Otro capítulo más.
Segundo capítulo
La muerte de un vampiro.
Guarda la ira cuando sea necesario. Más tarde podrás necesitarla.
Despertó cuando sintió el calor del sol contra sus mejillas o quizás simplemente recuperó la conciencia sin saberlo exactamente. Bostezó y se estiró, levantándose. Se sorprendió al encontrarse tendida sobre el exterior de la cama, cuando siempre era una friolera incluso en verano. No podía dormir si no sentía el peso de algo encima, cubriéndola protectoramente.
Intento volver atrás, recordar hechos y comenzó a atar cabos. Acababa de cumplir los dieciocho años. Era adulta. Le habían hecho muchos regalos que estarían esperando abajo para ser abiertos, todos, excepto uno. Un vampiro tremendamente sexual. Un vampiro que- por mucho que la avergonzada- había formado parte de una fantasía sexual tremendamente cargada de sexo, sensualidad y joder, sí, placer orgásmico a tope.
Miró a su alrededor en busca de alguna muestra de él, pero solo encontró unas manchas de sangre sobre la colcha de su cama, las sábanas revueltas y una sensación de que algo había pasado y no comprendía qué. Con la sangre, se llevó las manos al cuello, saltó de la cama y corrió hasta el espejo. Antes de que pudiera verse se desvaneció contra el suelo, mareada.
Cuando logró controlar el giro de su dormitorio, llevó las manos hasta el cuello, tanteándolo. Usó los codos como punto de apoyo y logró verse en el espejo. Dos pequeños orificios que únicamente unos largos caninos podrían crear. Eso solo significaba una cosa: No había sido un sueño. Realmente le había mordido. La sangre era suya y el orgasmo… Oh, dios, realmente había tenido su primer inesperado- y jodidamente fantástico- orgasmo.
Pero eso significaba que… se había alimentado de ella demasiado temprano y ahora necesitaba levantarse costosamente, sintiéndose un pato mareado. Era imposible que la hubiera desangrado, porque estaba viva. Pero no era nada consciente de que había pasado realmente. Ese vampiro se había burlado de ella. Tomoka debía haberse equivocado porque él había actuado dominándola, sin pedirle permiso, algo como: "¿Puedo chupar de tu cuello como si de una pajita se tratara, marearte pero compensarte con un orgasmo que nadie te dará en la vida?".
Se sintió avergonzada, sucia y malhumorada. Enfadada con él. Pero aun así, ya estaba pensando en ir hasta el teléfono, levantarlo para llamar al sastre y pedir ropa de vestir de la talla de aquel gigante sexual. Darse una ducha, desayunar e ir a verle. Lo último, con intenciones de regañarle. ¿No era como su mascota? Entonces, en el trato no entraba también que debería de obedecerla, ¿Verdad?
Esperó unos segundos, suponiendo que tendría anemia. Necesitaba comer algo. Reptó por el suelo hasta llegar a la cama, apartando de un tirón las ropas y descolgando el teléfono. El sonido llegó y después, la soñolienta voz de una de las sirvientas. Demandó algo de comida y colgó, volviendo a marcar, esta vez, el número del sastre.
El hombre se mostró curioso, preguntando para quién podría querer tales tallas, especialmente porque, aunque fuera la misma talla de su padre en cuanto a altura, de cuerpo era el doble. No podía decirle "Oh, es que tengo un nuevo vampiro como mascota y necesito vestirle", así que decir simplemente "es para un regalo", bastaba.
La comida le llegó justo cuando estaba volviendo a marearse, incluso estando tirada en la cama. La joven sirvienta la miró preocupada y tuvo que fingir encontrarse bien, pero estar perezosa de salir de la cama. No podía decirle la verdad. Se moriría de vergüenza, seguro.
—Si necesita algo más, llame, por favor— dijo mecánicamente servil.
Podría haberla regañado por eso, como solía hacer, sin embargo, estaba más interesada en la comida que habían dejado sobre su vientre en una bandeja. Aunque no fuera un desayuno de dedicación excelente, era perfecto para recuperar un poco de salud. Después, se metería dentro de un vestido y se enfrentaría a un vampiro que había robado su sangre.
Se zampó las tostadas y el bacón. Bebió el zumo de tomate y mordisqueó un trozo de manzana. Cuando sopesó que su estómago lo tolerase, saltó de la cama nuevamente, suspirando aliviada cuando el suelo estaba firme y las paredes en su sitio. Aprovechándolo, se vistió. Un vestido simple, sin vuelos de color blanco y unos zapatos planos a conjunto. Se ató el largo cabello en una trenza cayéndole justo donde estaban las cicatrices del mordisco y salió al pasillo.
No había ninguna sirvienta o algún sirviente que tuviera la necesidad de pasearse por el pasillo casualmente. Probablemente, todos estarían volcados en la limpieza de la parte baja. Un punto a su favor.
Se detuvo ante la puerta del dormitorio, suspirando y dándose ánimos antes de entrar. Iba a pelearse con un ser que el primer día había estado a punto de matarla con gran facilidad. Empujó la manecilla y abrió la puerta.
El aroma a especias llegó hasta su nariz, algo tremendamente sensual y excitante. Antes de que se diera cuenta, estaba lamiéndose los labios y apretando los muslos, volviendo a imaginárselo haciendo su trabajo donde debía. En sus pechos… en sus nalgas… en su cintura… en su sexo… y, oh Dios, en su cuello, alimentándose, gimiendo contra ella cuando… cuando… se alimentara. Sí, eso sería estupendo.
Gimió y retrocedió, sacudiendo la cabeza en busca de aclararse las ideas, de borrar tremenda imaginación. Empujó la puerta y entró, decidida a afrontarlo. Pero la mandíbula casi se le cayó al suelo cuando encendió la luz para poder algo. Volvió a apagarla, sintiéndose ruborizada hasta las puntas de los cabellos.
No había visto lo que había visto. No era cierto. Él no podía estar completamente desnudo, con una sábana que le cubría únicamente el lugar más impactante y su poderoso cuerpo era claramente una tentación. Dios, por su mente pasó la loca idea de ir hasta él, subirse la falda hasta las rodillas y sentarse en el lugar justo y moverse como debía de hacerse.
Hiperventiló y cayó de culo en el suelo. El sonido que hicieron sus pies al resbalar por la moqueta, debió de despertarle, porque sintió la cama crujir. En la oscuridad, dos pequeños ojos dorados aparecieron, observándola con cierto desdén. Por primera vez, sintió lo que era ser una presa y no una sexual. Esa aura era claramente cazadora. Quería matarla o probablemente, alimentarse antes de destrozarla.
Levantó las manos ante su rostro como protección.
—No lo hagas— ordenó. Un siseo llegó desde su, lado izquierdo. En algún momento, se había trasladado sin darle tiempo a reaccionar.
—¿Por qué?
La pregunta era más un ronroneo que una protesta. Con la luz apagada, expuesta completamente a él, se sintió terriblemente fácil. Tembló, al sentir el aliento contra la piel herida de su cuello. Sin comprender por qué, su cuerpo se convulsionó cerca de un orgasmo. Dio un salto hacia delante, cayendo a cuatro patas, jadeando y tosiendo. Aquello no era nada natural.
—Porque… tenemos que hablar— logró responder.
La luz se encendió. Giró y reptó hasta que su espalda chocó contra la cama, deteniéndole la huida. Sentado en el suelo, con las largas piernas dobladas y abiertas, mostrando claramente su sexo y parte de su trasero. Los brazos apoyados en las rodillas y una mirada de aburrimiento. Enrojeció y apartó la mirada.
—Pervertida— la acusó con burla en su voz. Sintió deseos de tirarle la lámpara.
—El pervertido eres tú— respondió con el rostro enrojecido y quemándole— tú eres quien está desnudo delante de mí y… por los Dioses… cierra las piernas— rogó en una orden que él no obedeció.
—Soy un hombre.
Como si eso excusara su necesidad de tener las piernas abiertas. Aunque con tremendo instrumento, no le extrañaba. Volvió a sentir deseos de golpearse. Mentalmente estaba convirtiéndose una pervertida. Demasiado.
—Anoche… te alimentaste de mí— comenzó, intentando desviar la atención del desnudo cuerpo—. Eso no fue justo. Deberías de habérmelo pedido al menos.
Hizo un puchero infantil y un gemido parecido a una carcajada se ahogó en la garganta masculina. Ryoma se inclinó elegantemente hacia delante, mirando fijamente las heridas de su cuello.
—No te negaste— aclaró, encogiéndose de hombros. La vergüenza la hizo marearse.
—Eso… ¡Eso no es una excusa! Yo no… no sé cómo pasó hasta que me he despertado. Algo anémica, por cierto— añadió, tanteando el terreno— si realmente soy tu dueña…
Un gruñido de molestia encajó entre los dientes cerrados. Los colmillos se alargaron ligeramente. Tragó.
—Vale, eso no te gusta nada— dedujo. Él arqueó una ceja, como si acabara de descubrir la maravillosa historia de una mariposa—, pero eso no quita que hicieras algo que no debías. Tendrás que pedírmelo a partir de ahora. Si realmente tengo que alimentarte…
El vampiro asintió, como si fuera algo obvio y natural. Siempre había estado pensando si cuando fuera mayor de edad sería recomendable hacer donación de sangre, pero no por estas causas, desde luego. Entregársela a un vampiro sonaba más aterrado – y erótico- que entregarla a un banco de sangre para que la usaran para un futuro.
—Ya he pedido la ropa. Esta tarde la tendrás—, lo dijo como si fuera algo urgente, cosa que realmente le parecía si él pensaba estar todo el tiempo… abierto de piernas—. Son las diez y media de la mañana, por cierto. ¿No deberías de…?
—Estar durmiendo— interrumpió.
Sus huesos crujieron por primera vez cuando se levantó. Todos y cada uno de aquellos hermosos músculos tensándose y relajándose. No se movió rápido. A cámara lenta se encaminó hasta ella, sobre pasándola para trepar a la cama. Tiró de la sábana con firmeza y se cubrió, dándole la espalda. Una amplia extensión que cuadraba unos enormes hombros y se perdía en una cintura deliciosamente masculina, con unas nalgas demasiado tentadoras más abajo. Por primera vez, se vio tocándolas con descaro, clavándole las uñas.
Él gruñó y se giró para encararla. Lamiéndose los labios con clara picardía. Un bulto sobresalía entre sus piernas. Cerró los ojos con fuerza antes de que un ronquido gutural la expulsara fuera.
Sin comprender muy bien por qué, cuando abrió los ojos estaba sentada en medio del pasillo y la puerta se encontraba cerrada con llave. No pensó en regresar, porque aquello estaba superando su cordura.
Sintiéndose caliente y húmeda, corrió hasta su dormitorio, descolgando el teléfono y esperando hasta que escuchó la voz de Tomoka, soñolienta a través de la línea.
—Oh, Sakuno, ¿cómo te ha ido?
"Oh, de fábula, solo creo que voy a terminar deshidratándome entre sudor y por ahí abajo".
—Me ha mordido— dijo, obviando sus pensamientos— sin permiso. Me ha sacado mucha sangre porque me he despertado anémica y todo.
Sí, probablemente exageraba, pero es que estaba realmente desorientada. Tomoka rió.
—Eso suele pasar la primera vez. Te acostumbrarás y alimentarás bien para poder sobrevivir. Además, es muy excitante, ¿no crees?
—Sí, bueno— se escuchó confesar. Tomoka volvió a reír—. Mira, Tomoka, es peligroso. No solo intentó matarme, también se alimentó de mi sin siquiera preguntarme qué me parecía eso. Y ahora… me ha echado de su dormitorio como si nada. Esto no es lógico. Si realmente tiene que obedecerme, éste hace todo lo contrario.
—Y dime; ¿para qué tienes la correa? Te lo dije, Sakuno. Cuando no te obedezca, usa la correa. Eso hará que te obedezca rápidamente.
—O que me mate antes de que pueda chasquearla si quiera— reprendió aterrorizada— es un vampiro, algo demasiado peligroso. Oh, cielos, Tomoka. Creo que esto me pone más cerca de ir al infierno.
Tomoka volvió a reírse y pareció patalear sobre la cama.
—Si eso fuera cierto, yo llevo meses estando cerca del infierno. Tengo uno como el tuyo. Es macho también, ¿Sabes? Y aunque en ciertos momentos parece que es mejor ni acercarse a él, como pasaba al principio, es mejor tener paciencia. No son malos del todo, sino, yo ya estaría muerta. El mío no lleva collar. Mira, piensa en él como en un perro que has recogido de una perrera, al que han maltratado y demás, ¿cómo crees que se siente?
Aquello era razonable. Ryoma de encontrarse en un momento muy turbulento de a saber cuántos años de vida. Había pasado de donde fuera que hubiera estado a caer en sus manos, vendido para engatusar más su furia, a una chica que recién era adulta y poco sabia de la vida. Con la que estaba jugando sexualmente en su mente y que no sabía cómo debía de comportarse.
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Podía escuchar la conversación telefónica si necesidad si quiera de descolgar aquel aparato. Ryuzaki era como una vela que se encendía y prendía con fuerza, aumentando el éxtasis de su cuerpo, el calor de la sexualidad. Seguramente, estaría completamente húmeda en zonas que por un momento ansío clavar los dientes y desgarrar, probando el sabor de aquella sangre tan jodidamente deliciosa.
Demonios, deseaba volver a sentirle corriendo por su garganta, concentrarse en su estómago y después, rugir por sus venas. Ahora la llevaba dentro, palpitando y sí, excitándolo.
Se había excitado tremendamente cuando sabía que iba a entrar y había estado cerca de aumentar su erección mientras se burlaba de ella, cazándola en medio de la oscuridad. Pero ella había tenido miedo y continuaba teniéndole, solo que también conocía el éxtasis del placer, pero no del sexo completo.
Entrecerró los ojos, imaginándose enterrado entre sus suaves piernas.
Y lo desecho tan rápido como si hubiera tirado a la papelera un clínex usado. Era increíble que pensara en llevar a cabo lo necesario para la reproducción humana cuando también quería ser liberado, utilizarla y alimentarse de ella. Todo era un conjunto de necesidad y planes.
No quería lástima de ella, porque él no podía dársela correctamente. Porque sabía que era posible que la próxima vez no lograra contenerse al alimentarse de ella.
—Lo comprendo— decía la voz de su dueña con un deje de tristeza—. Pero eso no evita que yo sienta miedo. Es un vampiro, Tomoka, ¿acaso no recuerdas las historias que por ahora, sinceramente, se están haciendo realidad?
Osakada respondió.
—Sí, lo sé. Son reales, cosa que para la mitad del mundo es imposible. Desconozco a cuanta gente más ha vendido otros vampiros. Pero deberías de preocuparte por el tuyo como yo me preocupo por el mío. Ya te digo que Kaidoh puede ser un gruñón, pero confió en él.
Alargó los dientes y cerró la boca a presión, como si eso hiciera que la mujer humana retirara sus palabras. Era ridículo, pero Kaidoh todavía le pertenecía. No soportaba que hubiera sido vendido porque sabía lo que sentía. Odiaba que hubiera estado en una cárcel como él. Y le reventaba que siguiera sirviendo a una mujer como si nada hubiera pasado.
Llevó las manos hasta el collar, alejándolo cuando sintió una descarga eléctrica contra sus dedos. Las yemas de los dedos se le quemaron pero empezaron a recuperarse rápidamente.
Un chasquido llegó desde la habitación contraria y un grito de sorpresa escapó de la boca femenina.
—Tomoka, tengo que dejarte. Parece que algo le pasa al látigo, ha crujido.
—Eso es que él ha intentado quitarse el collar sin permiso— explicó Tomoka con cansancio— parece que es más rebelde de lo que parecía. Es un Príncipe al fin y al cabo. Buena suerte.
Los pasos de la chica llegaron raudos a la vez que el abrir de la puerta. A través de la línea de luz que entraba pudo ver el látigo colgando de la mano temblorosa y el rostro preocupado. Se incorporó, dejando las manos como punto de apoyo. Ryuzaki no tardó en volver a verse presa de sentimientos de deseo y su cuerpo reaccionó, porque podía sentir perfectamente cómo la sangre bullía con rapidez por sus venas. Ansío volver a poner su boca sobre ella y chupar. Chupar por todos lados.
Joder, estaba convirtiéndose en un macho demasiado problemático. Cerró su mente e intentó hacer lo mismo con la de ella.
—Ryoma, ¿ha pasado algo? — preguntó cuando logró moverse y cerrar la puerta. Encendió la luz, mirándole directamente al collar— ¿lo has tocado?
Asintió distraído y ella chasqueó la lengua. No un gesto de aburrimiento o molestia, más bien de regaño y negación. Movió la cabeza y caminó hasta él, dejando el látigo sobre la mesa junto al escritorio.
—Y… ¿te has herido?
—Cura rápido— aclaró antes de que hiciera un drama de una simple herida que ya estaba más que cicatrizada. Le mostró los dedos y ella los tocó concienzudamente, buscando algo que no encontraría.
El contacto era suave. Delicado. Las manos le olían a manzana y se vio tentado a darle un ligero mordisco, pero se retractó.
—No debes de hacerlo más. No quiero que te hieras. Aunque seas lo que eres, seguro que duele.
Sintió deseos de reírse, como un loco. ¿Dolor? Ella no sabía realmente lo que era el dolor. Lo que había vivido. Lo que los demás de su especie vivían todavía. Era totalmente inocente en cuanto a la verdad se trataba.
Alejó la mano bruscamente y giró nuevamente en la cama, dándole la espalda. Iba a ser fácil volver a echarla mentalmente.
—El sastre ha enviado a alguien para enviar la ropa. NO tardará. Oh, creo que ya te lo dije. ¿Podrías dejar de modificar mi mente? — Cuestionó agitada— gracias.
Gruñó, removiéndose. Mirándola directamente a los ojos. Movió sus labios.
—Vete— ordenó. Ella sacudió la cabeza con firmeza, pero temblaba y sentía la necesidad de correr.
—Soy tu dueña… No quiero irme.
Algo dentro de él le impidió luchar contra la orden. Comprendió en seguida que esa era las enseñanzas y el poder del collar. Tenía que obedecerla, aunque ella estuviera expuesta al peligro de un macho hambriento de sexo. Continuó de espaldas a ellas, encontrando que esa la mejor solución.
—Bien, hablemos— continuó, decidida a quedarse ahí, expuesta—. Sé que no quieres ser mío, en el sentido de "mascota" — la sangre de la mujer se agitó nuevamente y tragó—. Pero fuiste mi regalo de cumpleaños. Tomoka te compró y te entregó a mí. Me parece injusto, creo que ya lo sabes. Pero, como no queda más remedio, tengo que tenerte conmigo. Me gustaría liberarte— y supo que no era mentira— pero no puedo. Por muchas cosas. Yo… tengo que aprender muchas cosas y debería de poner unas reglas para esto.
Puso los ojos en blanco y se giró hacia ella. Las malditas reglas tendría que obedecerlas por fuerza.
—Primero, nada de controlar mi mente para… cosas sucias— se sonrojó notablemente y casi sintió envidia de que ella pudiera dar color a cualquier parte de su cuerpo y él no. Gruñó—, segundo; cuando te alimentes, pide permiso antes, por favor… hay días que las mujeres no deben de dar sangre, ¿Sabes? Y— continuó rápidamente, azorada— por favor, no vuelvas a sacarme de una habitación de esa forma. Cualquier podría pasar y creer que estoy haciendo malabarismos. Oh, se me acaba de ocurrir una idea.
Tras exclamar esto, se levantó y rebuscó en el escritorio, sacando un papel y algo parecido a una pluma, solo que sin esta y que escribía de diferente color ha acostumbrado.
—Es un bolígrafo— le explicó al ver su confusión—. Mi idea es hacer un calendario con tus días de necesidad alimenticia. Así, yo también podré estar preparada. Si le sacas mucha sangre a un humano… oh, bueno, supongo que eres más experto que yo en saber qué pasa.
Sonrió avergonzada y extendió el papel sobre la mesa, escribiendo.
Por supuesto que él sabía perfectamente lo que pasaba si chupabas sangre de más a un cuerpo humano. Ningún humano podía soportar demasiado la succión y si no fuera gracias al don de darle placer mientras sucedía, sería puro pavor lo único que le ocasionaría. Pero ahora no era como antes. No tenía que succionar toda la sangre porque estaba lleno. No podía olvidar el hambre que había pasado, pero desde luego, ahora no lo necesitaba con tanta urgencia. Cuando deseaba clavarle los colmillos era porque… Sí, porque quería tener sexo, no un orgasmo en unos pantalones sin satisfacción total.
—Vale, listo.
Se lo mostró. Un rectángulo dividido en siete alargadas líneas con letras marcadas. Iniciales seguramente.
—Apuntaremos las fechas. ¿Cada cuanto exactamente necesitas hacerlo?
Se encogió de hombros, pensativo. Ahora que estaba libre, no estaba del todo seguro.
—Cada tres días— quizás. Porque no sabía exactamente si podría aguantarse el querer sentir nuevamente ese sabor dulzón dentro de su boca.
—No pareces seguro—, frunció el ceño, inclinándose lo suficiente hacia él como para que pudiera llenarle la nariz con su fragancia—, pero quizás yo supongo demasiado al pensar que os alimentáis como los humanos.
Cabeceó afirmativamente, tumbándose. Alejándose de su aroma. Nuevamente, la fragancia sexual le llegó, poderosamente húmeda. Había vuelto a fantasear con él de algún modo y sin poder evitarlo, se vio buscando qué tentativa la había llevado a pensar en ello.
Tuvo que tragar y maldecir.
La imagen no podía ser más tentativa y excitante. Lo había imaginado tendido en la cama, con firmes cadenas aferrándole las muñecas para impedir que la tocara. Desnudo, expuesto a ella. Excitado y bien erecto. Pero ella no pensaba en su sexo como zona de placer. La vio en la imaginación subirse las faldas hasta las nalgas, estando desnuda bajo sus ropas, como su sexo húmedo y vibrando por él. Gateando por la cama hasta sentarse… joder, sobre su boca. Y al instante en que la erección palpitó entre sus piernas, supo que él lo haría.
Porque era un esclavo sexual. Había sido vendido para eso. Era su trabajo.
Cerró la boca a presión y gruñó un siseo, arqueando las caderas hacia arriba. Ella grito, levantándose de la silla para retroceder hasta la pared.
—Dijimos… que nada de jugar con mi mente— jadeó.
Oh, Dios. Tenía un rostro realmente tentador. Temblaba como un frágil cristal cerca de una estación de ferrocarril. Con los muslos apretados y los senos seguramente prietos, excitados y ansiosos de ser tocados.
—No lo he hecho— se defendió.
Sus colmillos anunciaban su excitación sobresaliendo por debajo de su labio, creciendo a medida que la excitación aumentaba. Podía olerla a mil quilómetros de distancia. Volvió a gruñir y ella jadeó, llevándose las manos hasta el cuello. Sintió deseos de soltar una carcajada. Pobre mocosa si solo pensaba que podía morderle en ese lugar. Tal y como había estado sentada sobre su boca, debía de pensar que estaba muy expuesta a sus colmillos. El peligro no estaba en sus manos únicamente.
—Haces que vea cosas…— se sonrojó por vergüenza, gimiendo al tener que decirlo— deshonestas… pervertidas.
Arqueó una ceja. El miedo podía calentarlo todavía más: sus instintos animales estaban gritando silenciosamente.
—Para qué crees, entonces, que fui comprado— reprendió, empujando las sábana a patadas y saltando ágilmente del lecho— cría.
Ryuzaki gimió esta vez ofendida. La excitación comenzó a desaparecer. Eso era bueno, aunque él iba a necesitar algo que le aliviara como una ducha fría. O al menos, cubitos de hielos sobre su sexo, porque no sentía frio, si lo pensaba bien, así como tampoco el calor si no era humano, fuente que lo atraía simplemente porque era alimentación.
Se detuvo sobre sus pies cuando sintió algo golpearle la cabeza. Lo atrapó antes de que tocara el suelo y parpadeó. Una especie de cepillo. Giró el rostro hacia ella. Sofocada y colorada, con las pequeñas manos formando un puño apretando el papel con su horario de comida.
Suspiró y dejó el objeto sobre el mueble cercano, adentrándose el cuarto de baño y cerrando la puerta tras él.
La sintió marcharse y dar un portazo. Pero el olor que emanaba estaba dentro de sus fosas nasales, torturándole de los pies a la cabeza. Se miró la erección.
—Esto queda entre tú y yo.
Y pasó la mano por encima de su miembro.
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Por todos los Santos, tenía que conseguirle ropa interior y ya. Tenía que calmarse y olvidar todo o terminaría siendo detenida por pervertida, porque esa visión tan imaginativa no era algo que podrías conversar con cualquiera tan fácilmente. Y mucho menos, con tu madre.
Cuando se la encontró fue cuando comenzó a pensar que iba a ser difícil mantener a Ryoma oculto por más tiempo. Pero no podía presentarles al vampiro completamente en pelotas y con una…. Enorme erección.
Su madre se acicalaba el cabello cuando la encontró en medio del pasillo, ajustándose el vestido color plateado en las caderas, mirándola con el ceño fruncido.
—Sakuno, mírate— dijo, esbozando automáticamente una sonrisa— todavía estás así y te quedan miles de regalos por abrir. ¿A qué esperas, corazón? ¿Quieres que te ayude?
Meneó la cabeza negativamente, demasiado deprisa para su todavía no recuperación. La mujer se inclinó hacia ella, tocándole ambas mejillas con sus cálidos dedos.
—No parece que te encuentres bien. Tienes los labios morados y el rostro totalmente colorado. ¿Puede ser que tengas fiebre?
Oh, no, nada como eso. Lo que tenía era que se sentía como una mujer sucia que solo tenía pensamientos nada confesables.
—Solo un poco de cansancio. Creo que anoche me estresé demasiado. ¿Puedo dejar los regalos para más tarde? Es que me gustaría poder ir a comprar unas cosas. Tomoka seguramente me acompañará— o eso esperaba. Su madre asintió, besándole la frente.
—Me parece bien. Yo estaré fuera y tu padre se marchó por la mañana temprano. ¿Quieres algo?
—No, no. Ves con cuidado.
No totalmente convencida, su progenitora la dejó en el pasillo, dictándole cosas a su fiel secretario. Era un verdadero terremoto cuando decidía hacer algo.
Volvió hasta su dormitorio para volver a llamar a Tomoka. La chica anunció que podría acompañarla, es más, estaba totalmente motivada. Probablemente, se moría de ganas de ir de compras para un macho como el que era su espécimen. Por un momento, se preguntó qué sentiría su fiel vampiro sobre todo.
—Me hubiera gustado traer conmigo a Kaidoh— dijo Osakada una vez se hubieron encontrado en el centro comercial— creo que le llevaré algún regalo. Le vendrá bien un poco de ropa nueva. Casi toda termina arrancándosela.
Pensó que era mejor mirar las camisas a cuadros que molestarse en imaginar de qué manera se podía romper fácilmente la ropa un vampiro. Pero por las marcas de Tomoka, comprendió que anoche realmente no estaba solo tomando el té. Los mordiscos se encontraban en el cuello y en ambas muñecas. Cicatrizados y casi invisibles como el suyo.
Si se había alimentado de ella, no se notaba. Tomoka continuaba siendo tan histérica como siempre, yendo de un lado a otro sin mostrar el menor atisbo de cansancio. Pensó que era cosa de acostumbrarse a ser mordida. Pero Tomoka solo tenía a su vampiro unos meses antes que ella. ¿Tan lejos había llegado como para acostumbrarse? Además, estaba la pregunta clave escondida en su garganta, intragable e imposible de soltar tan fácilmente.
Compraron tres trajes del color indicado por Ryoma, camisas por igual y ropa interior también oscura. Después, viendo que había llevado pantalones de cuero, decidió dejar los trajes y comprar varios de estos y pantalones normales. Una chaqueta y algo de colonia por si quería utilizarla. Tomoka se había reído de ella.
—No creo que Ryoma acepte la colonia. Yo también la compré pensando que Kaidoh la utilizaría, pero siseó y la tiró por la ventana.
Tembló. Al parecer, los actos agresivos iban de la mano de todos los vampiros.
—Dan miedo— susurró. — Ryoma parece más furioso hoy que por la noche.
—Era su primer día fuera del lugar donde los tenga. Imagino que debe de estar desorientado. Pero si todavía sigues con el cuello y la cabeza junta, es que todo está yendo bien. Mi pregunta es: ¿Cuándo vas a utilizar mi regalo?
Enrojeció. Porque ahí estaba el quid de la cuestión. El sexo. El vampiro y ella.
—Realmente… ¿lo has comprado para eso? — bajó la voz al ver que un grupo de adolescentes pasaban por su lado— para que tenga… bueno, sexo.
El calor subió por su cuerpo al recordar la fascinante visión de ella sentada sobre su boca, siendo lamida y succionada, probada y saboreada. Había sido tan potente que casi temió un orgasmo ahí mismo. Bebió a tragos largos la limonada. Tomoka rió perversamente, jugando con las uñas sobre la mesa mientras mantenía la mano izquierda sujetando su barbilla.
—Sí. Es precisamente para eso que están. Son esclavos sexuales. En lugar de ser humanos, son vampiros. ¿Qué tiene de malo? Solo es sexo. Te montas sobre él y disfruta.
Hablaba de ello como si fuera algo casual, cosa que seguramente sería si había experimentado un orgasmo mientras hablaba con ella por teléfono. Pero se alegró de ver que algo de rubor llenó su rostro al recordar algo que seguramente habían vivido.
—Los vampiros se catalogan como machos. Viriles. Su sexo es claramente algo con lo que marcan terreno y cuando te marque, es seguro que no podrá dejarte. O eso, murmuró Kaidoh. Es difícil sacarle cosas— rió y soltó un ronroneo—, pero es sencillo sacárselo si se sabe cómo. Tienen puntos débiles como los humanos. Quizás detrás de la oreja… el labio o hasta una tetilla. No importa. Y te voy a decir una cosa— extrañamente, bajó la voz, inclinándose hasta que casi se rozaron sus narices—. Lo que tú tienes es una joya del mundo vampírico. Un Príncipe, Sakuno.
—Ojalá existiera un manual— gimió, llevándose las manos hasta la cabeza— ¿También te sentiste tan perdida y dolorida el primer día?
La boca de Osakada se torció. Un gesto de dolor al recordar.
—El día que obtuve a Kaidoh… ya sabes cómo fueron las cosas con mis padres. Lo único que pude hacer fue llorar en su pecho. Kaidoh simplemente se quedó ahí, esperando a que me recuperase. No me acusó por haberle comprado ni me dio las gracias— rió sarcásticamente— parece que los vampiros tienen el ego aún más fuerte que los humanos varones. El caso es que— continuó, — al día siguiente todo parecía distinto. Me pareció peligroso, excitante y mis fantasías aumentaban cada vez que estaba cerca de él. Dios, si te dijera todas las cosas… pervertidas, sí, pervertidas. Todas las que me imaginé serían pocas para las que hemos hecho. Y créeme, es mejor hacerlas. Esos seres, están hechos para dar placer sexual.
Tomoka guardó silencio, bebiendo copiosamente de su bebida antes de mirarla. Su rostro debía de encontrarse salvajemente sonrojado, porque su mejor amiga rió, excitada.
—Eres tú quien debe de decidir qué hacer con él. Pero recuerda, Sakuno: Es un esclavo sexual. Un vampiro. Y es puro sexo. ¿Has tenido situaciones indecorosas en tu cabeza?
Gracias a Dios, las voces del bar amortiguaron que escucharan tremenda pregunta. Algo tan intimo y tan cierto. Porque realmente se las había imaginado. De nuevo, descubrió que Tomoka la conocía mejor de lo que creía, porque se echó a reír estruendosamente.
—No me extraña, hija. Hasta yo con solo verle el pecho deseé quedármelo. Es un… tiarrón. Sí, eso. Exactamente. Un macho con todas sus buenas virtudes expandidas al máximo. Además, según sé, parece que los machos son expertos en engatusar a las mujeres y ver lo que piensan con facilidad. Es normal que él se… bueno, ya sabes— hizo un gesto obsceno que marcaba claramente una erección —. Los normales lo hacen en escasos segundos, pero estos son todavía más rápidos y parece que nunca se les termina. Son Dioses como amantes. Siempre soy yo la que termina agotada mientras que él todavía está feliz.
De tan solo pensar en aquella enorme erección todo un santo día para ella, la excitó. De repente, se dio cuenta de que aquella conversación estaba yendo por los lares en los que debías de comentarla entre cuatro paredes como buenas amigas.
—Lo dicho, sigo queriendo un manual de instrucciones.
—Lo siento, eso no me lo dieron cuando lo compré, así que supongo que tampoco tendrá garantía— bromeó Osakada, incorporándose como señal de que era hora de marcharse.
Una idea le cruzó repentinamente la cabeza, imaginándose a Ryoma encerrado entre aquellas paredes, esperando porque ella fuera a entregarle las ropas. Un Kaidoh de igual manera, esperando que Tomoka fuera a… bueno, lo que hicieran. ¿Y los demás? Porque debía de haber más si la comercialización seguía adelante. Si ese sujeto que había mencionado continuaba vendiendo más vampiros. Sintió la terrible necesidad de denunciarle.
Tomoka le golpeó con la cadera, haciendo que levantara el mentón hasta verla. Negó con la cabeza y le dio un apretón por los hombros con su brazo izquierdo.
—No deberías de entrometerte en esos asuntos. Creo que eso sí que es peligroso. Mucho más que tener un vampiro como tu amante. Yo creo que ya te lo dije anoche… ojalá pudiera comprarlos a todos y liberarlos.
Un nudo de angustia se formó en su estómago. Decidiendo que cuando se encontrara con Ryoma le pediría perdón. Cosa que realmente hizo para encontrarse con una cara estupefacta que decía claramente "¿Qué coño me cuentas? ¿Para eso me despiertas?".
Se encontraba tendido de costado en la cama, cubriéndose sus partes con una almohada y las piernas religadas en las sábanas. Avergonzada, le mostró las bolsas y comenzó a sacar la ropa. Cuando encontró la ropa interior, se la lanzó.
—Póntela— ordenó. Él gruñó, pero obedeció.
Sus anchos brazos se tensaron cuando se impulsó para levantarse y tuvo una perfecta visión de su trasero cuando se dedicó a subirse los bóxers. Y algo más…
Desvió la mirada rápidamente, concentrándose en las cortinas. Fuera ya debía de estar oscuro, lo suficiente como para correr las cortinas, pero cuando fue a hacerlo, una mano le retuvo. Giró la cabeza para encontrarse con el torso desnudo del vampiro.
—Todavía no— siseó. Cabeceó en asentimiento.
La dejó ir tan solo tras asegurarse que quitara las manos de las cortinas. Abrió otra bolsa sacó una de las camisas negras y los pantalones, lanzando una maldición cuando vio que eran de cuero, pero terminó colocándoselos como un buen… ¿Perro? ¿Sería correcto diferenciarlo con ese animal? Lo dudaba. Seriamente.
Una vez vestido, tuvo que maldecir varias veces para no alagarlo como una boba, porque se veía realmente elegante, seductor e inmortal. Con su altura, su musculatura y su sex-appel.
—Supongo que no tardarán los trajes que pedí— dijo— ya que no te gusta el cuero. No compraré más.
Ryoma suspiró, encogiéndose de hombros. Los huesos le crujieron y el pecho se hinchó. No lo comprendía bien de todo pero, ¿no estaba ya muerto? Entonces, ¿por qué seguía respirando y comportándose como un humano? Para tener una erección necesitaba… bueno, necesitaba muchas cosas que Sakuno no había estudiado. Solo se había interesado en la ciencia femenina de forma vergonzosa, pero porque ella era una mujer. Y tenía que cuidarse.
—Respiras… como los humanos— se guardó para sí lo de la erección, aunque supo que él lo sabía cuando siseó, dándole la espalda hacia la pequeña librería llena de libros sobre egiptología— ¿Por qué? No se supone que… deberías de estar muerto.
—Nací siendo vampiro— gruñó— nunca he muerto.
Vale. Aquello borraba la idea de que para ser vampiro debían de morderte, aunque tampoco era algo tan desechable. Sin embargo, ella había sido mordida y Tomoka muchas más veces. Ninguna de la dos había experimentado cambios en su vida. Seguían saliendo a la luz del sol como si nada y no necesariamente hambrientas. Solo tenían un poco- mucho- de anemia. Puso los ojos en blanco imaginándose la cara de su médico cuando fuera a hacerse una analítica.
—Esos también existen.
Aquellas palabras le hicieron saber rápidamente que él realmente podía leerla como un libro abierto. Lo vio coger un libro, ojearlo por encima y cerrarlo para volver a colocarlo en la estantería. Girarse sobre sus pies y caminar tan rápidamente hasta las ventanas que casi temió romperse el cuello al seguirle.
Tiró de las cortinas. El sol ya se había escondido y la noche comenzaba su apogeo. Comenzó a sentirse cansada. Pero una sonrisa orgullosa apareció en el rostro del vampiro. De un tirón, abrió las ventanas. Extendiéndole la mano, siseó.
—Ven. Quiero salir.
Y saldrían.
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Tiró de ella con facilidad, pegándola a su cuerpo. Esperaba que aguantara lo que iba a hacer, porque no pensaba quedarse por más tiempo encerrado, esperando que ella decidiera acostarse y que él se aburriera como una ostra. Saltó por la ventana.
El suelo crujió bajo sus pies y ella ahogó un grito contra su hombro. El pequeño calor que desprendía era terriblemente mortal. Los humanos siempre estaban calientes, sin embargo, cuando tocaba a otro vampiro era claramente… frio. Por eso no le gustaba las hembras de su especie. Y las humanas eran una fuente de alimentación.
Sintió el césped jugar con las plantas de sus pies. Era lo único coherente que podía sentir. El frio del agua no llegaba a calarle. Jamás le daría ninguna enfermedad. Inclinó la cabeza, suspirando aliviado cuando vio que al menos ella sí iba calzada. Así no tendrían que volver.
Comenzó a caminar, sintiéndose por primera vez libre. Aspiró el aroma de la noche, mezclado con el olor de comida, caballo y por supuesto, de la gente. Casi se sintió vivir.
Había nacido vampiro, como bien había dicho a la curiosa humana. Pero eso no impedía que estuviera muerto. El embarazo entre vampiros era solo algo que sucedía en clanes de alta alcurnia, especialmente, reales. Y él era un príncipe. Sus padres eran Reyes. Tenía el don de transformar a quien quisiera. Pero para eso debía de querer. Y sinceramente, no veía a esta mujer como un vampiro. Por mucha fuerza y velocidad que acogiera. Le gustaba demasiado la cercanía con los humanos, era confiada… aunque sería una estupenda cazadora, de eso no le cabía duda.
Comenzó a caminar sin rumbo, guiándose por su olfato, con ella bien cerca de sus costillas, aferrándola con firmeza. Pero no parecía quejarse o tener las intenciones de hacerlo. Simplemente, se dejaba llevar.
Había poca gente en la calle y la mayoría eran borrachos, marginados, prostitutas y algún que otro trabajador que o estaba haciendo lo que debía o regresaba de hacerlo. Las cosas no habían cambiado demasiado, solo que antes las prostitutas estaban dentro de una cantina, que el borracho estaba siempre en la barra pidiendo de más y el trabajador solía ser el camarero.
Caminaron por una de las grandes calles centrales. Había algún que otro sitio abierto, mostrando luces demasiado brillantes e intermitentes. Sonidos estrambóticos que aplacaban las conversaciones y que de solo pensar en entrar, le dolía la cabeza. Quería algo más tranquilo, donde pudiera llevarse algo de alcohol a la boca, porque eso, lo echaba en falta. Y estaba seguro de que nadie se lo daría gratis.
Giró la cabeza hacia la castaña.
Por primera vez, se dio cuenta de que no le había dado tiempo de ponerse algo de abrigo y que si dejaba que la llevara así era porque estaba congelada. Temblaba y la fragancia del miedo comenzó a destilar de su cuerpo. Miraba a su alrededor con los ojos casi desorbitados y fue consciente de que comenzaba a clavarle las uñas.
Suspiró, intentando averiguar a qué le tenía realmente miedo. Ella, por supuesto, no sería consciente de ello.
Su mente era un caos. Parecía recordar una conversación con Osakada, la misma mujer que le había comprado a él. Algo sobre Kaidoh y él. Entonces, comenzaron las dudas. Sabía lo de las ventas y se lo había tomado como algo personal, preocupándose por los demás vampiros que estaban en las jaulas, encerrados y maltratados. Pero también pensaba en otros vampiros: Los que estaban en la calle, escondidos y esperando poder saltar sobre la yugular de alguien. Casi se rió.
Después, estaba un temor más grande que superaba incluso al sexo. Creía que él la violaría, la devoraría y la dejaría por ahí. O peor, la abandonaría para que otros vampiros hicieran lo que les diera la gana con ella y nadie más sabría de su existencia. Era tan irónico como tentador.
Pero desgraciadamente no podía hacerlo por más que quisiera. Ella era… bueno, sí, su dueña temporal. Cuandito que le quitara el collar, otro gallo cantaría. Aunque podía convertirla en su fuente de alimentación privada, porque sangre así no se encontraba todos los días.
Se detuvo ante un local con un gran neón enorme que anunciaba a una mujer tumbada. La pierna derecha se movía de arriba abajo y los labios se unían en un beso lascivo. De grandes senos y caderas prietas anunciaba una deliciosa diversión. Ryuzaki se tensó a su lado y giró la cabeza hacia él. Arqueó una ceja.
—Es un… club de alterne, puticlub o como quieras llamarlo. Si vas a entrar, llévame a casa antes— demandó, avergonzada. Y molesta, porque el olor de enfado incrementó.
Pero la verdad era que no le interesaba demasiado. Para tener una mujer no necesitaba entrar en un lugar así. Podría seducir incluso a una de las prostitutas y ni siquiera se enteraría. Pero no era sexo lo que buscaba. Era libertad.
Gimió cuando levantó la cabeza y el cielo oscuro le recibió. Años atrás había levantado la cabeza para tan solo ver un techo que amenazaba con caerse. Pero sus sentidos tuvieron que agudizarse justo cuando una sombra descendió de uno de los árboles. Un macho. Un macho demasiado hambriento.
Por inercia la cubrió con su cuerpo, dejándola atrás, en su espalda. Ryuzaki protestó hasta que él siseó. Los blancos colmillos de la sombra brillaron. Gruñó en advertencia, pero parecía demasiado hambriento como para echarse atrás. Y joder, Ryuzaki era tan dulce que no dejaría ni las gotas.
Igual ella no podría verlo, pero él sí. Una lengua lasciva acaricio unos pequeños labios. La lengua blanca y el rostro demasiado enfermo como para pensar que podría hablar con él coherentemente, detenerle. Era estúpido. ¿Cómo demonios había cambiado tanto las cosas?
El macho olfateó el aire y estalló en carcajadas, tocándose el mentón con unas uñas negras y largas; empezó a girar a su alrededor. Él comenzó a girar a la chica alrededor de su cuerpo. Ryuzaki pareció haber comprendido que era una amenaza, porque seguía sus órdenes sin rechistar. Pero el miedo que emanaba aumentaba la sed del otro vampiro.
—Dámela— exigió. Ryuzaki tembló. La voz llena del hambre que sentía. Casi sintió lástima.
—No— negó. Un gruñido escapó de su garganta, expandiéndose en el aire. Por un momento, el vampiro pareció lo suficientemente cuerdo como para retroceder.
Pero no duró demasiado. Sacó los dientes, mostrándoselos amenazadoramente, furioso por no entregarle su presa, por llevarla y protegerla. Suspiró. Era tan débil… de mente, de hambre y de fuerza.
Cuando se abalanzó sobre ellos estaba tan cegado por el hambre que simplemente su visión le mostró a la humana. Lo atrapó de la garganta en el mismo vuelo. Sus ojos rojos, sus dientes alargados y un gemido de súplica que le hirvió el deseo de dejarle. Pero Ryuzaki era… su presa. No podía entregársela. Negó con la cabeza y apretó los dedos.
El dolor al crujir el cuello lo llevó por dentro. Con la cabeza colgando hacia un lado, estaba todavía vivo. Empujó a Ryuzaki tras él, arrancándola del cuerpo. Gruñó y esta vez, fue por dolor. No disfrutaba asesinando a los de su especie. No eran esas cabezas las que debía de estar arrancando.
Empujó a la castaña contra sí y comenzó a caminar rápidamente. Mareándola, esperaba. Porque no quería que viera aquel cuerpo. Y tampoco deseaba tener que compensarla por lo hecho. O recibir una regañina.
Hacía siglos que no asesinaba a nadie. Sentir sus dedos apretar la dura carne, traspasar su fuerza los huesos, cables sanguíneos y demás, había sido… oh, demonios, era un asesino al fin y al cabo. Un animal sediento.
Trepar por la pared no iba a ser tan difícil como creía. Se la colocó en la espalda y trepó, clavando las uñas en la pared y entrando en la habitación. Cuando los pies de la chica tocaron el suelo, calló sobre su trasero, retrocediendo hasta quedarse hecha un ovillo en un rincón.
Entonces, ¿había terminado viéndolo o es que estaba asustada por haberse visto como banquete para un vampiro?
—¿Qué? — gruñó. Ella levantó los ojos hacia él, señalándose.
—Me quería como su cena— balbuceó. Él asintió.
Porque realmente había sido así y no servía de nada mentirle. Ryuzaki se estremeció. El miedo inundaba todo su cuerpo, propagándose por aire y alargándole los colmillos. Odiaba que se sintiera así porque también lo excitaba a él para morderle el cuello. Gruñó nuevamente y giró hasta encontrarse cara a cara con la puerta del baño. Volvió a adentrarse y meterse bajo la ducha.
El agua se llevaría el olor a muerte. A rastros de confusión o de tristeza que hubiera sentido por aquel macho. Pero nunca se iría la ira. Ni podría evitar que ella siguiera teniendo miedo de los vampiros o de él.
Al fin y al cabo, era lo que era.
Un vampiro.
Un monstruo.
Un asesino.
