Harry Potter me pertenece y escribo esto con fines de lucro, para conquistar el mundo con yaoi.
Gracias a Arisu y Dian Dominique por betearme este fic.
Unión
por Janendra
Capítulo II: Causalidad.
El Departamento de Verificación y Autentificación de Profecías, por sus siglas DEVAP, declaró real una profecía que vincula a un gobernante mágico y a un adolescente inglés. Los datos que la relacionan a nuestra época son: dos generaciones de niños magos nacidos entre muggles dados en adopción a familias sangre pura y el cambio en el plan educativo de Hogwarts.
Mientras el DEVAP no tuvo problemas en determinar la identidad del gobernante, que se mantiene en secreto, no tuvieron la misma suerte con el adolescente. Se sabe que tiene dieciséis años y que en sus venas corre sangre de criatura mágica. Los hijos mezclas de criaturas mágicas y magos, suelen ser de una belleza extraordinaria, poderosos, y con la capacidad de tener hijos aunque sean varones. Si su hijo, o algún conocido suyo, cumple con estas características, lo conmínanos a comunicarse con el Ministerio de magia. El Ministerio investigará a los candidatos a fin de encontrar al adolescente de la profecía.
En los próximos días se espera la visita del gobernante a nuestro país. La primera profecía que vinculó compañeros de vida data del año tres antes de la época común. Por un acuerdo entre las naciones mágicas, las profecías que vinculan compañeros de vida son contratos obligatorios de matrimonio.
oOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoO
Severus se sentó en los cómodos sillones de la sala de espera. Primera clase, lo mejor entre muggles. A su lado, sin ceremonia alguna, Sirius se dejó caer de cualquier forma. Era un hombre alto y bien parecido, que tenía treinta y seis años, la misma edad de Draco. El cabello negro y largo, al nivel de los hombros, estaba suelto atrás y sujeto en trenzas al frente. Usaba barba de candado, como los hombres de su raza. Sirius era persa, descendiente de Kūruš y Dārayawuš, los grandes. Como los varones de su tierra se crio los primeros años al lado de su madre, por si moría no causara dolor a su padre. Desde los cinco años aprendió tres cosas de su padre: montar a caballo, usar su magia y decir la verdad. En su larga vida no dijo ni una sola mentira. La apostura de Sirius era la de un gran rey. El orgullo que brillaba en sus ojos era comparable al fuego de los altares sagrados donde se adoraba a los dioses.
Cuando fue joven pensó en desafiar a Draco y convertirse en el Rey de reyes, su estirpe se mantenía fiel desde los tiempos de Alejandro III. Él en cambio quería restituir a su dinastía la gloría de los tiempos pasados. El padre de Draco, que mantenía a los de su sangre bien vigilados, lo hizo presentarse en el palacio de Pella y lo integró al grupo de los acompañantes que seguirían a su hijo en sus primeras batallas. Cuando murió el rey, Draco y Sirius tenían diecisiete años. Sirius tomó su papel en la rebelión. Fue Gran rey de su pueblo durante una década. Draco lo derrotó y él le juró fidelidad. Desde entonces era parte de la guardia de alto rango del ejército del rey.
—¿Crees que el rey seduce a esa mujer? —inquirió.
Severus miró a Draco. Conversaba con una bonita chica en una tienda de dulces.
—Dijo que compraría chocolates para su futuro prometido.
—¿La profecía dice que come chocolates? —preguntó Sirius.
Se miraron con gesto serio y rompieron a reír.
—Está vuelto loco con la dichosa profecía.
Severus se recargó con aire indiferente en el mullido respaldo.
—Supongo que ahora tiene sentido el que no llevara sus relaciones a otro nivel.
Sirius asintió. Draco era el tipo de hombre que si no encontraba el amor, se casaría para cumplir su deber con su reino. Draco no tenía hermanos ni hermanas. Procrear un heredero era su responsabilidad.
—Le llevará veinte años —dijo Sirius—. Yo no podría casarme con un adolescente. Se necesita mucha paciencia.
Severus negó. Sirius como los hombres de su pueblo estaba casado, tenía hijos y un harén con mujeres y muchachos.
—Seguro disfrutas de algún jovencito de vez en cuando Sirius.
—Por supuesto Severus, la palabra clave es de vez en cuando.
Volvieron a reír. Aunque eran de culturas diferentes, el sentido del humor era universal.
—¿Draco? ¿De dragón? —preguntó la vendedora al leer el nombre en el cheque.
El hombre frente a ella le quitaría el aliento a cualquiera. Era alto, bien parecido, de voz profunda y grave. Bajo la ropa se adivinaba un cuerpo formado por el ejercicio. El cabello corto y rubio era del color del oro. Los ojos azules tenían un matiz de acero. Draco solía decir que tenía el destino de un rey guerrero marcado en los ojos. Su rostro era masculino y atractivo. Un hombre en la flor de su vida. La barba era una fina línea desde las patillas y alrededor de la barbilla, se unía con la línea que corría sobre el labio superior y bajaba a los costados de la boca hasta tocar la línea de la barbilla. Draco imponía con su sola presencia la admiración y el respeto. No había en él altivez, ni irreflexivo orgullo. Draco era una persona abierta, un padre y un hermano para cada soldado y súbdito. Era un rey acostumbrado a que su pueblo lo llamara por su nombre y le hablara de frente. El amor y la entrega de su pueblo era la luz que coronaba su sonrisa. Ellos eran de él, como él era de ellos.
Draco se preparó desde niño para la guerra que le esperaba al tomar la corona. Cada nación y pueblo gobernado por su padre, se revelaría al morir el rey. Si Draco no podía derrotarlos, no merecía gobernarlos. Era una guerra que se repetía desde hacía miles de años y que no dejaría muertos, salvo los traidores al nuevo rey. A Draco le llevó diez años someter el imperio. Sirius fue uno de sus peores problemas. Cuando al fin lo derrotó supo que le sería fiel cada día de su vida. Le llevó otros tres años conquistar las naciones que sus antepasados perdieron a lo largo de las generaciones. Por primera vez desde los tiempos posteriores a Alejandro, el Imperio estaba completo y era, quizás, más grande.
Draco sonrió, la candidez de la mujer era encantadora.
—En realidad no significa dragón si no serpiente, que eran los perfectos guardianes o vigilantes de los secretos y los tesoros porque al no tener parpados se creía que no dormían. También es una acepción militar, hacía referencia a un soldado de caballería pesada, los vigilantes de las fronteras. Estaban entrenados para atacar desde el caballo o la lucha cuerpo a cuerpo si era necesario. Usaban corazas y armaduras muy pesadas, sus monturas estaban protegidas y engalanadas. Fueron el precedente de los caballeros medievales. Alejandro Magno los uso con bastante éxito. Esos eran los dragones, las serpientes que vigilaban las fronteras de un reino.
La mujer asintió hechizada. Guapo e inteligente.
—Hay una leyenda —dijo ella—, sobre una ciudad.
—Construida sobre la tumba de los dragones, —dijo Draco y sonrió—. Mi madre me puso Draco por esa leyenda y es como un círculo sin fin. Los dragones vigilarían y protegerían la ciudad; está en su nombre.
Draco volvió con una elegante caja de chocolates envuelta para regalo.
—Espero que al chico le gusten los dulces muggles —dijo Severus al ver la bolsa.
—El chocolate muggles es muy bueno, —dijo Draco divertido—. Será un excelente regalo para cuando lo encuentre.
oOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoO
Harry y Ron tomaron asiento en la mesa de Gryffindor. Era el lunes de la última semana de clases. Ron se sirvió todo lo que estaba a su alcance. A su lado Harry se sirvió té, una tostada con mermelada, un poco de manzana picada y otro tanto de verduras. Para después se guardó una manzana en la túnica.
—Creó que Dumbledore hará un anuncio —dijo Seamus con una alegría indisimulable.
Les pasó el diario que acababa de llegar.
—Primera hoja.
Ron miró el diario de soslayo y se lo dio a Harry. En la portada había una fotografía de un hombre rubio en una de las salas del Ministerio. Lo rodeaban los reporteros. Movía la boca, Harry no estaba seguro de lo que decía, luego sonreía. Miró la fotografía con atención, el hombre era atractivo. Un dedo le señaló donde debía leer.
—Las reuniones se llevarán a cabo en Hogwarts, —leyó—, a partir de esta semana.
La sonrisa se extendió en los rostros de Ron y Harry. Miraron a Dumbledore que charlaba con la profesora McGonagall.
—Eso no implica que tendremos vacaciones desde esta semana, —dijo Harry.
Volvió los ojos al periódico. La fotografía del hombre llamaba su atención. Antes de que pudiera leer la nota, le quitaron el diario que circuló por la mesa de Gryffindor. Harry empezó a desayunar.
—Lo hará —dijo Seamus.
—¡Ya se puso en pie! —añadió Dean.
Los alumnos en la mesa de Gryffindor contuvieron el aliento. Detrás de Dumbledore apareció una campanilla que impuso silencio con su repiqueteo. El director la miró extrañado, se volvió a los alumnos con una sonrisa.
—Que campanilla tan oportuna. Mis queridos alumnos y alumnas, les tengo una mala noticia. Las vacaciones de navidad se adelantarán una semana y se extenderán otra. Así que tendrán tres semanas de vacaciones comenzando desde, —Albus miró su reloj—, este momento.
Las expresiones de júbilo llenaron el gran comedor.
—Tienen una hora para empacar. No se demoren o los dejará el tren.
Los alumnos abandonaron el comedor en desbandada. Solitario en la mesa de Gryffindor quedó Harry. Miró a los chicos que salían, él se quedaba en el castillo para navidad. Tres semanas eran mucho tiempo. Se puso en pie, quería despedirse de sus amigos.
—Harry —llamó Dumbledore—, trae tu plato. Estás muy delgado para que te saltes el desayuno.
Con un bufido de fastidio Harry hizo lo que le mandaban. Madame Pomfrey le hacía cada año muchos estudios y lo atiborraba con pociones durante el año escolar por su bajo peso. Estaba seguro que aquel fue el peor año desde que entró a Hogwarts, tenía la idea de que algo grave pasó con él, recordaba no tener hambre y vomitar lo poco que comía. Eran imaginaciones suyas; si algo grave le pasó, lo recordaría. Se sentó entre Dumbledore y la enfermera. Ella le tendió el vial con una poción azul, Harry la bebió de golpe. Su cara de desagrado hizo sonreír al director.
—¡Ouuuu! —se quejó—, sabe peor que de costumbre.
Harry mantuvo los ojos cerrados, se concentró en mantener los dos bocados de manzana dentro de su estómago.
Dumbledore le dio unas palmaditas en la espalda y le revolvió el cabello con gesto cariñoso. Harry no comía mucho y tardaron en darse cuenta que era un serio problema. Pomfrey lo trataba desde su tercer año para que ganara peso. Enseñarlo a comer de una forma equilibrada tampoco fue tarea sencilla. Tras la muerte de sus padres Harry tuvo reiterados problemas con la alimentación.
—Harry te quedarás aquí durante las vacaciones. Para ti, mi muchacho, es mejor permanecer en la escuela.
Harry tomó la cuchara y la hundió en los trozos de manzana. Madame Pomfrey le sirvió fruta y verduras, le puso nueces y almendras picadas.
—Esa es una porción adecuada para ti, —sonrió la mujer.
Harry sacó el aire por los labios, necesitaría horas para terminar tanta comida.
—¿Puedo ir a despedirme de mis amigos y regresar?
—No —respondieron Pomfrey y Dumbledore al mismo tiempo.
Harry paseó la fruta de un lado del plato al otro.
—¿Por qué tenemos vacaciones adelantadas? —preguntó.
—Hay un asunto con una profecía, —explicó Dumbledore—, nos pidieron que recibamos a los implicados y que los ayudemos a resolver sus asuntos. Hoy llegarán tres caballeros que serán nuestros invitados y mañana algunos muchachos con los que podrás divertirte.
oOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoO
Draco contempló la esfera luminosa que brillaba en sus manos. Adentro había un pergamino antiguo bien conservado. Max y William eran los encargados de revelarle la profecía. Tras la entrada del rey y sus generales, hicieron hechizos para mantener en secreto lo que se hablara. Sirius y Severus unieron sus propios encantamientos. Max y William admiraron la capacidad de hacer magia sin necesidad de una varita. Draco le pasó la esfera a Severus que se la dio a Sirius.
Max y William sabían ante quiénes se encontraban. Severus era el último descendiente de los Ptolomeos, regentes de Egipto, Sirius era regente del Imperio Persa, descendiente de Ciro y Dario, los grandes. Eran la nobleza macedonia y persa gobernados por Draco, el último Rey de la Dinastía Argéada, el Rey de reyes del Imperio de Macedonia.
—La profecía fue hecha por una mujer llamada Alda, hace mil quinientos años, —dijo Max.
—No se le conocen otras profecías, —continuó William—. Según la leyenda una noche de Samhain, Alda cruzó hacía el reino de la gente buena y tuvo una visión. La profecía se conservó con diferentes magos guardianes, en colecciones privadas muggles, desapareció por largos periodos de tiempo y hace unos trescientos años terminó aquí.
—Hacemos un hechizo que relaciona las profecías con los sucesos actuales. Así fue como salió a la luz.
Draco los miró serio. La profecía pudo perderse en cualquier momento y su vida seguiría el curso normal. Pensaba casarse ese año, con una princesa macedonia o quizá una prima de Sirius. Procrearía un heredero y lo criaría con el honor de su sangre y sus ancestros.
Lo conmovía saber que en ese pedacito de tierra que era Inglaterra había un joven destinado a él. Se creía que las parejas vinculadas a través de profecías se encontraban en cada vida, era su destino estar unidos en cada encarnación. Cuando las distancias o las situaciones eran insalvables, una profecía los ayudaría a reunirse. Era esa la razón por la que las profecías que vinculaban compañeros de vida eran contratos obligatorios de matrimonio. Podía ser que separados por creencias o nacionalidades no quisieran el casamiento, obligados a unirse, aun cuando uno de ellos ya estuviera casado, el tiempo y la convivencia les dirían que hicieron lo indicado.
Draco pensó en que aquel muchacho de dieciséis años fuera su pareja de cada vida. ¿Qué sentiría al verlo?
—Esta es la traducción, —Max le tendió el pergamino—. Dado que lo encontramos a usted y no al muchacho, si quiere otra traducción, la profecía es suya y puede disponer de ella. Conservaremos una copia en el archivo por si el joven quiere consultarla.
Draco asintió. Tomó un momento para dedicar una plegaria a los dioses.
—Divino Alejandro, soy Draco, sangre de tu sangre, guíame en esta batalla —dijo en macedonio.
Severus asintió con gesto serio. Sirius le pidió al divino sol y a la divinidad de los ríos que encontraran pronto al muchacho.
—Mi nombre —sonrió Draco al comenzar a leer—. A mi madre le gustaba esa leyenda de los dragones que custodiaban la ciudad desde su tumba. Me lo contaba cuando era niño.
La comprensión se dibujó en los rostros de los empleados del ministerio. Suponían que algo tenían que ver los dragones con el nombre del rey. Draco terminó de leer la profecía, se tomó un largo tiempo para releerla. Se la pasó a Severus que la leyó con Sirius.
—Es demasiado fácil reconocerte a ti, Draco. Tu famoso antepasado no se puede negar ni entre muggles, —dijo Severus.
Los tres hombres compartieron una sonrisa. Cuando Alejandro conquistó los reinos mágicos, quiso conquistar también los muggles. Requerido en su reino mágico, fingió su muerte y creó una leyenda que aún se veneraba en la realidad muggle.
—Nacido en el solsticio de verano, —dijo Severus.
—Un carácter de agua y fuego —añadió Sirius—. Los extremos, melancólico y guerrero, ideal para un adolescente.
Severus asintió divertido.
—Es una criatura mágica, —Sirius miró a su rey.
—Es un tylwyth teg —dijo Draco.
—Significa gente buena —añadió Max—, y es el término con que los galeses designan al pueblo de las hadas. Los tylwyth teg viven en lo que se llama El otro mundo, tierras ocultas dentro de los territorios mágicos y muggles. Son parecidos a nosotros, si exceptuamos las alas y la orejas en punta. Pueden reconocerlos por su belleza, son de una hermosura asombrosa, hombres y mujeres por igual. Sus colores de cabellos son tonos vivos y cuando el sol les da reflejan un segundo color, negro azulado, castaños rubios. Sus ojos son de colores intensos, verdes, azules o castaños, cuando brillan con los rayos de sol parecen mágicos.
—Se dice que en la víspera de Samhain las hadas toman maridos humanos. Aún pasa con los magos, y debe sucederle a algún muggle, —William dudó y se repuso enseguida—. Los varones que se casan con hombres humanos son capaces de engendrar.
—Criatura de magia por un niño intercambiado —dijo Draco—. ¿Es posible que él no sepa lo que es?
—Sí, —respondió William—. Otra costumbre de los tylwyth teg es intercambiar a sus hijos por niños humanos. Por lo que dice la profecía yo diría que pasó en este caso. Él puede no saber que es una criatura mágica. Lo que si sabrá es que es poderoso, mucho más que otros magos de su edad. Podría tener la capacidad de hacer magia sin varita.
Sirius pensó que esa era una gran pista. Los ingleses y los países europeos usaban varitas y creían que no podían hacer magia sin ellas. El resto de las naciones mágicas hacían magia sin necesidad de recurrir a varitas, báculos u otros objetos de poder.
—Se comunicaría con los animales en su propio idioma. Se dice que la familia de Salazar Slytherin, uno de los fundadores de Hogwarts, nuestra escuela de hechicería, se unió en algún punto de su historia a una criatura mágica. Salazar hablaba parcel, el lenguaje de las serpientes. Tom Riddle, el ministro, es descendiente de Salazar y habla parcel.
Max le puso una mano en el hombro a William. Habló él.
—El muchacho de la profecía sería capaz de hablar con todo tipo de animales, y yo creo que sería vegetariano, porque le sería difícil comerse a los animales con los que habla. Los tylwyth teg son seres sensibles a los animales, a la naturaleza, se comunican con ellos de una forma que nosotros no podemos ni imaginar. Su comunicación con la naturaleza sería instintiva y salvo que él lo mantenga en secreto, alguien se daría cuenta.
—¿Por qué crees que lo mantendría en secreto? —preguntó Severus.
—En este momento —comenzó William—, tenemos dos tipos de niños en la sociedad. Los niños sangre pura nacidos entre magos y los niños magos nacidos entre muggles. Si el jovencito nació entre magos sangre pura yo diría que sabe lo que es. En algún punto sus padres se darían cuenta. Así que sería altivo, contento, desenfadado. Las familias se enorgullecen de tener sangre de criatura mágica en sus venas. Hay un protocolo increíble si tienes un hijo que es mitad criatura mágica y ellos se comportan de acuerdo a su rango, como mimados príncipes.
—Si es un muchacho nacido entre muggles la historia es otra —dijo Max. Él mismo lo era así que entendía esa vivencia—. Los muggles tienen muchos prejuicios y él crecería con ellos. Es difícil para un niño ser diferente y que lo consideren anormal o extraño. De pequeño su magia debió ser fuerte y no tendría control sobre ella. El muchacho llegaría al mundo mágico a los once años. Sus conocimientos sobre la sociedad mágica serían pocos y la cantidad de criaturas mágicas que conocería a lo largo de los años serían dos o tres, con suerte. Hace dos años se prohibió cualquier contacto entre magos y muggles, los magos nacidos entre muggles fueron dados en adopción a familias sangre puras, esto es muy fuerte para un niño de catorce años. Si la familia supo ganarse la confianza del chico, quizá ya sepan lo que es. Si él desconfía de ellos, no lo sabrán.
—Podrían tener un jovencito muy asustado por lo que vive. Se sentiría diferente, creería que aún entre los magos es raro. Si en algún momento en la escuela demostró su magia y causó una mala impresión, ocultaría lo que lo hace diferente. Trataría de ser "normal".
—Creo que él estaría atemorizado de sí mismo. Sería en extremo reservado y si en su vida hay complicaciones, —Max no terminó la frase.
Draco pensó en las posibilidades.
—¿Qué procede ahora?
—Debe decidir que parte de la profecía se dará a conocer. Nosotros tenemos un borrador de lo que consideramos adecuado. Damos alguna información y reservamos otra, así podemos eliminar candidatos. Habrá una conferencia de prensa esta tarde. Por el momento mantuvimos en secreto su identidad. Yo le propondría que usáramos su nombre para tratar de encontrarlo.
—El ministerio quiere descartar lo que tenemos seguro. Se reunió a los muchachos que cumplen la edad, nacidos entre uno y tres meses después del solsticio de verano, y que se sabe que tienen sangre de criatura mágica. Usaremos el vínculo de atracción que existe en este tipo de parejas. Las reuniones se realizarán en Hogwarts. Si se siente atraído o detesta a uno de ellos, quizá sea el chico de la profecía.
oOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoO
Afuera la nieve caía impasible. El interior del restaurante era cálido. Los parroquianos disfrutaban la hora de la comida sin ánimos de salir a la tormenta. Georgia deslizó el libro por la mesa de madera. Su mirada traviesa siguió fija en la televisión. Alexandre tomó un puñado de patatas y se las echó a la boca. Las conversaciones, el tintinear de los cubiertos y el noticiario formaban un murmullo continúo. Corey tomó el libro, en la tapa se leía Persuasión.
—Espero que no sea cursi como el anterior, —se quejó Corey.
—Es peor, —sonrió Alexandre—. Georgia me lo leyó.
Alexandre puso la palma de la mano frente a su boca.
—Dan ganas de suicidarse —murmuró.
—Te oí.
Alexandre puso cara de culpa por unos segundos, los que tardó en reírse. Corey se le unió y Georgia los siguió. Alexandre mordió su hamburguesa, Tony tomaba chocolate y comía galletas. Georgia picoteaba una rebaba de pastel de carne. Por las ventanas del restaurante se veían los autos, algunas motos y las silenciosas bicicletas. La tarde era fría.
—Noticia de último minuto. Las olas del tsunami provocado por un maremoto llegaron a costas estadounidenses.
Las palabras de la conductora atrajeron a Georgia. La enorme ola entraba en las costas y barría todo a su paso. La chica se cubrió la boca, el agua tenía una precisión para atrapar a las personas, las imágenes del noticiario parecían irreales.
—Se estima que han muerto miles de personas. El gobierno evacua a los ciudadanos de Oregón y Washington.
Unas mesas atrás, un hombre pelirrojo cerró la computadora. Acababa de enviar fotografías de ciertos niños que alegrarían a sus padres. Escuchó el ulular de una lechuza. Se dirigió al baño. Abrió la ventaba que daba a un callejón. El ave le entregó la edición urgente de un diario mágico poco conocido. En primera plana se veía el mar sereno, cientos de soldados vestidos de negro y verde aparecían en sus escobas, lanzaban el mismo hechizo como si fueran una sola persona y el agua se levantaba con un rugido bestial.
Voldemort sorprendió al mundo mágico al aliarse con tres países en su guerra contra los muggles: Suiza, Rusia y Francia. Con apoyo de sus aliados, atacó esta tarde las costas muggles de lo que se conoce como Estados Unidos, en la realidad mágica se le conoce como La Nación de las Tribus de los Hijos de la Tierra. El ataque se enfocó sobre los muggles. El gobierno muggle decidió evacuar a su gente. Un informante anónimo le dijo a este diario que es el inicio de las hostilidades contra los humanos no mágicos, para unificar las dos realidades. El presidente muggle declaró que los damnificados serían llevados a refugios. En la confusión que provocó el ataque, ciudadanos norteamericanos fueron substraídos de su país a través de portales mágicos. Se desconoce su ubicación actual. Es probable que los muggles fueran llevados a las naciones que apoyan a Voldemort.
La Nación de las Tribus de los Hijos de la Tierra evacúa a la mayor cantidad de niños muggles a sus tierras mágicas. Los países mágicos que comprenden América del norte y del sur son naciones guerreras de larga data. Ante los días oscuros por venir, formaron la Coalición de Pueblos Guerreros. A través de su consejo de guerra hicieron llegar este mensaje a las naciones mágicas: "El mal está en nuestras tierras. Es momento de recordar que muggles y magos somos hijos del Gran Espíritu. No podemos suprimir a unos sin perder el equilibrio que rige nuestro mundo. Es nuestro deber mantener a salvo a los hijos de los muggles, pues sin ellos tampoco nuestros hijos verán el mañana".
oOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoO
Draco, Sirius y Severus se aparecieron en la zona donde el director removió las protecciones. Iniciaron la caminata hacía el castillo. Veloz como una centella, una pelotita dorada voló en dirección a la cabeza de Draco. Sirius la hizo caer con un movimiento de su mano.
Detrás de la pelota volaba un chico en su escoba. Draco miró al adolescente que se quedó quieto a tres metros del suelo. Su cabello era un desorden. Por su estatura y complexión no debía pasar de los quince años. Unos lentes redondos le impedían saber el color de sus ojos. El chico descendió con un grácil movimiento varios metros lejos de los adultos y tomó la escoba por el mango.
—Accio snitch.
La pelotita dorada voló hasta su mano y allí se quedó. Harry frunció el ceño. Miró a los adultos.
—¿Qué le hiciste a mi snitch? —Su voz sonó enfadada.
—Nada que no pueda revertirse, —respondió Sirius.
Les dijeron que no habría alumnos en Hogwarts. Harry perdió sus pensamientos al ver al hombre rubio. Hasta que vio las espadas en sus fundas.
—¿Quiénes son? —rugió.
La postura defensiva del joven mago sorprendió a los hombres. Sin ninguna palabra de por medio, una poderosa capa de magia cubrió al adolescente. La sorpresa fue mayúscula al darse cuenta que el chico no tenía ningún arma. ¿Estaba dispuesto a enfrentarlos solo con magia? Inglaterra no era un país que educara a sus jóvenes en el milenario arte de la guerra. Draco detuvo a sus hombres. Le habló al adolescente con voz serena.
—Mi nombre es Draco, ellos son Sirius y Severus. Somos invitados de Dumbledore.
Los ojos de Harry recorrieron a los tres hombres. Mantenía su magia como un escudo, lista para la defensa si era necesario. Harry reconoció al hombre del diario que le mostraron esa mañana. Sus ojos se quedaron demasiado tiempo en el hombre. Draco reconoció que el adolescente era de una belleza extraordinaria y tenía ojos de un verde mágico.
—Lo siento, —se disculpó, avergonzado miró a otra parte. La magia se disipó en el aire.
Draco vio detrás del chico a un mago de cabello blanco que se acercaba presuroso y a un nutrido grupo de aurores. A su lado se encontraba el secretario del ministro. Las alertas del castillo se dispararon cuando Harry concentró su energía lista para el ataque.
—Harry —llamó Dumbledore—, ¿estás bien?
Aunque Hogwarts era inaccesible para Voldemort, Dumbledore podía contar con su terquedad para atacar a Harry. Era muy pronto para que Harry lo soportara, por lo mismo sabía que Voldemort lo tendría en la mira.
—Lo siento —volvió a disculparse Harry, bajó la mirada—. Pensé que eran mortífagos.
Draco miró al adolescente con curiosidad.
—Joven Potter —dijo el secretario—, es imposible que los mortífagos entren a Hogwarts.
El rostro y el cuerpo de Harry eran fáciles de leer. Apretó los puños y entrecerró los ojos. El enfado hacía el secretario era claro. Dumbledore le murmuró algo y el chico les dio la espalda.
—Su Majestad, lamentamos muchísimo este malentendido.
La voz del secretario era como el zumbido de una abeja. Draco miró al adolescente que se giró a medias para dedicarle una mirada de profundo desprecio al político y a él. Una sonrisa sorprendida acudió a sus labios. El mago mayor, que debía ser Dumbledore, sostenía al chico por el brazo y caminaba con él de vuelta al castillo.
—¿Ese es Harry Potter? —inquirió Draco.
En algún punto de su larga investigación se toparon con el nombre de Harry Potter, el salvador del Mundo mágico. Draco se sintió cautivado por la historia. Un bebé que derrotó al poderoso Voldemort. La historia era cuando menos curiosa. Le asombraba como la gente de ese país estaba dispuesta a creer menuda tontería. Como, con el pasar de los años, se conformaron con no saber dónde estaba Harry o si seguía vivo.
—El joven Potter se encuentra bajo mucha presión —dijo el secretario—. Espero que excuse su comportamiento.
Draco y sus hombres continuaron el camino hacía el castillo. Hablaron entre ellos en macedonio.
—No tenía ningún arma, ¿cómo nos enfrentaría? —preguntó Sirius. El asombro era parte de su tono.
—Qué forma de manejar su energía —dijo Draco—. ¿Qué le hiciste a su pelota?
Sirius encogió los hombros.
—Le quité la magia.
Severus bufó. Quitarle la magia a un objeto así equivalía a robarle su alma.
—Vaya un chico interesante, —comentó.
—Devuélvele la magia a su pelota, Sirius.
Draco tuvo una larga charla con Dumbledore en su despacho. Sirius y Severus se quedaron con el secretario del ministro que no dudó ni un segundo en responder a sus preguntas sobre Harry. El secretario les dio una versión nueva y distinta de Harry. Un chico mimado, consentido, que gustaba de la fama tanto como de respirar. Capaz de inventar cualquier tontería para salir en los periódicos, como el supuesto regreso de Voldemort. Sería el primer caso de resurrección que se conociera. Una vez muerto, muerto estabas. Sirius fue el primero en salir del despacho. El muchacho lo esperaba afuera. Sirius observó que mantenía el puño cerrado, la vista baja sobre su mano. Había en su mirada una desolación que encendió el humor de Sirius. En su vida escuchó tantas estupideces juntas y todas iban sobre ese jovencito.
Harry se puso en pie al verlo. Abrió la palma donde yacía la snitch. Endureció el tono de su voz, para que no se quebrara mientras hablaba.
—Lo que sea que le hiciste a mi snitch ¿puedes retirarlo?
Sirius miró al muchacho. Su tono era una demanda no una petición.
—¿Tus padres no te enseñaron a decir por favor?
Sirius supo que debió morderse la lengua antes de hablar. Sabía que los padres del chico murieron hacía unos meses. Sus segundos padres, los cuatro muertos por causa del mismo hombre. Los ojos verdes lo miraron furiosos. Harry sintió una honda de nostalgia que se unió a la que ya sentía. Apretó la snitch en su mano y se alejó por el pasillo.
Draco y Severus salieron del despacho juntos. Vieron la figura del muchacho caminar apresurada por el pasillo de piedra.
—¿Le devolviste la magia a su pelota? —preguntó Draco.
Sirius negó.
—Sirius arregla su pelota —dijo Draco molesto—, te acompañaré.
Severus frunció el ceño. ¿Por qué esa tontería molestaba a Draco? Harry Potter era extraño. Solitario, rodeado por un aura de tristeza y al par extraordinariamente hermoso.
Harry estaba sentado en una piedra frente al lago congelado. Aunque intentó cada hechizo que sabía, la snitch seguía en su mano. Dumbledore le dijo que hacer volar una snitch precisaba un tipo de magia concreta y especializada. Era sencillo que quien le robó su magia original se la devolviera. Así que Harry fue directo con el hombre. Se marchó para no gritarle al hombre arrogante, el dolor que sintió ante la mención de sus padres fue como un certero crucio. No sabía que hablar de sus padres le afectara tanto. Ni siquiera los recordaba, durante años, cuando vivía con sus tíos, no supo nada de ellos.
Harry apretó la snitch en su mano y la acercó a su pecho, era un regalo de Hermione, una snitch que volaba a su alrededor, venía dentro de una caja de chocolates y era un juguete para los niños de cinco años. Era el último presente que ella le dio por navidad, hacía tres años. Al verla volar sentía que ella aún lo quería. Juntos modificaron la magia de la snitch para que se lanzara como loca si Harry tenía ganas de perseguirla.
Hermione fue la primera persona que lo quiso de verdad, ella no era como Ron que le decía amigo, le daba golpes en el hombro o lo empujaba y él debía entender que Ron lo apreciaba y lo quería. Hermione lo tocaba. Lo abrazaba, lo tomaba de la mano, se colgaba de su brazo cuando caminaban por los pasillos. Se recostaban juntos en el pasto, la cabeza de ella apoyada en su estómago. A veces intentaba peinarlo, una labor que no resultaba. Lo hacía a apoyar la cabeza en su regazo cuando le leía cuentos de niños muggles que él no conoció cuando era pequeño. Hermione era para Harry la luz a la cual aferrarse cuando la oscuridad crecía a su alrededor. Perderla fue como arrancarse un pedazo del corazón, el que ella perdió al ser separada de sus padres. Harry sabía que merecía el odio de Hermione y lo aceptaba.
—Por favor, por favor —suplicó, sostenía la dorada snitch cerca de sus labios—. Vuela de nuevo.
La snitch seguía en su mano, Harry suspiró al verla inmóvil. La pérdida se sentía profunda y dolorosa. No quería verla así y aceptar que Hermione dejó de quererlo desde hacía dos años. La acercó a su pecho y le compartió algo del afecto que él sentía por Hermione. Escuchó un suave aleteo. Miró la snitch, las alas se movían.
Levantó la mirada al oír pisadas que se acercaban. Se puso en pie. El hombre arrogante y el hombre rubio. Harry miraba lejos de ellos. La mano derecha estaba doblada por el codo. El puño abierto a medias para la snitch que agitaba las alas. A su alrededor caían los copos de nieve. La luz de la luna destellaba en los ojos verdes. Una sonrisa placida en el rostro del chico.
—Me disculpo —dijo Sirius—. Lo que dije estuvo mal.
—Ya no importa —sonrió Harry. Abrió la mano, la dorada snitch agitó las alas y alzó el vuelo. Volaba en torno al chico, y se acercaba con suavidad a su rostro como si le diera pequeños besos. Harry rio. A Draco le pareció que era el muchacho más hermoso que vio en su vida.
oOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoO
—Vamos, Max. ¿Dónde estás?
Era tarde cuando William volvió al Departamento. Antes pasó por la casa de Max y no lo encontró. Le mandó un mensaje para que se vieran en la oficina. Miró su reloj, caminó alrededor. Max tenía quince minutos de retraso. William recorrió la oficina con la mirada. Los estantes, los anaqueles, estaban vacíos. No dejaría tras de sí el trabajo de una vida. Las profecías ya no estaban seguras en el ministerio. No se iría sin ellas para ver cómo se perdían o desaparecían. Donde quiera que él fuera, las profecías estarían a salvo con él. Tras la charla que tuvieron con el rey, William recuperó sus memorias. A su mente vinieron los recuerdos de la profecía que vinculaba a Harry Potter con el Rey de Macedonia. Cuando recordó supo que debía escapar. William era valiente, mas no un suicida. Por lo que hicieron la profecía salió a la luz. El rey estaba en el país y Harry Potter en Hogwarts. Para ese momento ya se conocerían. Su trabajo estaba cumplido. No se marcharía sin Max y sabía cuan terco era su amigo. Decidió esperar hasta el día siguiente cuando pudieran hablar. Salió al jardín y allí la vio en medio de la nieve. William se cubrió la boca. Las palabras de ella estaban nítidas en su mente, grabadas a fuego en su memoria. Riddle ya sospechaba de ellos. Entre las criaturas mágicas, y sus tutores que irían a Hogwarts, había mortífagos. Sólo tenían una oportunidad para escapar. Ella le dijo que debía dejar atrás a Max, cada uno tendría una oportunidad diferente. Él no pudo hacerlo, no sin advertirle al menos.
El gato maulló en la transportadora sobre su escritorio. Cuando entró le dijo al guardia, un buen amigo suyo, que Henry tenía cita con el sanador. Él quería liberar algo de trabajo atrasado para ocupar una media hora. Miró de nuevo el reloj. Ya no podía esperarlo. Si no estaba a tiempo, la gruta se cerraría y él quedaría a su suerte. Sobre el escritorio de Max dejó una caja de cartón. Adentro había varias dosis de poción multijugos, cada una le daría un día completo con la apariencia de un mago desconocido. Siete días de gracia para ponerse a salvo. Había también un pensadero donde puso el recuerdo de la verdadera profecía. Añadió una nota y realizó un hechizo, la caja desapareció del escritorio, se mostraría solo ante Max. Aunque ya no estaría para ayudarlo, quería darle tiempo a su amigo. William tomó la transportadora, hechizó la puerta para que fuera Max el único en abrirla.
—Lo siento Max. Hice lo que pude.
Caminó apresurado hacia las chimeneas del ministerio. Dijo el nombre de una tienda cercana al consultorio del sanador. Caminó por las atestadas aceras hasta una callejuela solitaria. Buscó el traslador en su túnica. Sintió el conocido tirón en el estómago. Al abrir los ojos estaba en un bosque. Se perdió en el medio de la espesura. Henry maulló. William dedicó una plegaría a la diosa para que Max pudiera escapar.
oOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOo
La copa de vino hizo un suave movimiento circular. El vino tinto se meció contra el cristal. Los ojos de Tom Riddle permanecieron fijos en la copa. Se puso en pie, caminó por el despacho. Su oficina estaba en el último piso. Tenía una vista envidiable de la ciudad entera, algo muy muggle. Se pasó la mano libre por el cabello castaño. Apoyó la frente contra el cristal. Caía la noche. El Ministerio de magia era un caos organizado. La visita del rey puso sus oficinas de cabeza. Si además le añadía sus propias actividades secretas. Estaba satisfecho. Dejó la copa sobre el escritorio y abrió el contenedor de comida. Tomó un brócoli y se lo llevó a los labios. Disfrutó del sabor y la textura en su boca.
Tenía un ejército, dieron el primer golpe, muchos muggles murieron. A él en realidad no le desagradaban los muggles. Él provenía de una familia mezclada y quiso a sus padres tal cual eran. Era el poder lo que él ambicionaba y tenía una cualidad asombrosa: sabía decirle a los otros lo que deseaban oír. De esa forma asumió el papel de un revolucionario, el líder de un ejército que tenía como finalidad destruir a los muggles y unificar las dos realidades, por el momento. Sus verdaderas intenciones vendrían después.
Había un asunto que no podía sacarse de la cabeza: la profecía. Leyó con atención tanto la traducción como las noticias alrededor y Harry Potter acudía a su mente cada vez que pensaba en ello. Conocía bien a su enemigo. Harry cumplía con algunas de las características de la profecía, era hermoso de una belleza etérea, era poderoso de una forma que ni siquiera él alcanzó a esa edad. Él recordaba bien a la madre de Harry, Lily Evans, ella era una fiel seguidora, capaz de matar a su hijo para que él obtuviera un gran poder. Fue la misma Lily quien lo trajo de vuelta al mundo de los vivos. Fue ella quien le explicó que torturar a Harry era importante para consolidar sus poderes. Si lo mataba, perdería demasiado pronto una fuente inagotable de magia. Por eso atacaba al chico un par de veces al año, lo que no esperaba era la resistencia de Harry.
La belleza de Lily era muy diferente a la de Harry. Lily era humana, una hembra del mundo. Harry era lo contrario. Cuando se enfrentaban se preguntaba de dónde sacaba poder un chiquillo así. Bajo, delgado, con una hermosura... mágica. Recordaba en especial la batalla que se libró en el bosque. No fue capaz de encontrarlo. Creyó que el chico tuvo suerte, ahora pensaba en otra cosa: Si Harry era una criatura mágica, se entendería con los animales y los árboles; eso explicaría porque no pudo dar con él. Debía asumir que los empleados del ministerio le mintieron, cambiaron o quizá ocultaron parte de la profecía. Trajeron al rey a Inglaterra y dejaron lo demás a la suerte. Dumbledore no se separaría de Harry, así que era sensato asumir que estaba en Hogwarts.
Miró el anochecer. Con una vida como la suya, era la intuición la que lo mantenía a salvo. Volvió al escritorio. Pronunció un hechizo en parcel y dos demonios de obscuridad se arrodillaron a sus pies.
—Reúne a mis mortífagos, —le dijo al primero—. Tráeme a Lily Evans, está entre los muertos.
