Descarga de responsabilidades: Yuri! On Ice, no me pertenece a mí -obvio-. Le pertenece a la gente que lo hace (?

Advertencia: Au Pacific Rim. Ciencia ficción. Muerte de personajes canon. Guerra. Drama. Oc. Homosexual. Relaciones sexuales. No beteado.

Cronopios del autor: Muchas gracias por los favs y los review que me han dejado en la entrega anterior. Me llena de alegría ver la respuesta que tuve el primer capítulo. Nada más por eso y porque no me pude aguantar terminé por subir la siguiente parte. Espero les guste, cualquier cosa me comentan y yo les resuelvo.

Ojo: Estoy colocando algunos OC pues no todos los pj canon tienen edad suficiente como para ser pilotos, aunque a Mila sí que le he aumentado la edad. Calculo que es un poco mayor, incluso que el propio Viktor. De ahí en fuera todas las edades siguen siendo las mismas.

Disfruten la lectura.

.

.

.

Danza entre titanes

Por St. Yukiona

.

.

.

2.- Ronin Warior.

Diez años antes.

—¿Cuál es tu nombre? —pregunta el hombre de las botas enlodadas y el pantalón arrugado dentro del cuello de esas botas. Las ha estado viendo desde que estuvo formado en la fila. No hay otro lugar donde más ver que ese. Si gira la mirada encontrará la escena que le estruja el corazón.

—Yuuri —dice en un susurro apenas audible.

—¿Cómo dices? —el tono de voz más alto del usado antes y la pregunta que suena casi como una amenaza le provocan sobresalto al menor que se aferra más fuerte al perro que trae consigo entre brazos.

—Yuuri —contesta con más fuerza.

El soldado siente pena por el adolescente casi niño, y trata de contrarrestar el susto que le dio al niño con una sonrisa que no le queda para nada.

—¿Tienes apellidos, Yuuri?

El de cabellos negros afirma lentamente, y sus ojos se alzan a su hermana mayor que le dedica una sonrisa tratándole de infundir valor.

—Katsuki, Katsuki Yuuri —indica y el soldado anota en su bitácora.

No hace falta preguntarle lo mismo a la adolescente que acompaña al menor porque enseguida da la respuesta: "Mari Katsuki". Informa de forma seca y breve. Su hermano no le ve, él sigue viendo las botas, por eso no hay necesidad de seguir sonriendo. No hay motivo. Una pila de cadáveres le han acompañado por el lado izquierdo mientras hacen la lista de registro de las personas que van a subir al avión para ser asignados a un campo de refugiados. Los otros soldados se encuentran apilando los cadáveres unos sobre otros. No hay tiempo de identificarlos o de darles sepelios. Harán una misa general la mañana siguiente, pero para ese entonces probablemente los hermanos Katsuki se encuentren en el aire.

—Señorita Mari —dice el soldado después de que esta le indica las edades y de la región de donde vienen, así como informa que sus padres han muerto durante el asalto del Kaijou—. Su hermano… no puede subir con eso.

A Mari se le estruja el corazón. Ella sabe que Yuuri no puede subir con Vicchan al avión. No con un cadáver. Se dio cuenta en el momento en que murió cuando los ojos del pequeño caniche marrón le miró a los ojos con un tinte tristón y melancólico. Pero no tuvo el valor de decirle a su hermano, que además de sus padres, también tenía que decirle adiós a su perro. No quiere enfrentarlo con esa dolorosa realidad. Yuuri lo lleva cargando en una cobija, lleva dormido más de diez horas. "Es que está cansado" le decía a su hermana.

Él quiere creer eso.

—Adelante —señala el soldado una puerta en un edificio. Mari sostiene la mano de su hermano. Lleva acuestas una mochila de lona del tipo militar casi de su tamaño. Pero no se queja. Siempre ha sido robusta y puede con todo eso. Puede con la maleta, con su hermano, el cadáver de su perro y el corazón roto. Ella es fuerte.

Al entrar al pequeño lugar que sirve como antesala al paraíso la escena no es mejor que en aquella fila dónde esperaron casi dos horas. No hay cadáveres inertes, pero sí cadáveres vivos. Los unos a los otros se observan con ojos vacíos. Allá al fondo hay un grupo de niños que lloran. La luz parece triste a pesar que es un elegante candelabro que milagrosamente no ha sufrido daño. Están en el primer teatro occidental de Tokio, tiene más de sesenta años y ha soportado más de lo que debió. Alguien comenta que se debe a la ingeniería alemana en la que se invirtió en su momento, es la única plática que se escucha por encima de las respiraciones pausas y los berridos ahogados contra una mano, o una chaqueta, o un hombro.

Mari acerca más a su hermanito y lo deja sentado sobre la maleta que llevan. Ella se pone al frente de él y le sonríe. Le limpia de la cara las manchas de lodo y lluvia. Saca del bolsillo de la chaqueta de su padre que lleva puesta un pedazo de chocolate se lo entrega y Yuri sonríe afirmando.

—Dame a Vicchan, lo pondré junto al fuego —comenta Mari.

Al fondo bajando las escaleras se encuentra Yakov, el Mariscal en servicio que ha viajado hasta Japón para ver el desastre. Fue de los últimos pilotos en jubilarse antes de la misión del Gypsi Danger y el Strike Eureka, su copiloto y esposa, Lilia, había muerto cuando el Kaiju contra el que peleaban atravesó el núcleo del jaeger, y éste envió una violenta descarga eléctrica que la calcinó viva sin que Yakov pudiera hacer nada.

Ve a los hermanos, sólo por ver algo mientras a su lado, Minako, la encargada del refugio, una civil que se había ofrecido a hacerse cargo de la distribución de víveres y alimentos dentro de ese lugar, puesto que los soldados solo daban mala leche a gente que acababa de perder todo, hablaba sobre la pronta eminente escases que abría. Proponía hacer pequeñas brigadas de voluntarios para peinar la ciudad y cometer, aunque sonará mal, actos de rapiña para sobrevivir. El norte del país estaba bajo ataque constante, y se rumoreaba que en breve Japón sería conquistado por completo por esas bestias. Era un evento insólito pero que estaba ocurriendo.

El mariscal estaba de acuerdo con ella, pero justos buscaban la manera en que lo iban a justificar a los medios internacionales, pues tarde o temprano se sabría que militares saqueaban tiendas, por tal motivo la proposición de que fueran los propios civiles coordinados por militares. Discutían eso, pero Yakov se quedó callado a medio pasillo al ver como la castaña que antes había estado observando se llevaba el pequeño bulto que el menor había estado cargando hasta la gran chimenea que habían encendido. El pequeño pelinegro observaba con gesto vacío toda la acción.

Mari regresa y sólo le basta dedicarle una mirada a su hermano para saber que estaba bien. Que no pasaría nada. Yuuri rompe su barra de chocolate y le entrega un pedazo a Mari. Los Katsuki en silencio comen el chocolate uno al lado del otro. Un soldado se acerca con un cuenco de gachas, otro ofrece los vasos térmicos con té. No necesitan decirse una sola palabra. Mari toma las gachas. Yuuri los tés. Ambos dejan al frente del otro la comida y Yuuri se repaga más a su hermana, ésta ya tenía abierta la chamarra para que el niño se esconda y ahí derrame sus lágrimas, oculto del ojo público.

Tiene una revelación esa noche Yakov.

Los hermanos Katsuki, contra todo pronóstico se quedan al funeral general que hacen cada dos días cuando se encuentran más cuerpos y es insuficiente e insalubre tenerlos al aire libre. Se quedan porque no parten en el avión que va a los centros de refugiado al centro de Europa. Se quedan porque ellos partirán esa noche con el pelotón que se retira hacia la base de Honolulu, en Hawaii.

.

Diez años después /a dos meses del presente.

Cuando Yuri despierta los ojos le duelen. Le arden. Los siente hinchados y la boca húmeda. Después se da cuenta que alguien acerca una esponja que presiona contra sus labios, y él manotea de tal manera que la persona que lo está asistiendo se queja. La luz tenue del medio día es demasiado para su iris y se cubre con el antebrazo, buscando focalizar todo pero el todo es un manchón blanco y difuso, un haz de luz le escuece el sentido. El sonido a su alrededor se distorsiona, tiene muchas ganas de vomitar pero no tiene nada en el estómago, sólo logra hacer arcadas que no terminan en nada más que en saliva y bilis. Su mirada solo capta figuras borrosas que danzan de un lado a otro. El sonido se clarifica de a poco hasta que en la lejanía reconoce la voz de Otabek. Sí. Es Otabek.

—Yuri —le llama y el aludido pega un respingo en la cama jadeando. Sosteniéndose fuerte de algo, que después descubre es una enfermera que le sostiene también firme para que no se caiga.

No se ha dado cuenta pero parece un gato agazapado en la camilla de la unidad médica de la base jaeger del Norte, sus manos se entierran como garras en el hombro de la pobre chica, pero ella aguanta como una valiente. Todo huele a aceite, humedad, salitre y sangre de kaijou. En una de las clases en la academia tuvieron que ver y tocar algunas partes de esos animales monstruosos, y el hedor que desprendía esa piel gelatinosa jamás se le va a borrar. Es entonces que sobresaltado se incorpora jadeando, arrancándose de paso los parches que mandaban su frecuencia cardiaca a una máquina.

—¡¿Dónde están?! —gime aterrado mirando para todos lados.

—Yuri. Yuri —las fuertes manos de Otabek lo contienen para volverlo a recostar. Al kazajo le duele ver la confusión por la que atraviesa su mejor amigo pero no le queda más que asistirlo y apoyarlo hasta que el otro estuviera listo. Pero Yuri se ha roto. El temple se le ha evaporado y la mariscal mira en silencio desde el otro lado de la ventana de observación que da al pasillo de la zona médica. Hay otras cinco habitaciones donde hay un par de sobrevivientes de la catástrofe que ha sido la isla Kodiak.

A Yuuri le viene el recuerdo del difunto Mariscal Yakov cuando ve a Mila Babicheva entrar a la habitación donde el piloto de helicópteros kazajo sostiene al pequeño rubio histérico, quizás es porque ambos son rusos, o porque ambos tienen esa mirada fría que transmiten la seguridad que se necesita en medio de la crisis. Él se queda afuera, sin embargo entra con ella el teniente Giacometi, que también estuvo en Kodiak durante el ataque. Él fue el que encontró al estudiante y a otros más en el bosque mientras guiaba a un grupo de alumnos que también intentaban huir.

—Yuri Plisepsky —dice ella con un tono fuerte, autoritario. Otabek enseguida se cuadra al igual que el oficial que hay de planta en cada habitación.

—Superior en el área —anuncia el oficial. Otabek y él saludan. Yuri mira sorbiendo mocos y abrazándose a la pelirroja, al reconocerla se queda firme con un gesto reprimido mirando sus manos hechas puños y temblorosas sobre sus piernas lastimadas. Lleva una bata de hospital y la blanca piel se puede notar amoratadas con heridas que no recuerda haberse hecho. Quizás todo el cuerpo lo tiene igual de jodido pero qué importa.

—De la clase 8-G ¿cierto? —comenta la mujer y el rubio sigue sin contestar—. Lamento lo de la academia, probablemente perdiste amigos valiosos y compañeros, muchas vidas se perdieron, pero ahora lo que necesito de ti es que demuestres el motivo por el cual eres considerado el mejor, no solo de tu generación, sino de la academia. Ni siquiera el propio Viktor Nikiforov ha logrado lo que tú en su época de estudiante.

Yuri traga saliva en seco alzando la mirada para chocarla con los verdes de la mujer. Es la primera vez que la ve de frente. Antes la conoció por fotografías, internet y televisión, pero es una mujer guapísima. Ni siquiera la cicatriz sanada que le atraviesa el cuello y termina un poco más allá de su barbilla y le deforma ligeramente el labio inferior le resta belleza.

—Señora… estoy a sus ordenes —le ha dado en el ego a Yuri, y éste ha reaccionado como se espera de él. De un soldado. Es un adolescente centrado que siempre ha sabido lo que quiere pero adolescente al cabo, se le ha removido todo con el pequeño discurso que le ha dado Mila y siente la necesidad de seguirse enalteciendo frente a los ojos de todos. Ser mejor que el viejo de Viktor Nikiforov. Un héroe obsoleto.

—Eso es lo que quería escuchar —comenta Mila sonriendo finalmente. El labio se estira y a Yuri le da la sensación que ahí donde muere la cicatriz se romperá, pero no pasa en cambio. La mujer le da una última mirada y se gira para caminar a la salida—. Date prisa en recuperarte debemos devolverles el favor a esos malditos —inquiere mientras se pone el gorro militar. Lleva el uniforme negro de alto mando. El pantalón de caderas anchas. Las botas impecables y la filipina con todas sus insignias. Un pin con la bandera rusa en el cuello blanco de la camisa de vestir y justo a un lado una insignia que Yuri no reconoce. Su mirada la sigue hasta que está afuera de la habitación, pero al que sí reconoce es al hombre que a lado de Mila luce frágil. Un pantalón de camuflaje en tonos grises y negros, combinado con una camisa negra de manga larga y cuello tortuga.

Sigue de cerca a Mila, así que desaparece casi de inmediato.

El aliento se le congela en los pulmones a Yuri que se cubre con ambas manos la boca. Menuda situación en la que había conocido a su héroe.

Yuuri mira de reojo a la pelirroja, sus manos cruzadas a su espalda, Mila siente que la ve el menor y suspira. Giacometi sigue detrás de ellos sin decir nada. Aunque se adelanta a entrar cuando Mila se detiene en seco.

—Lo sé —escupe ella mirando fijamente al moreno.

—No te estoy diciendo nada, Mila —murmura él mirando al frente, se dirigen a la siguiente habitación.

—¿Qué quieres que les diga entonces: Oyes, probablemente no puedas entrar al enlace neuronal hasta que psiquiatría diga que ya estás estable porque de lo contrario arrastraras a tu compañero hasta una muerte segura por el trauma que viviste? ¿Les digo eso, Yuuri?

—No, te dije que no te estaba juzgando —indica el japonés deteniéndose justo frente a la puerta cerrada de la siguiente habitación. Los ojos de Yuuri viajan hasta la habitación que acaban de abandonar—. Sólo que, no sé… ya sabes en aquel momento cuando Yakov se acercó a mi hermana y a mí fuimos literalmente obligados —cuenta Yuuri sumiéndose en el recuerdo de forma momentánea—. Necesitaban pilotos, lo mejor eran matrimonios viejos y hermanos de sangre, no tuvimos opción. Amo pilotear ahora que sé hacerlo, pero en ese momento si hubiera tenido oportunidad hubiese preferido mil veces quedarme en el refugio, a salvo, con mi hermana.

—Y el cadáver de tu perro —agrega Mila con ojos críticos.

—Sí, darle una sepultura a Vicchan —concede el japonés—. A lo que voy, es que no fue por voluntad, pero estos chicos, lo hacen porque sienten la vocación de ir por la venganza de lo que han experimentado, de lo que han vivido y… es admirable. Será duro cuándo descubran que no podrán pilotear por cuestiones tan simples como un recuerdo contaminado, pero… es admirable lo que haces, Mila. Ver cómo estás, tomarte el tiempo… eres una excelente Mariscal. El Mariscal Yakov estaría orgulloso de ti.

Babicheva mira seriamente a Yuuri. Y lo golpea de forma fuerte pero en un tono juguetón en el hombro. El japonés chilla y ríe enseguida.

—Katsuki, largo al centro de operaciones, supervisa que Nikiforov no esté haciendo al tonto, otra vez.

—Cómo ordene, Mariscal —se cuadra y atiende a sus órdenes haciendo un saludo militar perfecto. Mila entra a la habitación, y Yuuri se queda un poco más de tiempo observando como Mila vuelve a hacer su magia en el siguiente estudiante que se ve tan contrariado y traumatizado como el anterior. El japonés suspira y dirige sus pasos hacia el hangar.

No hay persona que no conozca a Yuuri Katsuki. Es una leyenda entre el resto de los pilotos, le saludan con ánimos, otros por honorabilidad y algunos más por compromiso, aunque no es de la gracia general de todos los pilotos, ingenieros y técnicos, es inevitable no sentir respeto por un hombre que había servido durante tanto tiempo a la noble defensa de la nación, no sólo a un país, sino a la humanidad. Él era un ciudadano de ningún lado pero residente del mundo. Jugando le había dicho a Pichit, su mejor amigo, que moriría tranquilamente el día en que pudiera ser enterrado en Japón que aún seguía siendo una trinchera del infierno. Aunque Pichit se había reído ese día (ambos habían estado bebiendo) la idea en la mente de Yuuri era totalmente firme.

Recuperaría Japón. Reconstruiría su casa sólo para darles la honra que sus muertes se merecían en su hogar.

Prueba neuronal del Orange Desert iniciará en 5 minutos.

Después de la Mariscal Babicheva, las siguientes personas al mando eran el Teniente General Viktor Nikiforov y de ahí el Mayor Yuuri Katsuki, en el escalafón militar dentro de la MDC, por sus siglas en inglés: Mundial Defense Corps o Cuerpos de Defensa Mundial, antes Pacific Defense Corps. Sin embargo, tanto Yuuri como Viktor ostentan el mismo poder de mando y la reacción general es igual de efectiva. El General Celestino Cialdini se encontraba fuera de aquella base en Hawaii donde todos los heridos de Alaska han sido trasladados para su cuidado.

—Mayor Katsuki.

—¿No debería estar en la cabina de mando, Teniente? —cuestiona Yuuri sin voltearse a ver. Se hablan con respeto pero entre ellos no es necesario que exista la distinción que el protocolo por escalafón ofrece.

—Usted debería estar con la Marsical y lo veo paseando por el hangar, su hermosa presencia distrae a todos —azuza astuto Viktor caminando a lado de él sin perderle de vista.

Yuuri gira su mirada y frunce el gesto.

—Es enserio, Viktor. Mila me dijo que te viniera a vigilar que no estuvieras haciendo tonterías.

—No es una tontería, estoy cautivando tu belleza para que el resto no se distraiga.

Yuuri suspira derrotado deteniéndose para darle la cara y es impactado por la enorme sonrisa galante del ruso que lleva en sus manos dos termos de café. Le extiende uno a Yuuri. Éste lo toma dando un largo sorbo. Se encuentran en uno de los andenes. ¿Quién es el que habla de belleza ajena? Piensa mortificado al darse cuenta que algunos técnicos han parado su trabajo en el Fantastic Fantasy, un jaeger categoría 6 que está siendo reconstruido. Sus pilotos, los hermanos Crispinos se encuentran seguramente descansando después de su tercera victoria. Ellos habían logrado salvar aquel cabo en Alaska.

Prueba neuronal del Orange Desert en dos minutos.

—Vamos —ordena Yuuri empezando a caminar hacia el elevador que los llevará hasta la sala de operaciones. Viktor le sigue de cerca, tres pasos por detrás pues le gusta mirar libremente a Yuuri. Y éste odia que lo haga de esa manera pues se sabe completamente vigilado y se ve obligado a caminar recto, con la espalda tan derecha que siente se la va a fracturar. En el elevador la tensión no cambia pues los ojos glaciales no siguen inamovibles de él hasta que las puertas se abren y Michael Crispino aparece, de malhumor para variar, con un vendaje en su antebrazo.

—Mayor, Teniente General —saluda.

—Descansa, Michael —pide Viktor con una sonrisa—. ¿Vas a la prueba neuronal?

El italiano gruñe.

—Me largo, el idiota de Nekola se enteró que estoy herido y ha llenado mi habitación de medicina, flores y no ha parado de hablar de lo mucho que debo de cuidarme —cuenta sosegado. Viktor y Yuuri se dedican miradas pero no contestan, Crispino sigue—. Además, desperté y estaba a mi lado, ¡Desnudo! Dijo que tenía fiebre y estaba temblando, y al muy bastardo se le ocurrió que la única manera de curarme era que él también se contagiara —escupe y Viktor no puede soltar una suave carcajada que termina contagiando a Yuuri—. ¡Señor! —se queja el italiano.

—Lo siento, Michael. Felicidades por tu victoria, cuida ese brazo —dice Yuuri mientras era empujado por Viktor que no se aguanta la risa. El elevador se cierra con Michael maldiciendo y quejándose de sus superiores.

El par entra risueño a la sala de mandos.

—¡Oficial en el área! —indica alguien y las doce personas trabajando frente a los computadores, y las otras seis más de pie se cuadran saludando a los dos altos manos que recién aparecieron.

—Descansen —pide el Mayor Katsuki que se queda a un costado de la consola principal, Viktor ha tomado asiento frente al monitor que le muestra estadísticas, pruebas, números y controles. Todo se ilumina al instante en que Viktor mete una llave maestra. Yuuri ve desde su posición ve entrar enfundado en uniforme azul al último piloto que aborda por el pasillo que lleva directo al casco del jaeger.

—Dos pilotos abordo —anuncia Viktor tecleando el código para el simulacro.

—Orange Desert, ¿me oye? —Pregunta Yuuri acercándose apenas un poco al micrófono—. Iniciaremos con la secuencia para realizar el enlace —anuncia y le aprieta el hombro a Viktor que realiza la acción.

Los pilotos están en posición y aparecen sus signos vitales en una esquina de la pantalla del monitor. En otro monitor de pared entera hay más detalles sobre el cuerpo de los pilotos, en la pared contraría aparece la misma señal pero con el cuerpo del jaeger, hay cuatro equipos en esa sala, con ingenieros encargados de monitorear a los pilotos, otro al jaeger, otro al kaijou y por último la consola principal de mando. La pantalla que debe monitorear al kaijou está apagada pues sólo es una prueba de rutina.

¿Negaron mi solicitud de poner un portacafé aquí? —pregunta juguetón uno de los pilotos y Yuuri suspira, la voz del primero resuena por los altoparlantes que hay en la sala, los ingenieros en los controles ríen, es un chiste interno.

—Lo consideraré cuando logres vencer a un Kaijou sin destrozar la mitad del sistema, Carlin —contesta Yuri.

—Bum, en tu cara —masculla alguien del equipo.

Eso fue bajo, Mayor—contesta el otro piloto.

—Hablamos cuando terminen, chicos —dice y la cuenta regresiva esta en cinco, en cuatro, en tres, dos y los ojos azules de Nikiforov están centrados en el monitor que le indica el estado del enlace.

—Enlace formado, y estable —informa.

Yuuri afirma con tranquilidad.

—¿Me perdí de algo? —cuestiona Mila que entra a la sala alzando la mano para acallar al que va a anunciar su presencia en la sala. Todos están trabajando concentrados como para interrumpir con protocolos.

—Acabamos de comenzar, todo va bien —infiere Yuuri mirando hacia el jaeger que está frente a ellos.

La primera vez que había estado de cara a uno el corazón se le había encogido en el pecho. Su hermano le sostuvo fuertemente la mano esperando tranquilizarlo. Se incorporó a la academia Jaeger ya cuando la cuarta generación estaba a mitad de sus estudios y tuvo que ponerse al corriente a la fuerza. Obligado, a marchas forzadas debido a que los pilotos escanciaban y los pocos que había eran realmente malos, un desastre, un cementerio cada vez que un jaeger salía de los hangares de la resistencia. Jamás fue fanático de los animes, mucho menos de los mecha así que para él no había absolutamente nada de excitante de pronto convertirse en parte de una historia donde tuviera que salvar al mundo montado en uno de éstos.

Aunque lo más traumático fue experimentar en carne propia lo que era enlace. No por tener a su hermana metida en sus pensamientos descubriendo que se había masturbado por primera vez cuando tuvo diez años, sino que había sido después de ver a dos huéspedes del onsen donde vivían manteniendo relaciones, o que apenas dos meses antes con 16 años de edad había perdido su virginidad con uno de sus compañeros de academia. La peor parte es que su atención no se había fijado en la mujer que era penetrada, sino en el hombre que la penetraba. Mari no había dicho absolutamente después de aquel enlace, pues Yuuri también descubrió cosas de su hermana, que quizás no eran vergonzosas sino crudas y frustrantes, pero para Mari, siendo japonesa, serían una vergüenza. Es decir, descubrir algo así como que dos días después de que llegaron desde Japón por primera vez a la base jaeger en Honolulu su hermana había sido violada por tres oficiales militares.

El enlace era silencio, y complicidad.

.

Ronin Warior es el nombre del jaeger al que Yuri desea abordar, es un Mark-7, el primero en ser fabricado. Entre las muchas cosas interesantes que Ronin Warior podía ofrecer se encontraba que era el jaeger más fuerte y más rápido hasta el momento. No había sido probado en batalla pero Yuri estaba seguro que iba a funcionar mejor que los modelo 6. Los expertos en los medios especulaban que un piloto duro y fuerte harían de Ronin Warior un autentico guerrero. ¿Qué mejor piloto que él?

El jaeger poseía en sus articulaciones un compuesto de acero, mientras que las manos habían sido hechas de aleación de titanio y fragmentos de diamante, aumentando en gran medida la fuerza de los golpes que daría y sería imposible de destruir con una mordida por las fuertes fauces de esas bestias. A su vez éstas se podían calentar a más de 300° Farenheit, quemando y cauterizando a los kaijou en combate cuerpo a cuerpo. Una deliciosa maquina efectiva para asesinar y descuartizar.

Poseía 30 cañones individuales con ojivas K-Stuner. Cápsulas de escape IDAD, en la parte posterior de la cabeza, permitiendo a los pilotos ser expulsados en caso de derrota eminente, similar a la de Coyote Tango en su momento y el Gypsi Danger. Por último, su visor delantero estaba equipado con pantallas fotosensibles permitiendo cuatro planos en primera persona de la situación. A Yuri se le erizaba la piel con solo escuchar el nombre y pensar en todo lo que venía incorporado en esa nave: Ronin Warior.

Había escuchado sobre él, pero siempre creyó que era un invento, un rumor exagerado por los idiotas que disfrutaban de traer y llevar el chisme aumentando la información hasta dejarla totalmente distorsionada, pero al verlo ahí ante él le hace remorder la consciencia que siempre pensó mal de sus compañeros que le habían contado sobre ese Mark-7.

El jaeger le recuerda definitivamente a un samurái. Sobre el hombro tiene dos grandes placas que se desprenden y se convierten en un par de drones que tienen como propósito monitorear desde diferentes ángulos al kaijou, así como vigilar si se acerca algún otro. Pero al verlos ahí sobrepuestos no se le figuran más que un par de hombreras de una armadura samurái. El pecho del robot es plano, tiene dos núcleos y se encuentran por dentro. Protegidos por una tapa sin soldaduras. Sobre su cabeza, en cambio lleva una especie de casco recubierto, debajo de éste se encuentran los visores. Es como si llevará un doble casco, por si el kaijou atacaba directo a la cabeza, el daño no fuese directo a los pilotos. El ronin es una belleza de la ingeniería y siente ganas de llorar al ver tanta perfección.

Él está recargado contra un barandal mirando como los técnicos trabajan con cuidado tiñendo la piel metálica del jaeger con un tono azul y negro.

—¿No deberías estar durmiendo? —una voz lo saca de sus ensoñaciones y se gira con violencia.

—Yuuri Katsuki —murmura sorprendido, pero frunce el ceño casi de inmediato ante la acusación, chasquea la lengua y se vuelve a girar hacia la escena. Muestra un falso recelo por la vergüenza de encontrarse de frente con ídolo—. No es tu problema —en realidad no es lo que quiere decir, pero aún así lo suelta.

El mayor parpadea confundido, se siente abochornado pues en realidad, no es su asunto. Cada quien es libre de acatar o no las órdenes, e ignorar el toque de queda es algo que incluso él mismo está haciendo a pesar de que éste toque de queda es específicamente para los pilotos, pues el resto de la base trabaja 24 horas.

—Bueno… en realidad, deberías descansar porque… sino hay un ataque y no estás preparado no vas a-

—¿De verdad crees que voy a subir a un jaeger? —cuestiona interrumpiéndolo de tajo y Yuuri vuelve a quedarse callado. Está a su lado parado mirándolo asombrado—. No soy estúpido, lo que la Mariscal hizo fue darle esperanzas a un niño. Aún me faltaban dos años para terminar la academia, además no tengo nadie que pueda hacer el lazo conmigo, en la escuela era difícil, aquí, en medio de la acción será mucho más complicado encontrar a alguien —infiere recargando su rostro contra sus brazos sin dejar de ver que ya casi han terminado con las hombreras.

—Cierto, probablemente no encuentres alguien con quien hacer el lazo pero… podrías, no sé, hacer otra cosa como-

—¿Me estás jodiendo? —¡Qué no ves que me quiero volver piloto por ti! —. ¿Me estás jodiendo, verdad?

Y Yuuri no sabe que decir más que quedarse callado ante la mirada acusadora y amenazante de ese pequeño vago. Es varios centímetros más pequeño que él, y puede asegurar que es mucho más joven que él por lo que ha dicho sobre la academia. Yuuri Alza las manos dando a entender que está bien, que se rinde.

Yuri Plisepsky escupe al piso de metal y sus botas resuenan contra el mismo que parece temblar a su paso. El japonés se hace a un lado para dejarlo para, pero el menor se detiene.

—Deberías considerar dejar a tu compañero, es casi lo mismo que estar aquí escondido —es la única forma que tiene para desquitarse del mal trago que le ha hecho pasar y sigue su camino. En esa frase hay mucho más que amenaza. Pero el japonés es incapaz de saber qué pasa, o qué piensa el menor. Saber que en realidad Yuri se sintió herido en el instante en que le dijeron que no había sido el jaeger de Yuuri el que los había ido a rescatar y que en realidad, llevaba más o menos cuatro misiones sin subir a un jaeger. ¡Qué le den!

Katsuki mira la puerta del elevador cerrarse con Yuri mirándole desde el interior con ojos desafiantes. Cuando las puertas no muestran nada más, vuelve sus ojos hasta el Ronin Warrior. Talla sus ojos quitándose los lentes y suspirando. Él también ha pensado muchas veces en que es mejor dejar a Arthur, lo tiene cansado y sinceramente la carga emocional que éste tiene es tan variable que le ocasiona agobio. Los cambios de humor de Arthur, su actual piloto, lo tienen hecho un desastre también a él. Sonríe de medio lado antes de dar una última mirada al jaeger y volver sus pasos hacia su dormitorio.

Espera con verdadero fervor que Viktor no siga ahí, han discutido nuevamente y no tiene más energía para nada más en ese instante que no sea tirarse a la cama y dormir.

—Yuuri —es la voz de Viktor. El rostro agotado se crispa al instante y sus ojos se clavan en los azules.

—No más, Viktor —suplica el japonés empujándolo para seguir caminando, pero la mano fuerte del ruso lo sostiene.

—Escúchame —ordena y Yuuri abre la boca para gritarle que está cansado, que lo deje en paz, que no lo quiere más cerca cuando la alarma resuena fuerte. Una sirena que se lamenta desde los altavoces y ambos corren hacia la cabina de mando. Dejan la piel de humanos para vestirse de militares que comen guerra y pólvora.

—Dos kaijou, cerca de San Francisco —anuncia incluso antes de que Viktor termine de entrar a la sala el ingeniero que se ha quedado de guardia en la consola principal.

—Categoría —exige saber Viktor desde un costado.

El muchacho que está ahí sentado se gira pálido hacia el ruso.

—Cuatro y cinco, señor.

Yuuri y Viktor palidecen al mismo tiempo.

—El fantastic está en reparación —dice Yuuri mientras empieza a hacer la llamada para que los pilotos se alisten.

—Llama al Orange desert.

—Apenas tienen dos misiones, Viktor, son categoría cuatro y cinco —discute el japonés.

—Dos horas para que lleguen a las costas americanas, señor.

—Desplega al Orange desert —ordena el ruso.

Yuri gruñe.

—Vayan por JJ, iremos nosotros en el Tango Romance—anuncia el japonés—. No permitiré que mueran más pilotos jóvenes.

—Mayor, pero Arthur… —interviene uno de los subordinados.

—No voy a poner en riesgo una ciudad por un piloto incapaz de dejar por una maldita vez el alcoholismo.

—Mayor, su conexión con JJ no es tan buena como con-

—He dicho que despierten a JJ, Viktor prepara el Tango.

—Yuuri —nuevamente lo detiene Viktor pero Yuuri ya está sacándose la chamarra azul para ir por su uniforme rojo y blanco.

Siempre mentalizado para ganar, la guerra o la gloria.

.

St. Yukiona.

"Quien los ama de corazón, hígado y pulmón"

Gracias por leer.