-No quiero enfadarme contigo- dice, y me conduce al mar.
La privación de la libertad no es algo que nadie deba tomarse a la ligera, pero cuando no conoces otra cosa te adaptas y te conviertes en un autómata y no tienes tiempo para mucho más que sobrevivir, por lo que finalmente no solo no lo piensas, permites que los que ostentan el poder se lo tomen a la ligera. Pensar en nadar en la playa o disfrutar ociosamente del sol no es algo que suela ocurrir en las mentes de la gente que solo puede ocuparse en mantenerse a salvo. Sin embargo, cuando una generación tras otra se ha acostumbrado a la privación de la libertad, ni siquiera se plantean que les han robado el placer, simplemente porque el placer es algo muy lejano, algo virtual, como para los ricos el sufrimiento de la miseria, del hambre.
En el fondo de mi ser siento un dolor que no se marcha, dolor porque nosotros estamos aquí, disfrutando de este día, mientras nuestro pueblo no puede dejar pasar un instante de sus vidas relajado, mientras que sus estómagos rugen. Es este poso de dolor, creo, el que hace que Katniis sea tan seria, tan tajante, en estas circunstancias no puedes disfrutar al cien por cien ninguna fortuna, si tienes corazón, te sientes en el compromiso de hacer llegar tu dicha a todos los que sufren, porque de otra manera tampoco hay dicha.
El agua está en calma, solo ondea dulcemente y a penas se puede considerar que las olas rompan en la orilla. No sé lo que es nadar, nunca he nadado, aprieto la mano de Katniis y ella me mira, no sé qué cara pongo pero consigo que sonría tiernamente, de una forma casi fraternal, siento que eso no es una actuación, que comprende lo que siento y trata de consolarme.
Nos sumergimos poco a poco de la mano, hasta que el agua me llega al mentón y a Katniis la obliga a nadar porque ya le cubre la boca, lo cual me hace caer en la cuenta de que ahora mide algo menos que yo así que he debido de crecer.
-Lo primero que hay que hacer es sentir el agua dirigirte, sin hacer esfuerzo, hay que impulsarse como un gato
-¿Un gato? –me cuesta imaginarme un gato nadar, la mente de ella puede ser bastante surrealista, y por su forma de hablar Katniis no respeta en absoluto los límites de la realidad, será por eso que creo que posee una gran imaginación
-Quiero decir- arruga los labios pero, supongo que recordando que no quiere enfadarse conmigo, los vuelve a relajar, yo me conformaría con besarlos durante horas –ser grácil.
-Creo que no soy precisamente grácil –digo, recordando el ruido que hacia constantemente en la arena, detrás de Katniis, parecía que toda rama y hoja seca se deslizaban secretamente bajo mis suelas y crujían de forma desproporcionada bajo mis pies, yo trataba de no hacer ruido pero hiciera lo que hiciera siempre pisaba algo escandaloso.
-Colócate- me ordena, y cuando me tumbo sobre el agua siento como me hundo pesadamente, me coge de una mano y me desliza hasta unos pasos más atrás de los dados, donde puede tocar fondo, entonces se pone en pie y coloca una mano en mi abdomen, lo cual impide que me hunda. –Nada, empuja el agua con las manos sin dejar huecos entre los dedos, para impulsarte hacia delante. Tienes que juntar las manos frente a tu cara y después separarlas con las palmas hacia atrás arrojando el agua con tranquilidad hacia tus pies. –me pongo de pie para ver como lo hace ella, no parece difícil, observo que no utiliza los pies, supongo que eso será la segunda parte, y después tendré que sincronizar ambos movimientos. Hago lo que me dice y noto como me desplazo hacia delante en movimientos abruptos –Con eso, ya se puede considerar que sabes nadar.
-¿Ya?
Pasamos así un buen rato, hasta que retira su mano y yo nado torpe y costosamente solo impulsándome con los brazos y las manos, después me dice cómo debo de mover los pies, dado que parezco una rana no creo que esta forma de nadar sea muy digna, pero tampoco la suya parece muy profesional, sin embargo parece comprenderse con el mar, disfrutarlo, amarlo, fundirse con él y a pesar de nadar ella también como un novato, da la impresión de que su fusión es perfecta, debe de ser su sincera e intensa inclinación por la naturaleza, al verla puedo imaginar cómo nadaría un gatito que disfrutara el agua.
Después toca aprender a impulsarse con los pies, ella me da las manos y se va moviendo hacia atrás mientras me impulso, trago mucha agua en este movimiento y a ella le hace gracia, nos contagiamos la risa y acabo tragando más agua por las carcajadas, eso hace que ría más, yo ría más, y acabe de pie tosiendo. Me arde la garganta.
-Es cruel que te rías de tu alumno- digo, con voz ronca, ella sigue sonriendo, sus ojos cristalinos me hipnotizan por un instante, quiero aproximarme, es una constante en su presencia, siempre quiero aproximarme mucho más de lo que estoy a su lado. Mucho más, incluso hasta ser uno. "Te quiero" pronuncio en mi mente, y por un momento me asusto pensando que he podido decirlo en alto, nuevamente, estoy cayendo en esa enajenación obsesiva de la que busco alejarme, que me parece tan insana, tan inmadura.
-Voy por agua- sale del mar y me quedo solo, miro al horizonte y la extensión del agua me encoje el corazón y me hace sentir un extraño júbilo, la luz del sol, las nubes perladas, el cielo de un limpio azul, estos elementos que siempre han estado aquí, sin dramas, sin tragedias… me siento todos esos elementos, al margen de la vida humana, siendo la vida misma.
Katniis me ofrece la botella de agua fría y bebo calmando el escozor de la garganta, y entonces por iniciativa propia vuelvo a echarme al mar, y esta vez me fundo con su movimiento y nado, no sé si grácilmente, pero de una forma que me hace sentir de maravilla. Aunque da cierto temor, hundo la cabeza bajo el agua, con los ojos cerrados buceo un poco, intento volver a sentir la unión de antes con los elementos, sentir el mar, sentir que no ocurre nada malo y que puedo bucear perfectamente si me relajo, y empiezo a hacerlo, abro los ojos y el picor me lleva a volverlos a cerrar, buceo un poco más, salgo a unos metros de Katniis que tiene las palmas de las manos juntas, como si fuera a aplaudirme o acabara de hacerlo, sonrío.
-¿Soy como un gato nadador?
-Sí- dice, y volvemos a reírnos, es curioso, pero por un momento he podido dejar la pesada carga de nuestra existencia, la pesada carga del compromiso con nuestro pueblo de acabar con esto.
Durante cerca de una hora en la que han desaparecido las cámaras o, si están, somos incapaces de localizarlas, nadamos sin mediar palabras, sin tocarnos, puedo librar con alivio mi mente de reflexiones e incluso de mi compañera, me siento en calma, vacío, tranquilo, el mar es maravilloso y lo echaré mucho de menos cuando tengamos que abandonarlo. Como si nos hubiéramos puesto de acuerdo por telepatía, ambos nos aproximamos a la orilla, y vamos hacia nuestras toallas. El sol nos azota, está muy alto en el cielo, deben ser cerca de las cuatro de la tarde y todavía no hemos comido ni nadie ha venido a buscarnos, cosa realmente extraña.
Nos tumbamos sobre las toallas blancas, Katniis está muy seria, como si fuera presa de algún pensamiento confuso, me acerco a ella invadiendo su toalla y me tumbo en su regazo, ella pone su mano fresca y mojada sobre mi mejilla y con la otra me hace cosquillas en la nuca, yo me quedo dormido casi de forma instantánea, por algún motivo sueño que soy un niño, que es mi madre quien me abraza de esta forma y me susurra algo con la entonación de una canción, cuando abro los ojos Katniis canta murmurando, una lágrima se desliza por su mejilla, siento una especie de ardor expandirse por mi pecho y un extraño nervio se apodera de mí como si la cosa más terrible que pudiera contemplar fuera una lágrima en el rostro de ella. Me incorporo sobre ella con desesperación y le tomo el rostro entre las manos, suplicando porque me diga que le ocurre, pero ella no habla, solo mira el cielo. De repente me doy cuenta de la oscuridad que se ha adueñado del cielo, no hay sol ni nubes, el mar está seco, no hay agua, y a lo lejos el símbolo del Capitolio resplandece. Katniis deja de hacerme cosquillas en la nuca, sus ojos se secan, su cuerpo se queda rígido, sin vida. De alguna extraña forma entiendo que todos están muertos, que solo quedo yo y el Capitolio. Grito el nombre de Katniis sin parar pero ella ya está muerta, una ira que jamás he experimentado me abrasa en el interior de mi pecho. El espectro de dos niños, un niño y una niña, muy parecidos a Katniis pero con mi color de pelo, corren por la arena violeta, ajenos al horror. Todo lo que nunca tendré empieza a desfilar frente a mí, traslucido, fantasmal. Empiezo a gritar que eso no ocurrirá, me dejo la voz, oigo una risotada y después me despierto, sintiendo que me estoy ahogando.
-¡Peeta! ¡Peeta! –Katniis está incorporada sobre mí dándome cachetes en la mejilla -¿por qué no respirabas? ¿qué pasa? ¿Peeta?- me incorporo, le miro fijamente, tiene esa expresión angustiada que me hace sentir que le importo, la misma expresión que cuando creyó que había podido comer Jaulas de noche, o cuando la fiebre se apoderaba de mí en la cueva, a veces tengo el esperanzador pensamiento de que me ama pero no puede tenerlo claro en nuestras circunstancias, aunque también está aquel otro chico…
-He soñado que estabas muerta, todos, estaban muertos. He visto como nos… robaban el futuro, no, no puedo, no quiero permitirlo. Ni por todo el dinero del mundo. –apoyo mi frente sobre la suya, nuestros alientos se entrelazan, sus labios irradian frescor.
Las cámaras no están, parece que este es un momento solo de los dos, por lo que ruego una señal para saber que hay algo más allá del teatro. Así, en este estado expectante, los minutos parecen horas. Entonces los labios de ella me rozan, primero presionan los míos y, después, para mi sorpresa, el hueco entre sus labios y los míos se convierte en un espacio compartido. No sé ella, pero yo no había besado nunca antes así, de hecho, no he besado a nadie más que a ella. Por nuestros movimientos torpes y temblorosos, la forma trémula en que nos acariciamos en la humedad de nuestras bocas, creo pensar que estamos en el mismo nivel, y me siento tan feliz de que no haya besado al otro chico de esta manera que rodeo su cintura y la atraigo hacia mí.
Nos tumbamos nuevamente en la toalla, y desaparece absolutamente todo lo que existe salvo nosotros, empiezo a perder el sentido del tiempo, la felicidad me embarga, pienso si esto forma parte del sueño o si es real.
Katniis me atrae con la mano en mi nuca y siento una ráfaga eléctrica recorrerme el abdomen con la nueva profundidad de nuestro beso. Durante un rato combinamos besos de todas las formas que se nos ocurren, en ocasiones ella coge mi rostro en sus manos, otras veces lo hago yo, nos acariciamos la cara, el pelo y nos abrazamos, hasta que volvemos a apoyar nuestras frentes. Katniis tiene los labios muy rojos, e imagino que yo también.
-No hay ninguna cámara, ¿verdad? –pregunto, inseguro. Ella sonríe un poco, me acaricia la mejilla sin mirarme a los ojos y niega con la cabeza, me da la sensación de que siente cierta vergüenza por el arrebato y temo que se arrepienta. Froto con mi dedo índice su hombro, si intento decir algo me dirá que me calle, así que me limito a acariciar ese trocito de piel, mirando fijamente uno de sus lunares, sin decir nada, deseando más y más besos, todos los que se produjeron en mis sueños, y todos los que no. -¿por qué no nos han venido a buscar? –el sol ya ha bajado en el cielo, me gustaría comer algo, pero prefiero aprovechar este momento de intimidad al máximo.
-No lo sé –dice, y se agarra a mí como un monito, con brazos y piernas, por algún motivo siento aquella sensación parecida a una ráfaga eléctrica viajar por mi abdomen, su bañador sigue estando algo húmedo y al abrazarme de esta forma se pega con el mío, sé por dónde quiere viajar esta corriente que me eriza el pelo, siento una extraña necesidad de morder algo, el corazón me empieza a latir muy deprisa, ella me aprieta entre sus brazos y piernas, sé que no lo hace con ninguna intención, ya lo ha hecho otras veces por la noche, en la cama, entre sueños, es su forma de pedir protección.
Como se duerme le cojo en brazos en esta misma posición y me dirijo al tren. Las puertas se abren pero, allí no hay nadie, absolutamente nadie. Tumbo a Katniis en su cama y la beso despacio antes de marcharme. Como algo mientras deambulo por los compartimentos, ni siquiera hay maquinista, ni técnicos, ni avox, ¿qué está ocurriendo? Contemplo la puesta de sol, en soledad, da la impresión de que algo ha cambiado.
