Disclaimer: Los personajes de Magi: The Labyrinth of Magic no nos pertenecen, son de su autor respectivo.
Pareja: Sinbad x Alibaba.
El silencio fue absoluto durante la caminata en el pasillo. Nadie decía nada ni se animaban a opinar, quizá por lo peculiar de la situación. Aladdin sentía a la perfección la mirada de Morgiana a su espalda, la cual reprochaba sin espetar palabra alguna. En cierta forma, ella había tenido razón en sospechar que el día estaba resultando peculiar y que no deberían haber ido a esa fiesta. Ahora se encontraban ellos, junto a Alibaba, siendo escoltados por un par de guardias a través del palacio de Sindria. ¿Cómo había ocurrido esto? Aladdin todavía se lo preguntaba. La simple mención de una palabra y un vistazo los había convertido de enemigos sospechosos a invitados del rey.
Fueron llevados a una puerta enorme y, al atravesarla, se encontraron con un enorme salón. En el centro de éste había una gran mesa, en la cual había platillos de toda clase que se veían deliciosos. El olor de la comida llegó rápidamente a los tres y Aladdin compartió una mirada con Morgiana. ¿Cómo es que de la nada los invitaban a cenar?
La luz de la luna se filtraba por los grandes ventanales cubiertos, aunque la habitación estaba suficientemente iluminada por la luz de antorchas. Cada cosa en ese lugar parecía brillar mientras los tres se acercaban a la mesa, aún con la duda en sus rostros. Ahí notaron a un hombre parado, esperándolos. Se trataba del mismo que había amarrado a Alibaba con unas extrañas cuerdas.
—Sean bienvenidos —dijo éste—. Tomen asiento y en un momento el rey estará con ustedes.
El sujeto no se veía bastante convencido de tener que atenderlos de esa manera. A simple vista, parecía que ni siquiera pudo comprender las intenciones del rey; sólo tuvo que acatar órdenes y eso hacía. Ellos tampoco podían deducir mucho, todo era demasiado raro y confuso. ¿Qué era lo que se traía entre manos?
Pero a Alibaba muy poco pareció importarle demasiado el asunto, no se veía para nada tenso o algo por el estilo. Tan pronto vio toda esa comida puesta en esa gran mesa, los ojos le brillaron y corrió hacia ella para comenzar a devorar todo a su paso como un verdadero animal hambriento. La mandíbula de Aladdin se desencajó al instante por la impresión y Morgiana no estaba muy lejos de mostrar una expresión similar en el rostro.
El pequeño apoyó las manos en su cara y se dirigió donde Alibaba de inmediato. Tenía que hacer algo o sospecharían de su amigo. Rápidamente se sentó a su lado y empezó a imitarlo. Cogió cualquier cosa que se encontró en ese mesón y prácticamente se tragó la comida a mordiscones.
—¡Oh, dios! ¡Esto está delicioso! —dijo intentando sonar animado y hambriento, los cachetes se le inflaban por toda esa comida que tenía en la boca, era una verdadera glotonería.
Miró a Morgiana de reojo aproximándose hacia ellos, con una mirada todavía de confusión. Tan pronto se sentó, Aladdin continuó:
—¡Debef probablo! ¡Ef uma exquifitez! —exclamó, apenas se entendía lo que decía.
—Pero Aladdin —cuestionó—… tú me dijiste que en la mesa había que comer con educ… —Fue interrumpida rápidamente por un trozo de pollo atravesado entre sus dientes.
El otro tragó grueso y siguió.
—¿De qué hablas, Mor? —dijo riendo nerviosamente—. ¡Pruébalo!
Y un montón de comida más fue metida en la boca de Morgiana a la fuerza, sin que ella pudiera entender por qué Aladdin actuaba de esa forma tan extraña.
El rostro perplejo de Ja'far no podía dejar de observar a ese grupo devorando la comida. ¿Qué se supone que era todo este circo? Sólo porque a Sinbad se le había antojado y quiso llevarlo ahí. Ni siquiera le comentó qué intenciones tenía. A veces le daba ganas de matarlo. Sinbad era su rey y siempre lo seguiría, pero también era un idiota. Como si hubiera leído sus pensamientos, aquel idiota entró por la puerta. Al fin daría unas explicaciones, las cuales el consejero estaba ansioso por oír.
En ese instante, Alibaba sintió un olor particular penetrando en el ambiente y paró de comer. Tragó con fuerza lo que tenía en la boca. Era él, estaba ahí. Clavó enseguida los ojos en ese hombre y lo observó detenidamente mientras se acercaba a ellos.
—Al parecer decidieron empezar sin mí —dijo Sinbad sonriendo cuando llegó a la mesa.
—Eh… —Aladdin miró a Morgiana un segundo y al instante sonrió, tratando de disimular en ese instante—. Es que teníamos mucha hambre.
Alibaba se quedó estático en su sitio, mirando al rey, como si fuese una clase de dios a sus ojos. No probó bocado alguno después de su llegada, sólo lo observó en silencio. Siempre se ponía nervioso por su presencia, y ahora que no lo había pillado durmiendo, lo estaba aún más. Incluso pensaba que era mucho más deslumbrante de esa forma, con esos ojos voraces de un sol del crepúsculo y su sonrisa encantadora. Miró sus manos y las vio sucias, en ese momento comprendió que probablemente no estaba bien tenerlas así, por lo que sin pensarlo, se limpió con la ropa de Aladdin.
—Alibaba, no te limpies con mi ropa —susurró entre dientes y sonriéndole forzosamente a ese rey.
Pero a su majestad, más allá de importarle lo que Alibaba estaba haciendo, era el niño que estaba junto a él. Las palabras que había dicho anteriormente, el rukh, ¿acaso él sabía algo respecto a eso? Sinbad sonrió a sus invitados mientras se sentaba en la punta de la mesa y observaba cómo Alibaba dejaba las ropas de Aladdin. Esa ropa, ya la había visto antes. El tipo de túnicas negras, el sombrero de punta, incluso el bastón que siempre portaba consigo; todo eso y la mención del rukh le dio una gran idea de dónde podía venir ese niño.
—Aladdin, ¿verdad? —le preguntó al niño, llamando su atención, y éste asintió—. Las ropas que traes son de la Academia Magnostadt, ¿te has desviado un poco de tu camino a la escuela?
A pesar de que su pregunta iba con cierta broma y simpatía, la cara de Aladdin no reflejó ninguna gracia. Sinbad había dado en el clavo. En el momento que vio a ese niño reconoció el traje y le pareció demasiado intrigante. No era normal que los alumnos de Magnostadt salieran de la ciudad y eso lo sabía a la perfección. Además estaba esa jovencita Fanalis que los acompañaba. No podía dejar de preguntarse qué tipo de cosas los habían traído a su país.
—Me parece que sabe bastante sobre nuestra academia, ¿no es así? —aclaró, tranquilamente—. Ha de saber entonces que los alumnos de Magnostadt están permitidos emprender un viaje después de graduarse.
—Estaba enterado, sí —dijo el rey—. Una de mis subordinadas es la hija del director Matal Mogamett, así que estoy bastante enterado. Además, hace mucho tiempo visité el país, aunque en ese lugar no puede entrar cualquiera, ¿o no, Aladdin?
—Así es —asintió—, es una academia restringida. Se requiere algo más que sólo saber magia para poder entrar. Es bastante difícil su acceso.
—Lo es —le dio la razón y al instante Sinbad pasó sus ojos a Morgiana, sonriéndole a la jovencita—. Veo que estás muy bien acompañado de todas formas. Poder viajar y compartir aventuras con una linda señorita como usted debe ser todo un placer.
La muchacha apuntó una postura rígida y asintió con la cabeza, sin entender del todo por qué le hablaba de esa manera. Luego miró a su amigo Alibaba, quien yacía mirando el suelo con un rostro bastante apenado.
—Son mis amigos —Aladdin los presentó—. Alibaba y Morgiana. Los tres viajamos juntos explorando el mundo. Hey, Alibaba —le llamó la atención con el codo—. ¿Por qué no saludas al rey, eh?
Pero el otro simplemente se encogió de hombros y miró de reojo a Sinbad. No era capaz de pronunciar palabra alguna.
Sinbad observó con una ceja arqueada la forma en que aquel muchacho se cohibía más en su asiento. A él había sido quien Ja'far encontró husmeando en un lugar indebido. Ahora pensaba que su consejero había exagerado un poco en la forma tan violenta de apresarla. Ese chico se veía completamente inofensivo, incluso parecía demasiado avergonzado como para pronunciar palabra. ¿Cómo se podía sospechar de alguien así? Parecía tan normal, una persona muy común, viajando junto a un joven mago y una chica Fanalis.
—Es maravilloso por ir en busca de aventuras —mencionó el rey, con cierta emoción recordando cosas de su pasado—. La emoción de encontrar lugares nuevos, conocer personas, hacer amigos y vivir incontables momentos… Como extraño esos días.
—¡Entiendo cómo se siente, señor! —remarcó Aladdin, impresionado, esbozando una sonrisa—. Es una experiencia inexplicable, que crece y se abre de confianza al conocer lugares desconocidos. De conocer a tus amigos y compañeros por los cuales darías la vida por ellos. Usted ha viajado mucho, ¿no es así?
—Claro, ¿acaso no han oído las historias de mis aventuras? —Sinbad se encontró repentinamente con un silencio incómodo—. ¿Eh…? ¿Nunca? ¿Sinbad, rey de Sindria? ¿Quien formó su propio país y navegó por los siete mares? ¿No les suena?
¿Cómo era posible que alguien no conociera su nombre? Era famoso por sus aventuras antes de volverse rey.
Pero Aladdin siguió con la incógnita pegada en su rostro. Intentó pensar unos momentos de qué estaba hablando ese rey, pero nada le llegaba a la mente. Seguro a donde había estado tan sumergido en la academia y en sus estudios, era que no había tenido tiempo de saber qué era del resto del mundo.
—Claro… el rey de Sindria —murmuró, rascándose la cabeza—. Chicos, ¿conocen las historias del rey de Sindria?
Tanto Morgiana como Alibaba negaron la cabeza al mismo tiempo. Los tres estaban con la duda, pues ninguno ni siquiera sabía quién era Sinbad, hasta ahora.
Por su parte, Sinbad suspiró y se rascó el puente de la nariz. Debía aceptar no podía ser conocido por todo el mundo, pero eso no era importante en ese momento. Recompuso su semblante y se dispuso a ir directo al asunto que le interesaba.
—Entonces ustedes están en una viaje de exploración —dijo—, pero tengo la ligera impresión de que hay algo más que están buscando.
En sí, ése había sido su principal motivo al traerlos ahí. Durante la celebración del festival, Yamuraiha le informó de que había detectado una posible amenaza. La mujer protegía Sindria con una barrera, la cual impedía el paso de enemigos. Sin embargo, algo la había traspasado ese mismo día y al instante esa presencia se desvaneció. Ella explicó que debía ser otro mago y uno muy poderoso, quien era capaz de burlar sus poderes y pasar inadvertido entre toda la gente. Cualquiera que se ocultara de esa forma, no podía traer nada bueno. Por este motivo, habían estado mucho más alerta durante la celebración.
Si Aladdin y sus amigos buscaban algo con su país, prefería saberlo ya para tomar las medidas necesarias, pero algo le decía que no era lo que pensaba.
El joven mago se desconcertó por unos instantes, ¿cómo lo supo? ¿Acaso los había descubierto? No, no podía ser posible. Criaturas como Alibaba pasaban desapercibidas para los magos y las personas, salvo con los otros seres sobrenaturales como él y con un olfato muy potente como el de los Fanalis. Ese rey estaba en lo cierto al saber que ellos estaban ahí por otros motivos, pero la razón de ello no podía saberse. Nadie podía descubrir la identidad de Alibaba. Trató de disimular su sorpresa, conservando la calma y eligiendo las palabras adecuadas. Tampoco era algo de lo cual tuviese que alarmarse tanto, ellos no estaban haciendo nada malo.
—Bueno, yo estoy por asuntos de mi viaje de expedición de la academia —aclaró Aladdin—. Mor y Alibaba simplemente me acompañan. Decidimos pasar la noche aquí y conocer el lugar antes de irnos.
—Claro, claro —asintió Sinbad y se tomó un momento antes de continuar. Esta conversación no sería fácil por lo visto—. ¿Sabes que no está bien mentirle a un rey y menos cuando éste te invita a su mesa?
Sus palabras fueron tranquilas y en ningún momento modificó su expresión. Sinbad compartió una rápida mirada con Ja'far, quien aún seguía parado junto a él, y supo que éste estaba bien atento a la situación. Quizá no era correcto suponer de entrada y acusar a esos niños de querer entrometerse en su territorio, pero era la única forma de cerciorarse si eran inocentes. Si no lo lograba, tendría que recurrir a medidas más drásticas.
—Sindria es un país que se caracteriza por su cultura y la gran cantidad de conocimiento del mundo que posee —sostuvo Aladdin, manteniendo su postura firme y serena—. Simplemente estábamos buscando información que nos podía ayudar al respecto. Tengo entendido que este país permite la entrada a diversas criaturas con el fin de mantener una igualdad entre los habitantes y así, la paz —señaló a Morgiana con una mano, quien por su parte, ya había olido el posible peligro que los acechaba producto de la desconfianza de ese rey y su subordinado, pero Aladdin le sonrió—. Usted se habrá dado cuenta que Mor es una Fanalis, ¿no es así? Nosotros la estamos ayudando para saber más sobre el origen de su especie. Y viajamos juntos para saber más sobre nosotros mismos.
—Oh… —Sinbad no pudo evitar sorprenderse ante esa confesión. Llevó una mano a su rostro, pensativo y su gesto serio no pasó desapercibido para ninguno en esa mesa—. Bueno, supongo que si eso es lo que buscan, no tengo por qué negarles el paso.
—¿Qué? —había espetado Ja'far mirando al rey. ¿Así de fácil cedía ante las palabras de un niño? ¿Qué le pasaba a este hombre? A veces no entendía la forma que tenía de manejarse.
—Les presentaré a unas personas que les ayudarán con su búsqueda —continuó Sinbad—. Por lo pronto, pueden quedarse aquí como invitados. Mañana continuaremos charlando —Se levantó de su lugar e hizo un saludo con su mano mientras sonreía—. Que pasen buena noche.
Los chicos se quedaron viendo cómo el rey se fue, seguido de su consejero y, antes de que la puerta se cerrase, pudieron oír la voz del hombre diciendo "¿Qué demonios fue todo eso?" Qué reino tan peculiar era este.
Aladdin soltó un suspiro, al menos había podido encubrir a Alibaba por el momento. No era como si le hubiese mentido a ese rey, básicamente el conocimiento del mundo era lo que buscaban, pero no podía darle toda la información, había prometido proteger a su amigo y eso haría. Sin embargo, tenía la leve sospecha de que Sinbad no había quedado completamente conforme con lo que le dijo y eso le inquietaba un poco. Aunque eso también podía ser simplemente ideas suyas.
Volteó la mirada hacia sus amigos y vio que Morgiana sacudía a Alibaba por los hombros, esperando que el otro reaccionara. Su cara estaba hecha un tomate, su cabeza cabizbaja y apretaba la ropa con las manos. Sonrió al ver esa escena, a su amigo realmente le gustaba ese rey, y lo bueno de todo esto es que por menos había podido verlo más de cerca.
—Pudiste haberle dicho algo, Alibaba —se rio Aladdin.
—No sé… —susurró el otro, avergonzado, sacudiendo su cabeza.
—Te he dicho que no debes dejar que las emociones te dominen —rebatió—, debes superar tus miedos y actuar.
Morgiana le acarició la cabeza y le sonrió.
—Tú puedes hacerlo, Alibaba.
El pequeño mago lo miró más de cerca y surcó una sonrisa pícara.
—Tu rukh está muy rosado y cada vez lo es más.
Ambos muchachos rieron mientras que Alibaba se resguardaba abrazándose las piernas, cohibido, totalmente sonrojado y casi como si le fuese a salir humo por las orejas.
Fuera de esa habitación, Sinbad caminaba por los pasillos con Ja'far a su lado. Era normal que se enojara por su forma de proceder. Con los años, el consejero se había vuelto bastante organizado y un poco más rígido, cosa que estaba bien, Sinbad necesitaba a alguien así a su lado que lo ayudara; pero el otro no podía comprender los impulsos repentinos y un tanto idiotas que tenía el rey de Sindria.
—¿Desde cuándo dejamos que cualquiera se quede en el palacio? —dijo Ja'far una vez más y Sinbad suspiró cansado, casi sintiendo como si fuera su propia madre quien lo regañaba—. ¿Tan fácil te creíste las palabras de ese niño? ¿Cómo sabes si no miente?
—No lo sé —respondió—, pero ya no podía sacarle más información y usar la fuerza no es una opción —continuó caminando con la vista clavada en el suelo, los brazos cruzados y un gesto pensativo—. No se ven sospechosos, ni siquiera me dieron una mala impresión, pero no puedo dejar de pensar que ocultan algo.
—Claro que no dan una mala impresión, son niños, pero no podemos fiarnos de eso.
—Estás en lo cierto, pero necesito averiguar qué hay detrás de todo —en el instante que levantó la vista, notó que había llegado a la puerta de su habitación.
—Sin… —oyó cómo su amigo le llamaba, con la voz algo preocupada y se volteó a él— ¿qué estás tramando?
—No te preocupes, Ja'far —le dijo con la misma sonrisa que siempre tenía—. Mañana será más fácil sobrellevar la situación con Masrur y Yamuraiha. Tú no te preocupes. Ahora ve a descansar.
—Bien —asintió—. Los mantendré vigilados.
Sinbad no pudo objetar nada. ¿Qué más podía esperar? Ja'far era un ex–asesino, por lo tanto era muy desconfiado y precavido. Ninguno dijo más nada y al fin entró a su cuarto. El día había terminado por suerte y ya podría descansar. Apenas se quitó sus joyas y algunas cosas, para luego tirarse a la cama. No quería pensar en nada más. Ya mañana se ocuparía de sus asuntos pendientes.
Poco a poco se fue quedando dormido, soñando con cosas maravillosas y recuerdos del pasado. Con esa alma mágica y brillante que lo venía a visitar en las noches, la misma que siempre sentía que velaba su sueño. Si tan sólo pudiera verla más de cerca.
Tal vez había sido una mala idea. Que estuvieran lejos y volara al palacio de Sindria para ver a Sinbad por unos minutos era una cosa, ¡pero que se estuviera alojando ahí mismo y que aun así insistiera en invadir su habitación era algo totalmente distinto!
No había podido pegar ojo durante un muy largo rato. A pesar de la habitación lujosa y su comodidad, no lograba conciliar el sueño. Aladdin y Morgiana ya se encontraban profundamente dormidos, pero Alibaba sabía que no lograría dormir hasta cumplir con lo que quería hacer. Estaba ansioso, a pesar de ya haberlo visto de cerca durante esa comida, sentía que no era suficiente. Necesitaba volver a verlo una vez más. Había debatido consigo mismo para no hacerlo, pero sus impulsos habían sido más poderosos. Sin darse cuenta, ya se hallaba volando fuera del balcón de su habitación para dirigirse a la otra. Fue en un abrir y cerrar de ojos, vuelto una ráfaga de fuego, voló fugazmente hacia donde Sinbad se encontraba, dejándose llevar por el olor que lo guiaba.
Odiaba ser tan impulsivo, pero ya era demasiado tarde. Parado sobre el balcón, estaba justo frente al aposento del rey. Esta vez lo había visitado más temprano que de costumbre; pero no pasaba nada si era por unos momentos, ¿verdad? Decidió dejar su fuego atrás y restaurar su forma humana, con el esfuerzo suficiente para lograrlo lo más pronto posible. El poco tiempo que había llevado siendo un ave hacía que fuera más fácil regresar a su otra forma. Aladdin le había advertido, sabiendo que Alibaba volvería a visitar a Sinbad, que no se dejara ver como ave Fénix o se meterían en graves problemas, pues difícilmente podrían escapar si algo ocurría. Cuidadoso y silencioso, abrió paso para aproximarse a su objetivo, el corazón le latía, pero las ganas de verlo eran muy fuertes.
Ahí lo observó entre la penumbra de la habitación y su respiración se cortó. A un paso de distancia de la cama, pudo vislumbrarlo con tal claridad. Se veía tan relajado durmiendo. Estaba tan cerca de él como lo había estado durante la cena. Esto era prácticamente un sueño para Alibaba. Nunca imaginó que, al final de ese día, iba a poder estar junto a ese hombre que tantos pensamientos le robaba. Quizá podría acercarse un poco más si era sigiloso, pero al instante Sinbad se volteó y quedó durmiendo sobre uno de sus costados. Casi creyó que se iba a despertar, pero fue una falsa alarma.
En aquel momento, Alibaba pensó que esto era una mala idea y algo demasiado arriesgado. Mordió sus labios, meditando que tal vez debería irse, pero sus pensamientos quedaron fuera de juego al volver a observar al rey.
Era como estar presenciando un sueño maravilloso. Alibaba lo miraba embelesado, como si se tratase del ser más hermoso del mundo, y para él lo era. Deseó saber, en ese instante, cómo se sentiría tocar la piel de su rostro. ¿Sería tan suave como la imaginaba? ¿Y su largo cabello se sentiría igual? Sus pies se movieron sin que lo ordenase mientras seguía haciéndose preguntas. Inclinó su cuerpo cuando estuvo al borde de la cama y, en el momento que estuvo a punto de cumplir sus deseos, algo pasó.
Los ojos de Sinbad se abrieron y tomó la muñeca de ese chico con una fuerza y velocidad increíble. Lo miró con ojos fieros, inundados de seriedad, los cuales parecían amenazar a Alibaba en ese instante.
—Tú —mencionó el rey—. ¿Qué haces aquí?
Al segundo, Alibaba se estremeció y casi se vio desfallecer. Sí, había sido una pésima idea venir hasta aquí, pensó. La mano de ese hombre sujetaba su muñeca con fuerza, no lo soltaría hasta darle una respuesta. ¿Pero qué le iba a decir? No sabía cómo formular palabras para ese momento, nada se le ocurría. Los labios le temblaban y la respiración se le cortó, la mirada de Sinbad era aterradora, aun en la penumbra de la noche.
—Yo… —Trató de decir, temblorosamente. No tenía palabras, todo lo que había estado aprendiendo sobre el lenguaje humano pareció haberlo olvidado de los nervios. La mirada del rey denotaba aparente disgusto. ¿Qué cosa tenía que decir cuando alguien se molestaba? ¡Ah, sí!—. ¡Lo siento!
Durante los años de su vida, Sinbad había desarrollado un sueño ligero, cosa que era bastante útil. Nunca faltaba el asesino que te ataca mientras duermes y él sabía muy bien sobre esto, así conoció a uno de sus amigos. Había estado soñando, pero su instinto lo despertó al sentir a alguien que se aproximaba realmente a su cama. Actuó en ese instante, pero no esperaba encontrarse con ese chico. La respuesta que le dio no lo conformó en lo absoluto. Arrojó a ese chico contra la cama y se colocó encima de él, sacando un cuchillo que guardaba bajo su almohada. Él era el rey de este país, claro que tenía armas hasta en los lugares más recónditos. Nunca se sabe cuándo las necesitarán.
—Te lo pregunto de nuevo —espetó Sinbad apoyando la daga en su garganta—. ¿Qué buscas? ¿Quién te envió hasta aquí?
Alibaba temblaba bajo el cuerpo de Sinbad, la saliva pasó a duras penas por su garganta. ¿De qué estaba hablando? Realmente no podía entender lo que le decía. Sabía que le estaba preguntando algo, pero no tenía idea de qué responderle. Ver al rey así de serio no fue lo que realmente lo espantó, sino que el arma que portaba consigo era lo que inmediatamente le hizo entrar en pánico. El filo de la misma rozándole la piel lo entumecía, lo iba a lastimar.
El corazón le latía exaltado y respiraba enfáticamente. Las armas humanas le daban miedo, estaban hechas para dañarlo. Tal y como lo hicieron en aquel pueblo del que escapó. No, no quería que sucediera otra vez, no quería sentir dolor. Desde el interior de su cuerpo comenzó a brotar un calor que poco a poco iba aumentando, el terror era tal, que difícilmente podía controlarlo. El instinto de supervivencia crecía, estaba dispuesto a defenderse. Sin embargo, Aladdin le había dicho que intentara controlar sus emociones bajo cualquier circunstancia o terminaría haciéndoles daño a personas que no quería. En ese momento recordó todo el pueblo en llamas que dejó luego de que perdiera el control.
No, eso tampoco lo quería. ¿Si actuaba ahora significaba que Sinbad también terminaría herido por su culpa? Apretó los dientes e intentó controlar su miedo. Era tremendamente difícil, pero tenía que hacerlo. Trató de dominar el calor que seguía creciendo y que podía llegar a quemar al rey. Lo disminuyó todo lo que pudo y luego pensó: ¿Qué podía detener el fuego? Claro, como Aladdin le había dicho una vez, el agua. Buscó por sus alrededores rápidamente la existencia de algún recipiente con agua cerca de él hasta que lo encontró. Canalizó su calor hasta allá y la cubeta voló por los aires junto al agua que se evaporó en cuestión de segundos, estrellándose contra un muro.
—¿Pero qué fue…? —Sinbad no pudo ocultar su sorpresa. ¿Realmente ese recipiente había salido volando de la nada? No, había sido ese muchacho. No tenía idea de cómo, pero él había visto ese jarro y al instante había explotado prácticamente. ¿Qué demonios estaba ocurriendo?—. Fuiste tú.
Apenas había logrado pronunciar algo. Se quedó perplejo mirando a ese chico, aún sin comprender qué acababa de pasar. Su sorpresa fue tanta que, sin darse cuenta, había aflojado un poco el agarre y el cuchillo dejó de rozar el cuello de ese niño. No podía entenderlo, su cabeza estaba dando vueltas. Esto no podía ser un sueño. ¿Qué era este chico?
El joven asintió suavemente, la cabeza le daba vueltas, pero lentamente iba recuperando el control de su cuerpo. Se fijó que la expresión de Sinbad cambió al instante y eso lo alivió un poco. Le pidió, señalando con su mano, que alejara el arma de él.
—No me gusta —le dijo—, me da miedo.
Al instante, Sinbad corrió la daga y la dejó a un lado. ¿Por qué le estaba haciendo caso? Aún seguía demasiado impresionado como para saber qué hacer.
—¿Cómo hiciste eso? —Preguntó volteando a ver el jarro desecho y luego nuevamente al muchacho—. ¿Y qué hacías aquí?
Corrió su mirada, como si intentase ocultar el sonrojo que por suerte el rey no podía apreciar en ese momento. Oprimió sus labios y cerró los ojos, tratando de relajarse cuando evidentemente no podría hacerlo. Ahora que caía en cuenta, el rey estaba demasiado cerca de él, mucho más de lo que había esperado, pero eso no le desagradaba.
—Me… me equivoqué de… habitación —mintió. No sabía qué otra cosa decirle, ni cómo explicarle que solamente quería verlo. Tampoco se lo diría, ni siquiera él mismo entendía bien por qué hacía todo eso.
Esas palabras tomaron desprevenido a Sinbad, casi como si le hubiera dado un golpe en el medio de la cara. ¿Se había equivocado dijo? Ese muchacho no había demostrado ser la persona más brillante del mundo, parecía tener la manía de meterse en lugares donde no debía. A pesar de que la respuesta no lo convenció del todo, lo dejó. Ese niño no tenía malas intenciones y esos ojos brillantes no podían ser los de un asesino o algo por el estilo.
—Está bien —dijo levantándose y extendió una mano al muchacho para ayudarlo—. Siento haber sido tan brusco, pero tengo que cuidarme.
—Lo siento mucho… —se disculpó apenado, dudando si tomar la mano que el mismo rey se la ofrecía. Parecía un sueño. Tomó su mano y el corazón le volvió a retumbar en el pecho cuando sintió su calor, era mucho mejor de lo que había imaginado.
Todo había sido muy extraño y arriesgado, pensó. Pero había valido la pena.
—Tu mano está hirviendo —comentó sintiendo el exagerado calor que expelía—. ¿Estás enfermo? ¿Tienes fiebre? Deberías ir a descansar.
El hecho de sólo oír la voz de Sinbad decirle algo a él hacía que se pusiera mucho más nervioso, incluso la temperatura le subió mucho más. Pero no era un calor quemante y abrasador, era algo diferente. No estaba seguro muy bien de lo que era, por muy raro que fuera, no era desagradable.
Apartó su mano rápidamente de la de Sinbad y le dijo que estaba bien, se echó para atrás un poco y por su torpeza, se resbaló. Tirado en el suelo, se sintió el idiota más grande del planeta. Se puso de lado y se agarró de los cabellos, casi llorando de la vergüenza. ¿Cómo era posible que le pasaran tantas cosas en una sola noche?
—Tranquilo, ¿estás bien? —Sinbad se agachó junto a Alibaba para percatarse que no se haya lastimado y colocó una mano sobre el hombro del joven—. ¿Te lastimaste?
Admitía que casi río al verlo caer de esa forma. Ese niño era muy torpe. ¿En qué momento pudo pensar que realmente era un asesino? Aunque la forma sospechosa en que irrumpió en su habitación dejaba mucho que desear. Sin embargo, la mirada perdida, temerosa y esos movimientos nerviosos no le daban ninguna apariencia hostil. Parecía un pequeño perdido, como lo había visto en un principio. O era un gran actor o realmente estaba perdido.
—No, estoy bien —dijo, mirando de reojo la mano que lo tocaba en su hombro. Oh, dios, aun siendo él un ave de fuego, sentía que el calor que ese rey le provocaba lo iba a derretir en cualquier minuto.
Levantó la mirada y se encontró con la del otro. A pesar de la oscuridad, veía claramente el brillo de esos ojos. La energía de ese rey, su aroma, su esencia, su voz, todo, todo hacía que su mundo se volteara. Enrojeció aún más al mirarlo, estaba cerca, tan cerca… se perdió un momento en su mirada. Era increíble y maravilloso.
—Creo que tuvimos suficiente por esta noche —comentó levantándose y ayudando a ese chico a hacerlo también—. Ve a descansar.
Sinbad llevó una mano a la cabeza de muchacho y le acarició el cabello. No supo por qué tuvo el impulso de hacer eso. Quizá porque aún lo veía asustado y le daba la sensación de que en cualquier momento lloraría, sólo quería tratar de pasarle algo de confianza. Aunque se impresionó al sentir ese pelo tan suave entre sus dedos. Le sonrió al joven y, a pesar de la penumbra, sabía que podía verlo igual.
Alibaba reaccionó de golpe.
—¡Sí, su majes…! Majes… maj… —La lengua se le enredó y se quedó pensando un momento la palabra que no podía completar—. ¡Majestad!
Se fue corriendo a toda prisa de la habitación, con sus piernas flaqueando y creyendo se iría a caer en cualquier instante. Increíblemente todo su cuerpo le latía. ¿Cómo era que la mano de ese rey pudiera hacerlo sentir tan confusamente bien? Aun podía sentir el calor de esos dedos enredándose en su cabello. Era un calor agradable, que no quemaba y no dolía, simplemente lo acogía. Era maravillosamente inexplicable.
Al encontrarse solo, Sinbad regresó la vista al jarro destruido en el suelo y se acercó a él. Aún le parecía demasiado inexplicable el suceso, pero su mente comenzó a trabajar en una respuesta. Ya mañana podría comprobar y acrecentar sus sospechas. Tal parece que se había equivocado. No sólo el pequeño mago y la Fanalis eran peculiares en ese grupo, acababa de descubrir un secreto mucho más interesante y ni siquiera podía imaginarse hasta dónde llegaría.
Aladdin dio un sonoro bostezo mientras caminaba con sus amigos. Los habían despertado muy temprano en la mañana y todavía sentía que le faltaban algunas horas de sueño. Observó a las otras personas que iban con él. Mor estaba totalmente entera como siempre, esa seria chica era muy resistente a todo, el sueño, la fatiga, el cansancio; ella era realmente impresionante. Aunque el que más le llamó la atención fue Alibaba, su amigo se veía muy radiante esta mañana. Aladdin no estaba seguro si era porque ya había amanecido o por su escapada para ver al rey Sinbad. Sonrió al pensar que, quizá, le había ido bastante bien la noche anterior. El rukh a su alrededor se veía completamente animado, cosa que era muy buena. Sin embargo, no todo eran buenas noticias. Junto a ellos estaba el subordinado del rey, Ja'far. Aladdin percibía cierta desconfianza de él, a pesar de que era amable y no le parecía extraño. Estaban bajo sospecha, tenían que irse pronto de ahí o los acabarían descubriendo.
El consejero los guio por una serie de pasillos hasta llegar a los jardines del palacio, donde, al parecer, el rey los esperaba. Lo divisaron a los pocos minutos, junto con un grupo de personas. No supo por qué, pero la situación no le daba muy buena espina.
—¡Oh, buenos días! —Pronunció Sinbad con entusiasmo cuando ellos se acercaron—. ¿Pasaron una buena noche?
Aladdin asintió y rápidamente hizo una reverencia.
—Agradecemos su amabilidad por permitirnos pasar la noche en su palacio —dijo, mientras Morgiana y Alibaba imitaban su gesto.
Se levantó y divisó a las personas que estaban junto al rey. No sabía quiénes eran, pero eran bastante singulares, pensaba. Hubo una persona entre ellos que le llamó mucho la atención. Una joven señorita que estaba con ellos, la cual despedía una gran cantidad de poder mágico. Quizá se trataba de la subordinada que Sinbad había hablado el día anterior, la hija del director de la academia a la que asistía.
—Quiero presentarles a mis generales —dijo y señaló a la mujer junto a él—. Ayer les hablé de ella. Su nombre es Yamuraiha y, al igual que tú Aladdin, ella viene de Magnostadt. Es una maga muy poderosa.
—Es un placer conocerles —saludó con amabilidad la joven.
—Él es Masrur —Esta vez Sinbad se refirió a un hombre que, a comparación de Aladdin y sus amigos, se veía enorme—. Él es un Fanalis al igual que tú, Morgiana, no sé si conocías a otros ya. Bueno, después de todo para eso es que están aquí, ¿verdad?
Las palabras del rey fueron con otra intención y eso débilmente se notó. Ahora podría descubrir un poco más qué se traía entre manos este singular grupo en su país.
Morgiana miró a Masrur con aparente sorpresa. Muy pocas veces había podido apreciar a otros seres de su especie. Le saludó con cortesía y se inclinó levemente. Alibaba y Aladdin miraban a su amiga y hacían la comparación con el otro sujeto, quien era brutalmente enorme. A veces se sorprendían del gran tipo de personas que existían en el mundo. Y mucho más absortos quedaron con los otros dos sujetos que venían después de ese Fanalis. Un hombre con cuerpo de dragón y otro más bastante alto. ¿Podían existir personas más grandes que ellos?
—Hinahoho, proviene de la tribu Imuchakk en el norte —siguió hablando el rey—. Él es Drakon, aunque parezca un dragón alguna vez fue humano y tiene una bella esposa.
—Un placer —saludó aquella persona.
—A Ja'far ya lo conocieron y nos estarían faltando un par de personas aquí.
—Qué típico del espadachín, siempre llegando tarde.
—No creo que debas hablar así de él, Yamuraiha —le dijo Masrur.
—Déjala, Masrur —comentó otra persona apareciendo desde atrás de la escena—. Ella insulta porque sabe que su magia no es nada contra mis habilidades.
—¡¿Qué dijiste?!
Estuvieron a punto de comenzar una pelea, como solían hacer siempre. Sinbad fue hasta ellos y tuvo que calmar la lucha cuando vio la furia en los ojos de la maga, quien estaba por desplegar sus poderes sobre el otro. Siempre era lo mismo con estos dos, no podían parar de pelear.
Por su parte, Aladdin y sus amigos seguían viendo absortos esa escena tan inesperada. ¿Qué clase de generales eran estos? Sin embargo, no importaba cuánto tratara, no pudo evitar soltar una ligera risilla. Le recordaba a sus viejos tiempos en la academia, como cuando veía a sus amigos Titus y Sphintus pelearse por cualquier cosa o como cuando él mismo se metía en la pelea. Cuánto los extrañaba a ellos también.
—Señorita Yamuraiha, ¿no es así? —dijo Aladdin, interrumpiendo aquella discusión—. Así que usted es la hija del director Matal Mogamett, en la academia de Magnostadt se hablaba mucho de que solía ser una maga bastante poderosa, como una de las mejores alumnas de su época. Estoy muy encantado de conocerla.
—Ah, ¿en serio? —Sonrió la joven. Hacía demasiado tiempo que no viajaba a su país natal y le impresionaba que aún se la mencionara. Lanzó una mirada con cierta superioridad hacia Sharrkan y luego volvió con el pequeño—. Bueno, no te han mentido, soy una maga genio.
—Diría que un demonio.
—Cállate y mejor ve a jugar con tu espada —espetó con furia la maga y al instante volvió a sonreírle al niño—. Cuéntame cómo está la academia y mi padre.
La mujer se quedó entusiasmada, charlando con Aladdin y hablando de magia. Sharrkan se sorprendió de que la mujer había encontrado un pequeño nerd de la magia, como ella. Bufó con algo de fastidio, siempre era una lucha continua con ella. Al instante, observó que uno de esos niños se había acercado a él y observaba su espada.
—¿Te gusta? —le dijo al muchacho rubio mientras sacaba su espada para mostrarla. También aprovecharía para lucirse—. ¿Sabes usarla?
Alibaba dio un pequeño salto al ver esa espada ser sostenida de esa forma. Pero tras darle un segundo vistazo, respondió:
—No estoy muy seguro —contestó, mirando la espada con curiosidad. En ese momento, un pequeño destello de sus recuerdos le llegó a la mente—. Pero creo haber usado una más pequeña alguna vez…
—¿En serio? —comentó y al instante se volteó a mirar al rey—. Oye, Sinbad, dale una espada al mocoso. Tal vez nos podamos divertir un rato.
Al instante, apareció Ja'far atrás de él y le golpeó la cabeza, a modo de correctivo.
—Intenta hablar con un poco más de propiedad al menos —regañó el consejero—, ¿no ves que son invitados?
—¡Ja'far! —espetó sosteniéndose la cabeza—. ¡Eso es un abuso!
—Deberían dejar que yo lo golpee —comentó Yamuraiha.
—¿Golpearme a mí? Si no sabes hacer otra cosa que no sea magia.
—¡¿Acaso quieres pelear?!
—Suficiente —bramó el rey parando otra próxima pelea—. Ja'far tiene razón, intenten comportarse y paren de pelear un poco.
Ante aquellas palabras, ambos generales se sintieron apenados y asintieron con la cabeza. Al instante Sinbad sonrió complacido, aunque estaba seguro de que eso no duraría mucho.
—Ven un segundo conmigo, Alibaba —dijo Sinbad haciendo que el muchacho nombrado prácticamente saltara en su lugar de la impresión.
No tuvo tiempo de pensar, simplemente lo siguió. Estaba rígido mientras miraba la espalda de Sinbad. ¿A dónde lo llevaría?
Recorrieron una serie de pasillos y, a pesar de que Alibaba se moría por saber qué ocurría, Sinbad no dijo una palabra. Llegaron a una puerta y, al abrirla, la oscuridad fue lo único que vislumbró. Sus ojos rápidamente notaron una gran cantidad de baúles y cosas allí dentro, pero mucho no quiso observar. El olor a polvo llegó a su nariz al instante, por lo visto mucha gente no entraba a ese lugar. Observó cómo Sinbad parecía buscar algo entre todas esas cosas y Alibaba lo miraba curioso.
—Antes dijiste que usabas una espada más pequeña que la de Sharrkan —dijo mientras se volteaba. Había encontrado lo que quería—. ¿Qué te parece esta?
Miró la espada por unos segundos y su forma se le hacía increíblemente familiar. Tenía una funda oscura, más una insignia bastante distintiva en ella, como una clase de estrella. Esa extraña fijación que tenía hacia esa arma era sumada a una serie de recuerdos borrosos revueltos en su cabeza, sentía que ya conocía esa clase de espadas, ¿pero de dónde?
Tomó la espada, la desenvainó y raudamente adoptó una postura con ella. Sí, era extraño y desconcertante, pero no cabía duda de que algo le llamaba con ese instrumento. Su peso, su tamaño, su forma, todo se le hacía conocido. Era extraño puesto que las armas le producían pavor, pero ésta era diferente, era como si la espada no fuese más que una extensión de su cuerpo. ¿Qué era eso que sentía?
—Puedes usarla para practicar con Sharrkan —comentó Sinbad con una sonrisa en el rostro—. Que no te engañe, parece un hablador, pero tiene muy buenas habilidades.
Tuvo la impresión de haber oído un "gracias" de parte de ese chico. Cada vez su asombro por él iba creciendo. La espada que le entregó era un recuerdo especial para Sinbad y, al ver la cara de Alibaba al recibirla, sólo incrementó sus sospechas. Ya estaba comenzando a formar una idea de qué había detrás de todo esto, pero necesitaría una segunda opinión.
Cuando regresaron a los jardines se encontraron con una escena bastante extraña. Sharrkan y Yamuraiha seguían peleando, pero esta vez se estaban tironeando de los cachetes mientras Ja'far les decía que dejaran de armar alboroto. Ellos eran así y tenía que aceptarlos, eran sus amigos. Por otro lado, Morgiana había empezado a hablar un poco con Masrur, cosa bastante peculiar porque el Fanalis no era muy conversador, pero le sacó una sonrisa ver que pudiera hacer sociales con esa joven señorita.
—¡Alibaba, volviste! —esa fue la voz de Aladdin. Lo buscaron con la mirada y encontraron al niño subido a uno de los hombros de Hinahoho. Aladdin era tan pequeño que hacía parecer al otro hombre como un gigante—. ¡Mira! ¡Este señor es muy grande!
—Y tú muy escurridizo —dijo Hinahoho riéndose. Sinbad también acompañó esa risa. Aquel hombre estaba acostumbrado a tales cosas, tenía varios niños y le encantaba jugar con ellos; aunque ninguno de sus hijos era tan pequeño como Aladdin seguramente.
Alibaba sonrió al ver a sus amigos tan divertidos, pero seguía inquietándole ese sentimiento extraño. Había comenzado a recordar algunas cosas, pero no estaba muy seguro de qué exactamente. Eran sucesos que no podía ver con claridad, tan reales y a la vez tan lejanos. No lo entendía realmente. ¿Acaso estaba imaginando cosas? No lo sabía.
—¿Listo para jugar, niño? —dijo Sharrkan colocando una mano en el hombro de Alibaba, asustando un poco al chico por su repentina aparición.
—¿Eh? —La verdad no tenía idea a lo que se refería—. Claro…
En ese instante, Sharrkan adoptó una postura diferente. Alibaba miró a su alrededor y no entendió por qué Sinbad y los demás se habían alejado repentinamente.
—¡Tú puedes, Alibaba! —le gritó Aladdin para darle ánimos.
¿Que él podía qué? ¿Qué estaba pasando? Al momento, sintió el otro hombre se lanzaba sobre él con su arma y logró esquivarlo sin que le cortara nada. ¿Lo había atacado? ¿Pero por qué? Una vez más lo atacó y, sin pensarlo realmente, Alibaba lo detuvo con el arma que Sinbad le había entregado. Cuando el acero chocó hizo un ruido infernal y eso provocó que su mente trabajara más rápido. ¿Cómo había hecho eso? Sus manos se había movido solas, como si supieran que hacer.
—Mmm, bien —comentó Sharrkan a un metro de él—. Tus reflejos no están mal, pero hace falta más que eso para ganar.
La fuerza que tenía su oponente era incomparable. Retiró su agarre con la espada y retrocedió unos pasos más atrás. Estaba demasiado confundido, ¿qué significaba todo eso? Su cuerpo había reaccionado por sí solo. Su mano derecha sostenía el arma mientras la otra permanecía detrás, a la altura de su espalda baja. No tuvo tiempo para pensar más cuando Sharrkan nuevamente dirigió un ataque, pero Alibaba nuevamente lo esquivó y los metales volvieron a chocar. Su brazo tiritaba por la fuerza que ejercía el otro. ¿Qué estaba haciendo?
La pelea se estaba volviendo entretenida, tanto que todos se había puesto alrededor para mirar. Sinbad observó por unos cuantos instantes. Esos movimientos, esa postura, no conocía nada igual, pero aun así tenía la impresión de haberlos visto en alguna parte. Con disimulo, llamó Yamuraiha y a Masrur a su lado. Los otros dos niños estaban tan concentrados viendo a Alibaba pelear que no los oirían a ellos a unos cuantos metros de distancia.
—¿Qué opinan? —Fue directo al grano y sin ningún rodeo. Tenía ciertas ansias de saber qué pensaban ellos, pero no dejó entrever nada.
—A simple vista —dijo Yamuraiha—, el pequeño se me hace familiar, pero no recuerdo de dónde. Creo que es su rukh, se puede notar que guarda un gran poder.
—¿Y él es de quién hablabas?
—No lo creo —confesó ella después de voltear un segundo a ver a Aladdin—. Dame un poco más de tiempo y te lo confirmaré.
—Bien —asintió el rey—. ¿Y tú, Masrur?
—La chica no parece tener nada raro, es como todos los Fanalis que he visto, pero… el muchacho ese tiene un olor raro.
—¿A qué te refieres? —preguntó con curiosidad la mujer.
—No huele como un humano —sentenció dejándolos helados—. Tampoco como ninguna criatura que yo haya visto antes, pero definitivamente no es un humano.
—Interesante… —susurró Sinbad, llevando una mano a su cara, pensativo.
Miraron hacia donde se estaba produciendo la pelea y Alibaba parecía compenetrarse cada vez más. Sinbad se quedó observando unos momentos más, pensando qué otras cosas le estaban ocultado. En definitiva, estaba seguro que terminaría descubriéndolas muy pronto.
Definitivamente todo era muy raro, pero cada vez más, dejaba de ser confuso. Alibaba sentía que mientras más luchaba, su camino más se esclarecía. No estaba seguro del por qué exactamente, todavía no sabía de dónde provenían esas habilidades que él tenía, pero eso cada vez más dejaba de importarle. La pelea se volvía mucho más interesante con cada choque de espadas. Por un momento pensó que era divertido. Sentía estar danzando entre movimientos ágiles y delicados. Quizá si dejaba de pensar tanto y se enfocaba más en su fuerza podría descubrir hasta dónde era capaz.
Aumentó su nivel y decidió dejarse llevar por el poder de su cuerpo, esa extraña fuerza que lo guiaba a seguir peleando. Cuando Sharrkan se acercó a él con un ataque frontal, Alibaba lo esquivó como una ráfaga y lo atacó de vuelta, logrando cortar una pequeña parte de las vestiduras.
—Oye, oye —dijo su oponente, a modo de reproche—. No te apresures, no eres el único con un as bajo la manga.
El próximo ataque tomó de improvisto a Alibaba, quien a duras penas logró detenerlo. Sharrkan sonrió, él también podía ponerse serio cuando quería. El chasquido sordo del metal, cortando el viento y todo a su paso hizo que también la velocidad de los ataques aumentara considerablemente. La expresión en el rostro de Alibaba cambió totalmente en ese momento, viendo como si realmente lo disfrutara.
Más, quería jugar más. Era extrañamente divertido. La duda y la incertidumbre habían sido dejadas atrás, incluso su aparente miedo a las armas. Es más, se sentía parte de esto, como si siempre en su vida lo hubiese hecho. Con una ágil y rápida vuelta, se zafó del ataque de su enemigo y le devolvió el favor con otra embestida más poderosa. El acero por el impacto se sacudía y el ruido del mismo ensordecía a cualquiera. Sonreía ansiosamente, preguntándose de dónde sacaba todo ese poder. La adrenalina crecía dentro de su cuerpo, y, prontamente, un calor peligroso empezó a emerger poco a poco.
—Oh, no —susurró Aladdin viendo a su amigo, la situación se estaba saliendo de control—. Hay que detenerlo, Mor.
La chica sólo asintió con la cabeza y decidieron acercarse un poco más. Yamuraiha, al igual que Aladdin, estaba terriblemente impresionada con lo que veía.
—Su rukh —dijo la maga— se está moviendo frenéticamente.
—¿Qué? —pronunció Sinbad y al instante sintió cómo si una ráfaga de viento los azotase. ¿Qué estaba pasando?
—Parece magia —escuchó cómo la mujer decía, cubriéndose la cara.
Alibaba, en su frenesí, había olvidado prestarle atención a su alrededor. Su cuerpo se sentía ardiente y desbordante de poder. Tanto así, que incluso creía poder ver las llamas saliendo de la empuñadura de la espada. Estuvo por volver a atacar, pero al instante oyó algo que lo hizo detenerse. Música. Reconoció a la perfección la flauta de Aladdin y sus músculos se relajaron. El niño previó lo que estaba ocurriéndole a Alibaba, cosa que fue una suerte, porque el resto de los generales estaban a punto de caerle encima al joven. Vio cómo Alibaba caía de rodillas y soltaba la espada con la respiración agitada. Por suerte lo detuvo justo a tiempo.
Lentamente regresaba en sí. Su cuerpo le dolía, no estaba acostumbrado a usar su poder muy a menudo y mucho menos en su forma humana, el hecho de recobrar fuerzas ya le era un proceso doloroso. Se sentía algo mareado, pero la música de Aladdin poco a poco lo adormecía. Morgiana cayó de rodillas y se tapó los oídos, aquella flauta la hacía sentir débil, pero no decía ni chistaba nada ya que sabía ese instrumento era muy útil para calmar a Alibaba. El mago suspiró aliviado, hubiese sido muy problemático si su amigo perdía el control bajo su poder.
—¿Todo en orden? —La voz del rey se alzó de repente y lo vieron ahí frente a ellos. Había presenciado toda esa escena junto a sus generales y estaba de más decir que le había parecido algo de lo más extraño.
—Sí… —afirmó Aladdin—. Creo que Alibaba está un poco cansado —dijo y se acercó a su amigo—, ¿estás bien?
El otro asintió agotado, recuperando poco a poco el aliento. No podía ni siquiera levantarse del piso, era como si hubiese perdido una gran cantidad de energía.
—Entonces, llévenlo a descansar y después hablaremos —dijo Sinbad amablemente y se retiró del lugar. Necesitaba pensar. Por su mente estaban pasando muchas ideas y conclusiones alocadas. No creía que fuera lo que él pensaba, pero todo apuntaba a que sí. Después tendría que pensar en un modo de comprobar sus sospechas, pero antes tendría que discutir con sus subordinados.
Alibaba estaba muy confundido, siendo ayudado por Aladdin y Morgiana para levantarse, se puso a pensar en las cosas que acababan de suceder. Más allá del enorme poder que comenzó a emanar de su cuerpo, fue el manejo con esa espada. No comprendía de dónde había sacado esas habilidades o cómo las había aprendido. Los recuerdos borrosos permanecían dando vueltas por su mente, pero nada de respuestas le daban todavía. El poder fue tan grande e incontrolable que su mano derecha quedó con una grave quemadura producida por el fuego. Quizá el arte de la espada algo tenía que ver con su pasado, no estaba seguro en qué, pero probablemente el tiempo le daría las respuestas que necesitaba.
Sus pensamientos fueron interrumpidos por Aladdin, quien, sorprendido, miró la mano herida de su amigo.
—¿Qué te pasó ahí, Alibaba? —Para Aladdin era extraño, aun cuando Alibaba utilizara su poder, era irregular que su propio cuerpo sufriera algún daño con el fuego. ¿Qué le había ocurrido?
El otro simplemente cerró su puño y sonrió.
—No es nada, muy pronto sanará —Él tampoco entendía qué estaba pasando.
Gracias por la espera.
Continuará.
