La amistad de Gajeel y Juvia empezó 10 años atrás, siendo unos niños, de una manera inesperada. Fue un verano, cuando Gajeel se fue a pasar unas semanas con sus abuelos paternos a un pequeño pueblo cerca de la playa. Él no tenía ningún amigo allí; si ya le costaba encontrar simpatizantes por su carácter arisco, el factor de llegar de la ciudad y apenas conocer a nadie tampoco ayudaba.

El caso es que se dedicaba a molestar a todo niño y niña que se encontraba por la calle, sin ningún motivo ni razón. A algunos les metía la zancadilla, a otros les lanzaba piedras… cualquier cosa para incordiarles, hasta que un día se encontró con un pequeño cachorro. El pequeño perro llevaba un collar, por lo que Gajeel dedujo que debía tener dueño.

No se le ocurrió nada mejor que hacer que meterse con el perro, tirándole de la cadena a la fuerza, lanzándole tierra a los ojos, agarrándole la cola… Hasta que apareció una pequeña Juvia, de baja estatura y rostro inseguro. Ella le pidió que le devolviese el perro, que estaba bajo su cargo, y él, por simple diversión corrió arrastrando la correa hacia el mar, y una vez allí lo lanzó al agua y gracias a la agitada agua y a las violentas olas nadie volvió a ver el perro. Luego, satisfecho, se marchó, dejando a Juvia llorando la muerte del cachorro.

A los pocos días llamaron a la puerta de los familiares con los que Gajeel se quedaba durante su estancia en el pueblo. Era una mujer adulta de aspecto serio y tras ella iba Juvia, escondida tras sus faldas.

Era la dueña del orfanato local, y venía a averiguar lo que una de sus niñas residentes le había contado, y es que ese niño había matado al perro del orfanato. Todos los niños y niñas de allí lloraron la pérdida de su mascota, ya que les hacía mucha compañía y les alegraba los días en multitud de ocasiones.

Fue en ese mismo instante en el que Gajeel se arrepintió profundamente al ver la tristeza que había provocado a unos niños inocentes, y desde entonces y con tiempo se fue acercando a Juvia, hasta convertirse en amigos.

Ella por supuesto le perdonó después de que él se disculpara sinceramente, y ahora esperaría con ganas el verano para que su amigo Gajeel viniera al pueblo.

La situación se repitió todos los años hasta que crecieron. Él abandonó sus estudios tan pronto como su edad le permitió, ya que tenía que tener cierta edad para trabajar y hacer su propia vida, y Juvia siguió con su formación académica gracias a las ayudas que recibía por parte del orfanato y las becas de estudio.

En cuanto Gajeel supo que Juvia iría a la universidad de su ciudad, le ofreció la oportunidad de vivir en su pequeño piso y ella aceptó muy contenta pero con sentimiento de culpa, ya que Gajeel no le permitía pagar ni un céntimo por vivir allí.

Él trabajaba actuando en el Panther, un bar con no demasiada buena reputación, pequeño y oscuro. Iba seis días a la semana, y allí se ganaba lo poco que necesitaba para comprar comida y poco más.

Gajeel y Juvia ya habían terminado de comprar todo lo necesario y ahora se dirigían a la boca del metro, cargados de bolsas.

-¿Cómo has pagado todo esto?- preguntó Gajeel con los brazos cargados de las compras de Juvia.

-Lo haces sonar como si me hubiera comprado toda clase de caprichos. Solo me he hecho con lo básico.

-Sí, ya lo sé, pero aún así…

-Tenía algo ahorrado.

-¿Tenías? ¿Ya no lo tienes?

-No mucho, la verdad… Hoy se me ha ido casi todo el dinero, entre la matrícula de la universidad y ahora esto… En el orfanato no nos pasaban estas cosas

-Es normal, allí os cubrían los gastos básicos y ahora que has salido al mundo real… Además, tampoco hay manera que tuvieses ahorrado mucho, teniendo en cuenta que no tienes familia que… Bueno, eso.

-Lo que tenía era lo que me sobraba del dinero de las bonificaciones escolares, las becas y otras cosas. Debería encontrar un trabajo, ¿no crees?

-Pues sí, definitivamente… ¡Pero no lo digo por mí, eh!

-¡Los gastos de la comida sí debemos compartirlos!

-Bueno, ya…

-Claro, además, así tú podrás ahorrar un poco más, ya que no asumirás tú todos los pagos. Déjame ayudarte con eso por lo menos.

-Con lo inútil que eres nadie te va a contratar para darte trabajo.- resopló Gajeel.

-Eso ya lo veremos.

El metro se paró y Gajeel y Juvia bajaron y se dirigieron al Panther. El barrio en el que estaba ubicado no era muy sofisticado, desde luego.

-Ten cuidado con tus cosas que aquí hay robos cada día.- advirtió Gajeel en tono burlón.-Solo bromeo, idiota. No te dejes engañar por las apariencias.

-Qué gracioso.

Ya estaban allí. Juvia entró detrás de Gajeel, que saludó con un sonido inaudible.

-¡Llegas tarde, maldito capullo!- dijo el jefe, un hombre que no vestía con traje y corbata, precisamente.- Ve subiendo al escenario, anda.

-Sí, sí, tranquilo.- gruñó Gajeel.- Oye, ¿dónde podemos dejar…?- dijo levantando las bolsas y las cajas de la compra.

-No me jodas, serás nenaza, ¿ahora te dedicas a ir de compras? Puedes dejarlo en el almacén, va.

Juvia le acompañó a descargar las cosas que cargaba ella también.

-Oye preciosa, ¿qué hace una chica como tú en un lugar como este? – dijo el jefe mirándola de arriba abajo.

-Yo, yo vengo con…- murmuró ella.

-Viene conmigo.- se interpuso Gajeel.

-Ya me lo imagino. ¿Tú qué haces todavía aquí? Venga, deprisa, súbete a cantar de una puta vez, que no voy a hacerle nada a tu amiga.

Gajeel apretó los dientes y obedeció.

El jefe se acercó a Juvia y cogió todo lo que cargaba, dejándolo dentro del almacén, tal y como acababa de hacer Gajeel.

-Gracias.- agradeció ella.- Me llamo Juvia.

-Yo soy Mot. Oye, Juvia, ¿a ti te gustaría trabajar aquí?- dijo directamente, sin contemplaciones.

Ella no dio crédito. Qué casualidad, ella que estaba pensando en buscar un trabajo minutos atrás, ahora le ofrecían uno.

-¿En qué consistiría?

-Oh, puedes hacer lo que quieras. Si te ves capaz de subirte al escenario como el cabeza de acero aquel, puedes.- dijo Mot dando una cabezada hacia donde estaba Gajeel, desenfundando cuidadosamente su guitarra encima de la tarima.- O puedes ser camarera, estar tras la barra… Lo que te pida el cuerpo.

-No tengo experiencia laboral en nada de eso…- se lamentó ella.

-¿Y qué? A mí me da igual que no tengas ni idea de nada, pero tienes una cara bonita y seguro que tras esas ropas tan poco reveladoras escondes un cuerpazo. Con que te subas a mover las tetas y el culo a la barra será suficiente.

-¡No pienso hacer tal cosa!- se enfadó ella entonces.- Si lo único que se me pide es hacer eso yo no… ¡Yo no soy capaz de hacer eso!

-Vale vale, menudo carácter. Es una lástima que no dejes que la gente se alegre la vista a costa tuya… Pero supongo que podemos acordar algo. ¿Camarera? ¿Te ves capaz?

-Sí, claro. Dime qué tengo que hacer.- dijo Juvia, ahora pareciendo más entusiasmada.

-Oh no, hoy solo quédate ahí tranquila y así observas cómo funciona esto, ¿te parece?- ella asintió pausadamente.- Perfecto. ¡Oye Henry, ponle una copa!

El barman asintió y le sonrió a Juvia, mientras Gajeel se aclaraba la voz y empezó a hacer vibrar las cuerdas de su guitarra, sonando fuertemente a través de los amplificadores. Cantaba de vez en cuando, no durante toda la canción, pero si lo suficientemente para dejar que su voz se escuchase.

Juvia le oía desde la barra, no siendo la primera vez, y se sintió feliz de estar en ese lugar, poniendo las primeras baldosas a lo que iba a ser el camino de su nueva vida.

-Ya estoy en casa.- dijo Gray nada más entrar a su piso.- ¿Yuki?

-¡Cariño, has tardado mucho!- dijo su novia saliendo de una habitación.

Le saludó con un beso y una caricia en la espalda.

-No he tardado tanto.

-¿Has almorzado por ahí?

-No, al final no me ha apetecido. ¿Qué tal tu mañana?- iba diciendo él mientras colgaba su cazadora y mochila en el respaldo de una silla.

-Pues nada en especial, he visto un poco la tele y he preparado tostadas. Me han sobrado algunas, ¿las quieres?

-De acuerdo.- dijo dirigiéndose a la cocina.- ¿Te tomas un café conmigo?

-Estupendo. Oye cielo, ¿crees que debería buscarme un gimnasio de nuevo?

-No empieces a obsesionarte, por favor…

-No, si no me obsesiono, solo que tras el verano noto que he cogido un par de quilos de más.

-Estás muy bien así.- le dijo Gray sin prestar demasiada atención.- A mí me gustas.

-¿Tú qué vas a decir? Solo me ves con buenos ojos… Pero bueno, supongo que me lo pensaré mejor.

-Hm.-asintió él con una tostada en la boca.

-¿Te apetece acompañarme a la oficina? Mi padre tiene un par de cajas de ropa de la nueva temporada para darnos.

Cierto, su padre era un pez gordo de la industria textil, y ser su hija le daba ventajas, como ropa de muy buena calidad por la cara y antes que a nadie, recién salida de los talleres de costura. Para él también solían haber cosas, por supuesto. Yuki le pedía a su padre lo mismo para ella como para su novio, y su padre accedía sin ningún problema.

-Me hubieras podido llamar y hubiese pasado yo a recogerla.

-No puedes cargar las cajas si vas en moto, tonto.

-Ya me las habría apañado.

-¡Ay, ya, pero me apetecía que me acompañases! Es que hay que decírtelo todo.

Gray suspiró y se miró el reloj de pulsera. Todavía podía ir con Yuki y con un poco de suerte volverían para comer a hora.

-De acuerdo, vamos, espera que me termine esto.

-¡Bien!- se alegró ella, dándole más besos por toda la cara.- ¡Como te quiero!

-Y yo, y yo.

Esta vez salieron y cogieron el coche de Yuki, ya que Gray solo tenía moto.

-¿Quieres que conduzca yo?- se ofreció él.

-No, me apetece a mí.

-¿Tienes miedo a que me cargue tu coche o qué?- bromeó Gray al ver que ella siempre quería conducir su vehículo.

-Sí, va a ser eso.- rió ella.

Pronto llegaron a la oficina del padre de Yuki, ya que tuvieron la suerte de no toparse con demasiado tráfico.

-Bienvenidos.- dijo la secretaria.- El señor Erase está reunido, esperen unos minutos, por favor.

-Claro, no hay problema.- respondió Yuki, tomando asiento.

Gray se sentó a su lado y se limitó a esperar, en silencio. Pronto se les indicó pasar al despacho.

-¡Oh, habéis venido!- saludó el señor Erase.- ¿Cómo estás, hija mía?

-Muy bien, hemos venido a por la ropa de la que me hablaste ayer.

-Claro, aquí misma la tengo. Es de la colección de otoño, hemos puesto mucho empeño en esto, seguro que os encanta. ¿Tú cómo estás?- dijo dirigiéndose ahora hacia Gray.

-Muy bien, ¿y usted?

-Como siempre.

Entre Gray y el padre de Yuki se podían ver chispas cada vez que se relacionaban. Él pensaba que Gray era un vago aprovechado que quería casarse con su inocente hija para heredar su fortuna, y Gray pensaba de su suegro que él no podía ni verle, pero intentaba actuar correctamente para mantener a su caprichosa hija contenta.

-Yuki me ha comentado que vas a la universidad.- dijo él sin darle mucha importancia.

-Así es.

-Veo que eso de buscar trabajo serio vas a seguir posponiéndolo…- rió el padre.

Gray iba a responder, pero Yuki intervino entre los dos.

-Ya es suficiente, papá. Gray y yo nos apañamos bien.

"No te fastidia, y tanto, gracias a mi dinero" pensó su padre, pero se mantuvo en silencio.

-Bueno, mi Yuki querida, tengo una reunión en unos minutos, así que…

-Oh sí, ya nos vamos. Gracias por la ropa, papi.- se despidió Yuki dándole un beso en la mejilla a su padre.

-Ve con cuidado cielo. Hasta la vista, Gray.

-Adiós.

Ambos salieron con una caja de ropa cada uno, Yuki impaciente por abrirla y ver la nueva colección y Gray muerto de ganas por salir de ese lugar que tan enfermo le ponía.

-Tu padre sigue tan simpático como siempre.- dijo él cuando subieron al coche.

-Ya sabes cómo es.- rió ella.- ¿Te apetece que recojamos comida de algún sitio? ¿Algo en especial?

-No, podemos apañarnos con lo que tenemos por casa, Yuki.

Ella chistó y arrancó el coche, saliendo del aparcamiento.

-Qué aguafiestas eres, de verdad.

-¡¿Es que acaso celebramos algo?! ¡Contigo lo parece siempre, joder, aprende a vivir con los pies en la tierra y deja de derrochar tan absurdamente el dinero!- saltó él realmente molesto.

-¡¿Intentas molestarme?!

-¡Lo que intento es decirte que dejes de vivir tanto de tu padre, y veremos si sigues haciendo las tonterías que haces ahora! ¡Para el maldito coche!- pidió entonces, muy furioso.

Al ver que ella seguía conduciendo lanzó una de las cajas de ropa por la ventana. Entonces sí que paró el vehículo con la boca abierta.

-¿¡Se puede saber qué te pasa, imbécil!? ¡Si hoy te has levantado con el pie izquierdo es tu problema!

Él simplemente salió del coche, dando un portazo y adentrándose por las calles.

Yuki por su parte le ignoró, con el ceño fruncido y olvidándose de la ropa que Gray había lanzado por la ventanilla, y se marchó a casa.