[Aang]

El joven Avatar se abría paso en el bullicioso mercado de Kim Du Hee, una pequeña ciudad del Reino Tierra. Trataba de pasar desapercibido, así que ocultaba su llamativo atuendo y tatuajes bajo una roída túnica marrón.

Desde que había derrotado al Señor del Fuego Ozai, las personas lo rodeaban de día y de noche y pronto eso se volvía incómodo. Ahora era un héroe, cuyo rostro era conocido en cada rincón de las Cuatro Naciones y ser el único Maestro Aire no lo ayudaba a pasar desapercibido.

Estaba ahí cumpliendo con su deber como Avatar. El Rey de Kim Du Hee creía que su mala fortuna era debida a un espíritu malvado. Después de que Aang recorrió el plació infinidad de veces meditando e intentando conectar con cualquier espíritu, Aang llego a la conclusión de qué allí no pasaba nada que involucrará espíritus malvados.

Ya estaba listo para partir y regresar la Nación del Fuego, donde se iba a celebrar la boda del Señor del Fuego Zuko y su futura esposa, Mai, pero antes había decidió pasar por el mercado y llevar un presente para su novia, Katara.

Llevaban ocho meses sin verse, desde que ella había ido a ayudar a la ciudad de Gaoling, pero para Aang era como si hubieran pasado siglos (él sabía lo que era eso, después de todo tenía ciento dieciocho años).

Cerraba los ojos y veía su rostro, tan hermoso como siempre, sonriéndole lleno de alegría. Deseaba rodearla con sus brazos, oler la fragancia de su cabello y probar de nuevo la dulzura de sus labios. Todo ese tiempo separados había sido una verdadera tortura para él.

No podía soportar ni un día más sin ver a la Maestra Agua.

Mientras pensaba en ello, alguien choco contra su pecho, mandándolo al piso y sacándolo de su vivido sueño.

Aang se puso de pie con agilidad y extendió una mano a la persona que lo hizo caer.

—¿Está usted bien?—preguntó con amabilidad.

La persona levanto el rostro.

Se trataba de una chica, tal vez de su misma edad. Llevaba el cabello marrón revuelto y apelmazado. Su ropa estaba desgarrada y sucia. Tenía la piel muy blanca, pero ahora estaba manchada. Sin embargo, lo más llamativo de ella eran sus ojos. Uno de ellos estaba cubierto por un vendaje ensangrentado, mientras que el otro era tan verde como el jade pulido, lleno de pánico y miedo.

La joven muchacha temblaba en el suelo. Miro a Aang con desesperación y levanto las manos entre estremecimiento. Aang sintió gran pena por ella.

—P-por favor–sollozo con la voz rota—. No permita que me atrapen... por favor...

Tras de ella, las personas abrieron paso para dejar pasar a un grupo de soldados. Eran Maestros Tierra, con rostros crueles y despiadados.

—¡Allí está!—gritó uno de ellos, señalando a la chica—. ¡Deténganla!

La chica intento alejarse a rastras, llena de desesperación. Instintivamente, Aang se puso en el camino de los soldados. Destruyo los ataques que lanzaron con su planeador, convirtiéndolo en escombros.

—¡Ya basta!—gritó el chico de dieciocho años, con voz firme como el acero—. ¿Por que atacan así a una pobre chica indefensa?

—¿Indefensa?—gruñó uno de los soldados—. Ella es una ladrona, una embustera y una traidora. Una sucia sabandija...

—¡Mentiras!—chilló la chica. Las lágrimas le caían por el único ojo sano—. ¡Todo lo que estás diciendo son mentiras y calumnias!

—¡Sucia serpiente traidora!—gritó un soldado furioso, lanzando una pesada roca contra ella. Nuevamente Aang destruyo la piedra, mandando pequeños pedazos al aire. Los hombres retrocedieron, precavidos.

—No permitiré que le hagan daño—declaró Aang, escudando el cuerpo frágil de la chica con el suyo—. Déjenla en paz y sigan su camino. No deseo pelear contra ustedes.

—¡Mocoso insolente!—el soldado lo miro con despreció—. ¿Quien te crees que eres para darnos órdenes?

Aang suspiró con cansancio, llevándose una mano a la capucha de su capa. Reveló su rostro a los soldados. Se había comenzado a dejar crecer la barba, que lo hacían parecer mayor, pero era imposible confundir los tatuajes azules que cubrían su cabeza afeitada y el atuendo de nómada del chico frente a él.

—A-Avatar Aang—el soldado se dejó caer de rodillas. Los otros soldados hicieron lo mismo. La voz del hombre temblaba—. Perdone mi insolencia, yo no sabía que era usted...

Para ese entonces un círculo de personas curiosas lo rodeaban, murmurando entre ellos, asombrados. Aang ignoró sus ojos.

—No hay nada que perdonar—Aang le dedicó una sonrisa calmada—. Usted solo cumplía con su trabajo. Pero ahora, debe dejar tranquila a la chica.

—P-pero Avatar Aang, ella es...

—Mi responsabilidad ahora—finalizó el chico con determinación—. Me hare responsable de ella y cuidare que no cometa ningún crimen.

El hombre abrió la boca para decir algo. Pareció cambiar de idea y la cerró. Se puso de pie, dedicándole una mirada significativa a la muchacha aún en el suelo.

—No puedes escapar por siempre de la justicia—declaró, antes de marcharse junto a sus hombres.

La chica comenzó a llorar entonces. Bajo la cabeza hasta tocar el suelo.

—¡Gracias, señor! ¡No soy digna del honor de estar frente a usted!—la chica temblaba aún. Al verla con detenimiento, Aang se dio cuenta de cuán delgada estaba. Parecía muy frágil y rota.

—¿Cuál es tu nombre?—Aang le extendió la mano para ayudarla a ponerse de pie. Sus manos eran suaves y delicadas.

¿Que clase de crímenes podía cometer esa criatura tan dulce?

—Koemi—se presentó la chica apenas en un susurro, inclinando la cabeza—. Por favor, no me deje sola... Ellos regresarán por mi cuando usted se vaya...

—No lo permitiré—le prometió Aang—. Estoy a punto de dejar este lugar... ¿Deseas acompañarme? No puedo garantizar tu seguridad, pero te prometo comida y cama. Después de todo, les dije a esos hombres que te vigilaría...

El rostro de la chica parecía incrédulo. Se lanzó al frente de forma repentina. Rodeó con los brazos a Aang. El chico se sonrojó ante aquella muestra de afecto.

—Sería un verdadero placer acompañarlo, señor.

Se apartó de nuevo, con timidez. Aang le dedicó una sonrisa amplia. No le parecía una chica mala, más bien, algo confundida.

—Llámame Aang ¿Quieres?—la tomó de la mano, a lo que la chica se estremeció sorprendida—. ¿Te gustaría comer un tazón de sopa caliente? Conozco un restaurante excelente aquí cerca.

Una sonrisa titubeo en su labios.

—Me encantaría... Aang.

[Katara]

La Maestra Agua estaba empacando el último baúl de ropa antes de partir. Momo estaba junto a ella, posado sobre su hombro.

—Volvemos a la Nación del Fuego—le dijo al lemur, emocionada—. ¿Estás listo para volver a ver a Aang y Appa?

Momo se agitó en su hombro, lo cual la hizo reír. Ella también estaba emocionada. Después de ocho meses separados de Aang, no podía aguardar para volverlo a ver. Su última carta, llegada hace seis días le informaba que había llegado con bien a la Nación del Fuego y que la esperaba con gran anhelo.

Habían quedado en tomarme vacaciones juntos después de la boda de Zuko y Mai, y eso la llenaba de ilusión.

Desde el fin de la guerra no habían parado de ir de un lado a otro. Alguien había tenido la genial idea de nombrarla Embajadora del Sur y portadora de voz y eso implicaba muchos eventos políticos e interminables reuniones con líderes mundiales.

La restauración de los Templos del Aire, la creación de Ciudad República, la búsqueda de la madre de Zuko, lo ocurrido con la refinería del padre de Toph, el retorno de Azula y el conflicto en la Tribu del Sur... todo había sido tan abrumador que no les dejo tiempo para pensar en ellos y su relación.

Ahora con la boda de Zuko, Katara había pensado en que dirección iba su relación con Aang. Ella había cumplido veintiún años hace poco y Aang cumpliría los diecinueve al fin del otoño.

Llevaban siendo novios siete años y aún así, habían tenido tan poco tiempo para ellos ¿Cuánto tiempo más pasaría antes de comprometerse? ¿Alguna vez llegarían a casarse? ¿Formar una familia?

Alguien llamó a su puerta.

Se trataba de Toph, su amiga ciega. Pese a sus diecinueve años ya cumplidos, seguía siendo media cabeza más baja que Katara. La chica era menuda y pequeña, con el cabello muy oscuro enmarcando su fino y atractivo rostro blanco. Sus ojos que miraban sin ver, eran de un verde pálido hermoso.

—¿Lista para irnos, princesita?—cuestión, lanzándose contra la cama. No tardó en hundirse en las sabanas esponjosas.

—Ya he terminado—aseguró Katara, rascando bajo la barbilla de Momo—. ¿Tú estás lista para dejar todo esto atrás?

Estaban en la finca de los Beifong en la ciudad de Gaoling. Hace años que los padres de Toph se habían divorciado y dejado la finca al cuidado de los sirvientes. Hace poco el padre de Toph, el señor Lao, le había pedido a su hija que se hiciera cargo de la venta de la finca familiar. Toph había estado regateando el precio durante meses, especialmente por qué intimidaba a cada posible comprador que se presentaba.

—No soy una persona muy sentimental, Katara—dijo Toph sin mucha importancia—. Además, no tengo recuerdos agradables de este lugar. El único fue cuando ustedes me encontraron, y ni siquiera es tan bueno...

—¡Oye!—gruñó Katara, arrojándose a su lado. Amabas amigas comenzaron a reír, mirando (Toph no de forma literaria) el techo de la habitación—. ¿No es todo tan emocionante? Han pasado años desde la última vez que mire a Zuko.

—Bueno, yo nunca lo he visto—bromeó Toph, a lo que Katara tuvo que sonreír—. Pero entiendo tu punto. Estoy ansiosa por volver a molestarlo a él y al debilucho de tu hermano ¿Que hay de ti? ¿Estás emocionada por volver con Pies Ligueros?

—Emocionada, si—reconoció Katara, toqueteando el collar de su madre con morbo—, pero también estoy nerviosa ¿Seguirá siendo todo igual entre nosotros? Nunca hemos pasado tanto tiempo separados... qué tal si... si él ya no siente lo mismo...

—¿Pies Ligeros?—Toph se hecho a reír a carcajadas de forma tan escandalosa que hizo sonrojar a la Maestra Agua—. Aang esta chiflado contigo, Katara ¿Acaso estás más ciega que yo que no lo puedes ver? El amor... las vuelve locas a todas, incluyéndote...

—Pero no a ti ¿verdad?—Katara se apoyó en los codos, para poder ver el rostro de su amiga. Toph hizo una mueca—. ¿De verdad no hay nadie que te interese? ¿Un chico o...?

Toph se levanto abruptamente de la cama, poniendo una mano contra el rostro de Katara para hacerla callar.

—Ya te lo he dicho, no soy alguien sentimental. No me interesan esas cosas ¿si?

Pero Katara no estaba lista para terminar esa conversación. Sentía mucha curiosidad por los sentimientos de su amiga y su repentino cambio de actitud.

—¿Que hay de Satoru? ¿No has vuelto a hablar de nuevo con él? Era un chico tan amable y dulce...

Toph dio un fuerte pisotón, que hizo estremecer la habitación y temblar la cama. Algo de escombro cayó sobre el rostro de Katara.

—Bien, bien me rindo—dijo Katara, levantando las manos a forma de rendición, divertida. No había pasado por alto el rubor en las mejillas de Toph, pero eso sería tema para otro momento.

—Pues más vale que lo olvides si no quieres que te patee el trasero—declaró la chica, dejando la habitación hecha una furia. Katara se acercó al espejo que había en su habitación para limpiar el escombro de su rostro. Momo había regresado a su hombro.

—Ya lograremos saberlo, Momo, no pienso dejar esto así...

Katara se tomó un momento para verse en el espejo. Una mujer de veintiún años le regresaba la mirada ¿Cuando había crecido tanto? parecía que la vida se le estaba escapando en un parpadeo de ojos...