Naruto y todos sus personajes son propiedad de Masashi Kishimoto


Título: Gangster's Paradise.

Autor: Bel'sCorpse.

Rating: M.

Resumen: Lo que comenzó como un proyecto de grado se transformó en una tórrida y peligrosa relación amorosa en la que tenían todo por perder y casi nada por ganar. Atrapado en el oscuro mundo de las pandillas, Uchiha Sasuke tendrá que tomar la decisión más difícil de su vida: quedarse junto al hombre que ama o entregarlo a la justicia.


2: Naruto.

Le dio una patada al saco, amenazando con romperlo.

Entrenando al fondo del gimnasio, Uzumaki Naruto soltó un pesado suspiro antes de desplomarse en la lona azulada que cubría el suelo. Se llevó una mano rostro, olvidándose por un instante que estaba bañado en sudor. Ligeramente asqueado se levantó de un salto, rumbo a las duchas. No tenía ni una hora allí y ya estaba cansado. No había dormido tres días y su cuerpo comenzaba a pasarle factura.

Se quedó largo rato bajo el chorro de agua caliente, ronroneando complacido al sentir como la tensión acumulada dejaba sus hombros. Pero la felicidad le duró poco, porque de repente un par de afilados ojos negros cruzaron raudos por su mente. Soltó una maldición y estrelló la frente contra una de las paredes de la ducha. Ese par de ojos negros tenían la culpa de que no pudiese hacer nada medianamente bien.

Estaba regresando a casa de una reunión ese viernes, corriendo como loco por las calles, cuando vio el auto estacionado en medio del camino. Al principio dedujo que se trataba de un conductor borracho o algo por el estilo, pero cuando se acercó a ver por la ventana se dio cuenta de que el ocupante del auto dormía. Tal vez se le había averiado el auto y se quedó dormido de tanto esperar a que pasara la tormenta. Así que hizo lo único razonable y golpeó el cristal hasta que el muchacho despertó. A causa de la lluvia y la pobre iluminación no podía verlo bien, pero parecía más o menos de su edad y definitivamente más rico de lo que él sería nunca. El muchacho lo miró asustado y luego bajó la ventana.

"¿Necesitas ayuda?"

Esas dos inocentes palabras nacidas de un gesto más inocente todavía fueron el desencadenante de una obsesión repentina, que sólo se agravó cuando pudo verlo bien. Cabello negro empapado, la piel pálida casi traslúcida a causa del frío y esos ojos tan negros como pozos sin fondo. Lo había golpeado como un tren. Nunca, en todos sus años de vida, se había visto tan afectado por un extraño, pero Sasuke era diferente. Había algo oscuro, casi animal en la manera en la que se comportaba, tan controlada y a la vez errática, y esa aura de tristeza que parecía acompañarlo constantemente. Estaría mintiendo si decía que no le atraía. Y por un breve instante creyó reconocer algo de la misma atracción en su mirada.

Salió de la ducha envuelto en una toalla y se vistió sin apenas secarse el cuerpo. Necesitaba salir de allí y buscar algo con que distraerse. Porque pensar tanto en Sasuke no era normal. Además que no iba a verlo de nuevo. No tenía sentido que gastara tiempo valioso fantaseando con él. Logró abandonar el gimnasio sin que nadie lo notara y corrió las pocas cuadras que lo separaban de su casa. Frente a la puerta vaciló un instante. Definitivamente estaba portándose raro. Suspiró y entró en el departamento.

La casa estaba sumida en el suculento olor de la comida casera y de inmediato se le hizo agua la boca. Imaginándose quién podía estar en la cocina, dio un tentativo paso hacia adelante pero se quedó paralizado como idiota al caer en cuenta de que el piso entero estaba en perfecto orden. No quedaba ni rastro de botellas de cerveza ni de tazones de ramen a medio comer. Una agradecida sonrisa quebró su rostro. Soltó el bolso en el sillón y corrió a la cocina, dónde se encontró a Iruka afanándose en la estufa.

—No te esperaba hasta más tarde —le pasó un brazo por la cintura, dándole un leve abrazo. Sólo con él se mostraba tan infantil, después de todo era como un padre para él—. Bonito moretón —comentó al caer en cuenta de la mancha morada en la mejilla morena—. ¿Se pelearon de nuevo?

—Ya sabes cómo es —repuso, evasivo—. Si yo no venía, esta casa seguiría siendo un desastre. Sinceramente, Naruto, deberías ser más ordenado.

El muchacho se llevó una mano a la nuca, ligeramente abochornado.

—Estoy trabajando en ello —le quitó las pinzas y él mismo se ocupó de terminar el almuerzo mientras Iruka ponía la mesa—. ¿Cómo te fue esta mañana?

El oficial se encogió de hombros.

—Es complicado, pero creo que la mayoría de estudiantes se hicieron a la idea con lo del proyecto; me gustaría que esos chicos fueran como tú, que no te da miedo nada… ¿Estás listo?

Naruto asintió, desviando rápidamente la mirada. Ese proyecto de dos meses era su última oportunidad para arreglar el desbarajuste que era su vida. Un año de estar completamente limpio, lejos de las drogas y pandillas, no era suficiente para convencer a nadie de que había dejado de ser un delincuente. Iruka había intercedido por él y logró convencer a los directivos del centro de que de todos sus chicos, Naruto era el que más oportunidades tenía de logarlo. Y su esfuerzo se vería recompensado no sólo con la ocasión de comenzar de nuevo su vida, sino de hacerlo sin antecedentes penales. Dos meses de labor social a cambio de que le borrasen hasta la última mancha del expediente. No le importaba si tenía de niñero a un niñato malcriado, aguantaría los dos meses de tortura. Peores cosas le habían pasado.

—Te dejé ropa sobre la cama, no puedes ir hecho un adefesio —dijo Iruka después del almuerzo—. ¿Te duchaste?

—Tranquilo, papá, no soy un niño. Espérame en el auto, ya bajo.

Mientras Iruka recogía sus cosas y salía, Naruto corrió a su habitación para cambiarse de ropa. Soltó una risita al ver el conjunto y por una vez decidió hacerle caso su oficial. Se puso los pantalones negros, la camisa blanca, los mocasines, pero cambió la americana por su clásica chaqueta de cuero naranja, su color favorito y marca personal. Salió también del departamento y corrió al auto.

—Has cambiado mucho —comentó Iruka con cautela, mientras navegaba las atestadas calles de la ciudad—. Ya no eres el revoltoso que conocía.

Naruto sonrió, melancólico, y siguió mirando por la ventana.

Ya no era el mismo de antes, en eso le daba la razón a su oficial. Un año atrás, Uzumaki Naruto no existía. Miembro de una de las pandillas más peligrosas de Konoha, se forjó una reputación que hasta ahora lo protegía de cualquier intento de asesinato por deserción. Había sido el favorito del jefe, un muchacho cuatro años mayor que él, con más sangre en las manos que un criminal común. Por sobrevivir, Naruto había hecho muchas cosas, desde robar hasta ir de soplón, ocasionando la muerte de un sinfín de personas, se convirtió en un esclavo, en la mascota de hombres poderosos que le daban todo lo que quería a cambio de compañía. Nunca había matado a nadie con sus propias manos, pero venía a ser casi lo mismo. Cargaba a cuestas con miles de culpas, asediado por pesadillas y repentinos ataques de melancolía. Ni toda la terapia del mundo lograría curarlo por completo, una parte de él siempre sería la de aquel Naruto oscuro y retorcido. Un borrón naranja y amarillo en callejones oscuros, que utilizaba otro nombre para proteger al propio.

Había pasado diez años de su vida encerrado en un mundo de sangre y sombras, convencido de que allá afuera, dónde estaba la luz, jamás conseguiría eso que tanto necesitaba: el cariño y la confianza de alguien. Apoyo incondicional y palabras de aliento. Iruka le había dado todo aquello desde el día que se encontraron cuando tenía catorce años. Esa noche conoció a sus ángeles de la guarda. El primero, un muchacho de ojos negros que lo ocultó en un callejón la noche que escapaba de los tipos que le dejaron esas cicatrices en la cara. Todavía conservaba el pañuelo manchado de sangre, lágrimas y lluvia. Nunca se atrevió a lavarlo. Y el segundo, a Iruka. La policía lo atrapó a unas cuadras del callón y lo llevaron directamente al centro de rehabilitación dónde un hombre con una cicatriz en la nariz le limpió las heridas, le dio de comer y le convenció de que todo estaría bien. Aquel fue el inicio del fin.

—Llegamos.

Naruto salió de su trance. Su destino era un conjunto de edificios de diferentes colores y tamaños, rodeados por parques y lagunas, un pequeño paraíso encerrado dentro de un muro gigantesco. El corazón comenzó a latirle desbocado en el pecho y no se tranquilizó hasta que ubicó el gigantesco bus de color blanco con el nombre del centro pintado en letras azules a un costado. Los familiares rostros de sus compañeros de rehabilitación actuaron como un sedante, relajando su pulso. Se bajó del auto antes de que Iruka estacionara por completo y corrió a reunirse con sus amigos. Lo recibieron entre vítores y abrazos. Durante una década habían vivido prácticamente juntos y se habían convertido en una familia.

—¡Animal! —gritó alguien a su espalda y entonces sintió como una gigantesca bola de pelo se le lanzaba encima—. Akamaru, quieto.

—¡Kiba! —Le palmeó el brazo—. No creí que vendrías.

Inuzuka Kiba frunció el ceño, fingiéndose ofendido.

—Tú no eres el único que se ha rehabilitado, mira —le mostró un pequeño broche que llevaba en la chaqueta. Tenía labrado el número dos en medio de hojas de laurel—. Dos años completamente limpio.

Naruto le sonrió. Él también tenía un broche, a diferencia de que el suyo tenía grabado el número uno. En el centro se los daban a sus miembros por cada año de buen comportamiento. Algunos de los chicos que estaban allí tenían más de un broche, premios a su constancia.

—Y veo que todavía no se te ha perdido el perro —se arrodilló frente a Akamaru, un gigantesco perro de color blanco, y permitió que le lamiera el rostro—. Está muy bien entrenado.

—He tenido que ponerme creativo —se encogió de hombros—. ¿Qué tal crees que nos irá?

—No lo sé. Lo único que no quiero es que me toque un antisocial.

—Yo quiero una chica, de ser posible de ojos verdes.

El rubio soltó una risotada, cruzándose de brazos.

—Pides mucho. ¿Dónde están los demás?

Contándose a él mismo, estaban cuarenta chicos, más hombres que mujeres.

—Nos están trayendo de a poco, no quieren tanto delincuente suelto por la universidad.

—¡Chicos, formen una fila aquí!

Siguiendo las instrucciones de un oficial, los cuarenta muchachos formaron una fila frente a él y lo siguieron hasta un gigantesco edificio de techos altos y paredes de cristal. Un letrero junto a la entrada rezaba AUDITORIO en estilizada caligrafía. Repentinamente intimidados, el grupo en pleno esperaba con inusual calma. Iruka les sonrió, tratando de infundirles algo de valentía.

—Cuando diga su nombre, entran en el auditorio y suben al escenario —explicó rápidamente—. Los demás esperarán aquí hasta que sus compañeros salgan en compañía de sus protectores. Por favor, compórtense, necesitan causar una buena impresión —entonces Iruka leyó diez nombres de una lista, entre los que se encontraba Kiba. El muchacho dejó a Naruto a cargo de Akamaru y entró con los demás.

La espera se les hizo eterna, cuando solamente había transcurrido media hora. Naruto estaba sentado en el suelo, junto al perro, cuando Kiba salió en compañía de una despampanante pelirosa de ojos verdes con bata de doctor.

—Naruto, ella es Haruno Sakura, mi protectora; Sakura-san, Uzumaki Naruto, mi mejor amigo —hizo las presentaciones el castaño—. Y este es Akamaru.

La muchacha acarició al animal con mimo, plantándole un delicado beso en el morro, para luego clavar la mirada en el rubio, analizándolo al detalle. Extrañado, Naruto soportó los dos minutos enteros de intenso escrutinio, antes de que la chica le sonriera con sinceridad.

—Un placer, Uzumaki-san.

—Llámame Naruto, por favor —había algo extraño en la voz de la chica, un deje malicioso que no cuadraba para nada con la situación.

Sakura iba a añadir algo, pero entonces llegó el turno de Naruto de entrar en el auditorio. Se despidió apresuradamente y atravesó las gigantescas puertas de cristal. El auditorio era una estancia gigantesca, con fila tras fila de asientos forrados en terciopelo rojo. Del techo colgaban sendas arañas de cristal y el escenario, dónde estaban algunos oficiales y la directiva de la universidad, estaba hecho de madera fina, de un profundo color caoba. Cuando dejó de admirar sus alrededores, cayó en cuenta de que un bloque de asientos estaba ocupado por estudiantes. Examinó los rostros cercanos a él, buscando algo que no sabía que era.

Subió torpemente al escenario y ocupó una rígida silla de metal. Los murmullos de la sala murieron de inmediato. Se sentía como animal en exhibición con tantas miradas curiosas recorriéndolo de pies a cabeza.

—Bueno, comencemos —uno de los oficiales ocupó el podio y comenzó a llamar a los estudiantes.

Uno a uno, los alumnos subían al escenario, leían el nombre de su protegido y tras una corta presentación, salían del auditorio. Quince minutos después, Naruto era el único que seguía en el escenario. El corazón se le achicó un tanto cuando el oficial tomó aire para hablar.

—Uchiha Sasuke.

El tiempo se detuvo en el preciso instante que Sasuke se puso de pie. Con la mochila colgada del hombro y el cabello cuidadosamente peinado, se veía mil veces más atractivo que aquella noche en su casa. Se ruborizó violentamente al sentir esos ojos negros sobre los suyos. Y como si quisiera tentarlo, caminaba con lentitud, moviéndose con la sensualidad de una pantera lista para atacar. Se le disparó el pulso y la respiración. Bajo las brillantes luces del escenario se veía como una obra de arte.

—Naruto —dijo con voz ronca cuando se detuvo frente a él.

—Sasuke —se levantó con lentitud, temeroso de que sus rodillas le fallasen—. Sabía que eras un niño bonito, pero no para tanto —añadió, ocultando sus nervios tras una broma.

—No tiene gracia, señor delincuente —repuso, perfilando una torcida sonrisa—. Vamos, pues.

Y bajó del escenario de un salto, encaminándose a la salida. Naruto lo siguió de inmediato, trotando para alcanzarlo. Salieron del auditorio en completo silencio. Sasuke se detuvo a pocos pasos de la puerta, rebuscando en su mochila. Unos instantes después sacó la famosa sudadera, perfectamente doblada y se la entregó a un atónito Naruto.

—Olvidé devolvértela —dijo el moreno a modo de explicación.

—No era necesario, te queda mejor que a mí —soltó, inconsciente y de inmediato se arrepintió de haber abierto la boca. Tratando desesperadamente de cambiar de tema, preguntó lo primero que se le cruzó por la cabeza—. ¿Qué haremos ahora?

Sasuke se encogió de hombros.

—Según esto, tenemos que pasar tres horas juntos todos los días —sacudió la carpeta entre sus manos—. Comenzando desde hoy —puntualizó.

—Vaya —fue lo único que dijo el rubio—. ¿Puedo ver?

Sasuke le entregó la carpeta. Naruto revisó la primera hoja que contenía una fotografía suya, a pocos meses de obtenidas sus cicatrices, y su información básica. Al pasar la página, frunció el ceño. Allí estaba, a todo color, la copia del reporte policial dónde se podía leer claramente cada uno de los cargos imputados y el tiempo de condena en el centro de rehabilitación por cada uno. La siguiente página era la orden de un juez en la que daba su consentimiento para el proyecto y la última, una carta del director del centro dirigida a los estudiantes con instrucciones claras sobre cómo debían proceder. Leyó a toda velocidad y al llegar al final, casi se le cae la carpeta de las manos.

—Sasuke… —llamó el rubio—. Tal vez debas leer esto.

El moreno se ubicó a su lado, y Naruto lo sintió aspirar profundamente. Esperó pacientemente a que leyera la carta y cuando le pareció prudente, se permitió mirarlo, encogiéndose al instante. Estaba pálido con una vena marcada claramente en la sien.

—¿Fotos? —Preguntó, haciendo un esfuerzo por modular la rabia en su voz—. ¿Una por día?

Naruto no sabía porque se sorprendía. Era de lo más obvio, si es que querían pruebas de que realmente estaban pasando tiempo juntos. Tal vez no podrían comprobar si eran tres horas o cinco minutos, pero les estaban exigiendo pruebas físicas de que al menos se frecuentaban. Sasuke tendría que entregar las fotografías junto con un ensayo de diez páginas sobre sus dos meses de proyecto. Si no tenía las fotografías suficientes, reprobaría.

—¿Sasuke?

—Nada —soltó—. Acompáñame.

Terminaron en la cafetería de la universidad, un amplio espacio de paredes de cristal repleto de estudiantes. Y durante las últimas dos horas, Naruto había librado la batalla interna más grande de su vida. El hombre que tenía frente a él no se parecía en nada al que había acogido en su casa. El Uchiha Sasuke sentado en el otro extremo de la mesa era un energúmeno declarado, amargado por dónde se lo viera, y excesivamente silencioso. Y durante ciento veinte minutos, porque los contó, había tratado de controlar el creciente impulso de estamparlo contra una pared y largarse para no verlo más. Lo único que lo mantenía pegado al asiento era el premio que recibiría por su cooperación. Una vida sin antecedentes penales.

Quiso llamar su atención, pero las diez veces anteriores no le habían servido de nada, así que se quedó callado, dándole pequeños sorbos a su malteada. Era la primera vez en años que estaba tan quieto, haciendo gala de una paciencia que no tenía. Quería creer que Sasuke se daba cuenta de lo incómodo que lo hacía sentir, aunque tenía serias dudas. Soltó un pesado suspiro, mirando distraídamente por la ventana. Las dos figuras que venían caminando hacia la cafetería le subieron el ánimo. Conteniendo una sonrisa, se acomodó mejor en su silla y esperó a que Kiba, en compañía de Sakura, lo ubicaran entre el gentío. Ni un minuto después escuchó a su amigo acercarse a toda velocidad.

—Te he estado buscando toda la tarde —Kiba se desplomó en la silla junto al rubio, ganándose una asesina mirada de Sasuke—. Te llamé, incluso, pero me daba el buzón.

Naruto sacó el móvil de la chaqueta y masculló un insulto. Se le había descargado el maldito aparato.

—Sasuke-kun —la pelirosa se les unió, sosteniendo en una mano una taza de café y en la otra un grueso libro. Se sentó junto a Sasuke—. Naruto —añadió, sonriente.

De repente Sasuke se había enderezado en la silla, todo el mal humor reemplazado por nerviosismo. Aunque nadie, aparte de Naruto, se daba cuenta.

—Dobe, vamos —gruñó, poniéndose de pie.

—¿Dobe? Tienes huevos para creer que puedes insultarme cuando se te dé la gana, teme —repuso, cruzándose de brazos—. Y a mí no me das órdenes, que te quede claro.

—Tú haces lo que yo te diga, te guste o no.

Naruto soltó una risita despectiva, acomodándose mejor en su asiento. A su lado, Kiba y Sakura contemplaban la escena a medio camino de la risa.

—Vamos, Sasuke-kun, cálmate —y en un memorable despliegue de fuerzas, lo sentó de nuevo—. Vas a arruinar mi oportunidad de agradecerle a Naruto por su ayuda, ¿ne?

—¿De qué hablas? —preguntó el rubio.

—Del viernes pasado, cuando se descompuso el auto —continuó la pelirosa—. Sasuke iba a mi casa, pero se perdió. Tuvo una suerte enorme al cruzarse contigo.

Naruto agachó la cabeza abochornado y ligeramente molesto. Así que Sasuke tenía novia. Mierda de vida. Él ya se había hecho ilusiones. Aun así trató de eliminar la amargura en su voz.

—No fue nada, hice lo que cualquiera habría hecho.

—Eso dices porque te da pena admitir que eres buena persona —intervino Kiba—. Deberían haberlo visto cuando todavía estaba en las calles, no le importaba si se metía en problemas con su grupo, ayudaba a quien podía.

—Cállate, Kiba —advirtió.

—Me ayudó a mí, por ejemplo, y gracias a él estoy aquí.

El rubio desvió la mirada, desesperado, y se cruzó con Sasuke. Le pareció que el moreno lo miraba con una mezcla de burla y respeto, que viniendo de alguien como él significaba bastante, así que le permitió a Kiba continuar con la historia de cómo le había salvado la vida, aunque modificando los detalles más escabrosos. Era algo obvio si no quería asustar a Sakura. La verdadera historia era corta pero retorcida. Todo se reducía a una noche, tres años atrás. Kiba formaba parte de la misma pandilla que él y había fallado un encargo. La misión era sencilla, entregar una mercadería, tomar el dinero y listo, pero lo habían seguido hasta la guarida y se desató una guerra de proporciones épicas. Cuando por fin lograron ahuyentar a sus contrincantes, el jefe se la tomó con Kiba. Para ese punto ya le habían metido una paliza y querían rematarlo. Naruto no lo pensó dos veces. Magullado, se lanzó en la trayectoria de la bala, que pasó rozándole el muslo. Ignorando el dolor, aferró a Kiba de un brazo y lo llevó al centro, con Iruka, quien lo recibió como lo había recibido a él años atrás. Tras asegurarse que su amigo estaba bien, Naruto regresó a negociar. Él recibió perdón, pero Kiba tenía una diana pegada en la nuca. Con el tiempo y las aguas las cosas mejoraron y dejaron de amenazarlo. Y allí estaban ahora, limpios y reformados.

—¿Todavía tienes la cicatriz? —Naruto se sorprendió de escuchar a Sasuke hablarle con tanta amabilidad—. Me refiero al disparo.

—Ah, sí. Tengo muchas cicatrices, la verdad —se señaló el rostro—. Estas son las más interesantes. Algún día te contaré, Sasuke, si es que te ganas mi confianza.

—Así se habla, Naruto —terció la pelirosa—. Bueno, supongo que es hora de tomarnos esa foto.

Naruto no tenía que preguntar para saber a qué se refería. Observó a la muchacha acercarse a unos chicos en la mesa contigua y entregarles su móvil. Luego regresó junto a ellos y tras forzarlos en un abrazo grupal, les tomaron la foto.

—Denme sus números de móvil y se las paso —anotó los números y presionó unos cuantos botones—. Listo. No está mal para ser la primera foto.

—Si tú lo dices —susurró Sasuke.

Cuando su reunión terminó, habían pasado un par de horas y ya empezaba a anochecer. Kiba se despidió de ellos y se fue en compañía de Sakura, a quien se ofreció a llevar a su casa. Por su lado, Naruto y Sasuke estaban todavía de pie frente a la cafetería, sin dirigirse la palabra, visiblemente incómodos con la presencia del otro.

—Bueno, me voy —anunció el moreno, aferrando su mochila—. Nos vemos mañana, supongo.

Naruto asintió. En algún momento de la conversación los cuatro habían acordado reunirse al día siguiente en la puerta de la universidad a las siete de la noche para salir a comer.

—Toma —dijo entonces Naruto, entregándole la sudadera. Sasuke, a todas luces confundido, la recibió sin poner reparos—. Te queda mejor a ti.

Lo miró fijamente una última vez y se alejó a toda velocidad por el camino adoquinado. No se detuvo hasta que llegó a un parque a seis cuadras de distancia de la universidad. Aquel día había sido de los más raros de su vida. Se había llevado más de una sorpresa, pero la más molesta había sido encontrarse frente a frente con la verdadera personalidad de Sasuke. Tal vez ese viernes realmente había bebido o había permitido que los nervios tomasen el control de su cuero. Sea como fuere, este Sasuke no le gustaba tanto. Se pasó una mano por el rostro y siguió andando hasta llegar a la parada del autobús.

Eran las ocho de la noche cuando finalmente se apeó en la última estación del recorrido. Cerrándose la chaqueta hasta el cuello, inició el largo camino a su casa. Al vivir en una de las 'invasiones', el nombre con el que se refería la gente de la ciudad a su barrio, ningún autobús realmente llegaba hasta allá. Los dejaba en las vías principales y el resto se debía hacer a pie. Cuando todavía formaba parte de la pandilla, el jefe le había regalado una motocicleta. La tuvo por años y luego la devolvió, el mismo día que se salió para siempre de aquel mundo. Desde entonces vivía del estado, que le daba cierta cantidad de dinero al mes, pero no era suficiente. Iruka lo ayudaba también, comprándole comida y ropa, y cocinando y limpiando como esa mañana.

Antes de darse cuenta, había llegado al callejón. Iba a entrar, pero se detuvo en seco al percibir una figura recostada contra los ladrillos, mirándolo directamente. La temperatura del ambiente bajó más si cabía. El corazón le dio un vuelco y su cuerpo entero se puso rígido del miedo. Un año lo habían dejado tranquilo, con la ocasional visita de uno de los miembros de la pandilla a recordarle que por pura suerte seguía vivo. Pero nunca, en todo ese tiempo, había recibido una visita de él. No necesitaba verlo bien para saber de quién se trataba. El brillo de sus ojos, el olor a cigarrillos caros, y esa risita cruel eran inconfundibles.

—Nagato —el nombre escapó de sus labios antes de ser consciente de que hablaba.

La risita aumentó de volumen y el aludido se fundió con las sombras, en una orden silenciosa. Con las manos causalmente metidas en los bolsillos de la chaqueta, dónde Naruto escondía dos pequeñas navajas, por pura precaución, por fin llegó a la puerta de su casa. Al entrar, encendió las luces y de inmediato dejó de darle la espalda a la puerta. Nagato estaba de pie en lo alto de la escalera, su cabello rubio meciéndose en el viento. Se sostuvieron la mirada en silencio durante un minuto entero, entonces Nagato entró en la casa, cerrando de un portazo.

—Hace mucho que no te veo —su voz, casual, venía cargada de una silenciosa amenaza.

—Teníamos un trato —soltó de inmediato Naruto—. Vete.

Nagato enarcó una ceja.

—¿Eso es una orden, Kyuubi? —Sonrió ampliamente cuando todo el color se drenó del rostro de Naruto—. Pero estás de suerte, porque tengo que irme —se le acercó y le acarició las cicatrices con la punta de los dedos—. Nos veremos de nuevo.

Y tan rápido como había llegado, se fue.

El rubio esperó prudentes cinco minutos antes de correr hacia la puerta y asegurar todos los pestillos. Sudaba frío y le temblaba todo el cuerpo. Tenía que tratarse de una broma. Si Nagato había ido a buscarlo personalmente significaba que lo quería de regreso en la pandilla y él no iba a permitírselo. Respiró profundo, tratando de serenarse, y corrió a encerrarse en su habitación. Se quitó la ropa, se enfundó un pijama, y como niño pequeño se cubrió hasta la cabeza con las cobijas. Él no le tenía miedo a la oscuridad, pero Nagato era su manifestación física y a él si le temía.

Esa noche apenas pudo dormir, sus sueños plagados de hombres con armas, risas crueles, y los ojos inexpresivos de Nagato. Por eso cuando el primer rayo de sol se coló por la ventana, saltó fuera de la cama, directo a la ducha. Se marchó al poco tiempo, con una botella de agua en la mano, usando calentador y camiseta, con el bolso del gimnasio colgado en el hombro. Atravesó el callejón con parsimonia, mirando por el rabillo del ojo en busca de algo sospechoso. Media cuadra más allá, recostado contra una farola, estaba un tipo de negro. Naruto lo ignoró, y siguió andando. Realmente no tenía intenciones de ir al gimnasio y en el bolso llevaba algo de ropa y sus pocas pertenencias. Lo demás se quedaría en el departamento por tiempo indefinido.

Al llegar a la esquina, torció a la izquierda sin mirar atrás. Avanzó con tranquilidad una cuadra y tras comprobar que no lo seguían, echó a correr. Se detuvo cuando estuvo fuera de su barrio y en una de las zonas un poco más respetables de aquella área. Paseó por los callejones hasta cansarse y finalmente se desplomó en el porche de una pequeña casa de una planta. Sacó el móvil y llamó a Iruka.

—Nagato me encontró —soltó ni bien le contestó— y antes de que me montes numerito, te informo que salí de la casa con mis cosas, aseguré todo de la forma que me enseñaste y no tengo a dónde ir.

"¿Dónde estás?"

—No tengo idea, trataré de llegar a la ciudad. Nos podemos encontrar en el centro —echó un vistazo hacia el final de la calle y sonrió. Esa cabellera rosa era inconfundible—. Estaré allá en la tarde.

"Naruto…"

—No te preocupes, te prometo que estaré bien. Ahora tengo que irme. Hablaremos luego.

Colgó en el preciso instante que Sakura se detenía frente a él, cargando con pesadas bolsas de comida. Sin darle la oportunidad de preguntar qué hacía allí, se ofreció a ayudarla. Olvidada por un momento su curiosidad, Sakura le permitió a Naruto entrar, y tras dejar todo en la cocina le ofreció una taza de té, que se fueron a tomar en la sala.

— ¿Vienes del gimnasio? —preguntó la pelirosa, señalando el bolso olvidado junto a la puerta de entrada.

—Como siempre —repuso, evasivo, dándole un sorbo a su taza—. ¿Tú vas a la universidad?

—No tengo clases hasta las diez, pero tenía que hacer compras y preferí hacerlas lo más temprano posible. ¿Vives por aquí?

Naruto negó, más relajado. Un poco del miedo que lo acosaba desde la noche anterior se había diluido en los ojos verdes de Sakura.

—Vivo en las afueras, cerca de la vieja carretera de Suna.

El efecto fue inmediato. Sakura palideció un par de tonos y lo miró como si se tratase de un asesino. Era casi como revivir su conversación con Sasuke.

—Es el único lugar que podía pagar con el poco dinero que tengo, pero pronto me mudaré; al menos ese es el plan.

—Oh, vaya —se notaba que estaba buscando la forma de disculparse—. ¿Planeas ir a la universidad o algo así?

Naruto le sonrió.

—Durante el último año he aplicado a varias instituciones, pero por obvias razones no me han aceptado, así que este proyecto es tan importante para mí como para ustedes. Me borran el expediente si es que lo completo sin problemas —añadió—. Quiero ser abogado, pero en ningún lugar van a aceptar un estudiante de derecho con un record policial digno de estudio.

Sakura se encogió de hombros.

—Ya es un logro en sí mismo que te hayas propuesto cambiar.

—Gracias, Sakura.

—¿Quieres esperarme y nos vamos juntos? Supongo que no vas a regresar a tu casa.

—Por supuesto, yo iba al centro —se acomodó mejor en el sillón—. Ve a cambiarte.

La muchacha soltó una risita y desapareció por el pasillo. Naruto sonrió para sus adentros y cerró los ojos un instante, solo para abrirlos veinte minutos después. Se había quedado dormido. Se enderezó con dificultad, el cuerpo adolorido por quedarse en una misma posición tanto tiempo. Entonces Sakura regresó a la sala, enfundada en ajustados vaqueros negros, blusa del mismo color y su bata de médico.

El camino a la universidad lo hicieron sumidos en una amena conversación, lanzándose preguntas indiscretas e indirectas a cada cual más creativa. Con alivio, Naruto comprobó que Sakura no era novia de Sasuke, sino su mejor amiga y que se conocían desde niños; los dos habían estudiado en el mismo colegio y habían escogido la misma universidad, sacando las notas más altas en los exámenes de admisión. Para cuando llegaron a su destino se sentían como viejos conocidos que no se habían visto en mucho tiempo. La pelirosa le dio un abrazo frente a la puerta de la universidad y le recordó sobre su cita de esa noche. Naruto se quedó de pie en la acera hasta que la chica se desvaneció en la distancia y entonces marchó para el centro, que quedaba casi en la otra punta de la ciudad. No le sorprendió encontrar a Iruka esperándolo, impaciente, en la puerta.

—Bonitas horas de llegar —le espetó el oficial, cruzado de brazos—. Yo aquí preocupado y el otro de paseo.

—No te pongas así —trató de restarle importancia el rubio—. Sólo necesito desaparecerme unos días, hasta que se canse de buscarme.

Iruka le puso una mano en el hombro.

—Tu sabes que no va a detenerse, Naruto.

Muy a su pesar, Naruto tenía que darle la razón.

—Vamos adentro. ¿Nadie está ocupando mi vieja habitación?

Iruka soltó un pesado suspiro y siguió al rubio al interior del edificio.


Por motivos varios no pude publicar ayer, pero aquí estoy. Gracias a quienes se tomaron el tiempo de leerlo. Espero de todo corazón que les guste. Nos vemos en el siguiente!

Bel's.