Sé que el primer capítulo fue muy corto, pero esa solo para dar un poco de contexto, toda la historia comienza a partir de aquí. Dejen fav, follow o review, eso me ayuda a saber que les gusta y lo que les gustaría que haya en la historia :)
Quiero que todo vuelva a ser como antes
Estar consciente de abrir los ojos pero no poder ver más allá que simple y completa oscuridad me parece la sensación más aterradora que puede existir en el mundo. Levantarme de la cama y arrastrarme por mi habitación, arrojando al suelo todo lo que puedo a mi paso en busca del ropero forma parte de mi rutina diaria desde hace dos días.
Cuando finalmente llego me guío por la sensación de la suave tela blanca y roja del uniforme en las puntas de mis dedos, sonrío con nostalgia y una lágrima resbala por mi ojo derecho. Ya no sabré más al respecto, pero quiero seguir sintiendo que soy parte del equipo.
Me pongo el uniforme una vez más, supongo que mamá lavó la sangre después del accidente, bajo las escaleras con pequeños y cortos pasos, trato de hacer un esfuerzo por recordar la cantidad de pasos que daba inconscientemente para ir a la cocina, para moverme a la sala de estar, en mi habitación; el antiguo uso de mi vista para realizar mi vida diaria. Quiero mi vida de regreso.
—Buenos días, Mason —dice Madison, completamente sorprendida. Desde que le prohibí a ella y a nuestras padres el tratarme como a un incapacitado de por vida siempre que logro algo tan pequeño como bajar sin rodar por las escaleras les parece un record que merece mención honorífica.
Giro la cabeza hacia la izquierda y le dedico una sonrisa, extiendo los brazos y encuentro una silla vacía, me siento y una de sus manos se entrelaza con la mía sobre mi rodilla izquierda.
Hace apenas dos días que fui dado de alta en el hospital, en verdad esperaba que hubiera un remedio para mi condición; no hay tal. Los médicos me sugirieron reposo por un buen tiempo, pero me siento bien, dentro de lo que cabe, y no soy la clase de persona que disfrute estar postrado en cama y sin hacer nada, necesito moverme.
El desayuno sigue en silencio, solo se escuchan los choques de los cubiertos en los platos, el aroma del café y chocolate caliente, algo quemándose en la estufa y el crujido del pan tostado espolvoreado con canela que papá adora. Odio que las mañanas se hayan convertido en algo así de horrible.
Después de unos quince minutos en los que me dedico solamente jugar con mi comida, y de dedicarme a gruñir con ganas cada vez que puedo, Madison hace que me levante y subimos rápidamente a terminar con nuestras rutinas de todas las mañanas.
Me quedo de pie frente al lavabo, levanto la mirada y no encuentro más que oscuridad, pero sé que en el espejo frente a mí está mi reflejo. Me pregunto qué variación habrá hoy en mí, quizá haya círculos negros en mis ojos, dormir se ha vuelto algo que no he podido hacer, o quizá tenga una imperfección en alguna parte de las mejillas, incluso podría estar en la nariz. O quizá, que es lo más seguro, está reflejado el sufrimiento que me carcome por dentro.
—¿Listo? —pregunta Madison, entrando sin avisar al baño de mi habitación.
—Da igual —respondo, resoplando y apartando el cabello que me cubre la frente.
No entiendo la razón por la que quiero volver a McKinley, mamá y papá dicen que pueden conseguir un muy buen tutor que trabaje con… personas con capacidades similares a las mías. Creo que todo mi deseo por volver oscila un poco en que no quiero dejar a mis compañeros de los Cheerios, así como a los pocos amigos que he hecho en clases, y Madison dice que sería una buena idea unirnos a New Directions, pero justo después de todo esto no hay algo que me inspire a cantar.
Como sea, en el momento en que subo al auto y comienza a moverse por las calles de Lima me dispongo a no pensar en nada más que en la nueva oscuridad que me rodea. Papá iba a enseñarme a conducir la semana próxima, lo había prometido desde hace meses, y ahora solamente sé que voy a disfrutar de los obligados paseos en el asiento trasero, seguro de que la mirada de Madison no deja de estar sobre mí.
—Detente, ahora —gruño, y su jadeo confirma mi suposición.
—Yo… yo no… no estaba…
—Para ya, ¿quieres? Sigo siendo tu hermano, nada de eso ha cambiado.
La escucho desabrocharse el cinturón, en dos segundos se coloca a mi lado, tomando y estrechando mi mano derecha. Suelto un gruñido combinado con un suspiro y pongo la cabeza sobre su hombro, mirando al frente sin hacerlo en verdad. No siento como si realmente fuera yo a quien le está pasando todo esto, más bien parece una especie de broma de mal gusto. Quiero que todo vuelva a ser como antes, te lo pido universo que está demostrando que me detesta.
Cierro los ojos y un poco de cansancio empieza a apoderarse de mí. Lo más que pude dormir en toda la noche fueron cerca de quince minutos, un par de psicólogos especializados en estudios sobre el sueño, con los que tuve que hablar antes de salir del hospital, dijeron que eso es algo normal en personas que pasan por lo mismo que yo. Me dieron sus números, y lo primero que hice fue arrojarlos a la basura. No los necesito, ni a ellos ni a nadie.
Madison entona unas cuantas estrofas de la canción en el radio, no tengo idea de cuál sea. Me pongo a pensar en cómo podrá ser la escuela ahora, la clase de nuevos retos a los que estoy a punto de enfrentarme. Una parte de mí desearía no volver a McKinley, pero no puedo quedarme en casa sin hacer nada, siendo más que el ciego inútil en el que temo convertirme.
—Bien, ya llegamos —dice papá, haciendo una última maniobra y apagando el auto.
—¿Estás seguro sobre esto, hijo? —pregunta mamá. Levanto la vista y me obligo a esbozar la sonrisa más sincera que puedo.
—Totalmente, no quiero seguir perdiendo más días de escuela.
—Pero…
—Cielo, ya lo escuchaste, no podemos obligarlo —interrumpe papá, pero ni él está muy seguro de lo que dice.
Me froto los ojos y los abro, tomo mi mochila y espero a que Madison salga para seguirla. La luz del sol toca mi piel, algunos pájaros pasan sobre mí y el sonido de otros autos también llega a mis oídos. Todas esas imágenes ahora se producen en mi cabeza gracias mi imaginación, aunque no recuerdo que los pájaros tuvieran alas tan plateadas como el metal. Debo controlar mi imaginación.
—Entonces, andando.
Tomo a Madison por el brazo derecho, hacer eso me parece el acto más extraño del mundo, ya que siempre es ella la que lo hace cuando caminamos por los pasillos, o por las calles, incluso en casa. Creo que empiezo a notar por qué el mundo nos considera como raros, pero adoro a mi rara hermana.
El chirrido de montones de zapatos en el suelo, las puertas de los casilleros al abrirse o cerrarse, conversaciones sin sentido realizadas a gritos, el aroma de la escuela. Ah, me he perdido demasiado en el último mes. Tengo que recuperarlo.
—Bien… esto es bastante nuevo… —Madison interrumpe sus palabras, suelto mi mano izquierda y me hace tocar una pequeña placa en la pared cercana.
Indicaciones… en braille. No he tenido el tiempo suficiente para aprenderlo, porque no quiero aprenderlo. Madison me dijo que todavía soy capaz de escribir en línea recta, así que tomar notas no será un problema, aunque no he terminado de escuchar montones de palabras a mis espaldas.
—¿Acaso tengo que ser mayormente evidenciado? —gruño entre dientes mientras Madison toma mi brazo izquierdo.
Muevo mi mano derecha hacia atrás y encuentro el bastón blanco plegable que mamá insistió en conseguir especialmente para mí, el cual tampoco he usado desde el primer día que lo puso en mis manos. Si en algún momento me trago el orgullo y dejo de hacerme el valiente entonces también comenzaré a utilizarlo.
—Después te ayudaré a usar la guía del suelo.
«Hazlo ahora, no quiero seguir dependiendo de ti para moverme», digo para mis adentros, y me regaño por ser tan altanero en mis pensamientos. No soy así, nunca me he considerado esa clase de persona, pero no puedo evitarlo.
Seguimos avanzando hasta que vuelve a quedarse quieta, suelto su brazo y estiro las manos, estamos de pie frente a los casilleros. Estiro las manos otra vez y pongo la combinación, el candado se abre al primer intento, lo cual me permite esbozar una pequeña sonrisa.
La puerta se abre y una pequeña nube de polvo se suma a la lista de pruebas de que no he estado aquí en un tiempo. Dejo de escuchar a Madison moviendo sus cosas en su casillero y en segundos está en el mío, sacando libros y arrugando trozos de papel.
—¿Qué son? —pregunto, metiendo las manos en mis bolsillos y dejando que ella siga haciendo eso.
—Notas, algunas de buenos deseos y otras preguntándose dónde has estado.
Me pongo a pensar en el hecho de que quizá no todo el mundo sabe lo que me pasó en uno de los últimos partidos de la temporada antes del invierno, o quizá simplemente lo olvidaron y también me dieron por muerto. Me rasco la parte trasera del cuello y me pongo la mano en la nuca, ahí en donde está esa nueva y horrenda protuberancia.
—¿Podrías leer alguna? —Arqueo una ceja y ella hace un sonido con la garganta—. Por favor, quiero saber a quién le intereso.
Resopla y escucho extiende unos cuantos trozos de papel, los cuales en efecto dicen lo que acaba de mencionar. Algunos tienen firmas, y Kitty es la única que ha estado al tanto sobre lo que sucedió (a veces olvido que ella y Madison son amigas tan cercanas que me siento un poco celoso) y dice que a desde ahora va a llamarme 'pequeño ciego' o 'cieguito' dependiendo de su estado de ánimo.
Es bueno que me lo haya dicho, así podré morderme la lengua cada vez que quiera insultarla por llamarme así, porque no es algo de lo que debería reírse. Además de que si trato de insultarla estará lista con un arsenal de nuevas ofensas con las cuales mi intento de contraatacar serán totalmente en vano.
—Y finalmente… oh… bueno… no creo que deba decir éste en voz alta… —una risa nerviosa sale de su garganta, lo cual me obliga a cruzar los brazos.
—Léelo —le ordeno, pero solamente cierra mi casillero y me toma por el brazo, avanzando por el pasillo a toda velocidad, ella logra esquivar a personas, yo los golpeo con los hombros al pasar.
—No, no, ya es tarde y tienes que ir a clase.
—Eso puede esperar, quiero que me digas lo que había en ese pedazo de papel.
Se detiene y antes de que pueda decir algo siento un empujón, seguido de un insulto que no estoy dispuesto a repetir y una sonora caída, eso es acompañado por los libros que sostenía en los brazos.
—Cómo puede haber personas tan torpes en el universo —lo escucho gruñir y ponerse de pie, al instante me encojo de hombros y saco el bastón de mi mochila—. ¿Podrías ver por dónde…?
La voz es demasiado grave, la he escuchado gritando órdenes en los entrenamientos y en los partidos, pero no recuerdo el nombre de la persona a la que le pertenece.
Me olvido del temor, levanto las cejas y una extraña mezcla entre sonrisa y mueca de desprecio aparece en mi rostro. Desearía poder ver la expresión de uno de los tantos jugadores estrella que tiene el equipo éste año, pero como no puedo me limito a disfrutar de los titubeos.
—Deberías ser tú quien vea por dónde camina, torpe —Madison salta a la defensiva, aunque a mí se me habrían ocurrido otros insultos.
—Yo, lo siento, no creí… bah, olvida todo lo anterior…
El chico levanta mis libros, me los entrega y sigue caminando, tomo a Madison por la mano derecha y ella sigue guiándome por los pasillos, ahora un tanto más vacíos. Supongo que la campana está a punto de sonar, o muchos vieron lo que acaba de suceder, de un modo u otro no me gusta el silencio que se acaba de provocar.
—Todavía quiero saber lo que decía ese papel —insisto, pero el papel está en la mano que sujeta la mía.
—Más tarde te lo diré.
Como si el universo conspirara contra mí, y sé que lo hace, la campana suena, Madison suelta un enorme suspiro de alivio y vuelve a detenerse, abre la puerta de uno de los salones y me deja sano y salvo dentro.
—Volveré cuando termine la clase, ¿entendido? —casi olvido que Geografía es una de las pocas clases que no tenemos juntos.
—Aquí estaré —respondo, con un tono un tanto ofensivo.
Me agita el cabello y se va, por suerte es lo suficientemente despistada como para notar que tomé la nota que sostenía en la mano. Me encojo un poco de hombros y estiro la mano izquierda un poco, ya que casi de inmediato choco contra el brazo de alguien.
—Oh, hola. Sé que esto sonará extraño pero ¿podrías leerme esto? —estrujo la mano de la persona, es horrible no saber a quién estoy intentando mirar a los ojos.
—Por supuesto —responde afortunadamente una chica, tomando el trozo de papel de mi mano y extendiéndolo—. Me llamo Jane, por cierto.
—Disculpa mis pésimos modales, es un gusto. Me llamo Mason.
—Oh, entonces tú eres el chico que… bueno, el chico del accidente del que escuché —suena tan apenada que prefiero cambiar el tema.
—El mismo —sonrío, y escucho una ligera carcajada de su parte—. Y bien…
—Claro, el papel —su risa se va apagando cada vez más, hasta que se queda en silencio—. Dice aquí…
—Muy bien, a partir de éste momento están en mi clase —exclama la señorita Doosenbury en un tono autoritario que nunca había escuchado. Mucho puede cambiar en un mes—. Vaya, vaya, es un placer tenerlo de vuelta con nosotros, señor McCarthy.
—Es todo un gusto haber vuelto de entre los muertos.
La clase se ríe, pero eso no evita que me encoja de hombros y que los deteste un poco, no quiero que las personas estén al tanto de mí, sea lo que sea que pasó conmigo. La señorita Doosenbury dice que recibió los mensajes de mis padres, y un par de chicas detrás de mí comienzan a reírse otra vez, no le veo la gracia.
Resoplo y hundo la cabeza en los brazos, tomando profundas respiraciones para tranquilizar mis paranoicos nervios. «Respira y tranquilízate, es el primer día de tu nueva vida, no podría ser peor».
—El papel dice, y cito —susurra Jane en mi oreja, su cercanía es tan sorpresiva que casi doy un salto al piso de arriba—: lo siento, no quería hacerte daño. Espero que puedas disculparme.
Un escalofrío recorre toda mi espalda, me encojo más de hombros y cierro los ojos, sintiendo que el sueño comienza a apoderarse de mí, pero más que sueño es como si estuviera en una pesadilla dentro de otra. Giro la cabeza y me dispongo a hablar, pero otro susurro me interrumpe.
—Y no tiene firma alguna.
