la expresión de sus ojos, pero a Bella no la en gañaba ya.

Renee se había esmerado en refinar al máxi mo el arte de la conversación.

Primero, vendría la parte agradable, un par de anécdotas, un poco de humor. Pero pronto aparece ría el verdadero objeto del encuentro.

-Bien, me parece muy bien -dijo Bella.

-Por supuesto, estaremos de vuelta para ir a la inauguración de la exposición.

La exposición era sobre obras de jóvenes artistas que habían impresionado a los dueños de la galería.

La preparación de cada exposición y las galas de inauguración se programaban con varios meses de antelación. Decía mucho de la buena reputación de la galería el que ya tuvieran reservas para el si guiente año de gente que quería asistir.

Jake tenía un sexto sentido para los nuevos ta lentos. Solía ver cuándo un artista era bueno y, ade más, tenía posibilidades de triunfar. Eso había he cho que la galería se hubiera convertido en una de las más prestigiosas de la costa.

Se habían enviado cincuenta invitaciones. El ca tering también había sido ya concertado. Sólo que daban los últimos toques.

A eso era, precisamente, a lo que iban a dedicar Jake y ella aquel día por la tarde y el día siguiente por la mañana.

-¿Qué harás esta noche?

Bella agarró una porción de fettuccini a la marinera, pero no se lo metió en la boca hasta haber respondido a la pregunta.

-Pienso acostarme pronto.

-Ya.

-Tú sabes cuánto esfuerzo ponemos Jake y yo en cada exposición -dijo Bella- Hay muchas cosas que hacer y Jake es un perfeccionista.

-Lo sé, cariño.

Renee había considerado siempre importante la educación de su hija. La había llevado a un cole gio privado, a la universidad e, incluso, había reali zado cursos en el extranjero, en la Sorbona de París. Pero la realidad era que no había esperado jamás que su hija utilizara sus estudios.

Desde su punto de vista, la galería no había sido más que un frívolo pasatiempo. Pensaba que la so ciedad con Jacob Black no sería más que nomi nal, y que pronto se cansaría del duro trabajo de una galería y se dedicaría a recorrer con ella el circuito social que frecuentaban.

Sin embargo, Bella pronto hizo patente que tenía otros planes para su vida y su madre tuvo que aceptar la decepción de que su única hija no tu viera sus mismos intereses en la vida social.

Eso no impedía que Renee continuamente la invitara a eventos de todo tipo, a lo que se añadían sus intentos de buscarle marido.

-Creo que has conseguido poner a James real mente celoso - Renee dio un sorbo a su agua mi neral y dejó el vaso sobre la mesa de nuevo-. Se le notaba taciturno anoche, después de que te marcha ras con Edward Cullen. ¿Te ha llamado esta ma ñana?.

-No -respondió Bella-. Y la verdad es que preferiría que no lo hiciera.

-¿ Tiene Edward Cullen algo que ver?

-No, por supuesto que no.

-Pues es un buen partido, cariño.

Bella optó por fingir no saber a quién se re fería.

-¿James?

-Edward -dijo Renee en un tono paciente. -Puesto que no tengo ninguna intención de dedicarme a la pesca de ricos, el que sea o deje de ser un buen partido es irrelevante para mí.

-¿Tienes tiempo para dar una vuelta por las tien das? Me gustaría comprarme algo.

Bella sabía bien cuándo debía hacer una reti rada a tiempo.

-Le prometí a Jake que estaría en la galería a las dos y media -le concedía a su madre una hora y media

Renee saboreó el último bocado de lechuga y dejó el tenedor en el plato.

-En ese caso, termínate la pasta. Ya tomaremos un café más tarde.

Ropa, lencería, zapatos y perfumes eran los motivos favoritos de distracción de Renee.

Después de una hora y media, varias bolsas pen dían del brazo de su madre. Por supuesto, ya no quedaba tiempo para el café.

-Nos vemos mañana. No trabajes demasiado.

Bella posó un leve beso en la mejilla de su madre y la vio meterse en su flamante Mercedes.

Eran casi las dos y media cuando llegó a la galería.

El lugar era perfecto. Había sido una vieja casa con tres pisos, completamente reformada por los nuevos propietarios.

El suelo era de madera clara, delicadamente bar nizado. Las paredes estaban pintadas en tonos páli dos, para dar un fondo apropiado a las obras que se exhibían. Habían abierto varias ventanas en el te cho, que permitían que el sol creara un hermoso juego de sombras según iba cambiando de posición.

La responsable del diseño decorativo era Bella y se sentía francamente orgullosa de su trabajo.

-¿Jake?

Metió las llaves en el bolso y cerró la puerta.

-¡Estoy aquí arriba! -una voz con un fuerte acento italiano respondió-. Sube, estoy con Brett.

Bella subió hasta la sala en que iba a ser ex puesta la obra de Brett.

-Cielo, quédate ahí y dinos que te parece.

Durante las siguientes cuatro horas trabajaron sin parar. Cuando el artista se marchó, pidieron una piz za, revisaron lo hecho e hicieron algunos pequeños cambios. Quedaron satisfechos con el resultado.

-Está muy nervioso -dijo Bella, mientras se comía un pequeño trozo de pizza.

-Es su primera exposición -dijo Jake.

La luz brilló sobre el pequeño brillante que lle vaba en la oreja. Jake era extravagante y provo cador. Siempre vestía ropa de diseño y gustaba de una imagen ambigua que confundía a la gente. Sólo sus amigos más íntimos sabían que en realidad era un hombre tremendamente cabal y práctico.

Detrás de aquella imagen frívola, se escondía un gran hombre de negocios, con un instinto casi infa lible para los nuevos talentos y para captar lo que a la gente le podría gustar.

Tenía muchas cosas en común con ella, pero su cariño era meramente platónico y su amistad se ba saba en el respeto y el afecto.

-Te veo pensativa. ¿Por qué?

Jake tenía la capacidad de darse cuenta siem pre que algo perturbaba a Bella.

Ella no respondió de inmediato. Prefirió fingir estar ocupada en beber de su lata fría.

-Se trata de un hombre, ¿verdad? ¿Lo conozco? - Bella mordió otro trozo de pizza.

-¿Por qué piensas que es un hombre?

-Porque tienes unas tremendas ojeras -sonrió-No has dormido bien. Y sé que no eres de las que te gusta estar de juerga hasta el amanecer. Dudo que la falta de sueño sea por eso.

-Podría estar preocupada por lo de mañana.

-No -aseguró él - Si no quieres contármelo, no me lo cuentes.

Bella lo miró en silencio.

-Era un invitado a la fiesta a la que asistí ayer -hizo una pequeña pausa- Y no quiero volver a verlo jamás.

-El hombre lleva la palabra «problema» escrita en la frente -dijo Jake.

-No -lo corrigió ella-Porque no voy a permi tirle que lo sea.

-Cielo, me parece que no vas a tener elección -dijo con una leve carcajada.

-¿Por qué dices eso?

-Porque eres una mujer que sabe defenderse con uñas y dientes y, si no lograste deshacerte de él ayer, es que te va a causar problemas -sonrió con sorna - ¡Estoy impaciente por conocer al hombre al que no has podido vencer!

-No lo vas a conocer.

-¿Tú crees que no?

-Lo sé -le aseguró ella con vehemencia.

-De acuerdo, si tú lo dices - Jake levantó las dos manos en un gesto conciliador- Anda, cómete tu pizza.

-Eso es lo que trato de hacer -se comió el últi mo trozo, agarró una servilleta y se limpió los de dos- Te ayudaré a limpiar todo esto.

-¿A limpiar qué? No hay nada que limpiar

-Pues entonces, me iré a casa -se puso de pie le dio un beso en la mejilla.

La galería abrió a las cuatro y, una hora más tar de, ya habían llegado la mayor parte de los invita dos, que se movían de un lado a otro, copa en mano.

Una suave selección de música barroca daba la atmósfera perfecta al evento.

Bella había elegido un elegante vestido ne gro, con un corte estilo años cincuenta, tacones fi nos y medias negras. Llevaba el pelo recogido y un maquillaje discreto que enfatizaba sus ojos. Era, sin duda, la imagen viva de la elegancia.

Los del servicio de catering servían deliciosos canapés. Y ya había varias señales de «vendido» colgadas en diferentes cuadros.

La exposición estaba resultando todo un éxito. Todo era, como diría Jake, perfecto. Bella levantó la mirada, vio a su socio y son rió.

-¡Otro triunfo, querida! -dijo una voz conocida.

Bella sintió un pinchazo en el estómago. Era James, con su habitual cinismo.

Ella se volvió y sonrió educadamente.

-No esperaba que vinieras.

-No me habría perdido esto por nada del mundo - Se inclinó lentamente sobre ella, dispuesto a besarla. Pero apartó la cara y sus labios sólo le roza ron la mejilla. La mirada de James se endureció.

-Es extraño que Edward Cullen, el soltero de oro, todavía no haya aparecido por aquí -le acarició sugerentemente el brazo.

Bella sintió un escalofrío.

-Me parece realmente difícil que venga. No tie ne invitación.

-¡Mi dulce Bella! Renee se ha encargado de entregarle una invitación en la comida que ellos celebrado en el yate. Edward aseguró que nos honraría con su presencia.

Bella sintió que el corazón se le aceleraba.

-¿De verdad?

James enarcó una ceja.

-Noto cierta desazón en ti. ¿Es que su actuación de anoche no fue precisamente estelar? Bueno, a veces el cansancio de un largo viaje puede provocar malas jugadas -sonrió malignamente.

«Calma, mantén la calma», se dijo a sí misma. Bella optó por echar a andar, pero James la tenía sujeta por el brazo.

Se volvió y lo miró con rabia.

-Esta conversación no va a ninguna parte -Bella trató de retirar el brazo, pero James la aga rró con más fuerza - Con tu permiso, tengo cosas que hacer. Espero que te guste la exposición. Jake y yo confiamos francamente en el talento de Brett.

-¡Ah, el eminente Jake! ¿Sabías que es bise xual?

Aquel malicioso comentario era más de lo que estaba dispuesta a admitir.

-Las preferencias sexuales de mi socio son asunto única y exclusivamente suyo. Por cierto, po dría denunciarte por difamación.

-¿Qué te pasa? ¿Eres el hada buena del pobre diablo?

-y tú eres un...

-Bella.

El marcado acento italiano de aquella voz grave le provocó a Bella un estremecimiento. ¿Cuánto tiempo llevaba Edward Cullen allí? ¿Habría oído toda la conversación?

Bella se volvió hacia él.

-Edward -lo saludó ella y se tensó al sentir su mano sobre la espalda.

Cullen no mostraba sentimiento alguno en el rostro, pero sus ojos mostraban cierta fuerza con tenida.

-¿Hay algún problema? -preguntó Edward. ¡Claro que sí! Y no uno, sino dos: James y él. -Con vuestro permiso, tengo muchos invitados a los que atender.

Bella se dio la vuelta y se alejó. Sin embar go, para su sorpresa, pronto descubrió que Edward estaba a su lado.

-¿Qué se supone que estás haciendo? -le pre guntó en el momento en que estuvieron a suficiente distancia de James.

-Te estoy rescatando.

-No necesito que nadie me rescate.

Edward sonrió con cinismo.

-Especialmente si el rescatador soy yo.

-Escucha, guárdate la indignación para un momento y un lugar más apropiados. .

-¿Para cuándo? -dijo Bella-. No tengo in tenciones de volver a verte en mi vida.

-Teniendo en cuenta que tanto tus padres como los Hale me han invitado a unos cuan tos de sus eventos va a ser francamente difícil que no nos veamos.

Bella quería gritar. ¿Qué diablos les ocurría a los hombres? En las últimas veinticuatro horas, sen tía el más atroz de los acosos y, posiblemente, todo fuera culpa de Edward.

Seguramente, James no se estaría comportando de aquel modo de no haber sido por lo sucedido en la fiesta. ¿O quizás sí? Empezaba a dudar de todo, pues James había mostrado una parte de él que desconocía por completo.

-¿Por qué no me muestras el trabajo de vuestro protegido con más detenimiento?

-¿Por qué iba a hacerlo? -preguntó Bella.

-Podría ser un comprador potencial y, según dice tu madre, tienes muy buen ojo como buscadora de talentos.

¿Se daba cuenta aquella mujer de lo hermosa que estaba cuando se enfadaba?.

-Mi madre tiene una tendencia desmesurada a exaltar mis supuestas virtudes -dijo ella secamente.

-El cinismo no es tu estilo.

En otra ocasión, el comentario la habría hecho reír. Pero, en aquel momento, sólo la enervó más. Sabía perfectamente lo que se proponía Renee.

Bella optó finalmente por darle un punto de vista profesional sobre las obras. Le habló del color, de la excepcional técnica que utilizaba y de la repercusión que podría llegar a tener en el mercado.

Edward retiró la mano de la espalda de Bella y ésta sintió un frío desconcertante.

Era absurdo que le sucediese aquello, cuando to dos sus instintos le advertían de que Edward era un hombre realmente peligroso del que debía mante nerse alejada si quería conservar su salud emocional.

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Hola mis chicas! Como estan? Ya volvi! jejeje Pues aqui esta el segundo capitulo de esta emocionante historia! Lo unico que les digo es que solo tiene unos 10 o 9 capitulos! a menos que los kieran cortos y son 13, ustedes diran!. Bueno les cuento que iba a subir dos historias : "Dos mundos" y " Amor Silencioso", pero resulta que son largas y como ya comenze la universidad no tengo tiempo y no quiero hacerlas esperar. Por otra parte , los capitulos de esta historia los subire cada dia o cada dos dias, porque en Diciembre pues cominzo el trabajo y en Enero la uni otra vez...

Bueno por ultimo les doy las grax por los Review y por las alertas me hacen mas feliz

Les mando un grannnnnnnnnn beso!!!

xoxoxoxox

100% magia y amor!!

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