Después de clases a excepción de él, todos los niños fueron enviados al patio principal. "acondicionamiento físico" había dicho uno de los monjes. Caminó junto a él sin hacer preguntas, para cuando se percató, estaba en la oficina de Volcoff.

-Siéntate—ordenó secamente el director, Yuriy tomó asiento, la realidad es que había abandonado la idea, al menos por el momento, de oponerse a los acontecimientos.

Mirando el reloj se dio cuenta que llevaba casi dos horas observando el suelo, y Volcoff sus papeles. Se levantó para estirar las piernas, su frente punzó, se llevó ahí la mano. Había sangre, miró al piso encontrando un pisapapeles de metal, lo que le había dado certeramente, miró a Volcoff, quien de nueva cuenta tranquilamente escribía algo en otros papeles.

-No te di permiso de que te levantaras—Entre sorprendido y ofuscado, volvió a sentarse, ¡le había pegado! Sintió crecer la ira, tornando su rostro levemente rojizo.

La respiración agitada del muchacho no le permitía concentrarse, el abad no pudo evitar mirar, pero la idea de reprocharle se fue al instante, el cabello rojizo se agitaba a la vez que sus hombros, los ojos profundamente azules, llenos de ira reprimida, los puños encrespados en las rodillas, jalando la tela del pantalón, la respiración acelerada y el tinte de mejillas, que hizo por un instante desear al hombre mayor que fuera por otras circunstancias. Suavizó la mirada, haciendo que en su rostro se surcara una sonrisa.

Se levantó caminando tranquilamente, Yuriy tenía ganas de arrojársele encima para molerlo a golpes, pero era obvia la diferencia de fuerza y tamaño. Intentó apartar la cara del roce que hacía en su mejilla, Volcoff dejó de sonreír, tomando rudamente la barbilla del muchacho, obligándolo a levantarse, quedando de puntillas. Yuriy intentó liberarse luchando con sus manos para zafar la que le tenía preso, pero el mayor encajaba los dedos en la piel del rostro.

-No cabe duda, dios sabe como hacer bien las cosas… dime muchacho—el pelirrojo sintió una punzada en el estómago cuando sintió tan cerca de sus labios el aliento del abad director--¿eres virgen?—la pregunta lo descolocó, haciendo que se destensara al instante.

-Usted no es tan santo como aparenta

-Esa no es la respuesta que esperaba—lo soltó, Yuriy cayó de nalgas al suelo, Volcoff se agachó para sostenerlo de los hombros y evitar que se levantara—en un lugar santo, como es una abadía, es importante saber ese tipo de cosas. Si tú no me lo dices, yo mismo me encargaré de averiguarlo.

De un solo jalón en los hombros, doloroso al encajarle los dedos, lo sentó duramente en la silla. No quiso imaginar el método para sacar la verdad del siniestro hombre.

-Si…

Volcoff lo soltó, llevando sus propias manos tras la espalda, al erguirse por completo, desde la perspectiva que Yuriy lo miraba le daba un aire tenebroso, debido a las cejas y nariz, que hacían sombra sobre el rostro. Sin esperar más, prácticamente corriendo salió de la oficina, andando a la habitación. Volcoff lo permitió, sonriendo maliciosamente.

Se arrojó a la cama, cubriéndose con la almohada la cabeza, deseó gritar, pero supo que de nada serviría. Alguien se sentó en su cama, acariciando desde la base de la espalda al hombro, se giró tan rápidamente, que sintió claramente los dos tubos que formaban la cabecera golpeando su espalda.

Al menos no era Volcoff.

-El jefe Boris quiere verte, esta noche, bajo la décima cama en esta fila

El muchacho bajito de cabellos morados no dio tiempo a preguntas, salió corriendo de la habitación, tampoco era que Yuriy estuviera de ánimos para detenerlo. Sonaron campanadas, miró el reloj de pared, seis de la tarde. Una cabeza rubia, un niño bajito y pecoso le sonrió al asomarse a la habitación, unió los dedos, haciendo un movimiento hacia la boca, Yuriy comprendió "comida".

Se paró en la puerta del comedor, casi estático, pero fuerte, todos los alumnos que entraban lo empujaban con el hombro, sintió uno más fuerte, que lo movió un par de pasos.

-"Otra vez ese niño con cara de halcón… es un fastidio"—Dejó sus pensamientos cuando desde media espalda, una mano pasó acariciando disimuladamente hasta detenerse en el hombro.

-Me alegra su presencia, veo que su sentido común le ha permitido llegar aquí—Sintió escalofrío, ni siquiera sintió en que momento el abad se había colocado tras él, aunque era rebelde, no era tonto, y prefirió no revolverse para soltar el agarre de esa especie de abrazo, Volcoff estaba a su lado derecho, su mano en el hombro izquierdo. Lo llevó entre el largo pasillo de las mesas.

-Aquí como se habrá dado cuenta, todos se cuidan a sí mismos, nadie le mimará como en su casa, joven Ivanov—Volcoff ni siquiera lo miraba, se puso caminando frente a él—la cena es a las seis, después se dan diez minutos para bañarse antes de acostarse, no se permite enmugrar las sábanas. –Chocó con la espalda del hombre cuando se paró abruptamente, y Volcoff se guardó la sonrisa al sentir de lleno en su espalda el cuerpo del muchacho—Este será el lugar en la mesa.

Un plato con divisiones, en él una pasta de un exótico amarillo, un pedazo de torta de huevo, semillas cocidas sin sal, en un caldo de dudosa procedencia, un diminuto pedazo de carne hervida, un pan de quién sabe cuantos días. Tomó la cuchara, llevándola al huevo.

El sonido de los huevos cayendo en la sartén le hizo mirar hacia la estufa, a pesar de que el señor Ivanov tuviese dinero, se conformaba con una pequeña casa, obligando a estar más unidos a los habitantes. El comedor para cuatro estaba en la misma cocina. Dimitri y Brooklyn miraban en una revista, algo que el señor explicaba al muchacho, Yuriy recibió la torta de huevo que abarcaba todo el plato extendido.

-Yuriy irá a una escuela de internado en el próximo ciclo escolar

Cesaron pláticas y comidas, Yuriy guió el rostro mirando hacia su madre.

- ¿Por qué has decidido enviarlo ahí? No sería mejor que…

- No, Dimitri, y por favor no digas más, no está en discusión, en tres meses termina este año escolar, ya aparte el lugar, es una escuela muy renombrada, religiosa, salen hechos unos caballeros inteligentes y listos para la vida, lo que le hace falta a alguien como Yuriy

Bajó la mirada a su plato, con la mirada cristalina. Brooklyn alcanzó su mano debajo de la mesa, pero Yuriy la apartó. De reojo vio a Dimitri, que se limitó a seguir comiendo.

-"¿Por qué no le dices nada?... eres un cobarde, jamás seré como tú"

Tras un rato de silencio, nuevamente la conversación se hizo en la mesa, Brooklyn amenizaba el desayuno, sus padres reían de los chistes.

-"Es como si yo no estuviera presente"

Miró a su alrededor, todos comían en silencio, sin percatarse de la presencia de los unos o los otros. Los ojos le ardieron, los giró para calmar el escozor. Otra vez, enfrente, el niño de cabellos púrpuras lo miraba, con una enorme sonrisa que le pareció tonta, sintió sus labios resecos de coraje, odiaba su situación, levantó su bandeja personal donde bebió agua.

-No se te olvide Yuriy—dijo el muchacho de poca estatura—en la noche

Yuriy frunció el seño, ¿Cómo supo su nombre? -"ah… si, mi padre y sus estupendas ideas"—dijo al observar la marca de plumón indeleble con que su padre había anotado su nombre.

Recogió de la habitación un short, al observar que hacían todos lo mismo, una toalla y sandalias. Tomó como todos, una bolsa negra, donde dejó la ropa de la que se despojó, guardándola en el mueble bajo la cama. Muchos dejaron de moverse, cuando Yuriy quedó solo en boxer negro. Sintió las miradas, pero en vez de enfadarse, decidió comenzar a vengarse del mundo que tanto admiraba su físico.

Pasó sus manos lentamente por sus piernas, para quitarse los calcetines, mientras acariciaba el empeine del pie desnudo, hacia movimientos circulares con el tobillo, cerró los ojos, llevando la otra mano al cuello, dando un suave masaje hasta los hombros. Gimió levemente ante el excelente descanso que le brindaba su propio tacto. Escuchó un suspiro tras de sí, fingiendo inocencia volteó hacia atrás, el vecino de su cama se vio sorprendido, pero no pudo desprender la vista de esos ojos hipnotizantes.

Yuriy llevó la vista lentamente por el cuerpo delgado del niño hasta la entrepierna, abriendo los ojos con fingida sorpresa. El muchacho al instante tapó sus partes nobles, sonrojado miraba hacia todos lados, donde ya los compañeros de habitación se burlaban, aunque lo cierto era que lo hacían para disimular que estaban exactamente en el mismo estado.

Se levantó dándole la espalda, estiró ambos brazos sobre su cabeza, moviendo la cadera suavemente de lado a lado y circularmente, como si acomodara cada hueso de la espalda. El duro trago de saliva en la cama de enfrente le hizo saber que movimientos tan simples daban resultado. Pasó la toalla sobre su hombro y caminó hacia el baño.

Eran nuevamente en número tres, las largas pilas de agua, construidas de tabique, iban desde el piso, y a Yuriy le quedaban poco más arriba de la cintura de alto. Agua fría, en Rusia, de noche, había como única ventilación sobre una altísima barda de mas de cinco metros, largas ventanas de no más de treinta centímetros de altura, y casi tan largas como la pared misma.

Se colocó entre un espacio vacío que encontró, la gran mayoría de sus compañeros hacían alboroto al echarse el agua en el cuerpo, algunos daban leves brincos para evitar el frío. Un abad golpeó con una vara metálica en la pared pidiendo orden, al instante el griterío alegre cesó, todo quedó en absoluto silencio. Yuriy se sorprendió de la obediencia que poseían todos.

Se percató de que no llevaba instrumentos para asearse hasta que estaba totalmente mojado. Los mechones de cabello rojo caían despreocupadamente por su cabeza, el agua abrillantaba su figura, que se hacía aún más estilizada ante la muy tenue luz de las lámparas del baño. Maldijo su suerte, porque sabía su estado, sobre todo porque el boxer se le pegaba al cuerpo más de lo debido por el agua, y sus tetillas estaban erectas del frío.

Resopló, tendría que secarse para ir por el jabón. Se agachó por la bandeja que se le había caído al piso, varios chiflidos halagando su perfecto trasero no se hicieron esperar, tuvo la intención de voltearse a reclamar, pero una mano extendida con un jabón lo hizo detenerse.

Miró al compañero, que ni siquiera dirigía su mirada hacia Yuriy, simplemente miraba al agua, estirando la mano esperando a que lo recogiera. ¿Cómo es que no había notado a un muchacho tan singular?

Mientras tomaba el jabón disimuladamente lo recorrió con la mirada, un cuerpo muy bien formado, brazos musculosos, pecho torneado, la piel tan blanca como la suya, el cabello húmedo en dos tonalidades, agua escurriendo por ese perfecto cuerpo hasta parar en los boxers azul oscuro, que no podían absorber más agua, y permitían que escurriera por las delineadas piernas que…

-"¿En que demonios estoy pensando? Despierta Yuriy… ya te estas convirtiendo en un lobo come hombres como tu madre, ¡tú NO eres gay!"- pensó regresando el jabón después de usarlo, se abofeteo mentalmente cuando pensó que se estaba restregando en el cuerpo el mismo jabón que ese chico había pasado por su propio cuerpo, como una caricia no dada pero sentida. –Gracias—le salió en un hilo de voz, que sin querer le había salido casi como un jadeo. El muchacho giró la cabeza, Yuriy sintió un hormigueo en la ingle, cuando vio una profunda mirada escarlata, que lo recorrió una sola y rápida vez, el cuerpo entero.

-Las que te adornan—contestó con una voz baja, varonil, seria, que el pelirrojo consideró sensual, por lo que ni siquiera pudo contestar.

Yuriy ladeó la cabeza, para observar la retaguardia del muchacho que se retiró detrás de una reja en el mismo baño, donde muchos más se dirigían mientras se secaban. Formados en largas filas, entraban a pequeños vestidores de madera, se colocaban el boxer seco, y salían para caminar unos metros más, donde largos tubos de metal estaba dispuestos de pared a pared, lugar donde colgaban el boxer y la toalla mojada.

Cuando Yuriy llegó estaba repleto, movió hacia los lados algunas ropas, haciéndose espacio para colocar dos boxers y dos toallas.

-Sólo uno deberías usar para el baño—se estremeció cuando sintió golpear en su piel aún húmeda, el aliento caliente de el de la voz suave que le hablaba al oído—se te llenaran de hongos si haces lo contrario—colgó sus boxers azules cerca de los de Yuriy, dándose vuelta para salir, Yuriy lo siguió con la mirada, sobre todo irremediablemente el bien formado trasero

-"Lo que daría por estar allí un buen rato". Se sonrió, por primera vez desde que había llegado, por su pensamiento, hasta que se dio cuenta de algo—"a mi no me gustan los hombres"—se dijo golpeándose la frente con la palma de la mano. Como la de todos, la ropa del muchacho estaba bordada con su nombre.

-"Kai Hiwatari"—miró un poco más, sosteniéndola en sus manos—"¿Cómo es que esta prenda tan pequeña le entra en el cuerpo"—dijo estirando el elástico de la cintura, casi se carcajea el solo, sintiéndose como un depravado por lo que iba a hacer. Miró hacia los lados, observando que ya estaba solo en el baño, extrañado pero a la vez excitado por el raro impulso que tenía, llevó la prenda hasta su nariz, inhalando profundamente su aroma. Se mordió el labio inferior, dejando nuevamente la prenda.

Pero del placer una sensación de asco lo inundo, miró la ropa de todos los demás compañeros, a excepción de la suya no había una sola que no trajera pegado moho u hongos, su rostro se puso casi tan azul como la prenda que acababa de oler

-"¡Inge su…! Rayos… como es azul marino no se ve"—Fue cuando comprendió la advertencia de Kai. Se pasó rápidamente las manos por el rostro.

Cuando entró la mayoría ya traía puesta la pijama, se hizo la nota mental de no volver a tardarse más que los otros, para evitar la horda de rechiflados y halagos obscenos, en venganza se contoneo suave, pero no por ello sin dejar de ser masculino.

-"Para que esta bola de imbéciles vea lo que nunca va a tener"

Se colocó la pijama, las luces se apagaron, quedando solo la del baño para iluminarles; una música sacra sonó en el fondo, la voz del abad se hizo presente, imitó a todos cuando se hincaron sobre sus camas, con las manos entrelazadas. Volcoff recitaba una oración, seguida por todos los muchachos, cuando finalizo hubo cantos gregorianos por quince minutos más. Al terminar cual robots se acostaron a la vez.

Vio una lámpara encenderse, una, otra más, casi grita cuando sintió que algo sostenía su tobillo "maldito enano fastidioso". Con una enorme sonrisa, hizo una seña con la mano para que lo siguiera. Yuriy era lo suficiente huraño para desear soledad, pero lo suficiente listo para saber que no podía negarse a tener al menos contacto superficial con los compañeros.

Se puso a gatas, andando tras el pequeño, hasta llegar a la cama de Boris, donde él sentado en el piso, junto con el rubio alto y otros dos, formaban un círculo, el bajito se puso al lado de Boris.

-Bien… ¿Cómo te llamas?

-Se llama Yuriy—contestó un rubio bajito, Yuriy asintió con la cabeza

-"¿Qué querrá este cara de halcón?"

-Yo soy Boris, este con cara de pocos amigos—dijo señalando al rubio alto y fornido—es Sergei—asintió con la cabeza—el paliducho hiperactivo es Maximilian—sonrió enormemente el niño pecoso.

-Este es Ralf y yo soy Iván—interrumpió el de cabellos morados, recibiendo un zape cortesía de Boris

-Dime… Yura—continuó Boris, Yuriy arrugó el seño, no llevaba ni medio minuto de conocerlo y se daba la confianza de llamarlo por su diminutivo— ¿le tienes miedo a los fantasmas?

-Claro que le tiene miedo—dijo Iván, recibiendo ahora un zape de parte de Boris y otro de Ralf, Yuriy sonrió levemente olvidando su enfado

-Pues veras, estás invitado a estar en este divertido grupo—un ronquido de una cama lejana se escuchó—nos reunimos todas las noches a contar historias de terror

-Es estúpido—dijo Yuriy lentamente

-¡Ay caramba! No es mudo—dijo burlonamente Sergei

-Estúpido únicamente tú—repuso Boris—todavía que te contaremos la historia de la escuela te pones de odioso.

-Se dice—comenzó a hablar Ralf, interrumpiendo cuando observó que Yuriy iba a contestar—que la cocinera tenía una muy bella hija, ella como sabrán, es una indocumentada de China que supuestamente Volcoff aceptó por caridad

-Y para no pagar a alguien por ley—Tres zapes más se dirigieron a la cabeza de Iván, esta vez el tercero lo dio Yuriy, Boris le sonrió, y Yuriy no pudo evitar regresarle la sonrisa, todavía no entendía por qué se quedó.

-Era muy bonita—continuó Ralf— su nombre era Mao, se dice que todos en la escuela estaban enamorados de ella, era sonriente, juguetona, toda una gatita—sonrió poniendo su mano a la altura del pecho, como si sostuviera dos enormes senos—el caso es que cierto día, la cocinera salió al patio para tirar el agua sucia de los trastos, y encontró a su hija colgada del árbol frontal a la escuela. Nadie sabía la razón, hasta que hicieron la autopsia, ella estaba embarazada.

Hizo un prudente silencio.

-Se dice que la cocinera a la fecha guarda el feto del niño en un líquido verde en una de las alacenas

-¡Que horror!—dijo Max empequeñeciéndose en su lugar

-¡No!, eso no es lo peor, lo que sí… ustedes deben saber que los fantasmas con un bebe de por medio son los peores, seguramente ya habrán escuchado sus sollozos en los pasillos—Iván tragó saliva, porque una noche antes, había escuchado claramente la voz de una mujer clamando por encontrar a su hijo—a veces solo se escucha su voz, hay versiones que dicen que la han visto colgada del árbol, bajando de él con la cuerda aún atada, el cuello roto cayéndole sobre un hombro la cabeza, mientras llama cuanto puede con esa garganta lastimada, lamentándose por el hijo que mató con ella.

-Eso no es nada—rió Max--¿Para que ir hasta el patio si aquí mismo en el dormitorio hay fantasmas?

Pasos resonaban en el dormitorio, firmes, de pies fuertes. Pero era como si los muchachos no los escuchasen, como si fueran en otro plano dimensional, la figura del hombre caminaba entre las camas.

-Unos alumnos dicen que lo vieron un día, paseando entre los dormitorios—el hombre se detuvo en la fila donde se encontraban los muchachos, caminando hacia ellos—algo temerosos buscaron en los anuarios, que del espanto uno de los estudiantes se murió—el hombre caminó hasta ellos, Yuriy volteó la vista, cuando sintió un golpe de viento frío en la espalda, el hombre siguió caminando, sin quitarle la vista de encima a los jóvenes del piso—era el cuidador antiguo del dormitorio, nadie sabe por qué murió pero se sabe que aún deambula observando a los estudiantes, llevándose al infierno a los que piensa los peores—El hombre invisible a los jóvenes ojos pasó a través de Boris por su andanza, Su piel se erizó debido al frío que lo recorrió de pies a cabeza.

-¿Tienes miedo jefe?—preguntó Iván que acariciaba el antebrazo de Boris, sintiendo la piel encrespada, Boris reaccionó, dando otro zape.

-Claro que no… Yo tengo una mejor, porque es más cercana a nosotros

-¿Más cercana que un fantasma que quizá se tira a los estudiantes en la noche?—bromeó sarcástico Yuriy, Boris le sonrió guiñándole el ojo

-Más todavía—Yuriy parpadeó varias veces, ante el sonido que hizo la mano de Boris cuando le dio la dura bofetada, no supo si tomarlo como agresión, porque Boris seguí con la misma sonrisa amigable, Yuriy semi sonrió sobándose la mejilla, y le dio a Boris un rudo puñetazo en el hombro, que lo hizo chocar con la cama. Boris se rió bajo para no despertar a los demás estudiantes.

- Díganme… --interrumpió Sergei el relato que iba a comenzar Boris— ¿Nunca han sentido que alguien está con ustedes cuando están en el baño?—a excepción de Yuriy sin falta asintieron a la vez

Sergei entra al baño, bajando el pantalón de dormir observa su miembro, volteando hacia todos los rincones, sabiéndose solo comienza a masajearlo, le encantaba la sensación de desear orinar, y retenerlo con caricias, era delicioso soltarlo al final. Pensando en acabar miró nuevamente hacia un costado cuando escuchó abrirse una de las puertas verdes de madera, de uno de los sanitarios, retirando la vista levemente del mingitorio miró a su espalda, la descarga eléctrica que le dio su miembro lo hizo girar la cabeza… para devolverla rápidamente cuando su mente tradujo la imagen que había visto antes, como una sombra de mano a punto de tocar su hombro, aguantando la orina, subió sus pantalones y corrió fuera del baño.

-Si… es así, déjenme contarles que antes de que se apareciera el fantasma, todos los perros comenzaron a aullar…por eso no deben acercarse al baño cuando escuchen ladrar y aullar a los perros, ellos están avisando que el fantasma está ahí.

Boris arrebató la lámpara a Iván, colocándosela bajo la cara, su semblante se transformó de golpe, tan siniestro, que tan solo de verlo sin necesidad de historia, ya todos, incluidos Yuriy, sintieron la cosquilla del miedo.

-¿Saben por qué razón construyeron otra piscina?—Todos negaron con la cabeza. Un ruido se escucho de fondo, removiendose en el baño…