Ohaio!

Chicas! Lamento no haber actualizado las otras historias...pero las voces, ya saben...me exigian que escribiera LOS OJOS DE SHINIGAMI y tuve que obedecer...¬¬ ( sino la voces no me dejarian en paz y tengo mucho trabajo u_u)

Es muy diferente a lo que siempre escribo... y quiza un tanto violento y crudo, cruel... aun asi... espero sus comentarios...¿creen que deba hacerlo crossover?

Ustedes tienen la ultima palabra. Un beso!

Matta ne!


Dos especies de lágrimas tienen los ojos de la mujer: De verdadero dolor y de despecho.

Pitágoras de Samos.

Capitulo 1: Dulce espera.

Si, seguramente era menor de edad.

La había visto a medias en la penumbra de aquel antro de mala muerte cotilleando con sus amigas, mirando con visible interés al hombre en la barra del bar, emitiendo risillas tontas.

Finamente se decidió.

Con la misma gracia de un gato se había desplazado hasta el lugar junto a él. Le había dirigido una sonrisa perezosa, mientras sus dedos jugaban con un mechón dorado de su cabello, en el más ridículo intento de seducción jamás visto sobre la tierra.

Pero eso - claramente - a él no le importaba.

Sus ojos habían viajado sin disimulo a través del entallado vestido de la joven, hizo un gesto de aprobación y después le había ofrecido una copa.

La chica enviaba de vez en cuando una mirada presumida al resto de su camada, que cuchicheaban y sonreían alentándola.

Él, sin embargo…estaba solo.

¿Cuántas habrían llegado hasta él de ese modo?

A medida que su plática iba tomando forma, note que algo cambiaba en su forma de mirarla. Sus ojos brillaban con la misma expectación de aquella noche, una mezcla extraña entre curiosidad e irritación.

La diferencia de aquella ocasión, es que la chica no sonreía, ni jugaba con su cabello… la chica en cuestión luchaba ferozmente contra él otros tres hombres por su vida…

En un repentino e inesperado movimiento que me tomo por sorpresa, él había tomado un mechón de su rubio cabello y lo había colocado detrás de la oreja de la chica, en su camino había acariciado el lóbulo, en un contacto que pareció tan íntimo, como si fueran amantes de años.

Cruce y descruce las piernas, intentando mantener la compostura.

Me repetí a mi misma que debía permanecer en mi sitio, al fondo del bar, en aquel rincón obscuro donde no podía ser reconocida. Mi vida era de dominio público y si me exponía, mi deseo de justicia jamás se vería cumplido.

La parte más vulnerable de mi, sintió nauseas cuando él sonrió triunfante, pero mi lado cruel se carcajeó al imaginar la sorpresa en su rostro... la angustia y el dolor.

Había pasado tanto tiempo soñando con ese día, planeando cada detalle, cada aspecto… un poco de espera bien valdría la pena.

Después de todo, la venganza era un plato que se servía solo y se comía frio.

Juguetee nuevamente con el bolígrafo en mi mano, esperando el momento idóneo, mientras mis recuerdos me llevaban 2 años atrás.


-¿Necesito reformular mi pregunta Srita. Stanley?

El juez, el tribunal, el fiscal y los espectadores por ambas partes aguardaban en perfecto silencio una respuesta que parecía no llegar.

Jessica se había quedado muda, incapaz de revelar lo que sus ojos ya habían gritado. El abogado defensor esbozo un mohín de suficiencia, mientras le dirigía una mirada depredadora.

-¿Señorita Stanley?

La respiración de Jessica se volvió densa. Su rostro tenía la misma expresión de un niño asustado. El hábil parloteo del defensor la había apabullado, arrinconado y sepultado prácticamente entra la espada y la pared.

-¡Le dije a ella que volviera! - lloriqueo Jessica finalmente.

-¿Ella quien?

-Bella… -dijo posando sus ojos en mi, desorbitados por la ira, el desconcierto y la desesperación - Bella atravesó la calle hasta donde se encontraban esos hombres… le dije que teníamos que irnos, pero no me hizo caso…

-¿En algún momento le pareció que la Srita. Swan estaba asustada? – pregunto el abogado en tono neutro.

-No. Bella habló con uno de los hombres y luego con otro… no, no parecía asustada…

-Usted sin embargo, si estaba asustada –insistió esta vez en tono condescendiente, como si Jessica fuera la víctima de una gran injusticia. -¿Qué sucedió cuando el Sr. Frederick Holmes, aquí presente les sugirió que se quedaran con ellos?

- Sentí miedo.

Jessica dijo esto último con un leve estremecimiento. Había procurado no mirar hacia el lugar donde la defensa descansaba. Era claro que estaba aturdida y confusa; y aun así, sus ojos se habían quedado fijos sobre los chicos apostados en el lado de la defensa.

-Naturalmente… - concedió - ¿Qué hizo entonces, Srita. Stanley?

Jessica lo miro de nuevo con expresión confusa.

-Di la vuelta y corrí… – contestó con obviedad – Corrí tan rápido como pude.

-Dejando a Bella Swan sola.

-Si… yo… - titubeo lloriqueando melodramáticamente – Mmmm me detuve un par de calles adelante, pppe… pero no la vi seguirme… pensé que ella estaría bien, que quería ir con ellos.

-¿Escucho gritar a Bella Swan?

Jessica medito un instante como si estuviera tratando de recordar.

-No.

Aquella sola palabra se sumergió en lo profundo de mi alma y se quedo clavada en mi corazón como una constante de aquella noche. No había gritado. Claro que no lo había hecho. Una punzada en mi rostro me había dejado sin sentido, indefensa, ante los cuatro chicos que escuchaban visiblemente satisfechos con la respuesta de Jessica, quien me miró con ojos visiblemente apenados.

La sensación de estar vacía se incrementó al reparar en la forma en la que el puño de mi padre se cerraba haciendo sus nudillos blancos como un hueso.

Desde la noche que me encontró en el hospital de Post Angels, el no me miraba a los ojos.

Su mandíbula parecía tensa, igual que el resto de su cuerpo. Podía imaginar la vergüenza en su interior… su única hija había expuesto su vida al parloteo de un pueblo entero, arrastrando por los suelos su impecable carrera de Policía.

Debido a mi estado catatónico post partida de los Cullen, todos creían que yo estaba loca. Nadie creía en mi. Había escuchado decir que era imposible que aquellos cuatro inocentes chicos de preparatoria hubieran sido capaces de secuestrar y ultrajar a una persona.

Pero eso había sucedido.

Cuando los vi al otro lado de la calle, creí que se trataba de las mismas personas que me habían arrinconado en una oscura calle y de las cuales, Edward, cual caballero andante, me había salvado.

La curiosidad había chispeado en mi interior y cuando había caminado unos cuantos pasos, su voz había surgido de la nada, reclamándome que cumpliera mi promesa.

Mantenerme fuera del peligro.

No la obedecí, si no que por el contrario, me había acercado al toro de libia e incluso lo había besado, a pesar de que su enorme cornamenta amenazaba contra mi vida.

En aquel momento, cumplir mi promesa no me había importado en absoluto.

-Srita Stanley, - la voz profunda del abogado defensor me hizo volver la mirada hacia el frente -¿considera usted a la señorita Swan una persona estable emocionalmente?

Los murmullos desatados en la sala ante su cuestionamiento, fueron acallados por el fiscal.

-¡Objeción su señoria!– intervino – La Srita. Stanley no es una profesional de la psiquiatría, por lo tanto es incapaz de emitir una valoración medica.

-De acuerdo… cambiaré la pregunta… - admitió el abogado - ¿Vio usted alguna señal en el comportamiento de la Srita. Swan que pudiera sugerir que no era del todo una persona estable?

-Bueno… ella… había estado deprimida por que su novio la dejó.

Los siguientes minutos transcurrieron en cámara lenta.

Jessica describió mi conducta zombie posterior al abandono de Edward y los Cullen detalladamente, retratándome como una adolescente desviada, inestable, posiblemente capaz de crear toda una historia para hundir a los hijos de respetados miembros de la comunidad de Port Angels, familias integradas que habían acudido juntos al juicio de sus progenies.

La madre de uno de ellos, secó las lágrimas de su rostro con un pañuelo y de inmediato pensé en mi madre. Su lugar, junto a mi padre estaba vacío.

-No hay más preguntas su señoría.

Charlie murmuró algo ininteligible antes de levantarse de su lugar y salir del salón, dejándome sola, en medio de un centenar de personas cuyos ojos me miraban con emociones distintas, desde la reprobación hasta la lástima.


Abrí los ojos de golpe.

El sonido de la lluvia sobre la ventana había sido interrumpido por el incesante chirrido del timbre de la casa. Tarde un poco en darme cuenta que era de noche. Me había quedado dormida repasando las notas para el extraordinario de algebra.

A estas alturas, repetir el año escolar era el mínimo de mis problemas.

La situación era que seguía atrapada en Forks. Cuando mis atacantes fueron declarados inocentes de su crimen, la gente alrededor me dio la espalda, incluyendo a mi madre. Cada vez que intentaba hablar con ella, René sollozaba en el teléfono, antes de colgar.

Después del trabajo, Charlie se iba a algun lugar y llegaba por la madrugada, para tratar de estar conmigo el menor tiempo posible.

La escuela se había convertido en un lugar insoportable. Los cotilleos de los pasillos eran ofensivos, violentos. Las chicas me miraban con desprecio y los chicos se acercaban buscando diversión… humillándome de una manera inhumana y cruel.

Me sentía tan sola.

Lo peor de todo, había sido mi descubrimiento. La razón por la cual empezó todo esto.

Aquella suave voz de terciopelo había desaparecido…

Baje la mirada hacia el libro de ejercicios. Ni siquiera había acabado de resolver uno.A ese paso, jamás recuperaría la preparatoria.

El sonido incesante de timbre me puso de malas y baje de inmediato. Conforme bajaba las escaleras, un extraño y escalofriante conocimiento me vino a la mente. A través de las delgadas cortinas de muselina, vislumbre las luces de las torretas de una patrulla.

Charlie no necesitaba llamar a la puerta. Él siempre llevaba sus llaves.

"Bella… lo siento" – susurró una voz atormentada en mi cabeza.

Era la primera vez en días que había vuelto a escucharla, quise esbozar una sonrisa, pero no pude. Aquellas luces había captado mi atención y de inmediato abri la puerta, esperando toparme con el rostro de Charlie.

Mark y Steve, los compañeros de mi padre estaban ahí. Ambos lucían cansados y llenos de una extraña pena, que me causó escalosfríos.


Finalmente.

Pude vislumbrar a través de la densa cortina de lluvia una figura delgada, fuera del bar. La rubia miró de un lado a otro, tratando de encontrar posiblemente a sus amigas. Era una búsqueda inútil, desde luego, hacía más de 20 minutos que ellas se habían marchado, dejándola sola.

Ella froto con vehemencia sus brazos y se encogió bajo el diminuto bolero plateado que hacia juego con su bolso y sus zapatillas.

Hizo alto a un taxi, que paso de largo. Soltó una maldición y quitándose ambas zapatillas, salió a la acera y siguió calle abajo.

No distinguió a la persona que la seguía a distancia, como depredador acechando a su presa.

Lo malo de lugares como ese, eran que no encontrabas alrededor nada más que calles desiertas, obscuras como boca de lobo. Camino tres bloques mas hasta girar de nuevo en sentido contrario, bordeando una calle antes.

Nada. Todo estaba vacío a su alrededor y de repente la chica apresuro el paso.

Posiblemente, algún sexto sentido la había alertado, pero lo cierto es que la actitud segura dentro del bar había desaparecido y ahora no era más que una chica como cualquier otra.

Humana, indefensa y asustada.

Miro de soslayo, a medida que avanzaba hacia un callejón sin salida. Se quedo petrificada, mirando el tétrico espacio al que había sido conducida. Dejo caer el bolero y fijo la mirada en la sombra frente a ella.

El hombre, era tan alto y ella tan pequeña, que sería imposible doblegarlo. Guió la mirada de un extremo de la calle a otro, y corrió en sentido contrario, tratando de hacer una finta sin éxito. La alcanzo antes de que pudiera alejarse lo suficiente y como si se tratara de una muñeca de trapo, la sostuvo de la larga cabellera rubia y la arrojó al suelo con violencia. Cuando ella trato de incorporarse nuevamente, un poderoso puntapié la arrojo de nueva cuenta al suelo. Sus sollozos fueron ahogados por un nuevo golpe que la dejó inconsciente sobre el asfalto lleno de agua. Delicadamente, con la punta de su bota ladeo el rostro de la chica, una y otra vez disfrutando verla indefensa, a su disposición, como si fuera un objeto sin vida.

-¿Querías esto o no, perra? – gruño llevando de una manera muy sugerente su mano a la ingle, acariciando su virilidad, suponía, imaginando la satisfacción de su propio placer.

Imagine entonces lo que me había sucedido a mí y no pude soportarlo mas. Mientras él, se inclinaba sobre ella, ajeno a la torrencial lluvia, luchando por rasgar el entallado vestido.

– No te duermas… - siseo - apenas vamos comenzando…

Tome el bolígrafo con fuerza y saque la libreta de inmediato. Gruesas gotas de lluvia caían sobre las hojas, empapándolas completamente.

Frederick James Holmes

Estaba hecho.

Cuando terminé de escribir su nombre, una profunda satisfacción humana me recorrió y me sentí poderosa, a pesar de que vislumbre como la tinta se diluía con la lluvia, todo estaba hecho.

Había escapado dos veces de la justicia, pero esta vez no.

Fije los ojos en el segundero de mi reloj. 40 segundos…. 40 sagrados y inacabables segundos me separaban de la victoria… me recargue en el cofre del auto.

Un chillido me hizo levantar los ojos.

Mire de nuevo al agresor. La chica había despertado y luchaba contra el, por su supervivencia. Él la golpeo en el rostro una y otra vez, mientras ella arañaba su cara.

40 segundos…

Solo tenía que resistir 40 segundos más…

Se acercó a la chica, besando violentamente su boca y después volvió a abofetearla, esta vez con tal fuerza que ella ya no se movió.

Había retornado a su tarea de desnudarla cuando un feroz grito lo hizo detenerse.

El levanto su mirada hacia mí.

Su rostro no había cambiado mucho, solo la redondez de la juventud había desaparecido, pero fuera de eso, seguía conservando la misma dureza contra la que tuve que luchar en mis pesadillas durante mucho tiempo.

Sus ojos me miraron con curiosidad y consternación. Olvidándose por completo del cuerpo donde su víctima, se puso de pie en un brinco y avanzó despacio hacia mí, con el mismo gesto de los felinos, peligroso y amedrentador.

Pero yo no tenía miedo. Ya había probado antes la efectividad de la libreta y no había duda de que era auténtica.

-¿No me recuerdas? – pregunté en una sonrisa imaginando su desconcierto - ¿ya no te acuerdas de mí? Pasamos buenos momentos juntos… al menos tú…

Retiré la capucha de mi impermeable y lo mire. Sus ojos se abrieron con incredulidad al reconocerme.

-¿ Port Angels? – dijo entre asombrado y divertido. - ¿La hija loca del Policía?

Esto último estallo en una carcajada cruel que me hirvió la sangre. Lo deje reir a sus anchas mientras su tiempo se terminaba.

-¡Claro que te recuerdo! – dijo enfocándose de nuevo – Disfrute mucho contigo…

Un segundo después, sus ojos se abrieron de golpe, y se llevó una mano al pecho. Cayó al suelo estrepitosamente, jadeando de dolor. Se arrastro por el suelo en busca de algo que mermara el ardor en su pecho, pero ya era demasiado tarde.

La justicia lo había alcanzado.

Mi justicia.

Acorte la distancia entre los dos, y me incline muy cerca de él. Sus ojos desorbitados por el dolor se fijaron en los míos, buscando una respuesta a lo que sucedía.

No dije una sola palabra.

Me quede a su lado hasta que su último aliento de vida se escapaba de sus labios y su corazón se detenía muy lentamente.

Y no sentí ni un poco de remordimiento.