Los personajes pertenecen a Yana Toboso.
Sexo explicito, no apto para menores.
Disfrutadlo.
"- Bienvenido de nuevo a casa, Bocchan – susurré.
Él me miró sin decir nada mientras pasaba por mi lado, acompañado por Claude.
Mis hermanos le saludaron a la vez que yo, como si fuéramos uno… sonreí ante mi estupidez. Ya éramos uno.
Ciel Phantomhive me vio y abrió ligeramente los ojos.
Mi expresión se volvió inexistente de nuevo.
Servir. Esa era mi única obligación.
La noche volvió rápido, y los gritos de Ciel Phantomhive resonaron en nuestras cabezas. No soportaba que Claude le prepara la cama.
- ¡Que venga el sirviente del pelo morado! –gritó.
Se me aceleró el pulso, pero el contrato hizo que mi cuerpo corriera sigilosamente hasta la puerta de mi joven amo, aguardando que Claude saliera.
En cuanto cruzó la puerta, me advirtió con la mirada que no la fastidiara.
Asentí y entré en la estancia, la cual me era poco familiar, pues no había entrado nunca.
Mientras Ciel Phantomhive estaba de pie malhumoado, yo le hice una reverencia y me puse a ordenar el cuarto silenciosamente.
- ¿Es que nunca dices nada? – preguntó.
Se me dibujo media sonrisa en la cara que él no vio. Negué con la cabeza y continué haciendo mi trabajo.
Mientras hacía la cama, el joven conde preguntó:
- ¿Dónde están tus hermanos? ¿Qué edad tenéis, diecisiete?
Me giré y asentí ligeramente, curioso del porqué de esas preguntas.
Entonces llegó el momento de vestirle para dormir.
Él se sentó en la cama y empecé a desabrocharle los botines cuidadosamente. Mientras le quitaba los calcetines volvió a inquirir:
- Eres demasiado silencioso.
No levanté la mirada. Estaba acostumbrado a ese tipo de comentarios por parte de Alois Trancy.
Entonces me levanté y me incliné para quitarle la delicada chaqueta encorsetada que llevaba. Me empezaba a poner nervioso que me mirara con ese ojo de color esmeralda tan acusadoramente.
Sentí como me miraba a los ojos intensamente mientras le quitaba la camisa interior.
Se puso de pie para que pudiera quitarle los pantalones y se quedó totalmente desnudo delante de mi.
Observé la cicatriz de su costado con curiosidad mientras le ponía el camisón.
- Eres demasiado silencioso – repitió, pero esta vez una sonrisa impropia se dibujó en su rostro.
Alcé la mirada pero no dije nada.
- ¡Di algo de una maldita vez!
Él alzó una mano y me golpeó con fuerza en la cara, justo antes de saltar encima de mi y tirarme al suelo. No me resistí en absoluto, al fin y al cabo no me hizo daño.
Miré hacia arriba, Ciel Phantomhive me miraba con los ojos de Alois Trancy.
De repente, la ira se fue de su rostro, y Ciel Phantomhive volvió en si.
Me miró, respirando agitadamente, con el puño alzado, listo para pegarme de nuevo.
Bajó lentamente el brazo, apoyándolo en mi pecho.
- Di algo… -susurró, escondiendo su cara en mi pecho.
- Todo va a ir bien, Ciel Phantomhive – susurré, de corazón. Por primera vez en mi vida me había cautivado una emoción humana.
Ese niño acababa de sentir desesperación, pero una desesperación muy distinta a la que estamos acostumbrados. Le cogí en brazos, mientras él sollozaba silenciosamente. Le tumbé en la cama gentilmente, pero él no se soltó de mi.
- No te vayas.
El tono de voz era imperativo.
Asentí y me quedé con él, esperando a que se durmiera.
Sin embargo no dejó de sollozar en un largo rato.
- Le odio – dijo en voz baja – Odio a Alois Trancy.
Por primera vez, de mis labios afloró una pregunta.
- ¿Porqué?
Levantó la cabeza, sus ojos enrojecidos me miraban acusadoramente.
- Está invadiéndome – su cara se tornó ojerosa – Está… invadiéndome.
Miró un instante al vacío y después volvió a mirarme.
- ¿Cuál es tu nombre?- preguntó.
- Timber Tonchinkan – contesté.
- Timber… eres distinto a los otros demonios, ¿porqué? – preguntó.
- Soy más joven – contesté, levantando los hombros.
- ¿… más … joven?
Asentí.
- ¿Qué diferencia hay… entre tú y Claude? – preguntó.
- Él está obeso. Yo soy anoréxico –susurré – Demasiadas almas corruptas hay en su interior.
- ¿Anorexico…? ¿Significa eso… que tu no comes?-preguntó.
Asentí.
- Desde hace mucho tiempo.
- ¿Porqué?
Sin quererlo, conté aquello que había guardado en mi interior durante años a aquel niño. Las palabras afloraban de mi interior con facilidad, mis emociones salieron a la luz, y Ciel Phantomhive parecía estar fascinado con mi historia. "porqué" era la palabra que más repetía.
Pasó un largo rato en el que ambos estuvimos hablando, pude comprobar que su fascinación por los demonios iba más allá de lo que aparentaba. Me preguntó acerca de Sebastian y sus motivos, y el porqué yo no encontraba atractiva su alma.
- No es que no la encuentre atractiva – susurré- El hambre ya hizo mella en mi hace mucho tiempo. Ahora estoy demasiado débil como para que me interese comer.
- Entonces…¿Qué es lo que tiene mi alma que atrae a los demonios…? – preguntó, abrazado a una almohada.
- Se podría decir que su alma no es sinó la pureza oscura. Es complicado de definir, pero es como si la belleza tenebrosa del mal hubiera abrazado a la luz brillante y pura que emana su alma. En vez de mezclarse con ella y hacer de tu alma una alma corrupta, simplemente la rodea, sin mezclarse… es… algo terriblemente delicioso para un demonio…
Una sensación de atracción me recorrió el cuerpo, y mis ojos se abrieron asustados.
- ¿Qué ocurre?- me preguntó Ciel alarmado.
- Nada… - miré hacia abajo, sintiendo una punzante sensación en mi boca.
Me miró y su expresión era algo triste.
- Eres el único que no me ve como comida – dijo.
Levanté una ceja.
- Pareces tener algo más de personalidad que todos ellos – susurró, mirándome – No ocultas tu verdadera cara. Eres tal y como te muestras.
Le miré asombrado y susurré:
- El tiempo y la costumbre han desenterrado mi verdadero yo. Sin embargo, eso no significa que sea alguien con quien compartir nada. No tengo nada especial. Solo soy un vulgar sirviente.
Ciel negó la cabeza.
- Eso no es en absoluto cierto.
Le miré, analizando a ese joven adolescente con la mirada.
- Es muy tarde. Debería dormir.
Asintió.
- No quiero dormir solo, tengo pesadillas – dijo - Alois me muestra cosas que no quiero ver...
- Dormiré a su lado si así lo desea... - susurré.
Él asintió lentamente y se tumbó en la cama.
- Desnúdate – me ordenó.
Levanté la mirada instantáneamente.
- No quiero rozarme con tus ropas ásperas entre la seda esta noche – dijo.
¿Quería que durmiera dentro de la cama, con él?
Obedecí y me quité el uniforme de espaldas a él, sintiendo como me miraba.
- ¿Es necesario que me quite la ropa interior? – pregunté.
- Así es –susurró, soltando una risita. Alois de nuevo. – Es decir, no, no hace falta – De nuevo Ciel.
Me giré y él abrió las sábanas, dejándome espacio. Estaba algo inquieto por esa situación, pero la acepté sin más.
- Buenas noches, joven amo – susurré, oliendo su esencia en las sábanas.
- Buenas noches, Timber.
Mientras estaba ahí tumbado, pronto oí los suaves suspiros de Ciel, que había caído dormido.
Aburrido, decidí dormir yo también, así que mandé mi consciencia al cuerpo de Thompson, que era el que andaba más cerca.
Caí dormido al instante.
Un lapso de tiempo después, sentí como mi cuerpo semovía ligeramente.
No tenía a Thompson cerca, por lo que me costó un largo rato recuperar mi cosciencia. Finalmente mis ojos se abrieron, intentando registrar mi situación.
El rostro de Sebastian Michaelis llenó mi visión, dejándome mudo. Él me miró y sonrió de un modo poco tranquilizante.
"Me matará" pensé, aterrado.
Finalmente me lanzó al suelo. Me había amordazado con simples cuerdas humanas, pero el hambre me había debilitado demasiado.
- Timber Tonchinkan – se rió. – Que estúpido nombre.
Le miré des del suelo, nos encontrábamos en un bosque.
- Qué puedo decir- susurró, y su cara se volvió seria- Qué bajo has caído. Sirviendo a dos demonios, desdoblando tu cuerpo. Es lo más patético que he visto.
Cerré los ojos con furia, deseando que se callara...
- Es arrastrarse demasiado, pequeño "Timber", para un demonio, el dejarse engañar por otros más fuertes. Contratado con otro demonio para ser su esclavo… de verdad, que poca vergüenza tienes. ¿Es que no tienes sentido de la humillación?- volvió a reírse, con auténtico desprecio.
La impotencia hizo que se me llenaran los ojos de lágrimas.
- ¿Estás llorando…?- me preguntó.
Negué con la cabeza.
Me acarició la mejilla lentamente hasta llegar a la mordaza, arrancándomela.
-Lo siento – dije al instante- Perdóname...
Él me levantó, apoyándome contra un árbol.
- Eres el demonio más patético que he conocido, hijo – susurró, con verdadero asco.
Le aparté la mirada avergonzado.
Me había reconocido.
- Sin embargo no todo está perdido – asintió – Aun puedo matar a tus amos, que es mi intención, y liberarte de sus contratos – sonrió- Pero eso no lo haré gratis.
Le miré.
- Qué quieres que haga…
- Un contrato conmigo.
Le miré sorprendido.
- No puedo estar atado a más de dos personas… las contradicciones serían demasiadas.
Se acercó a mi y me acarició los labios.
- No me estás entendiendo. Tú me das a mi ciertas cosas – sonrió lascivamente- Y yo te libraré a ti de otras.
Mis ojos se abrieron desmedidamente.
- ¡E-eso está prohibido! –dije, y mi cara se puso granate.
- Me da igual. Alli está prohibido, aquí no.
Me sonrojé intensamente, sintiéndome más débil que nunca. Necesitaba su ayuda…. La necesitaba de verdad.
Pero…
- ¿… de verdad tendré que hacer "eso"?
Asintió, su expresión era seria. Ni siquiera los lazos de sangre pararían a un demonio como él.
- A menos que quieras seguir atado a esos dos bastardos... y a sus amos. Tu destino sin mi será la muerte...
Le miré angustiado y avergonzado.
- A-acepto… - susurré, arrepintiéndome en el preciso momento en el que pronuncié la palabra.
Entonces una quemazón intensa me recorrió el vientre, donde supe que me había marcado con su emblema. Le miré sonrojado... incluso era un íncubo entonces, con su propia prole...
- Ahora eres mío de nuevo, pequeño. No puedo dejar que mi propia sangre esté tan mancillada por la de otros. Aunque apuesto a que ese Claude ya te ha hecho estas cosas antes… y Hanna Hanafellows también, no es así…? –deslizó una mano por mi cuello, arañándomelo con fuerza, haciéndome sangrar.
Asentí avergonzado, mi sonrojo era casi palpable.
-¿…Porqué ser tan débil, pequeño? – preguntó, acercándose a mi rostro. Sus ojos se tornaron felinos y brillantes, atrayéndome hacia él – Aún puedo oler sus asquerosos aromas en tu pálida piel.
Sus ojos sonrieron y el poder del contrato hizo que los míos se volvieran brillantes también.
- Mírate, justo recuperando tu poder… necesitas almas… necesitas fuerza…- susurró, demasiado cerca de mi boca.
De su boca salía el delicioso olor de miles de almas. Mi corazón bombeó desesperado, y mis uñas, incontroladas, agarraron a Sebastian por los hombros.
- P-porfavor… - supliqué, absolutamente frágil.
Me acarició los labios con sus uñas negras, sin dejar de mirarme a los ojos, torturándome con su belleza.
- Padre… - susurré, sacándo la lengua como un cachorro hambriento- Alimentame…
Sus ganas de tomarme pudieron con sus ganas de resistirse y se lanzó encima de mí, besándome profundamente. Las almas de su interior fluyeron por nuestras lenguas, mientras yo tragaba desesperadamente. Una de sus manos me agarraba del pelo, haciendo que la agradable sensación del dolor se mezclara con la fascinante sensación de placer que su otra mano me proporcionaba, acariciándome por todo el cuerpo.
Cada vez que le miraba tenía una sonrisa lasciva gravada en la cara. Las almas de desconocidos me recorrían el cuerpo, haciéndome temblar.
Cuanta maldad… corrupción… las sombras me hacían gemir inevitablemente, era increíble la sensación placentera que me proporcionaba la oscuridad. Me mordí el labio inferior mientras la desesperación fluia por mis venas, me cubrí la cara con las manos mientras las uñas de mi padre me arañaban el vientre y el torso, haciéndome gritar.
El placer por el placer, la lujuria, todos los pecados me colmaban, haciéndome temblar de gusto y perversión.
Sus caricias y las sucias almas que habían dentro de mi me hicieron llegar al éxtasis cuando ya no podía sentir más sensaciones. Un límite dentro de mi me avisó de que si seguía acabaría mostrando mi apariencia real… así que mi cuerpo humano gritó hasta la saciedad, hasta que mis ahora reforzados músculos fallaron por el agotamiento y caí inconsciente en el suelo, perdido entre las amadas almas que tanto añoraba. Me acurruqué entre todas ellas, oyendo los placenteros gritos y llantos... para caer al fin en la placentera sensación… de la saciedad…"
