Los jóvenes Caballeros de Oro tenían su atención completamente centrada en la pantalla del televisor. Afrodita no acababa de entender muy bien por qué, pero se resignaba a escucharlos celebrar o lamentar con gritos cada jugada, que era un idioma extraño para él.
Hacía de anfitrión un tanto resignadamente, la misión recién terminada que había requerido de todos ellos los llevó hasta Atenas, donde Afrodita acabó revelando (muy a su pesar) que mantenía ahí un apartamento.
Era un lugar pequeño al que consideraba su refugio secreto y lo sentía un poco invadido por sus ruidosos compañeros, pero de todos modos los recibió con una sonrisa y preparó para ellos una pequeña montaña de botanas (cosas que no acostumbraba comer) y refrescos para que pudieran disfrutar del único partido de ese Mundial de Fútbol que podrían ver completo antes de regresar al Santuario.
Sí, todo estaba perfecto y se preparó para mantener su sonrisa amable mientras los demás disfrutaban del partido y él se aburría como una ostra.
Lo que no esperaba fue que ver a Aldebarán sentarse a su lado en el sofá para picar del tazón de fruta que había reservado para sí mismo.
-Pensé que comerías palomitas, tortillas tostadas y galletitas con dips y salsas, como los demás -comentó, risueño, al tiempo que giraba el tazón para que las mejores fresas y cuadritos de mango maduro quedaran más cerca de su invitado.
-Esto es más sano -Aldebarán le dedicó una gran sonrisa y Afrodita se encontró a sí mismo sonriendo también, esta vez genuinamente-. No eres muy aficionado al fútbol, ¿verdad?
-Oh, no es que me disguste, es que me cuesta mantenerme concentrado en lo que pasa durante noventa minutos.
Aldebarán rodeó los hombros de Afrodita con un brazo y atrapó otro trozo de mango.
-Pero no lo hiciste tan mal la única vez que jugaste con nosotros, cuando éramos niños.
-¿Te acuerdas de eso? -Afrodita rio brevemente-. ¡Milo me anotó siete veces!
Otra vez aquella sonrisa deslumbrante.
-Los dos sabemos que pudiste atajar la bola en cualquiera de esas. Incluso pudiste salir y anotar al otro lado, como hacía René Higuita, Máscara Mortal parecía de palo. Pero si lo hubieras hecho, le habrías quitado la ilusión a los más pequeños. Eras uno de los mayores y ganar habría sido demasiado fácil.
-No lo digas muy fuerte, Milo todavía presume por ese partido.
-Oh, seguiré hablando bajito.
-Bien, ya que estamos en confidencias… -una rápida mirada sirvió para asegurarse de que los demás solamente prestaban atención al partido, como si la vida se les fuera en ello- te diré un secreto: Máscara también dejó que Mu anotara todo lo que quisiera. Ninguno de nosotros quería quedar como un abusivo delante de Saga.
-Oh, y yo que creí que lo hacías por la generosidad de tu corazón. Y porque le tenías cariño a Milo.
-¿Yo? ¿Tenerle cariño a ese niño regordete de mejillas de manzana que me seguía todas partes y me dijo "mamá" una vez delante del Patriarca? ¿De dónde sacas esas ideas?
-No lo sé. He pensado muchas veces en ese partido en la playa. El que ustedes, los mayores, colaboraran tanto para organizarlo en cuestión de minutos… creo que nunca podré terminar de agradecerlo.
-Bueno, se notaba que era algo importante para ti -Afrodita se puso serio-. La mayoría no recuerda gran cosa de su tierra de origen cuando llega al Santuario, pero tu memoria de Brasil era muy clara y era evidente que echabas de menos tu primer hogar.
-Tú también recuerdas bien Suecia. Y a tu familia, ¿verdad?
Afrodita asintió. De pronto tenía un nudo en la garganta.
En el silencio que siguió, Aldebarán tomó un par de fresas más del tazón y las masticó despacio.
-Yo era un niño de las favelas -dijo, al cabo de un rato-. Soñaba con ser un gran futbolista, pero eso fue antes de que la Orden me encontrara y me diera un nuevo propósito en la vida. De todos modos, aunque soy feliz como Caballero de Tauro, sigo amando el fútbol.
-Habrías sido un gran jugador… Los del otro equipo huirían aterrorizados al verte. Más que jugador de fútbol soccer, pareces de fútbol americano…
-¿Fútbol americano? ¡No blasfemes! -Aldebarán rio a carcajadas-. ¡Eso no es un deporte!
Afrodita parpadeó sorprendido cuando Aldebarán apoyó su frente contra la de él, pero el gesto, aunque se sentía muy íntimo, no lo incomodó.
-En fin, lo que quiero es darte las gracias, con algo de retraso -la voz de Aldebarán bajó de tono-, por seguirle la corriente a un niño y dejarlo soñar un rato.
-Oh… yo también lo disfruté, aunque sigo sin enamorarme del fútbol.
-Curiosa elección de palabras.
-¿Eh?
-"Enamorarme", tengo la impresión de que fue ese día, mientras pateaba una pelota de trapo, que empecé a enamorarme de ti, Afrodita.
¿Por qué había un silencio tan profundo en ese momento? Afrodita no era capaz de apartar sus ojos de los de Aldebarán para comprobar por qué era que lo único que escuchaba en ese momento era al narrador del partido y los latidos de su corazón.
-Eso fue… hace una eternidad. ¿Por qué lo mencionas ahora? ¿Justo hoy?
-Llevo años reuniendo valor para decírtelo. Y pensé que tal vez el fútbol me traería suerte hoy -el brazo que reposaba sobre los hombros de Afrodita apretó un poco, cariñosamente-. ¿Puedo besarte?
-Me encantaría… Eh, pero… te estás perdiendo el partido…
-Este segundo tiempo es más importante.
Aldebarán se inclinó para besarlo. Sabía a fresa y mango maduro, y Afrodita no encontró motivos para quejarse, a pesar de los gritos con los que los demás celebraban un gol de Brasil.
