A/N: ¿Tendría que estar escribiendo un guion que tengo que entregar al final del día? Sí, tendría. Pero me encanta procrastinar.
Capítulo 2
Cuando Beca tenía solo cinco años, tomó una decisión que aplicó a rajatabla durante los siguientes años: no cometer el mismo error que su madre por hacerle caso a un estúpido reloj.
Quizá, para alguien ajeno, pueda resultar un poco locura tomar una decisión tan radical e importante a tan temprana edad. Pero Beca nunca había sentido la necesidad de cambiar de opinión, es más, casi al contrario.
A medida que iba cumpliendo años y su raciocinio sobre todo lo ocurrido a su familia iba aumentando, su decisión se solidificaba como una piedra en el centro de su pecho. Firme y sólida. Imbatible por la erosión.
No se iba a dejar engañar por unos números, ni siquiera les iba a prestar atención. Escondió su reloj bajo la pulsera de cuero y dedicó cada gota de energía que cabía en su cuerpo en crecimiento en ignorar la cuenta atrás marcada en su muñeca derecha.
De hecho, se volvió tan buena en ignorar el reloj que había momentos en que se olvidaba de su existencia.
Ver los ceros, de un gris apagado sobre su piel, es igual que si acabaran de expulsarla a propulsión de la Tierra.
Ignorar el reloj había hecho que no supiera cuánto tiempo le quedaba. No había podido prepararse para el impacto de ninguna forma, ni siquiera sabía que se avecinaba en primer lugar. Le ha pillado desprevenida, como un puñetazo salido de la nada.
Siente que ha perdido totalmente el equilibrio y está en ese momento de incertidumbre en el que todavía no ha caído, pero tampoco está recta. Se ve a sí misma hacer el recorrido a cámara lenta, incapaz de extender las manos para parar el golpe.
Y cuando este llega, lo trastoca todo.
Su primera noche en Barden se la pasa con los ojos abiertos, mirando el techo ensombrecido de su habitación mientras escucha las suaves respiraciones de Kimmy Jin en su cama. Su cabeza da vueltas a una velocidad vertiginosa y su estómago reacciona igual que si todo su cuerpo estuviera girando.
Tiene ganas constantes de vomitar. Pero también de llorar. Y de gritar. Y de pegarle un puñetazo a algo.
No sabe qué se supone que debe hacer ahora.
Ha conocido a quien teóricamente es su alma gemela, pero Beca no tiene ni idea de quién es. Porque su reloj decidió llegar al cero justo después de acabase de conocer a tres personas, y si eso no es una retorcida broma del destino, Beca no sabe qué es si no.
¿Se supone que debe ponerse a jugar a Sherlock Holmes y averiguar quién de los tres es?
Más bien, quién de los dos es.
Beca no está segura de nada en su vida en este momento, pero una cosa tiene claro: la rubia en el vestido rosa no podía haber sido quien hizo que su reloj llegara a cero, porque no habían intercambiado ni una sola palabra. Ni siquiera una mirada.
Eso le deja a dos candidatos: la pelirroja y el chico del Prius.
Y si su suerte sigue siendo igual de buena como hasta ahora, seguro que su alma gemela resulta ser el chico del Prius.
Casi se lo puede imaginar con esa sonrisa bobalicona, plantándose en una rodilla y preguntándole: ¿qué te parece tener toda una vida juntos para ponerte de los nervios?, convencido de que es la mejor declaración de amor que una mujer puede esperar de su media naranja.
La fantasía es suficiente para que Beca suelte un resoplido en el silencio de su habitación y ruede sobre su colchón hasta hundir la cara en la almohada.
Es una postura incómoda, porque apenas puede respirar y, lo poco que respira, es el aire caliente que acaba de expulsar, pero se fuerza a permanecer así porque siente que va a estallar de un momento a otro.
En caso de gritar, mejor amortiguarlo en la almohada.
Tiene diecisiete años, por dios bendito. Ni siquiera ha cumplido los dieciocho.
¿Y se supone que ya tiene que andar pensando en almas gemelas? ¿En qué clase de mundo loco vive?
No puede evitar pensar que todo esto ha pasado porque Beca está en Barden. Es una deducción lógica, su alma gemela está en Barden y no se habrían conocido si no fuera porque Beca también tuvo que venir a Barden.
Los defensores del destino argumentarían que Beca habría terminado conociendo a su alma gemela de todos modos, porque están destinados a estar juntos, pero la morena nunca ha creído en esas chorradas.
Así que, como cualquier adolescente cabreada con la vida, Beca culpa a su padre de sus desgracias.
- Quiero largarme de aquí – espeta Beca con furia nada más entrar en el despacho de su padre con la energía de un huracán.
La puerta que ha lanzado abierta golpea contra la pared con un ruido seco que sobresalta a su padre. Alza la cabeza de los papeles que está corrigendo, bolígrafo rojo en una mano y el pelo alborotado por pasarse la otra mano por él.
Beca se planta frente a su mesa sin molestarse en disimular su impaciencia, brazos cruzados y un pie marcando un ritmo inquieto sobre el suelo.
Los ojos de Darren dan un parpadeo cansado, pero no reacciona más allá, acostumbrado a los estallidos de furia de su hija. Deja escapar un largo suspiro, agotado antes incluso de la discusión que los dos saben que se avecina.
- ¿No deberías estar en clase? – pregunta mientras deposita sus gafas sobre los papeles.
Beca observa a su padre frotarse los ojos con las puntas de los dedos y bufa, porque por supuesto que eso es lo único que le importa.
- Tengo esta hora libre – la mentira cae con facilidad de sus labios.
Darren solo asiente lentamente y señala con una mano una de las sillas vacías que hay al otro lado de su mesa.
- ¿Por qué no tomas asiento?
- No – Beca rechaza la invitación de inmediato –. Pretendo hacer esta visita muy breve.
- Beca… – suspira su padre, cruzando las manos sobre los papeles con actitud conciliadora.
- Sí, ya sé lo que vas a decir – le corta la morena. Cuando Darren intenta protestar, alegando que no, no lo sabe, Beca sigue adelante haciendo caso omiso –. Vas a decir: Beca, ¿por qué tienes que hacer siempre las cosas tan complicadas?
Su padre se calla al darse cuenta de que, efectivamente, Beca sabía perfectamente lo que tenía planeado decirle. Y es que quizá él no se da cuenta, pero se repite como un disco rayado, siempre con la misma cantinela.
Beca esboza una sonrisa sarcástica y arquea las cejas.
- Sí, papá. Te escucho cuando hablas – se burla. Su rostro pierde toda la diversión para tornarse serio –. Ahora, ¿por qué no me escuchas tú a mí por una vez en tu vida?
- Cielo, yo te escucho… – le asegura su padre inmediatamente.
Sus ojos tristes remueven algo en el interior de Beca, pero lo corta de raíz antes de que crezca mucho y le sea imposible sofocarlo.
- No, no lo haces – interrumpe llena de vehemencia –. Si lo hicieras, no estaría aquí – señala con un vago gesto de su mano a su alrededor, al despacho viejo y destartalado de su padre y lo que este engloba.
- Es por tu futuro – dice Darren.
Su suspiro, como si estuviera cansado de tener siempre la misma discusión, le toca a Beca el nervio equivocado. Se siente a sí misma crisparse y cierra las manos en puños temblorosos, preparada para estallar.
Si su padre está cansado, no tiene ni idea de cómo se siente Beca. Cada vez que intenta mantener una conversación con él es como hablar con una pared de ladrillo, porque todos sus argumentos e intentos de que comprenda su punto de vista rebotan sin traspasar al otro lado.
Caen a sus pies, acumulándose en una montaña que amenaza con ahogarla.
Cuadra la mandíbula y se fuerza a respirar hondo antes de contestar con palabras que suenan un poco aplastadas por tener que empujarlas entre dientes.
- Aquí no está mi futuro.
- Lo que tú quieres no es un futuro, Beca – responde Darren inmediatamente, su voz dura y harta. Mira a su hija con el ceño fruncido –. La música no te va a llevar a ningún lado, es solo un hobbie.
- Dice el que persiguió una carrera en Literatura – ataca Beca de vuelta, ya sin molestarse en contenerse –. ¿A dónde te ha llevado eso, eh, papá?
- Por lo menos tengo un trabajo – alza las manos para señalar su despacho –, que es mucho más de lo que tendrías tú si te hubiera dejado seguir tu estúpido sueño.
Beca recula físicamente ante las palabras de su padre.
El dolor que le han producido se muestra en su rostro un segundo. Es solo un segundo, luego Beca convierte su cara en una máscara dura e impenetrable, pero es suficiente para que Darren lo vea.
La morena se maldice por ese instante de debilidad, por el hecho de que, a pesar de que su padre estuvo durante diez años ausente de su vida, todavía tiene poder suficiente sobre ella como para herirle.
Darren lamenta haberse dejado llevar con un nuevo suspiro, pasándose una mano por la cara en un gesto lleno de agotamiento. Esta vez, la expresión triste de sus ojos ya no afecta a Beca.
- No quería decir… – intenta disculparse.
- No te molestes – Beca le interrumpe con voz fría como el hielo y cortante como el más afilado de los cuchillos.
Su cuerpo está tan tenso por el esfuerzo que está haciendo para mantener sus emociones bajo control, que el momento en que se mueve tiene la sensación de que todos sus músculos van a bloquearse y dejar de responder.
Se empuja a sí misma a girar sobre sus talones y se marcha del despacho de su padre tan abruptamente como llegó, portazo incluido.
Puede escucharle llamar su nombre. Una vez, dos veces.
Luego, silencio.
Eso es todo lo que está dispuesto a luchar por ella.
La mañana que Beca recibe la llamada de un tal Luke para empezar a trabajar en la estación de radio de la universidad, siente una oleada de alivio recorrer su cuerpo.
No solo es una oportunidad de trabajar con música, aunque Beca nunca se hubiera visto a sí misma como ese tipo de DJ; sino que también le ofrece una escapatoria para dejar de obsesionarse sobre el tema del reloj.
Se ha pasado la semana entera encerrada en su habitación, huyendo del mundo y de la posibilidad de tropezar con la pelirroja o el chico del Prius en el campus. A falta de un plan mejor, su idea fue, y sigue siendo, ignorar el tema hasta que ya no le sea posible.
Empuja la puerta de cristal para entrar en una luminosa recepción adornada con madera. Ve a un hombre sentado en una mesa hablando por teléfono y, a pesar de que odia tener que interrumpirle, se acerca en caso de que sea Luke.
- Hola, soy Beca – se presenta en voz baja para no molestarle mucho.
El hombre con barba alza la mirada y tapa el auricular del teléfono un segundo, sin parecer irritado.
- Es por ahí – le indica, señalando con la mano hacia otra puerta de madera cubierta con un estor.
- Gracias – murmura.
Gira el pomo de la puerta y entra en una espaciosa habitación con aspecto destartalado. Por todos lados hay viejas estanterías llenas hasta arriba de vinilos, cajas de cartón puestas en cualquier superficie disponible con más vinilos y CD.
El aire huele a polvo y algo dulzón, como incienso. La música que deben de estar emitiendo ahora mismo en la radio se filtra por los altavoces a un volumen bastante alto.
- …45.7 WBUJ, música para mentes independientes – está anunciando la voz un poco metálica de un hombre.
Beca localiza la cabina donde está la radio en sí y se acerca a cotillear a través de las ventanas. El chico rubio que está sentado frente a la mesa de mezclas debe verla acercarse, porque se levanta y abre la puerta de la cabina.
- Hola – saluda. Una de sus manos hace girar un dial situado en la puerta, por fuera de la cabina, y el volumen de la música desciende –. ¿Llevas ahí mucho tiempo?
Beca reconoce el acento británico y le pone nombre al chico musculoso: Luke.
- No, acabo de llegar – asegura –. Solo… – Luke desaparece al interior de la cabina, dejándole con las palabras en la boca –, miraba… – termina en voz baja para nadie en particular.
Supone que debe de seguirle para que le explique cómo van las cosas, así que recorre los cuatro pasos que la separan de la entrada en la cabina. Sin embargo, no llega más allá del umbral.
- Prohibido la entrada a novatos – le dice el británico, cargado con una caja de plástico negra llena de vinilos y CD.
Beca retrocede inmediatamente, echándose a un lado para dejar paso.
- Soy Luke, director de la emisora – se presenta mientras cierra la cabina –. Debes ser la de las prácticas – no es una pregunta, pero la forma en que entrecierra los ojos da a entender que no está del todo seguro.
La respuesta de la morena se ve interrumpida cuando alguien entra apresuradamente en la habitación.
Tanto Luke como Beca se giran para ver quién es el nuevo, y la morena musita un: tienes que estar de coña, para sí misma al reconocerle como el chico del Prius. Convierte su rostro en una máscara de indiferencia y finge que no se ha dado cuenta de su presencia.
- Hola, tío, ¿qué tal? Soy Jesse – las palabras caen una detrás de otra de forma energética, algo jadeantes a consecuencia de la carrera que ha debido de meterse al cuerpo para llegar.
- Y yo Luke, llegas tarde – le corta el británico, para satisfacción de Beca.
Se muerde el interior de la mejilla para no sonreír. Puede notar que el chico del Prius intenta establecer contacto visual con ella, probablemente para poner alguna cara, unos ojos en blanco, y compartir un momento de complicidad contra su jefe.
Pero Beca no tiene intención alguna de caer en la trampa.
Mantiene su rostro girado en dirección opuesta a donde está el chico y sigue al Luke por el estudio de radio, escuchando sus indicaciones sobre el excitante trabajo que van a llevar a cabo: ordenar CD en las estanterías correspondientes.
Yujuuu.
- Vais a pasar mucho tiempo juntos así que, por favor, nada de sexo en las mesas – pide Luke con absoluta seriedad –. He tenido malas experiencias…
Beca se muestra asqueada, y agradece que el chico del Prius se haya quedado tras ella para no ver su expresión de – probablemente – traviesa felicidad, encantado de que su jefe crea que puedan llegar a eso.
El británico vuelve a desaparecer en el interior de la cabina, dejándoles solos con sus vinilos y CD. La morena suspira y mira la caja frente a la que se ha quedado parada. Tira de uno de sus bordes para acercársela mejor a ella y comienza a leer los títulos.
Siente al chico del Prius ponerse a su lado, pero le ignora. Lanza una última mirada nostálgica a la cabina, donde se escucha a Luke volver a hablar frente al micrófono.
- Qué coñazo, yo quería poner música – se queja en voz baja, más para sí misma que otra cosa.
- Yo no – responde su compañero, sonriente –. Estoy aquí por una razón: me vuelve loco ordenar CD.
Beca continúa sin reconocer su presencia, y la falta de risas ante lo que probablemente considerase una broma increíble parece desanimar al chico del Prius. Se desinfla en una exhalación prolongada llena de lamento y se gira completamente hacia Beca.
- Oye, siento mucho lo que dije – se disculpa, sonando sinceramente arrepentido –. No pretendía ofenderte, era solo un comentario tonto y… – sacude la cabeza, dejando que su voz se apague –. A veces puedo ser un poco gilipollas cuando estoy delante de chicas guapas.
- ¿Solo un poco? – le pica Beca con una ceja arqueada y tono frío.
El chico del Prius suspira y hunde la cabeza entre sus hombros. Tiene toda la actitud de un perro que acaba de recibir una patada por parte de su amo, y Beca se odia a sí misma por sentir compasión.
- Está bien – dice finalmente.
El chico del Prius se estira de golpe y le mira con rostro esperanzado.
- ¿Me perdonas?
- Uh-huh – responde Beca, concentrada otra vez en su caja.
El chico lo celebra por todo lo alto y Beca, muy a su pesar, siente las comisuras de sus labios temblar y curvarse hacia arriba en una ligera sonrisa.
Mientras colocan discos, Jesse se lanza a una animada explicación de por qué escogió Barden en vez de quedarse en Carolina del Norte que va hilando él solo con otros temas. Mantiene la conversación sin necesidad de que Beca intervenga, y la morena lo agradece.
Deja que la voz del chico, que nunca baja del mismo nivel de excitación con el que empezó, se convierta en un ronroneo de fondo.
No tiene ganas de interacciones sociales, no se ha preparado para ellas. Además, no habría sido capaz de mantener una conversación con sentido en ese momento, no mientras las alarmas de pánico siguen sonando en su cabeza en un bucle eterno.
Cada pausa, cada cambio de tema, sus músculos se agarrotan cada vez más hasta que la tensión trepa por su cuello y se expande por el interior de su cráneo como el helio en un globo. La presión es demasiada y tiene la sensación de que la cabeza le va a estallar.
Aunque su apariencia es la de una persona muerta de aburrimiento en un trabajo repetitivo, su mente funciona a toda velocidad. Todo su cuerpo está en tensión a la espera del momento en que Jesse haga algún comentario sobre su reloj.
Parte de ella opina que, si el joven no lo ha mencionado ya, entonces quizá es que su reloj no se puso a cero al mismo tiempo que el de Beca. Pero hay otra parte, la parte que lleva en crisis desde ese día en la Feria de Actividades, que sigue esperando el momento en que tropiece con su alma gemela.
Y lo teme.
Solo de pensar en ello siente toda la sangre de su cuerpo volverse fría como el hielo y algo que parece un agujero negro en su estómago.
Está tan ensimismada que no escucha a Jesse pronunciar su nombre tres veces. Solo vuelve a la realidad cuando frente a sus ojos desenfocados se agita una mano y le hace parpadear. Sus oídos hacen un pop y el mundo vuelve a hacer ruido a un volumen que le suena demasiado alto.
Fija su mirada en el rostro expectante del chico del Prius, que parece estar esperando algún tipo de respuesta por su parte.
- ¿Decías algo? – pregunta Beca sin molestarse en disculparse por no estar escuchando.
Pero Jesse no se lo toma a mal. Deja escapar una risa silenciosa y asiente.
- Sí, um… – el joven baja la mirada al suelo durante ese breve instante de duda.
Es la primera vez que Beca ve en él otra emoción que no sea energía constante o la malicia típica de un niño bueno. Es más, Jesse parece casi hasta inseguro, y en vez de llenar a Beca de alivio tiene el efecto contrario en ella.
Todos sus nervios parecen sobrecargarse y su corazón late con fuerza en su pecho, en alerta.
- Me preguntaba si… – arranca Jesse finalmente –, el otro día en la Feria, si tú también…
- Ey – interrumpe Luke de repente.
Ni Beca ni Jesse le han escuchado acercarse, de modo que los dos se giran hacia su jefe con sendos brincos y expresiones de sorpresa absoluta.
- Quedan cinco minutos para que termine vuestro turno – informa el británico. Su atención se desvía entonces a Jesse –. ¿Te importa ir a la hamburguesería de la esquina y pillarme la cena? Iría yo, pero no me gusta dejar la radio desatendida tanto tiempo.
- Sí, claro – asiente el joven rápidamente, deseoso de probar su valía y estar en buenos términos con Luke –. Yo te cubro, tío.
Beca aprovecha que los dos están distraídos para escabullirse de la conversación. Se esconde detrás de la segunda fila de estanterías y reposa su espalda contra las baldas de madera, cerrando los ojos un instante.
Deja escapar una exhalación que tiembla por los restos del subidón de adrenalina y trata de hacerle llegar a su cerebro el mensaje de que el peligro ya ha pasado. Puede dejar de estar en alerta.
- Puedes marcharte si quieres – le dice Luke, colgándose del lateral de la estantería para asomarse.
Beca asiente para que sepa que le ha escuchado, pero su jefe ya ha vuelto a desaparecer de camino al interior de la cabina. Recoge su mochila de donde la había dejado tirada antes y se apresura a salir corriendo de allí antes de que Jesse vuelva.
El viernes pisa la biblioteca de Barden por primera vez.
Después de la semana entera jugando a hacerse la tonta con Jesse y rehuir cualquier tipo de conversación seria, el viernes lo único de lo que tiene ganas cuando sale de la radio a las siete de la tarde es de ir a su habitación, meterse en la cama con música y olvidarse del mundo.
Pero, cuál es su sorpresa al llegar a su cuarto y escuchar la inconfundible melodía del Wii Sports y risas filtrarse a través de la puerta cerrada.
Sabe que Kimmy Jin nunca le perdonaría que entrase y le arruinase el juego con sus amigos, así que con un suspiro que Beca siente salir directamente de su agotada alma, da media vuelta en el sitio y se marcha por donde ha venido.
Así es como acaba un viernes a las siete de la tarde en la biblioteca.
Lleva sus auriculares puestos para que todo el mundo capte que no está interesada en interacciones sociales, aunque estas se vean reducidas al mínimo en el frío y silencioso interior del enorme edificio.
Sube por las escaleras, cubiertas con una gruesa alfombra que amortigua los pasos, hasta el último piso. Cuando más asciende, menos gente hay ocupando las mesas. En el cuarto piso apenas hay tres personas repartidas aquí y allí.
Beca busca la mesa más escondida y se acomoda, esparciendo todas sus cosas por la superficie de madera para disuadir a cualquiera que quiera venir a hacerle compañía. Abre su portátil y cambia la conexión de sus auriculares del móvil al Mac.
Se pierde en su música, en la suave base electrónica que se cuela a través de sus cascos por sus oídos, y se olvida por completo de la hora y de dónde está.
Lo único que la saca de ese espiral interminable de melodías entrelazadas es que su Mac se apague de repente, sin explicación alguna. La pantalla se vuelve negra y las lucecitas dejan de parpadear, y no responde cuando Beca presiona insistentemente el botón de encender.
- ¡Mierda! – musita quitándose los cascos en un gesto brusco.
Ya tenía el mashup terminado y llevaba un buen rato sin darle a guardar cambios. Como haya perdido toda la tarde de trabajo por quedarse sin batería…
Se sorprende al mirar por la ventana y ver el cielo oscuro. Coge su iPhone y le da la vuelta, presionando el botón central para que se ilumine la pantalla. El reloj indica que son casi las once y media de la noche, y la biblioteca cierra a medianoche.
Con un suspiro, Beca empieza a recoger sus cosas.
- …te prisa – dice una voz de mujer. Suena lejana, como si viniera de las escaleras, y es en parte un quejido.
- No tardo nada – responde otra chica, su risa progresivamente más cerca.
Beca ladea la cabeza, extrañada, porque dada la hora y el silencio absoluto de esos últimos minutos daba por hecho que se había quedado sola en ese piso, si no en la biblioteca entera. Alguien rodea la esquina a paso rápido, pero se frena de golpe con un oh sorprendido al ver a Beca.
La morena alza la cabeza al mismo tiempo que la recién llegada la reconoce.
- ¡Ey, eres tú! – saluda, ilusionada.
Beca se queda paralizada ante esos ojos azul bebé y ese peculiar tono cobrizo que cae en sedosas ondas alrededor del rostro sonriente de la pelirroja de la Feria. Intenta que no se le note el pánico, pero sus movimientos se vuelven un poco más frenéticos.
- Hola de nuevo – responde para no parecer una borde.
- El otro día te fuiste tan rápido que al final no me quedó claro si estás interesada en las Bellas o no – comenta la pelirroja acercándose a ella un poco, una sonrisa fácil en los labios y ojos tan brillantes que parecen tener luz propia.
Beca se entretiene para retrasar al máximo el tener que contestar. Da un último brusco empujón a su Mac y este desaparece en el interior de su mochila.
Por el rabillo de su ojo puede ver que la pelirroja observa sin ocultar su curiosidad las cosas que todavía tiene esparcidas por la mesa: sus cascos, su móvil, un bolígrafo, una libreta llena de garabatos, un lápiz que rodó lejos de ella y no tenía ganas de rodear la mesa para recuperarlo.
Se da cuenta de que su libreta está abierta en una hoja con un pentagrama dibujado, su último intento de componer algo propio, y se precipita a cerrarla con quizá demasiada obviedad.
- Ya, um… – se recoge sus mechones castaños tras la oreja, rascándose bajo su piercing industrial –. Creo que voy a pasar – enseña los dientes en una mueca y se encoge de hombros.
- Oh – la pelirroja pierde algo de su brillo natural y su sonrisa flaquea. Parece como si le acabasen de decir que todo aquello bonito que ama en el mundo acaba de morir.
Se repone en cuestión de segundos, pero Beca lo ha visto y ahora nota la falsedad con la que sonríe, y no es lo mismo.
No entiende por qué le hace sentirse como un auténtico ogro cuando apenas conoce a la otra chica, pero hay algo en ella que da la impresión de que es un ser de luz. Algo que te impide decepcionarla.
Beca abre la boca para escupir algún tipo de excusa, todavía no ha pensado en cuál, pero tiene la urgencia repentina de decir lo que sea con tal de devolverle la ilusión.
Sin embargo, no puede emitir sonido alguno porque alguien la interrumpe.
- En serio, Chlo – escuchan que alguien se queja mientras se acerca a ellas –. ¿Se puede saber por qué tardas tanto?
La amiga rubia de la Feria rodea la esquina de la librería con expresión de máximo fastidio. Si se muestra sorprendida por haberse reencontrado con Beca, no lo deja ver. Es más, su mirada se torna de un inquisitivo que hasta los mejores interrogadores de la CIA no son capaces de imitar después de años de experiencia.
Beca contiene las ganas de encogerse ante el escrutinio y hace lo opuesto: cuadra los hombros y saca un poco la barbilla, desafiante.
- Perdona, Bree – se disculpa la pelirroja dulcemente –. Me he encontrado con… – frunce el ceño y se gira hacia la DJ, ladeando la cabeza en una pregunta silenciosa.
- Beca – completa esta.
- Beca – repite la pelirroja, sonriendo.
Pero no se limita a decir su nombre, sino que la forma en que las cuatro letras ruedan por su lengua suena casi como si lo estuviera saboreando. Como si estuviera probando cómo suena cayendo de su boca para decidir si le gusta o no.
El brillo en su mirada delata que el resultado es positivo.
- Yo soy Chloe, por cierto – se presenta con un guiño –. ¿Estás segura de que no puedo convencerte para que cambies de opinión sobre las Bellas? – inquiere en un tono casi suplicante.
El ceño de la rubia se frunce inmediatamente y su mirada inquisitiva adquiere un tinte juicioso. Parece que ya ha llegado a la conclusión de que Beca no encaja en su grupo y no tiene reparo alguno en que se note su desacuerdo.
Y la morena, a pesar de que le gustaría jugar un poco con ella y mostrar interés en las Bellas, y a pesar de que siente una sensación incómoda en el estómago ante la posibilidad de enfrentarse de nuevo a los ojos tristes de Chloe, debe rechazar la oferta.
- Lo siento – se disculpa con una tensa sonrisa –. Es que me parece un rollo.
Chloe agacha la cabeza, entre apenada y resignada. Su amiga, sin embargo, da un visible brinco ante la respuesta de Beca y todo su rostro se tensa con ofensa.
- ¿Aca-perdona? – exclama en una risa incrédula, como si no pudiera creerse que alguien acabase de decir eso de su grupo de a cappella –. ¿Montar una coreografía de un súper éxito de Mariah Carey es un rollo?
Si no fuera porque Beca puede notar el veneno del sarcasmo, pensaría que la rubia le está gastando una broma porque ese no puede ser su argumento de defensa. ¿Se supone que debe de parecerle guay? Solo lo hace sonar todo más patético.
Chloe debe de darse cuenta, porque se apresura a interceder en favor de su amiga.
- Cantamos por todo el país y participamos en el campeonato nacional – proclama, orgullosa, para la satisfacción de su amiga.
- ¿Adrede? – pregunta Beca, en parte porque le encanta picar a la rubia, y en parte porque de verdad quiere asegurarse de que no se trate de una especie de culto lava cerebros o algo parecido.
Chloe parece demasiado guapa y demasiado inteligente como para estar metida en algo así voluntariamente.
- Actuamos en el Centro de Artes Escénicas, so zorra – escupe la rubia con una sonrisa tirante.
Beca arquea las cejas y presiona los labios para ocultar su diversión. Chloe, sin embargo, parece alarmarse ante el insulto, como si tuviera miedo de que Beca se fuera a ofender seriamente, y trata de arreglar la situación.
- Lo que Aubrey quiere decir… – interviene, su voz apaciguadora, pero su risa incómoda. Le manda una mirada de advertencia a su amiga cuando esta se gira con el ceño fruncido, disconforme –, es que somos un grupo de chicas con talento cuyo sueño es volver a la final nacional en el Lincoln Center.
Beca mira a los lados, incapaz de creerse que al final se esté tragando toda la chapa cuando ha dejado claro varias veces que no está interesada en la a cappella. Si no se marcha y les deja con la palabra en la boca es por respeto hacia Chloe.
Chloe, que le regala una sonrisa y clava sus ojos esperanzados en ella y le pide que les ayude a hacer realidad sus sueños y, en serio, no debería ser legal tener ojos tan azules.
- Lo siento – se disculpa de nuevo. Parte de ella siente verdadera pena por tener que decirle que no a Chloe, pero la otra parte de ella ni loca se pondría bajo el mando de Aubrey –. Ni siquiera canto – miente con un encogimiento de hombros.
Aubrey parece aliviada, preparada para dejar el tema y poner distancia entre ellas. Beca no podría estar más de acuerdo, así que se gira hacia sus cosas para terminar de recoger. Se cuelga los auriculares del cuello y la mochila del hombro.
Solo que su camino se encuentra obstruido por una pelirroja que no parece tener ganas de darse por vencida.
- ¿No cantas, pero tienes un tatuaje de unos auriculares y una libreta llena de partituras? – insiste. Señala la muñeca izquierda de la morena, que queda al descubierto por la forma en que sujeta la tira de su mochila sobre su hombro.
La reacción de Beca es instintiva: gira la mano hasta esconder el interior de su muñeca, como si en vez de un tatuaje estuviera tratando de ocultar su reloj de los ojos curioso de un desconocido.
- Chloe, quizá sea mejor que dejes el tema – aconseja Aubrey a través de una sonrisa incómoda.
Chloe no hace ni caso y permanece con la mirada fija en Beca.
- Me puede gustar la música y no saber cantar – responde la DJ con un encogimiento de hombros despreocupado –. Mira a David Guetta.
Solo recibe parpadeos de vuelta, ni una sola muestra de reconocimiento, y le lleva a preguntarse qué clase de educación musical tienen esas dos chicas.
- Ha sido un placer conoceros, de todos modos – dice en un tono lleno de finalidad.
Chloe no parece del todo convencida, pero se hace a un lado para dejarle salir. Sus inquisitivos ojos azules siguen a Beca cuando pasa a su lado, y su mirada es penetrante de una forma muy distinta a la de su amiga.
Donde en la de Aubrey solo había interés maligno, en la de Chloe hay curiosidad. Como si Beca fuese un enigma que se muere por resolver y que no va a parar hasta que lo consiga.
- Te olvidas tu lápiz – llama Chloe tras ella.
Beca se para antes de rodear la estantería y mira el lápiz de madera roja que la pelirroja tiende en el aire entre ellas.
- Cierto. Um, gracias – musita.
Coge el lápiz, pero Chloe no lo suelta al instante.
Hay un momento en el que las dos lo tienen sujeto por cada uno de los extremos. Es apenas un instante, unas milésimas de segundo.
Sin embargo, es suficiente para que los ojos de Beca resbalen a los dedos de Chloe que se mantienen alrededor de la madera. Y de ahí siguen subiendo casi por voluntad propia una vez se registra en su cerebro que la pelirroja está usando su mano derecha.
Como si se tratase de un imán, su mirada se ve irremediablemente atraída al reloj plateado tatuado en el interior de la muñeca de Chloe.
00:00:00.
La respiración de Beca se atasca en su garganta, y quizá emite algún sonido, pero quizá no. No está segura, porque apenas es capaz de oír nada por encima del rugido de su sangre en sus oídos.
Alza la mirada de un brinco hasta Chloe. La pelirroja tiene una expresión inocente en el rostro, como si no supiera que está pasando algo con Beca.
Con ellas.
- De nada – dice con una dulce sonrisa, soltando por fin el lápiz.
Pero algo en el fondo de ese azul bebé hace que Beca sospeche… No. Es más, que tenga la absoluta certeza de que Chloe sabe exactamente lo que está haciendo.
