Disclaimer: Vocaloid es absoluta propiedad de Crypton y Yamaha Corporations, por lo que no me hago responsable de ellos y tan sólo utilizo sus personajes para mi propia diversión en este fanfic, donde sólo la trama es mía.


La tortuga y la liebre
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Capítulo II: Las mujeres de la familia

"Los hombres son más elocuentes que las mujeres,
pero las mujeres poseen un mayor poder de persuasión".

—Randolph—


—¿Y adónde vamos a viajar? ¿Es acaso a Las Bahamas? ¿Los Ángeles? ¿Las Vegas?

Para sus adentros, Kaito suspiró y trató de desviar en todo momento la mirada de su parlanchina hermana mayor que pensaba únicamente en viajar a algún sitio que comenzara su nombre con un artículo. No sabía lo que pasaba por la mente de su escrupulosa y feminista madre, pero estaba seguro de que una de esas era callar a la hija que desde hacía largo rato estaba hablando tonterías.

Y fue así como conoció a la ventana y tuvieron una gran amistad coqueta, pues no podía dejar de mirar la harta belleza de ésta.

—Oye enano, ¿qué opinas tú?

Era en ese momento que lo llamaba por su queridísimo apelativo y disfrutaba en todo momento verlo entornar los ojos hasta mirarla con la menor amabilidad que pudo, sin embargo, esa vez no le dio el gusto a la mayor.

—¡Mamá, Kaito me ignora!

Y acusándolo de lo que parecía ser un crimen —pues para ella, que amaba acaparar toda la atención, lo era—, Kaiko sintió alivio cuando sus plegarias por fin fueron escuchadas por la dama con la ficha de reina en el trablero del ajedrez.

Kagami se giró lentamente para ver a sus hijos sentados en el asiento trasero del Jacques-móvil y contempló con su semblante estoico y una pizca de «por-favor-hazle-caso-a-tu-hermana-para-que-deje-de-hablar» al menor de sus hijos.

—Kaito, tu hermana está fastidiada. Háblale.

El término correcto que usaría Kaito sería "fastidiosa", pero decidió no armar la tercera guerra mundial en la camioneta familiar por responderle a su madre cuestionándole sus palabras. Si algo había aprendido al formar parte de esa familia, era que su madre siempre tenía la razón en todo cuanto dijera y de ser el caso de que no, tenía que encontrar la forma meramente imposible de hacerle ver la realidad.

Kaiko sonrió detrás del asiento de su madre y se giró para ver a su hermanito, quien por fin había dejado de coquetear con la ventanilla. Las mujeres Shion siempre mandaban más que los hombres.

—¿Entonces, hermanito? ¿Adónde crees que vayamos? —repitió su pregunta pestañeando los suficiente como para hacer notar su innecesario maquillaje artístico ejemplar de una patinadora.

Kaito a veces se preguntaba el afán de maquillarse de esa forma cada vez que iban a viajar fuera de la ciudad, pero como era de esperarse conociendo a Kaiko, ésta sólo deseaba llamar la atención, aunque pareciese una mariposa colorida en el intento.

—Creo que vamos a Minnesota.

—¡Qué asco! —exaltó la mayor arrugando su nariz, pues no estaba para nada en sus planes el viajar a nada que tuviera un artículo inicial como Los Ángeles, Las Vegas o Las Bahamas. Colocándose en el medio de los asientos entre conductor y copiloto, observó a su madre haciendo ameno intento de dormir en la carretera y a su padre, quien no despegaba la vista del camino—. Mamá, ¿no nos íbamos a la playa? ¿O al casino? ¡Me prometiste que cuando cumpliera dieciocho íbamos a ir a Las Vegas!

Kagami abrió los ojos tras su siesta frustrada y observó por el retrovisor el rostro maquillado de su hija grande.

—¿Te recuerdo qué edad tienes todavía?

Kaiko arrugó los labios y sonrió con inocencia.

—¡Pero eso qué importa! Cumpliré dieciocho en tres meses, o sea, este mismo año. ¡Podemos viajar a Las Vegas aún así!

—No viajaremos a Las Vegas, Kaiko —sentenció la tirana.

—¿Pero por qué?

—Porque tu padre decidió incribirlos en una competencia filmada por los mismos productores de "The Amazing Race", y te recuerdo que aceptaste ir con él a costa de perder. Aparte que aún no cumples dieciocho.

Kaiko abrió la boca para replicar, pero la gélida mirada de su madre a través del retrovisor le quitó todas las ganas que había acumulado. Volviendo a sentarse en su respectivo sitio, se cruzó de brazos y decidió, al igual que su hermanito menor, coquetear con la ventana.

—Lo que digas.

—¿Qué te he dicho sobre esa actitud inmadura, señorita?

Kaiko infló los mofletes.

—Que es de mala educación y que no debo hacerlas porque entonces no podré liderar la cabeza de una familia ni mandar sobre el idiota con el que me case si sigo con este comportamiento —salmodió, como siempre.

Jacques al volante rió. A Kaito, quien escuchaba todo con claridad sin realmente querer, le extrañó hasta el tope por qué su padre siempre reía cada vez que su madre la tirana ejercía un regaño hacia sus hijos, regaños cargados de feminismo.

—Kagami, déjala ser.

—¡Sí, mamá! —exclamó Kaiko con alegría de poder ser secundada por primera vez en el momento por Jacques, pero entonces Kagami siempre terminaba diciendo tras esto:

—¡No la mimes!

Kaito a veces se sentía el objeto fuera de lugar en esa familia. Es que todo regía en un mismo patrón: Kagami apoyaba a sus dos hijos por igual, pero se balanceaba más hacia Kaiko porque era la niña; Kaiko se inclinaba hacia su padre porque, para él, ella era la luz de sus ojos; Jacques siempre apoyaba a su esposa como el peón besapies de la reina y, por supuesto, buscaba el apoyo de su hijo menor en plan de «somos los hombres de la casa», pero Kaito siempre estaba de parte de su madre, porque ella era la única racional ahí.

Pero, se repetía una vez más, su madre en ese caso fue la menos racional de todas al darle igual la absurda decisión de su padre sobre la familia. En ese momento estaban de camino al aeropuerto, pasando por un inmenso tráfico, para poder llegar a Estados Unidos, el otro lado del mundo, donde se llevaría a cabo el primer encuentro del reality show de Do or die; un nombre bastante espeluznante si la opción de perder sería morir.

Claro que, conociendo a su padre, no esperaba de menos. Cualquier cosa que fuese difícil y con la que pudiera enfrentarse a su eterno rival, sonaba como música para sus oídos.

Y todo por culpa de los Hatsune.

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—Dime que está bromeando —espetó Miku hacia su hermano mayor, quien apenas se atinó a rodar los ojos.

Los hermanos Hatsune jamás estuvieron de acuerdo en muchas cosas. Miku prefería mil veces escaparse con sus amigas a ver una función de terror, mientras que Mikuo se sentía mucho más cómodo en casa cuando casualmente pasaban una buena comedia en la televisión. Pero en ese momento, los dos concondaban en algo tan idéntico como el color de sus cabellos y ojos:

Su padre, definitivamente, estaba loco.

—¡Mamá, yo no quiero viajar aquí! —exclamó la menor hacia la viva imagen de ella misma con más edad.

Kisa suspiró y con sus ojos ensombrecidos declaró—: No me reclames a mí, cariño, sino a tu padre.

El avión de clase turista fue llenado hasta el tope de otras cuantas personas sin la más mínima pizca de parecer amables. Sólo unos cuantos señores de gran peso tragando comida chatarra abarcaron la vista perpleja de Miku, la cual se había preparado con su mejor chaqueta deportiva una visita al avión de primera clase que estaba a unos cuantos metros del que estaba montada.

Mikuo había puesto una mano en la muñeca de su hermanita con la única ambición de que ésta se sentara y dejara de gritar, pues muchas otras personas las estaban viendo como si fuesen bichos raros, sin reconocer un poco que eran hijos de Mitaki Oliver —gracias al cielo.

El mayor sólo deseaba que el asiento en el que había tocado su excéntrico padre quedara lo más lejos posible del suyo compartido —para bien o para mal— con Miku. Su madre, siempre preocupada por ellos, se notaba que también quería tanto lo mismo que él como lo mismo que su hija.

—¿Dónde diablos estará Mitaki? —desdeñó en voz baja y apretando fuertemente los dientes. Si bien el ser esposa de uno de los atletas más famosos de Japón significaba el simple hecho de recibir incondicionalmente todos los lujos deseados en una vida, en esos momentos, y gracias a Jacques Shion por haberle ganado a su padre en aquella estúpida competencia, los lujos se convertían en corrientes formas de vivir la vida.

A pesar de que el lastimoso y último encuentro de los archirrivales hubiese sido tapado por una harta cantidad de soborno hacia los periodistas y blogueros de las famosas redes sociales, Mitaki aún deseaba mantener encubierta su vergüenza pasando a vivir como un ser humano normal sin las comodidades al momento de viajar, lo cual disgustaba demasiado a sus ambiciosas esposa e hija.

Kisa siempre se había repetido, gracias a las terapias con el Dr. Dell, que la humildad sólo la hacía más guapa. Se lo había enseñado a su hija, pero ésta cuando estaba molesta se olvidaba de todo eso. Gracias a Dios que su hijo mayor era todo lo contrario a ellas. Sabía que ella no necesitaba de las joyas para verse bien; su marido siempre le regalaba vestidos, pero se había hartado de ellos desde el momento en que se había vuelto ama de su casa y prefería mil veces utilizar jeans y delantales antes que trajes de gala para hacer los oficios del hogar. En pocas palabras, se había adaptado a su propio dicho y había acostumbrado su vida de lujos-sin-lujos a la imagen propia que quería dar: humilde.

Pero de algo que nunca iba a sentirse completamente cómoda ni haría bulla de su humildad eran los viajes.

A Kisa no le gustaba para nada viajar en la clase turista. Empezando porque los baños siempre estaban asquerosos y no tenían la dignidad de limpiarlos sino hasta después de cada viaje; segundo, la comida que servían era espantosa y estaba segura de que las mismas azafatas que lo servían no tenían idea de lo que se estaba dando; tercero y último, pero no menos importante, siempre les tocaban los peores maleteros, hasta el punto en que casi no cerraban, y tenían puestos separados los unos de los otros.

En un avión de primera clase eso raras veces pasaba. Pero claro, a Mitaki poco le importaba.

—¡Kisa!

Su nombre pronunciado a lo lejos sólo la alertó de que su esposo por fin había vuelto del puesto de chucherías y cargaba consigo unas cuantas bolsas de Doritos las cuales aseveraba que no eran todas para él. Mientras fuese a competir, Mitaki tenía una exclusiva dieta de proteínas, alejando las golosinas y consumirlas al menos una vez a la semana, pero claro, al viajar todo era una excepción.

Con una última mirada a sus hijos, los cuales se habían sentado rectos y derechos encubiertos con pasamontañas y lentes de sol para que nadie los distinguiera como hijos del hombre que acababa de entrar en el avión, se despidió de ellos, no sin antes darle unos chillones besos a cada uno en las mejillas.

Desde la distancia, Kisa le dedicó a su marido una mirada de «No te acerques, ya voy para allá» y tomó asiento en los puestos que les correspondían. Por supuesto, no juntos, pero al menos algo cerca.

En el polo opuesto hacia los asientos de sus padres, los hermanos Hatsune soltaron un suspiro unísonamente cuando el avión por fin despegó. Iban a llegar a Minnesota, y estaban seguros de que lo menos que harían en el Do or die sería divertirse como cuando niños hacían esas carreras de padres e hijos en la escuela.

Encendiendo su MP3 a todo volumen, Mikuo se colocó los auriculares en sus orejas y esperó dormir durante todo el trayecto hasta la ciudad nevada. Observándolo perpleja, Miku le arrancó uno de los auriculares y esperó a que él la mirara como si le hubiese salido otra cabeza.

—¿Se puede saber por qué hiciste eso? —exigió saber, entonces Miku frunció el ceño.

—¿Ibas a dormir?

Mikuo rodó los ojos tras sus gafas de estilo tornasol. Obviamente Miku ni lo notó.

—No, qué va, iba a contar las nubes hasta Minnesotta con los ojos cerrados rompiéndome lo oídos con Heavy Metal —ironizó con una notable peste a sarcasmo que hizo a Miku poner ojos de exasperación.

—¡Cieeeelos, perdóneme por interrumpirlo de sus deseos, Capitán Obvio!

Mikuo se destapó el otro auricular de la oreja poniendo pausa a la locura de música que retumbaba incluso a los ajenos oídos de Miku.

—¿Qué demonios quieres? —le preguntó a su hermana, la cual sonrió y se acurrucó en su asiento.

—Estoy aburrida.

—¿Y?

Su sonrisa se desvaneció y lo miró como si fuese estúpidamente obvio.

—¡Entretenme!

Mikuo suspiró y se apoyó de la ventanilla del avión. En cada viaje tenía que mediar con su caprichosa hermana haciendo los inhumanos esfuerzos para no dormirse, con tal de que ella quitara ese puchero de la cara y dejara de repetir, con la voz casi tan gutural como la de un zombie, «Estoy aburriiiiiidaaaaa». Ese viaje no era la excepción.

Y todo por culpa de los Shion.

—¡Mikuuuuoooo! —berreó la menor—. ¡Cuéntame un chiste, un cuento, algún detalle sobre tu aburrida vida amorosa! ¡Lo que sea, por favor! ¡No dejes a tu hermanita sufrir esta agonía!

—Miku, por favor —Mikuo se palmeó la cara—. En primer lugar, no estás agonizando por nada, porque bien puedes leer los tres tomos de manga que te trajiste, escuchar música con tu iPod, ¡o bien joder a otra persona que no sea yo!

Miku arrugó los labios en gesto infantil.

—Pero, hermanito, tú siempre me entretienes.

Mikuo suspiró.

—En segundo lugar, ¡mi vida amorosa no es de tu incumbencia!

—¡Pero sí es aburrida! —mofó la menor.

—¡Tampoco! —barbotó Mikuo.

—Oh, venga, hermanito —imploró Miku quitándose los lentes de sol y poniendo la mejor cara de cordero degollado hacia su hermano, en el único intento de persuadirlo.

Si antes pensaba que la magia telekinética que parecían tener las mujeres para hacer todo lo que ellas quisieran no funcionaba mientras cargara gafas que le protegieran al mirarlas, ahora Mikuo desechaba totalmente esa idea y maldecía al que lo hizo creer semejante estupidez. Miku sonrió victoriosamente cuando su hermano empezó a relatarle el fracaso de su última relación.

—Creo que ya sabías que terminé con Lenka.

—¿Y eso? Hasta hace poco decías que «tu hermosa rubia» era tu ángel, la razón por la que tus ojos veían, un pan de Dios y—

—¡Oh por favor, Miku, yo no decía nada de esas tonterías!

—¡Claro que sí! —replicó Miku—. Incluso se grabé diciéndolo. Creo que estabas ebrio esa noche. Habías llegado de tu fiesta de promoción y comenzaste a decir que «tu rubia» era tan—

—Sí, sí. Ya entendí. ¿Cuál es el punto?

—¡Que no puedo creer que hayan terminado! —admitió—. ¿Qué pasó?

Mikuo se encogió de hombros.

—Resultó ser que no era rubia natural.

Miku abrió la boca tan grande que parecía una perfecta y simétrica "O".

—¡Una rubia de bote! ¡Increíble, no se le notaba para nada! —expresó su completa sorpresa, para luego posar una mano en el hombro de Mikuo y observarlo con completa admiración—. Hermanito, menos mal que la dejaste. ¡Sigue así!

Mikuo rió ante el drama de su hermanita. En realidad no la había dejado por semejante tontería; en la historia verdadera, el que lo deja es ella por irse de rumbas con Meito Sakine, pero eso no sería algo que admitiría frente a su hermanita.

¿Para que se burlara de él? ¡Jamás le permitiría tal lujo!

Si algo había aprendido formando parte de la familia Hatsune, era que las mujeres no tenían piedad en los hombres, por lo que Miku, enterándose de la verdad de su anterior relación con Lenka Kagamine, se carcajearía de él durante largos días.

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Jacques respiró con suma energía el gélido aire de las montañas nevadas de Minnesota, para luego girarse a sus hijos abrigados hasta en las narices y sonreír como intentando que ellos imitaran su acción.

Kaiko, cuyo maquillaje artístico se había retocado tras abordar el avión de primera clase con destino a América, observó impresionada el ambiente y tuvo deseos de tirarse y rodar como una niña la extensa sábana blanca que cubría toda la ciudad.

No muy lejos de donde estaban, una acojedora posada de madera se levantaba tras años de ser remodelada por sus dueños, los cuales se vendrían a hacer ricos con la increíble suma de dinero que los productores del reality show Do or die les habrán pagado al reservar toda la casa para ellos junto a la competencia.

Kagami se había hecho cargo de que un muchacho llevara todo su equipaje a sus respectivas habitaciones sin darse el lujo de hacerlo ella misma, pues sabía que Jacques no la ayudaría mientras se quedara viendo con cara de embobado la lejanía cubierta de blanco. Kaito, su único hijo varón, contrario a los otros dos miembros de la familia, parecía dispuesto a ayudar a su madre, hasta que fue arrastrado por su hermana en el mismo sitio en el que estaba su padre.

—¿Ven esos teleféricos de allá? —preguntó el padre, señalando con su dedo unas cabinas que se movían por sí solas desde la sima de la montaña hasta los más alto y viceversa.

Kaiko asintió fascinada y tuvo que darle un codazo a Kaito para que reaccionara.

—¿Qué con eso? —espetó él.

—Será allí donde compitamos mañana. ¿No es emocionante?

Kaito conocía un concepto de emocionante, y perder contra los Hatsune no era precisamente eso. Prefería ser azotado por las mujeres de la familia que a estar ahí. Sin embargo, tenía que obedecer.

—Oh, miren a quién trajo la avalancha.

Una voz detrás de los Shion hizo cambiar radicalmente el semblante alegre que Jacques siempre cambiaba. Un sudor frío se había colado por la nuca de Kaito al darse cuenta con tal sólo observar a su padre de quién se trataba ese ser que había abierto la boca para hablar y dirigirse hacia ellos como si nada.

Kaiko fue la primera en girarse. Su maquillaje artístico lucía tan brillante que pudo haberlos dejado ciegos, pero Mitaki Hatsune y su clan apenas se inmutaron ante éste. A excepción de Miku, quien alzó ambas cejas ante la extraña imagen de la chica Shion.

—Jacques —dijo su rival—. Cuánto tiempo.

Cuando finalmente la figura paterna de la familia Shion se dignó a girarse, en su rostro sólo cabía una sonrisa provocadora que hizo a Mitaki llenarse de más altanería.

—Mitaki, lo mismo digo.

Kaito fue el siguiente en girarse, pero hubiese deseado no hacerlo. Mitaki Hatsune era un hombre robusto y musculoso, al igual que su padre. Tenía el cabello color verde esmeralda, haciendo un raro contraste contra los que parecían ser sus dos hijos. La hembra miraba de arriba abajo a su hermana inspeccionando minuciosamente cada detalle de ella, mientras que el chico estaba cruzado de hombros con una expresión de que no quería estar ahí.

Definitivamente lo entendía muy bien. Casi deseó poderle decir que fueran a apartarse hacia la posada, pero entonces sería casi tan igual como traicionar a su padre en el momento en que estaba junto a su más grande rival.

—¿Estás listo para ser pateado en el trasero, Jacques? —provocó Mitaki, haciendo que su contrincante negara con la cabeza y riera.

—Creo que esa pregunta tuve que habértela hecho yo, Mitaki.

Mikuo casi podía jurar que la tensión era palpable y daba esa sensación de estar tocando una gelatina. Estaba seguro de que él era el único que se sentía pequeño entre todos, pues Miku parecía estar distraída con la chica Shion frente a ella.

Y le dio la razón. Cualquiera estaría distraído viendo ese raro maquillaje por toda su cara que apenas dejaba una clara imagen de su verdadero rostro.

Girándose un poco para ver a su madre, tal fue su sorpresa de no encontrarla ahí. ¿Adónde se había ido? Pero no tuvo que buscar mucho.

A unos cuantos metros de las dos familias, Kisa Hatsune y una mujer de cabello añil que podía apostar que era la madre de los chicos Shion, se estaban abrazando como si fuesen dos amigas milenarias reencontrándose en unas vacaciones familiares en las que jamás se imaginaron verse.

Mikuo enarcó ambas cejas y le dio un codazo a su hermana menor para que mirara hacia el mismo sitio que él.

Kaito Shion discretamente también imitó sus acciones, y lo que vio le dejó casi tan sorprendido como a ellos.

¿Acaso su madre era amiga de una Hatsune?


¡HOLIS, CHICOS! ¿Cómo anda todo? ¿Bien ;u;?

Ok, lamento la tardanza, ¿sí? Prometí ponerme las pilas con este fic, pero en serio no encontraba a mi musa por ningún lado, estaba hasta la coronilla en clases aparte de que tengo muchos proyectos nuevos en los que estoy trabajando. ¿Alguno en el fandom le gusta Shingeki no Kyojin? Porque si es así los invito a leer mi fic llamado "Dear Stranger".

Pero dejando a un lado mis excusas, ¿qué les pareció este capítulo? Lo cargué lo mejor que pude de humor (amo más a la nueva Kaiko que a la que tenía la historia anterior, y lo mismo digo de Miku y de mi resucitado Mikuo). Como ven, las dos familias llegaron a su punto de encuentro, y cuál fue la sorpresita que se llevaron al ver que sus madres son ¡amigas!

En fin, este drama se seguirá desatando en el próximo capítulo. Lamento mi súper forma de narrar esta nota de ficker, pero obligar a la musa a venirme para escribir este fic hoy y publicarlo hoy, me ha dejado agotada y algo perezosa xD. Como sea, ¡dejen Reviews con sus opiniones de la nueva y renovada "La tortuga y la Liebre". ¡Lo que sea, incluso amenazas de spanearme! (Así me hacen publicar, que lo diga ese Guest).

Y recuerden:

Los quiere, Ayu.