Hola amigos!

En el anterior capi, sin conocer a nuestro prota ya sabemos su situación: Viviendo "felizmente" con sus tíos desde su nacimiento, Hipo tiene un arbor familiar interesante.

Y gracias a eso, casí todos sus vecinos y su propia familia están dispuestos a usárle como pelele en una guerra. Sólo el rey de Inglaterra esta de su parte por la cuenta que le trae y le ha enviado ayuda. ¡Pero hasta esa ayuda esta dispuesta a matarle! ¿Cuál es el destino del pobre Hipo? Tendréis que esperar al siguiente capítulo. De momento su "ayuda" tiene un trabajo pendiente en su ciudad natal. ¿Le irá bien? ¡Vamos a descubrirlo!


Entra en escena César, un despiadado tirano nacido del prejuicio. La intolerancia y las decisiones surgidas de la fría lógica son el sello distintivo de este Rey de Bastos. No se puede esperar clemencia. La clave de su derrocamiento radicará en la capacidad de permanecer impasible ante sus mentiras.


Esperar en la oscuridad era la parte más dura. Exigía haber practicado la paciencia y la fuerza de voluntad necesarias para permanecer inmóvil durante horas. De hecho, Brusca ni siquiera se inmutó cuando un ratón lanzó un chillido al toparse con su mano en la repisa que recorría la habitación secreta. Estaba más que acostumbrada a ser lo que asustaba a otros en la oscuridad. El ratón se escabulló a toda prisa cuando la joven inclinó la cabeza de un lado al otro para estirar los acalambrados músculos del cuello y los hombros. Había perdido el sentido del tiempo hacía horas y no había forma de saber cuánto más tendría que esperar.

Un débil crujido, seguido del sonido de pasos en el corredor, hizo que se quedara inmóvil de nuevo. Escuchó cómo se abría la puerta de la alcoba de Alvin el traidor y de pronto una estrecha franja de luz brilló a través de la pared. Al instante, avanzó un paso para mirar por la abertura.

Dos sirvientes entraron en la alcoba. El primero era un hombre bajo de mediana edad con barba entrecana y cabello gris hasta los hombros que necesitaba urgentemente un peine. Aun así, la calidad de su vestimenta indicaba que era importante en el servicio doméstico, probablemente un chambelán. La llama del farol que sostenía en una mano cuando entró en la habitación, así que dejo a un lado el cubo de madera que llevaba en la otra para poderla proteger. Después comenzó a recorrer la habitación para encender las lámparas de aceite que colgaban de sus soportes de las paredes. La alcoba se fue iluminando progresivamente y pronto resplandeció hasta el último rincón.

El segundo sirviente era un muchacho de cara dulce y un poco muy rechoncho, pero aún así se notaba que había pasado hambre durante años, ya que sus ropaseran aún más gruesas que él y estaban destrozadas y sucias. Llevaba una bandeja que parecía demasiado grande como para que pudiera manejarla su terriblemente torpe cuerpo, y caminaba con exagerado cuidado para mantenerlo todo en equilibrio. La bandeja contenía un decantador de vino y dos copas, junto con una gran fuente cubierta con una tela de lino.

El joven intentó dejar su carga con cuidado sobre la mesa que había en el centro de la estancia, pero la bandeja chocó contra el borde. Finalmente se las arregló para poner todo sobre la mesa y demostró ser sorprendentemente rápido al trastabillar hacia delante y equilibrar el decantador de vino justo antes de que volcara. Al verlo, el chambelán le propinó una inesperada colleja que casi lanzó volando a ambos, el muchacho y el decantador.

— ¡Torpe pordiosero! ¡Ese vino vale más que tú, así que ten cuidado! —El chambelán señaló el cubo de madera— Pon los ladrillos calientes a los pies de la cama y deja uno debajo de la fuente para mantener la comida caliente.

Brusca se acercó lentamente a la puerta oculta y sacó de sus fundas la daga y la espada. Sabía que no había nada en la alcoba que pudiera traicionarla, y en el cuarto secreto todo hablaba de abandono y desuso cuando había entrado aquella mañana. La sección de paneles que ocultaba la palanca tenía una gruesa capa de cera en las guías que parecía no haber sido tocada, y los goznes chirriaron y protestaron cuando probó a deslizar a un lado el panel que era en realidad la puerta oculta. Los goznes ya estaban engrasados y la puerta se movía silenciosamente otra vez. Dudaba que los sirvientes conocieran siquiera su existencia.

La larga y estrecha habitación en la que se encontraba había sido construida colocando una pared falsa delante del muro que separaba la alcoba del solar, supuestamente como escondite para las mujeres y niños de la familia si el palacio sufría un ataque. (Este Alvin pensaba en todo, pero no era suficiente)

Sin embargo, aunque el propósito original de la habitación siempre se había tomado un poco a broma, los más apegados a Alvin tenían que jurar solemnemente no revelar nunca su existencia a ningún extraño, ni siquiera a los sirvientes. Locura o no, todos se daban cuenta de que el secretismo hacía de la habitación un lugar más seguro que la tesorería de los renegados.

Aquella mañana Brusca había encontrado la habitación prácticamente vacía, cubierta por completo de una capa de polvo. Lo único que quedaba allí dentro era lo que quedaba de una vida normal en Mema antes de la invasión. Ahora toda la isla era el castillo que se había construido Alvin entre los restos de los hogares. La familia de Brusca había sido la más afectada en esa lluvia de sangre hace diez años. La mayoría eran cajas de palisandro que habían sido vaciadas y abandonadas por ser demasiado voluminosas para meterlas en los sacos que habían llenado con cualquier cosa de valor. Unas pocas piezas más grandes aún estaban allí, incluyendo un enorme retablo de oro macizo, botín de una guerra lejana con Constantinopla que representaba escenas de la Crucifixión. La vikinga supuso que el retablo, junto con un número tentador de platos y cálices con joyas incrustadas, ya habría desaparecido si alguien hubiera descubierto la habitación desde su última visita.

Aun así, no había vivido tanto tiempo haciendo conjeturas estúpidas y se mantuvo alerta.

Se quedó de pie junto a la puerta y no quitó ojo a los sirvientes. La mirilla era en realidad una larga grieta que cruzaba todo el largo de la pared y que se ocultaba de forma inteligente como parte del revestimiento de madera de la alcoba. Cada ribete estaba cortado longitudinalmente por la mitad para dar la apariencia deliberada de espacio entre las distintas secciones de revestimiento, pero sólo el que caía a la altura de los ojos ocultaba una mirilla por la que Brusca podía ver todo lo que ocurría en la habitación principal. Ni el muchacho ni el otro sirviente echaron siquiera un vistazo en su dirección.

El chambelán terminó de colocar la fuente y las copas a la perfección mientras el adolescente ponía los ladrillos envueltos en tela debajo de las mantas a los pies de la cama. Luego se dio la vuelta para ir junto a la mesa, y fue entonces cuando Brusca advirtió la pequeña copa de metal y la cuchara que colgaban de una cadena unida al collar de hierro que rodeaba el cuello del más joven. El collar indicaba que era un esclavo, y la copa y la cuchara significaban que se ocupaba de catar la comida de la familia.

—Haz tu trabajo —le dijo el chambelán mientras levantaba la cubierta de lino de la fuente.

Cuando un aroma mezcla de canela y nuez moscada llego hasta ella supo que la cena de aquella noche incluía bizcochos especiados. Tales alimentos no tenían ninguna utilidad para sus propósitos, pero el vino ofrecía posibilidades, especialmente si ya había sido catado. Observó cómo el muchacho se llevaba la comida a la boca a una velocidad sorprendente, pero al pobre desgraciado sólo le dio tiempo a tragar unos pocos bocados antes de que el chambelán volviera a propinarle una colleja para apartarlo de la fuente.

—Ahora el vino.

El muchacho le dedicó una última y codiciosa mirada a la fuente mientras la comida era cubierta de nuevo, luego alzó su copa para que el chambelán le sirviera del decantador y bebió ávidamente.

—Vuelve a tu sitio —le ordenó el chambelán a los pocos segundos, empujándolo por el hombro— Esta noche el Señor no está de humor para tus gimoteos, así que un sonido antes del amanecer y la próxima paliza será dos veces peor que la última.

Se aproximaron a la puerta y entonces Brusca se dio cuenta de para qué era la cadena que había visto atornillada a la pared del exterior de la alcoba. Ahora entendía la excesiva mala condición del joven.

El veneno se manifestaba mucho más rápido en el cuerpo de un chico que en el de un hombre, por eso los nobles los utilizaban como catadores y el hambre constante aseguraba que cumplieran con su obligación con entusiasmo.

Alvin, además, dejaba al chico encadenado como a un perro para que guardara la puerta de la alcoba de su Señor por la noche. Era una complicación que Brusca no necesitaba, pero que no era insuperable.

Una vez estuvo segura de que la estancia se hallaba vacía de nuevo, deslizó la espada y la daga en sus fundas. Podía oír al chambelán hablando con el muchacho en el corredor, y era muy consciente de que el sirviente podía regresar en cualquier momento para esperar la llegada de su Señor.

Agarró el pomo de la puerta y dejó escapar un suspiro de alivio cuando el panel se deslizó sin un ruido y se abrió. Para cuando llegó a la mesa ya tenía descorchado en la mano un pequeño vial de vidrio cuyo contenido descargó rápidamente en el decantador. Después movió el decantador en círculos hasta que estuvo segura de que el vino y el veneno se habían mezclado. Un instante después estaba de vuelta en su escondite.

Al final, tanta prisa resultó innecesaria. Pasó más de media hora antes de que la puerta de la alcoba volviera a abrirse. En aquella ocasión, el chambelán abría paso a una pareja de mediana edad. Brusca los reconoció de inmediato. Eran Alvin el traidor y su fiel amante, Donna Maria.

Brusca advirtió con cierta sensación de satisfacción que Alvin no había envejecido bien. Su cabello se había vuelto completamente gris y estaba demacrado. Tenía oscuras ojeras alrededor de los ojos y muchas más arrugas, y el extraño caminar y la cojera, fruto de un antiguo accidente de equitación, se habían vuelto más pronunciados.

Donna Maria también había cambiado, aunque había hecho esfuerzos más que evidentes para detener el tiempo. Su cabello parecía más rubio y la piel de su rostro tenía un aspecto tirante y brillante, ambos cambios probablemente debidos a usar limón y otros ácidos cáusticos para aclarar el pelo y borrar las arrugas. En su opinión, había pasado de ser una mujer atractiva a ser una bien conservada.

—El chico ya ha catado la cena y el vino —anunció el chambelán renegado con forzada jovialidad y una sonrisa que no llegaba del todo a sus ojos— ¿Quiere que sirva el vino, mi Señor?—

Alvin le indicó con la mano que se retirara y el renegado se apresuró a salir de la estancia después de una breve reverencia. La pareja miró al suelo unos momentos, obviamente esperando a que el chambelán se hubiera alejado lo suficiente para no oír nada de lo que pudieran decir.

—Las reuniones del Consejo no me han sido favorables —dijo él finalmente rompiendo el silencio— Todavía hay buenas posibilidades de poder convencer a más miembros antes de la votación, pero tenemos que hacer planes por si aceptan la solicitud de Thorson Me niego a ser procesado como un criminal común.

Donna Maria emitió un sonido de impaciencia.

—Pensaba que tus amigos del Consejo habían dicho que no tenías de qué preocuparte.

—No tengo amigos en el Consejo —la corrigió Alvin con voz clara y precisa— Hay miembros que me deben favores y que temen las consecuencias de contrariarme, pero Thorson ha involucrado en su causa no sólo al Papa, sino también al soberano de Inglaterra. El uno o el otro podrían ser ignorados, pero es difícil ignorarlos a ambos ni levantar más sospechas. Se cruzo de brazos y la miró con dureza— Mis espías dicen que tiene al menos un testigo que jurará que planeé la muerte de los vikingos en vez de encontrar el lugar ya desolado para quedarme con su fortuna, y que después acusé falsamente a la mujer Thorson de toda la trama. —Le dedicó una mirada sesgada y cargada de significado— Sólo queda una persona viva que pueda dar tal testimonio.

— ¡No puedes creer que yo haría algo así! —protestó Donna Maria llevándose la mano a la garganta— Alvin, yo no podría sobrevivir sin ti. Te seré leal hasta la muerte. Jamás en toda mi vida he...

Él alzó una mano para silenciarla.

—Me conoces demasiado bien para traicionarme; sólo era una idea. Inclinó la cabeza para tranquilizarla y confirmar que creía en su inocencia— Supongo que la chica Thorson pretende presentar testigos falsos, lo que significa que podré comprar una historia diferente o, si no, matar al traidor.

—No queda nadie vivo que pueda contar la verdad —le aseguró ella, ligeramente más relajada.

Alvin fue hasta la mesa, llenó dos copas de vino, y le ofreció una a Donna Maria.

—Aun así tenemos que hacer preparativos para mudarnos con los niños y el esclavo y reunir recursos suficientes para vivir cómodamente en caso de que tengamos que huir. Tú tienes mejor ojo que yo para esas cosas, y un inusual talento para conocer el valor de todo lo que se cruza en tu camino. Mañana quiero que recorras el palacio y la tesorería y que hagas listas con todo lo que haya de valor y que se pueda trasladar. Tendré un barco listo para navegar en tres días. Nos refugiaremos en la finca de Dalmacia.

Donna Maria se dejó caer en una de las sillas que había junto a la mesa.

— ¿De verdad crees que Brusca Thorson puede tener éxito?

—Creo que es más persistente de lo que había previsto, y hasta ahora ha demostrado ser imposible de matar. —Alvin bebió un largo trago de vino y se masajeó la frente— He enviado incontables hombres tras ella a lo largo de los años, pero sólo un puñado ha regresado para contarlo. Sus informes dicen que trabaja como asesina para el rey de Inglaterra.

—Te dije que esos "inofensivos niños" nos traerían problemas algún día.

Alvin alzó las manos como si hubiera oído la queja más a menudo de lo que hubiera querido.

—Ya había suficientes interrogantes sobre las muertes de sus padres, y no quería levantar más sospechas. La familia Thorson es tan antigua como la propia Mema. El asesinato de tres nobles más en la ciudad habría hecho imposible que mis "amigos" del Consejo pudieran votar a favor de mi inocencia en el asunto —se justificó. Luego levantó un hombro— Pagué una fortuna para asegurarme de que no llegaran vivos a Inglaterra, ¿cómo iba a saber que eran lo bastante inteligentes para domar a un Cremallerus Espantosus y que los llevase a Inlaterra? —Hizo una pausa— Pese a todo, el niño nunca fue una amenaza real, sólo la niña. Además Brusca desapareció poco despues y la creí muerta hasta hace pocos años.

Donna Maria movió la cabeza de un lado al otro, como si tuviera problemas para aceptar la realidad de la situación.

—Todos estos años ha estado aguardando el momento oportuno, esperando hasta que estuvo segura de poder destruirte. ¡Destruirnos a los dos!

—Aún no es seguro que mi destino sea el cadalso —dijo Alvin bebiendo otro trago— En el Consejo todavía hay miembros que son fieles a mi causa; que tienen que ser fieles para asegurarse de que sus propios secretos siguen a salvo. Muchos de esos mismos hombres acusaron a Chusco y Brusca Thorson de bastardos y a su madre de asesina, y ninguno de ellos tendrá prisa por admitir un error de tal gravedad.

Guardó silencio unos segundos y luego siguió hablando.

—En cuanto a los miembros del Consejo que no controlo, no son más que ovejas que deben ser pastoreadas. La suerte de los Thorson se selló el día que utilice mi poder como hermano del jefe y conquistador y me casé con la hermana de Chusco Thorson Senior, y todo salió exactamente como dije que lo haría. Chusco Senior está muerto y el Consejo cree que su esposa admitió bajo tortura haberlo envenenado y que su falso amante era el padre de sus hijos. Murió antes de poder ser juzgada y los niños fueron exiliados y declarados bastardos extranjeros. Como única Thorson restante, mi esposa lo heredó todo, y yo, como su esposo, soy el dueño de todo lo que le pertenecía a ella. El Consejo decretó todo eso en mi favor y sus decretos siguen vigentes. A los ojos de la ley inglesa, el nuevo hogar de esa mocosa, Brusca ya no es una Thorson, ni siquiera una vikinga, aunque nadie le puede negar que tiene razones para presentar su causa. Por desgracia, también tiene sobrados recursos e influencias, pero al final yo ganaré de nuevo. No lo dudes, el Consejo creerá una vez más lo que yo quiero que crean.

Se sentó en una silla junto a la de Donna Maria y le dio unas palmaditas en la mano.

—Nadie va a quitarme lo que he conseguido, y Brusca Thorson morirá a más tardar al día siguiente de poner los pies en Mema para testificar delante del Consejo sobre estos cargos. Una vez muerta, no quedará nadie para respaldar sus exigencias, nuncan llegarían a creer la versión de su hermano por la cuenta que les trae y todo volverá a la normalidad.

Alvin se terminó lo que quedaba en su copa y la dejó en la bandeja mientras Donna Maria bebía un trago más pequeño.

—Tenemos que actuar con cautela —dijo ella al cabo de unos segundos, reflexionando sobre las palabras de su amante— Si esa Brusca es tan lista como dices, habrá... —Ladeó la cabeza de pronto y sus palabras quedaron ahogadas.

— ¿Qué te pasa?

La mujer apenas tuvo tiempo de levantarse antes de que Brusca atravesara la puerta y estuviera justo detrás de ella. Le rodeó la cintura con el brazo, le pasó la otra mano por encima del hombro y, con un movimiento uniforme de su daga, le rebanó el cuello. Mientras la bajaba con cuidado hasta dejarla tendida a sus pies, no apartó los ojos ni un momento de la asombrada mirada de Alvin. Se inclinó para limpiar la hoja en la falda de Donna María y después pasó tranquilamente sobre el cuerpo para ocupar el lugar de la mujer en la mesa.

Alvin aún estaba sentado con una expresión de horror congelada en el rostro. Intentó levantarse pero le fallaron las fuerzas. Se derrumbó desmadejadamente sobre la mesa con los brazos abiertos, y uno de los lados de su cara quedó apoyado contra la encerada superficie de caoba.

Brusca acercó su silla a la de Alvin y se inclinó para poder mirarlo a los ojos.

— ¿Realmente creías que me dejaría ver en Mema mientras aún estuvieras vivo?

Los músculos de los brazos de Alvin sufrían convulsiones y la boca se le movía sin pronunciar palabra, como un pez fuera del agua que pierde la batalla.

—Deseaba que fueras tú quien bebiera más veneno —prosiguió Brusca, indiferente ante la falta de respuesta de su presa. Miró por encima del hombro a Donna Maria— Tenía que matar con mis propias manos al que bebiera menos, pero ambos tenéis las manos manchadas de sangre Thorson, así que, al final, tampoco importaba tanto quién muriera antes. Simplemente quería ver tu cara cuando vieras la mía. Dime ¿Que tal sienta enfrentarse con la que una vez fue "la estúpida niña" estando ahora sedienta de sangre?

Un pequeño movimiento en el suelo llamó de pronto la atención de Brusca. La pierna de Donna Maria había temblado por un momento, un movimiento involuntario que había visto antes en aquellos que agonizaban. No quedaba nada que temer de aquel lado, así que se volvió de nuevo para mirar a Alvin.

— ¿Sabías que tu ramera se encargó de que los tres hijos que tuviste con mi tía fueran asfixiados a los pocos días de su nacimiento? Donna Maria se cercioró de que no tuvieras herederos legítimos con tu esposa para que adoptaras a los bastardos que te dio y los convirtieras en tus herederos, y muchos creen que también envenenó a mi tía para que muriera durante el último parto. Si ambos os hubierais salido con la vuestra, la siguiente generación de Thorson no tendría ni una sola gota de sangre legítima. ¿Cómo pudiste pensar que permitiría que eso ocurriera?

Hizo una breve pausa y siguió hablando. No tenía sentido esperar de Alvin una respuesta que nunca llegaría.

—Habría preferido el juicio público que tanto temías tú. Quería que ambos fuerais juzgados y ejecutados públicamente por lo que le hicisteis a mi familia. Pero ya no confío en que la justicia se cumpla por las vías usuales. Tú me enseñaste bien esa lección, "tío". De hecho, aprendí hace mucho que un alguien honorable no podía vencerte, así que me he modelado a mí misma hasta convertirme en el mismo tipo de demonio que destruyó a mi familia. ¿Qué tal sienta saber que has forjado a tu propia asesina?

Apoyó los codos en la mesa y descansó la barbilla sobre las manos cruzadas sin dejar de mirarlo.

Alvin había dejado de boquear, pero Brusca aún podía oler el vino en el débil aliento de su respiración. No se iría hasta estar absolutamente segura de que aquel hombre no volvería a respirar. Era una experiencia interesante poder decirle a aquel traidor todo lo que pensaba, sabiendo que él no podía hacer nada salvo escuchar.

—Vi a mi madre antes de que muriera —continuó con una voz carente de emoción— Nunca te dijo lo que querías oír. Sabía que moriría de todas formas, y aguantó las torturas que le infligiste con el fin de dar tiempo a sus hijos para escapar de Mema, tiempo para escapar de ti. El último recuerdo que una niña tiene del rostro de su madre no debería parecerse al mío. Por eso juré que aprendería todo tipo de torturas. Quería asegurarme de que sufrieras lo indecible en las horas previas a tu muerte y, créeme, mis conocimientos son considerables. Sé que no puedes mover un solo músculo y que, aun así, puedes escucharme mientras yaces en la mesa, incapaz detenerme.

Se echo hacia atrás, sacó una pequeña daga y hundió el estrecho filo en la axila de Alvin para después retirarla rápidamente.

—Por tus lágrimas puedo ver que ha dolido. Imagina las horas que podría llevarme infligir cientos de esos pinchazos por todo tu cuerpo. ¿Se te acelera el corazón de miedo?

Brusca observó cómo Alvin derramaba lágrimas silenciosas sobre la mesa.

—Cuanto más fuerte late tu corazón, más rápido se propaga el veneno. —Deslizó el lado plano de la hoja a lo largo del rostro de aquel miserable, dejando una mancha de sangre en su mejilla y manteniendo en todo momento la voz baja y tranquilizadora— ¿Imaginas ahora el miedo que le infundiste a mi madre antes de su muerte?

La mirada de Alvin permanecía fija y no se movía un solo músculo de su cuerpo. Estaría muerto en unos pocos minutos más. Si el veneno del vino no lo mataba, lo haría el de la hoja de la daga. Su misión había acabado y, aunque sabía que era momento de escapar, no pudo resistir el impulso de dirigirse a Alvin una última vez.

—Tus horribles acciones han fracasado. Todos los bienes y posesiones de mi familia, junto con este palacio, serán del antiguo jefe de Mema. Los Thorson tienen su venganza y tú mueres sin nada.

Se apartó de la mesa de un empujón, miró duramente al moribundo y volvió al cuarto secreto a recoger un rollo de cuerda. Cerró la puerta oculta y usó el puño de la camisa para borrar las marcas de sus manos de la madera. Luego cruzó la alcoba hasta las puertas que daban al balcón con movimientos tranquilos y metódicos, y cogió varias bocanadas largas y profundas de aire fresco para poner en orden sus ideas. El olor de la sangre de Donna Maria y de la misma muerte llenaba la habitación.

Brusca dio un breve silbido que alguien repitió un instante después muy por debajo de ella en la niebla. Desenrolló la cuerda, ató un extremo a la barandilla y luego tiró el resto al exterior. La cuerda se tensó de pronto y Brusca le dio dos tirones rápidos para indicar que todo iba bien. Volvió a la alcoba y estudió a su enemigo con indiferencia.

El rostro de Alvin era del color de la cera y la base de sus uñas había adquirido un tono azul oscuro. Las respiraciones que habían empañado la pulida superficie de la mesa alrededor de su boca habían desaparecido. Brusca se sentó de nuevo y esperó, reacia a abandonar la estancia hasta estar segura de que había logrado su objetivo. Finalmente, un largo y tembloroso aliento abandonó el cuerpo de aquel malnacido y sus ojos comenzaron a nublarse con una película lechosa.

Alvin el traidor estaba muerto.

Brusca se repitió aquella frase varias veces, pero seguía sin calar en su mente. Desde que era una niña, su vida había girado en torno a someter a juicio a aquel hombre, y ahora, por fin, Alvin había pagado por sus crímenes. Miró el cuerpo de Donna Maria y sintió el mismo vacío en el corazón. Ella había matado a sus primos y posiblemente a su tía, por lo que también había recibido un castigo justo. No sentía ningún remordimiento.

Gothi la había entrenado para que sus emociones no se implicaran nunca en ningún asesinato, pero había pensado que aquellas muertes serían de algún modo diferentes, que sentiría una gran satisfacción o, al menos, alivio. Debería alegrarle haber sido capaz de ejecutar la sentencia que debió haberse dictado años atrás, sin embargo no sentía... nada. Al final, era simplemente una ejecutora de la ley haciendo su trabajo.

Un sonido familiar la sacó de sus pensamientos, un tintineo metálico que venía de la puerta, el sonido que producían al chocar entre sí una pequeña copa y una cuchara, ambas de metal. Brusca sintió que lo recorría un escalofrío.

El ruido podía deberse a que el esclavo encadenado a la puerta se hubiese dado la vuelta mientras dormía, pero había las mismas posibilidades de que se hubiera despertado y oído a Brusca hablandole a Alvin. Tal vez aquellas muertes la habían afectado más de lo que creía; nunca antes había sido tan imprudente.

Fue en silencio hasta la puerta, los oídos agudizados intentando escuchar cualquier otro ruido del lado opuesto.

Sólo hubo silencio.

Debería haberse ocupado del chico nada más acabar con Donna María pero, en lugar de ello, su decisión de explicar sus planes a un hombre moribundo podía fácilmente haber significado su propia muerte. Aún podía.

Ahora tenía que tomar una decisión diferente.

Podía imaginar fácilmente la suerte del muchacho cuando se descubrieran los cuerpos por la mañana. Probablemente lo apalearían hasta que confesara en falso y admitiera que había dejado pasar a alguien sin dar la alarma. Las posibilidades de que sobreviviera a la paliza eran remotas, igual de remotas que las posibilidades de que Brusca liberara al chico antes de que el terror le hiciera emitir algún ruido y así conseguir que los mataran a ambos. Sin duda, lo mejor que podía hacer por el esclavo era darle una muerte rápida e indolora.

A pesar de que una parte de ella se rebelaba contra el hecho de que la muerte de Alvin tuviera que costar la vida de uno de los pocos vikingos de Mema que quedaban, sacó la daga y abrió la puerta.

La luz proveniente de la alcoba mostró un rostro que la miraba fijamente con una expresión más curiosa que asombrada. El muchacho rechoncho estaba sentado con las piernas cruzadas sobre una vieja manta de lana y tenía los ojos hundidos. La visión de Brusca desde el cuarto secreto no había revelado el alcance de la inanición del chico. Sus brazos y piernas eran poco más que huesos apenas recubiertos de carne, contrastaba bastante con la bola de grasa que tenía como barriga. Después de un largo y tenso momento, el muchacho se ladeó para mirar más allá de Brusca, dentro de la estancia, donde los cuerpos de Alvin y Donna Maria se veían con claridad. Su mirada se desplazó después hasta la daga en la mano de la vikinga y dejó escapar un largo y estremecedor suspiro.

Fue la mirada de resignación de sus ojos lo que despertó en Brusca algo que creía muerto hacía mucho tiempo.

No había forma de que pudiera llevarse a un chico medio muerto de hambre en el viaje que la esperaba. Era una locura siquiera pensar en ello, pero la decisión estaba tomada.

— ¿Cómo te llamas?

El muchacho titubeó antes de hablar.

—Patapez —dijo al cabo de unos segundos, en el mismo tono quedo que Brusca.

—Bien, Patapez, si te quedas callado y haces exactamente lo que te diga, puede que no mueras esta noche. Y si seguimos vivos por la mañana, me aseguraré de que tu destino cambie a mejor. ¿Estás de acuerdo?

Brusca mantuvo la daga preparada mientras el chico le devolvía la mirada. Empezaba a preguntarse si el nórdico del chico no era bueno o que simplemente era retrasado hasta que asintió solemnemente a su pregunta.

—El collar tendrá que quedarse de momento, pero voy a usar la daga para forzar la cerradura que lo une a la cadena de la pared. Si haces cualquier ruido, nos matarán a ambos. ¿Lo has entendido?

En aquella ocasión no hubo vacilación. Patapez asintió firmemente mientras cogía la copa y la cuchara de metal para que no emitieran ningún sonido.

Brusca se deshizo rápidamente de la cadena, después cogió a Patapez y lo llevó hasta el balcón, asombrada por la ligereza de su carga, y señaló la cuerda que desaparecía en la niebla.

—Hay una barca al final de la cuerda en la que esperan mi hermano y su amigo, nuestros aliados vikingos. ¿Eres lo bastante fuerte para bajar tú solo o tengo que atarte la cuerda a la cintura y bajarte yo?

—Soy fuerte... compañera.

Patapez levantó el brazo para mostrar un patético y pequeño músculo, y luego asintió con decisión.

Brusca no tenía motivos para confiar en la fuerza del joven, pero había algo en los ojos de Patapez que le hizo creer en él. Fuese cual fuese su ascendencia, sin duda pertenecía a un linaje de guerreros vikingos.

—Mis hombres se llaman Chusco y Patan. No hables a no ser que te pregunten algo y no te harán daño.

Recogió un trozo de cuerda y se aseguró de que Patapez estuviera bien agarrado.

—Date prisa, chico. Te seguiré en unos minutos.

Observó cómo Patapez trepaba a la barandilla para después desaparecer en la niebla y volvió a la alcoba con paso firme. Comprobó de nuevo los cuerpos, sólo para cerciorarse una vez más de que el trabajo estaba acabado, fue hasta la puerta y cogió la manta de Patapez. Absorbió con el grueso tejido parte de la sangre que se esparcía bajo el cuerpo de Donna Maria y luego devolvió la manta a su lugar, colocándola de tal modo que pareciera que había matado al chico allí. Con suerte pensarían que había tirado su cuerpo al canal.

Volvió al balcón y miró sobre su hombro para echar un último y largo vistazo a los dos cadáveres, satisfecha de que por fin se hubiera hecho justicia. Un momento después desapareció por encima de la barandilla.