. Earth Cries: Final Fantasy VII.
Capítulo 2. Malos hábitos.
El helicóptero aterrizó en la amplia azotea del nuevo edificio Shinra, y Yuffie bajó con Reno y Rude por un ascensor acristalado que daba vistas al exterior, donde se podía ver la enorme espectacularidad de Junon de una manera tan megalómana como sólo Shinra podría hacer.
Tras la destrucción de Midgar, Junon se había convertido en la metrópolis más importante. La ciudad fortaleza pesquera había sido la segunda sede para la Corporación de Energía Eléctrica Shinra y la oficina central del vicepresidente Rufus Shinra. Rufus había vivido en Junon desde que a los diez años su padre lo envió para que aprendiera economía política y siguiera sus pasos como presidente de la mega corporación eléctrica, por lo que a efectos prácticos, Junon era su hogar. Eso explicaba que Rufus hubiese invertido tanto dinero y esfuerzos en la reconstrucción de Junon después de la caída de Meteorito, convirtiéndola en la nueva sede central de Shinra, Inc.
Por supuesto, esto le daba un buen lavado de imagen a la corporación, que ahora se dedicaba a la búsqueda de nuevas energías renovables que no fuesen nocivas para el planeta. La concienciación social sobre la energía Mako y sus repercusiones en la Corriente Vital había provocado una frenética carrera energética por encontrar otros recursos substitutivos al Mako. Aquel que obtuviese la energía, obtendría el poder. Sin embargo, en estos siete años desde la caída de Meteorito nada había cambiado en el equilibrio de las fuerzas industriales, y «la Shinra» seguía estando a la cabeza: Rufus había construido para eso una gran central hidroeléctrica donde otrora yacía el Cañón Mako en Junon, haciendo que ésta mantuviese su puesto como el eje económico del Continente del Este.
El único que había podido hacerle frente fue el viejo marqués de Cavalcanti, que vio en el derrumbamiento de la energía Mako una oportunidad para reabrir las minas de carbón en el Viejo Oeste de Corel y resurgir de nuevo la empresa de industrias pesadas carboníferas Cavalcanti, que ya contaba con el prestigio de antaño, antes de los reactores Mako. Por lo que fue cuestión de tiempo que una vez abiertas las minas, la empresa monopolizase el sector automovilístico, aplicando los principios de las turbinas a vapor a los coches, motocicletas, tanques e incluso aviones; algo que ni siquiera la compañía Shinra podía cubrir con su nuevo servicio de energía hidroeléctrica.
Incluso la oposición de la WRO, quien tachó a la industria Cavalcanti de anti-ecologista por usar recursos no renovables que contaminaban al planeta y de ofrecer poca seguridad a los trabajadores de las minas, sobrexplotándolos en condiciones insanas y por bajos precios, no logró frenar que la gente empezase a comprar los vehículos a motor de carbón que ofrecía Cavalcanti para sustituir a los de motor Mako.
Yuffie recordaba como, de pronto, todos los científicos e ingenieros de la WRO estaban como locos por desarrollar motores que funcionasen con baterías de energía solar. La idea era maravillosa y se logró grandes adelantos, pero el proyecto se descartó. Entonces fue cuando Yuffie descubrió que la WRO estaba financiada en secreto por Rufus Shinra y que éste quería prolongar su poder hasta el sector automovilístico también, pero desde su imagen ecologista. Sin embargo, los motores de energía solar no daban beneficios a la empresa a la larga, y aunque fuesen la solución más respetuosa para el planeta, como accionista principal la WRO Rufus hizo que la idea fuese desechada y que se trabajasen en otras alternativas energéticas que se adecuasen a las necesidades del Oh Gran Señor Shinra. Yuffie sintió que se le rompía el alma: todo por lo que había luchado Avalancha, los ideales que se supone que seguía la WRO... y resultaba que detrás de todo, la Shinra seguía al mando.
El ascensor se detuvo en la planta doceava y los turcos la guiaron por un complejo de laberinticos pasillos. Por el camino se cruzaron con distintos empleados, algunos trajeados y otros con batas blancas, que entraban y salían por una multitud de puertas de seguridad que se abrían con la placa de identificación de Shinra. Yuffie pudo ojear que, no obstante, muchos de los trabajadores eran de la WRO.
—Como la base central de la WRO quedó destrozada por las tropas de Deep Ground Army —le explicó Reno a su lado—, el jefe se ofreció a prestarle sus instalaciones en Shinra mientras reconstruían la sede.
«¡Por supuesto!» pensó Yuffie, «¡Más control para Rufus sobre la WRO!».
—Aunque se suponía que iba a ser algo temporal—Reno se encogió de hombros con resignación y Yuffie puso los ojos en blanco.
Finalmente, tras pasar por un pasillo repleto de salas de laboratorio, llegaron a un despacho sin ventanas al exterior. En el centro había un enorme escritorio moderno con un ordenador de dos pantallas, que hacía juego con la mesa de café junto a los dos sofás y las estanterías en la pared del fondo que llegaban hasta el techo. A la derecha había un equipo de investigación y a la izquierda un ventanal enorme de cristal que daba a otra sala a oscuras y, al lado de ésta, unos interruptores.
—Espera aquí —pidió Reno—. Voy a llamar a los jefes.
Reno sonrió y desapareció tras la puerta. Rude la cerró y se quedó delante de ella, adoptando su postura erguida, con las manos cruzas por detrás de la espalda. Se veía como un portero, como si temiese que Yuffie saliese corriendo de ahí mientras esperaban. Ella le resopló, pero Rude no pareció dispuesto a entablar una conversación. Aburrida, Yuffie comenzó a cotillear.
Se acercó a la ventana de cristal y bizqueó en la oscuridad para ver a través. Al otro lado, a oscuras, parecía que algo se movía. Yuffie dudó, pero al final alargó la mano y prendió el interruptor al lado de la ventana. Las luces del otro cuarto se encendieron y Yuffie brincó hacia atrás, impresionada por la visión.
—¡Un Corrupto! —graznó ahogadamente, volviéndose hacia Rude.
Éste sólo se ajustó las gafas de sol incómodamente y la cazamaterias volvió su atención al hombre infectado de oscuridad que caminaba erráticamente de un lado al otro del cuarto blanco donde estaba prisionero. Ya apenas era una vaga forma humanoide: era extremadamente delgado, no le quedaba nada de vello corporal y los rasgos faciales estaban transformados a causa de las úlceras en la piel. Pero lo que más lo identificaba como un Corrupto eran sus ojos rojos y las marcas negras que surcaban toda su piel pálida llena de lesiones cutáneas y protuberancias de dónde brotaba una sangre negra y emponzoñada como el alquitrán. Ahora tenía una actitud tranquila, parecía más un enfermo desorientado, pero Yuffie sabía bien de la extrema agresividad y fuerza que mostraban ante cualquier humano no infectado, al que no dudarían en atacar hasta matarlo para comerse después su carne.
—Es la primera vez que veo uno en un estado tan avanzado de corrupción.
—Así sólo se los encuentra en las ruinas de Midgar, en la Zona Cero —respondió una voz.
Yuffie se giró para ver como entraba en el despacho un joven científico de la WRO con una taza llena de café en la mano. Era bajo y con sobrepeso, tenía el pelo castaño rizado cayéndole por encima de las gafas cuadradas. Por debajo de la bata blanca llevaba unos tejanos con parches y una camiseta de la película de ciencia ficción Wars Universes. Yuffie lo reconoció como el ayudante de Shalua Rui. A su muerte a manos de Azul, él la sucedió como jefe del departamento de investigación y desarrollo. Yuffie no recordaba cómo se llamaba: él nunca le interesó en lo más mínimo, así que no se molestó en aprenderse su nombre.
—¿En la Zona Cero? —repitió ella.
—Sí. Generalmente buscan zonas concurridas de personas para... para alimentarse. Pero cuando llegan a este estado de corrupción, no sabemos porqué, inician... inician un éxodo hacia la Zona Cero.
La Zona Cero era el nombre que se le había dado a la nube de oscuridad que empezó a surgir en las ruinas de Midgar después del Levantamiento de Omega. Yuffie y Shelke habían reconocido esa oscuridad como la que utilizaba Nero el Azabache, el líder de los Tsviets, quién huyó en la batalla con el cuerpo de su hermano Weiss. Aquella oscuridad era un mar interregno cubierto completamente de tinieblas, una fuerza ancestral y terrible que influía en todo cuanto se encontraba en su interior. Varios efectivos de reconocimiento de la WRO fueron enviados para que penetrasen la barrera de oscuridad, equipados todos con la materia Escudo. Yuffie se opuso, aquel lugar siniestro era tan real como el nuestro, un horrible reflejo de un retorcido ser. Shelke y ella misma habían logrado salir de la oscuridad de Nero, pero... a un coste muy alto. Sin embargo, la misión siguió adelante. Efectivamente, tal como temió, aquellos que penetraron en ella desaparecieron completamente de la faz de la tierra, quedándose atrapados en ese mundo.
Tras un tiempo, cinco de ellos lograron encontrar una forma de regresar a nuestra realidad, pero no volvieron siendo los mismos. Sus corduras no sobrevivieron intactas y una fuerte dolencia física les abatía. Llegaron a la base destruida de la WRO como almas errantes que vuelven al único lugar que logran recordar, con una palidez extrema y deambulando desorientados. Sufrían de alteraciones de la visión, cefaleas agudas, vértigos y zumbidos auditivos, que les provocaba insomnio, incapacidad para concentrarse, desorientación, temblores incontrolables y, ocasionalmente, confusión absoluta de la realidad. Su enfermedad empeoró abruptamente al poco, manifestando un fuerte desorden alimenticio que les hacía rechazar la comida, resultándoles repulsiva e indigesta, perdiendo las ganas de comer y tornándose casi cadáveres andantes. Se les diagnosticó estrés traumático, considerando que la experiencia de adentrarse durante tanto tiempo en la Zona Cero podía dejar a cualquiera inestable física y mentalmente.
Pero se equivocaron.
Sus Flujos de Esencia, la energía del planeta que corre a través de todos los seres humanos, habían sido contaminados. Shelke sostuvo bajo los estudios de la científica Lucrecia Crescets y la antología de su hermana Shalua, que aquella oscuridad era esencia contaminada, la corruptela de la Tierra Corrompida de la que los Antiguos afirmaban que nacería el Arma Caos, y aquella que usaron en Nero cuando aún estaba en el vientre de su madre para insuflarlo de oscuridad. A los que entraban en contacto con ella y se contaminaban, se les llamaba Corruptos.
Empezaron a tener alucinaciones visuales y auditivas, con la percepción alterada de la realidad y un fuerte e insistente estado de paranoia y trastorno delirante. Experimentaron una fuerte inestabilidad emocional, rabia, odio e ira, difícilmente controlable para el infectado. Desarrollan, entonces, un comportamiento destructivo e impulsivo, muy impredecible. Y entonces comenzaron a enloquecer, a volverse violentos y desarrollar un gusto macabro por la muerte y la destrucción, incluso llegando a autolesionarse infligiéndose heridas, dándose cabezazos contra el suelo hasta sangrar, arañándose la piel o mordiéndose las uñas hasta arrancárselas por completo. Los científicos de la WRO no sabían cómo actuar. Entonces, apareció la señal definitiva: sus ojos se tornaron rojos como la sangre y en sus pieles pálidas podían verse unas líneas negras recorrer todo sus cuerpos, que emitían una fosforescencia negra tóxica.
Al cabo de un año, más Corruptos fueron apareciendo por Edger y los pueblos y ciudades circundantes de la Zona Cero. La oscuridad en ellos les iba infectando poco a poco. En su etapa más agresiva, dejaban de reconocer a sus amigos y familiares, convirtiéndose en criaturas violentas, sin control ni conducta, enloquecidas, sedientas de violencia y sangre. Finalmente, los Corruptos se volvieron caníbales. Los ciudadanos empezaron a movilizarse y se hicieron guerrillas ofensivas para cazar y eliminar a todos los Corruptos y tratar a aquellos que se infectasen.
Yuffie se volvió al cristal, con un nudo en el pecho. El Corrupto se había quedado quieto delante del cristal, al otro lado, con sus ojos rojos fijos en la dirección de Yuffie.
—¡Vaya! ¡Qué susto! —dijo el científico—. Cualquiera diría que te está viendo, ¿verdad? Jeje, pero no puede ser. El cristal está opacado para él. Sólo... sólo nosotros podemos verlo.
—No nos ve, nos siente —susurró Yuffie, colocando las manos en el cristal.
El corrupto también se acercó más, y su fuerte respiración empañó su reflejo. Aquellos ojos rojos brillaban de una manera intensa, casi demoniaca. Los Corruptos se volvían nocturnos, y los habitantes de las pequeñas aldeas huían cuando en la noche se podían ver pares de ojos brillar en la oscuridad como faros ardientes. Pero Yuffie ya conocía bien esa inquieta mirada rojiza... Y la oscuridad.
Yuffie sacudió su cabeza para quitarse pensamientos nocivos y volvió su atención al científico:
—¿Por qué lo tenéis aquí?
—Para investigarlo —respondió, encogiéndose de hombros.
—¿Y qué habéis descubierto?
—Pues aparte de lo básico, ya sabes… que son alérgicos al sol, se alimentan de carne humana y que el estado de la corrupción avanza hasta… hasta deformarlos totalmente como humanos, pues hemos descubierto que no es contagioso y que sólo se adquiere por contacto con la Oscuridad. Se ha... se ha descartado que tenga que ver con el Geoestigma, la Oscuridad no tiene nada que ver con las células Jenova.
Eso Yuffie ya lo sabía.
—¿Y qué hay de una cura?
El científico se quedó callado un momento, y dio un sorbo al café antes de responder:
—No hemos encontrado ninguna. Incluso... incluso hemos probado con el agua bendita de la Fuente de los Milagros de la cetra Aeriths, en la Iglesia de Midgar, pero... pero los efectos fueron muy corrosivos para el infectado ¡El agua les quemaba! Les abrasaba la piel y acababan muriendo en terribles dolores —el científico se sacudió el cuerpo al recordarlo—. ¡Fue horrible! Después de eso, la Zona Cero creció y ya no fue posible acceder a la Fuente de los Milagros. Con el tiempo hemos... hemos comprobado que los Corruptos con un nivel más avanzando o emprenden su camino hacia la Zona Cero, donde se pierden en la nube de oscuridad y no se les vuelve a ver, o acaban muriendo desintegrándose —se acercó a Yuffie y le habló de forma confidencial—. Es como... es como si en este plano no pudieran existir y necesitasen volver a la oscuridad.
—¿A qué te refieres?
El científico iba a responder cuando entraron por la puerta Reeve Tuesti y Rufus Shinra, acompañados de Reno, quien nada más entrar le hizo una sonrisa cómplice a Rude. Éste se la devolvió con una cabeceó.
—¡Ah, ya están aquí los jefes! —bufó socarrona Yuffie.
—Me alegro de que haya venido, su Alta Realeza, señorita Kisaragi —saludo Rufus, con esa voz manida y estirada que tanto alteraba a Yuffie. Rufus estaba entrando en la treintena, pero se veía igual que cuando su difunto padre dirigía Shinra, con sus trajes claros, las corbatas, el pelo rubio platino peinado hacia atrás de manera impecable, y brillantes ojos azules que observaban sagazmente.
Reeve estaba mayor. Su cabello y barba negra estaban moteadas de canas y cuando le sonrío a Yuffie sus oscuros ojos se arrugaron en las esquinas.
—Hola, Yuffie —saludó.
Pareció querer acercase, pero Yuffie lo miró desde la distancia con frialdad y dio un paso hacia atrás. Reeve pareció entender la indirecta y se detuvo en seco, con tristeza. Se sentó en uno de los sofás y le hizo un gesto a Yuffie para que lo imitase y tomase asiento en el sofá de al lado, pero ella se mantuvo de pie al lado del ventanal.
—Bueno —empezó Yuffie—, aquí me tenéis. Que es eso tan urgente que tenéis que enviar a estos dos a buscarme.
—Erwin, por favor —pidió Rufus al científico.
Éste cabeceó y corrió a sentarse en el escritorio en medio de la sala, donde comenzó a teclear en el ordenador. Tras unos segundos, giró una de las pantallas en dirección a los demás, mostrando una serie de imágenes tomadas desde el aire de varias ballenas, delfines y peces varados en distintas playas y costas; después le siguió unas diapositivas varios bosques donde árboles centenares parecían estar secándose, cayendo muertos un suelo en suelos áridos donde antes se extendía vegetación; a continuación se pudo ver un seguimiento de las aves emigratorias, que cambiaban sus rutas de manera desordenada, a veces suicida, chocándose contra edificios, acantilados o árboles.
Mientras tanto, Rufus se apoyó de espaldas al otro lado de la mesa, y se recolocó el primer botón de su fino traje gris.
—Verá, señorita Kisaragi —comenzó a hablar—, estas fotografías fueron tomadas por el capitán Highwind y enviadas el pasado 13 de Octubre, tras comprobar que en distintos lugares del planeta comenzaron a captarse anomalías en los diferentes ecosistemas. Los ecologistas intentan determinar la causa de los extraños movimientos que se están observando por parte de los animales, la escasez de agua está comenzando a ser un serio problema, y los expertos aseguran que las cosechas anuales bajan cada año.
Reeve prosiguió la conferencia de Rufus:
—La WRO ha estado investigando concienzudamente los distintos reportes ecológicos del planeta desde el Levantamiento de Omega —hizo una pausa densa, Reeve sabía que ésa era una época difícil de recordar para Yuffie—. Aunque Omega fue devuelto al planeta por Caos, el simple hecho de despertarlo ha ocasionado que la Corriente Vital se haya anquilosado. El flujo se ha detenido, congregándose en el núcleo terrestre esperando su peregrinación por las estrellas. Si la Corriente Vital no puede fluir correctamente por las entrañas de la creación, el Planeta y la existencia de la vida están destinados a su fin.
—Bueno, para eso está la WRO, ¿no? —sentenció Yuffie cruzándose de brazos—. Que vuestros científicos busquen una solución con el imprescindible equipo de Shinra.
—Eso... eso hacemos —habló el científico, alzando sus ojos por encima del monitor del ordenador. Yuffie le fulminó con la mirada y éste se encogió sobre el teclado. Tecleó algo y en la pantalla girada hacia la cazamaterias aparecieron las fotos de unas tablas de piedra, con inscripciones e ilustraciones arcaicas.
—Estas tablas Cetras hablan de Yggdrasil —dijo Reeve—, es una Materia Ancestral, como lo son la Proto-Materia, Meteorito o Sagrado. Yggdrasil fue concebida por los antiguos para poder controlar el flujo de la Corriente Vital.
—¿Así que controla el flujo de la Corriente Vital? —masticó Yuffie—. ¡Qué conviene!
—Lo es —prosiguió Reeve.
—¿La tenéis?
Reeve miró a Rufus y éste suspiró:
—No, aún no.
—Por eso te necesitamos, Yuffie.
—¿A mí? ¡Ja!
—Yuffie —Reeve se levantó del sofá, tratando de llegar a ella—: Tu ayuda fue fundamental para Avalancha en el Templo de los Antiguos.
—Que yo recuerde, al final Meteorito se la quedó Sephiroth.
—¡Pero estuvimos casi a punto de detenerlo! Sin ti, ni nos habríamos acercado... Con tan sólo dieciséis años lograste burlarnos a todos y robar nuestro equipo, encontraste Materias pérdidas por el mundo y resolviste los acertijos del Templo.
—Señorita Yuffie —intervino Rufus—, necesitamos su ayuda para obtener a Yggdrasil en el templo de Utgard.
—¿Y por qué no buscáis a Sagrado? —sostuvo ella. Los dos hombres se miraron; Rufus carraspeó incomodo, pero fue Reeve quién se atrevió a decir las palabras que Yuffie pensaba:
—Sagrado es peligrosa. Sagrado destruye todo aquello que el Planeta considera malo para él.
Yuffie sonrió maliciosa:
—Y claro —empezó—, os tiemblan las rodillas de sólo imaginaros que el Planeta consideré que es el ser humano el mayor de sus males, ¿verdad?
—Señorita Yuffie, la civilización está al borde del colapso —volvió a hablar Rufus—; la humanidad se enfrenta a la extinción en un mundo donde cada vez quedan menos animales, los cultivos se mueren y los escasos recursos alimenticios son perseguidos ávidamente.
—¿Sí? ¿No me digas? ¡¿Y de quién es la culpa?! —Yuffie se acercó intimidantemente a Rufus, y éste se echó hacia atrás sobre la mesa—, ¡Fue Shinra quién erigió monstruos de metal clavados en las profundidades del planeta para fondear la Corriente Vital en energía Mako! ¡Todo, todo lo que habéis tocado «la Shinra» lo habéis jodido, todo! y ahora esto... esto es el resultado —y furiosa, señaló al Corrupto al otro lado de la ventana.
—Eso no fui yo, señorita Kisaragi. Fue mi padre. Ningún hijo debería ser juzgado por los errores de un padre, tú más que nadie debería comprender eso, princesa renegada.
Yuffie apretó tan fuerte su mano que Rufus pensó que le iba a proporcionar un puñetazo que lo dejaría con los ojos en la nuca. Por suerte, Reeve intervino antes.
—Yuffie —la llamó suavemente—, ya no importa quién sea el culpable. Lo importante ahora, es solucionar el problema y sanar el Planeta. Rufus tiene los recursos necesarios para ayudarnos y tú, tus habilidades como cazamaterias. ¡Te necesitamos, Yuffie! Ayúdanos a conseguir Yggdrasil...
Yuffie relajó su mirada, y durante un momento pensó en las palabras de Reeve.
—El Planeta sabe cuidarse a sí mismo, Reeve. ¿No lo entiendes? El único problema que le pasa al Planeta, son los propios seres humanos. Forestamos su vegetación, contaminamos sus ríos, ensuciamos sus mares y absorbimos su energía. Lo hicieron hombres codiciosos como Shinra y se les permitió actuar como dioses porque nos daban comodidades y bienestar. ¡Por el «futuro y el progreso de la humanidad»! Ellos provocaron el alzamiento de Sephiroth, la catástrofe de Meteorito y el levantamiento de Omega, ellos dieron poder a hombres como Hojo y crearon ejércitos como Deep Ground Army, ¡y tú y la WRO, que os hicisteis llamar guerreros del planeta, ahora queréis darle una materia como Yggdrasil a Rufus!
—¡Yuffie, no se trata de Rufus! ¡Se trata de la humanidad, de la vida tal y como la conocemos! Gente inocente corre peligro...
—No, Reeve —Yuffie dio un paso atrás—. No existen inocentes, y por mí nos merecemos ser consumidos por la ira del Planeta. De todos modos, hemos tenido tantos Juicios Finales que lo vergonzoso es que sigamos con vida —dejando a Reeve y Rufus anonadados, Yuffie dio media vuelta y se encaminó hacia la salida—. Pedirles ayuda al resto de Avalancha, al fin y al cabo, ellos también estuvieron en el Templo de los Antiguos. Seguro que Barret y Cid responderán a vuestra llamada como perritos meneando la cola. Y, con ese discurso de «trabajemos todos en equipo», seguro que hasta Cloud y Tifa os ayudan.
Al salir, cruzó miradas con Reno, que con sorna le comentó en un susurró:
—¿Ya te has quedado a gusto?
—No te haces ni idea —contestó al pasar a su lado, atravesando la puerta del despacho y saliendo al laberintico pasillo de laboratorios.
Con una rabiosa e incontrolable ira golpeándole el alma con demasiada fuerza, casi de manera instintiva siguió sus propios pasos para salir del edificio Shinra, cruzando puertas y fulminando con la mirada a todos los empleados de Shinra y la WRO que se encontraba en el camino.
—Yuffie, ¡espera! —Reeve la detuvo al salir a las calles de Junon, sujetándola por el brazo. Yuffie se paró en seco, girándose hacia él con los ojos furiosos.
—¡¿Qué?! —gritó con tanta ira que Reeve soltó el brazo de inmediato, asustado. Al verse reflejada en los ojos temerosos del hombre, se obligó a calmarse y escuchar lo que él tenía que decirle.
—Yuffie... te estás llenando de oscuridad —dijo al fin, tras un largo silencio—. Estás llena de odio, de venganza... tú no eras así.
—Quizás sí lo era, y no me conocíais. Del mismo modo que resultó que yo no os conocía a vosotros.
Reeve agachó compungido la cabeza, pero no parecía dispuesto a rendirse:
—¿Has hablado con Tifa o Cloud? ¿has ido a visitar a los niños? —Yuffie no respondió, por lo que Reeve entendió que también los había dejado de lado—. Yuffie, entiendo que no estés de acuerdo con mi decisión o con la de Cid y Barret, pero Cloud y Tifa se mantuvieron al margen, ellos no participaron...
—¡No posicionarse es una manera de aceptar esto! —ladró ella, interrumpiéndole.
Reeve sacudió la cabeza, negando.
—¿Es que no te oyes? ¡Estás renegando de tus amigos! Vincent...
—Vincent nos abandonó —volvió a interrumpir—. Nos dejó de lado. Igual que yo ahora hago con vosotros. No veo que a nadie le importase que él lo hiciera, no sé porque yo sí debo dar cuentas entonces.
—Me duele verte así...
—A mí también me dolió veros así.
Reeve no dijo nada más. Yuffie sabía que no estaba de acuerdo con ella, pero de alguna manera respetaba su posición. La despedida fue una intensa y prologada mirada, para finalmente romper el contacto visual y cada uno dar media vuelta. Reeve volvió a entrar al edificio y Yuffie se encaminó por las calles de Junon. Sentía un escozor incomodo en los ojos y se maldijo a sí misma por dejar que aquello le afectase.
«No debí hacer caso al tonto de Reno. No debí haber venido»
En Junon nada había cambiado tras sus grandes murallas. En la zona pudiente de la ciudad sus muros de hierro y alquitrán levantaban edificios gigantescos de colores ocres donde ondeaban banderas rojas con el rombo blanco y el lema «Shin-Ra Electric Power Company». Incluso con la enorme inversión que la Compañía de Energía Eléctrica Shinra había llevado a cabo por la construcción de Edge, la ciudad fortaleza pesquera seguía siendo la sede económica del Continente del Este.
Las calles se abarrotaban de sonidos, personas y coches. Empresarios, ejecutivos e ingenieros caminaban por las aceras como si de un hormiguero se tratase, todos bien acompasados sabiendo a dónde ir, sin perder un segundo de su tiempo; bien trajeados y con maletines llenos de papeles importantes, hablando apresuradamente desde sus teléfonos móviles. En las calzadas las cosas se complicaban, y cruzarlas podría ser un suicidio. Los vehículos hacían sonar sus cláxones, histéricos por el tráfico y el humo que ahí se formaba, mientras algún motociclista aprovechaba cualquier rendija entre coche y coche para adelantar.
—¡En la Larga Noche aparecerá Ra's al Kalih, el Hijo Prometido de Gaia, que guiará al pueblo elegido hasta el reino de Agarth! —vaticinaba un hombre alzado encima de unas cajas de palets sucias, gritaba sobre el fin del mundo.
Iba desnudo, sólo cubierto por un namjar azul sobre el torso, a modo de toga, dejando el hombro izquierdo descubierto, y tenía el cuerpo pintado con huellas de manos azules. Detrás de él hondeaba una bandera blanca con el símbolo de un corazón ardiente sostenido por miles de manos azules. Yuffie lo reconoció como un fahratí, un seguidor del Irinfahrat, una religión basada en una mirada dualista y maniqueísta de la Corriente Vital, donde Enneath, señora de la luz, del fuego, la armonía y el conocimiento, que vive en la Tierra Prometida, se enfrenta a Kahoreth, señor de la oscuridad, del frío eterno, el caos y lo oculto, que habita en la Tierra Corrompida.
—¡Activará el Ojo de Dios para que se despierte el Invierno Negro, el sol quedará dormido en la oscuridad y se iniciará la Batalla por el Amanecer!
Alrededor de él, algunos ciudadanos lo escuchaban con curiosidad o diversión. También había unos soldados de Shinra vigilando tranquilamente al fahratí, por si las cosas se salían de control. Sus trajes azules y sus cascos de hierro pulidos los delataban como los únicos con licencia para portar armas, aquellos que defendían e instauraban el orden. Cualquier indicio en contra del sistema podría ser prueba de rebeldía y, por consecuencia, de un par de días en el calabozo o una buena paliza. Como la élite de Shinra no estaba por la labor de crear problemas, la presencia de los SOLDADOS era para los ciudadanos una seguridad, y no una amenaza. Eran ellos los que se encargaban de vigilar a la plebe, los verdaderos enemigos.
Yuffie sintió el deseo de causar problemas. Se sonrió con malicia: se subió la bufanda amarilla para pasar desapercibida, y se acercó rápidamente con la cabeza gacha hacia los SOLDADOS que hablaban de sus vacaciones. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, con su juego de manos vació los bolsillos de los dos hombres. Estuvo a punto de irse, de dejarlo estar así, pero...
—¡Los puros de corazón no sucumbirán a la oscuridad de Kahoreth, pero aquellos cuya luz sea apagada, se convertirán en los Sincorazón! —escuchaba profetizar al fahratí.
«No creo que yo me salve de esa oscuridad de Kahoreth» pensó Yuffie con amargura.
Esa ira dentro de ella volvió a rugir, y supo que no podía dejarlo estar así.
Con un movimiento violento empujó a uno de los soldados, haciéndole una maniobra y lanzándolo hacia el suelo. El otro soldado se quedó estático durante un segundo, mientras los civiles alrededor se alejaron atemorizados.
—¡No os vayáis, escuchadme, escuchadme! —gritaba desesperado el fahratí—: ¡Ra's al Kalih blandirá la Espada del Corazón y con ella... con ella po-podrá elegir...! ¡No os vayáis! ¡Podrá elegir si apoyar la Luz o la Oscuridad!
Yuffie elegía la oscuridad.
—¡Quieta, muchacha! —el soldado que aún quedaba a pie trató de detenerla, pero en cuanto colocó una mano en el hombro de Yuffie, está hizo un barrido con la pierna que desestabilizó al hombre y lo envió al suelo con su compañero.
Sonriéndoles, Yuffie mostró sus carteras robadas, y sacándoles burlescamente la lengua, echó a correr. Los dos Soldados se levantaron de inmediato, corriendo tras ella, mientras hacían sonar sus pitos de alarma.
La carrera se prolongó durante unos minutos, donde la cazamaterias trató de perderlos de vista. Pero aunque Yuffie era ágil y rápida, estos eran soldados de Shinra y en algún punto la acorralaron. A los dos idiotas se les habían unido otros tres más. Todos llevaban escopetas menos uno, que cargaba un mandoble.
No pretendía matarlos, pero algo insano en ella se moría de ganas por un poco de violencia.
El del mandoble atacó primero y Yuffie lo esquivó haciéndose a un lado. Otro soldado la apuntó a bocajarro con su escopeta. La cazamaterias agarró el arma por el guardamano y empujando, encañonó al soldado con su propia arma. Al ver esto, uno de sus compañeros aporreó a Yuffie por la espalda con el cantó del arma de fuego y ésta sólo pudo encajar el golpe liberando al otro de su presa.
—¡Ríndete, muchacha, o las consecuencias serán terribles!
Yuffie aguantó el dolor y le lanzó su shuriken Espiral, el cual voló cortando el viento con sus cuchillas hacia tres de los soldados. Uno supo esquivarlo, pero dos de ellos recibieron el impacto cortante del arma y cayeron heridos al suelo.
—¡Maldita! —gritó el del mandoble.
La espada se dirigió con fuerza hacia ella y Yuffie se tuvo que echar al suelo para lograr esquivarlo. El soldado le lanzó otro mandoble y Yuffie rodó de nuevo para esquivarlo. Finalmente quedó acorralada en un tercer ataque que logró parar sacando a Serpiente Bicéfala con un movimiento rápido de manos. Las hojas de las dos armas quedaron atrancadas. El soldado, desde su posición superior, empezó a empujar con su arma el filo de Serpiente Bicéfala hacia el cuello de Yuffie.
—¡Ahora verás, chiquilla!
La cazamaterias pudo ver a tiempo como los otros dos soldados que quedaban en pie la apuntaban con su escopeta mientras forcejeaba con el espadachín. Desesperada, llevó la cabeza hacia el hombro y con los dientes tiró de un cordel que sobresalía de su armadura de placas. La pistola de aire comprimido del guantelete se accionó y la garra voló, impactando contra el espadachín en el pecho.
Yuffie lo pateó rápidamente, haciéndole desestabilizarse y, de una voltereta, se posicionó detrás de él, quien recibió por ella el disparo de uno de sus compañeros.
Sin pensarlo, Yuffie lanzó su Serpiente Bicéfala hacia el pistolero, dejándolo inconsciente en el suelo.
El soldado que quedaba tembló, agarrando fuerte su escopeta.
—¡Qui-qui-quieta!
El soldado dudó un segundo, suficiente para que Yuffie prendiese la carrera hacia él. Él disparó, pero Yuffie se movía en zigzag y la bala tan sólo le rozó la pierna. No importó, Yuffie siguió avanzando y cuando el soldado trató de recargar la escopeta Yuffie lo dejó sin respiración de una patada, para caer luego sobre él y molerlo a golpes.
Un puñetazo, tras otro. Yuffie no escuchaba el sonido de sus nudillos aplastando contra la cara del soldado. A veces golpeaba en la cara y otras veces en el casco. Saltaba sangre, sangre de sus nudillos, sangre de la boca del soldado. Pero ella sólo escuchaba al fahratí hablando de la condenación, y así se sentía ella.
Quería destruir la civilización entera. Durante miles de años, el hombre había jodido el planeta, llenándolo de mierda y agotando sus recursos en Corel del Norte, incendiando las selvas tropicales de Mideel, matando tiburones en Wutai, empantanando las playas de Costa de Sol, provocando emisiones de gases en Ciudad Cohete, emponzoñando los océanos el crudo de los pozos petrolíferos de Junon y succionando la energía vital del Planeta en Midgar, y ahora se esperaba de ella que limpiara lo que habían dejado la generación que le precedió. Era su deber dar cuenta de la chapuza que otros crearon y buscar una jodida materia en vete tú a saber qué templo ancestral para que un año más, para que un día más, el sol volviera a salir y decir «¡ey! Hemos salvado el mundo». ¡A la mierda! Deseaba que el mundo entero tocara fondo.
Un acusado dolor comenzó a extenderse por su brazo izquierdo, debajo de la armadura de placas. Algo se removía debajo de su piel, dolorosamente, escarbando desde su interior para salir. Yuffie no pudo aguantarlo, y se levantó del soldado sólo para retorcerse en el suelo.
—¡No, ahora no! —gimió.
No supo que dolió más: el lacerante prurito del brazo o el golpe que recibió en la nuca por parte de unos de los guardas que la dejó inconsciente.
Para cuando despertó, estaba en un mohoso calabozo de la prisión de Junon con cargos por desacato, insubordinación, delincuencia, hurto y agresión hacia las fuerzas del orden y la autoridad de Junon. El procedimiento judicial fue rápido y poco ortodoxo, las fuerzas de Shinra querían verla en la cámara de gas, y su abogado de oficio sentenció que tuvieron suerte con el veredicto del juez de diez años de cárcel.
Yuffie sabía que podía declarar ser la princesa Kisaragi, y en unos días un embajador de Wutai estaría ahí para certificar su persona real, pero la caza materias se negaba a acudir a su padre. También se había negado en utilizar su derecho a una llamada para ponerse en contacto con Reeve, por eso se sorprendió que al segundo día, el carcelero le anunciase que habían pagado su fianza.
«No sé de qué me sorprendo» pensó, «siendo el comisionado de la WRO tendrá contactos en todos lados».
—¡No necesito tu ayuda, Reeve! —ladró cuando el carcelero le abrió la puerta y salió de los calabozos.
Pero quién le esperaba en recepción no era Reeve. El desconocido echó a un lado la pesada capa que lo envolvía de la cabeza a los pies, rebelándose como un monje fahratí, pero éste era distinto del que vio promulgando en las calles de Junon. Era alto y de anchos hombros, con una complexión atlética envidiable; vestía una túnica y un pantalón holgado azul, que se ajustaba en la pantorrilla por unas vendas blancas que daban varias vueltas a la pierna. Se apoyaba en un báculo terminado con una piedra lapislázuli en forma de corazón, agarrada por miles de manos azules labradas en la madera del bastón. Los ojos de Yuffie lo recorrieron lentamente hasta descansar en su rostro angosto, bien afeitado y con la cabeza rapada. Aunque tenía ese deje de persona venerable, era difícil calcularle la edad; no parecía joven, pero tampoco mayor. Su mirada fue atraída instintivamente hacia la de él. La estaba mirando con ojos serenos y fuertes que recorrían más allá de su cuerpo, a su alma, haciéndola sentir desnuda a unos niveles espirituales.
—Perdonarme, no soy Reeve —dijo amablemente, con una voz tan potente que haría que el mismo Leviatán le prestase atención—. Mi nombre es Vedfolnir.
Continuará.
Notas de autora:
Gracias a todos los que dejasteis un review en el capítulo anterior, ¡me ha hecho mucha ilusión leer vuestros comentarios de apoyo!
Siento haberme tardado tanto en actualizar la historia, pero de verdad (DE VERDAD) que este capítulo me ha costado montones escribirlo. Tenía todo muy estructurado, pero desarrollar las conversaciones con TODA la información que quería dar era muy difícil, y aún con todo, no me siento del toda satisfecha con el resultado final: creo que quedó demasiado denso y complicado. ¡Espero de corazón que os haya gustado y que nos os aburriera!
Cualquier crítica y sugerencia será bienvenido en la caja de comentarios. Me despido y nos vemos en el siguiente capítulo, ¡Cha Chao!
