Howling.

Advertencia: se mencionan condiciones, posteriormente habrá lemon.

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II


Miraba cansadamente cómo de a poco toda la gente se metía en el mismo tren que él, apretándose cada vez más, haciendo que la temperatura incrementara unos buenos grados. Sus ojos se cerraron, tratando de pensar en algo agradable ya que aquel día ya había sido bastante largo y molestoso. ¿Cuándo se iba a terminar? No podía esperar para llegar a su casa. Eran las nueve de la noche y para él ya había pasado una semana entera.

Ya había pasado más de un mes desde el tan famoso accidente, dos muertos y tres gravemente heridos, siendo uno de estos la hija de uno de los embajadores. Todavía no podían atrapar al culpable de lo sucedido y esto ya comenzaba a molestar a todos, todas las mañanas daban la misma noticia y nada nuevo cambiaba, solo algunos sospechosos que realmente no eran nada. Como deseaba que el estúpido que había hecho eso se entregara ¿Dónde estaba ahora? Seguramente como dijeron en el reportaje de la mañana de ese día, quizás ya ni siquiera estaba en Moscú.

Abrió nuevamente sus ojos y se dio cuenta que se había pasado su parada, maldijo ¿Acaso ese día podía ponerse peor? Se bajó en la parada siguiente y decidió caminar, divagar por las calles, prefería eso que ahogarse en los trenes llenos de gente. Se quitó el pesado cinto con su arma y las esposas, además de los guantes especiales para meterlos en la mochila que llevaba en los hombros; incluso con todo eso, era su trabajo su escape emocional. Caminó media hora y ni sabía dónde estaba, había decidido tomarse otro camino ya que ya se estaba oscureciendo y por esos barrios era un poco peligroso, pero ahora se arrepentía de haber doblado en ese callejón. Miró su reloj un tanto preocupado, luego buscó en sus bolsillos a ver si había guardado la placa de identificación policiaca.

Sacó también de su bolso un reproductor de música y se lo colocó, mejor le iba a hacer caso a sus pies y moverse solo, total no había nadie en su departamento que lo esperara y mañana era su día de descanso. Caminó nuevamente sin rumbo fijo, dando un paso tras otro según el ritmo de la canción que reproducían sus audífonos. Dobló una esquina, chocando bruscamente con alguien, él no se cayó al piso, pero esa persona sí. Se sobó lentamente el brazo mirando aquél delgado ser que estaba tirado en el piso, sin moverse. —¿Estás bien? —preguntó preocupado, extendiéndole una mano.

Vio que el rubio asintió con su cabeza y se levantaba solo, encontrando de mala educación que no le aceptara la mano, retirándola y guardándola en el bolsillo de su abrigo. Lo miró fijamente, su piel siendo anormalmente blanca pero su rostro tenía texturas definidas, tenía los ojos más azules que había visto alguna vez. Era de justos decir que tenía bonitos ojos.

—Lo siento.

Musitó, pero Otabek no lo escuchó, sólo se le quedó mirando de arriba hacia abajo ¿Cómo alguien tan delgado podía mantenerse en pie? Su mirada se fijó en sus manos ahora, eran blancas y delgadas, pero a él le gustaban esas manos, le encantaban ese tipo de manos.

—La culpa fue mía.

Trató de buscar la mirada de aquél misterioso chico que no se movía de su lugar, estaba inmóvil, vio como sus manos tiritaban levemente ¿Parkinson? ¿A tan temprana edad? O simplemente era una persona muy nerviosa. —¡Yuri! Te dije que no te alejaras de mí. —vio como alguien más pequeña llegaba y agarraba el brazo del chico, este gesto hizo que el chico se asustara y mirara confundido a todos lados.

—Lo siento, Mila. Es que quería ir a ver algo…

—Sabes que no puedes andar así por la vida con la condición que tienes. —su mirada por fin miró la suya, notando la presencia de Otabek—. ¿Quién eres?

—Otabek. —respondió simplemente, estrechando su mano.

—Mila. —también dio un pequeño apretón de manos, y luego miró extrañada al tal chico llamado Yuri—. ¿Lo conoces?

Negó con la cabeza, si no hubiera sido que se había disculpado hace un tiempo atrás, Otabek hubiera jurado que aquél chico era mudo. De alguna forma la mirada perdida del tal Yuri hacía que su cuerpo se estremeciera, sus ojos denotaban vacío y tristeza, nunca en algún lugar fijo, siempre mirando un poco más alto de lo normal… ¿Quizás era ciego?

—Choqué con él sin querer. —pausó un poco, pensando si debía preguntar o no—. Perdón ¿es ciego?

Vio como los ojos de Yurio se abrieron en asombro y luego un par de lágrimas caían por sus mejillas, Mila se las secó rápidamente y lo abrazó con fuerza. Había dado con el clavo, vio como ella asentía con la cabeza mientras que consolaba al rubio.

—Lo siento. —pronunció Otabek, mirando la pequeña escena que estaba frente a sus ojos.

—No… No importa. —fue Yuri quien rompió el silencio—. ¿Quieres tomar un café con nosotros?

Realmente nunca esperó esa pregunta ni respuesta de algún desconocido, no habían empezado bien y hasta lo había hecho llorar ¿Y aun así lo invitaba a tomar café? Yuri sin duda era un tipo que le gustaría analizar. Los tres caminaron silenciosos hacia la cafetería que se encontraba en la otra esquina, ninguno habló de nada. Yuri aferrado del brazo de Mila y él al otro lado de Yuri, agarrándole a veces el brazo cuando éste perdía un poco el equilibrio.

Se sentaron en una mesa lejana de todos, eran las diez cuarenta de la noche y sólo había una pareja tomando café. Los ojos de Otabek rastrearon todo el lugar y luego sus ojos se volvieron a posar en Yuri, es que sinceramente aquel tipo desprendía algo que le llamaba la atención, tenía un toque de melancolía y eso lo hacía ver un tanto bonito.

—¡Mila! —habló un mesero—. Tiempo sin verte ¿Cómo estás, Yuri?

—Bien… —respondió, su voz siempre siendo baja y leve.

—¿Y quién es él? —ahora la mirada del mesero estaba posada en él.

—Otabek. —respondió rápidamente Mila.

—¡Oh! Yo soy Victor. —le dio un leve saludo, haciendo que Otabek lo saludara brevemente, y cuando sus ojos se encontraron vio una sonrisa que gritaba a los mil vientos felicidad.

—Lo mismo de siempre, Victor. —respondió Mila y luego sus claros ojos miraron a Otabek.

—Sólo un café, oscuro. —Victor asintió y saltó felizmente lejos de ellos, causándole un par de carcajadas a Mila y Otabek.

Pero al unísono se quedaron callados, viendo como Yuri miraba por la ventana. Otabek se le quedó mirando ¿Qué sería lo que estaba cruzando por su mente? Otabek agradeció no estar ciego, sería una de las experiencias más horrendas que le pasaría a su vida. Se preguntó levemente desde hace cuánto que Yuri era ciego ¿O había nacido así? Probablemente la primera opción era la correcta, porque si hubiera nacido ciego no hubiera pasado lo del choque, ya que supuestamente dicen que los ciegos al perder el sentido de la visión hacen que sus otros sentidos se vuelvan más perfectos, como el de la audición.

—Siete…

Miró atentamente a Yuri, era increíble como no podía predecir las siguientes acciones que iba a hacer, por primera vez sintió fascinación por alguien. Yuri le mostraba lo desconocido, le mostraba que tres años en la academia de policía y dos más de entrenamiento militar, no eran nada. ¿Siete? ¿A qué venía aquél número? Supuestamente el número siete se consideraba que relacionaba lo divino de lo humano, cuyo resultado era lo perfecto. Siete era un número religioso, se lo habían enseñado alguna vez en una de las clases.

—¿Otabek? —escuchó su nombre y lo miró un tanto sorprendido, de alguna forma los ojos perdidos de Yuri habían encontrado su camino y lo miraban, un frío inmenso recorrió su cuerpo.

—¿Si? —trató de desviar un poco su mirada, los ojos de Yuri penetraban en su rostro de cierta forma.

—Me gustaría que te quedaras conmigo.

Una propuesta un tanto rara para un ciego, hubiera negado si es que fuera una persona normal, pero el kazajo no podía negar la situación, el rubio era la clase de tipo que nunca podías encontrar, era como un ser tan indescifrable, pero a la vez tan simple. Volvió a mirar sus manos, esta vez no temblaban, se notaba que Yuri estaba decidido a algo.

—¿Seguro? Ni siquiera lo conoces…

—Presiento que lo he conocido toda mi vida, ya conté hasta siete y estoy decidido. ¿Qué dices? —él miró asombrado la escena, de nuevo había sacado a la mesa el famoso número siete, anotó en sus pensamientos llegar a su casa para averiguar más acerca de aquel famoso número.

—Acepto. ¿Cuándo nos vemos?

—Mañana.

Yuri se levantó de su puesto y Mila también, ambos salieron apresurados, dejando a Otabek un tanto atónito. No le habían dicho dónde ni a qué hora, pero no le importaba, podía pasar todo el día en busca de aquella persona que cautivó sus pensamientos.