¡Hola! Os traigo un nuevo capítulo~~ No es muy largo pero creo que es interesante. No me ha gustado mucho como ha quedado pero tampoco es que la inspiración esté esta semana de mi parte ;_;
Por favor, si lo leéis podéis molestaros en comentar. Aunque sea para tirarme patatas. O tomates. O lo que tengáis más a mano. Me gustaría saber si esto va gustando o no, porque me esfuerzo mucho intentándolo. ¡Muchísimas gracias de antemano a aquellos que entren y lean!
Por supuesto todos los personajes, escenarios y demás son obra de JKRowling y su extraordinaria imaginación.
Capítulo 1: Cambios.
Esa noche, la cena de bienvenida estuvo marcada por los incesantes cotilleos sobre algunos regresos inesperados por parte, mayoritariamente, de la Casa Slytherin. Si bien es cierto que bastantes alumnos de las otras tres casas habían faltado a esa última cita, la Casa de Salazar se llevaba la peor parte en cuanto a rumores y prejuzgamientos. Para la mayor parte del alumnado, que cierta gente perteneciente a esa casa no hubiese vuelto ese último año era, o porque se estaban preparando para una maléfica hazaña a favor del Lord Oscuro y en contra del resto del mundo o porque eran demasiado cobardes como para dar la cara y afrontar las críticas. Aunque el hecho de que hubiesen regresado otros tantos era una conclusión igualmente maligna para ellos.
Entre los regresos más comentados estaba el de Draco Malfoy. Desde mediados del curso anterior corría el rumor de que se había unido a las filas de los morfífagos y que había estado haciendo misiones aquí y allá, aunque la última parte era a duras penas creíble. Era sabido por todos que los Malfoy sentían cierta fascinación hacia las artes oscuras y daban por supuesto que él habría heredado esa característica familiar, como solían llamarlo. "¿Cómo puede atreverse a volver aquí siendo un mortífago?", era la frase más repetida hacia su persona.
Otro de los regresos famosos fue el del trío dorado. Había algunos que pensaban que el hecho de que El Elegido hubiera vuelto a Hogwarts significaba que la amenaza no estaba tan próxima como se comentaba, pero también había muchos alumnos que opinaban justamente lo contrario. "Debería estar buscándole" se escuchaba a veces por los pasillos. "Si hay Guerra, sería conveniente ir entrenando y prepararse. ¿De qué le va a servir estar aquí si eso pasa?" era uno de los comentarios más sonados en Hufflepuff. Lo que sí estaba claro y nadie ponía en duda, era que si él había vuelto sus amigos también lo harían. ¿Cómo iba Harry Potter a regresar sin sus inseparables compañeros de aventuras? "No dudaría ni dos horas ahí fuera sin Granger" o "Alguien tiene que hacer de señuelo para que Potter y Granger puedan tener algo de ventaja", y cuando él escuchaba eso se deprimía más aún. No había un punto medio. O tenían demasiada confianza en él, o no tenían ninguna y se pasaban el día sacándole defectos.
Harry cerró los ojos con fuerza. Odiaba a Snape. Por su culpa el colegio se convertiría en un infierno. Estaba seguro de que favorecería a los morfífagos en todo momento y que el resto de las Casas perderían la poca tranquilidad que les quedaba. Un suspiro de resignación sacó al joven mago de sus cavilaciones. Parpadeó un par de veces desorientado y escuchó a su pelirrojo amigo quejarse sobre la ausencia de la tarta de chocolate con fresas que tanto le gustaba.
-Ron, ¿en serio? –Su hermana le miraba intentando contener una carcajada ante la indignación de este por el cambio de postres.
-Ginny, tú no puedes entenderlo. ¡Me han quitado la tarta! MI tarta. – Se giró desesperado hacia Hermione Granger y la vio asentir con la cabeza mientras entrecerraba los ojos. – ¿Qué hago ahora?
-Puedes probar la macedonia. O el yogurt. –le respondió la chica con una sonrisa burlona. Sabía lo mucho que odiaba Ronald todo lo que no llevase chocolate. O crema. O algo por el estilo con lo que pudiera mancharse. Por eso se carcajeó cuando él le sacó la lengua como respuesta.
-Eso no es comida, lista. Harry, ayúdame. – pidió al moreno. – Dile que esa basura que ella come no se puede considerar un postre digno.
Harry rodó los ojos. Lo de Ron con los dulces era un amor más incondicional que el que Hermione tenía con los libros. Aunque reconoció que sí que era un poco triste que en esa cena no hubiese ninguno de los característicos postres con los que siempre les daban la bienvenida. Snape. Seguro que era culpa suya.
-Igual es que Snape nos quiere poner a dieta. - le dijo – A lo mejor mañana tampoco hay pollo. – Terminó con una mirada de fingido pánico mientras le agarraba por los hombros.
-No eres gracioso, Potter. Ese asqueroso no puede dejarnos sin dulces. Es como….no sé, como si nos dejasen sin Quidditch,
-Es un profesor Ron –dijo Hermione.- No puedes llamarle asqueroso solo porque te haya dejado sin tarta.
-Deja de decir tonterías y cómete un yogurt. –Intervino su hermana.- Mira, este tiene Lacasitos.
El chico hizo oídos sordos al comentario de su amiga, cogió de mala gana lo que Ginny le ofrecía y refunfuñando algo sobre "la pésima alimentación a la que estaba sometido en ese lugar" se lo comió.
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Hermione Granger se levantó al día siguiente con una creciente angustia y una pequeña sensación de pánico. Este era su último año escolar y eso la entristecía mucho, pero lo malo es que significaba que tendría que elegir lo que quería estudiar después. ¿Y si no se le daba bien nada? ¿Y si no la aceptaban en la universidad? O peor… ¿Y si suspendía los exámenes de ese año y no podía ni siquiera presentarse? Con el nuevo director y su legendario odio a los leones, todo era posible. Igual la suspendía por ser una sangre sucia, o por ser amiga de Harry Potter, o por ser más lista que todos sus queridos Slytherins juntos.
"Vamos Hermione" se dijo "es imposibles que no puedas acabar los estudios este año". Y con ese pensamiento se desperezó, se ducho y se dispuso a bajar a desayunar.
Cuando llegó al Gran Comedor divisó a sus amigos sentados al principio de la mesa, y fue hacia ellos sonriente. Se sentó junto a Neville y empezó a prepararse el desayuno.
-¿Qué clase tenéis ahora? – Preguntó Ginny mientras se untaba un panecillo con mantequilla. – Yo tengo Transformaciones. Dos horas. Es la muerte.
-Muerte la nuestra que tenemos Pociones. – Contestó mirando su horario. – También dos horas. Con Slytherin. Hm… ¿cuántos de ellos han vuelto? ¿6?
La pelirroja se encogió de hombros y soltó un "más de los que deberían" en voz baja, pero ella lo escuchó. Dirigió su vista a la mesa de las serpientes y empezó a buscar caras conocidas. Zabini, Parkinson, la amiga tonta de esta, la otra amiga aún más tonta, Crabbe, Goyle, Malfoy, un chico que no le sonaba, Nott, y otras dos chicas que no recordaba haber visto en clase. 11. Del último año solo habían vuelto once de ellos. Observó su propia mesa y comprobó que, menos un par de casos, todos habían vuelto ese año. Suspiró. No le parecía justo el comportamiento del resto de la escuela hacia la Casa verde. Es cierto que pensaba que mucha de la gente que había allí era escoria, pero también lo pensaba de Hufflepuff o, incluso, de su propia casa. Con los Ravenclaws no había compartido tantas horas como para conocerlos pero sí, suponía que allí también habría algún que otro personaje desagradable. Hermione no se engañaba, sabía que mucha de la reputación que tenían se la habían ganado a pulso pero….pensaba que las cosas no siempre eran blancas o negras. Tampoco podían ser tan malos, se repitió en más de una ocasión. Realmente, ahora que observaba a los de su propio curso en esa mesa, se daba cuenta de que estaban todos juntos, haciendo piña mientras los alumnos de los otros cursos les miraban acusadoramente. Terminó de beberse el zumo pensando que era muy triste que te odiasen hasta los de tu propia casa.
-¿Nos vamos? – le preguntó Harry. – No quiero llegar tarde y darle a Snape la oportunidad de dejarnos en negativo nada más empezar.
Ella asintió y se levantó, se despidió de Ginny con un beso y se encaminó junto a sus amigos hacia la salida del Gran Comedor.
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Al llegar a clase se sentaron en los últimos asientos como siempre y, cuando entraron todos los alumnos y el profesor Sanpe cerró la puerta, se sorprendió de los pocos que eran en realidad. Sabía que no todos los de su año necesitaban esa asignatura para las carreras, pero aun así le sorprendió. Contó a 7 Gryffindors más 5 de los suyos. Realmente eran poquísimos, 12 alumnos para una clase importante como esa era una vergüenza. ¿Qué clase de carreras había elegido la gente? Pociones era algo básico, a él le habían salvado de bastantes situaciones incómodas durante años.
-Abrid el libro por la página 62 – la voz de su profesor llegó a sus oídos con una pereza abrumadora. Sacudió la cabeza y se centró. No era el momento de estar ausente, tenía demasiadas cosas que hacer y poco tiempo para ello. Abrió el libro y le dio un codazo a Blaise que se había quedado medio dormido apoyado en su propia mano.
-Despierta – le susurró. Pero nada pasó, así que intentó algo más fuerte. Le dio un pisotón mientas le retiraba la mano de la cara, lo que ocasionó que la frente de su amigo impactara contra la mesa.
-¿Qué? ¿Qué? – preguntó desorientado abriendo mucho los ojos. Escuchó la risa de su compañero y le lanzó una mirada asesina mientras abría el libro.
-62. –le dijo recuperando su habitual pose despreocupada, pero con el brillo de la diversión bailando en sus ojos.
Las cosas no habían sido fáciles para ellos después de la muerte de Dumbledore. Parecía que la comunidad mágica, y en especial los alumnos de ese colegio, había centrado todo su odio en ellos. Odiaban a los pertenecientes a Slytherin en general, pero parecía que a ellos, los de su promoción, les reservaban todas sus pullas y malos tratos. Draco sabía que no era sin razón, la fama ya venía de lejos y era sabido, o al menos sospechado, que casi todas sus familias eran partidarias del Señor Tenebroso.
Escuchó la suave risa de Pansy Parkinson y apretó los puños con fuerza. Pansy. Esos salvajes hijos de puta anti-Slytherins la habían acorralado en un maldito callejón la semana pasada y a punto estuvieron de matarla a golpes. A GOLPES. Los muy desgraciados le dieron una paliza a lo muggle y suerte tuvo de perder el conocimiento antes de que terminasen. Aún no entendía cómo podía haber sido tan tonta como para dejarse la varita en casa, aunque fuese a comprar a cinco minutos de esta. En los tiempos que corrían eran cuando más precavidos tenían que ser, Severus les había dicho que evitasen a toda costa ir solos por la calle o, incluso, por el colegio. Suspiró. Aunque ahora Hogwarts estuviese bajo su dirección, ellos sabían que no podía protegerles las 24 horas del día. Daba gracias de que nadie se hubiese enterado de su fallida misión el año anterior, aunque presentía que San Potter lo sabía. Le miraba con más odio del habitual, pero alguna que otra vez le pareció ver en su mirada algo más que no supo identificar. Si es cierto que lo sabía, que hasta ese momento no hubiese dicho nada, que él supiera, decía, muy a su pesar, mucho a favor de él. O quizá solo estaba esperando el momento oportuno para vengarse él mismo. Se cuadró de hombros en su asiento y endureció la mirada. Pues vale, estaría preparado.
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A la hora de comer Luna se unió a ellos en la mesa de Gryffindor con una enorme sonrisa pintada en la cara. Les saludó y se sentó junto a Ron que arrugó la frente al sentir su desbordante alegría. No había tarta, ¿cómo era posible que una persona pudiera estar feliz en esa situación?
-Hoy hace un día estupendo. – Comentó suavemente. – Podíamos pasar la tarde fuera aprovechando que hoy no hay deberes.
Hubo un asentimiento general, realmente hacía un día estupendo para desperdiciarlo entre los muros del castillo. Se giraron hacia Hermione y esperaron su opinión. La chica, al sentirse observada, retiró la vista del plato de comida y les sonrió.
-No tengo ninguna objeción. Podríamos merendar fuera.
-¿No vas a ir a la biblioteca a….hacer lo que sea que haces allí? – Le preguntó Harry.
Hermione sonrió y negó con la cabeza, aunque interiormente se sintió inexplicablemente dolida por el comentario de su amigo. Desde verano estaba intentando cambiar poco a poco. Estaba claro que no iba a dejar de estudiar ni de pasarse tardes enteras en la biblioteca, pero quería dejar de ser la siempre sabelotodo Hermione Granger y ser simplemente Hermione. Y sí, tal vez el hecho de que Ronald le repitiera cada cinco minutos que era una aburrida por estar siempre en su paraíso personal había influido algo en ese deseo de cambio. Así que decidió que sería una buena opción empezar por salir a merendar a los terrenos del castillo.
-Bien, pues. –Ginny aplaudía entusiasta.- Entonces…. nos vemos a las 5 aquí.
Luna asintió fervientemente y regresó a su mesa pegando saltitos, haciendo que Ron soltara un "niña loca" por lo bajo que fue respondido con un "cállate Ronald" por parte de su hermana.
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Después de terminar de organizar completamente su habitación, Hermione consultó el reloj y se apresuró a ponerse la capa y bajar hasta el Gran Comedor. Aunque hacía un día bastante bueno para ser Septiembre no se arriesgaba a que cambiase el tiempo y acabar enferma.
Llegó hasta las enormes puertas de roble del comedor y entró con paso tranquilo al no divisar a sus amigos en la mesa. Bueno, al menos no era la única que llegaba un poco justa de tiempo. Justa, que no tarde. Porque si algo odiaba Hermione Granger era llegar tarde a los sitios.
-¡Bueeeenas tardes, Mione! – La cantarina voz de su amiga pelirroja la hizo sonreír. Era increíble cómo se podía poner de tan bueno humor solo con la perspectiva de pasar un rato bajo la sombra de los enormes árboles que se encontraban en los terrenos del colegio.
-Hola, fea. –Le dio un abrazo a modo de saludo.- ¿Aún no ha llegado nadie?
La chica negó con la cabeza y se le colgó del hombro mientras sonreía misteriosamente. La miró fijamente a los ojos y se acercó mucho a ella, lo que ocasionó que Hermione intentara retirarse de ella ceñuda.
-¿Qué….?
-Suéltalo Granger. ¿Cómo es que tú, la especialmente responsable y amiga de los libros Hermione Granger, has decidido salir a merendar en un día como hoy?
-¿Un día como hoy? – Preguntó confundida.
-¿Cuándo has desaprovechado tú la oportunidad de estar en la biblioteca? Reconócelo Hermione, es raro. Tiene que haber alguien por ahí y me lo vas a contar quieras o no.
-¿Sí? – preguntó fríamente. De pronto estaba molesta. ¿Por qué nadie podía admitir que quisiese estar fuera de los muros de su paraíso simplemente porque le apetecía? ¿Es que acaso siempre tenía que estar tras los libros? Por supuesto que amaba los libros, pero había cambiado. O eso intentaba. ¡Tenía 16 años! Era una adolescente y por alguna razón la opinión del sexo opuesto empezaba a importarle. Solo un poco. O quizá solo la de Ron. Pero porque era su amigo y valoraba su opinión, igual que la de Harry. Así que se soltó de Ginny suavemente y caminó hacia su mesa.
-¿Te has enfadado? – preguntó su amiga sorprendida. –Vamos, Hermione, sabes que no lo decía con mala intención. Solo me parecía curioso.
Esperó una réplica por parte de la otra chica, pero esta solo se giró y la miró tristemente.
-¿Acaso siempre voy a ser un ratón de biblioteca que no puede hacer otra cosa que pasarse la vida encerrada en la biblioteca?
-¿Qué? – A Ginny esa pregunta la sorprendió. ¿Qué pasaba ahora con su amiga?- No, claro que no. Hermione eres lo que eres porque quieres. Te encantan los libros y te pasas horas ahí porque quieres. Y lo respeto, y te admiro por ello. De verdad. No sé a qué viene todo esto, pero creo que sabes que nunca haría ningún comentario con la intención de perjudicarte.
Hermione cerró los ojos y contó hasta diez. Ginny tenía razón, había sido una reacción desmesurada por un comentario tan tonto. Suspiró.
-Lo siento…simplemente estoy intentando tener más vida a parte de los libros. Tu hermano no para de llamarme aburrida, y creo que ha empezado a hacer efecto en mí.
-Vamos. – Dijo la chica con una sonrisa en los labios.- Pasa de ese idiota y disfrutemos de la tarde.
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Draco se tumbó de espaldas en la cama y se masajeó la frente. Había sido un día largo, muuuuuuy largo, y estaba demasiado cansado como para bajar a cenar. Desde que se había levantado esa mañana lo único que había recibido habían sido insultos, empujones, hechizos a traición, más insultos, unas cuantas amenazas de muerte y, ah sí, más insultos aún.
Muy a su pesar sonrió. Que se jodieran esos imbéciles, no iban a poder con él por mucho que lo intentasen. Por Merlín, ¡era un Malfoy! Cómo si alguien pudiese hacerle sentir mal. Pero en menos de un segundo cambió su semblante. Sí que podían hacerlo, vaya si podían. Ya no es que fuera a él personalmente, es que se metían con sus amigos. Y eso no iba a consentirlo. A él podían llamarle cobarde, porque de hecho lo era, mortífago, que también, asqueroso, puede que para sus enemigos sí. Pero a él, los demás no tenían nada que ver. Eran su familia.
Se levantó de la cama y se estiró el pelo con rabia. ¡Joder! Había sido un día de mierda y estaba seguro que mañana sería muchísimo peor. Había que hacer algo y rápido, no podía permitir que uno de esos insultos fuera especialmente cruel y rompiese la frágil estabilidad emocional que tenía Pansy, o que uno de esos empujones le hiciese daño de verdad a Zabini. De Theodore no se preocupaba, sabía que podía arreglárselas muy bien él solito. Y que sería mejor que sus enemigos no intentaran jugársela. En definitiva, tenía que proteger a sus dos amigos. Y si para eso tenía que ser cruel, déspota y caminar por aquel maldito lugar como si realmente se sintiese poderoso, lo haría.
-Que empiece el juego.- Susurró a la oscuridad de su habitación.
