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El carro se paró con un chirrido y un baúl golpeó a Salazar en la cabeza. Se despertó mareado, y escuchó acercarse unos pasos. Con agilidad salió de allí y se escondió debajo. En un charco que había a su lado miró su reflejo borroso y antes de ver asomar las primeras lágrimas de la mañana salpicó el suelo con su mano. El agua estaba relativamente limpia así que se lavo la cara y las manos procurando no hacer ruido.

-Bajemos esto. El señor debe de estar esperándolo.- era una voz fuerte y disciplinada seguramente de un criado.

-El señor llegó hoy con su dama. ¿Saben de donde vinieron? Llevaba una cajita en las manos… ¿Qué creéis que…?-esta otra parecía de una mujer, por lo que justificaba su curiosidad. Las mujeres siempre estaban más al cotilleo y a los pequeños detalles. Aunque no solían ser fuentes muy fiables.

Salazar esperó a que se marcharan y se encaminó a las cocinas. La mayoría de los castillos eran iguales así que las cocinas solían estar en el mismo sitio. Llegó sin que nadie le pillase, pues era bueno en esto. Aún recordaba las salidas con su hermana hacia las cocinas. No porque tuvieran hambre, si no porque les gustaba oír a las mujeres hablar. Cotilleos del pueblo, de lo que se cocía en este castillo y en otros, las noticias de alguna boda e, incluso, a veces había algún viajero que por un poco de comida les contaba historias de sus caminos. No importaba su veracidad, solo la capacidad de cautivar.

Llego a una sala vacía, con dos bandejas en la mesa. Se dispuso a rebuscar alrededor suponiendo que lo de las bandejas estaría contado.

-¿Qué haces? ¿Es que no ves lo que tienes en la mesa? Ándate arriba y lleva el desayuno a los señores.- una nueva voz le sobresaltó en su búsqueda.

-Eh…si-le había venido la excusa perfecta.-Pero tengo sed.

-¡Que tienes sed!-resopló con disgusto la mujer-¡Y los señores hambre!

Salazar se acercó a las bandejas, cogió una y se tambaleó. Consiguió poner la bandeja en la mesa y agarrarse algo.

-A lo mejor sí que necesitas algo- dijo la mujer mientras se dirigía a una jarra de agua. De espaldas no vio como Salazar sonreía. –Toma, bebe. Cuando vuelvas…

No terminó la frase pero Salazar se encaminó más confiado a las escaleras. Haciendo memoria recorrió el camino hacia el dormitorio de sus padres. Solo que esta vez, quienes dormían allí, no eran ellos. Dejó las bandejas en una mesilla, y corrió a abrir las grandes cortinas. Pero se detuvo. La estancia ya estaba iluminada y no había nadie. Retrocedió en busca de la puerta un poco perdido.

-Tranquilo. Puedes dejarlas aquí. Nosotros nos encargaremos de ellas.

Salazar se volvió y no vio a nadie. Pero reconoció esa voz como la que había hablado ante el posadero. Poco después de haber salido del pueblo, se había sumido en un sueño lleno de baches y caminos por lo que no había oído la conversación. Así que confiado volvió a las cocinas.

-Ven acá. Mírate un momento.-La cocinera ya le volvía a gritar, pero esta vez no parecía regañarle.- Necesitas un buen baño, no como el de los señores, pero no pasaría nada porque te dieras un buen remojón en el río. Sale de detrás de donde están las despensas. Ve a bañarte y vuelve, que luego te daré algo de comer.

Salazar se encaminó hasta allí, un poco más alegre. Se miró en el reflejo y vio un rostro pálido, con cabello azabache y ojos verdes, cual una serpiente. Era la cara de un niño. Tocó la superficie con el pie, y acto seguido se zambulló sin ropas. Nadó alrededor de las rocas y se recostó contra una. Dejó que su mente fluyera a la deriva. Recordó a sus hermanos, y el recuerdo le arrancó una sonrisa de los labios.

Una risita le sacó de sus pensamientos.

-No estás tan horrible cuando te has dado un buen baño. Pareces menos feo de lo que eres en realidad.

Salazar se volvió y vio a una niña que no parecía ser más mayor que él. Doce años, no más.

-¿Mi ropa?- preguntó pasando por alto sus otras palabras

-Quemadas.-dijo la niña con sencillez

-¿Qué? ¿Estás loca? ¿Y ahora qué me pongo?-preguntó sorprendido

-Esto.- y dejó unas ropas de peor calidad pero en mejor estado en una roca.-Adiós

Salazar se quedó mirándola un momento. Que chica más extraña…y sobre todo, que borde. Se levantó y se vistió. Se encaminó de nuevo a las cocinas, diciendo que no todo era color de rosa y que gente así iba a encontrarse en todas partes. Cuando llegó vio como la cocinera estaba discutiendo con la niña, pero no prestó atención a sus palabras. Se quedó en la puerta, esperando. Cuando la mujer se dio la vuelta se llevó un buen susto.

-Dios mío. Haber dicho que ya habías llegado. Ahí tienes tu desayuno- dijo señalando a un cuenco de leche y a un trozo de pan.

Salazar lo miró un segundo. Durante muchas días solo había comido eso. Si tenía suerte. Ahora podía tenerlo seguro todos los días si trabajaba allí y sin querer ya lo habían contratado. Agarró el pan, lo partió y se dispuso a untarlo cuando descubrió que quemaba.

-Tranquilo chico. Nadie te lo va a quitar. Quema, así que ten cuidado. ¿O acaso creías que dábamos comida fría? Así no sirve de nada. La comida hay que tomarla caliente, porque bastante frío hace ya. Venga, come tranquilo.

Cuando acabó, un poco incomodo porque los ojos de la niña no se le quitaban de encima, se levantó.

-Berta dice que nunca te ha visto antes.-continuó de nuevo la cocinera. –Así que te enseñará el castillo.

-No hace falta. Me le conozco. –habló Salazar por primera vez.

La mujer notó un deje dolor en aquella voz tan joven pero no preguntó.

-Pero no conoces a los que aquí viven, y además, debes presentarte ante los señores. Me llamo Bianca y ella es mi hija. Ahora venga chicos, que tengo mucho que hacer. Berta, llévale primero hasta su cama.

La pequeña niña de ojos y cara grises le condujo hasta una pequeña habitación llena de camas.

-Aquí duermen casi todos los criados. Otros duermen más arriba. Las chicas dormimos en la otra puerta que hay aquí fuera.-le indicó con voz aburrida

Durante toda la mañana y parte de la tarde fueron recorriendo el castillo de parte a parte saludando y presentando a Salazar a cada persona del castillo.

Cansados, cuando el atardecer amenazaba con dar paso al anochecer, regresaron a las cocinas, donde les esperaban un trozo de pan y sopa caliente.

Comieron solos, porque llegaron tarde. Pero según Bianca la próxima vez comerían con todos los demás criados. Berta se dirigió hacia su dormitorio pero Bianca detuvo a Salazar.

-Había pensado que era demasiado tarde para ir a presentarte a los señores. Porque increíblemente quieren que vayas a su despacho.

Salazar se encaminó hacía allí. Avanzaba por los pasillos como un autómata. No quería que los recuerdos le inundasen la cabeza causándole más dolor. Llegó al despachó y entró.

Era una sala amplia, con una gran ventana que daba a los jardines. Una mesa de roble y una alfombra llena de historias de la mitología griega, eran los principales atractivos de la habitación. Las paredes, como todo el castillo, estaban plagadas de cuadros. Cuadros que supuso eran de la familia.

La puerta se cerró tras él y le hizo voltearse hacia atrás. Vio dos grandes figuras que se colocaron tras el sillón que había en la mesa. Un rostro oscuro con ojos negros y grandes; y un rostro pálido con ojos rasgados. Salazar miró a la mujer de los ojos rasgados. Su cara se le antojaba conocida. Era tan parecida a la de su madre… Pero no, no podía ser.

-Acércate- le pidió el hombre- No mordemos

-Tú debes ser…Salazar. El nuevo criado de las cocinas.-susurró con voz amable la mujer.

Salazar asintió pero algo dentro se revolvió. ¿Cómo sabían su nombre? ¿Por qué la mujer se parecía tanto a su difunta madre?

-Veo que estás asustado.- dijo el hombre tranquilo.-Aquí no tienes que temer a nada. Excepto, quizás, a alguna pulga saltarina que decida pasearse por tu cuerpo.-El hombre sonrío enseñándole una sonrisa blanca y sincera. –Soy Icarion y ella es mi compañera. Anyree.

Salazar volvió lleno de preguntas a las cocinas. Dio las buenas noches a la cocinera y se encaminó a su dormitorio. Se tumbó en la cama que horas antes le había señalado Berta, pero no se durmió.

-Eh…Chist… ¿Estás despierto?-la voz sonaba muy cerca de él. A su derecha.

-Sí.- respondió al aire.

-¿Eres el nuevo? ¿El de la cocina? ¿El que ha venido hoy con Berta?- preguntó el chico

-Sí. Me llamo Salazar.-Total, si ya lo sabían los señores, pronto lo sabría todo el castillo. Además, confiaba en que no hubiera nada de malo.

-Yo soy Robin. De las caballerizas. Me encargo de limpiar los caballos del señor. ¿Estás solo o has venido con alguien más?

-Solo. –respondió Salazar con pesar

-Eh, no te preocupes, pequeñajo. Que yo cuidaré de ti. Mira, ya llegaste, y ya tienes un amigo. Si tienes algún problema dime. Y no te preocupes, que no me gusta ver a la gente seria. Ni triste. Digo, somos jóvenes. Sino reímos ahora ¿cuándo lo vamos a hacer?- dijo su nuevo amigo

Salazar asintió recordando las palabras de su hermana. "No hay nada más valioso en el mundo que una sonrisa. Mueve lo que la espada y el dinero no pueden tocar. El alma y el espíritu de la persona. Si algún día estás triste, hazlo por mí. Sonríe por mí."

-¿Cuántos años tienes?- preguntó Robin que parecía no poner fin a su verborrea

-Trece. Bueno, doce. Pero dentro un mes cumpliré trece.- rectificó Salazar

-Yo catorce. Bueno, pequeñajo. Hora de dormir. Que en este castillo la ley que funciona es la del madrugador y el trabajador. Buenas noches.

-Buenas noches- murmuró Salazar, con los párpados ya bajados y el sueño golpeando sus defensas.

Pisos más arriba, en el salón de los señores, dos rostros sonreían a la noche. Icarion y Anyree, los Guardianes, volvían a creer en la esperanza. Pero aún había algo.

-¿Qué ocurrirá cuando se de cuenta? ¿Cuándo vea que no es como los demás?- preguntó Icarion preocupado

-Ya se ha dado cuenta- contestó con una sonrisa Anyree

-Sabes a qué me refiero- dijo exasperado Icarion

-Cuando se de cuenta de su magia, le llamaremos. Y empezaremos su educación- contestó con sencillez Anyree

-¿Cuándo crees que empezarán los síntomas?-preguntó tras un silencio Icarion

-Pronto. Ya debe de tener trece años. Una edad muy propicia.- dijo Anyree

Icarion suspiró. Aún le parecía increíble lo que acababa de pasar. Los Slytherin muertos, y el pequeño Salazar, solo. Y por si fuera poco, la Ayrek tan cerca.

-Le protegeré. Aunque sea lo último que haga- juró solemnemente Icarion

-Los dos lo haremos.-aseguró Anyree- con nuestras vidas.