2. Promesas e incertidumbre

Cuando llegó a la casa, miró a su alrededor para cerciorarse de que no había nadie. Últimamente había cogido la costumbre de hacer lo mismo que solía hacer su padre cada vez que regresaban de ese lugar.

Su mano derecha voló inconscientemente hasta la marca que ahora se encontraba escondida por la manga de su túnica. Seguía doliendo como mil demonios, pero se negaba a dejar que dicho dolor saliera en voz alta. Era un Malfoy y si su padre le viera quejándose, seguramente le reprendería y le diría que fuera más hombre.

Draco apretó los dientes y se quitó el hollín que aún le quedaba en la túnica. Era mejor ocuparse en cualquier otra cosa con tal de no seguir pensando en él y sobre todo, pensando en el culpable de lo que le estaba sucediendo a su familia.

Subió las escaleras que le llevaban al piso superior, girando a la izquierda para dirigirse a la biblioteca familiar. Sabía que, de haber una forma, allí debía ser el primer lugar en el que tenía que buscar.

Estaba casi seguro de que alguna vez le había oído hablar a su padre y al señor Borgin hablar sobre cierto armario. Si recordaba bien, ese «armario» tenía algo especial y también que tenía un gemelo en alguna parte. Cuando él y su madre fueran al Callejón Diagon tendría que colarse en el Callejón Knockturn sin que su madre se diera cuenta.

—¡Espera!

Vio que algo se movía no muy lejos de ella, alzó su varita y lanzó un Avada. No iba a arriesgarse a comprobar nada antes de estar segura de que se había encargado de la amenaza. Se acercó con la varita aún en alto e hizo una mueca de disgusto.

—Tan sólo es un estúpido zorro —murmuró con desprecio bajo la protección de la capucha de su capa, dándole una patada al animal para darle la vuelta con la punta de su bota. Nunca se era demasiado precavido con todos esos Aurores desplegados por todas partes—. Pensé que era un Auror. ¡Cissy, espera!

Gruñó por lo bajo, intentando alcanzar a su hermana quien la estaba ignorando por completo. Se había detenido al ver el rayo de luz, pero después había continuado a paso rápido.

—¡Cissy! ¡Narcissa, escúchame!

Cuando finalmente la alcanzó, agarró su brazo, pero la Malfoy se soltó airadamente.

—¡Vete, Bella!

—¡Tienes que escucharme!

—Ya te he escuchado. He tomado mi decisión. ¡Déjame sola!

Narcissa alcanzó el final de la orilla en donde varios railes bastante destartalados separaban la orilla del río de una estrecha y adoquinada calle. Bellatrix la siguió. Ambas se quedaron mirando por largo rato las casas que enmarcaban esa extraña calle, todas hechas de ladrillo, las ventanas eran grises y casi invisibles en la oscuridad.

—¿Vive aquí? —preguntó la pelinegra, arrugando la nariz, su voz destilaba desprecio—. ¿Aquí? ¿En este nido de muggles? Debemos ser las primeras de nuestro estatus social que pisa este putrefacto lugar.

Sin embargo, su hermana no estaba escuchándola; se había deslizado por el espacio que había entre las oxidadas vías del tren y se apresuraba camino arriba.

—Cissy, ¡espera!

A regañadientes la siguió, su capa se arrastraba por el suelo y vio a Narcissa precipitarse por un callejón y dirigirse hacia una segunda calle idéntica a la anterior. Algunas de las farolas de la calle estaban rotas; las dos hermanas caminaban entre la luz y la oscuridad. Bellatrix alcanzó a la rubia en cuanto giró por otra esquina, esta vez consiguiendo agarrar su brazo y haciéndola girar sobre sus talones para encararse a ella.

—Cissy, no hagas esto, no se puede confiar en él.

—El Señor Tenebroso confía en él, ¿no es así?

—Creo que... el Señor Tenebroso está... equivocado —jadeó la pelinegra. Sus ojos brillando un instante en la protección de su capa mientras miraba alrededor, asegurándose de que, de hecho, estaban solas—. Aún así, se nos dijo que no habláramos de ello con nadie. ¡Sería traicionar al Señor Tenebroso!

—¡Oh por favor, Bella! —gruñó la Malfoy, cogiendo la varita que tenía escondida debajo de su túnica, amenazando con ella a su hermana. La mortífaga simplemente se rió en su cara.

—Cissy, ¿matarías a tu propia sangre? No, dudo que lo hicieras.

—¡No hay absolutamente nada que no fuera a hacer a estas alturas! —Narcissa tomó una profunda bocanada de aire, su voz denotando histeria, y cuando finalmente bajó su varita fue como si empuñara una navaja y de ella salió otro destello de luz.

Bella soltó el brazo de la Malfoy como si éste quemara.

—¡Narcissa!

La otra mujer continuó su camino y la pelinegra se frotó el brazo mientras seguía a Narcissa a través del intenso laberinto desolado de casas. Al final, Narcissa se detuvo en ante el letrero de una calle que rezaba «Spinner's End», en la cual la chimenea de molino de una considerable altura, parecía cernirse sobre ellas como si fuese un dedo. Los pasos de ambas resonaron sobre los adoquines, pasando ventanas tapiadas; otras rotas; hasta que llegó a la última casa de la calle. De ella salía una titilante y tenue luz que se filtraba por las cortinas.

La señora Malfoy alzó su mano derecha y tocó a la puerta antes de que su hermana llegara, la cual iba despotricando por lo bajo.

Ambas hermanas esperaron a que les abrieran la puerta, sus respiraciones estaban ligeramente alteradas. El olor del sucio río llegaba hasta ellas a causa de la ligera brisa que soplaba. Transcurridos unos segundos, un ruido llegó desde detrás de la puerta, la cual se abrió levemente y la sombra de un hombre apareció en el otro lado, mirándolas. Tenía el pelo largo y enmarcaba sus cetrinas facciones y sus ojos eran de un color negro intenso.

Narcissa fue la primera en quitarse la capucha. Su pálida piel parecía brillar a la luz de la luna, su pelo largo y rubio caía como una cascada sobre su espalda, dándole un aspecto estrangulado.

—¡Narcissa! —exclamó el hombre, abriendo la puerta, de modo que la luz cayera sobre ella y también sobre la otra mujer a su lado—. Es una agradable sorpresa.

—Severus —susurró la aludida, inclinando ligeramente la cabeza—. ¿Puedo hablar contigo? Es algo urgente.

—Por supuesto, por supuesto.

El hombre se apartó para dejarla entrar. Su hermana aún seguía con la capucha puesta y, sintiéndose algo ofendida, entró sin ser siquiera invitada.

—Snape —masculló la morena cortante cuando le hubo pasado de largo.

—Bellatrix —contestó él, su delgada boca dibujó una sonrisa algo burlona y cerró la puerta con un chasquido detrás de las recién llegadas.

Las dos mujeres llegaron a una pequeña sala. La única luz disponible era la que provenía de una pequeña lámpara de velas que colgaba del techo de la estancia. Había un sofá gastado y un viejo sillón, la mayoría de los cuales estaban cubiertos por una tela de cuero de un color marrón oscuro o negro; las paredes estaban cubiertas de estanterías repletas de libros y había una pequeña mesa desvencijada. El lugar parecía haber estado abandonado durante mucho tiempo.

Severus le indicó a Narcissa que tomara asiento en el sofá. La mujer dejó su capa a un lado y se sentó, contemplándose las manos que temblaban sobre su regazo. Bellatrix, por otro lado, se deshizo de su capucha con lentitud. Parecía lo opuesto a su hermana menor, sus párpados parecían caídos, su mandíbula era fuerte. Sin notar la mirada fija de Snape en ella, se movió para situarse detrás de la Malfoy.

—Entonces, ¿qué puedo hacer por vosotras? —preguntó finalmente el hombre mientras se sentaba en el sillón que quedaba frente a las dos mujeres.

—Estamos solos, ¿no es así? —cuestionó Narcissa por lo bajo.

—Sí, por supuesto. Oh, Colagusano está en la casa, pero creo que los roedores no cuentan, ¿no crees? —Con un movimiento, apuntó con su varita hacia la pared hecha prácticamente de libros que quedaba detrás de él y con un golpe de ella una puerta secreta se abrió para revelar una escalera bastante estrecha en la cual había un pequeño hombre de pie, helado—. Como habrás notado, Colagusano, tenemos invitados. —Su voz sonaba perezosa.

El pequeño y rechoncho hombre bajó los escalones y se agachó en los últimos para arrastrarse dentro del cuarto. Sus ojos eran acuosos y pequeños, su nariz era puntiaguda y en su rostro llevaba una sonrisa tonta pintada. Su mano izquierda sobaba la derecha que parecía encerrada en un brillante guante plateado.

—¡Narcissa! —exclamó, su voz era irritante—. ¡Y Bellatrix! ¡Qué sorpresa!

—Colagusano nos traerá algo de beber, ¿os importa? —continuó Snape—. Y luego, volverá a su dormitorio.

El pequeño hombre tembló, como si Snape le hubiera lanzado algo.

—¡No soy tu criado! —le espetó, chillando. Sin embargo, evadió los ojos de Snape.

—¿Ah, sí? Me da la impresión de que el Señor Tenebroso te llevó aquí para que me ayudaras.

—¡Eso es, pero no para hacer bebidas y... y limpiar la casa!

—No sabía, Colagusano, que ansiabas meterte en misiones más... peligrosas —dijo Snape arrastrando las palabras—. Bueno, eso puede arreglarse con extremada facilidad. Hablaré con el Señor Tenebroso, no hay problema.

—¡Podría hacerlo yo mismo, muchas gracias!

—Por supuesto que sí —rió Snape—, pero mientras tanto, tráenos las bebidas. Algo de Vino Elfo será suficiente.

El hombre titubeó un instante, parecía dispuesto a discutir pero, entonces, se dio media vuelta y desapareció por una segunda puerta escondida. Se pudieron escuchar golpes y el tintineo de vasos. Unos segundos más tarde estaba de regreso llevando una polvorienta botella en una mano y tres vasos sobre una bandeja en la otra. Puso las cosas sobre la mesa y se apresuró a salir de la estancia, cerrando la puerta con un golpe seco.

Severus sirvió los vasos de vino y les dio uno a cada una de las hermanas. La menor murmuró un «gracias». Bellatrix se mantuvo en silencio, mirando a Snape con desconfianza. El hombre ni se molestó, le parecía más bien gracioso.

—Por el Señor Tenebroso —brindó, levantando su trago y bebiéndoselo de golpe.

Las dos hicieron lo mismo. El hombre rellenó su vaso. Después de que Narcissa se bebiera el segundo, se apresuró a decir:

—Severus, lamento presentarme así, pero debía hacerlo. Creo que eres el único en el que puedo confiar.

El pelinegro la acalló con una mano, después apuntó a la puerta con su varito una vez más y hubo un ruidoso golpe detrás de ella, seguido de un grito. A continuación pudieron oír cómo Colagusano se apresuraba a subir las escaleras.

—Disculpad, últimamente ha cogido la manía de escuchar detrás de las puertas. No sé qué está planeando... ¿Qué decías, Narcissa?

Tomó una profunda bocanada de aire, estremeciéndose y comenzó de nuevo.

—Severus, ya sé que no debería haber venido, también que se me ha ordenado no decir nada, pero...

—¡Entonces deberías cerrar el pico! —bufó Bellatrix—. ¡Más teniendo en cuenta quién está delante de nosotras!

—¿Perdón? —preguntó Snape sarcásticamente—. ¿Qué quieres decir con eso, Bellatrix?

—¡Que no confío en alguien como tú, Snape! Aunque tú ya lo sabes.

Narcissa ahogó un sollozo y cubrió su rostro con las manos. El hombre depositó su vaso sobre la mesa y volvió a tomar asiento, sus manos sobre los reposabrazos, mirando hacia Bellatrix con una sonrisa sardónica.

—Narcissa, creo que deberíamos oír lo que tu querida hermana tenga que decir, así evitaremos que seamos interrumpidos. Continúa, Bellatrix, por favor —le indicó Severus—. ¿Por qué será que no confías en mí?

La mujer morena soltó las preguntas que la carcomían. La desconfianza, la rabia y el desprecio podían notarse a cada palabra venenosa que salía de sus labios. Se sentía traicionada y pensaba que el Señor Tenebroso estaba equivocado. No se podía confiar en alguien que parecía estar tan cerca de Albus Dumbledore, quien había demostrado —en su opinión—, más de una vez que estaba más de parte del viejo que no de Él.

Narcissa permaneció en su posición anterior casi todo el tiempo, a excepción de cuando su hermana insinuó que su marido había sido el culpable del fracaso en el Ministerio.

—¡No te atrevas! —soltó en una gélida, lenta y baja voz, mortal—. ¡No te atrevas a culpar a mi marido!

Snape empezaba a perder la paciencia. Bellatrix era demasiado quisquillosa, desconfiada y eso le ponía de los nervios. ¿Por qué tenía que darle explicaciones a alguien como ella? No que hubiera hecho mucho por el Innombrable.

Antes de que la mujer pudiese lanzar más acusaciones infundadas, la cortó y se dirigió a Narcissa.

—Entonces, ¿qué era ese asunto urgente que querías discutir, Narcissa?

La mujer lo miró, su rostro demostraba la desesperación que la estaba consumiendo.

—Severus, eres el único que puede ayudarme, no tengo a nadie más a quién acudir. Lucius está en Azkabán y... —la Malfoy cerró los ojos y las lágrimas empezaron a brotar de sus ojos, perdiendo ya toda compostura—. Sé que el Señor Tenebroso nos ordenó no hablar sobre esto, que no debíamos desvelar sus planes, pero...

—Si él te lo dijo, deberías obedecer —sentenció Snape—. Ya sabes que la palabra de el Señor Tenebroso debe ser acatada sin rechistar.

Narcissa ahogó un grito de desesperación en su garganta, como si Snape le hubiera lanzado un cubo de agua helada encima. Bellatrix se sintió satisfecha con él por primera vez desde que habían llegado a esa desvencijada casa.

—¡Te lo dije! —le soltó la mujer a su hermana, la victoria tintando su voz—. Incluso él lo dice, ¡no debes hablar! ¡Cierra el pico, Narcissa!

—Sin embargo, resulta que sé lo que intentas contarme. Soy uno de los pocos que lo conoce —dijo el hombre en voz baja—, uno de los pocos a quien Él se lo ha contado. A pesar de ello, yo lo he guardado en secreto, Narcissa, debes ser prudente y no traicionar al Señor Tenebroso.

—¡Lo sabía! ¡Sabía que tú lo sabrías! —murmuró la Malfoy con alivio—. Sé que él confía en ti...

Bellatrix se giró hacia Snape con incredulidad. ¿Cómo podía ser posible?

—¿Lo sabes? —preguntó, el gesto de satisfacción siendo reemplazado por el horror—. ¿¡Sabes del plan!

—Por supuesto —afirmó Snape, como quitando hierro al asunto—. Pero... ¿qué podrías tú querer de mí? Si crees que sería capaz de persuadir al Señor Tenebroso para cambiar de planes, lamento informarte de que es imposible, sería un suicidio.

—Severus... —La voz de Narcissa era menos que un murmullo, las lágrimas empañando sus pálidas mejillas—. Es mi hijo... mi único hijo...

—Te dije que Draco debería estar orgulloso —espetó Bellatrix—, y tú también deberías estarlo —dijo con indiferencia—. El Señor Tenebroso le ha concedido una misión importante. Y te diré algo: Draco no parece querer huir de su tarea, diría que se siente incluso orgulloso de ella, ésta es su oportunidad para demostrar que puede serle útil.

—¡Te lo repito, Bella, eso no es lo que vi! ¡Ya sabemos por qué le dio esa misión! —sollozó Narcissa, volviendo a esconder su rostro entre sus manos—. ¡Sólo tiene dieciséis años! ¡Sé que Él lo ha hecho para vengarse de mi marido, lo sé!

Severus no dijo nada. Evitó mirar a la llorosa forma de Narcissa, como si ese despliegue de emociones fuera algo indecente, fuera de lugar, pero no podía evitar escucharla.

—Por eso le eligió, ¿verdad? —insistió la rubia—. Para que Lucius sufriera.

—Si tu hijo tuviera éxito —comentó Snape—, sería homenajeado por él, más allá que cualquiera de nosotros. —El hombre ni siquiera la miraba. No podía.

—¡Pero no lo tendrá! —estalló ella—. ¡¿Cómo podría? Ni siquiera el propio Señor Tenebroso pudo...

Bellatrix ahogó un grito de exasperación al ver que su hermana había perdido completamente el control de sí misma, toda la compostura que la caracterizaba.

—¿Hablarás con él? Sabes que siempre has sido el profesor favorito de Draco, sé que le aprecias... ¿Le convencerás? ¿No podrías... hablar con él?

—No se puede persuadir al Señor Tenebroso, ya lo sabes, Narcissa. Sería como entrar en la boca del lobo —negó el hombre—. Es imposible. Sabes tan bien como yo que está furioso con Lucius. Oh, sí, lo está y mucho. Era él quien estaba a cargo de la misión y se dejó capturar, junto a muchos otros. Fallaron a la hora de recuperar la profecía.

Narcissa acabó por perder todo el auto-control que la caracterizaba. Incorporándose, se tambaleó hasta llegar al hombre y se dejó caer ante él, agarrándose a sus ropas en un desesperado intento por convencerle, por hacerle ver que no quería perder a su único hijo.

—Tú... tú podrías hacerlo. Podrías tomar el lugar de Draco, Severus. Tú tendrías éxito, claro que sí, y Él te recompensará frente a todos nosotros.

Severus le agarró las muñecas y soltó a la mujer de sus ropas.

—Sé que él pretende que sea yo quien lo haga al final, lo sé. Pero también sé que pretende que sea Draco quien lo intente primero. En el raro caso de que Draco tenga éxito, podré permanecer en Hogwarts un poco más de tiempo, cumpliendo con mi papel de espía. Sabes que el Señor Tenebroso no perdona con tanta facilidad. No pudo escuchar la profecía y eso le molesta más allá de lo imaginable.

—Mi único hijo... mi hijito...

—¡Debería darte vergüenza! —soltó Bellatrix despiadadamente—. Si yo tuviera hijos y él les hubiera elegido, ¡estaría loca de euforia y orgullo y los entregaría al Señor Tenebroso sin dudarlo!

Al ver el despliegue de desesperación de la mujer, jalando sus propios cabellos... Snape la agarró de los brazos, la levantó y la llevó hasta el sofá, sirviéndole un nuevo vaso de vino.

—Bebe y escúchame —susurró calmadamente—. Es posible que pueda ayudar a tu hijo.

—¿Lo harás? Oh, Severus, ¿le ayudarás? ¿Evitarás que nadie le lastime?

—Podría intentarlo —asintió él.

—Sé que estarás allí, ¿le protegerás? ¿Me lo juras? ¿Estarías dispuesto a llevar a cabo el Juramento Inquebrantable?

—¿El Juramento Inquebrantable?

El joven Malfoy se encontraba sentado frente a la mesa de la biblioteca familiar rodeado de libros. Necesitaba investigar bien todos los aspectos de la primera parte de la misión.

Sabía que no iba a ser muy fácil y también que necesitaría mucho más que suerte para poder hacer que eso funcionara.

Todo lo que encontraba eran pequeñas reseñas de objetos que pudieran hacer que las defensas de un lugar se desactivaran por un breve espacio de tiempo, pero, al no saber cuáles eran esas defensas, era casi imposible determinar qué era lo que necesitaba. Albus Dumbledore era de todo menos estúpido. Viejo, sí; estúpido, para nada.

Apartó un nuevo libro, frustrado. ¿Cómo se suponía que iba a hacer que los mortífagos entraran en el colegio? ¿Qué se suponía que debía hacer? Aunque, lo peor era el hecho de tener que matar al director del colegio. Sin duda era un mago excepcional y él tan sólo era un mediocre mago de dieciséis años.

Alzó el pergamino en el que había estado tomando notas y lo releyó una y otra vez. No estaba convencido.

—¿Lo ves, Narcissa? Lo intentará... Claro, claro. Las mismas palabras vacías de siempre. ¡Lo intentará, claro que sí! —se burló Bellatrix.

Snape ignoró a la morena. Sus ojos estaban clavados sobre la desmadejada figura de Narcissa, quien tenía sus manos agarradas, la esperanza brillando en sus orbes azules.

—Lo haré, haré la Promesa Inquebrantable —dijo por fin el hombre de forma calmada—, quizá tu hermana sea tan amable como para ser el Testigo.

La mandíbula de la pelinegra cayó, sorprendida ante la declaración de Snape. Él se arrodilló ante Narcissa y bajo la atónita mirada de la otra mujer, ambos se tomaron de las manos.

—Creo que vas a precisar de tu varita, Bellatrix —se burló Severus con frialdad.

La mortífaga le miró con consternación y sacó su varita.

—Severus, ¿prometes vigilar a mi hijo, Draco Lucius Malfoy, mientras lleva a cabo las órdenes del Señor Tenebroso?

—Sí, lo prometo —contestó él.

Una fina línea de un fuego rojo salió de la varita de la pelinegra y se entrelazó entre las manos de ambas figuras arrodilladas.

—¿Prometes protegerlo del dolor y sufrimiento lo mejor que puedas?

—Lo prometo.

Una segunda línea de fuego se entrelazó nuevamente en las manos de ambos, entrecruzándose con la primera.

—Y si... de alguna forma, Draco fallara —susurró Narcissa, la mano de Snape se movió dentro de la suya, pero no se separó—, ¿prometes llevar a cabo la misión que el Señor Tenebroso le encomendó a mi hijo?

Hubo un instante de silencio sepulcral. Bellatrix lo miró con elocuencia, como si realmente esperara que Snape se echara atrás, esperando a que, al fin, se descubriese como el traidor que ella creía que era.

—Lo prometo.

La cara de pasmado asombro de la morena era todo un poema mientras otra línea de fuego salía disparada de su varita y se entrelazaba sobre las otras dos, el brillo de esas tres lenguas reflejándose en sus ojos.

Draco se incorporó frotándose los ojos con cansancio. Aunque no le gustaba la situación en la que se encontraba, debía hacer lo que pudiera. No quería decepcionar a su madre y mucho menos a su padre.

Ahora era él quien debía ser fuerte y quien debía proteger a su familia, a su madre.

Agarró los libros y volvió a colocarlos en su sitio. Se quedó observando los estantes llenos de libros por un largo rato antes de darse la vuelta y salir de la estancia.

Cuando bajaba la escalera, escuchó el crepitar de llamas en la chimenea indicando la llegada de su madre.