Capítulo II
No podía figurar ni por asomo un momento similar. Su mente aun procesaba a ese par mirándose por primera vez cuando ambos se estaban precipitando a un sendero serio y sin siquiera haberse tomado un café.
—¡Qué!—exclamó sorprendido— ¡Están locos! ¡Nadie sale de esta habitación, si no recuperan la cordura!
Cubrió la puerta con su diminuto cuerpo, sabía que no era necesario, ellos podían empujarlo y salir libremente, pero al menos deseaba imponerse y hacerles saber su postura al respecto.
—Nadie aquí está loco. — respondió con indiferencia la rubia.
—¡¿Llamas cordura a casarse por venganza?! ¡Ni siquiera se conocen!
—¿Y eso tiene importancia?
Fue inevitable no reír por esa pequeña riña y suspiró más tranquilo. Dos días en casa de su amigo y nada le había subido tanto el ánimo como verlos discutir. Pero en efecto, Manta tenía razón. Ellos no se conocían y si iban a tomar ese paso, entonces mínimo debía conocer su nombre completo. Así carraspeó un poco para llamar la atención de ambos, en especial la de ella.
—Yoh Asakura. —le dijo el castaño, tendiéndole la mano a la rubia.
Su sonrisa estaba de vuelta. Aunque aún sentía el dolor carcomiéndolo por dentro, le alegraba saber que había alguien que entendía su sentir y sus ganas de volver a comenzar. Anna contempló su semblante tranquilo y no pudo evitar ver el contraste entre ambos hermanos.
—Anna Kyouyama— contestó estrechando su mano cordialmente.
Manta casi cae de espaldas con semejante ligereza. Pensaba objetar, decir algo negativo ya que los conocía a ambos, pero ahora se encontraba desconcertado por la intensa mirada que se dirigía ese par.
Hao daba vueltas por toda la habitación. Tan sólo habían transcurrido unos minutos y su histeria no tenía par. Había llamado a su móvil, su casa, su oficina, con sus mejores amigos, pero nada. Simplemente Anna no aparecía. Estaba fuera de foco.
—Deja de desesperarte, Haocito. Esa tipa de todos modos no te convenía— le dijo Marion desde la cama.
Seguía desnuda, retozando con libertad en la cama que ocasionalmente compartía con Anna. Y aun con todo lo sucedido no podía quedarse callada, Phauna no tenía decencia.
—¡Cállate, o así como estás te saco a la calle me escuchaste! —contestó enojado—Si Anna no aparece, Marion, si Anna no aparece, me las vas a pagar.
—Pero si lo estabas disfrutando tanto como yo—dijo con fingida inocencia.
Marion esbozó un puchero y se acercó hasta donde él se había sentado. Había llegado a él porque tenía tantas ganas de sentirlo, le agradaba más la experiencia que sentía entre sus brazos que la suavidad y ridiculez de su hermano. Extrañaba su contacto. Y no esperaría para tenerlo, pese a todo. Tuvo la osadía de sentarse en sus piernas, tratando de quitarle el teléfono de la mano.
—Dijiste que realmente deseabas a Mari, incluso más que a esa rubia desabrida— le dijo marcando un pequeño camino de besos—A mí me deseas, sólo a mí.
No se inmutó, pero tampoco contestó. Era cierto, él había dicho esas mismas palabras para llevarla a su cama más de una vez. Ése era su objetivo, que ella cayera en su pasión, pero no él, se sentía inmune a sus encantos. Su engaño tenía una justificación sólida, y Marion no era suplente de nadie, todo iba más allá de una simple pasión pasajera.
—Hao— llamó su hermano.
—¿Qué quieres, Yoh? —preguntó con molestia al verlo
Para ser sincero, ellos ya no eran cercanos y no eran íntimos amigos, su sola presencia le incomodaba en especial después de conocer el testamento de su abuelo.
—Necesito un consejo... quiero pedirle matrimonio a Marion—dijo con cierto aire de inocencia.
—¿Y por qué me lo dices a mí? —preguntó con evidente sarcasmo
—Porque eres mi hermano y siempre he pensado que tú eres el indicado para manejar la empresa y todos los negocios, no te preocupes por eso, yo…
—No me trago ese cuento, Yoh. Pero está bien, ¿quieres un consejo? Sólo complácela en todo, y en una buena sesión de cama le das la sorpresa, así de fácil
—¿Eso es lo que harías tú?
¿Qué si lo hubiera hecho él? Por supuesto que no. Anna lo mataría por semejante falta de romanticismo. También por la poca importancia que le restaría al momento de hacerlo de aquella manera. Tampoco es que fuera un sol, pero tenía más cerebro que tomar la opción fácil.
El problema surgió cuando Marion llegó a la mansión vanagloriándose del anillo de compromiso. Yoh no había escatimado en comprar una joya de una gran colección y ella no podía estar más complacida. Hasta ese instante, creía que él no tomaría con firmeza el testamento, después de todo, Yoh no tenía un rumbo constante, pero verlo feliz, radiante con su próxima boda le hizo rabiar.
Fue así como decidió emprender la conquista con Marion. Y aunque fue difícil de envolver en un principio, no había dudado tanto después de un primer beso, incluso cuando la llevara al departamento para evitar suspicacias extrañas. Ahora comprendía que era un reverendo imbécil. Tenía claro que Marion no era el tipo de mujer que él tomaría en serio, tampoco la amante que opacara sus sentimientos por Anna, pero qué había hecho, todo lo contrario.
Apretó su puño, ignorando todos los comentarios bobos e insulsos de Marion. Le daba rabia pensar que había perdido todo con Anna, ella era después de muchas mujeres, la única que verdaderamente le importaba. Sus mil aventuras con mujeres, modelos, empresarias e incluso actrices habían terminado cuando ella se adentró en su vida. No conocía alguien que pudiese comparársele, nadie. La amaba a límites inimaginables, y cuando la tuvo entre sus brazos durmiendo a su lado se sintió completamente realizado. Ella lo complementaba y al mismo tiempo se semejaban, su carácter, su ritmo de vida, su pasión, todo.
Entonces volvió a su realidad, a la rubia que ahora lo besaba en el cuello. No era para nada lo que soñó por esposa, no era la mujer con que él deseaba pasar el resto de su vida, simplemente no era Anna. La alejó con brusquedad de su lado, comenzaba a darle repugnancia, pues no era la primera vez que mantenían un relaciones, eran ya varias las ocasiones y tan sólo para hacerlo sufrir.
—¿Sabes? En realidad no eres nada para mí, Marion—confesó bruscamente— Yo sólo quería que rompieras con Yoh.
Sin embargo, lejos de llorar, Marion sonrió con agrado.
—¿Para que Yoh no se quede con la fortuna? —cuestionó firme— No soy tonta, a pesar de lo mucho que me gustas y que disfruto contigo, no pienso dejar escapar mi mina de oro.
Sus palabras lo sorprendieron, en especial por la ingenuidad que demostraba con su hermano e incluso con él. Ahora sí tenía una razón por la cual odiarla. Y sin tomar en cuenta si estaba o no vestida, la agarró bruscamente del brazo, abrió la puerta y la arrojó afuera.
—Eres una escoria, Marion. Creo que le hice un favor a Yoh al alejarlo de ti—dijo mirándola con rencor en sus ojos.
—¿A qué te refieres? — preguntó molesta la chica, tratando de cubrir su desnudez lo mejor posible.
—¿Crees que soy estúpido? Le envié fotos a Yoh de nuestros encuentros. Cada uno… desde hace dos días.
—¡Eres un…!
Ni siquiera le había dado tiempo de responder, cerró la puerta sin dudarlo.
—¡Abre esa puerta, Hao!
Ignoró los gritos lo mejor que pudo, pero Marion estaba fuera de sí. Entonces tomó el teléfono y marcó a recepción.
—Dígame, señor Asakura— contestó el hombre de seguridad.
—Hay una loca afuera de mi departamento, quiero que la saquen de inmediato.
—Cómo usted ordene.
Colgó el teléfono, escuchando el escándalo que generaba la rubia con los policías que la tomaban como a una loca cualquiera. El corazón no le remordió, ahora no tenía tiempo para pensar en algo más que no fuera ella. Sólo en ella.
—¿Dónde estás, Anna?…
Casi tartamudeó. Esperaba que en cualquier instante entrara su hermana a impedir esta locura, pero ni Mannoko aparecía y él estaba perdiendo la poca paciencia que aún tenía.
—No crean que eso me va a convencer para quitarme de la puerta.
Anna bufó fastidiada y casi lo fulminó con la mirada. No necesitaba una conciencia en ese momento, sólo quería liberar esa frustración, esa sed de venganza.
—Escúchame, Manta—dijo severamente—Tú sabes mejor que nadie sabe cuán duro fue para mí ceder a mis sentimientos. Ningún hombre había llegado a tanto, a nadie he amado como a él. Ahora imagínate cómo me siento al ver a esa bruja con mi novio, en mi cama, en un apartamento que compramos los dos.
La voz de Anna en ningún momento se quebró, y lejos de sentir lástima, su temple y elocuencia sorprendieron a ambos hombres, especialmente al castaño, que podía percibir en ella el mismo maleficio carcomiéndolo por dentro.
—Yo sí te entiendo— dijo con dolor—Yo también fui engañado de la misma forma, por mi hermano y mi novia. Marion aceptó un anillo de compromiso, íbamos a casarnos, estaba emocionada. Y después, decidió postergar la boda, dijo… que aún no estaba lista para el matrimonio. No tenía sentido. Nada. Hasta que recibí unas fotos en donde ella y Hao se acostaban juntos. No una, sino varias veces, días diferentes, en tu casa, en la de ella.
Su frialdad era innegable, pero por dentro su corazón se estremecía con semejante burla. Pudiese haber soportado una vez su infidelidad, pero reiteradas era demasiado. Yoh sufría a cada palabra que pronunciaba, incluso más que ella, su compromiso con aquella mujer era después de todo una propuesta seria de vida y él, su propio hermano.
—Por eso Anna….—dijo hincándose ante ella—Permíteme ayudarte y enseñarles que el dinero no lo es todo, no cuando hay dos corazones de por medio.
La ternura en sus ojos era difícil de ignorar, él hablaba con el corazón en la mano. No tendría por qué dudar de terceras intenciones, podía percibir una confianza innata en él. Qué podría pasar, qué más podría dañarla, estaba segura que no había nada más hiriente en ese momento. Sólo, era una lástima que aquel inmenso amor estuviese a punto de morir. No cuando había llevado años hacerlo fuerte. No cuando había sacrificado mucho para conseguirlo. Una lágrima cruzó la mejilla de la rubia, sentía melancolía al saberse objeto y burla de dos personas con tan bajos escrúpulos.
—Anna Kyouyama, ¿quieres… casarte conmigo? —preguntó con una increíble devoción para el momento especial que se tergiversaba entre ellos.
Hubiese deseado oírlo de sus labios, pero en él, en Yoh, aquella simple pregunta se traducía en ternura y tristeza. Sus palabras cargadas de emoción le dictaban lo decidido que estaba de comenzar a fraguar su coraza y a olvidar su amor maltrecho. Ahora sólo ella tenía la respuesta en sus manos.
—Sí, quiero ser tu esposa—respondió tomándole la mano—Claro que sí.
Sonrió y se levantó.
—¿Nos ayudarás? —cuestionó la rubia a su amigo que miraba absorto la propuesta de matrimonio.
Fue imposible no conmoverse ante el dolor y la emotividad de una promesa de venganza. Su corazón palpitaba acelerado y aunque no estaba del todo de acuerdo, comprendía sus sentimientos y conocía a ambos lo suficiente para que cuidasen uno del otro. Se acercó a ellos emocionado y posó sobre sus manos la suya, en una simbólica aprobación.
—¡Por supuesto!—exclamó agitado— Pero…¿cuándo?
Ambos se miraron nuevamente. Un día de grandes sorpresas estaba por comenzar.
—Ahora mismo—contestaron al unísono.
Desorbitando totalmente a su amigo, que no pudo evitar gritar.
—¡¿Qué?! —exclamó escandalizado—¡Esto se va a ver muy precipitado! Además, Anna no puedes ir así a un registro civil.
Yoh la miró fijamente. Realmente no se veía mal, la ropa deportiva acentuaba muy bien su figura.
—Y tú también, Yoh. No puedes ir así, no te has cambiado desde que llegaste—le recordó Manta, logrando un notable sonrojo en el castaño.
—¿De verdad? — preguntó Anna con cierto toque de burla
Se paralizó y rio apenado.
—Sí…
Su depresión no le había ayudado mucho, pero ahora mismo iba a corregir ese pequeño desliz mientras se paraba del suelo.
—Tú eres… la famosa diseñadora, ¿no es verdad? —cuestionó para cerciorarse de que no fuera a cometer ningún error.
—Así es, soy diseñadora, aunque no sé si tan famosa.
—Pues, según mis fuentes, lo eres—respondió sonriéndole— ¿Por qué no les dices que te traigan un vestido de novia? Supongo que tendrás diseños muy bonitos.
Tenía muchos, recién había comenzado una línea exclusiva para novias. Sí… incluso se había atrevido a diseñar el propio. Uno sencillo y otro mucho más elaborado para una ceremonia más formal.
—Sí, tengo uno.
Fue suficiente para que él comprendiera la naturaleza del concepto.
—¿Segura?
—La ocasión es propia—se limitó a decir mientras miraba sus manos unidas—¿No lo harías tú?
Francamente, no era uno de sus mejores momentos, así que su respuesta sería afirmativa, dejando de lado los sentimentalismos.
—Sí…
Manta continuó perdiendo su vista en la mágica escena que estaba viviendo. Jamás pensó en juntar a ese par precisamente para llevarlos al altar, pero las mismas circunstancias los habían llevado hasta él.
— Te gustará.
—Eso no lo dudo—respondió soltando su mano—Iré a bañarme.
—De acuerdo, vete a bañar—dijo indiferente.
—Bien… — dijo mirando a Manta—¿Aun tienes alguno de mis trajes?
—Sabes que sí, en el armario del lado derecho hay dos, el resto lo mandé a la tintorería.
Asintió y salió corriendo a toda velocidad. Era una ventaja que tuviera incluso su propia habitación en su casa, de ese modo no tendría tiempo que perder en otros lugares. Sonrió con ironía.
—De verdad no me los imagino a ustedes dos casados— comentó intranquilo— Son tan diferentes, que espero no se maten en el intento por llevar una relación.
—Es por evitar los planes de Hao y hacerle ver a esa rubia que Yoh no es ningún tonto. No te confundas, no hay sentimientos de por medio— contestó Anna, mientras tomaba más serena el teléfono.
—¿Le hablarás a Jun?
Se limitó a asentir
—Bueno, si vamos a hacer una boda exprés, la prensa comenzará a especular. Sin invitados, sin lujos, muy sospecho, ¿no crees? ¿Por qué no invitas a algunos amigos?
—¿Y qué les digo? Que me engañaron y me estoy vengando con el hermano de mi ex novio— contestó sarcástica.
—Me refiero a amigos cercanos que atestigüen sobre la boda—respondió con obviedad— Déjame encargarme de eso, creo que no tienes cabeza para todo esto—dijo tomando el teléfono de sus manos.
El reloj marcaba más de las cinco de la tarde. Cómo iba a pensar que Anna llegaría al departamento si estaría trabajando, pero claro, había olvidado detalles como el examen médico pendiente Golpeó con brusquedad el volante y se irritó aún más. No estaba en su casa y tampoco estaba en los lugares que solían frecuentar, era como si se la hubiese tragado la tierra. Aunque le quedaba recorrer sus tiendas, en al menos la mitad de ellas no tenían conocimiento de su paradero. Pero aún quedaba el edificio central, la boutique principal.
Detuvo su auto a una calle y bajó inmediatamente. Sin embargo, su sorpresa fue grande cuando contempló el edificio cerrado. Las cortinas metálicas estaban abajo. Corrió hacia la salida del personal y se sorprendió ver que todos salían en perfecto orden, en especial las tres personas más cercanas a Anna en la empresa. Jun llevaba en manos una caja blanca grande, mientras el resto se ocupaba de paquetes mucho más pequeños.
—¡Jun! —alcanzó a gritarle antes de que subiese a la camioneta.
Se sorprendió y giró a verlo inmediatamente, pero serenó su mirada, no quería manifestarle más que el enorme desprecio que sentía por él.
—¿Qué quieres, Hao?
—¿Has visto a Anna? Estoy muy preocupado por ella—respondió en un tono hosco y poco delicado—Me urge hablar con ella.
—¿Pelearon de nuevo? — preguntó con evidente sarcasmo.
—Algo así— respondió molesto— ¿La has visto, sí o no?
—No—contestó con simpleza— Y disculpa que no pueda atenderte como el rey que eres, pero tenemos que llevar muchas cosas a otra tienda.
—¿En serio? ¿Y por qué tan temprano el cierre?
—Sólo es una hora, a nadie le afecta—dijo sin perder la paciencia—Anna autorizó el movimiento desde hace días, no sé porque te extraña, ¿o es que acaso ya no tiene al tanto de sus asuntos?
—No es tu problema—le espetó con dureza mientras regresaba a su auto y se perdía en las calles de Tokio.
Sonrió con auténtica satisfacción mientras subía a la camioneta y dejaba en el asiento de a lado la caja con el vestido. Echó una mirada atrás sintiendo la emoción del momento, apuró su paso y condujo hasta las afueras de la ciudad para entregar el pedido con urgencia.
—¿De verdad crees que Anna se case con Yoh? — preguntó Pilika—Horo no me comentó nada al respecto.
Su rol como gerente de tiendas le daba una pauta para querer saber, había ordenado que llevasen los vestidos de gala de la colección pasada. Así que, tenía curiosidad por el acontecimiento.
—¿En verdad la crees capaz?
—No sabemos las circunstancias, Pilika—dijo tranquila cuando vio el letrero de la desviación en carretera— Pero apuesto, que por despecho se pueden hacer muchas cosas. Además, se merece ser feliz.
—Pues… su vestido es hermoso…— agregó Shalona, encargada de la calidad de las prendas—Es de lo mejor que tenemos.
—Es el vestido que diseñó para ella, para el día que se casará con el desgraciado de Hao—dijo enojada — Pero… me alegro que lo haya terminado antes de tiempo. Él es un mal hombre.
El nerviosismo estaba matándolo. Apenas tenían unos cuantos minutos antes de salir corriendo, el juez estaría ahí a punto de las siete y ambos seguían arreglándose arriba. Sus padres, un poco sorprendidos, habían optado por adelantarse, después de todo, socialmente era algo de élite.
—Tranquilízate, Manta, no te estás casando tú. Aunque bueno, me sorprende mucho la boda, ni siquiera sabía que se conocían, todo ha sido tan precipitado—dijo su hermana realmente pensativa—Pero bueno, me da la oportunidad de estrenar mi vestido nuevo.
—No tienes idea cuánto me alegro— mencionó sarcástico su hermano—¿Sabes?, creo que ya hicimos esto muy grande. No debimos invitar a nuestros padres, que a su vez mencionaron esto con más invitados y socios de la compañía.
—Es inevitable. Mamá se hubiese dado cuenta, por lo menos así disimulas la prisa. No sería correcto que se casaran en el anonimato.
Pero aun así consideraba que todo estaba de más. El evento comenzaba a tomar forma demasiado rápido. Entonces lo vio correr apresurado por las escaleras. Yoh vestía un traje negro de prestigiosa marca, perfectamente bien peinado y ataviado con una elegante loción. Una delicia para cualquier mujer, definía la Oyamada al mirarlo con esa masculinidad.
—Tú sí que te ves bien, Yoh— halagó Mannoko.
—Gracias— contestó apenado mientras ella se acercaba a colocarle un ramillete de flores blancas en el saco— ¿Ya bajó Anna?
—Aún no, pero por que no te adelantas, hay un coche esperando por ti— recomendó Manta— Habrá más personas de las que tú crees y tendrás que mostrar una cara de sorpresa y felicidad cuando veas llegar a tu novia.
La simple descripción del momento le pareció como si estuviese interpretando un papel más en una simple obra.
—Bien…Entonces nos veremos allá—dijo sereno—¿Me acompañas, Mannoko?
—Por supuesto—respondió feliz—Y déjame decirte algo. Me alegro mucho que tú y Anna se casen.
—¿Por qué? —cuestionó confundido cuando ella le tomó gentilmente del brazo y se alejaban de su amigo.
Tamurazaki los esperaba con uno de los coches más elegantes de la familia y al juzgar por el resto de la servidumbre, esperando en las escaleras, era notorio que había cierta expectativa por el matrimonio.
—Vaya… no esperaba tanta atención.
—Eso es porque te casas con Anna, Yoh—mencionó con afecto—Todos en la casa, aunque le tienen miedo, aprecian mucho a Anna y desean tanto como yo, verlos casados.
—¿Por qué?
—Porque son los mejores amigos de Manta y supuse que algún día harían buena pareja. Jamás imaginé que a Anna se enamorara de mi hermano, aunque él así lo deseara. Pero contigo, las cosas son muy distintas, tú sí tienes lo que ella busca.
Bellas palabras que fueron suficiente para hacerlo sentir más tranquilo. Parecía que los Oyamada conocían a la rubia de años atrás y eso, de algún modo le apaciguaba. Sus ojos reflejaron una emoción que le fue transmitida por un breve instante. Cuestión de negocios o no, sabía que la mujer que tomaría por esposa era en verdad una buena mujer.
Sin embargo, el tiempo no había apremiado su suerte. Apenas tenía los suficientes minutos para llegar. Caminó a prisa, tomando con cuidado la tela trasera del vestido. Pasó por alto muchos detalles, incluso que todos estaban esperándola, algunos más ansiosos por contemplarla ataviada de blanco, otros por el simple morbo de una situación que a nadie la parecía coherente. Los saludó a la distancia y entraba velozmente al Cadillac aparcado en la entrada.
Manta había salido minutos antes, informándole que tendría que darle al juez algunos papeles que certificaban un contrato entre ambos. Necesitaba discreción respecto al problema, pero al enterarse del revuelo mágico que se había suscitado con la boda, estaba realmente apurada por llegar al lugar. Por muchas manos que estuvieran al pendiente de ella, la ayuda de Jun y el resto fue pérdida de tiempo por el esmero que habían puesto en su arreglo.
—¡Apresúrate! —exclamó Anna al chofer.
—En verdad, hago lo que puedo, señorita Anna—mencionó Radim—Sólo que tenemos un poco de tráfico.
—Puedo notarlo, puedo notarlo, pero tengo que llegar a tiempo.
—¡Vaya que tienes ansias por casarte! —exclamó Shalona con evidente sarcasmo.
Bufó molesta, no se tomaría el tiempo de explicar su vida personal, pero haría un breve paréntesis a la realidad.
—Tonta. Manta hizo esto tan grande que hasta la prensa se enteró— respondió Anna enojada—Si Hao llega antes de tiempo es capaz de arruinar la boda.
—Oh…—dijo tratando de procesar la información.
Para su bendita suerte, los medios apenas comenzaban a llegar y cuando arribó al pequeño restaurante, se sintió aliviada de que su ex novio no rondara la zona. Creía que sería capaz de todo, con sus arrebatos y malos tratos hacia Manta, era una cosa segura de que habría muchas discusiones al respecto. Ni siquiera prestó atención a las velas, los tulipanes y rosas blancas adornando la entrada y el jardín bellamente adornado para la ocasión. Le valió un sorbete que ni siquiera conociera a más de la mitad de sus invitados, ni que Jun le entregara el ramo de orquídeas que tanto había deseado.
El resto se paró cuando notó su presencia. Manta se acercó a un costado de ella, mientras las mujeres que la acompañaban se sentaban cerca de lo que podía ver era la mesa donde aguardaba el juez. Alzó la mirada hacia él, ahí, junto aquel hombre estaba de pie Yoh, esperándola pacientemente.
Oyamada la observó calmado y con minucioso estudio le ofreció su brazo para caminar hacia ellos. A pesar de lo relajados que estaban, o la presión que tenían por firmar el documento ya, él aseguraba que cada uno estaba dudando de sus decisiones. Aún estaban a tiempo, todavía podía cancelar todo el revuelo.
—¿Estás segura de esto?
Anna lo miró fijamente y regresó su mirada a Yoh. Caminando hacia él, podía sentir un hueco en el estómago, dejó ir el aire y retomó el paso con él.
— Aún puedes arrepentirte.
—No. Es sólo que… pensé que tal vez sería con él— susurró con cierta melancolía— Sin embargo, no me arrepentiré. Yoh y yo tenemos un acuerdo… será sólo un año.
—Sí… lo sé—murmuró Manta—Sabes que cuentas conmigo, Anna.
—Lo sé… lo sé.
La repetición se acabó una vez que estuvo frente a él. Una tenue y pequeña sonrisa adornaba su rostro mientras Manta se alejaba de ella lentamente. Su mirada se perdió en la suya, lejos de los fotógrafos y del grupo de personas que los rodeaban. Un sutil carmín cubrió su rostro al verlo con más fijeza. El parecido entre ambos era lógico, pero aquel porte en él era único. Y por breves segundos, admitió, se sintió maravillada con la vista.
Una diminuta tiara con brillantes adornaba su cabeza. Su cabello permanecía rizado, atado a un costado de su hombro, tan diferente a su imagen desaliñada de unas horas antes, ahora estaba apreciando al máximo su belleza. El vestido blanco se ceñía a su cuerpo como guante, dejando ver pequeñas aplicaciones y adornos en el frente con una delicadeza que creyó ver una obra de arte. Era hombre, no era tan observador en la ropa, pero en ella, en ese preciso momento valía la pena el escrutinio. Sencillo, pero sumamente sexy, no había más para describir la banda de seda que caía en su cintura y acentuaba más la curva de su cintura.
—Wow…luces muy bien así— pronunció apenas audible hacia ella.
—Tú también— contestó con simpleza, tomando la mano que él le ofrecía.
Miró a un costado suyo en tanto el juez daba la bienvenida a todos los presentes. Podía notar entre todas aquellas personas a varios conocidos. Ren destacaba del resto, colocándose a lado de su hermana que fungiría como testigo de igual modo. Sentía su mirada clavada en ella y la ligera inquietud de algunas personas más.
Yoh observó el ligero estremecimiento en su cuerpo y francamente, sentía la misma sensación de miedo y vacío. Tomó su mano con mayor fervor y entrelazó sus dedos a los suyos. Estaba nervioso, no podía negarlo, el siguiente paso que daría era un vuelco total y no quería cometer el error más grande de su vida.
—¿Están aquí para tomar votos por decisión propia? — preguntó el juez.
Ambos asintieron casi en inmediato. Las cámaras fotográficas adornaron el lugar con múltiples luces, todos captando el mejor momento de la singular pareja. Ella siempre fría y decidida, él, siempre tranquilo y alegre. Dos almas totalmente distintas, sin amor de por medio… ¿Qué les esperaría el futuro?
—¡Esperen!
Continuará...
