Si había algo que Suigetsu admirase en secreto sobre Karin, era su cabello. Pero no por su forma, sino por el atrayente color que este tenía. Si, aquellas rebeldes y puntiagudas hebras hacían que los ojos del peliblanco quedaran hipnotizados con su singular movimiento. Su aroma a shampoo de chicle deleitaba su nariz. Un raro gusto por sus preferencias hacia los aromas de shampoo, pensaba él. Pero no por eso deliciosos. Cada día, el no dejaba de mirar tan exótica cabellera; larga y voluminosa. Oh que irónico; el que no dejaba de insultarla diciéndole pelos de zanahoria, escoba, y otros tantos apodos acerca de su cabello. Mientras nadie lo supiera…y menos ella, el podría seguir en su admirada rutina peluda. Una que seguirá hasta el final de sus días.
Que lo mantendrá en deleite; y porque no…tocarlo y sentir su textura. Porque a pesar de los tres años que llevan en ser compañeros de curso, nunca ha tenido la oportunidad de tocar el pelo de Karin. Y vaya que tenia la excusa perfecta para tocar su cabello aunque sea por unos míseros segundos. Su sonrisa arrogante delataba que llevaría ese plan tarde o temprano. Mejor dicho: pronto. Porque él no tenía paciencia; cada plan suyo era cumplido a la mayor brevedad que le sea posible. El, Suigetsu Hozuki era un seductor que lo conseguía todo. Sea lo que sea.
Guapo, talentoso y rico. Entre los primeros de la lista de los estudiantes más atractivos de todo el colegio. Podía tener sexo a la hora que quisiera y con quien quiera. Bueno, solo una él sabe que no cae a sus encantos. Y es esa chica de los cabellos carmesí. Pesada, cabeza dura, cerebrito…oh sí. Nada que ver con las pechugonas que se folla. Una figura peculiar entre las demás; oculta pero al mismo tiempo, sobresaliente. Una que sus ojos siguen y vigilan. Nada que él no sepa de ella y unos cuantos secretitos más que pudo obtener de su diario. Su preciado diario; que bueno es ser habilidoso con las manos. Cuando las sabes usar, te pueden ser muy útiles y placenteras. Y que mejor conocedor de aquel sabio pero a la vez morboso consejo.
El desea, siente, toca, ¡todo! Pero no admira. A nadie. Porque su admiración solo es, únicamente para una persona. Aquella que se encuentra pasando justo frente a sus orbes. Lo mira con desdén y luego vuelve la vista al frente suyo. Sonríe con soberbia y antes de que ella le dejara de mirar, le guiña un ojo. Y como último vistazo, observa su cabello. Rebelde, brilloso…atrayente. Una rara característica, pero sin duda alguna, maravillosa.
