DOS

New York

Habían pasados dos semanas desde aquella noche en LA. Candy aún no podía olvidar lo que había hecho. Agradecía a Dios, al menos, no haberse vuelto a encontrar con aquel hombre. Sus amigas no paraban de contar aquella anécdota como si aún fuese algo increíblemente inolvidable.

Como no tenia planes para ese dia viernes. Su amiga Patty le pidio que la reemplazara en la tienda de alimentos para celiacos, ya que ella no podia debido a un fuerte resfriado que le dio y estaba en cama. Asi como buen amiga que es. Decidio cubrirla.

Iba muy distraida cuando abandonaba su lugar de trabajo cuando choco contra alguien y cayó de sentada en la vereda.

—¡Idiota!—exclamó al caer. Amortiguando la caída con su trasero.

—Oh, lo siento.—dijo el hombre disculpándose.

—¿Porque no te fijas por donde caminas?—grito ella aún enfanda y dando la cara al idiota que la tiro al piso.

— ¿Tú?...— dijeron ambos al mismo tiempo.

El rostro de Candy se empalideció y se ruborizó al mismo tiempo. Su apuesta estaba en frente de ella. Aquel hombre que aún no había podido quitarse de la cabeza.

— ¿Eres Andy, la chica de la discoteca?—le tendió la mano para ayudarla a levantarse.

— Ho...hola— dijo apenas, queriendo que la tierra se la tragara.

— ¿Trabajas aquí?—pregunto al ver el uniforme de la tienda que portaba.

— Eh… Sí… bueno, no.

— Pensé que trabajabas en una editorial como escritora en Chicago.

— Bueno… No, la realidad… —dijo muy apenada y roja por la verguenza.—Fue una pequeña mentirita…

¡Dios porque la tierra no me trago en el momento que caí!, pensó la rubia.

— ¿Cómo lo de tu número de celular?—dijo irónico.

—ja ja... Bueno… ¡Soy culpable!—admitio con cara de inocencia.

— Estás perdonada, Andy ¿Ese era tu nombre? ¿O también era una blanca mentira?— sonrió con picardía.

— Eh...No. Me llamó Candy…— le mostró su licencia de conducir.

—Oh. Ya veo. ¿Y algo de lo que me dijiste es verdad?—ella sólo respondió con una sonrisa.

—Ok. Tengo una idea.—dijo el— ¿Que te parece si empezamos desde cero?

—Creo que será lo mejor.

—Soy Terrence Grandchester. Es un gusto volver a verte, Candy.

—Candice White. El gusto es mío.—ella sonrio.

—Y bien Candy... ¿Eres de aquí?

—En realidad soy de Escocia. Vine a NY a estudiar...

—¿Estudiar? ¿No dijiste que...? Oh ya veo...ni siquiera terminaste verdad... ¿Que edad tienes Candy?

—Eh...diecinueve —dijo encogiéndose de hombros con una tímida sonrisa. —y ...¿tu?

—Vaya, si que me has engañado. Tengo treinta y dos.

—¿Eres de aquí?

—Hace diez años que me mude a NY.—dijo mientras caminaban hasta donde el tenía estacionado su auto. Dos cuadras.

—Cuando te conocí pensé que estabas de visita lo deduje por tu acento.

—Vivia en Londres. ¿Y tu?

— Este es mi segundo año aquí. Estoy estudiando bioquimica. Antes de venir aqui vivía con mis padres en Chicago. Bueno Terrence...

—Llamame Terry...—sonrio.

—Bien, Terry. Tengo que irme.

—Te llevó...

—No es necesario. Vivo al frente.—Señalo un gran edificio. —el levantó una ceja—No te miento.—Sonrio.

—Te creó. Entonces, podre verte más seguido y continuar lo que dejamos el día en que nos conocimos.

Candy se ruborizó al recodar aquel día. Esa no había sido ella, sino la interpretación de alguien que realmente no era. Bueno, no tan atrevida como se mostró.

— ¿Sucede algo?— le preguntó al ver que se inquietaba tras aquella afirmación.

— Lo siento… En verdad lo siento…

— ¿Por qué lo sientes?

— Esa noche estaba cumpliendo una apuesta. Y a quien conociste no era yo, sino quien fingía ser… En verdad lo lamento, yo no te elegí ni siquiera. ¡Que avergonzada me siento ahora al recordar ese día!

— ¿Con que sólo era una apuesta?— dijo haciéndose el ofendido—. ¿Con qué por eso después no supe de ti? ¡Fui tu hazmerreír!

— Lo lamento… En verdad lo lamento… Yo… Yo ni siquiera debí aceptar. Pero estaba entre coquetear contigo o hacer una especie de Striptease en la tarima de aquel local…

— Hubiese sido interesante verlo…—sonrió con media sonrisa, mientras la miraba.

— Lamento si te engañé… En verdad, por eso te di un número telefónico falso. No quería… Bueno, ya sabes… Aunque parece que la vida le agrada el reencontrarnos.

— Estoy de acuerdo, con eso, contigo… ¿Con qué una apuesta? Jamás me lo hubiese imaginado. Te veías tan natural y segura de ti.

— Sólo fingí… Lo que quería era que me tragara la tierra… Perdóname, en verdad… Te llevaste una impresión de mí que realmente no tengo. Soy todo lo opuesto a quien creíste conocer ese día.

— Tomemos esto cómo que me debes una…— sonrió con picardía—. Y te haré pagarlo algún día. Pero no de la misma manera… Sigues siendo una hermosa mujer, tan hermosa como te conocí ese día. —Y él le había parecido gracioso su actitud. Ahora era como una estatua viviente. Muda y pálida.

—¿Podemos volver a vernos? Entonces..

—¿Por que no?

—¿Que te parece ir a cenar, mañana?

—Me gusta la idea.

—Te paso a buscar a las ocho.

—De acuerdo.—le dio su número de piso y departamento, más su verdadero número de móvil.

Se despidió normal. Con un movimiento en su mano derecha, mientras él hacía lo mismo, al ver que se alejaba de él.

...

Al subir a su departamento lo primero que hizo antes de entrar al suyo, fue buscar a sus amigas.

— ¿Y esa sonrisa?—pregunto Elisa al ver la cara de alegría de la rubia.

— ¿Se acuerdan del bombón, el de la disco en LA?

— Al que le diste un número falso para que nunca te llamara y le hiciste flor de verso...—comento Anny

— Me lo encontré hace un par de minutos cuando salia de la tienda…

—Nooooo...¿de verdad?—exclamo Patty.

—Si...y no se imaginan la vergüenza que sentí cuando me llamó por Andy.—dijo cubriéndose la cara con sus manos.

—Jajaja ya imaginó tu cara amiga. Seguro que te caíste de culo cuando lo viste...—agrego entre risas Elisa.

—Si, me caí de culo. Y no por la impresión sino porque choque con él. —dijo ruborizada.

—y dinos amiga. Es tan guapo como se lo veía.—pregunto Anny.

—No—dijo sería.—es...es un todo un adonis amigas—dijo arrojándose a la cama y cayendo de espaldas.

—Ay que suerte tienes, Candy.—dijo Elisa.

—Pero eso no es todo...

—¿Hay más?—dijeron las tres al mismo tiempo.

—siiii...me invitó a cenar mañana—dijo riendo pícaramente.Y sus amigas se arrojaron sobre ella.

...

Terry y Susana eran feliz en su relación. Los primero cinco años que llevaban juntos, su vida les llenaba a los dos. Tenían gustos parecidos, compartían los mismos hobbies y veían la vida de manera muy parecida. Como todas las parejas, tenían su discusiones pero su comunicación era respetuosa y podían dialogar hasta llegar a un punto de encuentro y soltar el tema.

Se habían comprado una casa hacía unos meses después de casado en NY y era un nuevo proyecto que también les ilusionaba.

Ella tenía veinticinco años, cuando la conoció. Había sido una chica sencilla. Trabajaba en un banco. Pero el dinero de su marido la cambiaron, convirtiéndola en una mujer, fria, calculadora y excesivamente superficial. A pesar de sus treinta y dos años, seguía manteniendo la misma excusa de que no se sentía preparada para dedicar su vida a un hijo.

Así, su matrimonio de siete años fue convirtiéndose en una amargura. Odiaba tener que volver a su casa después del trabaja. Por eso buscaba cualquier cosa para hacer y perder el tiempo por ahí que volver a la rutina de su supuestamente hogar. Aunque de vez en cuando se la pasaba en su lujoso departamento que adquirió cuando su matrimonio se convirtió en un desastre.

Luego de un agradable encuentro volvió a su casa. Donde ya lo espera su amarga vida de casado.

—¡Por fin llegas!—le reclamó su mujer.—Te llame a la oficina y me dijeron que saliste temprano. ¿Por que no me atiendes cuando te llamo, Terry?

—Estaba ocupado Susana—dijo con voz cansada.

—Te llame siento de veces.¿Donde estabas?

—Que paso que estas en casa? Tus amigas ya se aburrieron de ti—dijo en tono de burla.

—Eres mi esposo Terry. Tengo derecho el saber dónde estas y con quién estas...

—Claro. Ahora se preocupa la Sra por su esposo. Por fin te acordaste que tienes uno en casa.—dijo sarcástico.

—Mi madre nos invitó a cenar mañana. Viene mi tía de Londres.—ignoro su sarcasmo.

—Ve tu. Yo no puedo.

—Pero Te...

—Ahora soy yo el que no quiere y no insista porque no iré a ningún lado contigo.

—Eres un imbécil.

—¡Cuida tu vocabulario, Susana!—levanto su voz.

—No me grites—dijo con lágrimas de cocodrilo.

—Ya Susana. Deja tu teatro. Estoy cansado.

—¿Quieres que te haga unos masajes?—dijo cambiando su voz por una más seductora y acercándose a el.

—Se me parte la cabeza.—la hizo a un lado para dirigirse al dormitorio—voy a tomar un baño.

—Te acompañó.

—No.—su voz fue fría y tajante.

—Eres un idota Terry.

—Me da igual lo que pienses.—subio las escalera y se metió a su dormitorio dando un portazo.

Apoyado en la puerta del baño...

—Candy...—suspiro...—Mañana te veré...

Continuará...