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Era como cualquier otra noche, dentro de mi mundo onírico, que con tanto esfuerzo y con tanto tiempo de dedicación, descubrí y modifiqué. Ya había formado los mundos, ya creé los caminos y un nexo para acceder a ellos, se había vuelto mi mundo perfecto, dejando de lado esos miedos que me recuerdan al exterior... Ya no necesitaba la realidad y haría lo que sea para llegar a él definitivamente. Sabía que había una manera para dormir para siempre…
Sobre las páginas de tu predecesor, puse mi dilema en sus hojas y pensé muchas veces si era correcto quitarme la vida. Si lo hacía, debía ser de la forma más rápida posible y sin arrepentimientos. Sabía que tomando un cuchillo no lo haría, porque dudaría de cortarme la muñeca o la garganta, había una posibilidad de arrepentirme en el momento. No es como en el mundo de los sueños, ahí me siento totalmente libre de acuchillar a cualquiera que se me cruce. Pero esto es la vida real y no es lo mismo.
Pensé muchas formas: ahorcarme, golpear mi cabeza con la puerta… pero no me sentía capaz de dañarme de esas maneras… y ahí es cuando miré hacia afuera, hacia el balcón de mi departamento, hacia las barandillas del balcón de mi departamento...
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Escribí mi testamento en tu predecesor. Le dije adiós y le dediqué mis últimas palabras, en el caso de que alguien desde el exterior lo viera, aunque eso fuera improbable.
Salí, respiré hondo en el momento que tomé las barandillas con mis manos, ya no había vuelta atrás. Como pude, me subí en ella para tomar equilibrio en la baranda, volví a inhalar profundamente unas cuantas veces, luego de mirar la enorme altura en la que estoy en mi departamento.
Las calles, las luces, los edificios. Podía distinguir personas caminando tranquilamente entre toda esa peligrosidad, la maldad, la oscuridad que distingue el exterior que tanto oído y que me lastimó y de lo que estuve escapando a través el mundo de los sueños.
