Costumbre
Vacío...
Eso era lo que sentía el corazón de aquella chica; un frío vacío que le recordaba que las cicatrices seguían allí dentro, que estaba roto. Se abrazó a sí misma, intentando aplacar aquella sensación; intentando, tal vez, olvidar la maldita razón por la que estaba ahí, pero le era imposible. Cada vez que cerraba los ojos en busca de paz, esa imagen volvía a atormentar sus pensamientos, acompañada de todas las anteriores.
Las enfermeras que pasaban por su lado la miraban con algo de lástima. Su llanto silencioso era en verdad conmovedor. Su cabello liso y castaño caía por sobre sus hombros, mientras que con el dorso de la mano derecha intentaba secar, sin éxito, el tumulto de lágrimas que escapaba de sus ojos color ámbar. De pronto, notó como alguien acercaba a ella un pañuelo de papel; miró hacia el frente y se puso de pie rápidamente.
-Kankuro... –susurró, mientras recibía el pequeño pañuelo.
-Matsuri –la llamó-, debes estar tranquila. Temari dijo que todo estaría bien, no tienes por qué preocuparte –le animó con una sonrisa algo sombría.
-Lo sé, lo sé. Pero es que necesito estar con él. Tú no viste como estaba ese día ¡No lo viste! ¡Necesito saber cómo está! –dijo levantando un poco el tono de voz, mientras volvía al llanto nervioso.
El castaño puso sus manos sobre los hombros de la chica, y la acercó hasta su pecho, envolviéndola en un abrazo.
-Debes ser paciente. En cuanto mi hermana consiga la autorización de Sakura, podremos verlo.
-Lo intentaré... lo intentaré –respondió, mientras sus ojos se cerraban en un inútil intento de calmarse.
Mientras, en la oficina de la joven médico, la mayor de los hermanos Sabaku No lucía un oscuro semblante. Sus ojeras delataban las noches de insomnio, y su pálida piel, la falta de apetito.
-Temari, no ganas nada con terminar enfermándote –señaló Sakura, mientras escribía una receta que pronto le entregó a la otra mujer.
-No sabes lo difícil que ha sido. Era diferente cuando él estaba en casa, al menos podíamos verlo. Sé que esto es lo mejor para él, Sakura, pero duele -se mordió el labio inferior antes de proseguir-. Por cierto, Matsuri está afuera, no pude evitar que viniera; ha sido la más afectada de todos nosotros, no para de llorar.
-Entiendo. Su relación con tu hermano ha sido difícil, lo debe amar de verdad para haber soportado esta situación durante tanto tiempo –agregó la médico.
-Han sido siete años, desde que se conocieron en la academia de artes marciales. Y Gaara es adicto hace cinco... haz la matemática.
La pelirrosa sacó un frasco de uno de los cajones de su escritorio y se lo acercó a Temari.
-Toma una antes de dormir, te ayudará a relajarte. También a Matsuri.
-Gracias Sakura. Ahora dime, ¿podemos verlo? –inquirió la rubia.
-Creo que sí. A esta hora ya debería estar despierto; pero te advierto, cuando lo vean, deben permanecer tranquilos, recuerda que su estado sigue delicado.
La mujer esbozó una ligera sonrisa, para luego ponerse de pie apresuradamente. Guardó el frasco de píldoras en su bolso y se encaminó hacia la puerta.
La doctora Haruno y Temari llegaron a la sala de espera donde se encontraban Kankuro y Matsuri. Ésta última tenía los ojos completamente hinchados, a causa del llanto que no era capaz de controlar. Se apartó del chico para saludar a Sakura; un tímido "hola" y luego bajó la mirada.
La pelirrosa les señaló que la siguieran. Se adentraron entre los pasillos de la clínica, doblaron un par de esquinas y dieron con la habitación.
-Antes de entrar debo hacerles un par de advertencias –dijo seria la médico, mirando a cada uno de los presentes-. Primero: Gaara es un paciente catalogado como "peligroso", debido a sus conocidos arrebatos de violencia y a que tendrá que pasar por un difícil periodo de abstinencia, durante el cual, se volverá más huraño y podría llegar a perder el control.
Los jóvenes que la acompañaban se mantuvieron en silencio, no había nada que pudiesen decir, sabían que ella tenía razón.
-Segundo: cuando ingresen, verán a Gaara amarrado a la camilla. No deben hacer mención del asunto e intenten controlar sus emociones. Lo último que necesitamos es que las visitas lo perturben. ¿Entendido?
Los jóvenes asintieron sin emitir palabra.
Sakura golpeó la puerta de la habitación. Pronto, ésta fue abierta por una chica de largo cabello negro, blanca piel y ojos grises.
-Hinata, tu paciente tiene visitas.
La joven abrió la puerta por completo permitiendo la entrada de los tres muchachos y la médico.
Gaara observó la escena desde la camilla, dejando escapar un silencioso gruñido. Odiaba los tumultos de gente, incluso si se traba de su familia; no acostumbraba a hablar demasiado y esas situaciones le resultaban tremendamente incómodas e innecesarias. Además, tenía hambre y esa interrupción atrasaría su almuerzo.
La primera en acercarse hasta él fue Matsuri. La chica lo observó fijamente, mientras intentaba articular alguna palabra.
-Hola Gaara... ¿Cómo estás? –preguntó torpemente.
-Excelente. ¿No se nota? –respondió con tono sarcástico.
La chica apretó los ojos para evitar soltar otro par de lágrimas; delante de él debía ser fuerte, o al menos, aparentarlo; era lo que Gaara esperaría. Debía ser fuerte a toda prueba.
Se acercó un poco más y posó su mano sobre el rostro del joven; éste hizo un movimiento brusco para evitar el roce. Estaba molesto, y ella lo comprendía; al fin y al cabo, fue ella la que insistió en que lo internaran, la que día a día instaba a su familia a realizar aquel tratamiento.
Se alejó unos pasos y sólo lo observó, con detención, con admiración... con amor.
Mientras, Sakura había salido de la habitación seguida por Hinata. Por una parte, por la privacidad del paciente y sus visitas; y además, para tener una conversación con la otra mujer.
Caminaron por los largos pasillos, hasta llegar a la habitación donde se encontraban los casilleros de los médicos practicantes.
-Hinata, es hora de que vayas a casa a dormir.
La joven la miró perpleja.
-¿A qué te refieres, Sakura?
-Te he asignado los turnos del sábado y el domingo, por ende, corresponde que hoy te vayas a descansar –agregó la otra muchacha.
Hinata suspiró. Odiaba tener que trabajar los fines de semana, odiaba tener que dormir en la clínica. Además, ese chico le crispaba los nervios.
Desabotonó lentamente su blanco delantal, lo dobló con cuidado y lo guardó dentro de su cartera.
-Hasta el sábado, Sakura.
-Nos vemos.
De esta manera, luego de despedirse, Hinata partió rumbo a la salida de la clínica que daba al sector de los estacionamientos. Sacó un juego de llaves de uno de sus bolsillos, desactivó la alarma y se subió a su automóvil; un Alfa Romeo GT 2.0 que su padre le había regalado por motivo de su matrimonio.
Encendió el motor, mientras observaba la argolla que brillaba en su mano izquierda. Suspiró para luego poner la primera marcha y largarse del lugar.
El camino a casa era largo. Considerando que normalmente respetaba las barreras de velocidad permitidas, tardaba cerca de cuarenta minutos en llegar a su casa si es que las calles se encontraban despejadas. Si el tráfico aumentaba, podía llegar a demorar algo más de una hora.
Llegó hasta un portón metálico el cual se abrió automáticamente. Aparcó el automóvil y luego se bajó. Con las manos alisó, algo nerviosa, las arrugas que quedaban en su falda; ordenó un par de veces su cabello y repasó su lápiz labial. Desde el jardín aledaño se oía el fuerte ladrido de un perro.
-¡Akamaru! –lo llamó.
Pronto, se acercó hasta ella un animal de grandes proporciones y blanco pelaje. Sus orejas largas caían a ambos costados de su cabeza. Ella lo acarició unos minutos, y el can lamió sus manos, mientras su cola se meneaba de un lado a otro.
Hinata caminó hasta la entrada principal. Sacó su juego de llaves y abrió la puerta; luego, ingresó al recibidor, donde dejó sus zapatos. No pasaron más de dos minutos cuando pudo percibir un agradable aroma que provenía de la sala de estar. Se dirigió hasta ese lugar, encontrándose con una habitación repleta de diversos arreglos florales. Podían contarse más de un centenar de rosas, docenas de girasoles y crisantemos; margaritas, azucenas y camelias.
Para cualquier otra persona, aquella escena habría sido típica de una película romántica, donde el enamorado de la protagonista la sorprendía con detalles de ese tipo; pero, para Hinata, las cosas eran muy diferentes.
Cogió la tarjeta que colgaba del ramo más grande y la abrió.
"Querida Hinata: Lamento no haberte dado esta noticia en persona. Llamé a tu celular pero estaba apagado, y no tenía tiempo de pasar por el hospital. En estos momentos estoy volando hacia Australia. ¿Recuerdas lo que te dije del proyecto para la cadena de televisión ecológica? Pues ha sido aceptado. Shino y yo no podíamos creerlo, esto es realmente genial. Por favor, discúlpame, y te veo dentro de un par de semanas. Te amo."
La mirada de la joven se volvió opaca. Dejó la tarjeta en el mismo lugar donde se encontraba y subió a su habitación.
Llevaba tres años de matrimonio. No era lo que ella se había imaginado, pero tampoco había sido tan terrible. Kiba era un buen hombre, y sabía que la amaba, aunque no fuera una prioridad en su vida. De todos modos, no era como que le importara tanto, ya que, al fin y al cabo ella no se había casado enamorada.
Hinata y Kiba se conocieron a eso de los doce años, cuando los padres de él se trasladaron a Tokio para abrir una clínica veterinaria. Los Inuzuka eran bastante prestigiosos, lo cual había causado una muy buena impresión a los ojos del patriarca de los Hyuga.
Durante la secundaria, Hinata y Kiba se volvieron muy buenos amigos. Luego apareció Shino, un chico bastante peculiar que también era amigo de Hinata. Su padre, un entomólogo de renombre lo había llevado con él en un viaje por tierras africanas, y ahora se integraba de nuevo al instituto. Los tres jóvenes se volvieron inseparables.
Terminada la secundaria, ingresaron a la misma universidad. Kiba había decidido ser el mejor veterinario de todo Japón. Sus padres lo apoyaban, por lo que no escatimaron en buscar las mejores recomendaciones para su hijo.
Shino había decidido seguir biología, ya que admiraba a su padre pero no tenía claro en que especializarse.
Por su parte, Hinata no tenía claro que era lo que quería para su futuro. Desde pequeña se había dedicado a estudiar, a ser excelente en todo, pero nada le interesaba realmente.
Un día, luego de un ensayo para los exámenes de admisión universitaria, Sakura la invitó a visitar el hospital junto a ella. La joven Haruno desde temprana edad había demostrado interés en el área de la medicina. La apasionaba todo lo que estuviera relacionado con el cuidado del paciente y la salud de las personas. Quería salvar la vida de las personas, esa era la meta de aquella muchacha de extraño cabello color rosa.
Hinata y Sakura no eran grandes amigas, pero al menos podían conversar tranquilas. Ese día, durante la visita al hospital, las dos chicas se dirigieron a la sección de neonatología. A Sakura le habían prometido la posibilidad de estar presente durante un parto. Al principio, a Hinata le había parecido una idea descabellada, ya que esos acontecimientos solían ser privados para las familias.
La joven Hyuga nunca se imaginó lo decisivo que sería ese día para su vida. Después de presenciar todo el parto y observar como el pequeño recién nacido era colocado sobre el regazo de su madre, fue capaz de tomar dos de las decisiones más grandes de su vida: estudiaría medicina para ser pediatra, y se convertiría en madre algún día.
Lo primero era lo más simple de todo. Una buena recomendación de sus padres en la universidad, más el buen puntaje obtenido en las pruebas de admisión le aseguró un puesto en la escuela de medicina; finalmente, seguiría siendo compañera de Sakura.
Le costó adaptarse. Su carácter débil era menospreciado por algunos de sus profesores, quienes constantemente le recordaban que no sería capaz de terminar la carrera. A causa del estrés y del cansancio, a Hinata se le declaró una enfermedad de tipo autoinmune, es decir, su propio cuerpo la atacaba; por lo anterior, tuvo que congelar sus estudios durante un tiempo. Pasó al menos tres meses hospitalizada, periodo durante el cual su gran compañía fue el joven Inuzuka, quien la visitaba a diario.
Fue luego de ser dada de alta, fue que todo a continuación pasó demasiado rápido en su vida. Sin darse cuenta caminaba hacia el altar, tomada del brazo de su padre, a encontrarse con su mejor amigo, y unir su vida y la de él hasta que la muerte los separara.
No lo amaba, eso era cierto. No lo amaba como esperaba amar a aquel a quien iba a entregarle sus sueños, sus anhelos. No lo amaba como a su alma gemela, pero sin duda, sería un gran compañero de vida, porque se querían, y juntos serían capaces de vencer todos los obstáculos que se les atravesaran.
Subió hasta su habitación, dejó su cartera y se cambió de ropa. Salió de ahí en dirección al altillo de la casa. Era una habitación pequeñita a la cual accedía por una escala que bajaba del techo. Ese era su escondite secreto. Solía pasar horas completas, sola en ese lugar; a veces, estudiando para algunos exámenes, y otras, sólo por el gusto de perder el tiempo. Había un pequeño escritorio y una silla, además de un estante para guardar los libros. Histología, Anatomía y Embriología eran sus favoritos, pero también guardaba consigo algunos libros de cuentos que solía leer de niña. Bajo el estante, escondía una pequeña caja de madera que ella misma había adornado. La tomó entre sus manos y la colocó sobre la mesita.
Levantó la tapa de la caja, dejando ver un montón de papeles viejos, y junto a ellos, varias fotografías añosas. Tomó una en particular y la observó fijamente. Era de su graduación del instituto.
A pesar de no ser una mujer fuerte, no lloraba con facilidad; pero claro, siempre había excepciones, como la de aquel día. Lloró cuando ocurrió y lo hace cada vez que lo recuerda. Se refugia en su pequeño escondite para que nadie la vea. Todos saben que es débil, pero el privilegio de sus lágrimas era sólo de ella.
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La noche caía sobre la ciudad. Mientras, dos siluetas caminaban por la vereda rumbo a algún boliche de mala muerte dispuesto a ahogar sus penas.
-No deberías seguir con él. Le vas a hacer daño.
-Lo sé, pero no puedo evitarlo... Cuando lo veo, cuando me habla; absolutamente todo me recuerda a él.
El joven posó sus manos sobre los hombros de la chica.
-Sakura... Él no es Sasuke, por más que se parezcan. No lo es.
La chica tenía ganas de gritar. Un nudo se formó en su garganta mientras contenía las lágrimas que amenazaban con asomarse.
-Yo también lo extraño. Te prometo que lo encontraremos –dijo el muchacho.
-Lo sé, Naruto. Tengo fe en ti.
...
Gracias a los que leen.
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