El viento golpeaba suavemente las hojas de los árboles; me mantenían distraída. Odiaba la clase de matemáticas, casi como el 100% de los estudiantes de preparatoria. Esperaba tener unos momentos libres en el cambio de hora.

Acaba de entrar al bachillerato. Me sentía nerviosa, pero nada iba a detenerme. La escuela secundaria siempre fue un infierno. Es lo que siempre le decía a mi madre: los niños son más hirientes de lo que ellos creen. Trata que aquello no me afectara…mas no funcionó, al menos no lo suficiente. Entre a mi nueva escuela sintiéndome aún un bicho raro.

Había entablado conversación el día anterior con una chica simpática. Igual…bueno, no, no igual que yo, pero igualmente callada: Angela. Ella se encontraba entusiasmada por esta nueva etapa. Me contaba acerca de su familia, y sus hermanos. También sobre cómo esperaba encontrar el amor de su vida en la prepa. Bah! Jajaja cómo vamos a encontrar al nuestro "amor de la vida" aquí. Para donde quiera que volteo veo caras raras y poco amigables. En fin, yo la escuché con atención. Me gusta escuchar a la gente y dicen que se me da bien…quizá por eso he considerado estudiar psicología..pero es sólo una consideración. Apenas tengo 16 años, en cualquier momento puedo cambiar de opinión.

Cuando la clase de matemáticas finalmente concluye, Angela me jala del brazo para dirigirnos a la siguiente materia. Oh sí, veamos, Física. Genial. Mátenme ahora.

-Te presentaré a una chica que conocí en el auditorio, en la semana de servicios de salud y demás, la recuerdas?-me dijo una muy animada Angela.

-Sí, aquella en la que estudiantes de universidad me metieron las manos en la boca con sus pulcros guantecillos blancos?, sí, la recuerdo. Desafortunadamente- le respondí con mi mejor sonrisa.

-Ay, vamos, no seas así de apática, Bella. Verás que cuando conozcas a esta chica, te darás cuenta de lo genial que es. Confía en mí.

-Está bien, está bien, te parece esta sonrisa…o, esta otra?- hice un par de muecas para pasar el mal rato- Angela se rio y continúo caminando.

-Eres muy rara, Bella, pero creo que por eso me caes tan bien.

-Supongo que..gracias?- le medio sonreí. No era la primera vez que me decían que era una rara. Ya lo tomaba como un bonito apelativo más. Es decir, de eso a como me llamaban en la secundaria, creo que me quedo con rara.

Llegamos al laboratorio de Física. Aquella materia aterradora. No son buena con los números. No me importa que la física esté en todas partes. Siempre lanzaré maldiciones a aquel que estuvo taaan aburrido como para inventar algo así de turtuoso. En fin.

Angela me jaló con fuerza y me llevo a una de las mesas del aula. Una de las más alejadas del pizarrón. Al menos. Sentada en ésta, había una chica de largo cabello negro. Tenía una pinta todavía más rara que la mía. Eso es exagerar. Aunque, la verdad, yo no me esmeraba mucho en mi arreglo, al menos no tanto como esa chica. Era más bien de las que preferían usar algo cómodo y holgado sin importar la circunstancia.

-Mira, Bella, ella es Tanya. A que su ropa está hermosaaaa. A mí jamás me dejarían vestirme así, te envidio muchísimo, pero, claro, no creas que con malicia. Algún día, yo lo sé, podré ponerme algo similar- mientras decía esto levantaba su puño en el aire, como si estuviera emitiendo una proclama. Lucía graciosa, pero contuve mi risa. No sabía si eso le molestaría.

-Hola, Bella, mucho gusto. – me dijo con una deslumbrante sonrisa. Era una chica muy linda. A pesar de su cabello negro, sus ojos eran de un profundo color azul. Punto menos para mí. Siempre he tenido los ojos del color más inexpresivo que se le ocurrió a la naturaleza: café. Incluso el negro te dice algo, no sé: odio al mundo, estoy deprimido o se murió mi abuelo. Qué se yo. En fin, después de un tiempo dejé de prestarle atención a ese detalle, no es como si me preocupara de que alguien viera mis monótonos ojos.

-Hey, qué tal. Cómo te ha ido en este pequeño vórtice de desastre- mientras le decía eso señalé a los pequeños conglomerados de personas que estaban en todo el salón, supongo que eran los pequeños grupos de nuevos amigos.

-Créanlo o no, muy bien, he encontrado chicos muy simpáticos por aquí, pero…-justo cuando Tanya estaba por continuar, el profesor entro al aula. No. Próxima dos horas de tortura. Puse mi mejor cara de guerrera y me dispuse a intentar entender lo que el profesor anotaba. Bueno, al menos en la segunda semana de clases no dejan tantos deberes. Francamente, no pensaba desgastar mis tardes leyendo física. Prefería hacer las tareas de Biología a..eso de los vectores, y…los vectores, y lo único que entiendo son los vectores.

El día terminó, y me encaminé a mi camioneta roja para ir a casa. Tenía que preparar la cena antes de que llegara papá del trabajo. Mi madre seguro andaría por ahí con sus amigas y llegaría tarde.

-Bella!, te vas tan pronto?, no vas con nosotras a tomar algo?-me preguntó Angela desde lejos. Atrás, se encontraba Tanya recargada en un bonito coche azulado.

-Lo siento, debo llegar a cocinar la cena. Quizá en la próxima ocasión no se libren de mí- terminé con una sonrisa y me monté a la camioneta. Iba pensando en mis nuevas compañeras. Al menos ya tenía con quien hablar o con quien ocultarme después de hacer el ridículo en clase de deportes. No tengo equilibrio. Nada, es nulo. Tengo dos piernas y dos brazos izquierdos. Aunque eso sea biológicamente imposible, pero hey! Llevémoslo a un extremo. En realidad no tenía nada, nada nada de equilibrio. Ni siquiera cuando caminaba. Me he caído tantas veces de las escaleras, que estamos a nada de tener una íntima relación.

En fin. Cociné lo primero que se me vino a la mente. Arroz con carne asada. Papá estaba acostumbrado a la comida con mucha grasa, pero eso no ocurría cuando yo estaba al mando de la merienda. Oh no. De mí dependía que dejara de comer esas cosas tan asquerosas.

Estaba por terminar de lavar los utensilios que empleé para la cena, cuando escuché un coche…seguro era papá. Mi padre era Jefe de policía, en nuestro pequeño pueblito alejado del mundo.

Cuando escuché mucho ruido y pasos apresurados me dí cuenta de que, sí, era mi padre. Siempre tan ruidoso.

-Bella, hija, huele muy bien, qué cocinas? Acaso son hamburguesas? Huele a carne. Mmm- se relamió los labios mientras se acercaba a revisar las ollas.

-No, sabes que conmigo no comerás esas cosas. Anda, ve a lavarte y serviré todo- hizo una mueca de decepción y se encaminó al baño de la planta baja. Suspiré. La rutina de todos los días.

Serví los platos y los coloqué en la pequeña mesa que teníamos en la cocina. Papá se sentó y comenzó a preguntarme sobre la escuela. La verdad era que no tenía mucho que decirle. Además de que se preparara para recibir malas calificaciones en todas esas materias que eran mi talón de Aquiles. Como..sí, FÍSICA. Él sólo rio y me dijo que yo sabría como resolverlo. Bueno, apreciaba su confianza en mi cerebro. Al menos alguien, yo no, creía en él.

Terminamos de cenar y subí a mi alcoba. Enterré mi rostro en la almohada. Y cuando estaba por quedarme dormida, recordé que tenía aún mucho por hacer. Ordené mis útiles, me di un baño y cepillé mi complicado cabello. Pensaba, otra vez, en mi nueva rutina. Probablemente iba a hacer las mismas cosas por los próximos tres años de bachillerato. Escuela, cocinar, comer, tarea, bañarse, dormir…y despertar.

Esa noche, mientras comenzaba a caer en el sueño, no imaginé lo alejados que estaban mis pensamientos de la realidad.

Esos tres años de preparatoria serían todo…menos rutinarios.