Disclaimer: Todo pertenece a JKR. Todo, todo y todo. Menos la idea, que le pertenece a Furiosity.
El fic fue escrito por Furiosity para la comunidad livejournal de hd holidays. Yo sólo lo traduzco. Espero haberle hecho justicia al fic (que a mí me encantó) ya que es la primera vez que hago una traducción. De nuevo, mil gracias a Sirem por betearlo. El link al original en mi profile.
-Adiós al Ayer-
Goodbye to Yesterday
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Escrito por: Furiosity
Traducido por: Azazel Black
Beteado en castellano por: Sirem
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El encarcelamiento de Draco había terminado a últimos de septiembre. Para principios de noviembre, estaba listo para dejar Malfoy Manor y enfrentarse al mundo.
Durante esas semanas, Dolores había sido una visitante frecuente, siempre dispuesta a discutir planes para minar la influencia de Granger. Tres semanas después de la puesta en libertad de Draco, finalmente había admitido que no tenía ni idea de lo que Davies le había hecho al prisionero que había mencionado. Sólo sabía que le había hecho algo, pero la memoria del prisionero había sido modificada, e incluso los mejores expertos de San Mungo no habían sido capaces de restaurar los recuerdos perdidos. Draco no le contó nada. Había habido varias peticiones de entrevistas de reporteros, pero Draco se negó a ver a nadie hasta que estuviera preparado. No sabía aún lo que contarles.
Su madre aún seguía bebiendo demasiado, pero Draco no podía hacer nada sobre eso. Era su madre y hacía lo que le placía. Si le placía beber hasta el estupor a primera hora de la tarde, no era el puesto de Draco tratar de disuadirla de ello. Ni si quiera lo era el desaprobarlo. No después de lo que había hecho, después de en lo que se había convertido. Los recuerdos de Azkaban impregnaban sus pesadillas, pero nunca era a Davies a quien se estaba entregando. Davies había sido una insignificante, pequeña pulga que tenía poder cuando Draco no tenía nada. En los sueños de Draco, era Potter quien se lo follaba, Potter quien le negaba cualquier cosa a menos que Draco se pusiera de rodillas para él.
Con la ayuda de Dolores, Draco reunió una enorme biblioteca de artículos mediáticos sobre Potter, incluso si meramente lo mencionaban de pasada. Draco estudió la red social de Potter, sus hábitos, sus expresiones faciales, hasta que tuvo una imagen razonablemente clara del tipo de vida que llevaba Potter ahora que sólo tenía que descansar en sus laureles. Todas las fotografías de la temporada del encarcelamiento de Draco lo enfurecían, especialmente si Potter estaba sonriendo. Ahí estaba Potter con su brazo rodeando a su novia. Ahí estaba cortando un lazo en la inauguración del orfanato para magos Tom S. Ryddle. Draco se preguntó quién coño se suponía que era Tom S. Ryddle. Algún corazón bondadoso amante de los muggles, sin duda. Ahí estaba Potter con la snitch después del famoso torneo de Quidditch. Los ojos de Potter brillaban con alegría y Draco quiso que esa luz se fuera, quiso que se marchitara lentamente en el apagado brillo del dolor.
En el día que Draco terminó su auto impuesto arresto domiciliario, el sol brillaba alegremente sobre las copas de los árboles cerca de Malfoy Manor. Draco tomó eso como una buena señal, y partió hacia el Callejón Diagón. No había estado allí en más de un año, pero nada había cambiado. De eso, al menos, Draco estaba agradecido. Paró en Gringotts para comprobar las bóvedas familiares —era un consuelo que el hábito de beber de su madre no hubiera afectado a la cuenta para gastos menores aún. Compró un helado en Fortescue's y lo comió en la terraza de la tienda, apoyándose en una de las barandillas y mirando el mundo seguir.
Nadie parecía reconocerlo, lo que era casi mejor. Draco estaba ahí por una razón muy específica, y no quería ser distraído. Todos los días de semana, por la tarde, Potter tomaba algo en el Caldero Chorreante. Mientras bebía, Potter hacía el crucigrama del Profeta, y luego caminaba hacia el Ministerio y esperaba a que su novia saliera del trabajo. Ella trabajaba como algún tipo de ayudante junior para uno de sus hermanos; Draco nunca pudo recordarlos bien.
Si todo iba bien, la cuidadosa rutina de Potter sería interrumpida hoy.
A las tres menos diez, Draco se sentó en el bar El Caldero Chorreante, cerca del asiento usual de Potter, y observó la entrada desde debajo de sus pestañas. Su bebida se mantenía intacta; había desarrollado repugnancia por el alcohol en las últimas semanas. El camarero puso una copia de El Profeta cerca de Draco. Draco se movió para cogerla, pero el camarero dejó caer una mano sobre él con una mirada de disculpa.
—Este es para Harry Potter, señor. Estará aquí en un minuto. Puedo conseguirle otra copia, si lo desea.
—Oh, sólo quería echar una hojeada a los titulares, —dijo Draco. —No te preocupes.
—Lo siento —dijo el camarero. Bajó su voz un poco. —Hace el crucigrama todos los días y después se va. No tienes ni idea de cuánto me dan por esos crucigramas.
Draco estaba horrorizado.
—¿La gente te paga por ellos? —El camarero le dirigió una mirada indiferente.
—Es el héroe de la gente. Todo el mundo quiere sentirse cercano a él.
—Yo no —dijo Draco con un pequeño encogimiento de hombros.
—Entonces quizá quiera quitarse de esa silla, porque aquí viene —dijo el camarero, sonriendo ampliamente. —Siempre se sienta en la silla al lado de la suya.
Draco se giró para mirar hacia la entrada y efectivamente, allí estaba Potter. La respiración de Draco se congeló. Había imaginado ese encuentro tantas veces desde que había salido de Azkaban, y ahora finalmente estaba pasando. Potter dirigió a Draco un breve asentimiento de forastero, se sentó en la silla al lado suyo, y acercó el periódico hacia él.
La proximidad de Potter estaba haciéndole cosas desagradables, cosas con las que él no había contado. Quería cerrar sus manos alrededor de la garganta de Potter y apretar hasta el último aliento. Quería lamer un lento, húmedo camino a lo largo del delgado cordón de músculo en el cuello de Potter y hundir sus dientes justo debajo de la oreja de Potter hasta que ambos chillaran. Quería...
—Yo también me alegro de verte de nuevo —murmuró Draco, forzándose a regresar al presente.
Potter le lanzó una leve mirada de irritación, la cual se tornó en confusión tan rápido como vio la cara de Draco.
—Tú.
Había líneas en la frente de Potter que no habían estado ahí antes. Parecía cansado, notó Draco con asombro. Cansado y abatido y demasiado viejo para su edad. Tenía el aspecto de un hombre que no tenía nada que perder y nada por lo que vivir. ¿Había llegado alguien a él antes de que lo hiciera Draco? Imposible. Impensable.
—Veo que tus poderes de observación son espléndidos, como siempre —dijo Draco.
Potter miró hacia el crucigrama y escribió TRAVESURA en el dos horizontal.
—¿Qué quieres?
Draco hizo su mejor esfuerzo por no acobardarse. Observó la punta de la pluma de Auto-Entintado de Potter pasear por encima de una definición, luego moverse ligeramente hacia abajo.
—¿Qué te hace pensar que quiero algo?
—Estás aquí. Estás hablándome. Te conozco, Malfoy.
—¿Ahora lo haces? Supongo que las mentes eruditas como la tuya, no dedican muchos recursos a pensar en la novedosa idea de que algunas personas vengan a este lugar meramente a tomar algo, y no para quedarse embobados con su eminencia. —Potter posó su pluma y encaró a Draco.
—¿Estás tratando de decirme que simplemente resulta que estabas aquí? ¿A esta hora? ¿En este silla? No me tomes por idiota, Malfoy. Todos saben mis costumbres. Todos.
—Excepto la gente que pasó el pasado año sin acceso a El Profeta —dijo Draco con indulgencia. —Las autoridades de Azkaban olvidaron renovar la suscripción del bloque de celdas H8, ya ves.
—Oh, ¿es eso de lo que se trata?. ¿Mi terrible traición hacia... cómo lo puso Skeeter... nuestra amistad en ciernes?. No me digas que tú empezaste ese rumor porque he prometido estrangular a la persona que lo hizo. Nosotros nunca fuimos amigos.
—Hubo un tiempo en el que yo pensé que podíamos haberlo sido, —dijo Draco, controlando su voz incluso a pesar de la furia que crecía en él con el tono burlón de Potter. —Pero no, yo no empecé ningún rumor.
La expresión de Potter cambió de dura hostilidad a algo parecido a alarma.
—¿En serio pensaste que podíamos ser amigos? —Draco frunció los labios, fingiendo pensar.
—No en serio.
—Bien —Potter se volvió hacia el crucigrama. —¿Una palabra de trece letras para decepción?
—Remordimiento ―Potter resopló.
—Buena elección. Podría llenar un libro con frases que lo implicaran.
—Oh, Potter. Eso es tan conmovedor. Discúlpame mientras voy a por un pañuelo.
—Vete a la mierda.
—No, tú te vas. Yo estaba aquí primero ―Potter resopló de nuevo.
—No cambias, ¿verdad? Había pensado que Azkaban te había enseñado una cosa o dos.
No tienes ni idea de lo que me ha enseñado Azkaban, lamentable hombrecito. Draco sonrió sarcásticamente.
—Me alegra decepcionarte ―Potter escribió ESPUMA, miró a Draco.
—¿Qué coño quieres de mi?
—Nada, Potter. Lo creas o no, de verdad resulta que estaba tomando algo. Te aseguro que si hubiera sabido que estarías aquí, nunca hubiera venido. ¿Por qué querría verte?
Potter parecía escéptico.
—Estaba esperando que lo supieras.
—Me temo que te das a ti mismo demasiado crédito. La fama se te ha subido a la cabeza finalmente, supongo.
—Eso no es verdad —dijo Potter con vehemencia, y Draco supo que había dado con un punto débil. —Todo el mundo dice eso, pero estáis todos equivocados. —Las gafas de Potter hacían a sus ojos parecer más pequeños y la luz febril en ellos hacía a Potter lucir positivamente mezquino. A Draco le recordaron a los cerdos que había odiado cuando era niño... habían tenido el mismo pequeño destello malvado en sus diminutos ojos. Se estremeció.
—No tienes que pillar una rabieta o algo —dijo rápidamente. —Sólo estaba tratando de hacerte perder los estribos.
Potter volvió a su crucigrama, murmurando,
—Como siempre. —Escribió PRECISO en el seis vertical, luego lo tachó. Las letras se desvanecieron. —Ya que estás aquí, podrías hacer algo útil.
—Oooh, estoy a punto de saltar de la emoción. ¿Cómo podría Draco servir al gran Harry Potter? —dijo Draco en un tono alto, imitando a un elfo doméstico.
—Tengo un amigo —dijo Potter, ignorando la burla de Draco. —Tiene un problema y ha agotado sus ideas para resolverlo legalmente. —Tengo un problema y he agotado mis ideas para resolverlo legalmente.
—Debería resolverlo ilegalmente, entonces —dijo Draco.
Estaba experimentando algo parecido a un déjavù: ese era exactamente el tipo de conversación que ellos dos solían tener durante la guerra, cuando Draco había sido un espía. Se irritaban uno al otro infinitamente pero aún así terminaban hablando. Que Potter cayera en la costumbre tan rápido, a pesar de todo lo que había pasado, llenó a Draco con rabia silenciosa; pero Draco había aprendido a controlar su rabia en Azkaban. Oh, sí, lo había hecho.
Potter rodó los ojos.
—Muy divertido. Ha estado saliendo con esta chica, ¿ves?. Y acaba de enterarse de que está embarazada de dos meses. —Acabo de enterarme de que Ginny Weasley está embarazada de dos meses.
—¿Es suyo el niño?
—Sí. —No hubo vacilación.
Draco frunció el ceño.
—¿Cuál es el problema aparente? —Lo ponía mortalmente furioso que Potter produjera un heredero antes que él. El pensamiento de que Draco no estaba ya particularmente interesado en un heredero lo ponía absolutamente furioso, pero ahí estaba. No había pensado en tener sexo con una mujer por meses, y ahora repentinamente descubría que la simple idea le hacía sentirse mareado. Prefería pasar la eternidad chupando la polla de Potter, ahora que lo pensaba.
—El problema es que mi amigo no quiere el niño. —El problema es que yo no quiero el niño.
—¿Por qué coño no lo querría?
—Eso no es asunto mío. —Eso no es asunto tuyo.
—Hay pociones que inducen el aborto, —dijo Draco. Había hecho ese tipo de poción para Pansy más de una vez. Para ser una Parkinson, había sido sorprendentemente fértil incluso a los quince. Por supuesto, en su caso, Pansy prácticamente había rogado a Draco para que la hiciera; ella nunca había sido buena en Pociones.
Potter parecía golpeado por el horror.
—Eso sería horrible. —Draco se encogió de hombros.
—A veces el precio que tienes que pagar por la libertad no es bonito.
—Qué profundo. ¿Te enseñaron eso en Azkaban mientras te daban por el culo? —El mundo entero de Draco pareció congelarse y girar fuera de órbita.
—¿De qué coño estás hablando? —Potter sonrió con satisfacción.
—No nos pongamos susceptibles. Sólo estaba bromeando.
—Oh, sí. He olvidado tu apreciación del humor negro. Pero supongo que el que se da por aludido... —la voz de Draco se fue apagando y luego saltó de la silla. Estaba peligrosamente cerca del punto límite y necesitaba salir de allí antes de que asesinara a Potter con sus propias manos. —Bueno, ha sido fascinante, como siempre, pero me temo que tengo que volver a una vida en la que te ignoro.
—No has cambiado para nada, Malfoy.
—Tampoco tú, Potter.
Se quedaron mirando el uno al otro y luego una voz estridente perforó el aire.
—Eh, ¿no es ese de ahí Draco Malfoy? ¿Con Harry Potter?
Draco giró para encontrar la fuente de la voz. Un flash de cámara lo cegó.
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¿PUEDEN SER REPARADOS LOS PUENTES ROTOS?
Por Rita Skeeter, periodista titulada.
Los visitantes del Caldero Chorreante están acostumbrados al héroe nacional, Harry Potter, pasando sus tardes allí. Él acude al lugar sobre las tres todos los días y hace el crucigrama del Profeta. Ocasionalmente, firmará autógrafos o charlará con otros clientes hasta alrededor de las cinco en punto, cuando se va a recoger a su novia —y, dicen algunos, futura esposa— al Ministerio de Magia.
Ayer por la tarde, sin embargo, la rutina cambió porque, el antiguo Mortífago y ex-convicto de Azkaban, Draco Malfoy estaba por casualidad en el Caldero Chorreante. Los lectores recordarán que fue Potter quien puso a Malfoy tras las rejas durante el dramático, emocionalmente cargado juicio donde Malfoy estaba acusado de conspiración para derrocar al gobierno, intento de asesinato, múltiples cargos de robo y no autorizado uso de Polijugos, así como traición.
Las tensiones crecían mientras prueba tras prueba, todas irrefutables, establecían que Malfoy había trabajado como espía para el Ministerio de Magia durante los años de la guerra. Con un considerable riesgo para su vida y el bienestar de su familia, reportaba los movimientos y planes de Lord Voldemort al gobierno mágico. Alguna de la información que proporcionó Malfoy fue decisiva en el audaz rescate de los Aurores de la amiga de Harry Potter, Hermione Granger —actualmente trabajando como Inefable en el Departamento de Misterios del Ministerio.
Aún cuando Malfoy enfrentó sus cargos finales —los tres cargos de intento de asesinato databan del segundo año de la guerra— alegaba haber estado actuando bajo la Maldición Imperius. Habría conseguido escaparse si no hubiera sido por Harry Potter, quien testificó ante el Wizengamot con pruebas de que Malfoy no podía haber estado bajo la influencia de la Imperius. La evidencia llevó a la condena de Draco Malfoy y subsiguiente sentencia de un año sin libertad condicional en Azkaban.
Algunos creyeron —y aún lo hacen— que el testimonio de Potter reveló el lado más oscuro de nuestro héroe nacional, un golpe vengativo que probó que él, como el resto de nosotros, es sólo un humano, y no el cercano dechado de virtudes que la mayoría de la gente parece creer que es. Draco Malfoy, sin embargo, parece haber perdonado a su acusador. Una fuente innombrable nos dice que había llegado al Caldero Chorreante diez minutos antes que Potter, y ambos mantuvieron una, según le pareció a nuestra fuente, conversación amistosa. La foto, tomada poco antes de que Malfoy abandonara el local, muestra a los dos hombres girándose cuando alguien llamó a Malfoy. La experta en lenguaje corporal, Katrina Bradshaw, tiene un detallado análisis de la fotografía en la página diecisiete...
—¿Cuál es el significado de esto? —preguntó Narcissa, empujando una copia de la primera página del Profeta debajo de la nariz de Draco, justo sobre sus bollos.
Draco volvió su mirada lejos de la página, pero era inútil; había memorizado la fotografía hacía una hora. En ella, él y Potter estaban justo al lado del otro, luciendo igual de sorprendidos y horrorizados. La mano de Potter estaba en el aire encima del hombro de Draco; Draco no estaba seguro de lo que Potter había estado tratando de hacer, pero ciertamente les hacía parecer de lejos más amable de lo que de hecho habían sido. Malditos periodistas.
—¿Qué quieres decir, Madre?
—¡Ese chico te encerró, Draco! ¡Escupió en todo lo que habías hecho por él! Y aquí estás tú, ¿humillándote ante él?
Una vergüenza blanca y caliente atravesó a Draco. Si ella supiera lo que su único hijo había hecho por unos pocos meses de comodidad. Dios, semejante fracasado.
—No estaba humillándome ante él, —dijo Draco pacientemente. —Sólo estaba tomando algo. No tenía ni idea de que él iba a aparecer.
—¡Eso no es lo que dice el artículo! —los ojos de Narcissa estaban inyectados en sangre, desenfocados.
Draco se cruzó de brazos.
—¿A quién prefieres creer, a unos mierdas de reporteros pisoteados por ese miserable periodicucho o a tu propio hijo?
Narcissa parecía vacilante, y luego su cara se arrugó.
—Oh, Draco, lo siento tanto, —su voz se ahogó. —Lo siento. ¿Cómo pude si quiera pensar... Dios, necesito una copa antes de que diga alguna tontería más. Tú sólo continúa y termina tu desayuno, niño. Mamá va a tomar una copita y quizás echar una siesta...
Se tropezó al salir de la sala, agarrando el marco de la puerta brevemente como apoyo. Draco la observó irse con el corazón pesado. Había perdido el apetito completamente, y había lágrimas en sus ojos; habían llegado espontáneas. Observar a su madre desenmarañarse de esa forma era peor que nada que hubiera experimentado... peor que la humillación que había sufrido en Azkaban. Peor que la celda de la niebla de sus pesadillas, donde las voces le murmuraban y llenaban su mente con imágenes violentas con las que aún soñaba cada noche.
Draco se sentía dividido entre su necesidad de vengarse de Potter y la necesidad de cuidar de su madre. No sabía cómo cuidarla, sin embargo. Y el encuentro de ayer con Potter lo había dejado tan desequilibrado que ni siquiera tenía la certeza de cómo iba a lidiar con su venganza. Claramente, Potter nunca había lamentado su elección de dejar a Draco como un mentiroso para el Wizengamot. Claramente, nunca había dedicado a Draco ni un pensamiento a través de los años.
Pero Draco sabía algo de Potter, ahora. No sabía por qué Potter le había contado lo del embarazo de Weasley. Probablemente por la misma razón por la que Potter le había dicho todas esas otras cosas sobre sí mismo, tiempo atrás durante la guerra. Usaba a Draco como un receptáculo de sus problemas personales porque no quería que nadie más supiera de ellos, y porque sabía que nadie creería a Draco si alguna vez hablaba.
Pero sabiendo lo que sabía, claramente había problemas en el paraíso para dos de Potter y Weasley. Draco podría usar eso de alguna forma. Volvió al retiro en Malfoy Manor. Claramente no estaba tan preparado para volver a la vida pública como había pensado que estaba. Necesitaba más tiempo para trabajar en lo que iba a hacer.
Pasó mucho tiempo con su madre, pero eso lo hacía preocuparse más y más por su bienestar. Ella bebía vino como agua y lo seguía con brandy. Draco prácticamente podía ver el alcohol comiéndosela desde dentro. Estaba más pálida cada día, y los círculos bajo sus ojos estaban haciéndose incluso más grandes. Draco no podía simplemente sentarse desesperanzado y observar eso; no podía.
Un día, ordenó a los elfos diluir su brandy preferido con zumo de manzana, pero el plan fracasó... Narcissa simplemente ordenó a los elfos castigarse durante tres días seguidos y bebió dos veces más. Draco les dijo a los elfos en voz baja que dejaran de golpearse la cabeza contra las paredes y se encerró en el estudio de su padre. Se acercó a zancadas a una de las estanterías y cogió un pesado tomo. Con un grito frustrado, lo arrojó contra la pared encima de la chimenea. El estruendoso sonido fue satisfactorio, pero no hizo nada para reducir el estrés de Draco. Se estaba rompiendo. Nada estaba yendo bien.
Un pedazo de pergamino voló fuera de la chimenea, se dobló a sí mismo pulcramente en un avión de papel y continuó avanzando hacia Draco, quien lo atrapó. Era uno de esos memorándums del Ministerio, de color rosa, lo que sólo podía significar una cosa.
Draco,
Estate en el estudio de tu padre en cinco minutos.
Dolores.
Draco ondeó su mano sobre la silla de escritorio de su padre y la hizo rodar hacia la chimenea. Se sentó y cerró los ojos. ¿Qué podía querer Dolores?
—Ah, tan puntual como siempre —dijo Dolores.
Draco abrió los ojos y vio su cabeza en la chimenea, rodeada de llamas verdes.
—No es como si tuviera algún sitio más al que ir —dijo, un poco hoscamente. Habían pasado tres semanas desde el fiasco en el Caldero Chorreante, y Draco no había dejado la mansión ni una vez desde entonces. —¿Qué ocurre?
—Esta conversación nunca ocurrió —dijo Dolores, —pero te diré que El Profeta va a lanzar una historia mañana por la mañana. Una historia que va a contestar algunas preguntas respecto a cierto guardia de Azkaban.
Draco sintió la sangre irse de su cara y esperó que Dolores no lo notara.
—¿De qué está hablando?
—¿Realmente no lo sabes? Fuiste afortunado, entonces. Va a ser un escándalo. —Sonaba encantada. —Resultó que el apuesto Roger Davies ha estado sodomizando a sus prisioneros durante años. Supongo que sabía que era mejor no tocarte... por supuesto que lo sabía... Como sea, los ha estado forzando a tener sexo con él en intercambio por necesidades básicas como comida normal o letrinas autolimpiadoras.
Draco parpadeó. ¿Necesidades básicas?
—Espere, ¿intenta decirme que el pan duro como una piedra y el queso rancio no son comida normal de Azkaban? —se oyó decir.
Los ojos de Dolores se ensancharon.
—Por supuesto que no. Azkaban está enfocada a hacer sufrir a los prisioneros lentamente, no a matarlos rápidamente —sonó completamente realista. Draco aún no podía decidir si le gustaba su vena sádica o la temía. —Draco, ¿estás tratando de decirme que él te alimentó... oh, no me sorprende que estés aún tan delgado. Oh, qué horrible. Merlín bendito. Mira, alguien viene. Me dejaré caer a última hora y te lo contaré todo.
Desapareció, y Draco se quedó solo. Un gran vacío ocupó el espacio donde su corazón había estado una vez. Se había rebajado completamente, se había convertido en una puta, creyendo que había estado tratando de mantenerse con vida... para nada. Todo había sido un gran chiste, y no había duda de que Davies se había echado unas buenas risas con la impaciencia de Draco por complacerlo sólo para poder comer...
Draco escondió la cara en las manos, pero las lágrimas no llegaron. Se sentía inútil, vacío, roto. Odiaba a Potter, a Davies, al Señor Tenebroso. Pero más que a ninguno, se odiaba a sí mismo por no ser astuto y mundano como su padre. Su padre debía haberlo sabido todo sobre los procedimientos en Azkaban. Su padre no habría permitido a nadie como Davies abusar de él.
Dolores llego a tiempo para el té. Draco y su madre estaban sentados en los extremos opuestos de la mesa del comedor. Cuando Dolores entró, escoltada por uno de los elfos, Narcissa murmuró algo disculpándose y salió majestuosamente del lugar. Paró el tiempo suficiente para darle a Draco un beso infundido en brandy en la mejilla.
—Recibiendo gente importante del Ministerio, justo como tu padre —susurró, las palabras empapadas.
Draco la observó irse con el ceño fruncido y se giró hacia Dolores, quien mientras tanto había dejado que un elfo le sirviera el té.
—¿Y bien? —preguntó Draco.
—Ha habido rumores desagradables sobre el chico Davies durante años —dijo Dolores. Se ajustó el chal rosa innecesariamente y cogió un pedazo de quiche. Después de masticar y tragar, posó su taza con aire de determinación. —Por un largo tiempo, hemos sospechado que algo estaba pasando, pero no pudimos probar nada ya que los prisioneros del H8 nunca dijeron si quiera una palabra a nadie. Poca sorpresa eso, considerando que todos habían sido hábilmente Obliviateados.
—Yo no lo he sido. —Una lástima, eso.
—Estamos casi seguros de que él estaba demasiado temeroso de tus conexiones en el Ministerio —dijo Dolores. No parecía que hubiera ninguna vacilación en su tono. Así que creía a Draco. Bien. —Pero los otros... —cogió su taza y la apuró, luego chasqueó los dedos. Un elfo doméstico se materializó a su lado instantáneamente para servirle más té. —Sacamos a un prisionero de la H8 inesperadamente pronto, sin advertirle al contingente de guardias. Su nombre es Blaise Zabini. Quizá lo recuerdes.
Draco lo recordaba, pero sólo vagamente. Zabini había sido de poca utilidad durante la guerra; era sorprendente que hubiera terminado enfrentándose a tiempo de cárcel. Había sido demasiado desdeñoso para ensuciarse las manos y demasiado vago para buscar liderazgo.
—No sabía que había hecho algo que mereciera encarcelamiento —dijo Draco.
—No lo hizo, realmente. Pero tú sabes mejor que yo que el Wizengamot era un tribunal improvisado la mayoría de las veces. Cualquiera con conexiones mortífagas ha pasado tiempo en prisión. Zabini fue sentenciado a dos años porque no fue capaz de proporcionar una coartada para el tiempo en que ejecutaron a Lupin.
Draco se encogió de hombros. Zabini había estado en esa ejecución, de acuerdo.
—Vomitó en los arbustos después de que Greyback abriera a Lupin en canal, Dolores. Esa es difícilmente una ofensa que merezca dos años en Azkaban.
—Estás predicando en el desierto —dijo irritablemente. —Entró poco después que tú, así que aún tiene otro año por delante. He convencido al Ministro para que le conceda un indulto por buen comportamiento...
—No sabía que eso fuera posible —interrumpió Draco.
—Todo es posible cuando estás trabajando para un cansado y ocupado ministro que firmará cualquier cosa que le des si confía en ti —dijo Dolores, pareciendo complacida consigo misma. —Fui a recogerlo yo misma. El pobre chico prácticamente se arrojó sobre mí cuando me vio y me rogó que me lo llevara. Estaba mugriento y medio muerto de hambre.
El corazón de Draco cayó en picado. Así que Zabini había resistido. Todos esos meses, había resistido las propuestas de Davies, negándose a sí mismo incluso las necesidades básicas. Era tan increíblemente irónico que al final de todo, la fuerza de carácter de Zabini superara la de Draco. No creyó que nunca fuera a dejar de sentirse avergonzado.
—Continúe, —murmuró.
Los ojos de Dolores centellearon malévolamente.
—Davies trató de Obliviatear al chico en mi presencia, ¿te lo puedes imaginar? Oh, deberías haber visto la mirada en su cara cuando me vio llevarme a Zabini.
—¿Le hizo daño? —preguntó Draco.
Dolores se carcajeó.
—Venga, Draco. Sabes que es difícil dañarme a menos que me pilles desprevenida. —Sus ojos se nublaron por un momento e hizo un extraño chasqueo con la boca, luego sacudió la cabeza como si tratara de deshacerse de un persistente, desagradable recuerdo. —El Sr. Davies hizo el viaje con nosotros. Ahora está encerrado en una celda bajo el Ministerio, esperando el juicio.
La boca de Draco estaba seca.
—¿Qué le ha contado?
—Todo. Dijo que no había ido a por todos los prisioneros en el bloque de celdas H8... lo que explica tu caso. Fuiste afortunado.
Afortunado.
°¤°·.·°¤°·.·°¤°·.·°¤°
... en tanto que Davies ha hecho una confesión completa a las autoridades del orden público, pero aquí en el Profeta no creemos que haya sido completamente sincero. No hay manera de decir cuánta gente ha sido afectada durante los cuatro años de Davies en el bloque de celdas H8. Una víctima, que pidió mantenerse en el anonimato, dice que aún no recuerda lo que le pasó en Azkaban. Añade amargamente, "Preferiría que hubiera habido Dementores, si me perdonáis".
Un agente interno nos ha dicho que hay más en la historia de Davies de lo que vemos. Aparentemente, hubo un prisionero que tuvo una significancia especial para Davies. Si es alguien que aún está en Azkaban o no, no está claro, pero Davies ha dicho que hay una persona a la que no Obliviateó. "No quiero que me olvide nunca" es la cita que nos ha sido dada por nuestra persona de dentro, quien cree que Davies abriga algún tipo de retorcido, enfermo embargo emocional hacia esta persona, quienquiera que pueda ser...
Draco dejó caer El Profeta de sus débiles dedos. Una esquina de la página abierta aterrizó en su taza de café y en seguida empezó a hundirse en el oscuro líquido, como sangre nueva en nieve vieja.
Estaba tan jodido.
Davies estaba loco de remate; hasta ahí era sencillo de ver. Más tarde o más temprano, hablaría, e, incluso si Draco tenía éxito convenciendo a la gente de que Davies estaba mintiendo, su nombre estaría asociado con el escándalo sodomita de Azkaban para siempre. El daño de su reputación sería irrevocable. Si no mentía sobre el tema, sería una víctima, considerado como un débil. Si mentía y de alguna forma la verdad salía a la luz, sería considerado como un cobarde. ¿Qué se suponía que iba a hacer ahora?
—El joven amo tiene una visita —dijo un elfo doméstico en su codo.
Draco saltó, y miró ferozmente a la criatura con irritación.
—¿Dejaste entrar a alguien a la mansión sin permiso?
—No, joven amo. Tibby le ha pedido al Sr. Harry Potter que espere fuera mientras el joven amo es informado de su visita no anunciada.
¿Potter? ¿Potter? ¿Qué estaba haciendo Potter ahí? Draco no lo había visto ni oído sobre él desde su encuentro en el Caldero Chorreante hacía más de tres semanas. Aún así, pensar en Potter siendo frustrado por un elfo y que le hicieran esperar por Draco... el pensamiento fue bastante satisfactorio. Jugó con la idea de simplemente ignorar el anuncio del elfo. Potter no sería capaz de entrar en la mansión y Draco podría observarlo rabiarse hasta echar espumarajos por la boca desde uno de los balcones que daban a la entrada principal.
Pero una traicioneramente débil parte de Draco insistió en que viera a Potter. Había estado soñando con ser follado hasta el sinsentido por Potter cada noche desde su encuentro en el bar y esos días, simplemente pensar en Potter hacía que la polla de Draco doliera con necesidad. Quería hacer a Potter propiedad suya, poseerlo, convertirlo en una balbuceante ruina como Davies. Ya estaba duro bajo su túnica.
—Lo veré fuera —dijo Draco al elfo. —Encárgate de que la señora no nos vea. Si crees que puede aventurarse a salir fuera o a alguno de los balcones, te Aparecerás a mi lado y me informarás instantáneamente.
—Como el joven amo desee —dijo el elfo con una reverencia, y desapareció.
Draco caminó hacia el patio exterior iluminado por el sol y encontró a Potter sentado en el borde de una pequeña fuente en el centro. Querubines de piedra se lanzaban chorros de agua uno al otro desde sus penes talla infantil, sus expresiones faciales estrambóticamente serenas. Draco siempre se había preguntado qué se suponía que era tan artístico en un grupo de rubios niños rizosos meándose unos a los otros. No es como si alguna vez se lo hubiera admitido a su madre, quién insistía en que la fuente era una impresionante obra de arte.
—¿A qué debo este tan temprano e inesperado disgusto? —preguntó, parándose a unos metros de Potter. Potter alzó la vista.
—¿No vas a invitarme a desayunar?
—No. Ahora, ¿qué es lo que quieres?
Potter estaba moviendo su dedo índice a lo largo del borde de la pila de la fuente, dejando una marca temporal en el agua que fluía allí. Draco había oído una vez acerca de una forma de arte que implicaba elaborados diseños hechos con arena que tomaban horas... a veces días... crearlos y sólo minutos hacerlos volar destrozados por una ráfaga de viento.
—¿Strike uno contra la afamada hospitalidad Malfoy, entonces? —dijo Potter finalmente.
—La hospitalidad de mi familia sólo se aplica a invitados que son bienvenidos.
Potter sonrió abiertamente, sus dientes más blancos de lo que Draco recordaba.
—Bien, bien. No querría poner un pie en tu vieja mansión mal ventilada, de cualquier forma. Sólo tengo una pregunta. —Su cara se volvió repentinamente seria y Draco lucho por mantener la suya sin expresión, sus ojos sin emoción. Fracasó, así que en lugar de eso sonrió despectivamente.
—Potter, ¿por qué necesitas una puesta en escena dramática para todo lo que haces? Sólo haz la maldita pregunta y lárgate. Y usa una lechuza la próxima vez.
—Eres tú, ¿no? El tipo del que Davies no hablará.
Draco parpadeó rápidamente.
—¿De qué estás hablando? —Ese truco había sido uno de los primeros que su padre le había enseñado: cuando dudes, finge ignorancia y niégalo todo.
—No soy estúpido, Malfoy. Me dijiste que habías estado en el bloque de celdas H8. Te sulfuraste cuando mencioné que te daban por el culo en Azkaban. Lo recuerdas todo, ¿verdad?.
—Potter, esa es la cosa más ridícula que he escuchado nunca. ¿Exactamente qué te ha poseído para que aparezcas aquí esta mañana y me acuses de...
—No te estoy acusando de nada. Sólo te estoy preguntando. Porque simplemente quiero que sepas una cosa. Si hubiera sabido lo que hacían en Azkaban ahora, no habría...
—Gilipolleces, Potter, con mucho gusto me habrías visto pasar todo ese tiempo incluso entre dementores. Considerando todas las cosas, prefería Azkaban al estilo Roger Davies.
Draco sintió su cara caliente, pero era demasiado tarde para retirarlo. Acababa de admitirlo todo ante Potter. Acababa de admitir su puta mayor humillación a su peor enemigo. ¿Por qué no podía ser más como su padre? Su padre habría volteado la situación a su favor de algún modo, habría dado un giro diferente a las cosas...
Y entonces Draco tuvo un flash de inspiración, y el triunfo reemplazó el horror y la vergüenza en su pecho. Fue como tomar un trago de Felix Felicis... vio lo que necesitaba hacer muy claramente.
Potter parecía golpeado por la confusión.
—¿Lo preferías? Te violó...
—Sólo es violación si te sientes violado. Él quería follarme. Yo quería que me follara. ¿No lo pillas?
Dios, era tan simple. No había nada intrínsecamente vergonzoso en la sodomía. No era un tema de conversación para la cena, pero muchos magos, especialmente aquellos de familias sangrepura, se daban el gusto bastante a menudo. No era comparable con convertirse en una puta. ¿Por qué Draco no lo había pensado de esa manera antes?
Potter estaba haciendo una imitación exacta de un pez fuera del agua.
―Entonces eres... Quiero decir, bueno, ¿eso?
Draco levantó una ceja hacia él.
—¿Eso qué?
―Uh —Potter se mordió el labio inferior, luciendo extremadamente incómodo. ―Gay.
―¿Qué coño importa? ¿O simplemente sientes la necesidad de clasificarme, como haces con todas las demás cosas en tu miserable vida?
Los ojos de Potter se ensancharon y sus labios se torcieron.
―¿Tengo que escuchar eso viniendo de ti, de entre toda la gente? Tú inventaste la clasificación de las personas, tú y tus amigos Mortífagos...
―Ya veo cómo es. Aún soy un Mortífago, ¿no? Realmente eres un desagradecido, pequeño cabrón arrogante. —Dios, decir la verdad se sentía bien. Draco decidió intentarlo más a menudo.
―¿Por qué se supone que tengo que estar agradecido? —Potter estaba casi gritando ahora, y su cara estaba roja. Draco le había dado, ¿no?. Le había dejado con la guardia baja con su 'confesión' sobre Davies, y eso hizo que Potter perdiera su cuidadosa apariencia de superioridad moral.
―Oh, no lo sabes —dijo Draco, burlándose. ―¿Por qué no empezamos por la vida de los sangresucia? ¿O eso no es algo que valga nada para ti en estos días, ahora que tienes a un bastardo en camino?
El color abandonó la cara de Potter.
—Te lo juro, Malfoy, otra palabra tuya y yo...
―¿Tú, qué, Potter? ¿Tú, QUÉ? No puedes enviarme de vuelta a Azkaban por decir cosas que no te gustan. Demasiado mal. Tan triste.
―¡Jódete! —vociferó Potter. ―¡Nunca cambiarás, joder! Todo lo que yo quería era...
―¿Qué? ¿QUÉ? ¿Querías hacerme saber cuánto lamentas que me diera por el culo un guardia infestado de pulgas? ¡Por supuesto que lo lamentas, Potter, porque no podrías soportarlo si yo disfrutara algo! Debería agradecértelo, realmente. Mi tiempo en Azkaban fue mejor que un crucero de lujo, ya que estás tan jodidamente PREOCUPADO.
Los puños de Potter estaban cerraros a sus costados, y sus ojos destellaban con el tipo de peligro que Draco normalmente nunca habría ignorado. Ahora, sin embargo, Draco se sentía demasiado bien como para preocuparse de las represalias de Potter. Algo de la rabia que había burbujeado dentro suyo alguna vez desde su juicio había sido liberada, y el alivio de Draco fue monumental; lo invadió una cálida ola de placer difuso. Nunca había sabido que el odio pudiera ser tan cálido, tan despejante cuando lo desatabas.
Potter se Desapareció, y Draco hizo una pequeña danza de la victoria justo allí, en el patio, cerca de los querubines meando. No le importaba cómo de ridículo lucía — estaba en casa, estaba a salvo, y se sentía más libre de lo que lo había hecho en años. Y sabía exactamente cómo vengarse de Potter ahora. No se había la mirada de aguda curiosidad en los ojos de Potter después de que Draco revelara la "verdad" sobre lo que había pasado en Azkaban.
Draco nunca había pensado en serio que sus amorfas pesadillas en la celda de la niebla pudieran convertirse en realidad, pero había una ventana de oportunidad ahí. Pondría a Potter en el lugar de Davies, y esta vez Draco sería el que sostenía todas las llaves.
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Lo mejor de la solución de Draco al problema de Davies fue que realmente no estaba mintiendo. Había deseado a Davies más veces de las que no lo había hecho. Habría sido difícil no desarrollar por lo menos un interés superficial por alguien que tenía ese talento para chupar pollas. Nadie podría nunca probar que Draco había sido la puta de Davies. Para Draco, eso era lo suficiente bueno. La ausencia de pruebas significaba inocencia.
Potter, sin embargo, se negaba a abandonar los sueños de Draco. A menudo, Draco caminaba alrededor de la fuente del patio —el agua en la pila ahora congelada, y los querubines ya no tan animados— y recordaba a Potter ahí de pie, su escándalo de pelo negro en profundo contraste con su pálida piel, los ojos verdes centelleando con indignación y sus dedos haciendo círculos en el agua. Los sueños de Draco siempre se desviaban hacia ese punto. A veces veía a Potter follándoselo justo encima de la pila, el ala de un querubín clavándose dolorosamente en la espalda de Draco. A veces, veía a Potter de rodillas, chupando la polla de Draco y gimiendo, sus dedos moviéndose dentro y fuera del agujero de Draco...
La diferencia entre esos sueños y los viejos, era que Draco ya no se sentía impotente en ellos. Y ya no estaba satisfecho con meros sueños. Tendría su venganza, y sabría mucho más dulce ahora que podía servirla buena y fría.
Era uno de los elegidos, uno de los verdaderamente poderosos. Se había dejado atrapar por miedo y dudas cuando había temido que su vergonzoso comportamiento en Azkaban fuera expuesto. Ahora entendía el significado de la lección que su padre había intentado enseñarle todos esos años atrás. Para un verdadero mago, el mundo era cualquier cosa que él quisiera que fuera. En el mundo de Draco, él no era una vergüenza... no podía serlo. Si él decía que había dejado que Davies se lo follara porque había querido, entonces así es como había sido. Él era el que decidía lo que era verdad y lo que no lo era. Él tenía el control de su pasado, presente y futuro.
Trató de no dedicar muchos pensamientos a que Davies decidiera hablar. El hombre estaba ahora encerrado en Azkaban, cumpliendo sesenta y siete condenas consecutivas de un año. Pasaría mucho tiempo antes de que Davies hablara con nadie que no fuera su propia sombra.
Draco se levantó de la silla de su padre y caminó hacia la chimenea del estudio.
Cogió un pellizco de polvos Flú del ornamentado cuenco de la repisa de la chimenea y lo lanzó a las llamas, pronunciando la dirección de la oficina de Dolores.
―¿Draco? Qué sorpresa tan agradable —dijo Dolores. Se quitó las gafas de lectura y se masajeó el puente de la nariz. ―¿Has tenido suerte con la beneficencia de Las Brujas de Macbeth?
―Más que suerte —dijo Draco, y se movió un poco, nervioso. Odiaba hablar vía Flú; todo resonaba desagradablemente. ―He hecho una tan considerable donación que pude asegurarme no uno, sino dos entradas. Una es suya, por supuesto.
―Siempre has sido un joven tan considerado—dijo, radiante. ―No podía creerlo cuando el Ministro me dijo que no habían impreso una entrada para mí. Luego recordé que Granger era una de las organizadoras este año. Imagino que la invitación de Rita Skeeter se perdió con el correo... Oh, ¡pero Draco! —Dolores pareció repentinamente confundida. ―¿Qué pasa con tu madre?
―Se lo pedí —dijo Draco. ―Pero se negó a ir. Ha estado mejor últimamente, pero no está lista para grandes reuniones, dice.
Las Brujas de Macbeth tenían su gala de beneficencia anual en Navidad... era, absolutamente, la fiesta a la que asistir en fin de año. Cada entrada costaba una pequeña fortuna, con descuentos otorgados sólo a selectos oficiales del Ministerio y algunas personalidades del Quidditch. La mayoría de la gente no podía si quiera soñar con ser invitada, a menos que, como Draco, tuvieran un montón de dinero extra. Todas las ganancias de la venta de entradas iban para familias necesitadas. A Draco le chocaba la ironía de que la crème de la crème de la sociedad mágica bailaba, bebía y socializaba en nombre de los necesitados mientras los necesitados pasaban sus Navidades en casa, la mayoría de ellos sin poder siquiera permitirse regalos para sus niños. Esas fiestas eran meramente una excusa para parecer importante ante los ojos del resto del Mundo Mágico, no gestos de caridad.
Draco ni siquiera se hubiera molestado en ir si no hubiera tenido grandes planes para la noche de la gala.
―Escuche, Dolores, —dijo. ―Cualquier cosa que haga en la gala, por favor, recuerde que sé lo que estoy haciendo. ¿Está bien?
Ella se carcajeó. ―Mientras no decidas quitarte la túnica de gala y bailar desnudo encima de una mesa.
―Oh, nada tan drástico como eso —le aseguró Draco. ―Ni si quiera cerca.
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Millones de hechizos de levitación sujetaban las Velas Interminables flotando cerca del techo de la sala de baile. Las velas formaban figuras —círculos, figuras en ocho, triángulos, estrellas— y luego lentamente se movían unas pasando a otras, formando nuevas figuras, disolviéndose de nuevo, volviendo a formarlas. Draco podía haber pasado la eternidad mirando las luces bailarinas. A su lado, Dolores estaba profundamente enfrascada en una conversación con el Ministro de Magia, quien parecía haber bebido ya un poco demasiado y continuaba tratando de lanzarse en las historias sobre su pasado como Auror. Draco sonrió con satisfacción para sí mismo. Realmente era tiempo de que el buen Ministro empezara a pensar en acogedoras mecedores, chimeneas, Tazas de Té Auto-Rellenables y sus numerosos nietos.
Draco olfateó su vaso de vino y lo bajó de nuevo. Poco sorprendentemente, no había tocado el vino o ninguna de las otras ampliamente disponibles bebidas. Había mentido a Dolores sobre la negación de su madre de ir a la fiesta. Ni siquiera se había molestado en preguntar, ya que cuando había ido en busca de Narcissa, había tropezado con ella que yacía desmayada en la sala de estar del piso de abajo, el brandy chorreando como sangre demasiado rápida de la botella que tenía en la mano. Draco alejó el pensamiento con irritación. Desanimarse por el lamentable estado de su madre no iba a cambiar nada. Aún era su madre, aún estaba destinado a obedecerla, y no se atrevía a decirle lo que hacer. Todo lo que podía hacer era estar allí para ella cuando lo necesitara, y ocuparse de sus propios asuntos.
Hablando de eso...
Sus ojos buscaron por el salón de baile y encontró su blanco. Potter estaba de pie con los hombros encorvados cerca de la estatua de Flavuis el Justo, inmerso en una conversación con un fantasma de aspecto enfadado. Mientras Draco continuaba observándolo, Potter se ponía progresivamente nervioso. Finalmente, se giró y escudriñó la muchedumbre. Cuando sus ojos se encontraron con los de Draco, Potter se sonrojó y alejó la vista, mirando a sus pies, sus hombros cayendo un poco hacia delante. Draco sonrió. Había estado haciendo eso toda la noche.
Al principio, Potter había tratado de mirarlo fijamente. La primera vez que lo hizo, Draco sonrió lentamente y sacó sólo la punta de la lengua entre los dientes. Potter había rodado los ojos y alejado la mirada. La segunda vez que pasó, Draco había estado en el medio del postre —un sorbete de frutas que lo mismo podía ser de bayas o de moras, no sabría decirlo. Draco había mantenido sus ojos firmemente en los de Potter mientras chupaba una cucharada tras otra lentamente, hundiendo las mejillas mientras movía la lengua sobre el frío dulce en su boca. Había visto los ojos de Potter revolotear nerviosamente de un lado a otro, había visto a Potter girarse, y luego mirarlo de vuelta, y luego volver a girarse, y mirar de nuevo, como si no fuera capaz de dejar de mirar a Draco.
Después de eso, Potter parecía haber renunciado a cualquier idea de volver a mirar a Draco, pero él no había cedido. Vio a Potter moverse ligeramente alrededor cuando le decía algo al fantasma. En diminutos, diminutos pasos, Potter consiguió cambiar posiciones con el fantasma así que ya no estaba dándole la espalda a Draco. Ahora estaba mirándole fijamente, justo a través del fantasma, que parecía ajeno a esto. Draco sonrió abiertamente y empezó a rodear el borde de su vaso de vino con la punta de su dedo. Mantuvo sus ojos en los de Potter, por supuesto, pero éste ya no estaba desafiante, ya no estaba tratando de vencerlo. Había algún tipo de abierta desesperación en los ojos de Potter, una curiosidad desamparada.
¿Qué quieres de mí? suplicaban los ojos de Potter.
Draco dejó de atender el borde de su vaso y presionó su dedo sobre los labios, movió rápidamente la lengua sobre la punta, guiñó, y luego arrastró el dedo más profundo en su boca. ¿Estás seguro de que quieres saberlo?
Los ojos de Potter se ensancharon y enterró las manos en los bolsillos, girándose lejos de Draco con un aire determinado.
Draco esperó.
Potter miró de nuevo.
Draco se levantó de su asiento.
―Sólo serán unos pocos minutos —dijo a Dolores, que ni siquiera había notado la concienzuda follada visual que Potter había estado recibiendo toda la noche. ―Ministro.
Scrimgeour agitó una mano hacia él. Draco caminó en dirección al baño de caballeros. Justo antes de que empujara la puerta para abrirla, giró y lanzó una prolongada mirada por encima de su hombro a Potter, que parecía enraizado en su sitio. El fantasma ya no estaba allí; Potter estaba de pie en el medio del cruce de el Dorothy y el Gran Salón de Baile Stiller y mirando imperturbablemente a Draco. Draco sonrió y caminó a través de la puerta. Un mago rechoncho con unas cejas que dejarían a Dolohov en vergüenza estaba secándose las manos. Draco fingió dirigirse hacia uno de los baños hasta que el mago se fue, luego se apoyó contra el lavabo de pesado mármol y esperó.
La puerta se abrió bruscamente antes de un minuto, y Potter entró a zancadas, luciendo homicida. Miró alrededor, cerciorándose de que estaban solos y empezó a avanzar hacia Draco.
―¿Qué coño crees que estás haciendo? ―Draco alzó una ceja.
―Disfrutando de un breve respiro lejos de los festejos. Es todo bastante agotador, ¿no crees?
Potter estuvo a su lado en un instante, encerrando en los puños la elegante túnica de gala de Draco y tirando lo suficientemente fuerte para rasgarla.
―No te hagas el listo conmigo. He tenido suficiente de tu... tu...
―¿Mi, qué? —susurró Draco. Potter olía a sudor y agua de lluvia, y no había rastro de alcohol en su aliento. Draco estaba duro, y quería que Potter lo supiera, pero no podía —no debía— ser el primero en hacer un movimiento.
Potter exhaló severamente y soltó la túnica de Draco. Sus manos podían haber estado temblando, pero Draco no podía estar seguro.
―Sólo dime lo que estás tratando de hacer. ―Draco rodó los ojos.
―¿Quieres decir que no lo sabes? De verdad, Potter, sabía que tenías problemas de adaptación social, pero no me había dado cuenta de la extensión...
―Oh, cállate la puta boca —murmuró Potter. Pasó sus dedos a través del pelo, y Draco estuvo sorprendido de ver que lo atravesaban fácilmente, incluso si la cabeza de Potter siempre había parecido el nido de un cuervo. ―Incluso Ron se ha dado cuenta.
Draco se rió. ―Estoy sorprendido de que no se lo hayan llevado en una camilla aún, en ese caso.
―Simplemente piensa que estás loco —dijo Potter, mirando enfurecido hacia un azulejo en la pared más lejana. ―Yo tiendo a estar de acuerdo. Quiero que lo dejes, ¿está bien?
―¿Quieres que deje qué, precisamente? No soy yo el que está maltratándote en un baño. Sólo estaba mirando.
―Bueno, no mires —Potter sonó hosco. Draco se dio cuenta de que lucía tan cansado como lo había estado en el Caldero Chorreante casi dos meses atrás.
―En serio, Potter, la megalomanía no te pega. Te das cuenta de que no puedes decirme lo que hacer, ¿no?
Potter enterró ambas manos en su pelo y tomó aire profundamente.
―Mira, lo siento, ¿vale? Lo que quiera que sea, por lo que quiera que aún estés enfadado conmigo. Lo siento, todo. Tú tenías razón, yo estaba equivocado, fui un gilipollas, no debería haber hecho nada de eso. Sólo, por favor, deja...
Draco cruzó los brazos sobre su pecho y miró la entrepierna de Potter. Era divertido que Potter supiera exactamente lo que Draco estaba tratando de hacer. Era divertido que Potter no intentara vengarse de Draco. Era incluso más divertido que Potter pareciera pensar que Draco encontraría la mera humillación pública un castigo suficiente para lo que Potter había hecho.
―¿Deja el qué? —preguntó, fingiendo ignorancia.
—Me cago en la puta, Malfoy. Ginny acaba de irse, ¿vale?. Acaba de irse, joder, porque tú has hecho un enorme espectáculo y estás avergonzándonos a ambos...
―Au contraire —dijo Draco, agitando la cabeza. ―Yo estaba cenando con el Ministro en persona, y él no se ha dado cuenta de nada. —Se acercó a Potter un paso minúsculo. ―Te contaré un secreto —susurró, inclinándose incluso más cerca. ―El truco está en no decirles a qué estás mirando —Podía ver una débil película de sudor en la piel sonrojada de Potter. Draco exhaló lentamente, y observó los pelos de la nuca de Potter levantarse.
―Para —dijo Potter vacilante.
Draco se enderezó.
―Mis disculpas. Sólo es que no quería que nadie supiera mi secreto.
Potter se rió débilmente. ―Eres un puto grano en el culo, Malfoy, ¿lo sabías?
―Eso sueles decirme. —Draco volvió a apoyarse en el lavamanos. ―Entonces, ¿cómo le va a Potter junior? ¿Aún vivito y coleando? ¿O no coleando, ya?
―No lo sé —dijo Potter. ―Y deseo que no tuviera que pensar en ello. —De repente lucía como un animal arrinconado, pero sonó agradecido del cambio de tema. ―Simplemente no sé qué hacer con un bebé. Estoy seguro de que lo amaré una vez que haya nacido, pero ahora mismo no lo quiero, joder.
―¿Qué quieres? —preguntó Draco, moviéndose lentamente más cerca, hasta que sus hombros estaban casi tocándose. Mantener a Potter fuera de balance era casi demasiado fácil, reflexionó cuando Potter alzó la mirada, los ojos ensanchándose con sorpresa.
―No empieces otra vez con eso.
―¿Empezar con qué? —Draco alargó una mano hacia una pelusa imaginaria en el hombro de Potter y quitó rápidamente, luego sopló ligeramente sobre el lugar. ―Simplemente estaba preguntando qué es lo que querías. Siempre queremos cosas que simplemente no podemos tener. ¿Tengo razón?
Potter no replicó. Draco se acercó otro paso, hasta que sus torsos estaban a un pelo de distancia.
―Como esta noche, por ejemplo. Todo lo que yo quiero es...
No terminó de decirle a Potter lo que quería. Potter agarró los brazos de Draco y los llevó hacia atrás, al mismo tiempo que empujaba su lengua dentro de la boca de Draco. Draco no había esperado eso. Ni siquiera había pensado en besar a Potter antes, pero ahora no era momento de pensar, porque la boca de Potter sobre la suya se sentía jodidamente bien. Draco movió sus caderas, y su erección encontró el muslo de Potter. Potter empujó su pierna hacia delante con un ligero quejido, y deslizó una mano hacia abajo para cubrir una de las nalgas de Draco.
Luego Draco sintió la reveladora presión de la Aparición y, por primera vez desde que la noche había empezado, se sintió ligeramente asustado. ¿A dónde los había llevado Potter?
Cruzó, tropezando, el áspero suelo de madera y cayó cuando sus rodillas golpearon algo sólido —la parte frontal de una cama. Potter cayó encima suyo y durante unos minutos Draco olvidó preocuparse. Se retorció debajo de Potter, deseando que ambos pudieran estar desnudos.
―Joder —se oyó decir a sí mismo. No podía creer que estuviera tan cerca de conseguir lo que había querido esta noche. Había imaginado que conseguir que Potter considerara siquiera el sexo con él habría llevado meses. Y aún así, ahí estaba, ofreciéndose como si esta fuera la última vez que follaría. Si sólo supiera lo que Draco realmente quería.
Potter se quitó de encima repentinamente y Draco se incorporó un poco. Sus ojos se habían ajustado a la oscuridad y vio un gran vestidor de madera con largos cajones rodeando una ventana con ondeantes cortinas.
―¿Qué es este sitio? —preguntó Draco, quitándose la túnica. Probablemente estaba arruinada, de cualquier forma, pero quizá prevendría ningún daño duradero.
―Es la vieja casa de mis padres, —la voz de Potter vino desde el pie de la cama. Draco se deshizo de su túnica y se inclinó alrededor para mirar. Potter estaba sentado en el suelo, desnudo, la cabeza de su pene brillando húmeda en la oscuridad. La boca de Draco empezó a salivar y un extraño zumbido llenó su cabeza. Se mandó parar. Tenía planes para Potter. No iba a usar su arsenal entero de trucos en una noche.
―Debe ser una casa horriblemente grande si tu novia no nos escuchará aquí.
Potter resopló. ―Ginny no sabe que la he reconstruido.
Draco no tenía intención de dejar que Potter llevara sus pensamientos sobre su novia hacia una reacción culpable.
―¿Sabes? No me gusta mucho hablar —susurró, inclinándose hacia abajo. Atrapó el lóbulo de la oreja de Potter en su boca y movió su lengua contra él, temblando cuando la respiración de Potter se aceleró. Un momento y Potter estaba de vuelta en la cama, anclando a Draco contra las almohadas, su erección goteando sobre el estómago de Draco, y Draco perdió el control cuando la boca de Potter se cerró sobre la suya de nuevo, cuando la gruesa dureza de Potter se empujó dentro suyo, desgarrándolo en pedazos.
Draco gritó y saboreó la sangre en su boca; estaba asfixiándose, quería que parara... no, no quería... sí, quería. Potter lo llenó lenta, implacablemente, y luego Draco olvidó que se suponía que tenía que hacer un show, porque la polla de Potter estaba presionando sobre un punto que Draco no sabía que existía dentro suyo. Draco separó las piernas más, más, y Potter tembló, su agarre sobre los hombros de Draco vacilando.
Fue un polvo frenético, desesperado. No había pretensión de ternura o cuidado, sólo puro, crudo deseo de liberarse, sin límites. Fue como si ambos estuvieran tratando de arrebatarle el control al otro, y cada vez que Potter gritaba o gemía o incluso suspiraba, Draco sentía una oleada de orgullo que fue inmediatamente silenciada por un grito sofocado de placer cuando la mano de Potter se estrechó alrededor de su polla.
Draco no sabía cuánto tiempo había pasado, no quería saberlo. Sólo quería que nunca parara, porque era la cosa más real que jamás había experimentado. Draco no había querido correrse el primero, pero lo hizo, la mente quedándose en blanco y el cuerpo entumeciéndose, como si estuviera conmocionado de que pudiera recibir tanto placer de alguien que odiaba completamente. Potter gritó cuando se corrió, y mordió a Draco en un hombro, haciéndole sangre. En respuesta al dolor, Draco lo empujó lejos con toda su fuerza, y Potter cayó pesadamente en la cama, al lado suyo, un brazo colgando lánguidamente por un lado.
Yacieron en silencio por unos buenos veinte minutos. Draco estudió las ondeantes cortinas y pensó que esa noche no había ido exactamente de acuerdo con el plan. Potter tenía una manera de arruinar los planes de Draco, pero estaba bastante bien. Draco tenía tiempo de ajustar sus planes. Después de todo, Potter no tenía ni idea de que Draco tenía ningún plan, para empezar.
―Entonces... esto... uhm. ¿Quieres algo de beber? —preguntó Potter.
Draco sonrió con suficiencia en la oscuridad, y se inclinó sobre un lado de la cama para encontrar su túnica. Su hombro mordido escocía.
―No, gracias. Necesito irme a casa. Le prometí a mi madre que la llevaría a dar un paseo.
Detrás suyo, Potter se movió a un lado. ―Esto ha sido sólo una noche, ¿no?
Draco esperó un suspiro, luego rió.
―Eso está bien para ti. Yo no te pedí que me trajeras aquí, Potter.
―No estoy diciendo que lo hicieras, —murmuró Potter. —Sólo que hace las cosas complicadas...
―No —dijo Draco. Se puso la túnica mientras se levantaba, luego giró y miró a Potter. ―No hay nada complicado sobre esto.
Draco no estaba mintiendo: para él, era bastante sencillo. Davies le había enseñado sin querer cómo usar el sexo como un arma. Ahora, Draco estaba usando su mejor —y única— arma contra un odiado enemigo. Pocas cosas era tan simples. Sonrió con satisfacción a Potter antes de Desaparecerse.
Habrá un día en el que no podrás respirar sin mí.
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Las familias sangrepura fueron los perdedores en la Segunda Guerra, y no había tiempo en que esto se manifestara más agudamente que durante las vacaciones. Draco pasó las Navidades con su madre, que no estaba de humor para ningún encuentro social. La familia era un tenue concepto en los mejores de esos días, con tantos familiares en Azkaban. El regalo más significativo que su madre le dio resultó ser una pequeña caja del más fino Brandy de España.
―Sabes que no bebo, Madre —dijo Draco antes de darse cuenta de lo rudo que estaba siendo.
Su sonrisa se mantuvo en su sitio.
―Bueno, creo que deberías hacerlo. Siento como si ya no compartiéramos nada, así que pensé que podríamos compartir una copa alguna que otra vez. ¿No quieres abrir una botella?
Había semejante esperanza infantil en su voz. El corazón de Draco se sacudió violentamente y la amargura le escoció en los bordes de los ojos.
―No, gracias —dijo, —pero podrías abrirla tú.
―Es tu regalo —señaló, bastante razonablemente.
―Entonces es mío para hacer con él lo que quiera. Mis disculpas, pero tengo que respirar aire fresco; creo que podría ser alérgico a este incienso.
―Haré que los elfos dispongan de él —dijo Narcissa después de que Draco saliera de la habitación.
Draco corrió fuera de la mansión, a través del pequeño patio y hacia los campos más allá. Sus costados estaban punzando en minutos, cada respiración un millón de carámbanos a través de su sangre. Jadeando, temblando, Draco se apoyó contra un grueso árbol y miró ferozmente al mundo envuelto en la luz de la luna. Algunos años atrás, justo antes de que llegara el invierno, un chico y su padre habían estado justo ahí y hablando de muggles y magos y el destino. Draco habría dado cualquier cosa por volver atrás en el tiempo... con su padre vivo y su madre sana y entera. Ya no podía negarse que estaba seriamente enferma, pero no sabía cómo ayudarla a mejorarse.
Era un espectacular fracaso. Su madre estaba matándose lentamente, y todo en lo que pensaba él desde que salió de Azkaban había sido en vengarse de Potter. Un pensamiento envidioso arponeó su mente: justo ahora, Potter estaba probablemente bebiendo sidra caliente y compartiendo dulces de Navidad con su futura esposa y su familia. No se merecía eso. No mientras Draco pasaba la Navidad mirando a un deforme, cubierto de nieve almiar y deseando amargamente que volviera el pasado.
No importa lo que Potter merezca, se dijo Draco firmemente. Tienes cosas más importantes por las que preocuparte.
Pero no tenía ni idea de cómo ayudar a su madre sin faltarle al respeto. Mientras Draco miraba al campo nevado y el bosque ensombrecido más allá, se dio cuenta de algo sobre sí mismo, algo que no había sabido antes.
Era mucho mejor destruyendo cosas que arreglándolas.
Draco rompió en carcajadas, alzando su cara hacia la luna como una criatura de la noche.
kikimaru, rei00 y andrea: aquí está la continuación! Me alegra que os gustara. Gracias!!
Comment, pliis!! -
