Me encantaría poder decir que Star Trek me pertenece, pero lamentablemente todos sabemos que no es cierto, ¿verdad?

Por la mañana, le había resultado fácil convencerse a sí mismo de que se había equivocado. Después de todo, el brandy sauriano podía hacer que un hombre viese las cosas más insospechadas y además las creyese reales.

Dos días después, sin embargo, ya no podía negar que había visto lo que creía haber visto. De pronto no podía evitar observar a Spock cada vez que Bones se encontraba en la misma habitación y, ahora que sabía qué buscar, resultaba evidente que estaba allí. La mayor parte de las veces contenido, casi imperceptible pero otras, especialmente cuando no había nadie cerca, tan evidente que no conseguía entender cómo McCoy no se había dado cuenta todavía.

Tampoco entendía cómo el mismo no lo había visto antes. Después de todo, él contaba con la ventaja de Delta Vega. Podía alegar en su defensa que, en lo posible, trataba de evitar recordar la fusión mental con el embajador. El dolor del vulcano había sido demasiado abrumador como para que deseara revivirlo voluntariamente.

Las defensas de Spock habían estado demasiado bajas en aquel momento como para impedir que sus sentimientos se filtrasen a través del vínculo entre las dos mentes. Y las emociones no eran lo único que se había deslizado a través de la fusión mental. Jim era consciente de que el embajador sólo había querido mostrarle a Nero y al Narada, pero su mente se había visto inundada también por una oleada de imágenes de la vida de Spock.

Él mismo estaba presente en muchas de ellas, de pie al lado del vulcano en el puente de la Enterprise, inmersos en interminables partidas de ajedrez, visitando planetas que Jim no conocía y ni siquiera estaba seguro de llegar a conocer jamás. Claro que, si lo pensaba bien, Bones estaba con ellos en gran parte de aquellos recuerdos. Y si se esforzaba, recordaba cada vez más imágenes en las que McCoy y el vulcano se encontraban a solas. Las sensaciones asociadas a aquellas memorias eran tan intensas que resultaban casi abrumadoras. La confusión, la incomprensión y la frustración, la ira a veces, pero la diversión también, la admiración, el afecto que aparecía siempre uniendo las piezas de aquel mosaico, más y más profundos a medida que pasaban los años.

La curiosidad era algo bueno. Jim, al menos, nunca había intentado reprimir la suya y no tenía motivos para lamentarse pero, al menos por aquella vez, estaba decidido a contenerla. Sin duda lo que hubiera sucedido entre Spock y McCoy en aquel otro universo no era asunto suyo. Por supuesto que podía fingir que no sabía dado cuenta de nada por lo menos durante unos días.

O eso había creído al menos. Pero no debía haber estado haciéndolo demasiado bien, porque la noche antes de su llegada al Nuevo Vulcano el embajador le había preguntado directamente qué le preocupaba.

Era tarde y Jim había creído estar solo en la cubierta de observación. La pregunta lo había cogido por sorpresa. Aún así había respondido rápidamente que todo iba bien. Demasiado rápido, tal vez, porque el vulcano se había limitado a alzar una ceja en un casi imperceptible gesto de incredulidad que hacía meses que Jim había aprendido a reconocer en su primer oficial. Por supuesto que todo iba bien, había insistido. El viaje a la colonia estaba resultando todo lo tranquilo que se podía esperar. La nave y su tripulación se encontraban a pleno rendimiento. Tenían un permiso programado en Risa en poco más de un mes. ¿Qué podía preocuparle?

- Eso es lo que esperaba que me dijeras, viejo amigo,- se había limitado a responder el embajador. Y cuando el silencio había empezado a alargarse de forma incómoda, Jim había decidido rendirse por fin. ¡Demonios! Había sido Spock el que había preguntado, después de todo. Si no quería contestar, siempre podía decirle que se metiera en sus malditos asuntos.

- ¿Puedo hacerle una pregunta personal?- había preguntado finalmente, apoyando un hombro contra el marco de una ventana y girándose ligeramente para ver bien el rostro del vulcano. Si existía alguna forma delicada de preguntar aquello, él no la conocía, y nunca se le había dado bien lo de ser sutil.

- No recuerdo que hasta ahora haya puesto nunca límite a tus preguntas, Jim.

Era cierto. Claro que Jim nunca había hecho preguntas demasiado personales. No estaba seguro de cuánto quería saber sobre su otro yo y su otra vida.

- Siempre hay una primera vez para todo,- había contestado encogiéndose de hombros.

- Parece lógico pensarlo, sí-. Jim estaba seguro de que nunca se acostumbraría a la forma en que el anciano parecía reírse de él a veces a través de aquella fachada de inquebrantable seriedad vulcana-. Pregunta entonces y veré si puedo contestar.

Nadie había llamado nunca cobarde a James Tiberius Kirk, así que al final Jim había ido directamente al grano.

- Estos últimos días... no he podido evitar fijarme en la forma en que mira a Bones. Y me preguntaba... Bien, me preguntaba si usted y su McCoy, en su universo...

La pregunta había quedado en el aire y el silencio que lo había seguido había sido tan largo que Jim había creído que definitivamente aquella vez había ido demasiado lejos.

- El doctor McCoy fue una parte importante de mi vida durante muchos años,- había respondido por fin el vulcano, en voz baja-. En mi universo, él era muy parecido a tu Bones. La verdad es que, de todos vosotros, probablemente él sea el que más se parezca a su otro yo. Incapaz de contener o de disimular sus emociones. Un exterior gruñón e impaciente y un corazón que no le cabe en el pecho.

El suspiro que Spock había dejado escapar mientras desviaba la mirada hacia la ventana contra la que se apoyaba el capitán había sido casi imperceptible.

- Tú me enseñaste que las emociones humanas no tienen por qué ser algo malo, Jim. Leonard me enseñó a encontrar esas emociones en mí mismo. Podría decir incluso que me obligó a aceptarlas.

- Entonces usted y Bones...- Jim había sentido una inesperada y dolorosa presión en el pecho que sólo había desaparecido a medias al ver al embajador negar con la cabeza.

- Estuvimos muy cerca. Más de una vez a lo largo de los años. Pero al final ninguno de los dos se decidió nunca a dar el último paso-. Había auténtico pesar en la sonrisa de Spock al decirlo-. Nunca he dejado de preguntarme cómo habría sido mi vida si él hubiera sido mi amante además de mi amigo.