Advertencia: Lemon. Por lo mismo, el rating de la historia fue modificado.


LUS PRIMAE NOCTIS


—An in love heart—


II


El sacerdote debió volver a las colinas de Glasgow cuando apenas iba a la mitad del camino al regreso a la iglesia, porque el grito de Brigitte se escuchó tan fuerte que espantó hasta a la más valiente criatura del bosque. Asustado, recogió como pudo su sotana y corrió todo cuanto sus envejecidos y cansados huesos le permitieron, hasta encontrarse con la trágica escena.

Llovía fuertemente, Allistor no estaba y todo lo que quedaba era el cadáver de una hermosa mujer desvanecerse entre los brazos de su madre, marchitada, y los campesinos que rápidamente intentaron cavar un agujero lo suficientemente profundo para darle a Murron su eterno descanso sin que nadie la perturbara. Los caballos ingleses habían dejado en los caminos sus huellas que ahora comenzaban a desaparecer, pero la sangre de Murron jamás desapareció. Ian y Brigitte la verían para siempre allí, regada como un inagotable río del más doloroso caudal.

Envolvieron su cuerpo vestido de novia en un velo blanco. Brigitte peinó su cabello, lo amarró en una gruesa y brillante trenza que decoró con flores que se me marchitaron al instante de haberla tocado. Su herida ya no sangraba pero rodearon su cuello con una tela blanca hasta que el rojo fue absolutamente censurado, y su cabeza cubierta de velo. Inmóvil sobre un pequeño pedestal, el sacerdote elevó hacia el cielo y en latín su rezo por el alma de la joven, que encontrara descanso eterno en los brazos del Todopoderoso y que su espíritu fuera guiado sabiamente. Sus ojos azules profundos cerrados para siempre tras el velo y la piel más pálida aún, fueron enterradas. Con sumo respeto, los campesinos taparon el cuerpo femenino con la tierra escocesa, la misma que la recibió en llanto cuando Allistor se alejó de ella sin remedio.

Fue así como Murron desapareció. Todo lo que quedó de ella fue el recuerdo petrificado para siempre en los campos de Glasgow, manchados de un rojo espeso que la tierra jamás absorbió y que jamás pudo hacer desaparecer, como tampoco desapareció del corazón de Allistor.

Todo el camino hacia Inglaterra, incluyendo las noches para el descanso de los caballos y los soldados, mantuvo su boca cerrada. Su único instrumento de comunicación fueron sus ojos, que ya no eran capaces de reflejar nada más que una sed de venganza inagotable. Podría empapar su espada con sangre inglesa todos los días de su vida a partir de ese momento; jamás iba a saciarse por completo, porque nadie le iba a devolver a Murron.

Ante eso, los soldados ingleses se reían desde su inalcanzable refugio. Un solo hombre sin entrenamiento militar contra la infantería del lord Arthur Kikrland, cualquiera se hubiera reído por el mal gusto del chiste. Era impensable. Pero por algún motivo, Allistor nunca lo encontró imposible.

Cuando uno de los miembros de la guardia lo empujó brutalmente hacia el interior de una habitación, Allistor esperó dar de bruces contra un piso de piedra, apestado de mal olor y que sus muñecas fueran apresadas por cadenas de considerable peso. Pero en lugar de ello, la luz de las velas le recibió en calor, y su adolorido cuerpo fue acogido por una mullida alfombra de piel de conejo. No estaba en alguna especie de calabozo, estaba en la habitación del lord.

Luego le cerraron la puerta. Escuchó las risas del guardia alejándose paulatinamente hasta desaparecer. Se puso de pie con cierta dificultad pues aún tenía las manos amarradas de las muñecas, y miró hacia enfrente. La cama era tan espaciosa que parecía increíble. De seguro no era una cama de paja y las pieles que la cubrían no eran delgadas, eran gruesas mantas que una sola era la densidad de tres de las que tenía él en casa.

Frunció el ceño al darse cuenta de dónde estaba. No le hacía ninguna gracia. Ni la más mínima. Desesperado, intentó soltarse de las cuerdas de sus muñecas, incluso trató de quemarlas con la llama pequeña de las velas llevándose ciertas quemaduras en el proceso que dejaron de doler a los pocos minutos. Chistó la lengua, frustrado.

Tenía hambre y sed. Durante el trayecto desde Escocia hacia Inglaterra fue poco y nada lo que le ofrecieron: unos bocados de pan y un par de tragos de agua al día, por supuesto a cierta distancia de los soldados y obviamente del lord, aunque Allistor veía desde su lugar en la mirada de Arthur que éste quería de todo, menos tenerlo lejos. Era una mirada cargada de lascivia que a Allistor le revolvía el estómago del asco hasta el punto de perder absolutamente todo el apetito que acumulaba durante las muchas horas previas al descanso del atardecer, donde preparaban la carpa del lord para dormir y los soldados se preparaban para hacer guardia. Allistor se preguntaba cómo es que era posible que un fenómeno de la naturaleza que tanto amaba por sus recuerdos se convirtiera luego en lo más aborrecido. Los atardeceres en Escocia eran bellos y cálidos, en Inglaterra son lluviosos y fríos. Parecieran estar malditos. En cambio, antes, en esa mágica noche, el atardecer le llenaba el corazón de entusiasmo, le contaba los segundos para el encuentro con Murron, hasta que todo en el cielo se ennegreció y los destellos blancos aparecieron, así como ella, como una sombra oculta entre los árboles y sus pasos escabullidos por el río. Su única luz, sus ojos azules, el astro mayor plantado en el cielo que luego iluminó la desnudez de ella frente a él, enamorado hasta la médula. La mágica noche en la que Murron y él hicieron el amor, sin pensar jamás en que fue la mejor decisión que pudieron tomar. De lo contrario, si él hubiera esperado, si él hubiera hecho las cosas bien, se hubieran casado, y jamás habrían podido amarse como lo hicieron, porque ese lord hubiera aparecido y lo hubiera arrebatado a él de sus tierras y ella hubiera caído muerta sin haber conocido varón. Allistor sintió de pronto que su vista se nublaba y sus mejillas se humedecían. Arthur Kirkland era un hombre ruin, Allistor ha oído hablar de él desde que se comentaba su nacimiento, cuando él tenía cinco años. Se preguntaba qué tendría de extraordinario que el hijo de Frederick Kirkland hubiera nacido, hasta que con los años se escucharon con mayor frecuencia las fechorías de ese jovencito, siendo apenas un niño. Cuando llegó a la adultez, el nombre de Arthur Kirkland era tan conocido como el de Eduardo el Zanquilargo. Fue entonces cuando Allistor empezó a guardarle rencor incluso sin conocerlo. Ahora que estaba encerrado por su culpa, preso de sus caprichos y viudo, lo odiaba tanto, que sentía el corazón arderle por dentro.

Arthur cargó con la maldad desde su primer minuto de vida. Su madre, esposa de Frederick, no volvió a levantarse nunca más luego de concebirlo, y cuando Arthur bebió la leche de su pecho, le bebió también la vida hasta dejarla seca. El cadáver de Catherine se desvaneció como una raíz marchita, desprovista de rocío, lluvia y sangre. Su entierro fue sufrido, la esposa del Lord desapareció hasta volverse cenizas, porque Frederick no quiso que la enterraran. Su cuerpo ardió entre las llamas como una estopa, ante la atenta mirada de su esposo y su hijo, quien miraba el espectáculo sin inmutarse, con las llamas furiosas reflejándose en sus ojos verdes y los de Frederick, quien intentaba ahogar el llanto con la compostura, pero que no fue capaz de soportar y cayó de rodillas al suelo.

Eran esos los rumores que rodeaban la figura de Arthur Kirkland. No era de extrañarse que con todos esos antecedentes la población escocesa prefiriera estar lejos de él, lo que más se pudiera, y que ojalá una columna de fuego separara a las tierras de dominio del Lord de las tierras libres de Escocia. Pero eso, y todos los deseos de desentendimiento eran imposibles. Arthur había llegado tan al norte como Eduardo El Zanquilargo hubiera deseado, sólo era cuestión de tiempo: sin un ejército, sin un rey; sólo un grupo de campesinos jugando a ser soldados y que ni siquiera sabían marchar en línea recta.

Allistor sonríe amargamente al saberse donde está ahora. Sabe que no saldrá ileso de ahí, y sabe también que con algo de suerte, incluso, podría salir vivo. Pero le ha llovido sobre mojado. Murron está muerta a causa de ese lord, probablemente Ian y Brigitte lo odian ahora mismo y si dependiera de ellos Allistor podría morir en manos de su captor, porque no pudo defenderla de la espada implacable y la codicia de los ingleses. Murron era el precio más alto de todos, y Allistor estaba seguro de que nada de lo que fuera a ocurrir valdría tanto la pena como para haberla perdido a ella. A su esposa, la mujer de su vida, la codiciada por los jóvenes escoceses por lo que poseía.

Porque Allistor sí hubiera podido defenderla, eso le dice lo irracional de su ira, el instinto de venganza que le brota por los poros al recordar el rostro de ese detestable maldito rebanando el cuello de su esposa. Pero luego se pregunta cómo, si él no es un soldado, no es un noble, no tiene sangre guerrera en las venas y Escocia es débil políticamente, y sin poder político no hay ejército, no hay identidad, no hay derechos, no hay reclamo, no hay voz que levantar para defender lo propio. Murron estaba condenada a esa muerte solitaria y desesperada y Allistor no podía hacer otra cosa que contemplar aquello. Sí, podía vengarla, sí podía ennegrecer su corazón hasta el punto de ser un mero instrumento de su motivación, pero de ser así, Murron hubiera muerto por muy poco. Y la muerte de ella no podría quedar en un vacío. Allistor no podía resignarse a que ella simplemente lo esperara. Él debía construir su venganza desde lo más mínimo, sin dejar escapar detalle alguno, y siempre movido por su agonizante corazón.

Entonces la sonrisa de su rostro ya no es tanto de resignación, sino más bien de intriga. Allistor es joven y noble, pero también sabe sacar de quicio a los ingleses y quiere saber hasta dónde puede llegar.

Así que lo decidió: volvería a Escocia con mucho más que ira. Volvería con un plan.

Volvió la mirada a la puerta cuando ésta se abrió, dejando entrar al lord. No vestía cota de malla, pero portaba su espada reluciendo a la luz de las velas. En su pecho iban bordados los leones ingleses que rugían eternamente. Allistor no se inmutó. No retrocedió de su lugar y recibió al lord con una mirada verde cargada de odio.

Arthur se sentó junto a la mesa de la habitación. Miró a Allistor y percibió en él el rencor. Casi podría palparse en su piel. Pero Arthur prefirió la calma, no le iba a saltar como un gran felino encima. No aún.

Segundos después entraron dos mujeres. Sus ropas eran sencillas, de colores opacos y sus rostros estaban sonrojados por el nerviosismo. Llevaban bandejas con comida y una vez que las depositaron en la mesa, con una leve reverencia salieron. Fue como si su visita hubiera sido un aire de frescura en la tensión que Allistor sentía acumulada en la garganta.

Al cerrar la puerta, Arthur miró al escocés y le hizo un gesto con la mano invitándolo a sentarse junto a él. Allistor, de expresión inmutable, lo miró desconfiado.

—Oh, claro—Dijo Arthur entonces, percatándose de las cuerdas amarrando las muñecas. Sacó un pequeño cuchillo de sus ropas y se le acercó para cortarlas. Casi por puro instinto de supervivencia, Allistor dio un paso hacia atrás. No le tenía miedo, bien podía hacerle frente a ese señorito, pero la cara de Arthur le hacía sentir tanta repulsión que le era imposible estar cerca de él.

Arthur lo miró y soltó una risa burlesca.

—No voy a hacerte nada, tonto—Le espetó, como si fuera lo más obvio del mundo—. A menos que prefieras comer con las manos atadas.

—Cierra la maldita boca.

Arthur volvió a reír, agachando su mirada y volviendo a levantarla. Borró su sonrisa irónica al notar el parecido de los ojos de Allistor con los suyos propios.

—Qué elocuente forma de agradecer mi hospitalidad—Le escupe, sarcástico—. Te estoy ofreciendo mi mismísima habitación para dormir y mi comida, ¿o no es suficiente para ti, maldito salvaje?

Allistor siente la fuerte necesidad de golpearlo, pero un acto como ese sería fácilmente su sentencia de muerte, cosa que no sería tan grave si contara con su libertad, pero ahí donde está tiene todas las de perder.

—Pues por mí puedes meterte todo eso donde mejor te caiga.

Arthur chista la lengua, exasperado. Observaba a Allistor y de alguna forma envidiaba su fortaleza, aunque sí viera, desde su distancia, todo lo que conllevaba la muerte de la mujer que amaba. Eso era algo que jamás podría entender. Él nunca llegó a amar a una mujer, ni siquiera a la sobrina de ese rey francés que más de una vez debieron sacar a colación en las reuniones de la corte, porque Arthur tenía cosas más importantes de las que ocuparse, y no le hacía ninguna gracia saberse dominado por un sentimentalismo. Ha sabido luchar muy bien contra todos esos ataques de su instinto porque desde pequeño le enseñaron a congelar el corazón. Cosa que Allistor jamás aprendió.

Pero él se encargaría de hacérselo saber.

Allistor le sostiene la mirada con la misma valentía que le lleva demostrando desde siempre. Y la pregunta se le sale sola de la boca, pese a saber que la respuesta lo único que logrará será hacerle entrar en más ira.

—¿Por qué la mataste? —Le espetó.

Arthur, cínico, se encoge de hombros.

—Porque puedo—Responde sin más.

Allistor siente que sus ojos vuelven a nublarse. Sabe que está llorando, y se siente patético, aunque sea lo más justo del mundo llorarla a ella.

—Oh, por todos los cielos—Replica Arthur, tomándose las sienes—¿No estarás pensando en planear venganza contra mí, o sí? —Se le acerca dos pasos. Allistor debe agachar la cabeza un poco para mirarlo a los ojos, Arthur la levanta—Te lo vuelvo a preguntar, salvaje. ¿Te has dado cuenta de dónde estás?

Allistor permanece inmutable, con su duelo a cuestas y la furia tan viva como el rojo de su cabello.

—Maldito perro inglés—Le escupe.

Arthur vuelve a reír y Allistor siente que pronto enloquecerá. El rubio camina hacia la mesita donde está la comida aún tibia y lo vuelve a invitar a sentarse junto a él.

—Te lo repetiré una sola vez—Le dice, mientras se sienta—. Ven a comer. O pasarás esta noche, la siguiente y la que le sigue sin probar bocado. ¿Entiendes ahora? ¿O debo explicártelo de otra forma?

Al ver Allistor el cuchillo que portaba en la mano el inglés decidió que era mejor guardar la calma, porque Arthur no iba a titubear en si lanzarle el cuchillo o no. Y Allistor sabía acerca de la educación que había recibido respecto a la destreza con la espada, mientras él jamás aprendió a usar una y su más experto maneje estaba en el arco, así que no quedaba más opción.

Se acercó a la mesa, y esta vez dejó que Arthur le cortara las cuerdas de las manos. Miró la comida, los trozos de carne, el pan, las frutas y el vino. Cuánto deseó poder beber un poco de whisky escocés.

Con sus manos tomó los trozos de carne de venado y se los llevó a la boca. Arthur miraba el espectáculo de Allistor comiendo como si fuera lo más fascinante del mundo. Le dijo que junto a su plato estaban los cubiertos, pero Allistor le gruñó con tanta fuerza que Arthur prefirió permitírselo por ahora. De verdad que ese hombre era una bestia.

Al terminar de comer (habiendo comido mucho más Allistor que Arthur) las mismas mujeres que trajeron la comida fueron las que se llevaron las bandejas casi vacías. Ninguno de los dos agradeció la atención, Arthur porque no tenía razón para agradecer que los sirvientes cumplieran adecuadamente con su trabajo y Allistor porque aún sentía repulsión por todo cuanto lo rodeaba, incluido Arthur. Sobretodo Arthur.

—Entonces—Le pregunta Allistor sentado en la cama—¿Me vas a decir que mataste a mi mujer y me trajiste hasta aquí para invitarme a cenar?

Arthur, desde su lugar, le vuelve su mirada verde.

—Algo así—Dice, sonriéndole.

Allistor se espanta como una presa a punto de ser cazada.

Bloqueado de pies a cabeza, observa los pasos de Arthur acercársele, el sonido de las botas de cuero cada vez más fuertes en sus oídos hasta hacerle explotar los sentidos. Todos.

Se sienta junto a él en la cama.

—¿No quieres tomar un baño antes de dormir? —Le pregunta como si fuera lo más normal del mundo. Allistor le frunce el ceño como si fuera la criatura más desagradable que pisa la tierra.

—Al punto, enano—Le espeta en la cara.

Arthur suspira mirando el techo. Luego lo mira a él.

—Te lo diré, con una condición.

Allistor frunce aún más el ceño, si es que le es posible. Sus cejas rojas no tan espesas como las de Arthur casi se juntan y su horrorizada expresión no cambia cuando siente a Arthur subírsele a horcajadas, con las rodillas a cada lado de su cadera y las manos tras su nuca.

—Quítate—Le amenaza— si no quieres que…

—¿Si no quiero, qué? —Le provoca, demasiado cerca de los labios y con una sonrisa que se transforma en mordida. Allistor desvía la cabeza a un lado, pero el agarre de Arthur en su pelo lo vuelve a enderezar hacia él—¿Quieres que te diga qué estás haciendo aquí o no?

La otra mano en su mentón, la pelvis de Arthur en un ínfimo ir y venir sobre la suya. Siente los brazos pesados a cada lado del cuerpo, como si estuviera siendo inducido en un sueño profundo poco a poco, excepto por las reacciones eléctricas que recorrían su espina dorsal conforme la voz de Arthur se hacía cada vez más grave y melosa, como un felino agazapado.

Lo cierto es, además, que la repulsión se le sube a la cabeza y se marea un poco. Necesita recostarse. O eso parece. Echa hacia atrás su cuerpo, no porque quisiera, sino porque Arthur lo empujó sobre la cama y Allistor se mantiene tan quieto como una estatua, imperturbable en su expresión cansada y asqueada, y tan bello y varonil que Arthur no se resiste a sus más bajos y escalofriantes deseos. Está apunto de equivocarse como nunca en su vida.

Allistor cierra los ojos. Arthur lo tiene inmovilizado, aún sentado sobre sus caderas. La Kilt le parece, ahora mismo, la peor prenda de ropa existente en el mundo, y para Arthur es lo más excitante que pueda presentarse frente a él. Allistor se maldice a sí mismo, insulta a Arthur en su mente porque su boca apenas pronuncia palabra. Parece estar sucumbido en sensaciones sobrehumanas, porque lo que le sucede no es normal. No le parece normal en lo absoluto que apenas pueda reaccionar. Arthur es un hechicero, eso tiene que ser, sin duda.

Y no le hace ninguna gracia que el inglés se ría de su estado, allí sentado donde está, percibiendo innegablemente que si hay una zona del cuerpo de Allistor que está despierta como nunca antes es su sexo en ascenso. Y el roce en la tela de franela lo está matando. Necesita decirle (ordenarle bajo amenaza) a Arthur que salga de allí o ambos partirán al infierno sin oportunidad alguna de redención.

Allistor jadea como un animal, Arthur ríe estruendoso sobre ese espectáculo y decide que no le dirá nada. Por ahora.

El porte de guerrero y príncipe parece disiparse, entonces. Está sonrojado, inmóvil bajo un abominable cuerpo inglés y con una erección que ya duele. Arthur, con algo muy parecido a la ternura en el pecho, se inclina hasta él y le besa la mejilla. La siente demasiado cálida y lo atrapa al instante. Se pregunta que si toda la piel de Allistor es así de acogedora, cómo será su boca. Y la prueba sin remordimientos. Besa los labios de Allistor apenas en un roce tímido de la más primeriza amante, y luego se transforma en una bestia hambrienta que se lo devora. Allistor responde casi inconscientemente, atacando la lengua de Arthur y enroscándose a su alrededor. De pronto toda sensación de debilidad se le esfuma del cuerpo y casi como si estuviera poseído por el mismísimo demonio, toma las caderas del inglés y las pega aún más a las suyas propias. Arthur gimotea en el beso, el salvajismo de Allistor es más que evidente y le resulta tan placentero como doloroso. Siente que sus dientes blancos de animal carnívoro lo muerden con soberbia y enojo y con el agarre en sus caderas necesita arquear la espalda para percibir más explícitamente todo cuanto se han provocado. El odio de Allistor explotó de la forma más pecaminosa e inaceptable; ya no era el muchacho enamorado de corazón noble. Ahora había decidido tomar la mano del diablo y ser guiado por él hasta ese inglés sarcástico y cruel, desgarrarlo en cuerpo y alma hasta destruirlo, y no le importaba en lo más mínimo el camino que tomara para ello. Si debía acostarse con él, lo iba a hacer. Pero no le iba a salir gratis que le haya arrebatado lo más hermoso que había logrado conseguir en toda su vida, y menos si lo había hecho de esa forma tan cobarde y sucia.

Allistor abrió los ojos de golpe y se encontró de lleno con el rostro sonrojado de Arthur unido al suyo por sus bocas, húmedas y cálidas, envueltos en llamas. Sus manos viajaron desde las caderas del inglés pasando por la curva de la espalda y sus hombros hasta su coronilla repleta de mechones rubios despeinados y lo obligó a separarse. Lo miró, demandante, y Arthur lo entendió de inmediato. Sus labios viajaron hasta lo más recóndito, sus manos levantaron la Kilt y Allistor necesitó inclinarse hasta el borde de la cama a medio cuerpo para mirar ese espectáculo, uno que él concebía únicamente como una humillación y no un momento de intenso placer, el más peligroso de todos.

—Parece que ya no quieres saber por qué estás aquí—Le dijo Arthur, arrodillándose en el suelo y entre las piernas del escocés, con una sonrisa ladeada y autosuficiente.

Prepotente, Allistor le respondió.

—Cállate, enano.

Arthur ensancha la sonrisa, Allistor abre la boca. Está apunto de detenerlo, de atacarlo con lo que tenga a mano y huir, pero no puede.

—Sabes que desde que te conocí—Dice Arthur mientras pasea sus manos por las rodillas hasta los muslos de Allistor. La piel es increíblemente suave a su tacto—, siempre quise hacerte esto, mientras usaras la Kilt.

Allistor casi siente caer a un abismo y necesitó gritar ahogadamente cuando repentinamente sintió su sexo ser recorrido por una lengua extraña y serpenteante, y más gritó todavía cuando entre lamida y lamida Arthur engullía su sexo por completo y lo rodeaba con una experiencia que asustaría a cualquiera y haría echar a correr lejos de él al sacerdote de turno. Allistor aún no apaga por completo su sentido común; sabe que eso está mal, sabe que no debería cerrar los ojos ni cerrar la garganta para evitar dejar escapar el aire en forma de vergonzosos quejidos. Arthur no detiene el ir y venir de su cabeza y su movimiento es lento pero constante, ejerciendo la presión exacta en el sexo del escocés como si quisiera burlarse de su adolorida y quejumbrosa expresión.

Arthur enfrenta los ojos verdes de Allistor, los nota vidriosos y llenos de frustración. Con inaudita lentitud, recorre con sus labios desde la base hasta la punta para erguirse delante de él y aún entre sus piernas. No le sacará la Kilt, pero sí recorre el torso férreo de Allistor por debajo de la camiseta de algodón, llena de tierra y pasto por el viaje desde Escocia. Arthur observa el pecho desnudo de Allistor y se percata de que no tiene cicatrices de guerra o algo parecido, son sólo marcas hechas por animales, quizá, en sus andanzas de cazador. Observa también lo agitado que está respirando, con la boca dulcemente entreabierta y los ojos furiosos. Pareciera no querer defenderse.

Entonces el inglés comienza a desnudarse. Allistor parece sorprenderse por algo. Quizá es lo asquerosamente bello que luce desnudo, o lo inauditamente blanco que sea, o la enfermiza sonrisa que no borra de su cara. Allistor prefiere no seguir mirando o se convertirá en un monstruo.

Por eso vuelve a cerrar los ojos, pero eso no lo hace desaparecer de donde está, porque su piel le sigue dando crédito. Erizada y más sensible que nunca, percibe el calor de las piernas de Arthur abrirse estando sentado, otra vez, a horcajadas sobre él. Cuál es su maldito problema con sentársele encima, por todos los cielos, ¡lo está haciendo enloquecer!

Quiere tomarlo de la cintura y echarlo a patadas, salir corriendo hacia Escocia y olvidarse que fue tomado por el derecho de pernada. Pero sus propios deseos lo traicionan, es su corazón, aún enamorado, el que le clama venganza. Murron está muerta por culpa de ese vándalo, el mismo que le despierta todas las sensaciones incluido el deseo. el más prohibido de todos. Siente que se está enfermando. O no. Siente que está siendo envenenado hasta la médula.

Allistor lo vuelve a mirar a la cara. Ceño fruncido, dientes apretados. No quiere demostrar nada. Está furioso y confundido, perdido y envuelto en preguntas que nadie se atreverá a responder porque jamás hará que vean la luz. Arthur se humedece los labios, moja sus propios dedos y se prepara él mismo captando la más absoluta atención del escocés. Los ojos verdes, ambos pares, brillan como nunca. Se tornan tan expresivos que parecen reflejar las mismas llamas de sus almas. Uno, el deseo absoluto y más hereje; el otro, un torbellino inagotable de odio ramificado en toda su piel, como una enfermedad de horrible aspecto.

Arthur exagera sus propias expresiones de satisfacción. Se muerde tanto el labio que toma un adorable y notorio color carmesí, que Allistor quiere hacer correr por las grietas de su boca hasta morir en su piel. La otra mano de Arthur juguetea con el torso del escocés, toca su pecho, se afirma de sus hombros. Ante la mirada de Allistor, retira los dedos de su propio interior y toma él mismo el sexo del pelirrojo y lo ubica justo bajo su cadera, férreo y despierto como nunca. Abre la boca soltando un suspiro extasiado cuando Allistor empieza a invadirlo, quien aprieta más y más los dientes y gruñe como una bestia enjaulada, sujetando las caderas de Arthur con sus manos sin tener claro si quiere aplastarse con él o retirarlo de allí. Opta por lo primero: de una sola estocada, penetra el cuerpo del inglés absolutamente hasta hacerlo chillar de dolor.

Arthur está adolorido, pero no es nada a lo que no pueda acostumbrarse. Tiene una expresión quejumbrosa y ve que Allistor sonríe por ello. Está absolutamente equivocado si piensa que será él quien controlará la situación. El lord empieza a moverse serpenteante sobre él, pero no tiene intenciones, aún, de apartar las manos escocesas de su cadera. Siente que Allistor aprisiona sus tobillos bajo sus muslos para ganar impulso. Cómo se nota lo ansioso y frustrado que está. Eso le gusta. Hacerlo desesperarse es más excitante de lo que pensó. Entusiasmado, se inclina sobre él buscándole la boca, pero Allistor desvía el rostro hacia un costado y cierra los ojos. Siente sus dedos enterrarse en sus caderas, de seguro le quedarán marcas por eso. El vaivén es inquieto, desprolijo, como si quisiera matarlo en vez de pasar una alocada noche con él. Gime y ríe como un desquiciado, acelera el ritmo de sus caderas a un nivel demencial y Allistor aprieta fuertemente los párpados. No puede encontrar placer en lo que está haciendo, es una herejía; una inaceptable, perversa y deliciosa herejía.

Arthur salta y salta gritando su propio placer hasta encontrar la plenitud más absoluta, quedándose imperturbablemente quieto. Sobre el estómago de Allistor se derramó la semilla, allí donde no puede fructificar. Lo cierto es que para el inglesito estuvo bastante bueno. Pero no para él. Y la sonrisa maliciosa se le dibuja en el rostro casi instantáneamente.

—Oye, enano—Le habla, un tanto agotado y más ronco de lo que hubiera esperado. Arthur lo mira hacia abajo y ve que Allistor no tiene la misma expresión que él—. Yo aún no termino.

—¿Qué…?

No alcanzó a terminar su pregunta, porque Allistor se lo sacó de encima de un momento a otro y lo volteó sobre la cama dejándolo boca abajo. Arrodillado detrás de él, le alza la cadera y lo vuelve a penetrar de un duro golpe. Arthur aprieta las mantas entre sus dedos por el dolor inicial que no tarda en percibir como un placer aplastante. Allistor lo penetra y embiste salvajemente como un poseso, le tira el pelo hacia atrás y le aprieta las caderas. Si hubiera habido alguna vez en su vida en la que Arthur alcanzó el orgasmo de esa forma antes, ya estaría muerto en delirio, saboreando su propio pecado. Allistor, movido por el inexplicable placer que pudo encontrar en su ennegrecido corazón ya inconmovible, se dejó caer al lado y su rostro se tornó sombrío para siempre.

Arthur lo miró desde su lugar y sonrió con soberbia.

Cuánto había anhelado conocer a su hermano mayor.


...


Nota de la autora:

¡Hola! Sí, como ven, este fic también se me fue un poco al diablo. Igual que con El Talismán, esta historia iba a ser mucho más simple de lo que tengo pensado hacer ahora (es decir un lemon [incestuoso-cofcof] y nada más, un two-shot o three-shot) pero me entusiasmé mucho y bueno, aquí me tienen, sumergida en un problema mayúsculo. Pero lo estoy disfrutando.

Perdónenme por el OoC. Intenté hacer a Escocia lo más rencoroso posible, con esa dualidad haciéndolo añicos durante el sexo. Espero que no haya salido tan fuera de lugar.

¿Y esa frase final? Duh, estaban más relacionados de lo que se creía, ¿no? xD va a ser muy genial explicar el vínculo entre ellos.

Así que nada. Gracias por leer. Y recuerde que los comentarios siempre incentivan a esta fiel servidora.

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